¡Viva
la Gloriosa Resistencia Afgana!
Para
nosotros constituye motivo de inmenso placer y
orgullo recibir en Colombia a una delegación
del Frente Unido Nacional de Afganistán. De un
lado, podemos testimoniar el cálido apoyo que
los trabajadores y el pueblo colombianos le
brindan, a la valerosa lucha libertarla del
pueblo afgano; y del otro, tenemos la feliz
oportunidad de departir con nuestros queridos
visitantes acerca de sus apreciables
aportaciones a la causa de la revolución
mundial y aprender de ellas. La lógica de la
historia ciertamente es extraña. Hace
alrededor de ochenta años que las principales
fuerzas animadoras del progreso humano se
hallaban ubicadas en las vastedades de Asia,
África y América Latina, zonas por lo general
relegadas en su desarrollo y oprimidas
nacionalmente. Mientras que Europa, Estados
Unidos, el resto de las boyantes repúblicas
capitalistas y últimamente la Unión Soviética
juegan en conjunto un papel regresivo, no
obstante existir entre estos poderes, desde
luego, diferencias de supremacía e intereses.
Aquello obedece a que las metrópolis
imperialistas, para preservar su esplendor, no
encuentran otro medio que el saqueo y la
sojuzgación de más de un centenar de países,
condenando a miles de millones de habitantes a
la indigencia y el marginamiento. En romper
tan ignominiosa relación estriba el venturoso
futuro de la especie, lo mismo en el Norte que
en el Sur de la pelota terráquea. Es decir, en
el siglo XX, lo que ha sido atrasado y débil
se ha puesto a la vanguardia del progreso y
sin duda obtendrá la victoria final;
entretanto lo materialmente avanzado y
poderoso representa el estancamiento y marcha
hacia el fracaso. He ahí una curiosidad
histórica.
Pero
hay otra paradoja aún más trascendente. Al
principio de la centuria los destacamentos
democráticos del orbe hubieron de enfilar sus
baterías contra las grandes potencias
europeas, y a partir de la Segunda Guerra
Mundial de modo preferente contra los Estados
Unidos. De esas memorables batallas por la
libertad emergió y se consolidó la Unión
Soviética, forjada por Lenin, y el llamado
campo socialista. Sin embargo, Krushev y
seguidores abandonaron la senda del
socialismo, se comprometieron en la aventura
de conquistar el planeta y sometieron a su
autocrática voluntad, en primer término, a las
naciones de Europa Oriental que se hallaban
bajo su influencia. Esta transmutación de la
naturaleza del gigante socialista, junto a la
decadencia de lo que se conoce como Occidente,
particularmente en Norteamérica, a causa de
las crisis económicas, las riñas
interimperialistas y el auge del movimiento de
liberación nacional del Tercer Mundo,
ocasionaron un giro inusitado de las
condiciones internacionales. Desde entonces
los combatientes por la emancipación, la
democracia y el bienestar, de las naciones
pobres han de cuidarse ante todo de los
zarpazos del oso ruso. Esta ha sido otra
enorme ironía universal: el que a finales del
milenio los pueblos hayan de enfrentar como a
su principal enemigo a quien por definición y
legado debiera encarnar los principios del
respeto mutuo y el beneficio recíproco
característicos de las relaciones entre países
soberanos. Siendo esta lucha más difícil de
llevar a cabo, por lo menos en sus fases
preliminares, puesto que los nuevos zares del
Kremlin se embozan en falsas banderas
socialistas y democráticas. Y digo falsas
porque la verdadera democracia y el verdadero
socialismo nunca han propendido a la anexión o
a la ocupación de terrritorios ajenos, sino
que han rechazado siempre, en la forma más
enérgica, la mínima interferencia de una
nación en los asuntos internos de otra. Por
eso cuando los soviéticos huellan el sagrado
suelo de Afganistán con sus propias tropas, o
invaden a Kanipuchea y Lao a través de los
fantoches vietnamitas, o controlan a Angola
con los mercenarios cubanos, no hacen otra
cosa que sumar el crimen de la traición a su
vandalismo de piratas internacionales.
Por
los daños que el socialimperialismo soviético
le ha propinado a la gesta revolucionaria, por
la sevicia y el salvajismo de que han hecho
gala en los países sometidos a su despótico
dominio, por haberse constituido en el primer
peligro para la paz mundial, la tarea
prioritaria de los pueblos y movimientos de
avanzada consiste en desenmascararlo y
combatirlo hasta la tumba. Las organizaciones
y partidos que contiendan en las áreas de
hegemonía de los viejos imperialismos deben
persistir, por supuesto, en alcanzar la
autodeterminación nacional para sus propios
pueblos, pero precaviéndose de no caer en las
celadas de la superpotencia del Este. En
Colombia sostenemos una gran pelea ideológica
y política en tomo a este asunto fundamental.
El MOIR jamás ha participado del criterio de
que para librarnos de la coyunda
norteamericana les tengamos que abrir las
puertas a los vándalos de Moscú. Y en nuestro
continente existen numerosos grupos y
tendencias seudorrevolucionarios que pretenden
compaginar la defensa de la soberanía de
Centroamérica con la colaboración directa o
indirecta que les prestan a los amos
soviéticos. Pero quienes no trepiden, ni se
indignen, ni protesten vehementemente por las
atrocidades socialimperialistas en Afganistán,
por mucho que hablen de democracia y
liberación, no pueden ser creídos en su fe de
demócratas ni en sus ansias de libertad. Serán
acaso lobos con piel de ovejas, o mercenarios
en potencia.
Todo
esto es para concluir, queridos compañeros del
Frente Unido Nacional de Afganistán, que la
presencia de ustedes en Colombia representa
para nuestro pueblo y nuestro Partido una
ayuda valiosa. Ustedes son los embajadores de
una nación que se halla en el primer frente de
batalla y que ha asombrado al mundo por sus
cinco años de gloriosa resistencia contra un
adversario sanguinario e infinitamente más
fuerte. Afganistán está demostrando que cuando
se ama más la patria que la vida no hay poder
en la Tierra que impida el triunfo de una
nación resuelta a ser libre, por más pequeña y
pobre que ésta fuere. Por ello Afganistán ha
recibido la solidaridad de todas las fuerzas
revolucionarias, democráticas y progresistas
de los cinco continentes, y en el campo
internacional ha conseguido acorralar a la
intrigante diplomacia de los Romanov del
"socialismo real". El que ustedes, en nombre
de esa valerosa nación, lleguen a nuestras
playas a contar las duras y heroicas
experiencias de la resistencia afgana, no sólo
contribuye a la contienda ideológica y
política que estamos manteniendo, sino que
templa además nuestros espíritus de luchadores
revolucionarios.
¡Muchas
gracias, queridos visitantes!
Discurso
pronunciado por Francisco Mosquera en el
Teatro Libre de Bogotá, en homenaje a la
delegación afgana, el 12 de diciembre
de 1984.
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