CARTA
ABIERTA DEL MOIR
AL PARTIDO COMUNISTA DE COLOMBIA
UNA
POSICIÓN CONSECUENTEMENTE UNITARIA
CONSIDERACIONES
PRELIMINARES
Compañeros del Comité Ejecutivo Central
del Partido Comunista de Colombia:
En la última reunión bilateral del MOIR
y el Partido Comunista se pusieron sobre
la mesa de trabajo dos problemas
inquietantes: el porvenir de la Unión
Nacional de Oposición y el porvenir de
la unidad del movimiento sindical
independiente. Ustedes indagaron nuestro
concepto acerca de estos dos asuntos.
Nosotros expresamos en dicha reunión la
decisión de agotar los medios al alcance
con el propósito de superar los escollos
y salvar un proceso unitario que lleva
ya tres años y que irrumpió en la escena
política del país anunciándose con los
mejores augurios para las luchas
revolucionarias del pueblo colombiano.
No obstante, solicitamos entonces de
ustedes un tiempo prudencial para dar
una respuesta que englobara la situación
en su conjunto y al mismo tiempo
comprendiera aquellos puntos que merecen
examinarse y discutirse, teniendo en
cuenta las contradicciones que a cada
momento brotan entre el MOIR y el
Partido Comunista, ahondando los
antagonismos y debilitando la alianza.
Hemos pensado que debido a la
complejidad de las cuestiones a tratar y
a la importancia que indudablemente
tienen para la revolución colombiana,
bien valía la pena consignar por escrito
nuestras opiniones. Como la dirección
del Partido Comunista, a través de sus
órganos de expresión, ha publicado
sistemáticamente sus particulares
criterios alrededor de antiguas y
recientes discrepancias con el MOIR y ha
dado a conocer su propia versión de los
acontecimientos, no nos queda más
remedio que refrescar la memoria con un
poco de historia, tocar viejos y nuevos
temas, y hacerlo también públicamente.
En tal forma, con la presente carta
abierta pretendemos cumplir ese
cometido.
En artículos de prensa y en documentos
oficiales del Partido Comunista se ataca
permanentemente al MOIR con acusaciones
y comentarios de esta naturaleza “...en
1973 el MOIR ingresa a la UNO después
de haberle dado muchas vueltas”[1]
“Condenan todo contacto con la ANAPO
por considerarla ‘el peor obstáculo
contrarrevolucionario’. Pero al mismo
tiempo, tienden puentes hacia ese
partido”[2]. “La Tercera
Convención de la UNO, replicando a
quienes consideraban esta alianza como
un mero acuerdo electoral, declaró que
‘ha surgido un frente de fuerzas
revolucionarias y populares, con un
programa de nueve puntos, cuyo
objetivo final es abrirle el camino a
Colombia hacia el socialismo’”[3].
“...en relación con la unidad
popular y concretamente con la UNO, el
MOIR viene solicitando su
‘radicalización’. ¿Qué entiende el
MOIR por ‘radicalizar a la UNO’?
Entiende que ésta se convierta en un
‘bastión inexpugnable’ al cual sólo
tengan acceso ‘los verdaderos
revolucionarios’ ”[4].
De las citas extractadas, escogidas casi
al azar de la copiosa literatura
destinada por ustedes con más apremio
que juicio a convencer a sus seguidores
de que no es el MOIR sino el Partido
Comunista quien posee la verdad
verdadera en materia de uniones y
desuniones, se desprende que lo que
realmente está en controversia es la
comprensión de todo el proceso unitario,
desde cuando vio su luz primera hasta
hoy, así como la concepción misma del
frente de liberación nacional. Como se
ve, la polémica se extiende al
nacimiento de la UNO y a sus tropiezos
iniciales, pasa por la función que
representó la ANAPO durante este
periodo, o mejor, por la función que no
desempeñó, se detiene en las
disquisiciones para definir a qué tipo
de alianza corresponden los compromisos
adquiridos y concluye en el tema de
mayor actualidad: el rumbo y la dinámica
que deben imprimírsele a la Unión
Nacional de Oposición. Emprenderemos,
por consiguiente, un recorrido por los
más destacados episodios del proceso
unitario, ciñéndonos al máximo a su
sucesión cronológica y documento en
mano.
Creemos que contribuir a esclarecer
asuntos tan estrechamente vinculados a
la lucha revolucionaria colombiana de
los últimos años, podrá contribuir a la
vez a despejar los oscuros nubarrones
que amenazan la Unión Nacional de
Oposición, o al menos ayudará a que el
debate ideológico y político se limite
fundamentalmente al análisis de la
práctica vivida y de los planteamientos
esgrimidos por cada dirección en cada
ocasión para justificar su conducta, y
queden sin validez los intentos de
empantanarlo todo en una reyerta de
invenciones, intrigas y consejas. El
peor servicio prestado a la unidad del
pueblo es pretender ocultar los
problemas o velar las diferencias cundo
unas y otras se nos presentan como
enormes y tentadores desafíos. El primer
paso para vencer las dificultades es
empezar reconociéndolas. Y “al toro hay
que cogerlo por los cachos”.
Dividiremos la jornada en dos grandes
etapas: antes y después de las
elecciones del 21 de abril de 1974, en
viejas y nuevas contradicciones. En las
primeras, veremos lo referente al origen
de la UNO, la explicación del fenómeno
anapista, el carácter de la alianza y,
para rematar, las condiciones y
principios del frente único
revolucionario en Colombia. En las
segundas, trataremos sobre las
discrepancias motivadas a raíz del
surgimiento de la tendencia
conciliacionista promovida por Hernando
Echeverri y sobre las encontradas
interpretaciones acerca del gobierno de
Alfonso López Michelsen. En temas aparte
nos remitiremos a la cuestión de la
unidad del sindicalismo independiente y
a la cuestión de las divergencias en
torno del movimiento comunista
internacional. En una palabra,
compendiaremos en la forma más completa
posible nuestro pensamiento, en relación
con aquellos puntos en los cuales ha
habido discrepancias de enfoque y de
principio entre el MOIR y el Partido
Comunista y que han influido
notoriamente en el resquebrajamiento del
proceso unitario.
PRIMERA PARTE:
VIEJAS CONTRADICCIONES
POLITICA DIAFANA,
CONCRETA Y FIRME
El Partido Comunista ha dicho que “en
1973 el MOIR ingresa a la UNO después de
haberle dado muchas vueltas”, insinuando
que nosotros teníamos una actitud
inconsecuente desde un comienzo. Ustedes
no pueden tener tan mala memoria para
olvidar así como así las razones por las
cuales el MOIR no ingresó a la UNO hasta
1973. Nuestro partido propicio las
reuniones preliminares e intercambió
opiniones con las otras fuerzas
políticas sobre la necesidad de
conformar un frente que permitiera a las
organizaciones interesadas concurrir con
ciertas opciones de éxito a las
elecciones de 1974. Y participó en la
asamblea del Capitolio que prácticamente
fundó la Unión Nacional de Oposición, el
22 de septiembre de 1972. Pero hubo un
obstáculo, el primer gran enfrentamiento
entre ustedes y nosotros en este
proceso: la obcecada posición del
Partido Comunista a que el frente
electoral en ciernes se constituyera con
la Alianza Nacional Popular, proposición
que el MOIR veía irrealizable, a no ser
que se hicieran concesiones demasiado
costosas y se diluyera campaña, frente,
programa y todo en una amalgama
oportunista sin ton ni son. No se
trataba, desde luego, de dirimir si era
deseable conformar un frente amplio o
pequeño. Se trataba de comprender que no
había condiciones para que un movimiento
como ANAPO, decadente y descompuesto,
corroído por el cretinismo y que no daba
señales de querer soltar las amarras que
lo atan al sistema, pudiera ingresar de
pronto a un frente que aspiraba
enarbolar un programa revolucionario.
Sólo cuando ustedes abandonaron esta
idea carente de piso material, cosa que
hicieron después de agotar todos los
procedimientos, desde los más públicos
hasta los más privados, y de comprobar
que en realidad no existía la más remota
probabilidad de entendimiento con la
ANAPO, se hizo viable un acuerdo del
MOIR con el Partido Comunista con miras
a una campaña electoral conjunta, y sólo
entonces se puso a marchar en serio a la
Unión Nacional de Oposición.
Hasta dónde los moiristas en 1972
comprendían la situación y preveían los
requisitos que harían factible una
alianza electoral de izquierda para
1974, se demuestra en los siguientes
apartes tomados de “TRIBUNA ROJA”:
“La estrategia reaccionaria es
clara: la promulgación indefinida de
la Gran Coalición del Frente Nacional.
(...) La alternación termina
en 1974, pero el presidente que salga
elegido entonces deberá gobernar con
los partidos tradicionales. Las
camarillas dirigentes liberal y
conservadora pueden lanzar para 1974
un candidato presidencial por cada
partido o lanzar uno solo que los
represente a ambos. En cualquiera de
los dos casos la obligación es la
misma: gobernar coligadamente. A esto
se han comprometido los varios
aspirantes de los dos partidos. Hasta
el doctor Alfonso López (...)
“Frente a esa situación se viene
hablando de la necesidad de que la
izquierda también se unifique y
proclame un candidato único para 1974
(...) El MOIR no rechaza ni es
su intención torpedear la perspectiva
de un frente que, alrededor de una
plataforma revolucionaria de lucha,
lance un candidato único de la
izquierda para 1974 y aglutine los más
amplios sectores de masas posibles.
“Cuatro son las
condiciones que creemos se deben dar
para que ese frente contribuya al
desarrollo de la lucha revolucionaria
del pueblo colombiano en la situación
actual.
“PRIMERA. El frente
propuesto debe aprovechar la campaña
electoral para desenmascarar la
política antipatriótica y
antidemocrática del Frente Nacional,
para agitar un programa revolucionario
y para apoyar las luchas de los
obreros, los campesinos, los
estudiantes y demás sectores populares
(...).
“SEGUNDA. La ANAPO no podría ser la
columna vertebral del frente electoral
de izquierda. (...) Para que
la ANAPO pueda convertirse en la
columna vertebral del posible frente
electoral de la izquierda colombiana
tendría que variar radicalmente, cosa
que creemos en verdad imposible. (...)
A la ANAPO no se le debe hacer una
sola concesión.
“TERCERA: El frente electoral debe
aprobar una plataforma
antiimperialista y democrática, a la
que se ceñirán sin excepción para la
agitación y propaganda todas y cada
una de las fuerzas integrantes.
“La importancia
principal de un frente de esta
naturaleza en la situación actual es
la agitación que realice y la
educación que imparta a la masas. Hay
que profundizar la conciencia
revolucionaria del pueblo colombiano;
explicar que la dominación extranjera
y la traba semifeudal son los factores
determinantes del estancamiento de la
producción y de la ruina económica de
las mayorías. Exigir la
nacionalización no sólo del petróleo,
sino de todos los recursos naturales,
así como la supresión de la injerencia
del imperialismo yanqui en todas las
ramas de la economía colombiana. La
reforma agraria a propugnar no es una
reforma cualquiera; ha de estar basada
en la eliminación de la explotación
terrateniente mediante la confiscación
de los grandes latifundios y el
reparto de la tierra para los
campesinos que la trabajan. (...)
“CUARTA. Debe hacerse un acuerdo
previo entre todos los partidos y
organizaciones del frente que
garantice: a) la dirección colectiva
de la alianza y b) el respeto al
carácter independiente de los partidos
y organizaciones”[5].
Al asegurarse el cumplimiento de las
cuatro condiciones enumeradas, el MOIR
formalizó la alianza con el Movimiento
Amplio Colombiano y el Partido
Comunista. Lejos de tener una actitud
inconsecuente, consignamos una posición
diáfana, concreta y firme. La violación
o la no cristalización de alguno de los
requisitos exigidos, hubiera impedido
nuestra vinculación a la UNO. La manzana
de la discordia fue en este caso la
Alianza Nacional Popular. Sin embargo,
el Partido Comunista ha ocultado con
insinuaciones y falsos cargos el fondo
de un conflicto que ha rondado como un
fantasma la casa de la Unión Nacional de
Oposición durante toda su existencia.
INSISTENCIA EN UNA TACTICA FALLIDA
En la polémica contra el MOIR, ustedes
han recurrido a menudo al cómodo
artificio de atribuirse a sí mismos los
éxitos y achacar a los demás
desaciertos. La participación del MOIR
en la UNO se explica como acto de
mezquina conveniencia y su presencia
como perturbadora para el desarrollo del
“frente patriótico”, mientras que al
Partido Comunista se le dibuja con
muchas trazas de magnánimo gestor
visionario de la unidad. Pero este
recurso ayuda muy poco y terminará
derrumbándose fácilmente tan pronto las
fuerzas revolucionarias se interesen en
estudiar cuidadosamente la experiencia
de la UNO y comparen los
pronunciamientos de los distintos
partidos con el acontecer político.
Continuemos mirando y comparando algunos
de estos pronunciamientos.
En febrero, víspera de las elecciones de
1970, el Partido Comunista sostuvo:
“Las candidaturas de Betancur y
Rojas Pinilla, aunque surgieron
enfrentadas a las maquinarias de las
convenciones oficialistas y se
presentan como exponentes de la
oposición, sostienen el sistema
paritario antidemocrático e incluso no
se oponen a las iniciativas
ultrarreaccionarias de prolongarlo
indefinidamente”[6].
En abril, inmediatamente después de las
elecciones afirmó:
“Por nuestra parte, debemos
reconocer que no supimos medir el
grado de crecimiento del rojismo en la
opinión pública (...) En la elevada
votación por Rojas se manifestó un
profundo sentimiento de clase,
planteado en forma de ‘lucha de los de
abajo contra los de arriba’. (...)
Las grandes masas de la oposición al
sistema están actualmente con la ANAPO
y es a ellas que debemos unirnos
principalmente en la acción”[7].
No vamos a refutar eso de “unirnos
principalmente en la acción” con las
masas anapistas, tesis de una simpleza
infinita y que bien podría extenderse
con la misma lógica a las masas de todos
los partidos y movimientos. Señalemos
que el Partido Comunista, que le había
negado en febrero el apoyo a la ANAPO
porque “las candidaturas de Betancur
y Rojas Pinilla, sostienen el sistema
paritario antidemocrático”,
descubre en abril que “las grandes
masas de la oposición al sistema están
actualmente con la ANAPO”. Pero
tampoco es este el hecho que
deliberadamente buscamos resaltar, ya
que es ajeno a nuestro animo cazar al
Partido Comunista en tan flagrante
contradicción, pues un grupo partidista
corre el riesgo de equivocarse al
apreciar el desenlace táctico de una
situación, sobre todo de una situación
tan compleja como la de esos meses,
cuando para las fuerzas revolucionarias
hubiera podido ser ganancioso respaldar
una candidatura que aunque no se salía
de los marcos del sistema, significaba
un gran aprieto momentáneo para la
coalición liberal-conservadora, en una
coyuntura en la cual la revolución se
hallaba completamente debilitada, sin
audiencia e impedida para hacer valer su
propia alternativa. Buscamos destacar
que desde aquellos días, y después de
cambiar intempestivamente el criterio
sobre ANAPO, la estrategia principal del
Partido Comunista y en particular su
estrategia de la “unidad popular” , o de
la Unión Nacional de Oposición, o del
“frente de la oposición democrática”, o
del “frente patriótico”, según las
distintas denominaciones por ustedes
utilizadas, consistió fundamentalmente
en lograr una alianza con dicho
movimiento.
Tal vez el énfasis en esta empresa se
pueda explicar por el impulso que a la
“unidad popular” le daban a la sazón los
diversos partidos comunistas de América
Latina, inspirados en el caso chileno
que entre otras cosas pondría al
descubierto la inconsistencia de la “vía
electoral”. O porque se creyó
sinceramente que con el repunte anapista
de 1970 los partidos tradicionales
colombianos entraban en una crisis de la
cual no se recuperarían ya. Algo hubo de
ambas cuestiones. De todas maneras
ustedes hicieron de la aspiración de
aliarse con la ANAPO la consigna capital
de la hora. No así, sencilla y
llanamente, por supuesto, sino mediante
algunas piruetas.
El propio congreso del Partido Comunista
de 1971 dispuso:
“La tarea del momento para los
comunistas en hallar el camino que
conduzca a la unidad de todas las
fuerzas de oposición democrática al
sistema, como fase inicial para la
formación del Frente Patriótico de
Liberación Nacional”[8].
Pero como la situación real no daría más
que para la conformación de un frente
pequeño, con un MAC recién aparecido y
sin expansión nacional y un MOIR
“extremoizquierdista” y “anárquico”,
porque hasta la prudente y sensata
Democracia Cristiana, de la que el
Partido Comunista tanto habla como
cofundadora de la Unión Nacional de
Oposición, desertó furtivamente sin pena
ni gloria la noche del día de la
fundación, ustedes entonces se
entregaron a la ingrata labor de
convencer a la única agrupación que
lograría con su contingente desvencijado
salvar la estrategia trazada, la pieza
que faltaba y cabía en el esquema
preconcebido: la ANAPO. Había que
vigorizar la UNO para poder negociar con
la ANAPO y había que aliarse con la
ANAPO para configurar el “frente de
la oposición democrática”, “fase
inicial” del “Frente
Patriótico de Liberación Nacional“.
Verdadero acertijo con una sola
solución: la ANAPO.
Y ustedes lo explicaron:
“Debemos trabajar intensamente por
fortalecer la UNO con el fin de que
sea una fuerza que por su importancia
se convierta en elemento
imprescindible para lograr la unidad
con la ANAPO en la lucha común”[9].
Para el MOIR tal insistencia
adolecía de fundamento. No porque
sostengamos a ultranza que a la
revolución le esté prohibido, según las
circunstancias, llegar a compromisos con
una corriente como ANAPO, por más que su
ideología sea retardataria, sino porque
a esta táctica ya le había pasado su
tiempo. Si en 1970 pudo haberse
justificado, en 1974, sería meramente
una añoranza. Aquí la historia no se
repetiría ni siquiera como farsa.
No han sido, pues, consideraciones de
tipo dogmático las que nos llevaron a
rechazar la propuesta del Partido
Comunista. Nuestra experiencia y el
estudio del marxismo-leninismo nos han
enseñado que compromisos de esa índole
dependerán siempre de la situación
concreta, de las contradicciones de las
fuerzas enemigas, del desarrollo
político de las masas, del grado de
fortaleza de los partidos
revolucionarios, de las perspectivas
mediatas e inmediatas. Su duración, es
decir, que tales alianzas sean más o
menos temporales, dependerá también de
las circunstancias anotadas y sin duda
de las vacilaciones del aliado.
Si en 1970, comprendiendo que la
candidatura de Rojas Pinilla, por encima
de sus flojeras y trapisondas,
representaba objetivamente un complicado
contratiempo para el bipartidismo
tradicional, hubiese sido discutible
apoyar a la ANAPO, semejante alianza en
1974, erigida sólo en graves
claudicaciones y sin contraprestación
mayor, habría denotado una torpeza
superlativa. En 1974 el anapismo no
representaría contradicción de cuidado
para las clases dominantes y su
significación política quedaría casi
reducida a su capacidad de vociferar
proclamas altisonantes e inconexas,
maldecir lo acontecido y renegar del
porvenir. El 19 de abril de 1970 marcó
para la ANAPO el clímax de su
vertiginoso desarrollo, fue la fecha de
la victoria acariciada, pero también el
día de la derrota inexorable. El pueblo
anapista, esperanzado por dos lustros,
caló en una cuantas horas de escaramuza
comicial el alma de los jefes del
“tercer partido” quienes, frente al
fraude, las vejaciones y la violencia
del estado oligárquico, no sacaron
lección distinta de la de solicitar una
reforma de las normas del sufragio y un
asiento en la corte electoral. A la
ANAPO le sucedió lo que tarde o temprano
les sucede a los partidos que se
declaran en rebeldía y sólo están
preparados para hacer elecciones, esto
es, que, cuando vencen, lo pierden todo
y sus tropas se dispersan. En el pasado
a pesar de sus muchas desventajas poseyó
el poder de colocar en calzas prietas a
los partidos tradicionales. En el futuro
no contará más que con sus desventajas.
La concertación para 1974 de un frente
con la Alianza Nacional Popular requería
por los menos dos concesiones: votar por
un candidato presidencial salido de sus
filas, o más exactamente de la familia
Rojas, y recortar el programa de nueve
puntos de la Unión Nacional de
Oposición. Esta consideración es
valedera, pues, al contrario, proponerle
a la ANAPO que se sumara a Hernando
Echeverri o a cualquier otro candidato
del MOIR o del Partido Comunista, y que
respaldara nuestro programa mínimo, en
las condiciones de aquel entonces,
resultaría un exabrupto y un sabotaje a
la estrategia de “la unidad de todas
las fuerzas de oposición democrática”.
Luego aquel frente con candidato rojista
y programa común habría configurado la
ironía de que mientras la ANAPO,
desacreditaba y derruida, iniciaba su
ciclo descendente, las fuerzas
revolucionarias saldrían a recorrer el
país anunciándola como la nueva panacea
milagrosa.
Hasta qué punto ustedes eran conscientes
de que para acercar a la ANAPO sería
imprescindible hacerle tales
concesiones, lo veremos en esta
posterior explicación de finales de
1973:
“Nuestra propuesta consistió en que
se realizara un acuerdo para escoger
libremente al candidato único de la
Oposición y que se discutiera y
aprobara en forma conjunta un Programa
Común. Candidato de la Oposición, que
podría ser designado de las filas
anapistas. Programa Común que también
recogería los planteamientos anapistas
en los cuales concordaran las demás
fuerzas”[10].
Y hasta qué punto se entusiasmaban con
una batalla decisiva para derrotar a la
oligarquía en 1974, por la que estaban
dispuestos a conceder en materia
programática queda comprobado con los
párrafos que siguen, tomados del
“Informe al Pleno” de mayo de 1972:
“La Resolución política aprobada por
el Undécimo Congreso señaló una
táctica correcta, cuando dijo: ‘Todo
indica que las elecciones
presidenciales de 1974 pueden
convertirse en una decisiva batalla
popular contra la oligarquía. Si las
fuerzas de la oposición se unen en
torno a un programa y a un candidato
único, estarán en condiciones de
derrotarla y de hacer respetar su
victoria electoral, cerrando así el
paso a todas las maniobras de la
oligarquía tradicional.’ ”
“Nuestra táctica tiene que
encaminarse a plantear a todas las
fuerzas interesadas en el cambio
democrático y popular la necesidad de
escoger de común acuerdo un candidato
a la presidencia que sea capaz de
unificar a la oposición, sobre la base
de un programa mínimo. Programa que no
es el nuestro, que puede ser incluso
menos avanzado que los cinco puntos de
nuestra Plataforma electoral. Pero en
el cual se planteen y se levanten
reivindicaciones mínimas, entre ellas
la plenitud de los derechos y
libertades democráticas, la reforma
agraria y la nacionalización del
petróleo”.[11]
El programa de cinco puntos de la
plataforma electoral a que ustedes se
refieren en la cita anterior y que
estaban dispuestos “incluso” a hacer “menos
avanzado”, con el fin de “unificar
a la oposición”, es éste:
“Nuestro partido sugiere como bases
mínimas para el programa del Frente de
la Oposición Democrática lo siguiente:
“1) Nacionalización de
la industria del petróleo. “2) Reforma
Agraria democrática que comience por
la entrega de la tierra de los
latifundistas a los campesinos. “3)
Alza general de sueldos y salarios.
“4) Plena vigencia de las libertades
públicas y el derecho de huelga. “5)
Reforma de carácter democrático y
patriótico de la Universidad y del
sistema educativo en general”[12].
PROGRAMA NACIONAL Y DEMOCRÁTICO DE
LA UNO
Resumamos lo que tenemos expuesto hasta
aquí. La estrategia defendida por el
Partido Comunista para las elecciones de
1974 consistía en crear un frente de
toda la oposición, con un programa común
y un candidato único. Para coronar éste
propósito era indispensable la
participación de la ANAPO que, a pesar
de su desmoronamiento, aún se mantenía
cuantitativamente es tercer lugar
después del liberalismo y el
conservatismo. Esta participación había
que lograrla con un programa “incluso
menos avanzado que los cinco puntos”
de su plataforma electoral y con un
candidato “que podría ser designado
de las filas anapistas”. Y todo
ello como paso inicial de la futura
constitución del frente patriótico. El
MOIR propugnaba un frente electoral de
izquierda con el programa revolucionario
y un candidato único, aclarando que no
veía posible ni conveniente la
vinculación de la Alianza Nacional
Popular. No le parecía posible que la
ANAPO diera un viraje tal que terminara
suscribiendo un programa revolucionario,
y no le parecía conveniente que se
hicieran concesiones programáticas con
las cuales se contribuyera a la
confusión del pueblo. Las dos propuestas
se semejaban en el convencimiento de la
utilidad de constituir un frente con
candidato único y programa conjunto,
pero diferían en las calidades de éste y
de aquel.
Como no se trataba de adherir a una
candidatura por determinadas razones
tácticas, sino de conformar un frente de
lucha con programa común, el MOIR
estimaba infranqueables los abismos
programáticos que lo separaban de la
Alianza Nacional Popular. Y así lo
proclamó reiteradas veces.
Pasada la apoteosis del rojismo en 1970
y acogida en Villa de Leyva la
plataforma que lo convirtió en “tercer
partido”, advertimos a mediados de 1971:
“El análisis de los aspectos más
importantes de la Plataforma de la
ANAPO, lanzaba en Villa de Leyva,
demuestra que el nuevo partido es un
abanderado de la política de las
podridas clases dominantes”[13].
A finales de 1972, volvimos a insistir:
“En los dos problemas claves de la
Colombia de hoy, la dominación
neocolonialista y el semifeudalismo,
la ANAPO toma como suyos, y como si
fueran grandes reivindicaciones, los
viejos postulados reformistas de la
Gran Coalición burgués-terrateniente
proimperialista (...)
“El hecho de que siga siendo un
partido tradicional, a pesar de que
formalmente proclame lo contrario,
explica el porqué del apoyo de la
ANAPO a ciertas iniciativas del
gobierno y sus contradicciones cada
día más crecientes con las masas
trabajadoras de la ciudad y el campo”[14].
Y un año después, conociéndose los
doce puntos preelectorales de María
Eugenia y días antes de participar en la
convención del 22 de septiembre de 1973,
que aprobó el programa mínimo de la UNO,
proclamó la candidatura de Hernando
Echeverri y protocolizó el resto de
acuerdos para la campaña electoral
unificada, expusimos de nuevo nuestro
criterio y en particular comentamos:
“No se trata de un acuerdo
cualquiera. Vamos a agitar en la
campaña electoral una plataforma
programática que contenga las
reivindicaciones fundamentales y más
urgentes del pueblo y la nación
colombiana. No existe otra forma de
concentrar los ataques contra los
enemigos principales ni de dar una
batalla que valga la pena en las
próximas elecciones contra la alianza
liberal-conservadora. Esta es la
táctica de las fuerzas
revolucionarias, la que contribuirá a
nuestro avance. (...)
“Los portadores de la desviación de
derecha insinúan que lo importante es
abarcar a todas las fuerzas de la
oposición, así sea al precio de
aceptar un programa ‘amplio’,
impreciso y difuso como fórmula
expedida para llegar a acuerdo con la
ANAPO o adherir sin condición alguna
al candidato anapista. Estas personas
desconfían de la capacidad de lucha de
un frente electoral pequeño, aunque
armado de una política revolucionaria;
renuncian por temor, a la batalla en
pro de una verdadera alternativa
popular, confunden las condiciones de
1970 con las que se presentarán en
1974; no quieren apoyarse en la
experiencia de las masas ni ayudarlas
a avanzar; lo juegan todo a la carta
de un socialismo presidenciable y ‘a
la colombiana’. La dimensión del
frente electoral de izquierda depende
del real desarrollo de las fuerzas
revolucionarias y su crecimiento no
puede fincarse en las ‘ampliaciones’ a
su orientación y a su plataforma. No
vamos a discutir si esta estratagema,
después de muchas ‘ampliaciones’ y
diversas súplicas, conduzca a que la
ANAPO participe en la UNO, o a que la
UNO se diluya en la ANAPO, si eso es
lo que se busca. Pero estamos
absolutamente convencidos de que en la
actualidad ese no el es camino para
ganar vastos sectores de masas,
organizarlos, educarlos y movilizarlos
hacia las luchas revolucionarias; es
un callejón sin salida en cuya
penumbra resultará muy difícil
distinguir entre lo correcto y lo
erróneo, entre la posición consecuente
y la oportunista, entre la revolución
y la reacción. Una cosa es que la
ANAPO no sea el blanco de nuestro
ataque y otra cosa es que lo
embrollemos todo de manera que
terminemos por nuestra propia cuenta
amarrados e impedidos para jalonar la
izquierda. El momento no está para
lamentarnos por lo que haga o no haga
el general Rojas. La ampliación del
frente electoral de izquierda estriba
en llegar a las masas populares con
una política nacional y democrática,
coherente y clara”[15].
Como ha quedado demostrado, siempre
creímos que las fuerzas revolucionarias
estaban en la obligación de hacer un
esfuerzo supremo, a pesar de su relativa
debilidad, para estructurar un frente
que apareciera en la campaña electoral
de 1974 como una alternativa nueva y
cierta. Su papel debía consistir en
combatir la estrategia de la reacción,
confrontándole una estrategia
revolucionaria, educar a las masas en
los principios de la revolución nacional
y democrática e, inclusive, explicar
conscientemente el desengaño de las
masas anapistas. Y este encargo lo
cumplió la Unión Nacional de Oposición.
Su programa es correcto, interpreta en
líneas generales las profundas y
urgentes mutaciones que reclama la
sociedad colombiana en la actual etapa
de su desenvolvimiento histórico y es
tierra fértil para las siembras del
mañana. Desde esta óptica, la lucha
electoral librada por la UNO fue un
éxito completo, por sus enseñanzas y por
sus resultados, hasta donde la
correlación de fuerzas nos lo permitió.
La otra variante, la definida
inicialmente por el Partido Comunista,
de sacrificar el programa para engrosar
los efectivos, pretendía repetir en 1974
lo que pasó en 1970, o en otras
palabras, rectificar con la hija del
General el comportamiento que se tuvo
con el General. Pero el proyecto
desconocía que las viejas
contradicciones, al cabo de cuatro años,
cederían su lugar a contradicciones
nuevas. De habernos aventurado por aquel
atajo, hoy, después de la tragedia que
habría significado la fallida intentona
de contener la desbandada anapista,
tendríamos como irónico premio de la
hazaña un programa para todos los
gustos, vago e inexacto, con una única
destinación parecida a la de las
modernas mercancías desechables que se
usan y se botan. En cambio, los nueve
puntos de la Unión Nacional de Oposición
tendrán en sus rasgos esenciales una
actualidad que perdurará hasta el
triunfo de la presente revolución
democrática y comienzo de la revolución
socialista. Si alguna razón le asiste
ahora al Partido Comunista para ufanarse
de que la UNO representa la “semilla
del Frente Patriótico de Liberación
Nacional” es su programa nacional
y democrático.[16].
La importancia del programa mínimo de la
Unión Nacional de Oposición consiste en
que no se circunscribe a blandir esta o
aquella aspiración sentida por las
masas, sino que además se aferra a las
consignas centrales de la lucha por una
Colombia independiente, democrática,
popular, próspera y en marcha al
socialismo.
Esto no quiere decir que el programa
mínimo cope todos y cada uno de nuestros
anhelos al respecto, o que en su
elaboración colaboramos únicamente con
nuestras exigencias, sin haber hecho
concesiones en aras de la unidad. Claro
que hicimos concesiones secundarias, y
aún pensamos que el programa de la UNO
es susceptible de mejoras tanto que lo
profundicen como que lo simplifiquen.
Sin embargo, los nueve puntos de la UNO
satisfacen íntegramente la observación
expresada por el MOIR de que un “frente
de esta naturaleza” habría de “exigir
la nacionalización no sólo del
petróleo, sino de todos los recursos
naturales, así como la supresión de la
injerencia del imperialismo yanqui en
todas las ramas de la economía”.
Tal pedido, formulado rigurosamente en
esa forma, buscaba refutar en concreto
la escueta pretensión del partido
Comunista de integrar un “Frente de
la Oposición Democrática” cuyo
programa olvidaba el principal objetivo
de la revolución: la plena independencia
de Colombia ante el imperialismo
norteamericano. Ustedes no incluyeron
esta reivindicación fundamental en los
cinco puntos de la plataforma electoral
aprobada en su Undécimo Congreso. Y lo
formulamos públicamente, como ésta
visto, desde la aparición del artículo “La
hora es de unidad y de combate” y
lo puntualizamos desde la primera
reunión de grupos políticos del 22 de
septiembre de 1972.
Sin perjuicio de las modificaciones que
se le puedan introducir más adelante, lo
cierto es que los nueve puntos de la UNO
recogen en sus rasgos esenciales las
cuestiones básicas programáticas de la
revolución colombiana en su actual etapa
democrática, a saber:
a) “Combatir el neocolonialismo y la
dominación exterior de tipo económico,
político y cultural, que los Estados
Unidos de Norteamérica ejercen sobre
nuestra patria a través de las clases
sociales reaccionarias en las cuales
se apoya internamente”; b) “Luchar
por la realización de una reforma
agraria democrática que en base a la
confiscación de la propiedad
terrateniente, entregue la tierra a
los campesinos que la trabajan y a las
comunidades indígenas”; c) “Batallar
sin descanso por la constitución de un
Estado democrático de los obreros,
campesinos, clases medias,
industriales y productores nacionales”,
y d) ”Este Estado, al desarrollar
una economía próspera e independiente,
sentará las bases materiales, sociales
y políticas para la futura
construcción de una patria socialista
en Colombia”.[17]
De otra parte, el programa unitario
aprobado por el MOIR, el Movimiento
Amplio Colombiano y el Partido
Comunista, es literalmente contrapuesto
a la plataforma anapista de Villa de
Leyva de 1971 y a los doce puntos
preelectorales de María Eugenia de 1973.
La Alianza Nacional Popular no se separó
ideológica ni programáticamente de los
partidos tradicionales, de los que
heredó su atávica inclinación a prohijar
la entrega del país al imperialismo
norteamericano, justificar la
explotación de la gran oligarquía
burguesa y terrateniente y hacerle el
juego al anticomunismo. En ningún
período de su agitada vida a la ANAPO se
le ocurrieron, para las necesidades
ancestrales del pueblo colombiano,
soluciones aparte de las fórmulas
manidas de los dirigentes de liberalismo
y del conservatismo, a los cuales
buscaba destronar, pero a quienes sólo
ambicionaba suplantar. A lo que más se
atrevió fue, en las elecciones de 1974,
a reencauchar los viejos postulados
oligárquicos en nombre de un “socialismo
a la colombiana”. Sin poder interpretar
los reclamos de las clases
revolucionarias y deseando encarnar los
ideales de las clases reaccionarias en
contra de la antigua casta política
probada, terminó por perder las
simpatías de las primeras y de las
segundas, iniciando lo que parece será
una larga y melancólica decadencia.
OBJETIVOS REVOLUCIONARIOS
DE LA LUCHA ELECTORAL
Las rivalidades entre el MOIR y el
Partido Comunista acerca de las
características de la alianza a pactar,
no se redujeron a la controversia
estrictamente programática. Hubo otro
aspecto, tocado ya tangencialmente es
esta carta, que aún cuando no se debatió
con igual resonancia, no es por ello
menos trascendente. Nos referimos a los
objetivos que debía perseguir la Unión
Nacional de Oposición en la campaña
electoral, o el frente que se
constituyera para este fin.
Tema también relacionado con la ANAPO.
El Partido Comunista tejía demasiadas
ilusiones alrededor de la perspectiva
que él mismo calificó de “decisiva
batalla popular”. Para ubicarnos,
volvamos a leer las palabras del
Undécimo Congreso, citadas por el pleno
de mayo de 1972:
“Todo indica que las elecciones
presidenciales de 1974 pueden
convertirse en una decisiva batalla
popular contra la oligarquía. Si las
fuerzas de la oposición se unen en
torno a un programa y a un candidato
único, estarán en condiciones de
derrotarla y de hacer respetar su
victoria electoral, cerrando así el
paso a todas las maniobras de la
oligarquía tradicional”.
Se comprende que tales apreciaciones
fueron escritas aún bajo el impacto
producido por el inusitado desenlace de
las elecciones de 1970 y con la mirada
puesta en la Alianza Nacional Popular.
El proyecto no podía ser más ambicioso,
derrotar en las urnas a la oligarquía y
“hacer respetar” la victoria. ¡Qué lejos
caerían del blanco estos pronósticos!
Pero lo sorprendente es que le fraude,
el estado de sitio, el toque de queda,
el encarcelamiento masivo de los líderes
populares, el terror, recursos
preferidos por la coalición gobernante
para desconocer la victoria rojista, en
lugar de mover a la reflexión sobre lo
efímero de un triunfo puramente
electoral, mientras se mantenga intacto
el aparato burocrático-militar del
Estado, terminaron estimulando las
creencias y los creyentes en que sí se
puede arrebatar el Poder a los
depredadores con las armas de los votos.
La clave del asunto, según ustedes,
estaba en hacer un frente amplio y saber
escoger el candidato presidencial,
parecido al caudillo del 19 de abril, o
de su misma alcurnia. Hoy no se nos
puede desmentir que, cundo el congreso
del Partido Comunista planeaba tamaña
obra, lo hacía sobre el presupuesto de
que la ANAPO había herido de muerte al
bipartidismo colombiano y se hallaba
predestinada a grandes dignidades.
Porque con otro aliado y sobre otro
presupuesto el plan sería más
disparatado y la utopía más utópica.
Existen abundantes testimonios con
relación al convencimiento que ustedes
tenían por ese entonces de que Colombia
se encontraba a las puertas de una
“crisis decisiva del sistema paritario”
y de que la perspectiva de llegar al
Poder de brazo con la ANAPO estaba
lista. Revivamos algunos de ellos. El XI
Congreso del Partido Comunista
remarcaba:
“Estamos en el umbral del
desencadenamiento de la crisis
decisiva del sistema paritario, crisis
que expresará todo el desbarajuste de
la vieja estructura económico-social
del país”.[18]
Y el propio Gilberto Vieira, secretario
general del PC, a principios de 1972,
aventuraba la tesis de que el anapismo “puede,
si se consolida como partido
independiente, precipitar la
disolución del antidemocrático
monopolio bipartidista”, Por la
misma fecha, completaba: “Si la
ANAPO llegara al gobierno, sería
dentro de un vasto movimiento de
frente único con los otros sectores de
la oposición”.[19]
Y a los oídos de la ANAPO se musitaron
declaraciones tan tiernas como ésta: “En
1970, las masas anapistas recuerdan
que no sólo hicieron falta los votos
comunistas, sino también la
organización y la capacidad de nuestro
partido para defender el triunfo que
les arrebató con fraude y represión el
gobierno oligárquico”.[20]
Impugnando tan patéticas intenciones, el
MOIR llamaba la atención sobre algo que
hemos repetido hasta el cansancio: la
ANAPO no se encontraba ya en la edad
dorada, había iniciado su proceso
descendente, sin salvación. Pero no se
trataba únicamente de averiguar en qué
estadio de su desarrollo se encontraba
el movimiento del general Rojas; era
indispensable comprender que una
corriente que se nutría de la charca
doctrinaria del bipartidismo
tradicional, nunca estaría en
condiciones de desencadenar la crisis
decisiva del sistema oligárquico. En la
Colombia actual hay dos formas de hacer
política. La una, apoyando al
imperialismo norteamericano y a sus
lacayos criollos; la otra, respaldando a
las grandes masas populares que luchan
por su liberación y bienestar. La
primera política hace mucho tiempo que
está en bancarrota en nuestro país, y si
su colapso definitivo no ha llegado, es
precisamente por la ausencia de un
partido revolucionario capaz de
organizar y unificar al pueblo, mediante
una estrategia y táctica correctas que
lo conduzca a la victoria. En entonces
sí la nueva política sepultará la vieja
y Colombia cambiará de color. El partido
que realice este milagro no puede ser
otro que el partido de la clase obrera.
El “tercer partido” en Colombia será su
partido proletario. Las fuerzas
marxista-leninistas vienen luchando con
tenacidad tras este gran empeño, y a no
dudarlo el triunfo será suyo.
Para rechazar el despropósito de que la
Alianza Nacional Popular estuviera en
condiciones de generar la crisis
contundente del bipartidismo colombiano
y en defensa de la tesis de que el
“tercer partido” en nuestro país no
podría ser ninguna de las disidencias
que de vez en cuando se precipitan en
las filas del liberalismo y del
conservatismo y que al final de cuentas
desaparecen por inercia o regresan como
el hijo pródigo al hogar de sus mayores,
redactamos oportunamente las siguientes
frases:
“La ANAPO ha retrocedido
precisamente porque en el fondo no ha
dejado de ser un partido tradicional”
(...).
“El ‘tercer partido’ en Colombia no
puede ser otro que el partido de la
clase obrera. Sólo el partido
proletario podrá convertirse en el
vocero auténtico de los oprimidos y
humillados de Colombia. Ese partido y
no otro podrá apoyar e interpretar los
intereses de las masas campesinas,
organizar el pueblo y liberar al país.”[21]
Las elecciones de 1974 ratificaron
con creces estas palabras. El hecho de
que el descontento popular y el ascenso
de la lucha de las masas a finales de la
década del sesenta hubieran sido
capitalizados por un movimiento de las
características de ANAPO, fue en
realidad un alivio para los viejos
partidos, quienes resurgieron con
renovados ímpetus para proseguir su obra
de pillaje y depredación aprovechando el
desconcierto general.
Al mismo tiempo insistíamos en que no
obstante haber desaparecido la
alternación presidencial y la paridad en
las corporaciones públicas, por
vencimiento de los plazos, la oligarquía
había prolongado el paritarismo en la
rama ejecutiva del poder hasta 1978, en
virtud de la última reforma
constitucional. Esto concluyó siendo
denunciado por todo las fuerzas
democráticas y la Unión Nacional de
Oposición lo explicó exhaustivamente en
la campaña electoral. Pero hemos
advertido también que incluso de 1978
hacia adelante, los gobiernos
oligárquicos, según la Constitución,
seguirán siendo paritarios, mediante el
mecanismo de que el partido vencedor
deberá darle participación
administrativa “adecuada y equitativa”
al partido mayoritario distinto al del
presidente de la República. En otras
palabras, que el espíritu
frentenacionalista del Estado continuará
indefinidamente a través de los llamados
“gobiernos nacionales”. Este fenómeno
tan peculiar de nuestra situación
obedece en Colombia a la ley histórica
de que el imperialismo no puede ejercer
su dominación sino por intermedio de la
alianza de la gran burguesía y de los
grandes terratenientes, cuya expresión
política es la coalición
liberal-conservadora.
Las elecciones de 1974 se efectuarían
bajo esas disposiciones y las fuerzas
revolucionarias no podían contentarse
con hablar únicamente de los factores de
la eliminación de la paridad
parlamentaria y de la alternación.
Debían a la par esclarecer a las masas
convocadas a sufragar, que éstas irían a
una contienda en la cual de antemano se
hallaba establecido el resultado. Ganara
cualquier candidato, de todas maneras
seguirían gobernando el liberalismo y el
conservatismo, mancomunadamente.
Pero además de lo anterior, nosotros no
estábamos dispuestos por ningún motivo a
que quedara flotando en el ambiente la
duda de que participábamos en la batalla
electoral siquiera con la remotísima
esperanza de derrotar a nuestros
enemigos tradicionales, no sólo por la
desventajosa correlación de fuerzas,
sino principalmente por el
convencimiento arraigado de que jamás
ganaremos el Poder en unas elecciones.
En la historia de la lucha de clases no
se ha dado aún el primer caso en que los
opresores entreguen pacíficamente a los
oprimidos las riendas de la sociedad. E
inclusive el ejemplo chileno, sobre el
que tanto se teorizaba diciendo que
había iniciado la época de las
revoluciones incruentas, el modelo
viviente de la “vía electoral”,
“un camino para explorar hacia el
socialismo” y demás estulticias,
se vino al suelo hecho trizas con el
cuartelazo sanguinario de Augusto
Pinochet y el sacrificio de Salvador
Allende. El pueblo colombiano no
olvidará las respuestas que dieron los
defensores de esa singular teoría cuando
se les increpaba:
“Esto es engañar al proletariado y a
pueblo, desarmarlos, entregarlos
mansamente en manos de sus enemigos,
que no permitirán por las buenas la
implantación de la dictadura de las
clases revolucionarias dirigidas por
el proletariado”.[22]
Gilberto Vieira, por ejemplo, comentaba:
“Un factor verdaderamente decisivo
en Chile es el Ejército. Lo han
demostrado los hechos. La reciente
visita de una misión militar chilena a
Cuba me parece un acontecimiento
sensacional y significativo de todo
ese proceso. O sea, no es fácil que el
imperialismo pueda movilizar el
ejército chileno, en su conjunto,
contra el gobierno de la ´Unidad
Popular´, y esa es una de las ventajas
más grandes con que cuenta el pueblo
chileno”.[23]
La dictadura militar en Chile y el
ahogamiento del pueblo en un mar de
sangre terminaron dando dramáticamente
la razón a quienes en el mundo pensaban
como nosotros: “¡Lástima grande que no
sea realidad tanta belleza!” Después de
los dolorosos sucesos del hermano país
se nos ha querido combatir con la vil
calumnia de que respaldamos a la junta
militar chilena. A nosotros, que con
nuestra débil voz tratábamos en vano de
alertar sobre los peligros que corren
los revolucionarios que duermen en la
misma cama con los asesinos, que no
defendimos a los golpistas en potencia
como lo hicieron nuestros calumniadores,
se nos pretende presentar ahora
partidarios de la banda de Pinochet, con
el oculto propósito de eludir este
debate de principios relativo a la vía
de la revolución e impedir que se resuma
experiencia tan cara y tan valiosa para
el marxismo-leninismo. El pueblo chileno
sabrá corregir los errores de estos años
turbulentos y con su lucha heroica,
liberadora, rasgará la noche oscura que
ha caído sobre su querida patria. Y si
en alguien podrán confiar los
revolucionarios chilenos en estas horas
aciagas, será en aquellos que en las de
fugaz ventura les aconsejaron sincera y
respetuosamente.
Nos hemos separado deliberadamente del
tema que veníamos analizando para dar
una noción de la atmósfera ideológica
que se respiraba en los albores de los
años setenta y de los conceptos
encontrados que sobre los problemas del
Poder se esgrimían con especial ardor y
aún siguen copando el interés de los
revolucionarios. Para el MOIR era, por
tanto, de suma importancia la forma como
se proyectara la campaña electoral
conjunta, los objetivos que se trazaran,
la manera de explicar el aprovechamiento
de este tipo de lucha. Sabíamos que el
frente de izquierda tendría que designar
un candidato presidencial si deseaba
sacarle todo el jugo a su participación
en las elecciones de 1974. Pero nos
oponíamos a que aquella necesidad
condujera a la conciliación con quienes
espontánea o conscientemente pregonaban
obtener el Poder mediante la estrategia
de llegar tarde que temprano a controlar
por los votos el primer cargo de la
dictadura oligárquica proimperialista:
la presidencia de la República. En
contra de esta entelequia de derrotar a
las clases dominantes en una “decisiva
batalla” electoral y hacer “respetar la
victoria” de un candidato único de toda
la oposición, expusimos en estos
términos nuestras opiniones:
“La conveniencia de postular un
candidato presidencial de izquierda ha
sido estudiada, discutida y en general
aceptada no porque tenga
probabilidades así sean remotas de
salir victorioso, sino porque la
alianza electoral de izquierda
necesita una cabeza visible que la
represente y que con el respaldo a su
candidatura aglutine la lucha y la
votación a nivel nacional”.
“La imposibilidad de victoria de un
candidato presidencial de izquierda se
desprende de la correlación de fuerzas
y de las reglas de juego electoral.
Alfonso López y Álvaro Gómez como
candidatos del régimen contabilizan a
su favor el aparato estatal, la
autoridad del dinero, la gran prensa,
la radio, la televisión y se apoyan en
las fuerzas del atraso y de la
tradición bipartidista del país”
(...).
“Las clases explotadas dominantes
realizan elecciones o las suspenden,
abren sus parlamentos o los cierran,
imponen gobiernos civiles, mediante
votaciones o caudillos militares
mediante ´cuartelazos´, según, cuándo
y donde les convenga. Esta ha sido la
historia hasta hoy de la casi
totalidad de las repúblicas
latinoamericanas, para no salirnos de
nuestro continente, o por lo menos es
la experiencia de Colombia. El Estado
y sus instituciones representativas
tienen su definida naturaleza de clase
y son instrumentos de dominación de
una determinada clase. Las clases
revolucionarias no pueden esperar a
que el Estado de las clases
reaccionarias y sus instituciones
representativas se pongan a su
servicio, así aquellas consigan las
mayorías en unos comicios generales.
Si aspiran a emanciparse y a
transformar la sociedad, las clases
trabajadoras oprimidas están obligadas
a construir, sobre los escombros del
Estado opresor destruido
revolucionariamente, su propio Estado
con sus instituciones diferentes a las
desaparecidas.
“Entonces, ¿para qué participamos
los revolucionarios colombianos en las
elecciones y en el Parlamento?
Aprovechamos la campaña electoral y
vamos a las corporaciones públicas con
la finalidad de desenmascarar la
política antipatriótica y
antidemocrática del Frente Nacional y
sus instituciones reaccionarias, de
agitar un programa revolucionario y de
apoyar las luchas de los obreros, los
campesinos, los estudiantes y los
demás sectores populares. Así
acumularemos fuerzas. Para eso
utilizan los partidos revolucionarios
el sufragio en los regímenes
explotadores: para acumular fuerzas.
Luchamos y exigimos respeto por las
libertades políticas, por los derechos
de reunión y expresión de las
organizaciones populares, pero a cada
paso recordamos que bajo el régimen de
explotación y represión, en el cual
los grandes potentados internacionales
y sus sirvientes criollos se hartan de
riquezas a cambio del sudor y la
sangre de las mayorías, y continúe el
imperialismo controlando los resortes
vitales de la economía y por ende se
mantenga en lo fundamental intacta su
influencia política, bajo este
régimen, la mejor democracia del mundo
es falsa; que sólo en un Estado de
obreros, de campesinos y del resto del
pueblo, independiente y soberano, con
sus organismos representativos
auténticamente democráticos, las masas
podrán gozar de todos sus derechos y
participar plenamente en la política.
Educaremos a las clases
revolucionarias en la idea leninista
de que ´la revolución debe consistir
no en que la clase nueva mande y
gobierne con la vieja máquina del
Estado, sino que destruya esa máquina
y mande, gobierne con ayuda de otra
nueva´... “La esencia de la cuestión
radica en si se mantiene la vieja
máquina estatal (enlazada por miles de
hilos a la burguesía y empapada hasta
el tuétano de rutina e inercia) o si
se le destruye, sustituyéndola por
otra nueva” [24]
En esa forma expresábamos los objetivos
que debía perseguir nuestra
participación en la campaña electoral. A
su turno pertrechábamos a nuestro
Partido y al resto de sectores avanzados
en su lucha ideológica contra las
teorías seudo-revolucionarias del
Estado. El acertado aprovechamiento de
la lucha electoral serviría para
facilitar el avance y consolidar los
progresos de las fuerzas
revolucionarias. Nos propusimos, por
consiguiente, tres finalidades muy
definidas: combatir y desenmascarar la
política y las maniobras de la Gran
Coalición liberal-conservadora, agitar
un programa nacional y democrático y
apoyar las luchas del pueblo colombiano.
Y ésta fue la única política unitaria
posible, porque sólo estableciendo y
yendo en pos de tales objetivos, podría
lograrse, como se logró, un frente
combativo, revolucionario, que en la
contienda electoral se distinguiera por
su empuje, originalidad y consecuencia.
Así actuó la Unión Nacional de
Oposición, y en los primeros meses de
1974 llegó a preocupar a la reacción
apátrida, por un lado, y por el otro,
sorprendió al oportunismo de ´izquierda´
que no acabará de especular y de
demeritar el espectáculo de disciplina,
de vigor y de beligerancia que vio
desfilar ante sus ojos.
Cuanto más nos hallemos distanciado de
una situación revolucionaria, tanto más
imperioso será para las fuerzas de la
revolución el correcto aprovechamiento
de la lucha electoral. Tan peculiar
condición resulta doblemente cierta para
los países neocoloniales y semifeudales
como Colombia. En la casi totalidad de
los casos, el desbordado entusiasmo de
las más amplias masas por este tipo de
lucha denota más el atraso que el auge
de la revolución. Precisamente por eso
los revolucionarios están obligados a ir
a elecciones, retrocediendo en
comparación con sus máximos objetivos,
conscientes de que a éstos no podrán
arribar jamás, si rehúsan encuadrar su
táctica flexiblemente en las
circunstancias concretas del variable
desarrollo de la lucha de clases. En el
futuro esta observación se la seguiremos
exponiendo a los compañeros que confían
honestamente en que basta dar la orden
para que las masas se alineen y apresten
al combate. Las masas populares sólo
comprenderán nuestro pensamiento
revolucionario cuando nosotros nos
pongamos a la altura de sus necesidades
y partamos del nivel en que se
encuentran. Sin embargo, esto no
significa que al vincularnos a la lucha
electoral nos pleguemos a las corrientes
en boga. Por el contrario, combatiremos
fieramente por disipar las ilusiones que
las gentes sencillas se hacen y los
promeseros de la oligarquía alimentan,
de descubrir una camino llano y corto,
sin mayores traumatismos, para sacudirse
el yugo que los oprime de generación en
generación. Las fuerzas revolucionarias
no deben renunciar un solo día a su
labor de educar a las masas atrasadas,
ni en aquellas circunstancias en las
cuales la ola reaccionaria aparece
aplastante, como suele suceder en las
temporadas electorales. Esta crítica se
la lanzamos a quienes prefieren acallar
sus intenciones a cambio de ganar
“amigos”, pasar el chaparrón en medio
del tumulto sin dar la pelea o aguardar
camuflados ocasiones más propicias. A
veces resulta “mejor estar solos que mal
acompañado”, como aconseja el aforismo
popular. Y si no nos atrevemos a tocar
nuestra trompeta para que la escuchen
hasta los propios enemigos, así sea una
clarinada impertinente, no habrá cuándo
tengamos una opinión pública
revolucionaria, ni unos bravos
escuadrones que como los de Rondón
vencieron y humillaron a las huestes
españolas en el Pantano de Vargas.
Sin capitulaciones de ninguna especie y
sin haber perdido la visión de los
objetivos estratégicos, la Unión
Nacional de Oposición combatió
infatigablemente durante la campaña
electoral la política oligárquica, agitó
su programa revolucionario y se
solidarizó y estimuló las luchas de las
clases oprimidas. La UNO educó a las
masas en los principios de la revolución
nacional y democrática, consolidó el
avance de las fuerzas revolucionarias y
sus tres partidos de importancia
nacional, como los múltiples movimientos
populares de provincia que la integran,
se expandieron y fortalecieron.
Exactamente así concebimos los objetivos
de la UNO en la lucha electoral,
mientras el Partido Comunista pataleó
hasta el final por su estratagema de
conseguir el entendimiento con la ANAPO.
Y tan obsesivo sería este deseo que una
vez escogida oficialmente la candidatura
de Hernando Echeverri y habiendo
quedado, por lo tanto, sellada la
posibilidad del candidato único de toda
la oposición, ustedes propusieron esta
última fórmula de acercamiento:
“Pese a las diferencias presentadas,
es nuestro deber continuar realizando
esfuerzos por buscar acuerdos entre la
ANAPO y la UNO. Dos fuerzas de
Oposición pueden entenderse para
realizar una labor de conjunto,
orientada a la ayuda mutua en las
tareas electorales. Planteamientos
como la defensa unida contra la
represión, por el respeto a las
libertades y derechos, para evitar la
ruptura de carteles, por la ayuda en
los actos públicos, tiene acogida en
ambos sectores”.[25]
Pero al mismo tiempo era tal la aversión
del estado mayor anapista por todo
cuanto tuviera que ver con el comunismo
y su total despreocupación por una
política unitaria, que ni siquiera se
dignó nunca responder las propuestas
afables del Partido Comunista, ni aun
ésta, tan parca y tan modesta, como cosa
pintoresca, de un acuerdo para “evitar
la ruptura de carteles”.
LA IZQUIERDA ANAPISTA
Y LAS TRES OPCIONES DEL 21 DE ABRIL
Hemos analizado desde los orígenes de la
UNO los problemas candentes en los
cuales hubo discrepancias entre ustedes
y nosotros. Tanto la cuestión
programática como los objetivos de la
campaña electoral tuvieron que ver con
la contumacia del Partido Comunista a
conformar el frente con la Alianza
Nacional Popular. Quisiéramos dar por
finalizada la réplica a las acusaciones
del Partido Comunista con respecto al
asunto de la ANAPO, pero como nos hemos
hecho el propósito de aclarar todas y
cada una de las dudas que ustedes han
arrojado sobre nuestro comportamiento,
vamos a ocuparnos de otra falsa
imputación, a manera de cierre de este
pleito.
Sin ningún rubor ustedes han sostenido:
“Se conoce de sobra la actitud
agresiva del MOIR contra la ANAPO a la
cual, ciegamente, engloba bajo la
definición de “organización populista
y de derecha”, negando la existencia
en su seno de sectores de izquierda y
de una radical base popular”.[26]
Y: Públicamente condenan todo
contacto con la ANAPO por considerarla
´el peor obstáculo
contrarrevolucionario´. Pero al mismo
tiempo, tienden puentes hacia ese
partido”.[27]
Como ninguno de los prospectos que el
Partido Comunista hizo referentes a la
ANAPO se cumplieron, recurre a ese ardid
antiquísimo como el hombre mismo, de
llevar al absurdo el pensamiento de sus
contendores para refutarlo a su gusto.
Se cuidan ustedes de reconocer que el
MOIR tuvo razón sobre la imposibilidad
de un acuerdo con la ANAPO para las
elecciones de 1974, y procuran desviar
la atención de quienes siguen esta
polémica con una nueva acusación,
producida en abril pasado: el MOIR no
reconoce sectores de izquierda en la
ANAPO y en su agresividad la confunde
con el enemigo principal. Esto no es más
que una burla y desesperada
tergiversación. Recordemos algunas de
las veces que señalamos la existencia de
una izquierda anapista, a la cual, entre
otras cosas, había que ganar.
En 1972 dijimos:
“Para que los sectores izquierdistas
de ANAPO puedan participar en un
frente electoral revolucionario no les
queda otra salida distinta de la
insubordinación y desconocimiento de
la dirección del General, como lo
hicieron los miembros del Movimiento
Amplio Colombiano”.[28]
En 1973 reiteramos:
“Por un lado, la ANAPO se nutrió de
un núcleo de dirigentes populares
sinceros y de gente común anhelante de
un vuelco en la situación, sin saber
exactamente cuál y cómo. Estos
constituyeron la izquierda de la
ANAPO. Por el otro, fueron llegando
círculos de politiqueros arribistas
cuyas aspiraciones personales no
tenían cabida por varios motivos en
los partidos tradicionales y de
personas extraídas o con vínculos al
gran capital y a los terratenientes,
pero marginadas del control de los
organismos claves del Estado. Estos
círculos constituyeron la derecha de
la ANAPO, tomaron su mando y le
imprimieron su política de oposición
respetuosa del sistema (...).
"La ANAPO continúa siendo escenario
de lucha entre sus dos alas,
notablemente mermadas. Las fuerzas
revolucionarias deben tratar de
influenciar a los sectores de
izquierda que aún quedan en la ANAPO y
ganarlos para una posición realmente
antiimperialista y antioligárquica”.[29]
Y en la última convención de la
UNO, anterior a las elecciones, el
compañero Francisco Mosquera sintetizó
nítidamente la actitud distinta que
correspondía con los enemigos
principales, las fuerzas intermedias y
los aliados. Dijo así:
“Nuestra táctica electoral es
sencilla y clara. Concentramos el
ataque contra los enemigos principales
del pueblo colombiano: la coalición
oligárquica proimperialista,
gobernante, cuyos candidatos oficiales
significan el continuismo, la opresión
extranjera, el atraso, la miseria, el
hambre y la represión fascista.
Criticaremos las vacilaciones y el
manzanillismo de la ANAPO, estimulando
a la vez a sus sectores de izquierda
para que asuman una posición
consecuentemente antiimperialista y
antioligárquica. Y estrecharemos los
vínculos entre los partidos y
movimientos políticos de envergadura
nacional y regional que están
resueltos a abanderar la alternativa
revolucionaria, despejando el camino
de la unidad del pueblo y preparando
las condiciones para más profundas y
extensas batallas por la liberación
nacional y por la revolución”.[30]
Empecemos por lo último. Nunca
pretendimos que se combatiera a la ANAPO
cual si se tratara de las más grave
desventura del país, atribución gratuita
con la que únicamente se busca
desvirtuar nuestras críticas a ese
partido. Ni hemos sustituido en ningún
tramo de nuestra lucha al imperialismo
norteamericano y a las cabezas visibles
de las clases dominantes
proimperialistas colombianas como blanco
principal de nuestro ataque. Conforme a
esta inalterable posición de principios
fue como propusimos la política de
“Unidad y Combate”, cuyo contenido se
resume en la máxima de: concentrar el
fuego en la Gran Coalición
liberal-conservadora. Contra esta
táctica conspiraba la Alianza Nacional
Popular, que aparecía a todo trance
remisa a romper su indiferencia ante la
cruel explotación imperialista de que
Colombia es víctima predilecta y a
respaldar efectivamente las luchas de
las masas populares por sus derechos a
gozar de una patria libre y democrática.
Como no perdimos el sentido de las
proporciones y sabíamos matemáticamente
cuál era nuestra fuerza real, no nos
trazamos la meta de aislar
definitivamente en unos cuantos meses,
no siquiera en unos pocos años, al
núcleo dirigente de la alianza
oligárquica. En forma voluntaria nos
redujimos a trabajar por unificar en un
frente revolucionario a los movimientos
susceptibles de integrarlo según las
condiciones y dimos la alarma sobre el
obstáculo que simbolizaba el anapismo
para la conformación de dicho frente. Y
objetivamente la ANAPO se convirtió en
el “peor obstáculo” de la
política de “Unidad y Combate”,
en la medida en que el Partido
Comunista, haciendo las veces de abogado
del diablo, terciaba a su favor. En fin
de cuentas nuestra divisa de unir todo
lo unificable para las elecciones de
1974 se abrió paso justo a tiempo. Y en
septiembre de 1973 ya estaban definidas
las tres opciones más caracterizadas: “Desde
la reaccionaria y antipatriótica,
representada por los candidatos se los
partidos Liberal y Conservador,
Alfonso López y Álvaro Gómez, pasando
por la intermedia e inconsecuente de
la ANAPO, con María Eugenia de Moreno
Díaz, hasta la nacional y democrática
de la Unión Nacional de Oposición”[31].
En cuanto a la izquierda anapista,
la discrepancia fue diametralmente a la
inversa de la versión amañada que se
pretende dar, después de cuatro años de
agudas discusiones. Pero ustedes no se
saldrán del embrollo tergiversándonos.
Así harán menos decorosa la retirada.
Nosotros insistíamos no en que no
hubiese una izquierda en la ANAPO, sino
en que ésta, para poder contribuir
efectivamente a una política
revolucionaria, se veía abocada con
posterioridad a 1970 a la ineludible
disyuntiva de rebelarse o seguir uncida
a una línea oportunista que sólo
fracasos cosecharía. Ustedes, al
contrario, creían que la izquierda
anapista podría tomar el timón y
enrumbar el “tercer partido”, hacia
aguas unitarias. Aceptemos que sus
deseos eran altruistas, pero la ANAPO
había encallado y sus sectores avanzados
no tenían ni la influencia en el mando
ni el respaldo suficiente para enderezar
la situación. En la práctica, la
consigna de permanecer a bordo hasta el
final, facilitaba la labor de la pequeña
burguesía arribista que soñaba con
escalar posiciones en la ANAPO y llegar
al Parlamento bajo su manto protector,
aprovechando la desbandada de sus más
reputados dirigentes de derecha y de
izquierda. Si algo merece calificarse de
populista es precisamente este intento
ulterior de arribismo pequeñoburgués por
salvar los dogmas reaccionarios de ANAPO
en nombre de la revolución, por cubrir
el viejo santoral con el palio del
“socialismo a la colombiana” . Este
novísimo “socialismo” fue a la postre el
más acérrimo enemigo de la política
unitaria que lo amenazaba a muerte.
La inutilidad de esta táctica fue
reconocida por el Partido Comunista al
mes de las elecciones, en mayo de 1974,
cuando resolvió suspender su posición de
“neutralidad” frente a la ANAPO.
Leámoslo:
“Ahora más que nunca debemos
acercarnos a los sectores más
consecuentemente revolucionarios de la
ANAPO. Hay que modificar actitudes de
´neutralidad´ ante las contradicciones
de este movimiento a fin de pasar a
una lucha activa y continua para
estimular entre sus activistas y
adherentes las acciones unitarias y
para atraer a los más avanzados a la
UNO y a la militancia en nuestras
filas”.[32]
La postrera rectificación del Partido
Comunista de “modificar” la “neutralidad
ante las contradicciones de la ANAPO”,
¿significa acaso una implícita
aproximación a la orientación del MOIR
de “influenciar a los sectores de
izquierda que aún quedan en la ANAPO y
ganarlos para un posición realmente
antiimperialista y antioligárquica”?
De ser así no podemos menos de alabar
que la experiencia, madre de la
sabiduría, ayuda por igual a todos a
distinguir el acierto del error. De
todos modos no tenemos prisa, confiamos
en que la práctica de la lucha de clases
proferirá su fallo inapelable y dará a
cada cual lo merecido. Y en verdad que
nuestra paciencia ha sido premiada. Al
cabo de estos tres últimos años podemos
hacer un balance victorioso. Logramos
concurrir en la pasada campaña electoral
con un frente conjunto de fuerzas que,
aunque pequeño, presentó una auténtica
alternativa revolucionaria al pueblo
colombiano. Las pretensiones de diluir
la UNO en una amalgama informe e
indefinible fueron contundentemente
derrotadas. Los resultados electorales
contabilizados son altamente favorables
si se tienen en cuenta las dificultades
supremas en las que se libró la
contienda, y las fuerzas revolucionarias
conquistaron significativas posiciones
en las corporaciones públicas que han
convertido en puestos de combate y
tribunas de denuncia de las
arbitrariedades y atropellos del
régimen. Los objetivos de educar al
pueblo, consolidar el avance
revolucionario de nuestras fuerzas y
apoyar las luchas populares se
cumplieron hasta el límite de nuestras
capacidades. Pudimos librar una gran
batalla ideológica contra las
concepciones liberales y contra las que
pretenden revisar el marxismo-leninismo.
La UNO ha quedado armada de un programa
revolucionario que consigna las
principales reivindicaciones
estratégicas de la actual etapa nacional
y democrática de la revolución
colombiana. Se abre un nuevo período de
la historia de Colombia en el cual, no
obstante el triunfo montado y
transitorio de las fuerzas
reaccionarias, la crisis política y
económica de las clases antipatrióticas
gobernantes y del imperialismo
norteamericano se agudiza
irreversiblemente, mientras las masas
oprimidas arrecian la lucha en todos los
frentes de batalla. Las tendencias
unitarias de las diversas clases, capas
y organizaciones revolucionarias de la
sociedad colombiana se acentúan por
encima de los tropiezos naturales y a
través del combate ideológico necesario,
imprescindible y vivificante. Y nuestro
Partido, más fogueado, más disciplinado,
más unido, más extendido y más arraigado
en el corazón del pueblo, está en
condiciones de desempeñar un papel de
mayor importancia en la conducción de
las luchas revolucionarias.
Doblemos esta doliente página de la
Alianza Nacional Popular con el
siguiente comentario. El Partido
Comunista aceptó que su “consigna
del Onceavo Congreso, por un candidato
único de toda la oposición democrática
en la batalla electoral de 1974, no ha
podido realizarse”.[33]
Aceptación
apenas obvia. Pero como lo hemos
explicado, la infundada insistencia del
Partido Comunista por forzar la
aplicación de su línea trazada, originó
todas estas contradicciones de la
alianza, la amplitud del frente, el
programa de la UNO y los objetivos de la
campaña electoral. Ustedes no podrán
decir que la “consigna del Onceavo
Congreso” no se concretó debido a las
interferencias del MOIR. Nuestro poder
decisorio no era tan determinante. Por
el contrario, nos limitamos a fijar
nuestros puntos de vista, a negarnos a
participar en la UNO mientras no se
clarificara la política y a esperar. De
tal manera que el Partido Comunista tuvo
el campo libre hasta el 22 de septiembre
de 1973 para negociar su esquema
unitario. ¡Y cómo lo gestionó! Por esto
resulta tendencioso y ruin despachar
esta polémica con la afirmación de que “el
MOIR ingresa a la UNO después de
haberle dado muchas vueltas”. Y
por eso nos hemos ocupado en desmenuzar
esta historia para comprobar que “en
definitiva” nos guiamos “por
el criterio” de que era “preferible
constituir un frente que, aunque
pequeño”, le pudiera “presentar
al pueblo una verdadera alternativa
revolucionaria”.34] Ustedes
fueron los que dieron vueltas y
revueltas
alrededor de una quimera, desinteresada
y piadosa si así lo prefieren, pero
quimera al fin y al cabo, como revolotea
el cucarrón alucinando en torno a una
lámpara encendida.
DOS TARAEAS PARALELAS DE “UNIDAD Y
COMBATE”
Conocidos los orígenes de la Unión
Nacional de Oposición, sus dificultades
y luchas del comienzo y explicadas cómo
quedaron las cuestiones del programa y
de los objetivos y frutos de la campaña
electoral, pasaremos a ocuparnos del
problema de su carácter, es decir, a
responder al interrogante ¿qué es la
UNO?
El Partido Comunista se apresuró a
definir a la UNO como la “semilla
del Frente Patriótico la Liberación
Nacional”. Retomamos esta
definición porque con ella se ha
pretendido, por un lado, refutar nuestra
consigna inicial de la necesidad de la
creación de un “frente electoral de
izquierda” para las elecciones de 1974,
y por el otro, proporcionarle algún
basamento doctrinal a la insinuación de
que el MOIR se muestra reacio a
facilitar la unidad de las fuerzas
revolucionarias. Tal infundio está
regado en múltiples materiales del
Partido Comunista, queriendo significar,
a punta de repetirlo, que ustedes son
partidarios del frente único mientras
nosotros tenemos de él una miope visión
electorera. Es como si se creyera a pie
juntillas que asuntos tan fundamentales
para la teoría y la lucha
revolucionarias se pudieran despachar
mediante golpes de mano y argucias
ingeniosas. Sin embargo, quien haya
escuchado con atención la melodía
monocorde de que la UNO es la “semilla
del Frente Patriótico” habrá
descubierto fácilmente que el Partido
Comunista una vez más sólo aporta como
argumentos suyos sus deseos y sus
calumnias contra el MOIR.
Estamos seguros de que con definiciones
abstractas no habrá cuándo desentrañar
el problema, ni la polémica la debemos
reducir a la competencia de quién le
augura a la UNO la mejor de las suertes.
Ya observamos cómo el esquema de
convertirla en el “Frente de la
Oposición Democrática”, “esencia”
del “Frente Patriótico”,
desembocó en un fracaso. No basta con
decir “hágase la luz y la luz fue
hecha”. Para prever el destino de la UNO
es forzoso no olvidar cuáles son sus
fuerzas verdaderas, conocer las
distintas concepciones que chocan en su
seno y entonces sí, mediante la
discusión, inquirir si es posible o no
concordar las políticas más indicadas
que solventen su actual crisis y la
transformen en un centro eficaz de
dirección y coordinación de las luchas
revolucionarias. Pero mientras la UNO no
pase a cumplir una función efectiva como
centro orientador y cohesionador de
estas luchas y no garantice el mínimo de
identidad y de cooperación entre sus
fuerzas integrantes, será la negación
del frente unido. Si sinceramente
queremos constituirla en la “semilla”
de la alianza que a la larga abarque y
organice a todo el pueblo colombiano,
tendremos que empezar por corregir ésta
su falla principal. Y es más, no existe
otra salida, remarcamos, para evitar su
deceso. El deceso de la UNO como
organización unitaria y democrática, se
entiende, porque no se nos escapa el
hecho de que cualquiera de sus
componentes pueda prolongarle
artificialmente la vida, pero ya como
apéndice exclusivamente suyo. En esta
última eventualidad la Unión Nacional de
Oposición perdería su carácter de
aglutinante de distintas corrientes
políticas y, por ende, la “semilla”
se marchitaría sin haber germinado.
Antes de intentar tan ingente labor
dejemos establecidas dos premisas. En
primer término que nuestro interés sigue
siendo el de salvar y desarrollar la
Unión Nacional de Oposición. Una alianza
de esta índole, no obstante su relativa
debilidad, es altamente positiva para la
revolución colombiana, siempre y cuando
cumpla con una política unitaria,
democrática y revolucionaria. Creemos
que nuestra mejor colaboración en esta
hora es señalar críticamente las
rectificaciones a que haya lugar, pero
somos conscientes de que solos no
podremos imprimirle ni la política ni la
pujanza que requiere la UNO. Se precisa
de un replanteamiento de los acuerdos
entre las fuerzas que han venido
comprometidas con el proceso unitario de
los tres últimos años. Y como lo dijimos
al principio de esta carta, estamos
dispuestos a agotar pacientemente todos
los medios al alcance para superar la
crisis y proveer las bases del nuevo
entendimiento.
En segundo término, sea cual fuese el
resultado de nuestras gestiones, el MOIR
seguirá invariablemente la línea de
luchar por la unidad de las fuerzas
revolucionarias. Desde nuestro
nacimiento como organización partidaria
independiente hemos proclamado con
claridad meridiana que la revolución
colombiana en su presente etapa
democrática sólo conquistará la victoria
con la unidad de todas las clases,
capas, partidos y personas que en una u
otra forma repudien la dominación del
imperialismo norteamericano y de las
clases antinacionales que le sirven de
soporte. Bajo esta suprema directriz
hemos venido combatiendo. Nuestro
proyecto de programa para el Primer
Congreso del Partido del Trabajo de
Colombia lo destaca como uno de sus
grandes postulados. Ninguna
consideración logrará separarnos de esta
senda. Y tenemos una seguridad absoluta
en que el pueblo colombiano, a pesar del
curso zigzagueante de la revolución,
llegará a obtener su unidad y con ella
la liberación, la prosperidad y la
grandeza del país. Los problemas de la
conformación de un frente único
antiimperialista, así como el resto de
los asuntos vitales de la revolución,
sólo podrán resolverse
satisfactoriamente aplicando el método
de la participación democrática de todas
las fuerzas revolucionarias. Sin
democracia no habrá unidad. Precisamente
la reacción sojuzga al pueblo
dividiéndolo y lo divide negándole la
libertad de organización, de expresión y
demás derechos políticos. Las amplias
masas repudian los procedimientos
antidemocráticos. Y dentro del
movimiento revolucionario colombiano
ningún partido aceptará jamás estar bajo
la férula de otro. Atrás quedaron los
tiempos en los cuales los litigios se
absolvían conforme al respeto que
reclaman los “mayores en edad, dignidad
y gobierno”. Las fuerzas nuevas son
irrespetuosas, se atreven a desmentir a
las viejas autoridades, descorren velos
y destruyen mitos. Es la dinámica de la
lucha. Gracias a ella la revolución no
se estanca sino que avanza sin cesar
hacia adelante, superando los períodos
de desconcierto y de marasmo.
Sentadas las dos premisas anteriores,
manos a la obra. Escudriñemos en la
corta existencia de la Unión Nacional de
Oposición cuál ha sido su labor de
dirección y coordinación. Partamos de
unas frases aún calientes del pleno del
Partido Comunista de abril pasado,
arriba citadas:
“La Tercera Convención de la UNO,
replicando a quienes consideraban esta
alianza como un mero acuerdo
electoral, declaró que ‘ha surgido un
frente de fuerzas revolucionarias y
populares, con un programa de nueve
puntos, cuyo objetivo final es abrirle
el camino a Colombia hacia el
socialismo’.”
Al año de efectuadas las elecciones, el
Partido Comunista no ceja en revivir su
querella contra el MOIR acerca del
carácter de la UNO. Lo que resulta
doblemente insólito, si se comprende que
los documentos aprobados por la Tercera
Convención lo fueron por unanimidad y
con la participación voluntaria nuestra,
y, sobre todo, si se persiste en la
turbia costumbre de refutar al MOIR
haciendo caso omiso de sus posiciones
públicas. Ustedes pretenden cosechar
laureles en el campo de la teoría sobre
el frente único, tiroteando la
formulación que hicimos, a su tiempo, de
la necesidad de la construcción de un “frente
electoral de izquierda” para las
elecciones de 1974. Y de carambola
ubicar al MOIR en el bando contrario de
la unidad de las fuerzas
revolucionarias. Contraponer el MOIR a
la línea de desarrollar un “frente
de fuerzas revolucionarias y populares”
porque defendimos y sacamos avante la
consigna del “frente electoral de
izquierda” en 1974, es un enfoque
tan formulista, como el que sería atacar
a la UNO porque según su nombre se
limita a unificar la llamada
“oposición”.
¿A qué obedecía que propusiéramos un “frente
electoral de izquierda” para las
pasadas elecciones? Creemos que esta
pregunta ha quedado suficientemente
respondida en los capítulos precedentes.
Ustedes hablaban de un frente de toda la
“oposición democrática” con
candidato único y programa común, con la
ANAPO como columna vertebral. Nosotros
considerábamos que conforme a las
circunstancias reinantes sólo era viable
un frente mucho más reducido, pero con
un contenido revolucionario, con el que
podrían colaborar el MOIR, el MAC, el
Partido Comunista, movimientos avanzados
de provincia y sectores de izquierda de
otros partidos. A esa alianza la
denominamos “frente electoral de
izquierda” para distinguirla de la
proyectada por el Partido Comunista y
que la práctica encontró irrealizable.
¿Cuál de las propuestas era más
consecuente, no desde el punto de vista
de su viabilidad, como ha sido aceptado
por ambas partes, sino del de su
contenido? ¿Bastaba simplemente la
retahíla de que la UNO era la “esencia”
o la “semilla” del futuro frente único
para imprimirle un carácter
revolucionario? Su carácter
revolucionario únicamente podrían
determinarlo el programa y los objetivos
concretos que se fijaran en consonancia
con el tipo de lucha inminente que
teníamos delante. Y la UNO cumplió una
gran tarea revolucionaria porque pudo
concurrir a la contienda electoral con
un programa nacional y democrático y con
los objetivos de desenmascarar la
estrategia de los partidos oligárquicos
proimperialistas, agitar y explicar la
estrategia revolucionaria y apoyar las
luchas del pueblo colombiano. La lucha
inminente que teníamos delante era la
participación en las elecciones, una de
las principales preocupaciones de
ustedes y de nosotros. Para demostrarlo
sería suficiente repasar las muchas
citas que llevamos recopilando del MOIR
y del Partido Comunista.
Siendo esto exactamente cierto, el MOIR,
sin embargo, no confinaba las alianzas
al lindero exclusivamente electoral.
Cuando proclamamos nuestra política de
“Unidad y Combate” en 1972, además de la
tarea de crear un “frente electoral
de izquierda”, nos trazamos la de
la unidad del movimiento sindical
independiente. Las condiciones para esta
segunda tarea estaban también dadas: la
profunda crisis de la UTC y CTC, el
anuncio de su fusión a comienzo de ese
año y la desesperada decisión del
gobierno de Pastrana de apoyarse
abiertamente en sus camarillas
antiobreras, desnudándolas por completo
y contribuyendo a enmendar los equívocos
que todavía campeaban en el movimiento
obrero sobre su verdadera catadura.
Además, el reconocimiento del Partido
Comunista de la presencia de diversas
fuerzas políticas antiutecistas y
anticetecistas dentro del sindicalismo
independiente y su oportuna declaración
a favor de la perspectiva de la creación
de una central unitaria. Sobre los
logros y tropiezos de esta empresa nos
ocuparemos luego por separado. Aquí nos
interesa resaltar que cuando llamamos a
trabajar por la política de “Unidad y
Combate” lo hacíamos con la mente puesta
tanto en la urgencia del “frente
electoral de izquierda” como en
la necesidad de unificar el sindicalismo
independiente.
Ambas tareas suponían para nosotros una
alianza con el Partido Comunista y
procedimos en consecuencia a dar los
pasos concernientes. Así lo entendíamos
y así lo explicamos:
“La central obrera independiente y
el frente electoral de izquierda son
dos tareas cuya realización exige que
el MOIR trabaje en ellas conjuntamente
con el Partido Comunista y otras
organizaciones partidistas. Para ello,
tendremos que hacer y hemos hecho,
modificaciones adecuadas a nuestra
política” [35]
De tal manera que seguir martillando con
la acusación de que el MOIR ha reducido
su política unitaria revolucionaria a un
estrecho criterio electoral es otra
desfiguración más que tenemos que
abonarles a ustedes, en el afán de
echarnos el agua sucia, revuelta con su
propio barro. Y en verdad es el Partido
Comunista quien ahora niega a toda
costa, como lo avizoraremos después, que
la política de alianza entre ustedes y
nosotros hubiese abarcado acuerdos
referentes al movimiento sindical. Pero
al mismo tiempo nos arroja la
recriminación de que el MOIR no piensa
en una unidad más amplia ni más profunda
como se supone sea la empresa de
construir un “Frente Patriótico”
o una “semilla de Frente Patriótico”.
Lo que sucede es que nosotros no
hemos especulado acerca del frente
único. Con la concepción que tenemos de
él como máximo aglutinante de las
fuerzas revolucionarias y principal
forma de dirección de la revolución
nacional y democrática, dilucidamos que
tal objetivo aún se encuentra distante
de nuestros anhelos, a pesar de los
innegables progresos de la conciencia
política del pueblo colombiano. Sin
embargo, cuando propusimos la línea de
“Unidad y Combate”, reparábamos en que
sus tareas del frente electoral de
izquierda y de la unidad sindical,
aunque no significaban de por sí que
estuviéramos en los umbrales del frente
único, la una y la otra se acogían a su
espíritu. Alrededor de estas dos tareas
se podrían comprometer corrientes y
sectores distintos a los del MOIR, como
efectivamente sucedió, pero jamás
creímos que movilizaran a las inmensas
masas, ni siquiera al grueso destacado
de las clases explotadas y oprimidas.
Con la campaña electoral unificada y el
trabajo conjunto en el movimiento
sindical, aplicábamos una línea de
frente, no obstante encontrarnos a miles
de jornadas de éste. Y no lo decimos hoy
para defendernos de un ataque artero. Lo
planteamos antes de pactar los acuerdos
con los aliados de la UNO. Veámoslo:
“La política de ‘Unidad y Combate’
busca el cumplimiento de las tareas
mencionadas (el frente electoral y la
unidad sindical) y se halla enmarcada
en la estrategia de la revolución
nacional y democrática. Esta política
principia por reconocer la lucha que
contra el imperialismo yanqui y sus
lacayos adelantan las grandes mayorías
nacionales. La creación de una
Colombia independiente y próspera será
producto de la victoria del frente
único antimperialista que integrarán
los obreros, los campesinos, la
pequeña burguesía urbana y el resto de
los sectores patrióticos. En la
actualidad no hay condiciones para
conformar un frente de esas
dimensiones. A la revolución
colombiana aún le falta recorrer mucho
trecho para lograrlo. Sin embargo,
unificar fuerzas susceptibles de
aliarse en la actualidad contra el
imperialismo yanqui y las oligarquías
coligadas, principales enemigos del
pueblo y la nación colombiana, es una
política que interpreta el espíritu de
frente único, aunque se circunscriba a
tareas particulares de la revolución.[36]
Después del esclarecimiento hecho
sobre nuestro criterio de frente único
en relación con las dos tareas de la
campaña electoral unificada y de la
unidad sindical, procedamos a indagar
cuál ha sido en realidad la labor de la
UNO. Cumplidos sus tres años, ¿se puede
asegurar que haya desempeñado
efectivamente un papel de dirección? A
excepción de la tarea electoral, en la
cual su Comando nacional discutió y
decidió de manera positiva y actuante,
la Unión Nacional de Oposición se ha
reducido a una que otra declaración, las
más de las veces rectificando malos
entendidos. En sus organismos
directivos, por ejemplo, nunca se
analizaron ni mucho menos se trazaron
orientaciones concernientes al proceso
unitario del movimiento obrero. La
unidad obrera marchó siempre paralela a
la UNO. La actividad de ésta con
respecto a aquella se redujo a producir
esporádicamente algún pronunciamiento de
apoyo a los logros conocidos de la zona
estrictamente sindical, como lo hizo la
Tercera Convención hace un año.
Sabemos que no se hará esperar la
réplica de ustedes, cuando lean esta
líneas, pidiendo la milimétrica
demarcación entre el trabajo sindical y
el trabajo político, de la que han sido
fieles defensores. Anticipemos también
nuestra respuesta, ampliamente conocida.
Existe una esfera sindical, una
agrupación de los obreros por oficio y
ramas industriales, que se da
espontáneamente, sin que medie la
conciencia comunista. Ésta es su primera
forma de organización de clase,
imprescindible como escuela de lucha del
proletariado y base de apoyo de sus
progresos políticos en procura de una
más elevada expresión organizativa, su
partido revolucionario. La organización
sindical es insustituible. Ella abarca
teóricamente a toda la clase. El partido
se conforma de sus elementos avanzados,
y es la vanguardia esclarecida que guía
al proletariado hacia su emancipación y
hacia el comunismo. Pero entre una y
otra forma de organización de la clase
obrera no puede levantarse una
Cordillera de los Andes. La burguesía
predica desde todos sus púlpitos que el
movimiento sindical debe proscribir la
política de sus predios, especialmente
la política revolucionaria. Los
moiristas, a la inversa, creemos que el
partido proletario debe nacer y crecer
entre los obreros de carne y hueso, que
se hallan organizados en sus sindicatos,
conocer al dedillo y resolver todos sus
problemas y con ello ponerse al frente
del resto de oprimidos de la sociedad
colombiana por la liberación nacional y
la revolución. Los sindicatos adelantan
la lucha económica en procura de mejores
condiciones de vida y de trabajo dentro
del actual sistema, pero también luchan
políticamente por la destrucción del
mismo. En las condiciones de Colombia
los problemas de la unidad sindical no
gravitan privativamente en la órbita
gremial, sino que pertenecen por sobre
todo a la lucha política de los obreros,
y su partido puede y debe discutirlos
con las clases aliadas que padecen la
persecución del enemigo común. La
derrota de las camarillas vendeobreras y
vendepatrias de la UTC y CTC y la
unificación del sindicalismo en una sola
confederación nacional, serían una gran
conquista de la revolución, conquista
que entusiasma primordialmente al
proletariado revolucionario en su
conjunto. La UNO como tal no ha
examinado estos asuntos, no obstante
haber en su seno fuerzas políticas
fervorosamente partidarias de la unidad
sindical.
Los acuerdos sindicales en torno a la
construcción de una central unitaria se
lograron en los encuentros obreros,
realizados en 1972 y 1973. Eso estuvo
bien. El MOIR, el Partido Comunista y
demás organizaciones políticas
participantes en dichos encuentros se
expresaron y comprometieron a través de
sus respectivos dirigentes sindicales.
Nosotros preveíamos el desarrollo
paralelo de las dos tareas, la de la
concurrencia conjunta en las elecciones
y la de la unidad sindical, cuando
distinguíamos en la formulación de
nuestra política de “Unidad y Combate”
entre la lucha por el “frente electoral
de izquierda” y la lucha por la “central
unitaria independiente”. No aspirábamos
a que la Unión Nacional de Oposición se
ocupara de la tarea de la unidad obrera,
como si la UNO fuese una alianza
integral que tuviera que estudiar y
resolver sobre aquellas cuestiones
claves de la lucha revolucionaria
colombiana, cual si se tratase de un
verdadero frente único, o de su
“semilla”.
Conocíamos los grandes impedimentos que
se concitaban entonces contra una
pretensión de esa categoría, y
preferimos, a favor de la objetividad y
para no complicarnos las cosas, hablar
de un frente “electoral”. Y esta es
ciertamente la tarea que la UNO ha
atendido con mayor dedicación.
Coordinando, organizando, disponiendo de
los medios necesarios, en síntesis,
dirigiendo. Durante el debate electoral
sus organismos de dirección resolvieron
democráticamente sobre todos estos
puntos importantes: el programa, las
normas organizativas, el candidato
presidencial, las giras y las listas
conjuntas. A medida que transcurría la
campaña, el Comando Nacional se iba
apersonando con mayor entidad de
aquellos asuntos que en un principio se
creyeron exentos de dirección
compartida, como fue el caso de la
designación de los candidatos para las
corporaciones públicas. Y los distintos
partidos integrantes mantenían
celosamente su independencia ideológica
y orgánica y hacían sentir sus demandas
particulares, las cuales eran aceptadas
o rechazadas, según coadyuvaran o no a
la prosecución de las metas convenidas.
El mando compartido, lejos de mimetizar
las direcciones de las diversas fuerzas
aliadas, las resaltaba, aguzando su
iniciativa y promoviendo una viva y
permanente controversia que era el brío
siempre renovado de la Unión Nacional de
Oposición. Esta es, para nosotros, la
experiencia más positiva de la UNO. Cada
vez que los problemas se sustrajeron de
la dirección compartida, éstos se
agudizaron y la UNO se debilitaba y
detenía.
¿“POLÍTICA SUELTA” O “DIRECCIÓN
COMPARTIDA”?
El hecho de que la Unión Nacional de
Oposición se hubiese especializado, por
así decirlo, en la labor electoral, la
cual enrutó y coordinó a satisfacción,
no se debe preferentemente a la estricta
objetividad del MOIR para calcular los
alcances de la alianza. Al contrario, en
infinidad de oportunidades nosotros
reclamamos que se discutiera y decidiera
compartidamente no sólo sobre la tarea
de la central unitaria, sino sobre los
enfoques contradictorios y declaraciones
públicas que los aliados hacían del
nuevo gobierno y de ciertas medidas
oficiales. Mientras tanto el Partido
Comunista continuaba reservándose el
arbitrario derecho de combatirnos cual
enemigo de la unión, urdiendo una maraña
de intrigas, como la supuesta división
interna del MOIR, y esparciendo a los
cuatro vientos toda clase de chismes y
especies calumniosos. La insistencia en
que la UNO se posesionara de un papel
más actuante y positivo y se le
facultara para funciones más ambiciosas,
obedecía a una inequívoca política de
nuestro Comité Ejecutivo Central, fijada
por cierto públicamente y con antelación
al 21 de abril de 1974. En las
postrimerías de la campaña el MOIR
explicó cómo la UNO aún no había dado
todos sus frutos y que con justicia las
masas populares demandaban mucho más de
ella, en correspondencia con las
esperanzas levantadas y con las fuerzas
revolucionarias que había puesto en pie
de lucha. Con las elecciones se cerraba
para la UNO un período y se abría otro.
Así lo anunciamos:
“La consigna de unir al pueblo en un
gran frente de combate contra sus
opresores se ha abierto camino entre
las masas y explica el respaldo de
amplias capas de la población a la
Unión Nacional de Oposición. La UNO ya
dio sus primeros resultados positivos,
pero no ha cosechado aún todos los
frutos que se vislumbran del completo
desarrollo de las fuerzas
revolucionarias que ha destacado. Por
ello la UNO tiene contraído un
compromiso con el pueblo colombiano
que la obliga a continuar más pujante,
más unitaria y más combativa después
del 21 de abril, de seguir adelante,
fiel a la línea revolucionaria
aprobada en su última convención de
septiembre y aplicada con tanto éxito
en los meses subsiguientes”. [37]
Y en cuanto a la necesidad de perseverar
en la unidad alcanzada y proyectarla a
otras tareas de la revolución,
manifestamos:
“El MOIR, como lo ha venido
haciendo, seguirá luchando por
afianzar la unión. Creemos que las
fuerzas de la izquierda colombiana
deben ampliar su alianza y prolongarla
para las otras tareas de la revolución
y no solamente para las labores
electorales”.[38]
En esta directiva se halla el meollo del
futuro de la Unión Nacional de
Oposición, en especial si pretendemos
convertirla en una “semilla” del frente
único antiimperialista. De los éxitos
que logremos en aplicar esta línea
depende el que podamos o no sacar a
flote la UNO, restablecer la unidad y la
confianza y recuperar el tiempo perdido
en mutuas recriminaciones. El quid de la
cuestión radica en que la UNO como
frente ejerza una “dirección compartida”
sobre aquellos asuntos vitales de la
lucha revolucionaria del pueblo
colombiano, que amplíe su función
coordinadora y cohesionadora a todos los
puntos en los cuales tales coordinación
y cohesión se hacen imperiosas para
poder trabajar conjuntamente. La
“política suelta” es incompatible con la
esencia misma del frente único
antiimperialista. Por lo menos ésta ha
sido nuestra experiencia de la que
llevamos andado en pos de una alianza de
las clases y fuerzas revolucionarías.
Sobre los peligros de una “política
suelta” hablamos por primera vez en
vísperas del llamado “Segundo Encuentro
de las Fuerzas de Oposición” en marzo de
1973, durante las reuniones previstas
multilaterales, en las cuales no nos fue
posible llegar a acuerdo. Nosotros
exigíamos a la sazón que se dejara
establecido sin ambages que la
candidatura presidencial de izquierda
recaería en un compañero perteneciente a
alguno de los tres partidos integrales
de la Unión Nacional de Oposición. El
Partido Comunista se negó a concertar
entonces un compromiso tan tajante, y
así continuaba con las manos sueltas
para negociar un entendimiento fuera de
la UNO y concretamente con la ANAPO, tal
cual lo analizamos más arriba. El MOIR
no participó en dicho encuentro y
efectivamente éste aprobó un llamamiento
sutil que sería como el último rayo de
luz sobre la desesperanzada estrategia,
de alcanzar “la unidad de todas las
fuerzas de oposición democrática”.
La “política suelta” para que cada cual
pueda como le venga en gana decidir
sobre aquellos asuntos importantes que
conciernen por su propia naturaleza a la
responsabilidad conjunta, es antagónica
con la esencia y funcionamiento de un
frente como la Unión Nacional de
Oposición. No se puede demandar mutua
solidaridad en resoluciones que se hayan
tomado unilateralmente y en pugna con
los criterios y propósitos de los
aliados. Entre más sea el número de
cuestiones que se sustraigan a la
“dirección compartida” y mayor la
trascendencia de éstas, en esa
proporción disminuirá la importancia del
frente, su utilidad y dinamismo. Y
viceversa. En la medida en que
suprimamos la “política suelta”
lograremos con el tiempo que la Unión
Nacional de Oposición, por su labor
coordinadora y cohesionadora, se vaya
convirtiendo, simultánea al auge de la
lucha de las masas revolucionarias, en
un verdadero “embrión” del frente único
antiimperialista . En las presentes
circunstancias no existe otra salida ni
otro método para consolidar este proceso
unitario de tres años y proyectarlo
hacia nuevas tareas y más grandes
objetivos.
Con posterioridad al 21 de abril la UNO
encaraba, como consecuencia directa de
las posiciones obtenidas en la campaña
electoral unificada, la obligación de
atender una labor parlamentaria
igualmente conjunta, ya que cada uno de
sus tres partidos de envergadura
nacional lograron cargos tanto en el
Parlamento como en asambleas
departamentales y concejos municipales.
En efecto, se convino en que la lucha
parlamentaria la orientaría el Comando
Nacional, con la asesoría de un comité
de trabajo parlamentario, creado para
tal fin. Por otra parte y debido al
cambio de gobierno dentro de la
coalición liberal-conservadora, a partir
del 7 de agosto, la Unión Nacional de
Oposición debería definir una política
ajustada a la nueva situación. Así se
hizo. La Tercera Convención dispuso por
unanimidad la batalla frontal contra el
gobierno de López Michelsen, albacea de
la política antipopular y antipatriótica
de los viejos regímenes y cabeza visible
del sistema oligárquico proimperialista.
Igualmente la convención aprobó una
línea de acción revolucionaria para los
congresistas, diputados y concejales de
la UNO.
Contrariando lo establecido, la lucha en
las corporaciones públicas no se llevó a
cabo plenamente de común acuerdo y
conforme a las directrices consecuentes
de combate. Claro que hay ciertos
aciertos. Aciertos que se obtuvieron
cada vez que la fracción minoritaria de
la UNO en esas corporaciones mantuvo su
independencia ante los partidos
tradicionales y siempre que aplicó las
orientaciones revolucionarias de la
Tercera Convención con respecto al
gobierno lopista de hambre, demagogia y
represión. En algunas oportunidades
incluso fue posible criticar errores y
corregirlos con arreglo a las normas de
la “dirección compartida”.
Desafortunadamente, la acción
parlamentaria de la UNO en su conjunto
no se guió por tales normas y en
particular proliferaron las conductas
reñidas en un todo no sólo con los
postulados que defendimos durante el
debate electoral, sino con las
orientaciones posteriores. La actitud
beligerante y activa fue depuesta
repetidas veces para plegarse a las
promesas, los halagos o la demagogia de
la coalición gobernante. Estos errores
de conciliacionismo fueron cometidos
principalmente por tres de los cuatro
parlamentarios del Movimiento Amplio
Colombiano, los cuales terminaron siendo
expulsados de su organización por sus
desviaciones oportunistas, en febrero de
1975. Entre estos “tres tristes tigres”
se encontraba quien había sido el
candidato presidencial de la UNO,
Hernando Echeverri Mejía.[39].
La “política suelta” en la acción
parlamentaria de la UNO, se reflejó
preferentemente en estos hechos:
En la presentación de proyectos de ley,
de ordenanza y de acuerdo sin previa
discusión en los organismos respectivos
de dirección.
En la alteración posterior de textos
acogidos por unanimidad, de manera
arbitraria, inconsulta y violatoria de
las determinaciones convenidas.
En la falta casi absoluta de
coordinación y cohesión en el trabajo
adelantado en asambleas y concejos.
En la votación a favor de candidatos del
oficialismo para distintos cargos, a
cambio de magras “conquistas”
burocráticas y a costa de desvanecer la
diferencia radical que existe entre el
comportamiento de los representantes de
una alianza revolucionaria y la de los
personeros de la podrida coalición
liberal-conservadora.
En el apoyo velado a ciertas medidas del
gobierno oligárquico, que en apariencia
se presentan como beneficiosas para el
pueblo y para la nación colombiana, pero
que en el fondo son todo lo contrario.
Estas han sido las principales
manifestaciones de una política errónea
por parte de determinados voceros de la
Unión Nacional de Oposición en las
corporaciones públicas, que expresan las
tendencias hacia el “cretinismo
parlamentario” y comprueban la ausencia
de vigilancia de los organismos de
dirección de la UNO y la necesidad de
promover la crítica a nivel de masas.
Con este análisis no queremos decir que
tales errores sean exclusivamente de
nuestros aliados. El MOIR ha señalado
serenamente las tendencias “cretinistas”
que se han desarrollado dentro de la
UNO, inclusive ha exigido la autocrítica
a sus militantes y organizaciones
responsables de estas faltas, como la
pública que se hiciera el Comité
Regional del MOIR de Risaralda.[40]
Cuando los “tres tristes tigres”
comenzaron a sacar las uñas y mostraron
de cuerpo entero sus inclinaciones
conciliacionistas y burocráticas, el
MOIR, después de agotar los medios
persuasivos internos, exigió una
condenación categórica de su conducta
contrarrevolucionaria, la cual debía
hacerse conocer primero de las bases de
la UNO y luego de las más amplias masas.
Y cuando Echeverri y sus dos sanchos
reclamaron la “autonomía política” para
continuar sus triquiñuelas y componendas
con el oficialismo, propusimos que el
Comando Nacional produjera un comunicado
anunciando que estos caballeros ya no
hacían parte de la Unión Nacional de
Oposición. El Partido Comunista se opuso
a promover la crítica a nivel de masas y
a colocar fuera de la UNO a los tres
parlamentarios, contentándose con que se
dijera que éstos no estaban
“autorizados” para dar declaraciones en
nombre de la Unión Nacional de Oposición
y alegando que la “expulsión” sólo
podría dictaminarla el Movimiento Amplio
Colombiano. Como el MAC no se atrevía a
producir tal determinación, dejamos la
constancia de que en esos condiciones
era imposible mantener una solidaridad
política con nuestros aliados, al precio
de que las bases que lucharon con
nosotros durante la campaña electoral y
las masas populares que conocieron
muestro ideario revolucionario nos
vieran metidos en el mismo costal con
quienes habían pisoteado la palabra
empeñada y en esa forma se burlaban de
los nueve puntos programáticos y de los
compromisos.
Ese fue uno de los mementos de mayor
incertidumbre y desconcierto de la Unión
Nacional de Oposición. Los sectores
obreros, campesinos, estudiantiles e
intelectuales que lucharon hombro a
hombro con la UNO y quienes veían con
simpatías el desarrollo de esta
experiencia aguardaban interesados el
desenvolvimiento de su lucha interna. Y
no era para menos. Los errores de los
tres parlamentarios del MAC eran graves
y de la solución que se les diera
dependía la credibilidad en la UNO.
Hernando Echeverri, a guisa de ejemplo,
había declarado que respaldaría las
“medidas positivas” de la administración
López Michelsen y en la práctica
defendió en el Senado algunas maniobras
de los manzanillos liberales y
conservadores contra las clases
asalariadas y votó proyectos oficiales
demagógicos y antipopulares. En las
primeras sesiones del Congreso se
deshizo en alabanzas desbocadas hacia
las tesis del canciller Liévano Aguirre,
quien estrenaba su charlatanería sobre
las relaciones con los países
socialistas, pero que de hecho
establecía la adhesión del nuevo
gobierno a la línea tradicional
oligárquica de seguir servilmente la
política internacional imperialista
dictaminada por Washington. Estas
traiciones las perpetraba Echeverri en
complicidad con sus dos escuderos de
aventura. Los tres resolvieron una tarde
cualquiera fundar en las gradas del
Capitolio el “partido socialista de
Colombia”. Esta era la parte grotesca de
la leyenda. Su parte trágica consistía
en que, siendo Echeverri como era uno de
los más conocidos dirigentes de la Unión
Nacional de Oposición y mientras no
rompiéramos cobijas con él, el pueblo
seguiría necesariamente identificándonos
con las andanzas de estos “tres tristes
tigres”.
El MOIR dejó de manera perentoria una
constancia en todos los comandos de la
UNO en donde fue factible hacerlo,
expresando su criterio de que los
oportunistas debían ser censurados
drásticamente y que las masas,
especialmente los sectores que
sufragaron por nosotros, tenían el
derecho a conocer sus felonías y
condenarlos por el delito de sumarse al
carro vencedor, cuando en la víspera
habían solicitado los votos en su
contra. Durante la campaña electoral
propagamos la teoría revolucionaria de
que las corporaciones públicas en las
que algunos de nuestros candidatos
tendrían asiento, eran instituciones
corrompidas y desahuciadas
históricamente. Que el pueblo no podía
esperar nada de ellas a no ser mandobles
y cargas pesadas, como lo venía
sufriendo por décadas. Que si
participamos en dichas instituciones
creadas y dominadas por las clases
explotadoras vendepatrias sería con la
finalidad de convertir las curules
alcanzadas en tribunas de denuncia de
los crímenes del sistema; hacer
propaganda al programa por una Colombia
libre de la opresión externa e interna,
y proclamar que sobre las cenizas de los
cuerpos parlamentarios de la democracia
oligárquica, el pueblo edificará las
asambleas de obreros, campesinos,
pequeños productores y comerciantes y
del resto de patriotas, en las cuales se
centralice todo el Poder de la nueva
democracia revolucionaria.
Diez días antes de las elecciones y para
cerrar el debate electoral, el MOIR
resumió en la siguiente forma las
obligaciones que había contraído la
Unión Nacional de Oposición ante el
pueblo colombiano:
“Tal como está la situación, la UNO
conquistará importantes posiciones en
las corporaciones públicas. Esto
plantea la cuestión de desarrollar una
acción parlamentaria coordinada,
conforme al programa defendido durante
la campaña y según las determinaciones
tomadas de común acuerdo por el
Comando Nacional o por un comité
especial constituido para el efecto.
En relación con este trabajo la UNO
hará respetar un criterio defendido y
explicado profusamente durante la
campaña y es el principio de que los
candidatos nuestros que salieren
electos responderán ante el pueblo y
ante la UNO de su conducta política en
la respectiva corporación. Quienes
violen los compromisos y traicionen el
programa en cuyo nombre resultaron
favorecidos, serán seña lados ante las
masas como renegados de la causa del
pueblo. Esta es una diferencia
fundamental entre la UNO y los
partidos reaccionarios y oportunistas,
ya que en estos partidos los elegidos
no responden ante los electores de su
acción y como caso común y corriente
se mofan de las promesas electorales.[41]
Advertencias de este tenor hicimos
en las plazas de los grandes centros y
en los villorrios apartados, a todo lo
largo y ancho del país. Nadie protestó.
Todos asentimos que eso era los más
justo y conveniente. Y ahora que
estábamos frente al hecho cumplido,
algunos vacilaban en sancionar
ejemplarmente a los bufones.
Incluso el Partido Comunista ha llegado
a reprobar públicamente la actitud de
censurar con la máxima severidad la
transgresión de los acuerdos contraídos
y a los transgresores. No hace mucho
ustedes ironizaban sobre nuestros graves
reclamos diciendo que el MOIR “ha
aplicado el culto a la personalidad,
heredado de sus maestros maoístas (...).
Y cuando ingresó a la UNO ¿no lo hizo
agotando todas sus reservas de
incienso para elogiar a Hernando
Echeverri? [42] Luego, cuando éste
mostró el cobre, saltó del amor
frenético a la diatriba sin límites”.[42]
Para combatirnos el Partido
Comunista ha puesto a funcionar su
artillería pesada, desempolvando de la
despensa revisionista la consabida
“teoría” de la “lucha contra el culto a
la personalidad” con que los nuevos
zares de Rusia bombardean la fortaleza
proletaria de la China comunista,
dirigida por el camarada Mao Tsetung.
Ustedes saben que dicha “teoría” fue
llevada a su apogeo por Nikita Kruschev,
lo que ignoran es que el proletariado
revolucionario del mundo la tiene
relegada al cuarto de los trastos
inservibles. Las masas explotadas de
todos los países respaldan y siguen
lealmente a sus jefes y maestros que las
guían por el camino luminoso de la
victoria, como Carlos Marx y Vladimir
Ilich Lenin, a quienes aún después de
muertos la clase obrera continúa con
gratitud venerando y haciendo honor a
sus enseñanzas revolucionarias. Esto,
por una parte. Y por la otra, el
proletariado internacional vapulea sin
compasión a los renegados de todas las
especies, a los dicharacheros y
saltimbanquis y a los enemigos del
progreso. Es una ley ineluctable de la
historia. Pero no era nuestra intención
mezclar a nuestro héroe de marras en tan
solemnes veredictos. Simplemente traemos
a cuento la cita anterior porque refleja
como ninguna otra las trastocadas
contradicciones entre el MOIR y el
Partido Comunista en relación con
Hernando Echeverri Mejía. El Partido
Comunista ha creído excesivos nuestro
respaldo y nuestras críticas al
candidato presidencial de la Unión
Nacional de Oposición, primero, cuando
fue justo respaldarlo y, las segundas,
cuando resultaba imperioso criticarlo. Y
efectivamente, a ustedes les parecía
mejor un candidato anapista para las
elecciones de 1974 y ahora consideran
que las condenas al “cretinismo
parlamentario” son “diatribas sin
límites”. Pero estos dos conflictos han
quedado cancelados, el uno con la
convención del 22 de septiembre de 1973
y el otro con la resolución de expulsión
emitida por el MAC el 13 de febrero de
1975.
La más valiosa experiencia de la UNO
como frente, o como “semilla” de frente,
es a nuestro entender que, cuando se
aplicó para las materias de común
interés una “política suelta”, aquella
pasaba ipso facto a un estado
de parálisis y atonía. Igual cosa
sucedió cada vez que el Partido
Comunista pretendió utilizar a la UNO a
favor de sus particulares objetivos, ya
en asuntos de la problemática nacional o
internacional desconociendo
olímpicamente los puntos de vista y las
reclamaciones de los aliados y en
detrimento de la coordinación y cohesión
necesarias de una alianza de este tipo.
Si se aspira a que haya mutua
solidaridad en todos los problemas, o
por lo menos en aquellos de mayor
importancia, lo más indicado entonces es
que éstos sean examinados, discutidos y
resueltos democráticamente con la
participación de todas las fuerzas
comprometidas. En todo caso la UNO no
puede reducirse a apoyar lo que hagan
sus partidos por aparte, o un partido en
especial. La dirección debe ser
compartida e incluir paulatinamente
todas las luchas revolucionarias, desde
las más simples y comunes hasta las más
complejas y elevadas. He ahí una de las
principales dificultades para calificar
a la UNO de “semilla” de frente único.
Con una dirección “compartida” para
todas y cada una de las cuestiones
básicas de la revolución, sobre una
línea de unidad y democracia, no tenemos
la más mínima duda de que la Unión
Nacional de Oposición saldrá adelante, y
saldrá adelante en el sentido de que se
constituya realmente en el comienzo
embrionario del frente único
antiimperialista del pueblo colombiano.
Con una “política suelta” para tales
cuestiones, que desconozca los
procedimientos democráticos y lesione la
coordinación y la cohesión
indispensables será absolutamente
imposible que dentro del movimiento
revolucionario de Colombia perdure
ninguna alianza. A lo más que pudiéramos
ambicionar en aquellas condiciones sería
a mantener de vez en cuando acciones
unitarias esporádicas, las cuales,
igualmente, sólo podrían concretarse
bajo el estricto cumplimiento de las
normas democráticas. Desde luego que no
rechazamos tales acciones. Por el
contrario, las estimularemos y
pactaremos siempre que convenga y lo
exija la lucha revolucionaria del
proletariado colombiano. Aun cuando las
acciones unitarias favorecen la unidad
del pueblo, resulta obvio que ustedes y
nosotros en esta ocasión nos venimos
ocupando es del frente único
antiimperialista, y es pensando en dicho
frente que criticamos la “política
suelta” y defendemos la “dirección
compartida”.
La Unión Nacional de Oposición aplicó
rigurosamente para la tarea electoral
una “dirección compartida” y cosechó
triunfos. Es innegable que sin el
programa común, el candidato único y las
listas conjuntas ninguna de las fuerzas
coligadas hubiese avanzado cuantitativa
y cualitativamente en las elecciones de
1974. Sin embargo, la UNO no siguió con
esmero esta línea en el segundo período,
ni siquiera en la acción parlamentaria.
Además, como lo hemos señalado, no se
ocupó de las tareas de la unidad
sindical, a pesar de que sus fuerzas
integrantes se hallaban comprometidas en
la lucha por la central unitaria. La UNO
no sirvió ni de vehículos para que se
nos explicaran las razones del
aplazamiento del congreso unitario del 6
de diciembre de 1974, convocado por el
Encuentro Nacional Obrero del 12 de
octubre de 1973. Para este caso el MOIR
tuvo que recurrir a solicitar una
reunión bilateral con el Partido
Comunista, en la cual nosotros
criticamos el aplazamiento y censuramos
el procedimiento antidemocrático.
Ustedes lo aceptaron autocríticamente,
por lo menos en dicha reunión.
La UNO tampoco se preocupó por orientar
los múltiples combates que últimamente
han llevado a cabo los obreros, los
campesinos, los estudiantes, los
maestros, los bancarios, etc., no para
sustituir la dirección concreta que
tuvieron estas luchas, ni para suplantar
sus formas organizativas peculiares,
sino para coordinar la labor de los
partidos coligados que se hallaban
vinculados de una u otra manera a esas
batallas y así contribuir con una
apreciación global unificada a que no
afloraran, a lo sumo, contradicciones
innecesarias entre las corrientes
integrantes de la Unión Nacional de
Oposición. El Comando Nacional de la UNO
debió también servir de medio para
airear y resolver las diferencias del
MOIR y el Partido Comunista relativas a
la conducción del movimiento estudiantil
y hacerlo con la participación del resto
de organizaciones aliadas. Al enumerar
tales errores no pretendemos eludir la
responsabilidad que por ellos nos
competa. Hacemos la crítica como muestra
de nuestras intenciones de contribuir a
que la UNO dé un salto cualitativo tras
la meta soñada por los revolucionarios y
que el pueblo algún día hará realidad:
la unidad de todas las clases, capas,
partidos y personas que luchan por la
liberación de Colombia y por la
instauración en el territorio patrio
de una democracia popular.
EL FRENTE ÚNICO:
ESTRATEGIA CENTRAL DE LA REVOLUCIÓN
Colombia es una república neocolonial y
semifeudal bajo la dominación del
imperialismo norteamericano. De esta
situación exclusivamente sale favorecida
una minoría antinacional de grandes
burgueses y grandes terratenientes que
se enriquecen facilitando la expoliación
imperialista sobre las masas
trabajadoras de la ciudad y el campo,
manteniendo viejos y aberrantes
privilegios y usufructuando del Poder
del Estado para hacer enormes
negociados, concusiones e ilícitos de
toda laya. La inmensa mayoría de la
nación se encuentra explotada, arruinada
y privada de la libertad y demás
derechos democráticos. En nuestro país
las fuerzas productivas sufren en lo
sustancial la atrofia del estancamiento
y la economía soporta las consecuencias
de una crisis permanente. El pueblo
colombiano no sólo carece de pan,
vivienda, salud, trabajo, vestido y del
resto de medios materiales e
indispensables para llevar una
existencia decorosa, sino que su vida
espiritual se halla al margen de la
educación y sumida en la ignorancia y el
analfabetismo. Esta miserable condición
de las masas populares que se transmite
de padres a hijos y de hijos a nietos no
tendrá cuándo remediarse dentro del
actual sistema de opresión externa e
interna. Las gentes han visto pasar por
la conducción del Estado, como en una
pesadilla interminable, gobiernos
militares y civiles, “estadistas”
liberales y conservadores, economistas y
abogados, herejes y camanduleros,
letrados y doctores en honoris
causa y han escuchado la letanía
de promesas incumplidas que cada dos o
cuatro años los dirigentes políticos de
las clases dominantes renuevan a cambio
de sus votos. Sin embargo, el pueblo
contempla cómo su suerte va de mal en
peor, hasta llegar a extremos
intolerables. Y en efecto, las masas
colombianas únicamente saldrán de su
postración el día en que liberen el país
de la sojuzgación imperialista y
destruyan el Poder antinacional y
despótico de la gran burguesía y de los
grandes terratenientes. Hasta cuando
esto no sea posible, cualquier “reforma
social” emprendida por los opresores
será un grillete que caerá sobre los
oprimidos.
En Colombia ha habido personas que
sostienen la tesis de que el pueblo no
podrá jamás prescindir de las partidos
Liberal y Conservador y que su destino
es colaborar con los mandatarios de
turno en los programas por desarrollar
la producción, abrir fuentes de empleo y
construir escuelas. Que Colombia no
tiene la fuerza suficiente para derrotar
a una potencia tan poderosa como los
Estados Unidos. Esta tesis derrotista lo
que persigue es que el país continúe
aherrojado bajo el neocolonialismo y el
semifeudalismo y el pueblo colombiano
siga siendo eternamente un pueblo
sometido e infeliz. Pero ni siquiera la
producción capitalista nacional podrá
desarrollarse, ni aumentará el empleo,
ni las masas populares gozarán de una
cultura propia y avanzada, mientras no
desaparezcan los impedimentos que hacen
que tales conquistas no sean una
realidad: la dominación del imperialismo
norteamericano sobre nuestra patria y el
régimen oligárquico
burgués-terrateniente. Dentro del actual
sistema sólo prosperará la economía de
los grandes monopolios extranjeros, en
perjuicio de la economía del pueblo y la
nación colombiana.
Ciertamente el poderío de nuestros
enemigos es considerable. Pero
infinitamente más poderosas son las
fuerzas que subyacen en el seno del
pueblo. Contra los opresores
imperialistas y los lacayos criollos
conspira y lucha más del 90 por ciento
de la población colombiana. En primer
término, la clase obrera, motor de la
industria moderna; el campesinado,
responsable de la producción
agropecuaria, base de la economía
nacional; los pequeños productores y
comerciantes creadores de una
inmensurable gama de bienes y servicios
indispensables; los intelectuales y
estudiantes, poseedores de cierto grado
de conocimientos avanzados y técnicos
insustituibles en el trabajo de la
ciudad y el campo, y, en fin, hasta la
burguesía media, el sector progresista
de la burguesía colombiana, tiene
contradicciones irreconciliables con el
imperialismo, que la hacen susceptible
de apoyar en determinadas condiciones la
lucha por la liberación nacional y la
revolución. Si todas estas fuerzas se
levantan unificadamente en formación de
combate no habrá sobre la tierra poder
capaz de impedir su victoria. Si todas
estas clases, capas y sectores
antiimperialistas se organizan en un
gigantesco frente único revolucionario,
realizarán prodigios. Un frente de esa
magnitud podrá crear y sostener un
invencible ejército revolucionario que
aplaste al ejército títere y con él a
todo el viejo aparato estatal
neocolonial y despótico y, después del
triunfo, podrá constituir una república
popular y democrática, soberana e
independiente, próspera y respetable. La
línea estratégica central de la
revolución colombiana es, por
consiguiente, la conformación del frente
antimperialista que cumplirá tan
grandiosas tares de nuestra historia
como nación, comparables sólo con la
gesta emancipadora que nos liberó del
yugo colonial español hace siglo y
medio. Con lo dura y valerosa que fue
aquella lucha y con los progresos que
trajo aparejados la fundación de la
República de Colombia, las jornadas
heroicas que la época ha puesto al orden
del día son cien veces más difíciles y
más gloriosas. La revolución actual será
más ardua y prolongada y sus beneficios
superiores. Como producto de la victoria
en nuestro suelo sobre la dominación del
capital imperialista, el pueblo
colombiano creará una república no de
déspotas y tiranos como la anterior,
sino de gentes sencillas y trabajadoras
que abrirán el camino para borrar de la
faz de Colombia la explotación del
hombre por el hombre. Esta revolución
pertenece a la era radiante de la
revolución socialista mundial,
inaugurada por la Revolución Socialista
de Octubre de 1917.
Sin embargo, nuestra revolución en su
primera etapa no será socialista, sino
democrático-burguesa. Sus objetivos
estratégicos corresponden a los de la
liberación nacional y la eliminación del
régimen de explotación de la gran
burguesía y de los grandes
terratenientes. No se propondrá
inicialmente suprimir la economía
privada de los campesinos ni la
producción capitalista provechosa para
el desarrollo del país. Se estatizarán
los grandes monopolios que explotan y
oprimen a las masas populares, los
cuales serán arrebatados a los
capitalistas internacionales y a la
burguesía colombiana vendepatria.
Igualmente se confiscarán las
propiedades de los grandes
terratenientes y se repartirán entre los
campesinos que posean poca tierra o que
no tengan tierra en absoluto para
trabajar. No obstante, la revolución
estará dirigida por el proletariado, la
clase más revolucionaria, consciente y
avanzada. Aunque las capas medias y
bajas de la burguesía colombiana pueden,
según las circunstancias, apoyar la
lucha revolucionaria de las grandes
mayorías nacionales, no lograrán nunca
desempeñar un papel de dirección debido
a su enorme debilidad y sus
vacilaciones. Y por último, la nueva
dictadura que sustituirá a la dictadura
omnímoda de la alianza
burgués-terrateniente, no será
exclusivamente del proletariado, sino de
las clases revolucionarias coligadas en
el frente único de toda la nación. Esta
dictadura popular constituirá la forma
de gobierno más democrática que jamás
haya prevalecido en Colombia y estará
bajo la dirección de la clase obrera.
Hemos expuesto en sus lineamientos
esenciales nuestra concepción acerca de
las transformaciones principales que
requiere Colombia en la actual
situación: una revolución nacional y
democrática, realizada por todas las
clases antiimperialistas, con la
dirección de la clase obrera , para un
país neocolonial y semifeudal y en la
era socialista mundial. Acaso nos falte
agregar que dicha revolución culminará
necesariamente, en una segunda etapa, en
la revolución socialista.
Teniendo en cuenta todo lo anterior, se
comprende por qué el MOIR le atribuye al
objetivo de la construcción de un frente
único revolucionario en Colombia la
primerísima importancia, como estrategia
fundamental de la lucha de la clase
obrera y de su partido, en la hora
presente. El proletariado no podrá
liberar el país, ni desarrollar la
producción, ni desbrozar el camino hacia
el socialismo, si no alcanza la unidad
nacional de todas las clases y fuerzas
antiimperialistas. Contra esta
concepción se levantan el oportunismo de
derecha que le niega a la clase obrera
su función dirigente y el oportunismo de
“izquierda” que sostiene que ésta no
debe perder tiempo con una revolución
democrática, sino pasar directamente al
socialismo. Ambas posiciones,
profundamente reaccionarias, coinciden
en torpedear la misión histórica del
proletariado. La primera en forma
directa y desembozada, la segunda de
manera velada e ingenua. La clase obrera
colombiana lucha por el socialismo, pero
tanto más temprano llegará a él cuanto
más pronto corone las montañas de la
liberación nacional y de la democracia.
Es necesario que la clase obrera
colombiana y su partido proclamen su
papel de dirección pero no es
suficiente. No van a dirigir la
revolución simplemente porque digan:
“¡Reconózcanos, somos el estado mayor!”.
Para que el resto de las clases
antiimperialistas depositen su confianza
en la vanguardia proletaria y la
reconozcan como tal, ésta, ante todo,
debe tener muy en cuenta aquellas
reivindicaciones primordiales de las
fuerzas aliadas que no lesionan la
unificación popular y por el contrario
la cimientan. Mediante la defensa de un
programa revolucionario común el
proletariado unifica junto a él al
campesinado, a la pequeña burguesía
urbana y a las demás capas y sectores
revolucionarios, a la vez que aísla y
cerca en el territorio nacional a las
fuerzas del imperialismo norteamericano
y del puñado de vendepatrias que lo
acolitan vergonzosamente. Entre las
demandas y peticiones revolucionarias
del programa de unificación popular, el
proletariado les dará especial
preferencia a las de los campesinos,
fuerza principal y determinante en la
liberación y construcción de una nueva
Colombia. Sólo la clase obrera y su
partido proclaman y luchan
consecuentemente hasta ver realizados
todos y cada uno de los puntos de dicho
programa. Además de los opresores
tradicionales del pueblo colombiano, las
tendencias políticas del oportunismo de
derecha y de “izquierda” combaten en
forma recalcitrante el programa común
antiimperialista. Éste ha sido el
comportamiento de los círculos más
reaccionarios del liberalismo y del
conservatismo, por una parte, y de los
grupúsculos trotskistas propugnadores
del “socialismo pequeño burgués”, por la
otra. Es de esperar que tales tendencias
se mantengan en lo fundamental
inalteradas durante todo el curso de la
revolución.
Para llevar a la práctica la unificación
popular y realizar acertadamente las
grandes tareas revolucionarias no basta
tampoco con agitar el programa común,
sino que el proletariado debe darle una
forma organizativa a la alianza de todas
las fuerzas antiimperialistas, y ésta no
puede ser otra que la constitución de un
frente que aglutine a más del 90 por
ciento de la población colombiana. El
frente único antiimperialista será la
forma concreta y orgánica que adoptará
la dirección compartida de todas las
clases y partidos revolucionarios en
Colombia. A través de esa dirección
compartida es como el partido obrero
ejercerá idealmente su labor dirigente
de la revolución. Pero para que todas
las clases y partidos revolucionarios
acepten voluntariamente una dirección
compartida y única es condición
indispensable garantizar en dicha
dirección la participación democrática
de todas las fuerzas antiimperialistas.
Siendo el frente único la forma ideal de
dirección revolucionaria en las actuales
circunstancias del desarrollo histórico
de nuestro país, el proletariado y su
partido defienden como ninguno el
estricto y escrupuloso cumplimiento de
los principios democráticos que lo
rigen. La cooperación y unificación del
pueblo colombiano en un poderoso frente
de combate que derrote al imperialismo y
construya una república nueva, sólo
podrá erigirse con base en el respeto a
la democracia. Los primeros
divisionistas son, por lo tanto, quienes
violan la democracia revolucionaria, y
los más grandes hipócritas divisionistas
son los que de palabra respaldan la
unidad del pueblo y de hecho pisotean
los procedimientos democráticos. El MOIR
espera poder ponerse de acuerdo con el
Partido Comunista y el resto de fuerzas
aliadas no únicamente en esto, sino en
las otras cuestiones básicas para la
creación del frente único nacional y
democrático.
RESPETEMOS
LOS COMPROMISOS
Y LA DEMOCRACIA INTERNA
¿A qué distancia se encuentra la Unión
Nacional de Oposición del frente único
antiimperialista? Marchando a paso firme
y sostenido nos hallamos aún a miles de
jornadas de la meta suprema de aglutinar
y organizar bajo un centro a más del 90
por ciento de la población colombiana.
¿Cuáles son sus fuerzas? Hasta hoy la
UNO ha estado integrada por el MOIR, el
Partido Comunista, el Movimiento Amplio
Colombiano y algunas organizaciones de
provincia. Aunque tales agrupaciones
lograron mediante la política unitaria
revolucionaria extender su influencia y
consolidar sus efectivos, es evidente
que ninguna por separado, o en conjunto,
moviliza a las más amplias masas
populares, ni siquiera a los sectores
más importantes de las clases
revolucionarias. Existen regiones
enteras en Colombia donde nuestro poder
organizativo apenas se insinúa y otras
donde éste es nulo por completo. Son
defectos de crecimiento que se
subsanarán sólo en la medida en que la
clase obrera y el resto de clases
revolucionarias vayan progresando en la
lucha y en su conciencia política.
Entonces, ¿en qué sentido podemos
referirnos a la UNO como “semilla
del Frente Patriótico de Liberación
Nacional”? La Unión Nacional de
Oposición posee dos pilares sólidos que
en esencia son puntales de la
unificación del pueblo colombiano: su
programa nacional y democrático, como ya
lo dijimos, y su estatuto organizativo
que, de acatarse rigurosamente,
garantiza la dirección compartida sobre
la base de la participación democrática
de todas sus fuerzas. Estos representan
dos aportes considerables, dos
experiencias positivas, dos grandes
conclusiones que las fuerzas
revolucionarias colombianas pueden y
deben tener en cuenta en su lucha por la
unidad y la liberación. En ese sentido,
desde el punto de vista de su programa
nacional de unificación popular y de sus
principios de funcionamiento
democrático, la UNO es un germen de
frente único. Sin embargo, ésta ha
adolecido de una falla, también
estudiada atrás, consistente en que no
efectúa a cabalidad una labor de
orientación y coordinación de las luchas
populares. El renunciar a la tarea
concreta de dirigir y por ende a la de
facilitar la cohesión y cooperación de
los partidos comprometidos entre sí,
riñe con su espíritu de frente único. Se
comprende que esta deficiencia le merma
importancia a la Unión Nacional de
Oposición y la retrasa en su desarrollo.
¿Qué corresponde hacer si queremos
sinceramente desatascar a la UNO e
impulsarla hacia nuevas conquistas? Lo
que la lógica del pueblo aconseja:
apoyarnos en el lado bueno y curar el
lado malo. O sea, primero, defender su
programa nacional y democrático y
aplicarlo creadora y consecuentemente a
las circunstancias que vive el país;
segundo, observar al pie de la letra su
estatuto organizativo y llevar a la
práctica los métodos democráticos de
funcionamiento, creando un ambiente de
franco intercambio de opiniones y de
críticas y, tercero, corregir su
estrechez directiva abarcando
paulatinamente más y más asuntos de
interés general y conveniencia
recíproca, en tal forma que los
organismos de dirección de la UNO puedan
examinar, discutir y resolver
democráticamente aquellos problemas
revolucionarios en los cuales debe haber
una política compartida, si de veras
estamos resueltos a mantener la
cooperación entre los diversos partidos
coligados. Cumpliendo con estas tres
normas iremos transformando los factores
adversos en favorables. De insistir en
esta línea es seguro que con el tiempo
se adherirán a la Unión Nacional de
Oposición nuevos contingentes de combate
que alinearemos con los nuestros frente
a las legiones del régimen bipartidista
tradicional. Y viceversa, si descuidamos
alguno de estos tres requisitos lo más
probable es que a la UNO no se le
sumarán fuerzas de consideración, y si
lo hacen, será entrada por salida,
debido, ya a las vacilaciones en la
lucha contra los enemigos principales y
comunes, ya a la falta de democracia
interna o por pérdida de coordinación y
cooperación en las políticas de mutua
incumbencia. Estas tres reglas básicas,
producto de la experiencia de la lucha
revolucionaria colombiana, seguirán
siendo válidas durante todo el curso de
la etapa de construcción del frente
único antiimperialista en nuestra
patria. El proletariado como principal
núcleo dirigente de la revolución las
utilizará como las mejores herramientas
para aglutinar en torno suyo al resto de
clases y organizaciones revolucionarias.
Quien persevere en ellas obtendrá
triunfos y quien las menosprecie
terminará aislado irremisiblemente. Esto
es fácil de comprender. El programa
común, la democracia interna y la
dirección compartida son los requisitos
fundamentales del frente único y éste es
la principal estrategia revolucionaria
para Colombia en la hora presente.
El Partido Comunista le ha endilgado al
MOIR la culpabilidad de la parálisis de
la Unión Nacional de Oposición en el
periodo post-electoral. La queja se
monta sobre el supuesto de que nuestro
partido formula exigencias extremas de
imposible cumplimiento. Ustedes, por
ejemplo, nos reprochan:
“En relación con la unidad popular y
concretamente con la UNO, el MOIR
viene solicitando su ´radicalización´.
¿Qué entiende el MOIR por ‘radicalizar
a la UNO’? Entiende que ésta se
convierta en un ‘bastión inexpugnable’
al cual sólo tengan acceso ‘los
verdaderos revolucionarios’”.[43]
Por supuesto que nosotros no hemos
solicitado que la UNO se convierta en un
“bastión inexpugnable” al que sólo
tengan acceso “los verdaderos
revolucionarios”. Al rompe se deduce que
tan curiosa reclamación carece de
sentido por abstracta, por absurda, por
irracional. Son las libertades
imaginativas que se toma con frecuencia
el Partido Comunista para quitarse de
encima a sus contradictores. Pero que
sirva una sola consideración. Si el MOIR
hubiese demandado las exigencias traídas
de los cabellos y entre comillas por
ustedes, o algo parecido, no habría
podido avanzar un solo milímetro con
este proceso unitario de tres años. En
el sinuoso desarrollo de la revolución
tendremos muchos compañeros de viaje.
Esta tal vez fue una de las primeras
lecciones asimiladas por todos los
militantes del MOIR. Sabemos que el
proletariado colombiano necesita de la
cooperación de otras clases y fuerzas
amigas para procurarse las mejores
condiciones hacia el socialismo, como
son la liberación nacional y la
democracia. Sin embargo, la clase obrera
no arrastra tras de sí al grueso de la
población colombiana en esta etapa
exigiéndole que asuma una posición
comunista, sino una posición patriótica
y democrática en defensa de los
intereses nacionales comunes y de
aquellas reivindicaciones fundamentales
de las distintas clases revolucionarias
que las unen contra el enemigo
principal: el imperialismo
norteamericano y sus sirvientes
lacayunos. Por eso la vanguardia
proletaria defiende en la actualidad un
programa que no es su programa
socialista, sino el programa del frente
único.
El MOIR no se ha hecho la ilusión de que
sus aliados cambian de naturaleza porque
se alíen a él. Ni jamás ha formulado en
abstracto ninguna demanda. Fueron muy
concretas las condiciones que planteamos
para contribuir a crear la Unión
Nacional de Oposición. Entre ellas
propusimos que se aprobara un programa
nacional y democrático. Y hoy, después
de la rica experiencia vivida, seguimos
considerando que quien ingrese a la UNO,
sea revolucionario de “tiempo completo”
o de “medio tiempo”, debe comprometerse
a defender y aplicar consecuentemente
sus nueve puntos programáticos. Y quien
viole los compromisos contraídos merece
ser severamente criticado. Éstas no son
formalidades engorrosas o perturbadoras
de las cuales podamos desembarazarnos
para incrementar el montón. Son
imperativos de principio, claros,
concretos, necesarios y de fácil
comprensión. Nadie conseguirá
desvirtuarlos o refundirlos con litigios
acerca de la cuantificación porcentual
del grado de revolucionarismo de los
aliados, o con alegatos sobre la
necesidad de las alianzas tácticas,
fugaces y cotidianas de las acciones
unitarias que el proletariado realiza en
beneficio de determinados puntos
reivindicativos, para capear
dificultades transitorias o aprovechar
contradicciones de sus enemigos
declarados. Se trata de las normas
perentorias que regulan la alianza
estratégica, permanente y a largo plazo
que la clase obrera y su partido
mantienen con otras clases y fuerzas
dentro del “embrión” de frente único,
como se ha insistido en apodar a la
Unión Nacional de Oposición. ¿Podría
ingresar a la UNO, preguntamos, una
corriente política análoga al trotskismo
tropical que rasga sus vestiduras
delante del programa nacional de
unificación popular e invita al
proletariado de un país neocolonial y
semifeudal a enclaustrarse y a rumiar un
socialismo incontaminado de las
impurezas y vanidades de este mundo?
Indudablemente que no podría. Pero esto
ya ha sido exhaustivamente explicado.
La cooperación entre los partidos de la
UNO se encuentra prácticamente rota, a
consecuencia de la “política suelta”. No
ha habido ni puede haber solidaridad
política en decisiones y luchas que no
se examinan, discuten ni resuelven
conjunta y democráticamente. Hagamos un
replanteamiento general y audaz de este
método disgregacionista y optemos porque
poco a poco los organismos de dirección
de la Unión Nacional de Oposición vayan
resolviendo aquellos asuntos de
importancia general para la lucha del
pueblo colombiano y de recíproca
incumbencia, con la participación
democrática de todas sus fuerzas,
aprovechando la experiencia de la
campaña electoral unificada. Apoyémonos
en el programa de nueve puntos y en las
decisiones de la última convención,
respetemos la democracia interna,
discutamos las contradicciones y
resolvámoslas sin pérdida de tiempo.
Esta es nuestra propuesta. Al anunciarla
no estamos creyendo con sobredosis de
optimismo que la ruta esté expedita. Al
revés, sabemos que se interponen enormes
obstáculos, que prevalecen diferencias
considerables, que la polémica pública
ha sido inevitable y podría seguir
siéndolo en el futuro. Sin embargo, al
hacer nuestra propuesta, recurrimos para
ello a las reiteradas oportunidades en
que ustedes han manifestado estar
dispuestos a consolidar y fortalecer la
Unión Nacional de Oposición y a las
justificadas esperanzas que ésta
despertó en no despreciables sectores de
la opinión popular.
EL PROLETARIADO DIRIGE
A TRAVÉS DEL FRENTE ÚNICO
En las condiciones de Colombia la
alianza de fuerzas políticas en torno a
un programa común revolucionario,
reclama a la vez la organización de una
dirección compartida y democrática,
necesidad doblemente urgente bajo las
actuales circunstancias de relativo
desarrollo de la revolución. En nuestra
situación no podemos contentarnos con
que combatimos a los mismos, luego para
qué más acuerdos. Se hace indispensable
coordinar y cohesionar las luchas de los
distintos destacamentos que se enfrentan
en una correlación desfavorable a un
enemigo superior en fuerzas y con un
mando central organizado, desde la
propia jefatura del Estado. La UNO debe
orientar la cooperación de sus partidos
integrantes, si quiere sacar alguna
ventaja material de su existencia.
En la Unión Nacional de Oposición no ha
existido claridad sobre su función
coordinadora y cohesionadora. Prima la
tendencia de que cada partido decida por
su cuenta y riesgo asuntos que por
naturaleza conciernen a todas las
fuerzas comprometidas. Muchas veces las
decisiones unilaterales se presentan a
los aliados como hechos cumplidos e
irreversibles. En lugar de concentrar
esfuerzos en tareas conjuntas, sus
partidos integrantes se desgastan y
debilitan en tácticas dispersas y con
frecuencia contrapuestas. En esa forma
la UNO es sólo una fachada de unidad,
que la propaganda presenta como muestra
de que también se cumple con el trabajo
de construir el frente único, pero, como
ha sucedido con la realización de casi
todas las grandes estrategias de la
revolución colombiana hasta el presente,
no deja de ser eso, una fachada, una
caricatura y un consuelo efímero.
El secretario general del Partido
Comunista, quien había sostenido en la
Segunda Convención que “los
comunistas no vemos a la UNO como un
mero aparato electoral, sino como la
semilla del Frente Patriótico de
Liberación Nacional”, en la
última convención pronunció las
siguientes palabras:
“La UNO no pretende sustituir a la
clase obrera. Es la clase obrera la
que tiene que dirigir su propia lucha
y las luchas de todo el pueblo por su
emancipación”[44]
No es que estemos zurciendo demasiado
delgado ni buscando con lupa los errores
del Partido Comunista en su variado
repertorio teórico, pero la conclusión
es de bulto: según las últimas palabras
citadas, la UNO no tiene nada que ver
con la dirección de “las luchas del
pueblo colombiano por su emancipación”.
Ustedes ahondarán el alcance de dicha
concepción y nosotros, que no estamos a
la caza de triunfos fáciles,
reconoceremos sin inconvenientes, si así
se desprende de cualquier posterior
aclaración, el criterio genuino que el
autor de estas frases y con él el
Partido Comunista tienen alrededor de la
labor directiva de la Unión Nacional de
Oposición. Pero como lo dicho dicho
está, utilicémoslas como maestro
negativo para completar nuestro
pensamiento, de un lado, sobre la
necesidad de que la UNO desempeñe una
función coordinadora y cohesionadora de
las luchas populares, mediante una
dirección compartida, basada en la
participación democrática de todas sus
fuerzas y, del otro, sobre la relación
entre la clase obrera y su partido con
el frente único o con la “semilla”
del frente único.
Con el argumento de que la clase obrera
es el máximo dirigente de la revolución
no podemos exonerar a la UNO, como
frente de partidos aliados, de su papel
muy concreto de dirección y
coordinación. Por otra parte, el
carácter de vanguardia del proletariado
no tiene por qué contraponerse con los
frentes de lucha que éste conforma. Todo
lo contrario, su capacidad directiva se
facilita enormemente con dichos frentes.
Para ello los crea. A través de éstos el
proletariado ejerce en mejores
condiciones su misión orientadora y
educadora de las amplias masas no
proletarias. Y hay más, la clase obrera
y su partido condenan los métodos
burocráticos y despóticos de dirección.
Cuando la clase obrera y su partido
llaman a las otras clases
revolucionarias a integrar con ellos un
frente único, es sobre la base de la
participación democrática de todas las
fuerzas amigas y a todo nivel. Y cuando
llaman a constituir una dictadura
popular a más del 90 por ciento de la
población colombiana, garantizan a todos
y cada uno de sus aliados la plena
democracia y la libre injerencia en los
asuntos del Estado. Así y sólo así
pueden la clase obrera y su partido
dirigir y coronar exitosamente la
revolución colombiana en la presente
etapa.
Allí donde la clase obrera y su partido
para llegar al socialismo encaran
primero las tareas de la liberación del
país y de las transformaciones
democráticas, su lucha de clases
adquiere la forma de la lucha nacional
de liberación y su programa socialista
lo postergan en aras de un programa que
unifique a todas las fuerzas enemigas de
la opresión externa. Con esto el
proletariado no está traicionando sus
intereses de clase, está optando por el
único camino que lo conduce a su
emancipación. La clase obrera y su
partido no pierden de vista un solo
instante sus máximas aspiraciones
socialistas y comunistas. Por eso
siempre que el proletariado propugna la
formación del frente único, no se diluye
en él, sino que mantiene su organización
partidaria independiente y distinta del
resto de organizaciones aliadas. La
independencia del partido obrero dentro
del frente único garantiza dos cosas: la
dirección proletaria de la revolución
democrática y el paso posterior al
socialismo. Dentro del frente el partido
obrero colombiano no desempeñará su
papel de vanguardia negándoles la
participación democrática a las otras
clases revolucionarias en los organismos
de dirección, lo ejercerá mediante una
lucha ideológica y política, constante y
aguda, que no pide ni da tregua, pero
sin atropellar los principios
democráticos que, junto con el programa
común, permiten la cooperación de todos
los patriotas en la gloriosa empresa de
derrotar en nuestro suelo al
imperialismo norteamericano y a sus
lacayos criollos, y de fundar una
república de obreros, campesinos,
pequeños y medianos productores y
comerciantes, intelectuales, en marcha
al socialismo. El partido obrero no teme
perder su supremacía en esta
confrontación con las otras clases y
partidos aliados, porque está armado de
una ideología invencible, el
marxismo-leninismo, que le permite por
intermedio de la práctica conocer las
leyes que rigen el desarrollo de la
sociedad y trazar una estrategia y una
táctica victoriosas. El partido obrero
es, en fin, el más connotado defensor de
los intereses del pueblo. El más insigne
combatiente antiimperialista, el más
consecuente garante de la democracia
revolucionaria, por eso nadie podrá
arrebatarle su liderazgo ganado en
franca lid.
En Colombia no contamos aún con
antecedentes de cómo ha de funcionar un
frente de las proporciones indicadas, en
el que concurran todas las
organizaciones revolucionarias políticas
y de masas, en torno a una dirección
unificada y acatada, pero en la arena
internacional existe ya una vasta
experiencia al respecto. En la reciente
guerra del Sudeste Asiático, que sirvió
de escenario a la más resonante derrota
del imperialismo norteamericano, tanto
en el sur de Viet Nam como en Camboya y
Laos, la lucha política y militar de los
pueblos indochinos estuvo dirigida por
sus correspondientes frentes de
liberación nacional. En estas alianzas
confluyen en pie de igualdad y sobre la
base del centralismo democrático, al
lado de los respectivos partidos
proletarios, las más variadas
organizaciones partidistas, gremiales,
sociales y religiosas. La máxima
dirección revolucionaria concreta en
cada uno de los tres países indochinos
recae en el núcleo central de su frente
único, el cual no se limita a mantener
una unidad formal de las fuerzas
revolucionarias, sino a coordinar,
orientar, organizar y decidir realmente
sobre todas las manifestaciones de
lucha, hasta la lucha armada. Los
distintos partidos obreros de Indochina
ejecutan su labor dirigente a través de
dichas alianzas de unidad nacional. Y el
nuevo tipo de dictadura establecido en
Indochina es la dictadura
democrático-popular de frente único
dirigida por el proletariado. La
experiencia de los pueblos indochinos
corresponde en general a la situación de
los países coloniales y neocoloniales
atrasados sometidos a la dominación
imperialista que combaten por la
liberación nacional y las
transformaciones democráticas, bajo la
dirección del proletariado y en la era
de la revolución socialista mundial.
Colombia hace parte de estas naciones
oprimidas y atrasadas del Tercer Mundo y
su lucha es idéntica. No hemos copiado
jamás mecánicamente la experiencia de
otras revoluciones, empero resulta
indudable que la enseñanza universal de
la actual lucha de los pueblos
coloniales y neocoloniales del mundo por
su independencia y progreso es muy
valiosa para nuestro pueblo, si la sabe
aprovechar acertadamente y según las
particularidades del país y las
características de la revolución
colombiana.
Plantear primero el criterio de que la
Unión Nacional de Oposición sea una
“semilla” del futuro frente patriótico y
contraponer después la UNO a la
dirección proletaria es borrar con el
codo lo que se ha escrito con la mano.
La misión de vanguardia de la clase
obrera y la dirección compartida de
todas las clases en una gran alianza
nacional, no se excluyen sino que se
complementan. Si queremos enrumbar a la
UNO hacia el puerto distante de la
formación en Colombia de un frente único
antiimperialista, comencemos por
establecer en su seno la dirección
compartida de manera progresiva, hasta
que abarque todos y cada uno de los
aspectos de la lucha revolucionaria. En
verdad esta concepción de la dirección
compartida no la improvisamos ahora con
el objeto de pasar al contraataque en la
controversia pública del MOIR y el
Partido Comunista. El compañero
Francisco Mosquera ya la había enunciado
precisamente en la Segunda Convención de
la Unión Nacional de Oposición, del modo
siguiente:
“La necesidad más urgente de
Colombia, la reivindicación más
sentida por el pueblo y la nación
colombiana, por la cual han combatido
las fuerzas revolucionarias y los
sectores avanzados de las masas desde
principios del siglo, de la que
depende la salvación de nuestra
patria, es la liberación nacional y la
construcción de una república
soberana, democrática, de obreros, de
campesinos y del resto de fuerzas
populares. Esta tarea determina y
requiere de la unidad nacional de la
unificación de más del 90 por ciento
de la población colombiana bajo una
dirección política, organizada y
correcta compartida por todas las
clases revolucionarias”.[45]
Si logramos una conclusión unánime
alrededor de estas observaciones y
coincidimos en que hay que darle nueva
vida a la UNO, imprimiéndole un carácter
activo de dirección y una mayor
dinámica, podemos empezar anotando en la
agenda de discusiones dos temas de
palpitante actualidad para las fuerzas
revolucionarias colombianas: 1) la lucha
ante el gobierno de Alfonso López
Michelsen, y 2) la unidad del movimiento
sindical colombiano.
SEGUNDA
PARTE: NUEVAS CONTRADICCIONES
ENTRE LO SUPERFLUO Y ACCESORIO SACAR LO
PRINCIPAL
Durante lo que hemos dado en denominar
el período post-electoral descuellan las
contradicciones tocantes con la
interpretación del gobierno de Alfonso
López Michelsen: la campaña de la Unión
Nacional de Oposición se distinguió por
haber concentrado el ataque contra los
candidatos presidenciales del
liberalismo y el conservatismo, pero
después de que uno de estos dos
candidatos asumió el poder con la
estrecha colaboración del otro, no fue
factible mantener la identificación en
concebir una lucha que sería la
prolongación de la pelea por la cual nos
aliamos. De nuestra parte podemos
afirmar que tales desavenencias las
procuramos debatir en las reuniones
bilaterales o en el seno de la UNO; sin
embargo, ustedes madrugaron a publicar
su traducción antimoirista de las
mismas. He aquí un compendio, a manera
de abrebocas, de dichas versiones del
Partido Comunista:
“Arrancando algunas líneas de
documentos del PCC, separándolas de su
texto y presentándolas como prueba
flagrante del ‘gobiernismo’ del PC,
sindican a éste de ‘posiciones poco
firmes contra López’. Para esto se
agarran de la diferenciación que hemos
hecho de ciertos sectores del
gobierno. ¡Curiosos maoísta estos del
MOIR! Olvidan que el propio Mao, al
que santifican, les enseñó que hay que
diferenciar los matices del gobierno
enemigo”.[46]
Lo curioso no es que el MOIR, en gracia
de discusión, llegue a cometer errores
al asimilar y aplicar el pensamiento de
Mao Tsetung, el más grande
marxista-leninista, porque al fin y al
cabo no somos infalibles y tenemos
siempre presente una de las
recomendaciones olvidadas de los jefes
inmortales del proletariado: el que
sirve al pueblo de todo corazón no teme
equivocarse y le sobra valor para
reconocer las deficiencias y corregirlas
en bien de su justa causa. Lo curioso es
que, con tal de encubrir sus desatinos,
el hirsuto antimaoísmo del Partido
Comunista no le impida referirse a la
dialéctica materialista demoledora de
Mao Tsetung, que salió triunfante de
cuatro guerras y tres revoluciones y
transformó a la China milenaria de
Confucio en la China socialista moderna,
todo ello en el lapso de cincuenta años,
es decir, en un cuarto de siglo menos de
lo que llevan los revolucionarios de
Colombia batallando contra el
imperialismo norteamericano, desde los
tiempos remotos de la separación Panamá.
Algún día, ojalá no lejano, tengamos el
privilegio de describirle a fondo a
nuestro pueblo cómo ha sido de
destructora y constructora a la vez la
portentosa lucha del Partido Comunista
de China y de su máximo y más querido
dirigente, no sólo para labrar un
porvenir venturoso de trabajo y progreso
a los 800 millones de seres del pueblo
chino, sino para apoyar a los pueblos
hermanos que combaten como éste contra
el imperialismo y el hegemonismo y a
favor de la revolución y de la paz
mundial. Hoy el deber nos impone la
excluyente labor de examinar cuán
dialécticos y materialistas han sido los
combatientes colombianos al otro lado
del globo.
El MOIR les concede atención a las
interpretaciones y explicaciones que sus
aliados hacen del régimen de López
Michelsen, porque éstas influyen
determinantemente en la posición y la
lucha que despliegue la UNO frente a la
coalición oligárquica proimperialista
gobernante. Atrás quedó analizado el
comportamiento oportunista que en tal
sentido tuvieron tres de los cuatro
parlamentarios del Movimiento Amplio
Colombiano. Las discrepancias con los
tres congresistas del MAC arrancan del
momento mismo en que Hernando Echeverri
acuñó como suya y en calidad de
personero destacado de la UNO, la
consigna prestada a la ANAPO de que la
oposición atacaría las medidas
“negativas” y aplaudiría las “positivas”
de la nueva administración. Aunque en un
principio se tildó nuestra crítica de
rebuscada, no fue necesario esperar
demasiado para observar cómo la divisa
de apoyar lo ”bueno” y denunciar lo
“malo” del gobierno, y las otras
consignas gemelas de que la UNO haría
una “oposición científica”, una
“oposición racional”, una “oposición
persuasiva”, no eran más que el preludio
del ulterior deslizamiento hacia la
madriguera de los vencedores de la
víspera. Anotábamos en algunas de esas
discusiones internas que aceptar la
hipótesis de que al nuevo régimen
lopista, entre la escoria de sus
proyectos antipopulares y
antinacionales, podría escurrírsele uno
que otro decreto en beneficio del
pueblo, sería hacerle el juego a la
contracorriente derechista de moda que
proclama: con el advenimiento del
liberalismo al Poder “los mejores días
están por llegar”.
Hace un año que López Michelsen recibió
el mando y, a pesar de que ya ensayó
cuanto “experimento” se le haya ocurrido
lesivo para las masas populares y el
país, lo mismo en el campo de la
soberanía, como en los terrenos
económico, militar y cultural, todavía
resuena en el ambiente el eco de la
vocinglería laudatoria con que los
exponentes de los más variados
movimientos celebraron el ascenso al
trono del mesías prometido. Ni la UNO se
salvó de participar en el multitudinario
cortejo de aduladores que llevó en andas
hasta el solio de Bolívar al escogido
entre veinticuatro millones de
colombianos. Ahí, con el tropel de
manzanillos, en primera fila, estaban
batiendo palmas Echeverri y sus dos
escuderos. Era como si nadie recordara
la historia del país y todos hubieran
olvidado los cien discursos del
presidente electo durante la reciente
campaña electoral, con los cuales, de
distinto modo expuso que él no encarnaba
siquiera al compañero jefe del
Movimiento Revolucionario Liberal, sino
a uno de los delfines que la oligarquía
liberal-conservadora había designado
para continuar la obra inconclusa del
Frente Nacional. Pero, al contrario del
cuento de García Márquez, ninguno le
creería este “presagio”. A él, que
pasará a la historia cual vulgar
continuador, se le presentaba, lo mismo
que a su padre cuarenta años antes, que
nada inauguró tampoco, como el forjador
de una nueva época.
Las doce familias liberales y las doce
familias conservadoras más ricas de
Colombia, de que hablara Gaitán, no
cabían en sí de gozo. Si no habían
inaugurado una nueva época, por lo manos
habían descubierto un método que
aparentemente no fallaba para apacentar
el rebaño: confiar sus intereses a
personajes obsequiosos y con veleidades
“izquierdistas” en el pasado, y llamar a
calificar servicios a los “jefes
naturales” reconocidos y quemados ante
el pueblo a consecuencia de su tétrico
historial. Desde luego que no todo
siguió siendo exactamente igual. El
lenguaje oficialista tuvo un cambio
notable: en lugar de dependencia
extranjera se dirá “interdependencia” de
Colombia y los Estados Unidos; no habrá
desarrollismo a secas, habrá
“desarrollismo con justicia social”;
quedaron proscritos los delitos de
opinión, sólo tendremos “delitos de
información”; se acabó el estado de
sitio para perseguir a los enemigos del
gobierno, se establecerá para sancionar
“los delitos comunes”; los campesinos
proseguirán sin tierras no por falta de
reforma agraria, sino porque estábamos
“mal informados”, en Colombia “no
existen” terratenientes; a los obreros
se les “protegerá su poder adquisitivo”
impidiendo el alza de salarios; los
estudiantes no tendrán “rectores
policías”, únicamente serán reprimidos
en nombre de “experimentos marxistas”, y
la alianza liberal-conservadora dejará
de ser reaccionaria y de derecha, en
adelante se le reconocerá como mandato
de “centro-izquierda”. A ese estilo
refinado, sibilino y farisaico para
acicalar las políticas más oscurantistas
y retrógradas de la oligarquía
proimperialista, se le atribuyen los
tres millones de votos obtenidos por el
Partido Liberal el 21 de abril. No nos
debiera extrañar entonces que el nuevo
lenguaje oficial se propagase como la
peste contagiosa. Hasta el mismísimo
Ospina Pérez, dando el ejemplo,
sorprendió a propios y extraños
autocalificándose conservador de
“izquierda”.
Contra toda esta tendencia de adornar
con retórica barata las oscuras
intenciones de las clases dominantes,
llamaba el MOIR a la UNO a ponerse en
guardia. Ni a las personas ni a los
partidos los podemos juzgar solamente
por lo que dicen. Si el arte de la
política reaccionaria es, entre otras
cosas, embaucar al pueblo, el arte de la
política revolucionaria debe consistir
preferencialmente en desenmascarar los
verdaderos propósitos que se esconden
tras las palabras melifluas de los
adversarios de clase. Así las masas
populares lograrán prepararse, armarse y
vencer en la lucha contra los enemigos
más tramposos y más ladinos. En el
debate electoral la Unión Nacional de
Oposición explicó hasta la saciedad que
cualquiera de los dos candidatos de los
partidos tradicionales que resultare
escogido por la oligarquía vendepatria,
en últimas resultaría una tragedia
semejante. Los portavoces de la UNO
solían decir en sus discursos
agitacionales que López y Gómez eran “la
misma perra con distinta guasca”. A los
campesinos avanzados de la Costa
Atlántica les escuchamos también con sus
propias metáforas que los dos candidatos
oligárquicos eran “cucarachos del mismo
calabazo”, y lo celebrábamos como la
comprensión plena de la jugada que
estaba poniendo en práctica la Gran
Coalición burgués-terrateniente
proimperialista.
A algún historiador de pacotilla se le
podrá ocurrir en el futuro que tan
tajante afirmación dejaba por fuera del
análisis las diferencias que median
entre el hijo de Laureano Gómez Castro y
el hijo de Alfonso López Pumarejo. La
política revolucionaria, aprovechando
los aspectos secundarios y la apariencia
de las cosas, hace énfasis en el aspecto
principal y en la esencia de éstas. Al
contrario, la reacción busca que el
pueblo se enrede en los fenómenos
externos, en la forma como se presentan
los problemas, para que no pueda jamás
desentrañar las leyes y contradicciones
internas que rigen y determinan el curso
de los acontecimientos. De esta manera
engañan y confunden a las masas
explotadas y subyugadas. La misión
educadora de un partido proletario
revolucionario radica en sacar entre lo
superfluo y accesorio, la raíz y el
meollo de las contradicciones de clase,
y con base en ello elabora una
estrategia y una táctica acertadas. Así
opera la dialéctica revolucionaria.
Por eso el MOIR alertaba en su tiempo
que las candidaturas de Gómez y López,
no obstante sus diferencias formales,
estaban en loo esencial identificadas.
Afirmábamos:
“Cierto es que a pesar del
entendimiento hay diferencias entre
los candidatos de los partidos
tradicionales. Pero éstas son
secundarias. Se refieren más a la
manera de cómo preservar mejor, no
sólo los privilegios del imperialismo,
sino de las clases explotadoras
colombianas que se benefician del
ignominioso sistema que mantiene
esquilmado al país y sometido al
pueblo. Las diferencias entre ellos
son transitorias, mientras el
entendimiento es necesario y
permanente. (...) El uno
dice: primero ‘desarrollo’ y luego
‘distribución’; el otro refuta;
‘desarrollo’ con ‘justicia social’.
¿Pero cuál es el medio que proponen
López y Gómez para realizar sus
propuestas? Es uno solo, la necesidad
y urgencia del capital extranjero”.
[47]
La prueba irrecusable de que los dos
herederos en línea directa del
liberalismo y el conservatismo estaban
predestinados a prorrogar la vieja
coalición de sus progenitores, fue
analizada cuando vimos los alcances de
la reforma constitucional de 1968, que
prolonga por otros medios y con otro
nombre el dominio bipartidista típico
del Frente Nacional. Acuerdo que los dos
candidatos oficiales habían jurado
respetar en las respectivas convenciones
de sus partidos. Las elecciones de 1974
no fueron más que la puja de los
delfines, una inmensa farsa para
averiguar quién de los dos hacía las
veces de anfitrión de su oponente en el
Palacio de San Carlos. Los visos
singulares de sus programas no podían
ocultar una realidad tan gigantesca como
era la de que ambos proponían el
“desarrollo nacional” con base en la
dominación del imperialismo
norteamericano sobre nuestra patria. El
fundamento económico seguiría siendo el
mismo, empuñara el timón del Estado el
señor Gómez o el señor López. Los planes
y proyectos continuarían dependiendo en
absoluto de las “recomendaciones” de los
monopolios imperialistas. Hasta para
abrir una letrina habrá que pedirles el
visto bueno a las agencias prestamistas
especializadas extranjeras. Y este
fundamento económico les imprime su
marca de hierro candente a todas y cada
una de las medidas del régimen, sea cual
fuere el ave que trine en la casa
presidencial. Así concluye el
materialista revolucionario cuando
enfoca la política y las declaraciones
de buena voluntad de los agentes del
imperialismo. Por eso teníamos toda la
razón al sostener durante la campaña
electoral que entre el “desarrollismo”
de Álvaro Gómez y la política de
“ingresos y salarios” de Alfonso López
Michelsen no mediaba una diferencia
sustancial. Gómez Hurtado pedía
abiertamente que se permitiera la
injerencia del capital extranjero como
vía de “desarrollo”, López, como genuino
liberal, matizaba esta recomendación
pero no se apartaba de ella. Un año de
práctica del nuevo gobierno ha
clarificado plenamente todo, confirmando
las tesis expuestas por nosotros. El
señor López resultó un continuador
ejemplar: ha aumentado los impuestos y
las tarifas al pueblo para cumplir los
compromisos estatales de endeudamiento;
abrió las esclusas de los precios y
produjo la mayor espiral alcista de la
historia del país; ha tolerado
quintuplicada la inmoralidad
administrativa; colmó de privilegios a
los grandes banqueros y a los pulpos
urbanizadores; ha consolidado las
aberrantes garantías de los
latifundistas y de la burguesía
intermediaria, e implantó el estado de
sitio, los consejos verbales de guerra y
demás disposiciones represivas para
privar de las libertades públicas y de
los derechos democráticos a las masas
populares. Todo ello con el aplauso de
su socio conservador, al margen de las
cordiales discordancias. Y quienes
abrigaron ciertas ilusiones sobre el
mandato liberal de “centro-izquierda”,
ante la evidencia abrumadora de los
hechos, salen clamando escandalizados: “El
gobierno viró a la derecha!”.
Pero no hay tal; no es que el gobierno
haya cambiado, sus obras son hijas
legítimas de su naturaleza profundamente
reaccionaria y antinacional. Lo que pasa
es que algunas personas no saben
descubrir a tiempo “tras la bondad de
las palabras la impiedad para los
hombres de su pueblo”.
OPINIONES SOBRE EL LOPISMO EN CUATRO
TEMAS
En el marco de esa situación
post-electoral afloraron las nuevas
contradicciones que han sumido a la UNO
en una crisis recurrente. Las
expectativas benévolas que el Partido
Comunista ha propiciado sobre el
gobierno de López Michelsen terminaron
por paralizar a la Unión Nacional de
Oposición. La crítica la habíamos
formulado en distintas reuniones. A
través de esta carta la resumiremos
global y públicamente. Como ustedes nos
han acusado de que arrancamos “algunas
líneas de documentos del PCC,
separándolas de su texto y
presentándolas como prueba flagrante
del ‘gobiernismo’ del PC”, vamos
a citar párrafos enteros de aquellos
materiales en los cuales se expresan de
la forma más explícita las concepciones
erróneas motivo de esta controversia:
Al mes siguiente de las elecciones
ustedes comentaron el resultado de la
campaña y las perspectivas para el nuevo
período como transcribimos a
continuación:
“La derrota de la ultraderecha es
mucho más significativa de las
tendencias políticas colombianas”.
(...).
“Se ha demostrado en este debate
electoral que la tendencia
predominante en el pueblo colombiano
es de signo democrático y progresista,
que presiona por el cambio de la
situación económica, social y política
de la etapa del ‘frente nacional’.
Esto se comprueba si se tiene en
cuenta que contra el sector
ultraderechista se pronunció la
aplastante mayoría de los
participantes en las elecciones: los
que votaron por López, María Eugenia y
Echeverri”. (...)
“López planteó el contenido de su
campaña sobre la base de diferenciarse
no sólo en lo político sino también en
lo económico y social, de su rival por
la Presidencia de la República. López
prometió abocar la solución de los
problemas más apremiantes del pueblo
sobre bases distintas a las del frente
oligárquico paritario. (...) A
ello hay que agregar una razón que no
es la menor para el triunfo de López:
el núcleo principal de la gran
burguesía puso sus cartas en favor del
candidato liberal, por la continuidad
sin sobresaltos del sistema actual y
contra los aspectos más anticuados y
aventureros de la ultraderecha.
Además, los imperialistas yanquis y
sus agentes más caracterizados
tuvieron claro, casi desde el
principio de la campaña electoral, que
en la actual situación colombiana y
latinoamericana, la carta de López era
para ellos más segura que la de Gómez.
Igualmente, los grupos más importantes
de los grandes terratenientes, que al
principio se hacían eco de la
demagogia reaccionaria de Gómez,
terminaron por rodear a López o se
mantuvieron en actitud de expectativa.
Tanto el imperialismo yanqui como los
latifundistas presionaron al candidato
liberal para que tomara posiciones más
definidas y López les hizo cada vez
más y más concesiones”. (...)
“Muchos sectores
democráticos apoyaron a López con la
ilusión de que realmente va a
significar un cambio de lo actual, un
avance hacia la democracia y el
progreso social, una solución de los
grandes problemas de las masas
trabajadoras”. (...)
“Nosotros sabemos que en lo
esencial, López es la continuidad del
sistema. Pero centenares de miles de
colombianos suponen que no es así y
han depositado en López su esperanza
de cambios importantes. Y seguramente,
luego de un período de expectativa,
estarán dispuestos a presionar porque
se produzcan efectivamente los cambios
que anhelan. En este sentido, López no
es solamente el Presidente del temor a
la ultraderecha sino que también es en
parte el Presidente del descontento y
la esperanza de grandes masas. Esto,
que puede parecer una paradoja para
algunos, es una realidad. Así lo
considera el propio López”.[48]
Y en noviembre ustedes sacaron
conclusiones mucho más definitivas:
“En el liberalismo se han demarcado
el lopismo, el llerismo y el
turbayismo. Lo más significativo es la
oposición a la política de López, que
ha asumido Lleras Restrepo, quien
trata de recoger las manifestaciones
de descontento de núcleos de la gran
burguesía (exportadores y
comerciantes) y de los terratenientes,
molestos porque algunos jugosos
filones de sus negocios se les han
reducido o modificado. La agresiva
actitud del ex presidente es una
posición de derecha que persigue dejar
las cosas sin el menor cambio,
mientras que López y sus amigos
políticos tienen conciencia de la
necesidad de que algo cambie para que
todo siga igual.
“La pugna jurídica
sobre el artículo 122 de la
Constitución, debate en el cual se han
caracterizado conocidos lleristas como
Augusto Espinosa Valderrama, vinculado
a los grandes negocios de la tierra en
Santander, es un antifaz para esconder
el fondo del problema. Porque fueron
los lleristas los que impulsaron la
reaccionaria reforma de 1968 que
establece la dictadura económica
presidencial.
“La maniobra de Lleras
Restrepo está dirigida a reorganizar
la política del frente nacional, a
atraer a los sectores ospinistas al
fortalecimiento de una coalición
oligárquica con vistas a futuros
desarrollos de la política y como
alternativa a las posiciones
‘liberales’ de la administración
López.
“En las directivas
conservadoras se manifiestan
igualmente las contradicciones frente
al desarrollo de la política oficial.
Cada vez se cristaliza más un sector
autodenominado ‘progresista’,
francamente favorable a las medidas
del gobierno, mientras que el sector
de Gómez Hurtado las critica, sobre
todo aquellas que tienen aspectos
democráticos (ampliación del margen de
libertades, tolerancia a la actividad
del Partido Comunista, necesidad de
las relaciones con Cuba).
“Las medidas oficiales
han repercutido también en la
oposición. Hay sectores de la UNO que
no ven la necesidad de una oposición
democrática adecuada en sus métodos y
persuasiva con las masas ilusionadas
en López”. (...).
“Es posible arrancar al sistema
concesiones importantes en materia de
libertades y otros puntos del programa
de la UNO. Y debemos reivindicar como
un logro del movimiento popular cada
posición ganada en vez de permitir que
el gobierno las presente como
graciosas y voluntarias concesiones de
la burguesía, contribuyendo a fomentar
las ilusiones de las masas”.
(...)
“El contenido y el carácter de
nuestra oposición es radicalmente
distinto de la oposición de derecha.
Además, no debe olvidarse que el grupo
dirigente de la burguesía conciliadora
no representa al sector más retrógrado
de la oligarquía colombiana y, por
tanto, siempre habrá una oposición de
derecha que sí expresa los intereses
de las capas más reaccionarias de los
grupos diversos de los monopolios para
los cuales hasta la menor concesión es
un ataque al sacrosanto ‘orden’
burgués.
“Pero la verdad es que
le gobierno sí tiene un sector de
derecha muy definido compuesto por el
Ministro de Gobierno, los cuerpos
policivos, el grupo de generales que
han hecho la contraguerrilla
(Matallana, Valencia Tovar), el
Ministro de Agricultura. En nuestra
acción unitaria y de oposición,
tenemos que golpear principalmente a
este sector, luchar por aislarlo y por
desenmascararlo como responsable de
los aspectos más negativos del
Gobierno de López”.[49]
Finalmente, en el pleno de abril último,
ustedes completaron:
“En el informe al Pleno de Mayo del
año pasado (...) se insistía en la
idea de que estamos en una situación
política diferente del período de
dominación absoluta del ‘Frente
Nacional’.
“En dicho informe se
señala que: “Estamos en los comienzos
de un proceso político nuevo (...)
que puede ser conducido hacia el
fortalecimiento de una nueva situación
nacional, hacia una nueva situación
política y hacia un nuevo poder”.
(...)
“Efectivamente, si se compara la
situación actual con la etapa
anterior, lo que se destaca es el
logro, por parte de las fuerzas
populares, de un nuevo clima para su
acción y organización, conquistando
garantías y derechos que, a pesar de
no ser aún muy decisivos, sí tienen
importancia como estimulantes de la
acción popular.
“Se trata de un terreno
conquistado por la movilización
popular y la larga lucha democrática
contra el estado de sitio, contra los
aspectos ultrarreaccionarios del
llamado ‘frente nacional’, por las
libertades y derechos democráticos
para el pueblo”. (...)
“El cuadro general del sistema del
‘frente nacional’, ideado en el marco
del entendimiento entre los grupos más
reaccionarios de la gran burguesía de
nuestro país, se sostiene en algunos
de sus principales aspectos
(repartición por iguales partes entre
liberales y conservadores del sector
administrativo y judicial, manejo
omnímodo del aparato electoral,
extrema limitación del Congreso y de
los cuerpos colegiados en general).
Pero es evidente la tendencia hacia el
retroceso de esa estructura
antidemocrática, tan cuidadosamente
creada por Laureano Gómez y Alberto
Lleras.
“Lo importante de
precisar es que este aspecto de la
situación favorece el desarrollo de
las luchas inmediatas por
reivindicaciones democráticas más
amplias y por la demolición de una
serie de obstáculos que traban el
desenvolvimiento de las luchas y de la
organización de las masas populares”.
(...)
“Hay que tener en cuenta que se
trata de un gobierno que fue elegido
por grandes masas democráticas y que
tiene un cierto compromiso con esas
masas, a las que no puede volver
totalmente la espalda, para tratarlas
sólo a punta de represión y estado de
sitio, como en gobiernos anteriores
sin correr el riesgo de un rápido y
absoluto descrédito”.[50]
Hasta aquí los apartes más demostrativos
del pensamiento del Partido Comunista
alrededor del análisis sobre el triunfo
de López Michelsen del 21 de abril y el
período que le sucedió. Las citas son
algo extensas. No se nos podrá hacer el
cargo de pescar entre líneas lunares
pasajeros que obedecen más a una
acomodaticia interpretación que al
contenido mismo de los textos. Todas son
opiniones emitidas en documentos de
organismos de dirección y copan casi un
año, desde mayo de 1974 hasta abril de
1975. Ahora nos permitiremos agruparlas
por temas, a fin de ordenar y facilitar
nuestra crítica a los graves y falsos
criterios que originaron no pocas
contradicciones en las filas de la Unión
Nacional de Oposición. No vamos desde
luego a reproducir nuevamente todas y
cada una de las frases. Vaciaremos lo
que interesa escudriñar en detalle. Los
lectores podrán observar el cuidado con
que adelantamos esta labor de
exploración y ordenamiento, buscando
retratar fielmente el modo
característico propio del Partido
Comunista de entender y aplicar la
dialéctica materialista. Y tendrán cómo
hacerlo; para ello nos tomamos la
molestia de copiar los largos párrafos
anteriores. Ustedes, por su parte, no
podrán incomodarse porque les
facilitemos un espejo en el cual se
verán reflejados de cuerpo entero.
Dividiremos las opiniones del Partido
Comunista y nuestras críticas en cuatro
grandes temas:
1. Análisis de la victoria electoral de
López Michelsen y el significado de su
candidatura; 2. los realineamientos
producidos en los partidos tradicionales
frente al actual gobierno y los sectores
que componen a éste; 3. la “nueva
situación”, el “nuevo clima”
ocasionado por el cambio de gobierno, y
cómo influyen en las luchas por las
reivindicaciones democráticas, y 4.
sobre la forma de adelantar una “oposición
adecuada” y la posibilidad de
arrancarle al sistema “concesiones
importantes”.
1. LA VICTORIA DE LÓPEZ MICHELSEN
Y SU SIGNIFICADO
Dicen ustedes acerca del primer tema:
“Se ha demostrado en este debate
electoral que la tendencia
predominante en el pueblo colombiano
es de signo democrático y progresista”,
lo cual “se comprueba” con los
votos depositados “por López, María
Eugenia y Echeverri”. Conclusión:
“La derrota de la ultraderecha es
mucho más significativa de las
tendencias políticas colombianas”.
Causas del triunfo de López: “Prometió
abocar la solución de los problemas
más apremiantes del pueblo sobre bases
distintas a las del frente oligárquico
paritario”. Hay que agregar “una
razón que no es la menor”: “el
núcleo principal de la gran burguesía
puso sus cartas en favor del candidato
liberal”; “los imperialistas
yanquis y sus agentes más
caracterizados tuvieron claro”
que “la carta de López era para
ellos más segura que la de Gómez”,
y “los grupos más importantes de los
grandes terratenientes... terminaron
por rodear a López o se mantuvieron en
actitud de expectativa". El
Partido Comunista sabe “que en lo
esencial López es la continuidad del
sistema. Pero centenares de miles de
colombianos suponen que no es así”,
y “muchos sectores democráticos
apoyaron a López con la ilusión de que
realmente va a significar un cambio de
lo actual, un avance hacia la
democracia y el progreso social, una
solución de los grandes problemas de
las masas trabajadoras”. “En
este sentido, López no es solamente el
Presidente del temor a la ultraderecha
como que también es en parte el
Presidente del descontento y la
esperanza de grandes masas. Esto, que
puede parecer una paradoja para
algunos, es una realidad. Así lo
considera el propio López”.
Nuestra crítica es la siguiente. Hacemos
una observación general aplicable a
todos los puntos que estudiaremos: sin
mayor esfuerzo de abstracción se capta
que la tendencia marcada del Partido
Comunista al analizar el desenlace de
las elecciones y luego el gobierno que
de ellas resultó, es la de diferenciar a
todo trance a López Michelsen no sólo de
la posición de derecha o de “ultraderecha”
que enmarca el señor Gómez Hurtado, sino
presentarlo como exponente de un régimen
menos antidemocrático que el del Frente
Nacional. Por eso, desde un principio,
el Partido Comunista comienza a hacer
malabares con su dialéctica y nos pide
que lo imitemos. Nos dice que López
Michelsen “prometió abocar la
solución de los problemas más
apremiantes del pueblo colombiano
sobre bases distintas a las del frente
oligárquico paritario” y a
renglón seguido agrega que triunfó a
causa también de que el imperialismo
norteamericano y sus lacayos colocaron “sus
cartas en favor del candidato liberal”.
Fundamentados en ese juego de
“contrarios” ustedes sacan una
concluyente deducción: López es “en
parte el Presidente del descontento y
la esperanza de grandes masas” y
para que no haya la menor duda, rematan:
“Así lo considera el propio López”.
Pero esto no es dialéctica; esto es fe,
porque fe es creer lo que nos dice el
enemigo.
Las elecciones son un indicativo
aproximado para calibrar la correlación
de fuerzas entre los distintos partidos
y por consiguiente para medir el grado
de desarrollo político de las masas.
Permiten a la vez averiguar con alguna
precisión los alcances de nuestra
influencia organizativa y descubrir
aquellas regiones que por la importancia
en la producción, la concentración de
enormes porciones de masas y el
explosivo fermento de problemas sociales
demandan un mayor cuidado de la
vanguardia obrera. Los procesos
electorales nos ayudan a complementar y
actualizar la visión que tengamos de la
cambiante lucha de clases, para acoplar
nuestras acciones abiertas y cerradas
sin ir más allá de lo que las
circunstancias permitan, mas sin
quedarnos atrás de las exigencias de
cada momento. Estas entre otras son las
ventajas que obtienen las fuerzas
revolucionarias al concurrir a dichos
eventos legales y al auscultarlos. Sin
embargo, los marxistas-leninistas no
perdemos de vista jamás que las
elecciones de los regímenes explotadores
son amañadas y manipuladas por las
clases dominantes, y que los partidos
revolucionarios participan en ellas sin
los recursos de movilización y
propaganda con que cuentan excesivamente
los partidos reaccionarios. Debido a
ello casi siempre los vencedores en las
urnas montan el espejismo de que las
“mayorías populares” los respaldan. Pero
a la vuelta de la esquina el pueblo
encuentra otros medios para expresar sus
más sentidas simpatías. Y esto le
sucedió precisamente al presidente López
Michelsen, quien a los pocos meses de su
mandato se quejaba ya de que a través de
los paros cívicos, de las huelgas, de
las asonadas callejeras, de los
invasiones a las grandes fincas, se
estaba configurando un movimiento
subversivo de proporciones mayúsculas.
En tales condiciones las batallas
comiciales arrojarán siempre una imagen
parcial de los movimientos y mutaciones
que se suceden a veces con
extraordinaria rapidez a unos cuantos
metros bajo la corteza social. Saberlos
descifrar, he ahí la pericia no de los
encuestadores del DANE, sino de un
partido lúcido, consciente y
aprovisionado de una ideología
científica, como se supone sea el
partido revolucionario del proletariado.
El imperialismo norteamericano y sus
lacayos colombianos, la gran burguesía y
los grandes terratenientes patrocinaron
la candidatura de López Michelsen y la
sacaron avante principalmente porque
éste, lejos de prometer un gobierno “sobre
bases distintas a las del frente
oligárquico paritario”, se
comprometió solemnemente a salvaguardar
el fundamento mismo del Frente Nacional:
la prolongación de la Gran Coalición
liberal-conservadora antipopular y
antidemocrática. En la convención
liberal que lo designó como candidato
presidencial de su partido, juró que el
entendimiento y la concordia los
preconizaba conforme los concebía el ex
presidente Ospina Pérez.
El precandidato López Michelsen habló
así ante sus correligionarios:
“Yo quisiera preguntarles a cada una
de las personas a quienes tanto
preocupa la concordia, si el
entendimiento que buscan, lo conciben
en los términos que preconizamos el
doctor Mariano Ospina Pérez y yo, o
sea, el entendimiento de partido a
partido, autorizado por sus
respectivas jerarquías y apoyado por
sus mayorías, o si lo que patrocina,
con el nombre de entendimiento, es la
estratagema de que las mayorías
liberales sirvan para desconocer las
mayorías conservadoras, otorgándole la
personería de ese partido a sus
minorías". Y recordando un
documento suyo redactado en las Islas
del Rosario, puntualizó: “Estaríamos
dispuestos a aceptar como plataforma
común lo que ya constituye un
consenso, en el que están de acuerdo
nuestros partidos: defensa de nuestros
derechos en el campo internacional,
lucha contra la vida cara, control y
reorganización de los institutos
descentralizados. Finalmente,
compromiso solemne de que el Ministro
de Gobierno, el Contralor General de
la República y el Procurador General
de la Nación, sean de filiación del
partido distinto al del Presidente;
paridad en el Poder Judicial y en los
organismos electorales, con adecuada
representación de todos los intereses.
Se podrá configurar de esta suerte,
después de las elecciones, una
coalición de gobierno, en donde, como
es obvio, será necesario hacer
transacciones de parte y parte, bajo
un presidente, elegido por un partido,
que represente a toda la Nación en los
términos del artículo 120 de la
Constitución”. E increpándole a
Lleras Restrepo, su peligroso contendor,
quien era más sinceramente partidario de
los acuerdos bipartidistas, remachó: “Cuanto
yo he dicho coincide con la posición
de la directiva nacional conservadora,
con el ex presidente Ospina Pérez y
con el señor Presidente Pastrana.
¿Quién lleva entonces, la bandera del
entendimiento, el señor ex presidente
Lleras, con la apariencia de un
acuerdo nacional, o yo, con una
candidatura del partido, que no se
disfraza de hegemonía liberal sino que
se acoge a las mismas reglas del juego
que la candidatura conservadora?”[51]
Nos corresponde ahora preguntar a
nosotros: ¿No son acaso estas
terminantes palabras del candidato
liberal su sagrada promesa a la
convención de su partido de que se
sometería sin sombras a prolongar los
acuerdos bipartidistas, esencia del
Frente Nacional? ¿De dónde rayos saca
entonces el Partido Comunista la
descabellada conjetura de que López
Michelsen “prometió abocar la
solución de los problemas más
apremiantes del pueblo colombiano
sobre distintas a las del frente
oligárquico paritario?” ¿O
caprichosamente no se le concede ninguna
repercusión al hecho de que la reforma
constitucional de 1968 prorrogó el
régimen paritario y a que el futuro
presidente sustentó por salones y
callejones, que él sería en San Carlos
el más desvelado guardián de la “Magna
Carta”, como jurisperito
constitucionalista que había sido toda
su vida? ¿O se guió el Partido Comunista
para llegar a tan arrevesada conclusión
por ciertas expresiones demagógicas del
señor López Michelsen, estas sí
entresacadas de su texto completo? No
hubo un solo aspecto programática de
importancia del llamado “mandato claro”
que se apartara de la más pura ortodoxia
frentenacionalista. Con relación al
dominio del capital internacional en
todas las ramas de nuestra economía, el
candidato liberal, para proteger los
multimillonarios intereses del
imperialismo norteamericano, inventó la
procaz excusa de que en Colombia no
había necesidad de proponer
“nacionalizaciones”, debido a que las
principales industrias y actividades
productivas estaban en manos de
colombianos. Con el evidente propósito
de respaldar la famosa ley 4ª de 1973,
compendio del programa más
siniestramente reaccionario en cuestión
agraria, conocida también como el
“acuerdo de Chicoral” de la gran
burguesía y los grandes terratenientes,
el ex compañero jefe predijo que el
próximo gobierno no debería emprender
nuevos ensayos para el campo, ya que los
agricultores colombianos lo que
requerían para desarrollar la producción
era ante todo una atmósfera de sosiego y
tranquilidad. A los obreros les prometió
la vieja política oligárquica de la
“economía concertada” que, como sabemos,
consiste en pedirles por igual
“sacrificios a empleadores y empleados”,
mientras los grandes plutócratas
contabilizan fabulosas ganancias y las
familias de los trabajadores recortan su
presupuesto diario, en medio de
indescriptibles angustias y sinsabores.
Y en cuanto a la lucha contra el alto
costo de la vida, vitrina de su campaña
electoral, el “pollo del mandato claro”
cacareó en todo momento que ésta
dependía no de su voluntad generosa,
sino del grado de estabilidad
inflacionaria, de las fluctuaciones del
mercado internacional, de la “crisis
energética”, de las buenas cosechas, de
la psicosis de la bolsa de valores y de
otra serie de factores inextricables,
hasta el extremo de que las promesas
lopistas a este respecto no podían
conmover en serio más que a las damas
del voluntariado liberal. Acerca de las
UPAC, uno de los instrumentos
especulativos favoritos del capital
financiero y de los pulpos
urbanizadores, ideado por la
administración Pastrana y que ha
preocupado hondamente a las clases y
capas más bajas de la población,
carentes de vivienda y víctimas
propiciatorias de dicho instrumento, el
señor López Michelsen conceptuó estar
dispuesto a perfeccionarlas y
consolidarlas, comprometiéndose a
legislar sobre ellas y despejar las
lagunas jurídicas que persistían en
torno a estos papeles de valor
constante.
De ese cariz fueron las otras promesas
electorales del actual presidente. Al
referirse a los grandes problemas
nacionales y a las penalidades del
pueblo lo envolvía todo en un lenguaje
criptográfico, imposible de concretar,
como cuando hablaba de la necesidad del
nuevo Concordato, del matrimonio civil y
el divorcio civil, de los derechos de la
mujer y de la juventud y de las
libertades públicas y garantías
democráticas. Pero cuando se pronunciaba
sobre el apoyo a las gigantescas
compañías imperialistas, a los
consorcios del comercio internacional y
a los privilegios de la gran propiedad
inmobiliaria, sus postulados eran
claros, directos y sin bemoles. No tuvo
el menor empacho, por ejemplo, de viajar
cuatro meses antes del día de las
votaciones a los Estados Unidos a
explicar personalmente a los magnates de
ese país sus planes de
“centro-izquierda”. A las agencias
prestamistas extranjeras les aseguró que
sanearía el fisco para que el Estado
pudiera en lo sucesivo cumplir
religiosamente con el pago de los
elevados intereses de su deuda pública,
mediante la supresión de determinados
subsidios, el incremento de los
impuestos al pueblo y el alza de las
tarifas en los servicios públicos. A los
grandes potentados del café, al
contrario, les prometió reducirles las
cargas tributarias, lo mismo que a las
grandes sociedades anónimas y en general
al capital financiero. Tal vez lo único
que se pueda alegar aquí es que estas
oscuras intenciones del candidato
liberal las formulaba en procura del
“bien” de la República y de la
“prosperidad” de los pobres de Colombia,
y a nombre de su sensibilidad social.
Pero enternecerse por los mañosos
fingimientos y la repugnante sensiblería
con que los ideólogos de las clases
reaccionarias envuelven y aderezan sus
planes de filibusteros, a fin de
hacerlos presentables, es caer en la más
abominable ingenuidad. Si el candidato
López Michelsen juró solemnemente
prorrogar los acuerdos bipartidistas
propios del Frente Nacional y promulgó
un programa definidamente
proimperialista y oligárquico, ¿de dónde
sacar que aquel “prometió abocar la
solución de los problemas más
apremiantes del pueblo sobre bases
distintas a las del frente oligárquico
paritario”?¿O que López sea no
“solamente el presidente del temor a la
ultraderecha sino que también es en
parte el Presidente del descontento y la
esperanza de grandes masas”?
¿Simplemente porque “así lo
considera el propio López”?
He ahí la forma como funciona la
dialéctica del Partido Comunista. El
lado negativo del actual gobierno
consiste en que fue designado por el
imperialismo norteamericano y sus
testaferros, la gran burguesía y los
grandes terratenientes; pero el lado
positivo radica en que “muchos
sectores democráticos apoyaron a López”.
Esta “paradoja” arrojó tres
millones de votos liberales escrutados
por el general Gerardo Ayerbe Chaux.
Pero los “oportunistas” del
MOIR no quieren entender la
“contradicción” de que una misma persona
y un mismo partido encarnaron a la vez
los intereses antagónicos del
imperialismo y el pueblo, de los
explotadores y los explotados, de los
ricos y los pobres, de los satisfechos y
los descontentos; y “sindican”
al Partido Comunista de “posiciones
poco firmes contra López”. En lo
que a nosotros corresponde, debemos
admitir que esa “curiosa” sapiencia de
desdoblar escolásticamente los aspectos
contradictorios de una cosa se la
habíamos conocido a nuestros curas de
parroquia al explicar el misterio de la
trinidad, y al protagonista de este
drama, cuando, desde los balcones
engalanados de los municipios
miserables, en plena campaña electoral,
peroraba: “No faltaba más que los
liberales de veras siguieran
extraviados en otros partidos. Ni los
ricos para que los defienda el Partido
Conservador, ni los pobres para que
los defienda la ANAPO, porque hay un
partido que defiende a todos los
colombianos, que es la sombrilla para
ricos y pobres, que es el Partido
Liberal”. [52]
El MOIR critica todos aquellos ataques
almibarados con que la llamada
“oposición” recibió al gobierno de
“centro-izquierda”. La táctica ridícula
de apoyar lo “bueno” y combatir lo
“malo” de la nueva administración, que
les escuchamos a los máximos dirigentes
de la ANAPO, resulta en la práctica una
voz de aliento para los tradicionales
enemigos del pueblo colombiano. La
fementida “oposición racional y
científica” de Hernando Echeverri
y sus dos escuderos marchan por el mismo
camino de la vacilación y de la entrega.
El papel educador y orientador de las
fuerzas revolucionarias en la hora
presente es combatir todas esas
ilusiones alimentadas por la propaganda
oficial, a costa si es preciso de
momentáneos contratiempos. Tal es la
digna posición de lucha que reclamamos
para la UNO, con la firme creencia de
que las masas populares seguirán nuestra
huella, incluyendo a los hombres y
mujeres honestos que inicialmente se
dejaron confundir por los encantadores
de serpientes que nunca faltan.
El Partido Comunista no ha tomado con
empeño esta cruzada revolucionaria y,
por el contrario, extendió a su manera
su cheque en blanco al presidente López.
Ustedes montarán en cólera por nuestra
crítica, pero los instamos a que
reflexionen sobre lo antedicho y sobre
lo siguiente. Un valiosísimo servicio se
les presenta a los renegados del extinto
MRL y con ellos a la reacción en su
conjunto, que de labios de un integrante
de la UNO salga el comentario de que “Se
ha demostrado en este debate electoral
que la tendencia predominante en el
pueblo colombiano, es de signo
democrático y progresista”; lo
cual “se comprueba” con los
votos depositados “por López. María
Eugenia y Echeverri”. Desde luego
que la tendencia predominante del pueblo
colombiano es la democracia, y esto se
desprende no de los votos sumados al
señor López Michelsen, sino de las
múltiples y variadas batallas que las
masas sostienen dentro del gran torrente
de la lucha por la liberación y la
revolución. Equiparar la democracia
revolucionaria del pueblo colombiano con
la votación registrada por López, es
honra que no enaltece a nuestro pueblo,
ni a la UNO, y en cambio coloca sin
apelación al continuador y a su partido
en las corrientes renovadoras de este
siglo. Y la gravedad de tan protuberante
desvarío no se disminuye con el consuelo
de que “la derrota de la
ultraderecha es mucho más
significativa de las tendencias
políticas colombianas”; ni la
desvergüenza propia podrá ser cubierta
con la hoja de parra de que nosotros sí
sabemos que “en lo esencial López es
la continuidad del sistema” y “centenares
de miles de colombianos suponen que no
es así”.
En primer lugar, fue López quien reclamó
como soporte de su mandato no solamente
los tres millones de votos liberales,
sino el millón y medio de conservadores,
ya que su gobierno es por sobre todo de
raigambre bipartidista. Los sufragios de
1974 sortearon la cabeza de la Gran
Coalición entre los delfines López y
Gómez, pero preservaron para sus
respectivos bandos el control del Estado
oligárquico, con idénticos derechos y
deberes. De todas las victorias contra
la “ultraderecha” esta ha sido la menos
victoriosa. Y de todas sus derrotas la
menos derrotada. Las últimas elecciones
ratificaron lo que se viene evidenciado
desde 1930: en Colombia el liberalismo
es más numeroso que el conservatismo.
Sin embargo, la pantomima electoral
comprobó algo aún más importante. Que a
pesar de lo anterior, el imperialismo
norteamericano y sus agentes no pueden
prescindir de ninguno de los dos
partidos tradicionales para proseguir su
obra de extorsión y vandalismo. De ahí
la verdadera “paradoja” de que el
Partido Conservador, representante por
excelencia de la clase terrateniente, en
notorio y progresivo declive, continúe
gobernando de tú a tú con su compinche
liberal mayoritario, desde hace varias
décadas. Tales acoples burocráticos
confirman a la vez la necesidad de la
revolución antiimperialista y
antioligárquica que sepulte en una fosa
común a la “ultraderecha” y su carnal,
la demagogia.
En segundo lugar, del fenómeno de que “centenares
de miles de colombianos” honestos
y engañados no intuyan siquiera, como se
precian ustedes de saberlo, que el señor
López personifique políticamente “en
lo esencial la continuidad del sistema”,
no podemos inferir que los votos
depositados a su favor sean de “signo
democrático y progresista”. Ello
significaría caer en la ilusión que
proclamamos combatir. El carácter
represivo o democrático, regresivo o
progresista, reaccionario o
revolucionario de una fuerza política lo
determinan en última instancia los
intereses de clase bajo cuya influencia
actúa. Alfonso López Michelsen es, para
utilizar la expresión de ustedes, la “carta
más segura” del imperialismo
norteamericano y sus lacayos y ello le
imprime el sello imborrable
reaccionario, regresivo, represivo y
antinacional a sus actos de gobierno, al
margen de los que sus apologistas
comenten de éstos. Tampoco variaría en
los más mínimo el contenido político del
régimen el hecho de que en las
elecciones hubiese obtenido un millón
por encima o por debajo de los votos que
se le imputaron, o que éste logre por
más o menos tiempo conservar su aureola
demócrata, manteniendo en la mentira a
considerables sectores de las masas.
López Michelsen ha sido la herramienta
perfecta para prolongar sin traumatismos
el mando de la coalición bipartidista en
esta época de constantes convulsiones
sociales. Ningún otro hubiese forjado
con tanta idoneidad y eficiencia el
monumento al engaño de los colombianos
del “mandato claro”. A nuestro pueblo le
urge desmontar pieza por pieza esta
patraña inicua y concentrar el ataque en
quienes son sus artífices principales,
para destaparlos y aislarlos.
La experiencia de los cuatro períodos
del Frente Nacional nos está indicando
inequívocamente que es el liberalismo la
palanca clave tanto para impulsar como
para crearles algún ambiente a las
iniciativas antipatrióticas y
antidemocráticas cocinadas conjuntamente
con el conservatismo. La caverna
conservadora estaría bloqueada en
Colombia sin los trogloditas liberales,
quienes son los que hacen los mandados
denigrantes bajo la raída escarapela de
la libertad, igualdad,
fraternidad. No entender esta
ley histórica de Colombia, enredarse en
las diferencias domésticas de los
partidos tradicionales sin percatarse
del contubernio no divorciable que los
une hasta que las muerte los separe y,
especialmente, no comprender que la
paternidad responsable recae en el
Partido Liberal, es cargarle ladrillo
consciente o inconscientemente a la
alianza burgués-terrateniente
proimperialista. Si el pueblo colombiano
le ha vuelto la espalda al conservatismo
pero se enreda aún en los hilos de araña
de la seudodemocracia liberal, a las
fuerzas revolucionarias les corresponde,
y en primer término a los elementos
avanzados del proletariado, cortar estas
trabas ideológicas y políticas que
impiden a las inmensas mayorías alzar
velas con la presteza que requiere la
situación actual. Si combatimos la “ultraderecha”
conservadora, también debemos, y
principalmente, arrancarle la máscara a
la “ultraderecha” liberal, para
poderlas derrocar a ambas. La fuerza
política que no haga esto y se empeñe en
encontrar los tintes democráticos al
señor López Michelsen y al grupo de
confianza que lo rodea se adentrarán
paso a paso en la manigua del
oportunismo.
Unámonos los revolucionarios en un gran
frente de combate contra la caverna
conservadora y contra sus moradores, los
trogloditas liberales, e invitemos a los
burlados y humillados de siempre a que
emprendan con nosotros la prolongada
lucha por la salvación de Colombia.
2. LA “DERECHA” Y LA “IZQUIERDA” DEL
“CENTRO-IZQUIERDA”
En relación con los realineamientos
producidos en los partidos tradicionales
frente al actual gobierno y a los
sectores que componen a éste, sostienen
ustedes:
“En el liberalismo se han demarcado
el lopismo, el llerismo y el
turbayismo”... Lleras Restrepo “trata
de recoger las manifestaciones de
descontento de núcleos de la gran
burguesía (exportadores y
comerciantes) y de los terratenientes,
molestos porque algunos jugosos
filones de sus negocios se les han
reducido o modificado. La agresiva
actitud del ex presidente es una
posición de derecha que persigue dejar
las cosas sin el menor cambio”. “La
pugna jurídica sobre el artículo 122
de la Constitución... es un antifaz
para esconder el fondo del problema.
Porque fueron los lleristas los que
impulsaron la reaccionaria reforma de
1968 que establece la dictadura
económica presidencial”. “La
maniobra de Lleras Restrepo está
dirigida a reorganizar la política del
frente nacional, a atraer a los
sectores ospinistas al fortalecimiento
de una coalición oligárquica con
vistas a futuros desarrollos de la
política y como alternativa a las
posiciones ‘liberales’ de la
administración López”. En las
directivas conservadoras “cada vez
se cristaliza más un sector
autodenominado ‘progresista’,
francamente favorable a las medidas
del gobierno, mientras el sector de
Gómez Hurtado las critica, sobre todo
aquellas que tienen aspectos
democráticos (ampliación del margen de
libertades, tolerancia a la actividad
del Partido Comunista, necesidad de
las relaciones con Cuba)”. Y a
manera de piso teórico de lo antedicho,
el Partido Comunista preceptúa: “No
debe olvidarse que el grupo dirigente
de la burguesía conciliadora no
representa al sector más retrógrado de
la oligarquía colombiana y, por tanto,
siempre habrá una oposición de derecha
que sí expresa los intereses de las
capas más reaccionarias de los grupos
diversos de los monopolios, para los
cuales hasta la menor concesión es un
ataque al sacrosanto ‘orden’
burgués’’. Y finalmente: “El
gobierno sí tiene un sector de derecha
muy definido compuesto por el Ministro
de Gobierno, los cuerpos policivos, el
grupo de generales que han hecho la
contraguerrilla (Matallana, Valencia
Tovar), el Ministro de Agricultura. En
nuestra acción unitaria y de
oposición, tenemos que golpear
principalmente a este sector, luchar
por aislarlo y por desenmascararlo
como responsable de los aspectos más
negativos del gobierno de López”.
De nuevo anotamos que es palmaria la
tendencia del Partido Comunista a
exonerar al máximo dirigente de la Gran
Coalición oligárquica, al jefe del
Estado, de los estragos de la política
oficial, colocando en hombros de otros
la responsabilidad de llevar ésta a
cabo. Muchos de los innobles ajetreos
que ustedes asignan a Lleras Restrepo
como cabecilla de una facción liberal
enfrentada a la del actual presidente,
pueden atribuírsele con mayor propiedad
a López Michelsen, en su condición de
primer mandatario. Por ellos padeció
también el ex presidente durante su
período. Como saber que cada alcalde
manda en su año, los gobernantes de
Colombia son escogidos para eso, para
que manden y protejan los excluyentes
privilegios, y lo hagan a cabalidad y
sin limitaciones. A esto obedece la
interrumpida acumulación de facultades
extraordinarias en el Ejecutivo
recortándoselas a otras ramas del poder
público. No discrepamos con ustedes en
que el ex presidente, aunque venido a
menos desde cuando abandonó el empleo
más codiciado de la república
oligárquica, todavía se desvela por las
clases dominantes. Y a ustedes les va a
quedar muy difícil seguir discrepando
con nosotros en que, a partir del 21 de
abril, es a López Michelsen y no a
Lleras Restrepo a quien le ha
correspondido el principal papel de
vocero de la defensa de los intereses de
la alianza burgués-terrateniente
proimperialista. Invertir las funciones
de estos dos personajes, cual lo hace la
declaración del Partido Comunista de
noviembre pasado, es desviar la puntería
e indultarle al “mandato claro” las
deudas de sangre, sudor y lágrimas que
ha venido contrayendo con el pueblo
colombiano, en cumplimiento de su
proditorio cometido de garantizar la
violenta explotación de los oprimidos
por los opresores.
Mientras Lleras Restrepo dicta
conferencias a favor de los monopolistas
externos e internos, bregando a rescatar
parte de las simpatías perdidas que le
procuren un nuevo cuatrienio, López
Michelsen promulga los decretos que
aquellos demandan. Mientras el primero
diserta sobre los alcances de la reforma
constitucional de 1968, el segundo la
utiliza para consolidar las ganancias
del gran capital y de los grandes
terratenientes, aumentando la carga a
las clases trabajadoras. Mientras el
transformador Lleras planifica el futuro
de su vida pública en el desarrollo del
bipartidismo tradicional, el continuador
López apunta las bases económicas y
políticas para la supervivencia del
mismo. Por eso, las críticas de aquel
contra éste no van más allá de ciertos
asuntos accesorios, porque nadie más que
Lleras Restrepo sabe hasta dónde su
propio porvenir depende del éxito de la
gestión gubernamental de quien lo
apabullara y apartara de las elecciones
de 1974.
Cuando el Partido Comunista dio a
conocer, a finales del año pasado, el
planteamiento de que Lleras Restrepo “trata
de recoger las manifestaciones de
descontento de núcleos de la gran
burguesía (exportadores y
comerciantes) y de los terratenientes,
molestos porque algunos jugosos
filones de sus negocios se les han
reducido o modificado”, nos
encontrábamos al final de los 45 días de
la emergencia económica decretada por
López. ¿Quién o qué había “reducido
o modificado” los “jugosos
filones”? No hay que duda de que
ustedes se remiten a las disposiciones
emanadas de la aplicación del artículo
122 de la Constitución, y admiten sin
juicio de inventario que el gobierno ha
lesionado las entradas de las clases
dominantes, o por lo menos de ciertos
“núcleos” de ellas. O sea, se da un
fallo, digámoslo, benigno sobre la racha
de medidas gubernamentales de aquellos
días. Sin embargo, desde un principio se
visualizó que los decretos de emergencia
estaban dirigidos, por una parte, a
arrebatarles a las clases laboriosas
muchos miles de millones de pesos, y por
otra, a incrementar los “jugosos
filones de los negocios” no sólo
de la gran burguesía y los grandes
terratenientes, sino de su amo
extranjero.
No haremos un balance de la legislación
de excepción derivada del uso del 122,
pero podemos brevemente resumir en unas
cuantas palabras sus alcances
principales. Extendió a las compañías
extranjeras encargadas de la exploración
y explotación del gas natural no
asociado, el tratamiento ventajoso que
reciben los monopolios petroleros en
materia de régimen cambiario y comercio
exterior. Redujo notoriamente a los
grandes comerciantes del café el
impuesto a las exportaciones del grano.
Y elevó desmesuradamente, como su
finalidad más apetecida, los ingresos
del Estado no a cargo de las capas más
pudientes de la población, cual lo
pregona el gobierno, sino por cuenta de
los desfalcados bolsillos del pueblo
colombiano. La reforma tributaria,
timbre de orgullo de la presente
administración, fue separada en dos
paquetes: las modificaciones del
denominado impuesto a las ventas y las
del recaudo sobre la renta y
complementarios. A las primeras, es
decir, a los aumentos de los gravámenes
al consumo que los pagan siempre las
masas trabajadoras, corresponden los
estipendios más cuantiosos de la
reforma. Últimamente los expertos del
gobierno han venido admitiendo que las
nuevas contribuciones por este concepto
duplican y hasta triplican el estimativo
inicial de 1.500 millones de pesos
anuales, hecho por ellos mismos. Lo cual
no significa que el impuesto a la renta
y complementarios, acrecido en
proporciones menores pertenezca a la
cuota de “sacrificios” de las clases
dominantes que los alcabaleros del
régimen dicen repartir por igual entre
todos los colombianos. Si el impuesto a
las ventas es por excelencia regresivo,
los otros cambios introducidos a la
tributación no lo son menos. La reforma
tributaria disminuyó las obligaciones de
las grandes sociedades anónimas
extranjeras y nacionales y multiplicó
los aportes de la pequeña y mediana
industria, colocando a muchas de ellas
al borde de la quiebra. Y para
complementar, el estatuto impositivo
deja, como ha sido usual en el sistema
tributario colombiano, las
consuetudinarias compuertas de la
evasión abiertas, con el objeto de que
la alta plutocracia pueda esconder, sin
pagar mayor cosa, los “jugosos
filones de sus negocios”.
Apaciguados los ánimos y asentada la
polvareda de críticas contradictorias
que levantó la utilización de las
facultades discrecionales del Ejecutivo
en asuntos económicos, en virtud del
artículo 122 de la Constitución, quedó
nítido y a simple vista que la
emergencia económica buscaba
preferentemente esquilmarle al pueblo,
durante los cuatro años del “mandato
claro” más de 20 mil millones de pesos.
Con esa suma se irá cancelando la enorme
deuda pública que el Estado viene
contrayendo con las agencias
prestamistas extranjeras. En esto
consistía una de las exigencias
categóricas del imperialismo
norteamericano a sus agentes en
Colombia. También lo fueron las otras
medidas colaterales de la actual
administración, tendientes a sanear el
fisco, como la supresión de algunos
subsidios y las alzas de las tarifas de
los servicios públicos ya sancionados y
las que se anuncian para el futuro
inmediato. A quien abrigue dudas al
respecto le conviene leer el informe que
el Ministro de Hacienda de Colombia
presentó en el pasado mes de junio a la
reunión de París del Grupo de Consulta,
integrado por los más poderosos
organismos internacionales de crédito,
con el cual el gobierno de López rindió
cuentas a sus acreedores, explicó cómo
había puesto orden a las finanzas y
“procedió” finalmente a solicitar el
consabido préstamo. Satisfizo tanto el
informe al Grupo de Consulta que éste
dio el visto bueno para empréstitos por
2.600 millones de dólares, cuando los
mandatarios colombianos habían calculado
que les bastaría 2.400. Parece que ése
es el precio de la administración López
Michelsen: ¡2.600 millones de dólares!
He ahí la estrategia económica del
“mandato claro”. La cuenta la paga el
pueblo a través del aumento de los
impuestos y de la elevación progresiva
del costo de la vida, por cuyas causas
se verá impelido a trabajar más y a
comer menos. Cabe añadir que siguen
pendientes autorizaciones como las de
las alzas mensuales de la gasolina y
demás derivados del petróleo, que
desatarán nuevas ráfagas de carestía,
con su secuela de hambre y sufrimiento
para las mayorías nacionales.
No todos están tristes en Macondo por
esta situación . Fuera del imperialismo
norteamericano a quien le toca la parte
del león, las capas más encumbradas de
la oligarquía burguesa y terrateniente
han exteriorizado su dicha embriagadora,
porque están seguras de que a ellas
también les quedará su buena porción del
ponqué de los 2.600 millones de
empréstitos. No creemos necesario
reproducir los comunicados y
declaraciones de los grandes gremios, de
la banca, de los monopolios, expresando
su aprobación por las orientaciones
económicas del gobierno. Nos haríamos
demasiado extensos, pero los tendremos
cerca como pruebas irrefutables. Desde
luego que en este concierto de alabanzas
de los selectos y empingorotados amigos
de la política oficial hay voces que
disuenan, no a consecuencia de que sus
“jugosos filones” se hayan “reducido”.
Se trata de las disputas de los bandidos
a la hora del reparto del botín, del
pugilato entre quienes reclaman más
porque más tienen: es “la codicia sin
fin de los señores”.
Trae el Partido Comunista a colación que
“la pugna jurídica sobre el artículo
122 de la Constitución” esconde
el fondo de la “posición de derecha”
del grupo de Carlos Lleras. Y agrega: “Fueron
los lleristas los que impulsaron la
reaccionaria reforma de 1968 que
establece la dictadura económica
presidencial”. En su afán de
encontrar mojones deslizantes entre el transformador
y el continuador, ustedes
cometen un error injustificable.
Silencian, primero, que la última
reforma constitucional no hubiera podido
ser expedida en el Congreso sin la
estrecha colaboración de los
parlamentarios del desaparecido MRL,
quienes concertaron la unidad liberal en
torno a la defensa del gobierno de
Lleras Restrepo y a trueque de los
correspondientes gajes burocráticos,
incluyendo los nombramientos al excompañero
jefe, designado gobernador del
Cesar y luego Ministro de Relaciones
Exteriores. Y, segundo, olvidan que no
fue Lleras Restrepo el autor de la
emergencia económica del tantas veces
mencionado artículo 122 de la
Constitución, sino el propio López
Michelsen.
La reforma constitucional de 1968 se
caracteriza, como es ampliamente
conocido, por su catadura
antidemocrática y antipopular. Se
inspira en dos inquietudes claramente
definidas de las clases dominantes: la
prolongación sin plazo del régimen
bipartidista y el fortalecimiento del
Ejecutivo, mediante el traslado en la
figura del presidente de la República de
casi todas las prerrogativas estatales.
Ambos propósitos cumplen con los
requerimientos de los imperialistas
norteamericanos y de sus intermediarios
de desarrollar un capitalismo de Estado
que esté a su servicio. No obstante, el
gobierno de Lleras, encargado de plasmar
la enmienda constitucional, no tenía en
el Congreso una fuerza decisoria, debido
a la mayoría calificada de los dos
tercios de los votos que la misma Carta
fijaba para su modificación. Después de
muchos avatares que desembocaron en la
renuncia no aceptada del primer
mandatario, la nueva Constitución
vendría a este mundo con un privilegio
muy especial: difícilmente quedaría
huérfana, ya que no poseía uno sino
varios padres. El soplo de vida se lo
dieron colectivamente los dos partidos
tradicionales, los parlamentarios del
disuelto MRL y la Alianza Nacional
Popular.
El senador Alfonso López Michelsen
presentó al Parlamento en 1966 un
proyecto Legislativo, en cuyo texto se
encontraban precisamente dos de las más
relevantes normas que después formarían
parte de la Constitución vigente. En la
numeración definitiva pasaron a ser, la
una, el artículo 32, por el cual se
promulga que “la dirección general
de la economía estará a cargo del
Estado”, y, la otra, el artículo
122, que, como ustedes dicen, “establece
la dictadura económica presidencial”.
El autor, en misiva dirigida a sus ex
compañeros del MRL, de agosto de 1967,
sustentó las razones de la unidad
liberal y explicó los acuerdos previos
relativos a la reforma constitucional.
Así se expresó López Michelsen: “La
enmienda constitucional que está
actualmente al estudio del Congreso es
el fruto de coincidencias, compromisos
o concesiones entre las dos reformas:
la oficial y la nuestra.
"Al amparo de este proceso de
unificación de reformas legislativas,
no menos que al adoptar el gobierno
puntos esenciales del programa del
MRL, éste se encontró súbitamente de
aliado del gobierno en la lucha por la
reforma constitucional, la reforma
agraria, la autonomía monetaria y el
control de cambios, las relaciones
comerciales con los países socialistas
y otros aspectos de la orientación de
la actual administración. (...)
De esta suerte, y sin que fuera
voluntad mía impuesta al movimiento,
éste se vio colocado en un limbo
político. No era gobierno ni era
oposición. Compartía los programas
renovadores del Gobierno..., pero sin
dejar de criticar la política
represiva del Gobierno, como lo
hacían, por lo demás, algunos miembros
del oficialismo, y como debemos
hacerlo, en calidad de hombres libres,
cuando quiera que nuestra
interpretación de las garantías
individuales esté en conflicto con la
de los gobernantes”.[53]
El
senador López era también ferviente
devoto de la táctica de apoyar lo
“bueno” y combatir lo “malo” del
gobierno de Lleras Restrepo, tal cual
éste se la aplica ahora al “mandato
claro”. Con decir que esa es la
“oposición racional” de obligado recibo
entre las corrientes y jefes políticos
del sistema cuando se turnaba unas veces
en el gobierno y otras como aspirantes
al mismo. Pero lo que vale la pena
subrayar aquí es que desde la época de
la reforma constitucional del 68, obra
conjunta de los partidos tradicionales,
como el resto de la superestructura
jurídica del país, el actual presidente
era ya peón de brega del sistema
bipartidista. Inventar, por lo tanto,
que Lleras Restrepo se le enfrenta a
López Michelsen desde una “posición de
derecha”, como lo arguye el Partido
Comunista, apoyándose, de un lado, en
que fue el llerismo quien impulsó “la
reaccionaria reforma de 1968 que
establece la dictadura económica
presidencial”, mas callando
deliberadamente la participación que en
ella tuvo el lopismo; y basándose, del
otro, en que el gobierno de “centro-izquierda”
ha “reducido o modificado”
algunos jugosos negocios de “núcleos
de la gran burguesía y de los
terratenientes”, no sólo es un
velado servicio al régimen imperante,
sino una abierta trasgresión histórica.
No estamos exagerando un ápice al hacer
esta crítica descarnadamente. La
interpretación política que el Partido
Comunista pretende realizar del gobierno
de López Michelsen, baila toda sobre el
supuesto de que la actual administración
es diferente a la vieja coalición
oligárquica, la del Frente Nacional, la
misma que el pueblo colombiano ha
presenciado y sufrido durante décadas. Y
no se nos puede desmentir. Para la
muestra un botón. Narran ustedes en la
declaración de noviembre pasado que “la
maniobra de Lleras Restrepo está
dirigida a reorganizar la política del
Frente Nacional, a traer a los
sectores ospinistas al fortalecimiento
de una coalición oligárquica con
vistas a futuros desarrollos de la
política y como alternativa a las
posiciones ‘liberales’ de la
administración López”. ¿No es
volver a insinuar con otras palabras que
el gobierno del “mandato claro” está a
la vera de la gran coalición
oligárquica? Si Lleras Restrepo busca
reorganizar dicha coalición, ¿a qué
poderes de clase obedece el jefe del
Estado? ¿No están acaso los sectores
ospinistas y alvaristas y demás
estamentos del alto mando conservador
cerrando filas con su presidente? ¿No
tienen estos sectores la mitad de los
ministerios, de las gobernaciones, de
las alcaldías, de las inspecciones, de
las gerencias de los establecimientos
públicos, de los cargos en la rama
judicial y no influyen determinantemente
en las fuerzas armadas y demás
organismos estatales a todo nivel, en
los cuales nada se resuelve sin la
aquiescencia del conservatismo? Es
cierto que el ex presidente Lleras
Restrepo cifra sus esperanzas de
reelección en la supervivencia de la
concordia liberal-conservadora, pero sus
pretensiones en este sentido no se
contraponen a la línea oficial del
gobierno de “centro-izquierda”, cabeza
visible del bipartidismo tradicional. Ya
vimos los fundamentos económicos y
políticos de esta administración. Ni sus
medidas gubernamentales, ni sus
declaraciones públicas, ni su
trayectoria de los últimos diez años,
indican que Alfonso López Michelsen haya
tenido aspiración distinta de la de ser
continuador del Frente Nacional. Y lo ha
sido con lujo de competencia. Desde
cuando clausuró el MRL, con el cual
afiló sus primeras armas y firmó la paz
con las vacas sagradas de su partido,
hizo votos de perpetua lealtad a la
santa alianza burgués-terrateniente
proimperialista. Y en verdad que ha
cumplido. De este personaje de la
oligarquía colombiana lo más que se
podrá decir es que venció a los
denominados “jefes naturales” del
liberalismo, a quienes lanzó al
destierro político o tendió en el campo;
y los venció a todos no con banderas
propias, sino con las mismas que supo
arrebatarles. Una vez adueñado del poder
entero, no contento con dictarle pautas
a la derecha que le rinde pleitesía, ha
pretendido dividir las fuerzas de
izquierda, metiendo cuñas entre ellas,
halagando a los arribistas, promoviendo
la vacilación, disfrazándose de
tolerante y utilizando un lenguaje
demagógico.
En un mensaje suyo a la dirección
liberal, cuando todavía desempeñaba el
cargo de Ministro de Relaciones
Exteriores de Carlos Lleras Restrepo,
López compendia con inigualable claridad
y desfachatez las coincidencias
fundamentales que atan indisolublemente
a los dos partidos tradicionales. No
hemos resistido a la tentación de
reproducir el pasaje más elocuente y que
ilustra con lente de aumento los
criterios que ha venido sosteniendo el
MOIR. Así recapacita este prócer de las
altas finanzas y de la gran propiedad
inmobiliaria:
“Se viene repitiendo, desde hace
casi un cuarto de siglo que se
borraron las fronteras entre los
partidos. Yo creo que así es pero que
en la práctica no se ha derivado
ninguna consecuencia de este
diagnóstico. Ambos partidos, como se
vio en la reciente reforma
constitucional, comparten la
concepción del Estado en los político,
en lo económico y en lo social. Uno y
otro son agrupaciones policlasistas
que no amenazan en modo alguno la
estructura actual de la sociedad
colombiana. Y en materias
internacionales, con excepción de la
cuestión concordataria, existe una
coincidencia bipartidista. De esta
suerte, nuestras dos colectividades
históricas se confunden en el empleo
de un mismo vocabulario desarrollista
y casi marxista, invocando los unos
las encíclicas pontificias y los otros
el pensamiento de Uribe Uribe sobre
liberalismo y socialismo”.[54]
La excepción a que se refiere el
parágrafo trascrito quedó transada con
la reciente aprobación del nuevo
Concordato. Cuanto importa aprender a
las fuerzas revolucionarias colombianas
en la presente coyuntura, y en especial
a los partidos que conforman la UNO, es
que tienen entre sí a un enemigo
consciente de su misión, leal como tal
vez ninguno al bipartidismo tradicional
y sin el menor reato para aparecer según
convenga como defensor de las encíclicas
papales o del “marxismo”. Arrancarle la
careta demagógica mediante una lucha
ideológica y política jamás conocida en
la historia del país: he ahí nuestra
tares principal. Sólo en esa forma
lograremos cosechar triunfos actualmente
en la aspiración de unir y organizar a
todos los revolucionarios en un frente
común.
Es innegable que los análisis atañederos
a los acontecimientos políticos,
efectuados después de transcurrido un
largo tiempo y conocidos todos y cada
uno de los aspectos de la realidad
económica y social, hasta sus últimas
consecuencias, cuentan con mejores
posibilidades de acierto de los que
intentamos formular cuando todavía somos
actores y espectadores de los mismos. El
Partido Comunista ha sido
particularmente desventurado en esta
esquiva labor. En las páginas iniciales
de esta carta señalábamos cuán manfifio
resultó, por ejemplo, el vaticinio de la
“crisis decisiva” del bipartidismo
tradicional, a raíz de la victoria
electoral de la ANAPO en 1970. A los
cuatro años los partidos Liberal y
Conservador mancornados seguirían
controlando el panorama político de la
nación quizá con mayor atrevimiento que
en los albores del Frente Nacional.
Atrás dijimos que el desenfoque del
Partido Comunista en sus pronósticos de
comienzos del decenio radicó en no
comprender que el movimiento del general
Rojas Pinilla, no obstante su auge
esporádico, no podría dar al traste con
el bipartidismo colombiano. Que el
sepulturero de éste sería sólo un
partido auténticamente revolucionario,
el partido de la clase obrera. Los
desaciertos acerca del análisis político
del vencedor de 1974 consisten en pasar
por alto que López Michelsen, con todo y
sus tres millones de votos, no ha dejado
de ser más que el mandadero oficioso de
las clases dominantes desde la cúspide
del poder, y, por lo consiguiente, no
tiene a su derecha enemigos que merezcan
el calificativo de tales. Allí está, por
ejemplo, Lleras Restrepo girando cada
vez más hacia el “centro-izquierda” en
auxilio del gobierno, ante la ola de
protestas populares desencadenada por
las medidas oficiales.
Ustedes dirán que los moiristas enredan
la pita y tratan de confundirnos, porque
no fue el ex presidente quien virara
hacia el “centro-izquierda”, sino el
presidente quien torció hacia las
“posiciones de derecha”. Que entre el
diablo y escoja. Nosotros hemos aclarado
y seguiremos sosteniendo que el régimen
de López Michelsen encarna, en su
calidad de principal baluarte de la
oligarquía proimperialista, la posición
reaccionaria, antinacional, antipopular
y antidemocrática, de derecha. La
denominación de “centro-izquierda” que
el mismo gobierno reclama para sí, no es
más que el taparrabos que lo viste.
Ustedes son los culpables de este nudo.
Nosotros simplemente procuramos
desatarlo.
Un mentís parecido le han dado a la
declaración del Partido Comunista los
recientes acontecimientos suscitados en
las toldas del apellido “progresismo”
conservador. pero a la inversa. El apoyo
que tal sector le brindaba al gobierno,
según ustedes, contrarrestando las
críticas de los parciales de Álvaro
Gómez a las medidas oficiales, “sobre
todo aquellas que tienen aspectos
democráticos (ampliación del margen de
libertades, tolerancia a la actividad
del Partido Comunista, necesidad de
las relaciones con Cuba)”, se
convirtió en la más acérrima diatriba.
En efecto, los “progresistas”
conservadores en su última asamblea
general, realizada mucho antes de la
instauración del estado de sitio,
lanzaron su queja vehemente contra el
lopismo y sus decretos. A pesar de todo,
tales episodios no dejan de ser
circunstanciales en el examen que
estamos adelantando. La médula del
asunto se ubica en saber si los llamados
“aspectos democráticos” que
ustedes enumeran lo son en realidad y si
obedecen a un fundamento económico y
político verdadero, o son, como tantos
otros axiomas del Partido Comunista,
fervientes deseos y juicios subjetivos.
Por ejemplo, la “ampliación del
margen de libertades”, ¿cuenta
bajo el régimen vigente con una base
económica y política que la haga
posible? De ninguna manera. A un poder
que se yergue sobre la explotación y
extorsión del 90 por ciento y más de la
población colombiana, no le queda otro
remedio que acudir a la represión
violenta. Siempre que los intereses
económicos de las masas populares han
chocado con los del puñado de
imperialistas y sus agentes criollos, la
minoría dominante recurre sin excepción
a acallar a los desposeídos, echando
mano de sus instrumentos de coerción:
los fusiles y las cárceles. Por eso
Colombia ha vivido en el decurso de este
siglo sometida casi interrumpidamente al
estado de sitio. Los mandatarios lo
levantan sólo cuando amaina la tormenta
de la lucha de clases y a veces en los
períodos anteriores o subsiguiente a las
elecciones, con el objeto de preservar
las apariencias seudo democráticas.
Debido a ello los escasísimos derechos
democráticos y las libertades públicas
muy recortadas, de los cuales han
alcanzado a gozar las masas populares en
Colombia, son fruto de sus luchas
valerosas, por lo general abonadas con
su sangre. Aquellos nunca fueron regalos
bondadosos de los títeres de turno.
Posteriormente hablaremos de esto. Aquí
únicamente buscamos precisar la ausencia
de un piso económico y político que haga
tender hacia la democracia y la libertad
a los regímenes conocidos en nuestra
patria. Hasta López Michelsen, quien
llegara a la presidencia con cerca de
cinco millones de votos liberales y
conservadores de respaldo, la votación
más caudalosa de la historia republicana
colombiana, antes de cumplido el primer
año de su mandato y contrariando sus
fingidas declaraciones de amor por las
libertades públicas, se refirió como
cualquiera de sus antecesores en el
estado de sitio.
Ustedes replicarán: ¡bonita manera de
predecir el porvenir, lloviendo sobre
mojado! Ese documento del Partido
Comunista fue escrito mucho antes del
estado de sitio lopista y el MOIR nos
refuta ahora, después de que éste ha
sido instaurado. Ciertamente no se
necesitaba ser adivino ni esperar a la
consumación de los crímenes para
desentrañar la naturaleza
antidemocrática y represiva del nuevo
gobierno. Con antelación a la posesión
de López, en la Tercera Convención de la
UNO de julio de año pasado, el
secretario general del MOIR, camarada
Francisco Mosquera, hizo esta
advertencia:
“Y en cuanto a la falsa creencia de
que Alfonso López será menos represivo
y sanguinario que sus antecesores,
vale la pena hacer la siguiente
consideración. ¡Qué va a pasar cuando
los obreros acosados por el hambre
exijan aumentos de sus salarios y
hagan uso de legítimo derecho de la
huelga, o cuando los campesinos
invadan las grandes latifundios en
procura de un pedazo de tierra para
trabajarlo, o cuando los estudiantes
se subleven en defensa de sus derechos
y de una cultura nacional y científica
al servicio de las masas populares, o
cuando el pueblo se levante contra el
saqueo imperialista, contra el alza
continua del costo de la vida, contra
la inseguridad social, qué va a pasar,
preguntamos, ¿cuál será la orden del
presidente liberal a los aparatos
represivos del régimen?, ¿qué
intereses se van a proteger?, ¿a quién
se va a encarcelar y a reprimir, a los
explotadores o a los explotados, a los
opresores o a los oprimidos? Por
experiencia sabemos que estos
conflictos de clase, de los cuales en
última instancia depende el desarrollo
de la sociedad colombiana, no se
podrán congelar, y que, latentes como
se hallan en toda la actividad
política del país, a cada paso
estallarán con mayor furia y más
definidos perfiles. Y también por
experiencia sabemos que el Estado
oligárquico golpeará cada vez más
violentamente los justos reclamos de
las masas, para eso fue creado y esa
será su función hasta que lo destruya
el pueblo. La lucha de clases en pleno
auge hará saltar en pedazos todas las
ilusiones sobre el nuevo gobierno,
colocará a cada cual en su sitio y
demostrará que el resultado electoral
no fue más que uno de los tantos
aspectos contradictorios de la
multifacética sociedad colombiana”.[55]
Sobre la tolerancia del Partido
Comunista por parte del mandato de
“centro-izquierda”, nadie mejor que los
miembros de ese partido para juzgarla
justicieramente. Y acerca de un último “aspecto
democrático” de las medidas
oficiales: la “necesidad de las
relaciones con Cuba”, queremos
hacer un comentario muy sucinto. El
rompimiento del bloqueo económico
levantado por los Estados Unidos contra
la gloriosa isla de Martí y de Fidel,
como lo hemos dicho en otras
oportunidades, es una victoria de la
revolución cubana y una aplastante
derrota del imperialismo norteamericano
que día a día pierde terreno en sus
afanes hegemónicos de dominación
mundial. Y saludamos alborozadamente que
Colombia reinicie sus intercambios
comerciales y diplomáticos con la
hermana república de Cuba, dentro de
nuestra política de propugnar las
relaciones del país con el resto de
Estados del planeta, en particular con
los pueblos del Tercer Mundo y las
naciones socialistas, según los
principios revolucionarios de la
coexistencia pacífica. No obstante, el
hecho que nos ocupa no significa que el
régimen lopista haya variado su política
exterior, dictada en los fundamental por
el gobierno de los Estados unidos. Es
más, la reapertura de las relaciones con
Cuba la gestionaron los portavoces del
“centro-izquierda” procurando no
transgredir ni una coma del humillante
Tratado Internacional de Asistencia
Recíproca, impuesto por el imperialismo
norteamericano a sus neocolonias del
Continente. Por parte de Colombia el
proceso del restablecimiento de
relaciones fue llevado con suma cautela.
Es de público conocimiento que los
mandatarios colombianos mantuvieron un
estrecho y constante contacto con la
embajada estadinense, cuidándose
vergonzosamente de que el paso que daban
no fuese malinterpretado en Washington.
En suma, de dientes afuera el “mandato
claro” habla de entablar conexiones con
todos los países, incluyendo las
repúblicas socialistas, pero en la
práctica su política externa se orienta,
bajo la influencia de los Estados
Unidos, contra las naciones sojuzgadas y
contra los pueblos que han conquistado
el socialismo.
Conforme a nuestros previos proseguimos
el peregrinaje por todos los parajes y
vericuetos de la escabrosa política
oficial, siguiendo el rastro que ha ido
dejando nuestro aliado en la UNO en sus
surtidos materiales. Cuando pensábamos
que ya habíamos descubierto lo más
interesante, trompicamos de pronto con
la veta principal: el basamento
“teórico” del Partido Comunista de todas
sus interpretaciones del gobierno de
López Michelsen. Helo aquí: “No debe
olvidarse que el grupo dirigente de la
burguesía conciliadora no representa
al sector más retrógrado de la
oligarquía colombiana y, por tanto,
siempre habrá una oposición de derecha
que sí expresa los intereses de las
capas más reaccionarias de los grupos
diversos de los monopolios para los
cuales hasta la menor concesión es un
ataque al sacrosanto ‘orden’ burgués”.
De tal manera que “el grupo
dirigente de la burguesía conciliadora
no representa al sector más retrógrado
de la oligarquía colombiana” y
por fuera del gobierno “siempre
habrá una oposición de derecha que sí
expresa los intereses de las capas más
reaccionarias de los grupos diversos
de los monopolios”. Sustentar
todo lo que se ha venido sosteniendo
sobre la nueva administración con tan
improvisado e incoherente análisis
busca, para decirlo claramente, liberar
al régimen lopista, por lo menos en
“teoría”, del baldón de ser el
instrumento de las fuerzas más negras y
retardatarias. El imperialismo
norteamericano es la base de toda la
política reaccionaria y fascista del
país. Y el imperialismo, causa principal
del atraso y la miseria de las colonias
y neocolonias, se apoya invariablemente
en las corrientes más retrógradas y
antipatrióticas de las países sometidos.
El imperialismo norteamericano en
Colombia se une íntimamente con los
círculos más poderosos y reaccionarios
de la gran burguesía y los grandes
terratenientes y la alianza de estas
tres fuerzas, enemigas por naturaleza
del progreso y la libertad, controla el
Estado. ¿O quién controla el Estado en
Colombia? ¿Qué clases? ¿Será el “sector
MENOS retrógrado de la oligarquía
colombiana?” O “las capas
MENOS reaccionarias de los diversos
grupos de los monopolios”? No,
señores. Los grupos más privilegiados,
más poderosos, más influyentes de la
burguesía y de los terratenientes, es
decir, una minoría selecta, es la que
manda y se favorece directamente de las
medidas oficiales. Basta examinar los
efectos de los decretos para saber qué
poderes económicos se esconden detrás
del trono y de su majestad. Los primeros
beneficiados son los grandes monopolios
imperialistas, luego sus intermediarios,
los magnates de la banca y de la bolsa y
los caballeros de la gran propiedad
territorial. El resto del país paga con
su ruina y con su famélica existencia el
festín de esa minoría de elegidos de la
fortuna. Y los intereses económicos del
Estado determinan sus intereses
políticos, el carácter de su orientación
superantinacional y archirreaccionaria.
Las capas directivas de la burguesía
conciliadora representan, junto a las de
los grandes terratenientes, la piedra
angular de la sojuzgación imperialista.
Los aliados naturales del imperialismo
en la Colombia de hoy son, por lo tanto,
dichas capas dirigentes,
portaestandartes de la política más
reaccionaria y antinacional del
gobierno. Entre estos enemigos del
progreso afloran de cuando en cuando
cierto tipo de contradicciones
ocasionales que nunca llegan a amenazar
la supervivencia de su alianza. Ninguno
de ellos por separado puede sostener la
explotación y el dominio sobre el pueblo
y la nación colombiana. En nuestro país
la alianza burgués-terrateniente
proimperialista se expresa políticamente
en la coalición liberal-conservadora,
cuya principal fortaleza es en la
actualidad el gobierno que dirige
Alfonso López Michelsen. Esta es la
concepción materialista,
marxista-leninista, del problema del
Poder de la sociedad colombiana en su
presente etapa.
Sólo así podremos comprender la justeza
de la línea de la unificación popular,
ya que las clases y estamentos avanzados
y progresistas, por encima de cualquier
consideración subalterna, deben bloquear
a los núcleos dirigentes de la reacción,
como responsables que son de mantener a
Colombia en el atraso y en la
dependencia externa. Y la lucha
principal del pueblo unido es contra el
Estado oligárquico proimperialista,
porque por intermedio de éste el
imperialismo y sus aliados aprisionan el
país en dicho atraso y dicha
dependencia. Y, por otra parte, sólo así
podremos explicar coherentemente un
fenómeno tan peculiar en la política de
las clases dominantes en Colombia: el de
que los liberales siempre terminan
accediendo a las peticiones más
ultrarreaccionarias de sus socios
conservadores. Fue, precisamente, por
ejemplo, un Parlamento de abrumadora
mayoría liberal el que reimplantó no
hace mucho la ley de aparcería, una de
las instituciones feudales por
antonomasia, adobándola, desde luego,
con la forma de contrato capitalista.
Por eso, fraccionar en la “teoría” a las
clases enemigas de la revolución,
desconociendo el hecho principal de que
en la práctica están indefectiblemente
unidas, es caer en la trampa del
maniobrerismo de los partidos
tradicionales que, a pesar de sus
íntimas avenencias, preservan con
astucia las apariencias de agrupaciones
con destinos diferentes y contrapuestos.
Como una derivación apenas lógica de su
breviario teórico, el Partido Comunista
se impone la tarea de “golpear
principalmente” a “un sector
de derecha muy definido” del
mandato de “centro-izquierda”,
al cual hay que “aislar y
desenmascarar” como “responsable
de los aspectos más negativos del
gobierno de López”. E insinúa a
sus aliados en la “acción unitaria y
de oposición” a hacerse
copartícipes de esta táctica tan
privativamente suya. ¿Cuál es ese “sector
de derecha muy definido”?.
Ustedes lo señalaron sin pérdida de
tiempo: “El Ministro de Gobierno,
los cuerpos policivos, el grupo de
generales que han hecho la
contraguerrilla (Matallana, Valencia
Tovar), el Ministro de Agricultura”.
Sin embargo, esta línea conlleva unas
lagunas inmensas que los lectores más
atentos ya habrán notado. ¿Qué haremos
con el jefe del Estado? ¿Y con su equipo
liberal? Porque no hay que olvidar que
el presidente, como él lo ha dicho, “no
es un hombre sino un equipo”.
¿Dónde los archivamos: en la derecha, en
la izquierda, en el “centro-izquierda”?
La propuesta presenta otros
inconvenientes peores. Vamos a aislar la
derecha, ¿del Estado? ¿Cómo hacerlo, si
la Constitución oligárquica garantiza su
permanencia dentro de la rama ejecutiva,
con amplias y determinantes
prerrogativas? Para hacerlo tendremos
que derrocar al gobierno y cambiar la
Constitución. ¿O vamos a aislarla por
fuera del Estado, ante las gentes? Pero
si la “ultraderecha” fue “derrotada”
el 21 de abril, según lo atestiguaron
ustedes.
La línea oposicionista del Partido
Comunista naufraga en un océano de
interminables inconsecuencias. La
confusión proviene de ignorar la ley por
la cual la política reaccionaria y
antipatriótica de la alianza
burgués-terrateniente proimperialista,
propia del bipartidismo tradicional,
defendida y aplicada principalmente por
el Estado oligárquico, cuenta
actualmente en la figura de López
Michelsen, en su calidad de presidente
de la República, a su jefe y mentor
indiscutido. El Movimiento Obrero
Independiente y Revolucionario propone
su línea de concentrar el ataque en la
cabeza visible de la Gran Coalición
gobernante. Arranquemos la careta de
“centro-izquierda” al reaccionario y
antipatriótico gobierno lopista y
señalemos al primer mandatario como
principal instigador y gestor de todas
las medidas oficiales, que
invariablemente lesionan los intereses y
derechos del pueblo colombiano.
Mostremos sin tapujos a las masas
populares la doble faz del “mandato
claro”: su rostro liberal reaccionario y
su rostro conservador reaccionario. Esta
es una posición revolucionaria,
consecuentemente unitaria, porque es la
que mejor interpreta los intereses
económicos y políticos del 90 por ciento
y más de la población colombiana.
Los ministros liberales han descollado
por su labor persecutoria contra las
masas o por su obsequiosidad con los
altos poderes económicos. Tenemos el
caso de la señora de Crovo, Ministra del
Trabajo, especializada en romper
huelgas, ilegalizar sindicatos y
autorizar los despidos masivos de las
grandes empresas. O el del canciller
Liévano Aguirre, quien colecciona
méritos cantando loas a los
imperialistas norteamericanos en el
campo de la política internacional. O el
del recientemente nombrado Ministro de
Minas y Energía, ex dirigente del MRL
como los dos anteriores, encargado de
llevar a cabo el alza de los
combustibles demandada por los
monopolios extranjeros del petróleo.
Todas estas demostraciones de repugnante
lacayismo con los amos imperialistas y
sus intermediarios deben ser
prioritariamente combatidas. Inclusive,
maniobras de tan elemental comprensión
como la de las designaciones de los
llamados “rectores marxistas”,
aparejadas con la falsa propaganda
oficial de democratización y
popularización de la educación
universitaria, media e inferior, merecen
una intensa contraofensiva política por
partes de las fuerzas revolucionarias
que neutralice los intentos del gobierno
de adormecer la conciencia y apagar la
lucha de uno de los estamentos más
rebeldes del pueblo colombiano, cual ha
sido la juventud universitaria. Por
carencia de esa política revolucionaria
de esclarecimiento y orientación, vimos
el deprimente espectáculo en los últimos
meses de que, mientras el gobierno
escamoteaba los derechos democráticos de
las masas estudiantiles, por medios
refinados y sutiles, éstas quedaban
atrapadas en la red invisible de las
expectativas y promesas tejida desde las
cumbres gubernamentales. Sólo cuando la
lucha del estudiantado, volviendo por
sus fueros, destapó la olla hedionda de
la demagogia oficial, el gobierno mostró
su juego y los pontífices de la gran
prensa vocearon: “fracasó el
experimento marxista”. De
improviso quedaron destacadas y
claramente definidas las siluetas de los
actores principales de esta comedia,
cual si una descarga eléctrica hubiese
caído en medio de la escena. El
gobierno, sin escapatoria, se sinceró
diciendo que sus rectores “democráticos
y autónomos” nada tenían que ver
con la democracia y la autonomía
universitarias. Que habían sido
nombrados ante todo para velar por las
leyes, la autoridad y el orden y quien
no entendiera esto por la buenas lo
entendería por las malas. Como epílogo
se inculpó al marxismo y a la izquierda
de incapaces para regentar los destinos
de la universidad y de pasada los del
país. Entonces sí llovieron las
rectificaciones y contraaclaraciones de
aquellos que habían abierto un compás de
espera a la política de los “rectores
democráticos”. Y entre ellos el Partido
Comunista, que tenía por qué sentirse
directamente aludido, a manera de
comentario sobre la fulminante
destitución del rector de la Universidad
Nacional, se apresuró a corregir: “El
doctor Pérez ejecutaba en la
Universidad la política del gobierno y
de ninguna manera la ideología
marxista”.[56]
En cierta forma estas postreras palabras
del Partido Comunista compendian muy a
pesar suyo lo que el MOIR venía tratando
de explicar en el terreno de la lucha
estudiantil. Que los rectores de las
universidades estatales escogidos por el
régimen no pueden ser más que EJECUTORES
en dichos centros docentes de “la
política del gobierno”. Y, ¿cuál es la
política del gobierno en materia
educativa? Creemos que sobra afirmar que
consiste en una política antinacional y
antidemocrática, al servicio de la
cultura extranjerizante y atrasada del
imperialismo norteamericano y sus
agentes criollos, y en detrimento de la
cultura nacional, democrática y avanzada
de las masas populares.
No en vano han sucedido la demagogia
oficial y su descalabro posterior. Ni
las indicaciones y contraindicaciones de
quienes fueron los voluntarios o
involuntarios propiciadores de aquella
entre el profesorado y el estudiantado.
El experimento de pasar gato por liebre
en la Universidad Nacional fue detectado
a tiempo por las masas estudiantiles.
Aprovechemos la experiencia para
promover con mayor conciencia y decisión
una lucha ideológica y política que
cumpla con estos tres objetivos: 1)
desenmascarar la demagogia oficial; 2)
paralizar las ilusiones de los sectores
arribistas y vacilantes, y 3) armar las
peleas del estudiantado en particular y
del pueblo en general con el principio
revolucionaria de que las conquistas
democráticas no serán fruto de dádivas
bondadosas de funcionarios ocasionales
del engranaje burocrático del Estado,
sino de la acción beligerante, altiva y
unificada de las mayorías perseguidas.
3. SOBRE LA “NUEVA SITUACIÓN Y EL NUEVO
CLIMA”
Con respecto al tema de que hay una
“nueva situación”, un “nuevo clima”
ocasionado por el cambio de gobierno, y
cómo influye en la lucha por las
reivindicaciones democráticas, el
Partido Comunista ha manifestado:
“Estamos en los comienzos de un
proceso político nuevo (...) que puede
ser conducido hacia el forjamiento de
una nueva situación nacional, hacia
una nueva situación política y hacia
un nuevo poder”. Esto lo deducen
ustedes de dos premisas: a) de que el
“cuadro general del sistema del
‘frente nacional’, ideado en el marco
del entendimiento entre los grupos más
reaccionarios de la gran burguesía de
nuestro país, se sostiene en algunos
de sus principales aspectos
(repartición por iguales partes entre
liberales y conservadores del sector
administrativo y judicial, manejo
omnímodo del aparato electoral,
extrema limitación del Congreso y de
los cuerpos colegiados en general).
Pero es evidente la tendencia hacia el
retroceso de esa estructura
antidemocrática, tan cuidadosamente
creada por Laureano Gómez y Alberto
Lleras”; y b) de que “este aspecto de
la situación favorece el desarrollo de
las luchas inmediatas por las
reivindicaciones democráticas más
amplias y por la demolición de una
serie de obstáculos que traban el
desenvolvimiento de las luchas y de la
organización de las masas populares”,
y “si se compara la situación actual
con la etapa anterior, lo que se
destaca es el logro, por parte de las
fuerzas populares, de un nuevo clima
para su acción y organización,
conquistando garantías y derechos que,
a pesar de no ser muy decisivos, sí
tienen importancia como estimulantes
de la acción popular”. En auxilio
de la segunda premisa, el Partido
Comunista sienta la tesis de que el
actual “se trata de un gobierno que
fue elegido por grandes masas
democráticas y que tiene un cierto
compromiso con esas masas, a las que
no puede volver totalmente la espalda,
para tratarlas sólo a punta de
represión y estado de sitio, como en
gobiernos anteriores, sin correr el
riesgo de un rápido y absoluto
descrédito”.
La crítica más implacable a las ideas de
los hombres es la práctica. Ante ella
los más eminentes pensadores se han
quitado el sombrero, en gesto de
humildad y ademán de someterse a su
imperio irrecusable. Los sabihondos y
mandamases, por el contrario, prefieren
en su soberbia ser aplastados bajo el
alud de acontecimientos que los
desmienten. La diferencia entre un sabio
y un necio radica exactamente en la
actitud que se mantenga frente a los
hechos. El uno los acepta tal como son,
escuetamente, y no teme aceptar sus
equivocaciones, si las tuvo; el otro, se
aferra a sus falsos criterios contra
toda evidencia. Los revolucionarios no
podemos pertenecer a la categoría de los
necios. Quien quiera contribuir a la
emancipación del pueblo ha de obrar
según esta norma de principios. Los
moiristas estamos siempre dispuestos a
reconocer los errores, como lo hicimos
cuando modificamos la concepción
abstencionista heredada de nuestra
ascendencia no proletaria. Con esa misma
convicción y decididos a facilitar un
acuerdo sobre bases revolucionarias, en
beneficio de la unidad y la lucha de las
masas populares, adelantamos esta
polémica con el Partido Comunista. Para
lo cual resulta definitivamente
necesario identificar las
contradicciones, preferentemente las
nuevas contradicciones, las que brotaron
con posterioridad al 21 de abril.
Transcurrido ya un año del gobierno de
López, las actuaciones de éste
constituyen la más viva y radical
refutación a las tesis que ustedes han
venido sosteniendo al respecto. El
criterio de que la actual
administración, a causa de haber sido
elegida “por grandes masas
democráticas” de una parte, “tiene
un cierto compromiso con esas masas, a
las que no puede volver totalmente la
espalda”, y de la otra, no
trataría a éstas “solo a punta de
represión y estado de sitio, como en
gobiernos anteriores”, jamás
contó con asidero en la realidad. El
mandato lopista ha degradado sin
misericordia la paupérrima economía de
las grandes mayorías y ha calcado los
procedimientos típicamente fascistoides
de los regímenes precedentes. El estado
de sitio que acaba de instaurar y los
decretos nugatorios de las libertades
públicas y de los derechos de reunión,
movilización y expresión de los partidos
revolucionarios, son el mismo estado de
sitio y los mismos decretos de Pastrana,
Valencia y los Lleras. Las cábalas de
que López Michelsen no podía “volver
totalmente la espalda” a las masas,
deducidas del cálculo de que al nuevo
gobierno le preocupaba el “riesgo de
un rápido y absoluto descrédito”,
tampoco poseerían ni pies ni cabeza.
Fueron ustedes y sus suposiciones
quienes quedaron de espaldas a los
hechos. La relación entre el respaldo
obtenido por el candidato liberal y la
consideración de éste por el pueblo,
sería inversamente proporcional: a más
respaldo menor consideración. Con el
desenlace electoral el imperialismo
norteamericano y las oligarquías
dominantes se sentirían más seguros y
envalentonados, con mayor holgura para
rellenar sus arcas y apretarle la
clavija al pueblo. Además, contaba con
la “palabra de oro” del
presidente, quien les había prometido un
“gobierno fuerte”, dispuesto a
mandar a contrapelo de su “popularidad”.
Durante la campaña López redundó sobre
este tema. A continuación unas cuantas
palabras suyas acerca del “gobierno
fuerte”, en prevención a los “paros
cívicos y laborales”:
“El gobierno fuerte es el que tiene
fortaleza, no el que se ve obligado
por su debilidad a hacer alarde de su
fuerza. La dictadura generalmente
encubre una gran debilidad. El
gobierno fuerte que propicio es aquel
que no cede a las presiones de las
minorías. Se trata de que la prensa,
con todo el poder de su libertad, no
sea más fuerte que el Estado; que las
fuerzas económicas no estén en
condiciones de imponer al gobierno sus
puntos de vista; que los paros cívicos
y laborales no determinen decisiones
que correspondan al que rige la
comunidad. En suma, que dentro del
Estado no haya nada ni nadie más
fuerte que él, pues esta falta de
fuerza desmerita absolutamente la
esencia misma de la autoridad”.[57]
Y para que no quedara la menor
duda:
“No seré inferior a Carlos Lleras
Restrepo, quien obligó –reloj en mano—
a esconderse en su casa a quienes
pretendían montar un motín
súbitamente, porque si somos el
partido de las ideas libres, también
somos, cuando es necesario, el partido
de la mano fuerte y de la disciplina”.[58]
Dicho y hecho. Una vez culminada la
primera runfla de medidas económicas a
favor de los intereses predominantes y
cuando el pueblo, cuyo instinto de
defensa y de lucha es superior a la
cretina adhesión al "mandato claro" que
los arúspices del sistema le atribuyen,
pasó indignado a manifestar su repudio a
la engañifa oligárquica, entonces el
continuador y su equipo de asesores
procedieron a sentar cátedra sobre el
respeto a la autoridad legítima y sobre
la necesidad de la disciplina social.
Pero no lo hicieron como suelen
efectuarlo los jurisconsultos a sueldo
de las facultades de derecho de nuestras
universidades, mediante lecciones
doctrinales, sino a la manera
cuartelaria, por los medios persuasivos
del sable y de la pólvora. Obreros,
campesinos, indígenas y estudiantes han
caído en las operaciones intimidatorias
de la fuerza pública. Los panópticos se
atestan de presos políticos en espera de
los sumarísimos consejos verbales de
guerra. Una maraña de disposiciones
compulsivas impide la actividad normal
de las organizaciones partidarias
contrarias al régimen. Evidentemente
nada tiene que envidiar el
“centro-izquierda” a la “ultraderecha”
frentenacionalista en materia de terror
y cacería de brujas.
Totalmente infundadas eran, por tanto,
las premoniciones de que con “el
retroceso de esa estructura
antidemocrática” del Frente
Nacional, se favorecería “el
desarrollo de las luchas inmediatas
por las reivindicaciones democráticas
más amplias y por la demolición de una
serie de obstáculos que traban el
desenvolvimiento de las luchas y de la
organización de las masas populares”.
O, en otras palabras: “Si se compara
la situación actual con la etapa
anterior, lo que se destaca es el
logro, por parte de las fuerzas
populares de un nuevo clima para su
acción y organización”. La
práctica demostró que quienes aguardaron
del nuevo gobierno un trato y un estilo
diferentes, acariciaban sólo una ilusión
que necesariamente se evaporaría con los
primeros zarpazos del monstruo. Tales
predicciones caerían como un castillo de
naipes porque se fundamentaban en la
presunción de que como el gobierno “fue
elegido por grandes masas democráticas”,
aquel estaría obligado con éstas. El
pueblo colombiano en sus años de lucha
ha progresado y ha hecho méritos por su
emancipación. Pero la triste gracia de
votar por López sería la que menos lo
acredita para reclamar “un nuevo
clima para su acción y organización”.
Las gentes ignoradas que depositaron sus
votos por el “candidato de la
esperanza”, confundidas por la
propaganda liberal, no hicieron más que
colaborar inconscientemente al
endiosamiento de sus desalmados
enemigos. La labor educadora de los
sectores avanzados y revolucionarios, y
en especial de la vanguardia proletaria,
es quitarles la venda de los ojos a los
compatriotas que honestamente se dejaron
embaucar por el canto de sirena de los
explotadores. Señalarles su error sin
miramientos y alertados a que se
preparen para lo peor. Pero el Partido
Comunista, al contrario, les repite:
Ustedes han conquistado “un nuevo
clima” porque el gobierno
contrajo “un cierto compromiso”
con las masas, “a las que no puede
volver totalmente la espalda”.
¿No es esto acaso rendirle pleitesía al
mito ante el cual a veces posamos de
eruditos y doctos?
Esta manera de raciocinar del Partido
Comunista la conocimos cuando analizó el
fenómeno anapista, hace sólo unos
cuantos años. En aquella ocasión también
se consideraba que el respaldo popular
obtenido por el general Rojas en las
elecciones de 1970, influenciaba a la
ANAPO a radicalizar su programa hacia
puntos “definitivamente
antioligárquicos y democráticos”.
En efecto, así discernía el secretario
general del Partido Comunista:
“La ANAPO ha tenido que elaborar una
plataforma ideológica que contiene una
serie de puntos muy importantes,
antiimperialistas, sobre todo,
definitivamente antioligárquicos y
democráticos. Por la presión de los
grandes sectores populares, cada vez
más radicalizados, la plataforma
ideológica es el producto de esta
influencia”.[59]
No obstante “la presión de los
grandes sectores populares” y de
las fraternales y pródigas
reconvenciones del Partido Comunista, el
anapismo se negó sistemáticamente a
introducir en su ideario programático el
único y verdadero postulado
antioligárquico y democrático de la hora
actual: la liberación nacional de
Colombia de las garras del imperialismo
norteamericano. Esta mínima y máxima
falla colocó objetivamente a la casa
Rojas y a su movimiento en la corriente
de la reacción antipatriótica. “Los
grandes sectores populares”
abandonaron a la ANAPO y ahora, de
acuerdo con la tesis de ustedes,
encontraron asilo en la tienda lopista,
convertidos en “grandes masas
democráticas”, desde donde
presionan el “nuevo clima”.
Por supuesto que con el ascenso de López
Michelsen a la Presidencia hay una
situación nueva que se distingue no por
el “retroceso de esa estructura
antidemocrática” del Frente
Nacional, sino por su prolongación por
otros cauces. Y desde luego que la
situación actual favorece el desarrollo
de las tendencias democráticas del
pueblo colombiano, pero no en el sentido
del “nuevo clima”, sino por las
condiciones que se han creado para que
las masas entiendan que dicho “nuevo
clima” no existe ni ha existido,
que el cambio de inquilino en el Palacio
de San Carlos es un aspecto formal,
porque tras las bambalinas del Poder
están “los mismos con las mismas”, como
decía Gaitán. Nuestro deber principal de
dirigentes revolucionarios es hacerle
comprender al pueblo colombiano que la
alianza burgués-terrateniente
proimperialista es una ley histórica de
la actual sociedad colombiana, y que la
coalición liberal-conservadora
gobernante como expresión política de
aquélla, se las ingenia para prolongar
su reinado con formas legales diferentes
mas con idénticos propósitos e
instrumentos.
¡Cómo hablar de “retroceso” del
Frente Nacional! “Esa estructura
antidemocrática, tan cuidadosamente
creada por Laureano Gómez y Alberto
Lleras”, fue propuesta al pueblo
colombiano dentro de un plazo muy
concreto. Dicho plazo se ha cumplido no
una sino dos veces y todavía Colombia
padece el mismo régimen de
responsabilidad bipartidista, y la
perspectiva inmediata es la de su
prolongación sin límite. Ciertamente, la
oligarquía colombiana, quien admitía con
buen grado de cinismo que el Frente
Nacional por ella ideado no se basaba en
principios democráticos, lo justificó en
un comienzo como una terapia excepcional
para la violencia desatada por sus
propios gobiernos y que le había costado
al pueblo 500.000 muertos. Cuando se
convocó el plebiscito del primero de
diciembre de 1957 que
institucionalizaría el Frente Nacional,
los partidos tradicionales adquirieron
el compromiso voluntario de que éste no
duraría más de doce años. En 1959,
mediante enmienda constitucional
promovida en el Parlamento, el cipayo
Alberto Lleras llevó a cabo la primera
prórroga por cuatro años, birlando la
opinión pública. O sea, que el remedio
no concluiría ya en 1970 sino en 1974.
Si embargo, con el Acto Legislativo de
1968, arriba comentado, los mismos
personajes, sólo que un poco más viejos,
extendieron la paridad administrativa
hasta 1978. Ahí no para la cosa. La
actual Constitución prevé en su artículo
120 que de 1978 hacia adelante
continuarán los denominados "gobiernos
nacionales" de auténtico espíritu
frentenacionalista. Luego lo que se
propuso por doce años, se amplió a
dieciséis, más tarde a veinte, y después
de los veinte, indefinidamente. La
excepción se trastocó tramposamente en
la regla. ¿Se le puede llamar a esto
"retroceso" de la política de los
gobiernos bipartidistas, cual si las
clases dominantes se hubieran visto
coaccionadas a tocar a retirada? A la
inversa. Como el tiempo vuela y todo
plazo se cumple, al Frente Nacional le
llegó como a todo su hora final. Sin
embargo, las fuerzas gobernantes
encontraron la forma de proseguir
desafiantemente con su régimen favorito,
el más antinacional, antipopular y
antidemocrático, el que mejor se acomoda
a sus intereses económicos, el creado a
la imagen y semejanza del bipartidismo
tradicional, el régimen de
responsabilidad conjunta
liberal-conservadora. Para guardar las
apariencias seudo democráticas las
oligarquías proimperialistas pagaron un
exiguo precio: descongelaron la paridad
en la rama legislativa, pero antes se
aseguraron bien de sustraerles a las
corporaciones públicas todo su poder de
decisión.
Por consiguiente, hablar en 1975 de que
“estamos en los comienzos de un
proceso político que puede ser
conducido hacia un nuevo poder”,
aparece tan desproporcionado e iluso
como lo fue en 1971 hablar de que “estamos
en el umbral del desencadenamiento de
la crisis decisiva del sistema
paritario”. Colombia marcha hacia
la crisis del sistema y hacia un nuevo
poder pero como una meta a largo
término, producto de una constante
histórica. La revolución colombiana será
prolongada y su camino sinuoso, mas nos
encontramos aún en sus períodos
embrionarios. El gobierno de López
Michelsen representa únicamente una
reedición del viejo poder bipartidista
proimperialista. Los múltiples
acontecimientos de los últimos doce
meses lo confirman y a ellos nos
atenemos. Esperamos con fervor que
quienes desde una posición equivocada
pero honesta hayan guardado por una u
otra razón esperanzas en el actual
gobierno, aprovechando la experiencia
del primer año de éste, modifiquen sus
puntos de vista erróneos y pasen en la
práctica a combatirlo consecuentemente.
Lo cual será de una importancia
determinante para el desarrollo de la
revolución en las presentes condiciones.
El Partido Comunista, en lugar de
apoyarse en los hechos antinacionales y
antipopulares producidos
sistemáticamente por el gobierno
lopista, tanto en el campo económico
como en el de la represión política,
para deducir las correspondientes
enseñanzas y rectificar sus criterios
primarios, se vale de algunas recientes
determinaciones oficiales para denunciar
con gran desparpajo, desde Voz
Proletaria del 5 de junio pasado, “EL
VIRAJE HACIA LA DERECHA DEL GOBIERNO”.[60]
Admitir el viraje a la derecha del
gobierno, es aceptar que éste cambió de
una posición a otra. Es decir, insistir
en que el gobierno arrancó con un rumbo
positivo y luego torció en medio de la
travesía. No hay tal. Todos los actos
del régimen vigente, desde los
demagógicos hasta los abiertamente
represivos, se producen merced a su
naturaleza falsaria y derechista. Pero
lo más grave es que los sucesos que
movieron al Partido Comunista a señalar
que la nueva administración se ubicó en
la “derecha” o “más a la derecha”, como
lo afirma en el aludido número de su
órgano periodístico, fueron la
destitución del rector de la Universidad
Nacional y la remoción de algunos mandos
militares. Al primer caso ya nos
referimos. Quizá falte añadir que el
gobierno tuvo al respecto otro viraje, y
esta vez hacia el “centro-izquierda”,
porque el reemplazo que consiguió para
dirigir dicho establecimiento educativo
ha sido considerado también como un
“rector democrático”. En relación con
las bajas en el cuerpo armado, ustedes
las juzgaron como un triunfo de las
fuerzas derechistas. Literalmente
dijeron que éstas “lograron sus
objetivos con las fulminantes
destituciones del coronel Valentín
Jiménez, del general Puyana y del
comandante del ejército Valencia Tovar”.[61]
¡Pero esto ya es el colmo! Ustedes
habían jurado y perjurado en un pasaje
de una declaración de su Comité
Ejecutivo Central, arriba citado, que “el
gobierno sí tiene un sector de derecha
muy definido compuesto por el Ministro
de Gobierno, los cuerpos policivos, el
grupo de generales que han hecho la
contraguerrilla (Mantallana, Valencia
Tovar), el Ministro de Agricultura”.
En esta forma se mofa la dirección del
Partido Comunista del pueblo, de los
aliados y de su propia militancia. En su
desorbitada ofuscación por eximir el
jefe del Estado de su calidad de
principal responsable de las
determinaciones de la coalición que
saquea el país y sojuzga a las masas,
ustedes no tienen el menor inconveniente
de presentar primero al general Valencia
Tovar como exponente del sector
derechista del gobierno, y luego, su
remoción como prueba fehaciente del “viraje
a la derecha” del mismo.
No queremos concluir el capítulo sin
referirnos, así sea tangencialmente, a
las especulaciones en torno a la “avería”
del “viejo concepto de disciplina
castrense” y a la “profunda
modificación en la concepción del
'golpe de Estado’ ”, con que
ustedes se santiguaron ante los
imprevistos acontecimientos precipitados
en las Fuerzas Armadas. Leamos la
novísima invención:
“No desconocemos que el viejo
concepto de disciplina castrense está
profundamente averiado en todos los
países, y que el militar de hoy ya no
es un autómata inmune a la influencia
de las poderosas corrientes
ideológicas que se disputan el
predominio universal, una de las
cuales, el socialismo, cosecha
decisivos triunfos que están
definiendo el curso de la historia. La
disciplina militar era inseparable del
concepto de legalidad, que no siembre
anda en armonía con la noción de
justicia social y con el anhelo
reivindicativo de las masas populares.
Esto ha determinado una profunda
modificación en la concepción del
‘golpe de Estado’, pues en casi todos
los ejércitos se encuentran elementos
permeables al socialismo, y otros
profundamente reaccionarios”.[62]
Esta concepción de la disciplina
castrense que la dirección del Partido
Comunista desea hacer pasar de
contrabando como producto de los tiempos
modernos y como aporte innovador
brillante no es más que la antiquísima
teoría burguesa sobre el Estado y el
ejército, acomodada vulgarmente a las
conveniencias del momento. Semejantes
innovaciones no sólo no tienen nada que
ver con el marxismo-leninismo, sino que
éste, cuando las ha pillado medrando en
las filas de la revolución, les ha dado
palo con el máximo rigor. Únicamente a
los liberales y a los revisionistas les
hemos escuchado que el “concepto de
la legalidad no siempre anda en
armonía con la justicia social y con
el anhelo reivindicativo de las masas
populares” o que “la
disciplina militar era inseparable del
concepto de legalidad”. De suerte
que: ¿Existen momentos en los cuales la
legalidad se compagina con los anhelos
de las masas populares y hubo épocas
pretéritas en las cuales la disciplina
militar no atentaba contra aquella? ¡Qué
desconocimiento de la historia y en
particular de la historia de Colombia!
La legalidad en todos los tiempos en que
ha imperado no ha sido más que
instrumento de dominación de unas clases
sobre otras, como el Estado, el
ejército, la democracia, la libertad, el
derecho y la superestructura entera de
la sociedad. La legalidad de la
organización social neocolonial y
semifeudal vigente en Colombia es un
elemento de la dictadura del
imperialismo norteamericano y de sus
agentes colombianos. Nunca esta
legalidad se ha visto en armonía con los
intereses de la nación y del pueblo. No
obstante, la experiencia histórica
indica que las clases explotadoras
dominantes no tienen el menor estorbo
para violar su propia ley, siempre
cuando lo requieran sus mezquinos
propósitos. Merced a ello la legalidad
como su violación son medios de
sojuzgación de clase. Ahora bien, el
quebramiento de las leyes por parte de
la disciplina militar no es un atributo
característico de los tiempos modernos.
Sin ausentarnos de los linderos patrios,
encontraremos que el ejército colombiano
se ha distinguido desde su nacimiento
por infringir constantemente las
preceptores legales, a los cuales viene
prestando juramento de lealtad todas las
mañanas, a la hora de izar el tricolor,
durante siglo y medio. Levantamientos,
cuartelazos, guerras civiles, golpes de
Estado, vejaciones sin cuento: he ahí la
tradición de la disciplina militar de
nuestro país. Su carácter no ha variado
por el desarrollo de la lucha ideológica
y política del proletariado.
Precisamente lo que enseña el auge de la
ideología marxista-leninista es que la
naturaleza del imperialismo y de sus
aparatos de poder permanece inalterable
hasta que la revolución en cada país y a
nivel mundial los elimine por sécula
seculórum, amén.
Las clases revolucionarias y con ellas
la clase obrera al frente, fincan sus
esperanzas de redención única y
exclusivamente en el fortalecimiento de
sus propios poderes políticos y
militares. La revolución no juega al
golpismo ni está dispuesta a tolerar el
experimento castrense de los
autocalificados “gobiernos
anticapitalistas y anticomunistas” y que
en la práctica les niegan a las masas
sus más elementales derechos
democráticos. El proletariado
revolucionario de Colombia sabe que sólo
con la fundación de un Estado socialista
podrá hacer valer sus orientaciones
revolucionarias a nivel de toda la
sociedad y establecer un gobierno que
funcione según los principios del
centralismo democrático y se ponga
realmente al servicio del porvenir y el
bienestar de las inmensas mayorías de la
nación. El sostén de un Estado
revolucionario es un ejército
revolucionario. Sin éstos, ni la clase
obrera ni el pueblo tendrán nada. Las
revoluciones victoriosas partieron de
cero. Nuestra revolución comenzó ya y su
Poder es casi nulo. Sin embargo, por
ella han sacrificado la vida miles de
hombres y mujeres que creyeron en el
triunfo de sus nobles ideales. Quienes
estén dispuestos a honrar su memoria
combatiendo y a persistir en una línea
correcta, lograrán la victoria
definitiva y algún día tendrán ejército
y Poder aunque hoy no posean una aguja.
Y viceversa, quienquiera que controle
todo el Poder y mande a un ejército
poderoso, si se le enfrenta al pueblo e
insiste en una línea reaccionaria,
antidemocrática, antipopular y
oportunista lo perderá todo
irremisiblemente.
A medida que la revolución colombiana
vaya cimentando sus bases de apoyo
político y militar, a manera de
territorios liberados en los cuales
comience a germinar el nuevo Estado, y a
medida que las fuerzas armadas del
pueblo vayan contabilizando batallas a
su favor, es seguro que unidades
militares patrióticas y hasta batallones
enteros de las tropas enemigas pasen a
engrosar y a vigorizar la lucha
revolucionaria. Éste ha sido el proceso
de las revoluciones de los países
coloniales y neocoloniales de Asia,
África y América Latina en la época
contemporánea. Los cándidos y los
ingenuos, o los falsos apóstoles, le
insinúan al pueblo colombiano que
fundamente su emancipación en las
desmembraciones y revueltas del ejército
tradicional, o en los golpes de Estado
tan tristemente célebres en
Latinoamérica. Mas el mensaje de los
nuevos tiempos lo traen los movimientos
de liberación nacional que como en
Indochina, acaban de proferirle la más
humillante derrota al imperialismo y a
sus aliados. A Colombia ya le llegó este
mensaje. Esperamos confiados que nuestro
pueblo obrará en consecuencia.
4. CRITIQUEMOS LAS CAVILACIONES
Y COMBATAMOS AL RÉGIMEN
Sobre la forma de adelantar una
oposición “adecuada” y la
posibilidad de arrancarle al sistema “concesiones
importantes”, concluyen ustedes:
“Las medidas oficiales han
repercutido también en la oposición.
Hay sectores de la UNO que no ven la
necesidad de una oposición democrática
adecuada en sus métodos y persuasiva
con las masas ilusionadas en López”.
(...) “Es posible arrancarle al
sistema concesiones importantes en
materia de libertades y otros puntos
del programa de la UNO. Y debemos
reivindicar como un logro del
movimiento popular cada posición
ganada en vez de permitir que el
gobierno las presente como graciosas y
voluntarias concesiones de la
burguesía, contribuyendo a fomentar
las ilusiones de las masas”.
(...) “El contenido y el carácter de
nuestra oposición es radicalmente
distinto de la oposición de derecha”.
Hemos arrimado por fin a la
cuestión esperada con vivo entusiasmo.
¿Qué hacer? ¿Cómo actuar ante el
gobierno lopista de hambre, demagogia y
represión? Una vez desmenuzados los
aspectos más sobresalientes del “mandato
claro”, de reconocer su índole y estirpe
definidamente frentenacionalista propia
de los regímenes anteriores y de haber
examinado las interpretaciones
contrapuestas que sobre aquel y sobre
sus medidas han esbozado tanto el
Partido Comunista como el MOIR, se
descarta de antemano que haya existido
entre los dos partidos integrantes de la
UNO identidad en cuanto a la política de
combate contra el lopismo. Ustedes dicen
que “las medidas oficiales han
repercutido también en la oposición”
y que “hay sectores de la UNO que no
ven la necesidad de una oposición
democrática adecuada en sus métodos y
persuasiva con las masas ilusionadas
en López” y nosotros les
respondemos: tienen toda la razón. En la
denominada oposición, como era de
esperarse, las disposiciones del
gobierno han creado un ambiente de
benévola expectativa y de oportunismo,
que se expresa en objetar ciertos
decretos del Ejecutivo y al mismo tiempo
encontrarles a éstos algunos artículos e
incisos acertados. La oposición se las
arregla para hallar en la prolífera
legislación del último año los aspectos
favorables, y en consonancia con tales
descubrimientos procede a apoyar, por
ejemplo, lo “avanzado” del estatuto
tributario, lo “democrático” de la
política educativa, lo “progresista” de
la reforma al código civil, lo
“revolucionario” de la línea
internacional, lo “justo” de la justicia
social, lo “afirmativo” de los derechos
y libertades ciudadanos, lo
“izquierdista” de la derecha. Ésa es la
dialéctica oposicionista de la ANAPO y
de los ex dirigentes del MAC. Los
grandes burgueses, los grandes
terratenientes y los monopolios
imperialistas aplauden a su modo las
medidas gubernamentales, pero todos los
días se lamentan y piden más y más
privilegios. Así ha funcionado siempre
la democracia oligárquica neocolonial y
semifeudal de Colombia. Con una
oposición de “izquierda” y una oposición
de derecha. Casi todos los mandatarios
de esta falsa democracia no sólo han
prohijado la oposición a sus respectivos
gobiernos sino que la han reclamado,
porque con ella se evitan los
desperfectos y se embellece el sistema.
Pero eso sí, a quien no se someta a las
reglas del juego de la minoría, “en
todo problema serio, profundo y
fundamental le tocan en suerte estados
de guerra”, como dice Lenin. A
los trabajadores les conceden la
personería jurídica, mas si realizan sus
huelgas o sus paros, los ilegalizan, los
despiden y reprimen violentamente, o les
imponen los arbitrarios tribunales de
arbitramento obligatorio, cual sucedió
en el pasado movimiento de los obreros
cementeros. A los campesinos les ofrecen
la coyunda de las “empresas
comunitarias”, y cuando éstos las
rechazan los sentencian a muerte por
hambre o por otros medios. A los
pobladores de Cereté, Riohacha, Condoto,
Ovejas, Barbosa, La Florida, Codazzi,
Puerto Asís, La Dorada, Marinilla,
Barrancabermeja, Tumaco, Facatativá,
Cúcuta, El Carmen de Bolívar se les
conmina a plomo a silenciar sus reclamos
centenarios. Los estudiantes que se “anarquicen”
y no actúen con sensatez y cordura
frente a los “experimentos
democráticos”, van a parar con sus
profesores a los calabozos, si corrieron
con fortuna. Y a los partidos
revolucionarios se les prohíbe reunirse,
manifestar y sus militantes son
perseguidos como rufianes. De esta
especie es la “oposición” que les
corresponde a las clases y fuerzas
revolucionarias.
En la UNO, el sector de Hernando
Echeverri y sus escuderos se deslizó
hacia la “oposición científica y
racional” y a causa de ello fue
ejemplarmente expulsado por el
Movimiento Amplio Colombiano y mereció
el repudio generalizado de las bases y
simpatizantes de la Unión Nacional de
Oposición. Y el otro sector, el MOIR,
francamente no está de acuerdo con la
calificada “oposición democrática
adecuada en los métodos y persuasiva
con las masas ilusionadas en López”
que pregona el Partido Comunista. ¿Qué
es eso de “oposición democrática
adecuada en sus métodos y persuasiva
con las masas”? Cuando el MOIR se
levantó en la última convención de la
UNO de julio de 1974 y denunció como “ridícula
la táctica inventada por la ANAPO de
apoyar las medidas ‘positivas’ y
combatir las ‘negativas’ del títere de
turno”, el Partido Comunista, por
boca de su secretario general, replicó:
“Nosotros no vamos a apoyar lo bueno
y a combatir lo malo que haga ese
gobierno, sino que vamos a luchar
contra el sistema oligárquico y
dependiente del imperialismo que
representa ese gobierno que será la
continuación del actual porque va a
seguir con la misma composición
política paritaria y defendiendo los
mismos privilegios de clase y los
mismos intereses antinacionales de los
monopolios norteamericanos. Pero si
por casualidad o por una contradicción
de la vida política, el próximo
gobierno se propusiera realizar algún
aspecto del programa de la UNO,
nosotros apoyaríamos nuestro programa,
pero no al gobierno”. [63]
Manifestar que el gobierno de López
sería la “continuación” del
anterior, pero en la frase siguiente
enfatizar que si “por casualidad”
o “por una contradicción de la vida
política” el nuevo régimen “se
propusiera realizar” alguna parte
de nuestro programa, apoyaríamos a éste
y no a aquél, no es, preguntamos,
¿hablar de una cosa y estar pensando en
la contraria? ¿Es posible que un
gobierno continuador del Frente Nacional
y representante directo de los
monopolios norteamericanos y sus lacayos
criollos, pueda proponerse por “casualidad”
o “por una contradicción de la vida
política” llevar a la práctica,
así sea una mínima parte, de las
reivindicaciones de la revolución?
Estamos tan absolutamente convencidos de
que no es posible, que nos atrevemos a
afirmar: una de dos, o tenemos una
concepción eminentemente liberal de la
plataforma nacional y democrática de la
UNO, o estamos abocados a buscar otro
programa que no nos lo puedan “realizar”
los opresores del pueblo colombiano. En
lo que concierne al MOIR, continuaremos
respaldando los principios programáticos
de la Unión Nacional de Oposición, en la
acendrada creencia de que el mandato
lopista de hambre, demagogia y represión
será el más encarnizado enemigo de todos
y cada uno de sus nueve puntos.
Desde la convención de julio de 1974
vimos cómo el Partido Comunista concebía
la “oposición adecuada y persuasiva”,
la cual ha venido profundizando en los
sucesivos materiales de sus organismos
de dirección y que han sido objeto de
nuestra crítica en esta carta pública.
Hasta tal extremo alimentaron ustedes el
conocimiento de que era “posible
arrancarle al sistema concesiones
importantes en materia de libertades y
otros puntos de la UNO”,
aprovechando la administración lopista,
que alertaban a sus efectivos sobre que
el problema consistía en madrugar a “reivindicar
como un logro del movimiento popular
cada posición ganada en vez de
permitir que el gobierno las presente
como graciosas y voluntarias
concesiones de la burguesía,
contribuyendo a fomentar las ilusiones
de las masas”. Sin embargo, nada
igual a las ejecutorias del régimen para
contribuir a sacar a flor de tierra su
naturaleza demagógica, antinacional y
reaccionaria. No hay entre sus políticas
ninguna que podamos reclamar como
nuestra, o que se nos haya hurtado de la
plataforma de cambios históricos y
revolucionarios que promovemos para la
sociedad colombiana. En menos tiempo de
lo que algunos se imaginaban el pueblo
colombiano comprendió la inmensa patraña
del presidente liberal. Lejos de
fomentar la ilusión, los decretos
oficiales en un santiamén pusieron cara
a cara con la dura realidad a las
grandes masas expoliadas. El hambre, el
desempleo, la miseria, al abandono de
los desprotegidos, multiplicados a la
enésima potencia durante un año, han
hecho más claridad política que el
trabajo paciente de miles de
revolucionarios en varios años. Ningún
método más persuasivo que el desenfreno
de los aparatos militares, tratando
inútilmente de aplacar la protesta
pública. La situación es excelente para
cuajar un poderoso movimiento
revolucionario, consciente, unificado y
combativo. Las masas no esperaron la
orden de los jefes y se han aprestado a
demostrar en los hechos el desprecio al
sistema, como éste ha exteriorizado
también en sus actos de cada día el odio
al pueblo. La debilidad obligó al
gobierno a declarar perturbado el orden
público e imponer el estado de sitio, al
verse sitiado por los brotes de
descontento en los grandes centros, en
las ciudades intermedias y en los
villorrios apartados. Ponerse al frente
de todos los combates populares, sin
conciliar por ningún motivo con quienes
en la penumbra mantienen vivo el
rescoldo de las ilusiones sobre las
posibilidades “positivas” del
“centro-izquierda”, es la consigna de
las fuerzas revolucionarias en la hora
actual.
Los nueve puntos de la UNO no son un
programa de reformas, compendian sí las
peticiones más sentidas y urgentes de
las masas y la nación colombiana; mas
éstas sólo podrán cristalizarse mediante
el triunfo del Poder revolucionario. En
cuanto a la lucha por los derechos
democráticos y las libertades públicas,
cuyas conquistas no significan la
emancipación del pueblo sino la creación
de condiciones para que éste combata por
la auténtica democracia de los obreros,
campesinos y demás clases y capas
revolucionarias, aquella lucha resultará
tan ardua, tendremos que disputarle al
sistema con tal fiereza cada palmo de
terreno, que para nadie habrá confusión
con respecto a que cualquier avance, por
insignificante que sea, será el
resultado de las derrotas del gobierno.
Las masas populares de la ciudad y el
campo lo saben por experiencia propia,
pues viven un proceso progresivo de
pérdida de sus derechos y libertades. A
mayor explotación mayor represión. A
medida que el gobierno concede más y más
privilegios al imperialismo
norteamericano y a sus intermediarios y
aumenta las cargas sobre el pueblo, se
obliga a redoblar la represión violenta
y por ende a descararse como el verdugo
número uno. Y a mayor represión mayor
resistencia. Las masas, en su inagotable
capacidad de rebeldía, no hacen esperar
su respuesta. Por doquier explotan las
huelgas, los paros cívicos, las
invasiones campesinas. Y quienes se
decidan a combatir a favor del pueblo,
en cualquier circunstancia y por
cualquier medio, saben que cuentan con
el apoyo caluroso y definitivo de éste.
Por eso el régimen ya no habla sino de
subversión, de alteración de la
normalidad, de desorden. Ve fantasmas
por todas partes y algunos de ellos muy
reales.
Ustedes dicen que “el contenido y el
carácter de nuestra oposición es
radicalmente distinto de la oposición
de derecha”. Nosotros agregamos
que nuestra lucha no sólo es
diametralmente diferente de la “oposición
de derecha”, sino de la oposición
tradicional, apódese como sea, de esa
oposición que hace reparos a las
“injusticias” y “fallas” del sistema,
pero que no va más allá de ciertos
mentirosos paliativos. Nosotros no
luchamos por esta o aquella reforma,
batallamos por el derrocamiento del
Poder de los apátridas y por la
construcción de una nueva Colombia. En
eso y sólo en eso nos diferenciamos de
la oposición institucionalizada.
Hagamos realidad y cumplamos fielmente
la resolución política de la última
convención de la UNO, cuando proclama:
“Con López Michelsen continúa desde
el gobierno la dominación de los
mismos monopolios extranjeros, las
mismas grandes compañías
norteamericanas que saquean nuestras
riquezas, los mismos terratenientes
que oprimen al campesino, la misma
gran burguesía dueña de los
monopolios. (...)
“Hay una nueva situación porque ha
surgido una verdadera oposición,
revolucionaria y decidida, que está
dispuesta a desenmascarar la demagogia
de López y a llevar a las masas a la
lucha por sus más auténticas
reivindicaciones. Ha surgido un frente
de las fuerzas revolucionarias y
populares, con un programa de nueve
puntos, cuyo objeto final es abrir el
camino de Colombia hacia el
socialismo. Ese factor político actúa
sobre una situación social tormentosa,
en que ascienden las luchas de clase
contra la explotación oligárquica.
“Afirmamos que somos la oposición
vertical al gobierno, que encabezamos
la alternativa popular, que se opone
al engaño y a la mentira. Mediante
nuestra lucha tesonera estamos
llamados a convertirnos en el centro
de atracción de los sectores que están
dispuestos a combatir por un cambio
revolucionario”.[64]
Luchemos consecuentemente contra el
sistema neocolonial y semifeudal que
oprime al pueblo colombiano y contra el
gobierno de la coalición
liberal-conservadora, cuya cabeza
visible es el continuador Alfonso López
Michelsen. Critiquemos severamente todas
las cavilaciones, las manifestaciones
conciliacionistas, cortemos los hilos
invisibles, derrumbemos los puentes
levadizos, taponemos los subterráneos
secretos que nos vinculen al sistema y
estrechemos la unidad en torno al
programa revolucionario de la UNO y al
apoyo ferviente de las luchas del pueblo
colombiano por sus reivindicaciones
económicas y políticas, mediatas e
inmediatas. Demostremos en la práctica
el abismo que media entre la revolución
y la oposición tradicional. Sobre estas
bases llamemos a cerrar filas con
nosotros a todas las corrientes y
movimientos democráticos y
revolucionarios, a las personalidades
patrióticas, a la izquierda anapista e
inclusive a los liberales y
conservadores ajenos al arribismo
burocrático y que estén con sinceridad
interesados en combatir realmente a la
Gran Coalición bipartidista gobernante.
A pesar de nuestra relativa debilidad,
de la escasez de recursos, de lo
reducido de nuestros medios de agitación
y propaganda, contamos con tres ventajas
definitivas frente al enemigo: a) un
programa correcto e imbatible, los nueve
puntos de la UNO; b) un pueblo entero
decidido a pelear en todos los campos,
con una larga experiencia de luchas y
frustraciones que lo radicalizan cada
día más ante sus tramposos opresores y
c) unos militantes probados,
pertenecientes a nuestros respectivos
partidos, de elevada conciencia y
espíritu de lucha, quienes están
resueltos a cualquier sacrificio en bien
de la unidad y del triunfo de la
revolución. Aprovechemos al máximo estas
ventajas, aplicando una línea
consecuentemente unitaria y
transformemos a la UNO en la verdadera “semilla
del Frente Patriótico de Liberación
Nacional”.
LOGROS Y TROPIEZOS
DE LA POLÍTICA DE UNIDAD SINDICAL
I
La cuestión de la unidad del
sindicalismo independiente constituye
otro de los puntos neurálgicos de las
crecientes diferencias entre el MOIR y
el Partido Comunista. A este aspecto ya
nos habíamos referido con ocasión de los
incidentes que circundaron el Segundo
Congreso de la CSTC del pasado 4 de
marzo. De entonces para acá hay un hecho
nuevo relacionado directamente con el
funcionamiento de la Unión Nacional de
Oposición. Ustedes han llamado
públicamente al MOIR para que suspenda
la desafiliación de sindicatos de
aquella central, con la advertencia de
que de no hacerlo, el Partido Comunista
se propondrá “trabajar en la UNO con
los compañeros del MAC”.[65] Es
decir, el Partido Comunista condiciona
la alianza con el MOIR en la UNO al
desarrollo de los problemas en el campo
sindical. La chispa prendida en el
perímetro de la CSTC obviamente se
extendió y ha envuelto con sus llamas a
los predios vecinos. Nosotros ya
habíamos previsto cómo una cooperación
duradera entre distintas fuerzas
políticas, característica del frente
unido antiimperialista, no puede
mantenerse sino a consecuencia de una
línea compartida, elaborada
conjuntamente, para todos aquellos
tópicos importantes de la lucha
revolucionaria. Aunque no parezca, tal
declaración representaría un progreso si
conduce a discutir y a resolver dentro
de la UNO las orientaciones que superen
la actual crisis que mantiene
interrumpido el proceso unitario del
movimiento sindical independiente. El
Partido Comunista ha impedido
sistemáticamente que la Unión Nacional
de Oposición examine y decida sobre las
fases y aristas más importantes de la
política de unidad sindical y ésta ha
corrido paralela, por otros cauces, no
obstante ser ampliamente conocido que
los partidos integrantes de aquella, en
una u otra forma, han estado
comprometidos e interesados en la feliz
culminación de dicha política. Por
nuestra parte, propiciaremos el
replanteamiento también con respecto a
estos asuntos particulares del
movimiento obrero colombiano. Desde
luego el conflicto no podrá extinguirse,
si en el juicio de responsabilidades se
le endosa al MOIR el papel de “divisionista”
y “saboteador” y a la dirección
de la CSTC se le indulta de sus
atentados contra la democracia y los
acuerdos unitarios. Es menester por lo
tanto recordar el desenvolvimiento que
tuvo la política de unidad sindical
desde 1972 hasta el congreso del 4 de
marzo.
Cuando Misael Pastrana, a comienzos de
aquel año, dio a conocer el proyecto de
la fusión de las dos centrales
patronales UTC y CTC, lo hizo movido por
la necesidad de proporcionar algún
respaldo de determinados sectores
sindicales a su gestión de gobierno, en
los preámbulos de las primeras
elecciones que éste organizaba. En lugar
de alcanzar su objetivo, el anuncio
presidencial desató una borrasca de
protestas de la clase obrera. Al
proletariado, que, a través de recios y
prolongados combates contra todos los
intentos divisionistas de las clases
explotadoras dominantes y contra las
medidas policivas y representativas de
las oficinas del Trabajo, había podido
sostener y vigorizar un sindicalismo
independiente de la politiquería
oficial, le indignaba profundamente esta
nueva patraña y por sobre manera la
impudicia del régimen a utilizar a las
camarillas amarillas de UTC y CTC en pro
de sus fines electoreros. Como
contrapropuesta a los planes de la
reacción, el movimiento obrero empezó a
agitar la idea de la necesidad de
superar al estado de dispersión en que
se encontraba el sindicalismo
independiente y a desbrozar la política
de unidad sindical, la cual enrutaría
hacia la construcción de una central
unitaria y democrática. Las condiciones
favorables para llevar a la práctica tan
importante tarea eran producto del
avance de la conciencia y de la lucha de
los trabajadores colombianos. Las
directivas utecistas y cetecistas habían
entrado en barrena, debido a la serie
escalonada de descalabros que se
reflejaban en el asedio permanente de
ataques por parte de las bases obreras y
en la desafiliación masiva de sus
sindicatos y federaciones. Este proceso
de debilitamiento y cerco a la vez que
padecían las dos centrales vendeobreras
se ha mantenido y ahondado hasta hoy.
Así fue como en las postrimerías de 1972
retumbó en todo el ámbito sindical la
orden de desenmascarar y aislar a las
centrales de bolsillo del sistema y de
congregar las organizaciones sindicales
independientes en una nueva
confederación, inspirada y guiada por
una línea combativa y revolucionaria.
Por su cuenta, el Partido Comunista tomó
la iniciativa de sugerir la conveniencia
de procurar un acercamiento entre el
atomizado sindicalismo independiente,
cuyas agrupaciones recibían influencias
de diversas corrientes partidistas, con
miras a configurar un solo bloque que,
si la situación lo permitía, terminara
convirtiéndose en una nueva central en
Colombia. La conferencia de dirigentes
obreros del Partido Comunista de Bogotá
se expresó en ese sentido, en términos
que no requieren traductor:
“Resulta
claro que dentro de las nuevas
circunstancias políticas, analizadas
atrás, aparece como una posibilidad
real que los comunistas mejoren sus
relaciones con muchas de las
organizaciones sindicales denominadas
autónomas e ‘independientes’, sobre la
base de la lucha contra cualquier
forma de expresión del anticomunismo,
de derecha o de ‘izquierda’. Es
también claro, que un avance
significativo del proceso unitario del
movimiento sindical no podrá lograrse,
si no empezamos por admitir como una
realidad la existencia de muy diversos
matices y tendencias políticas dentro
de cada sindicato en particular y
dentro del conjunto del movimiento a
escala regional y nacional. Partiendo
de estas premisas el último pleno de
la CSTC lanzó la iniciativa de
organizar un gran encuentro nacional
sindical que sirva de foro para la
discusión y análisis de los problemas
fundamentales que tiene el movimiento
sindical en la actualidad y
particularmente las cuestiones
relativas a la unidad de acción y a su
unidad orgánica. Este debate tiene,
entre otros objetivos, el estudio de
un nuevo reagrupamiento de todas las
fuerzas sindicales que no hallan
vinculadas a ninguna de las centrales
sindicales que culmine en un congreso
del cual nazca, si es el caso, una
nueva central de trabajadores, que
aglutine el mayor número de sindicatos
y federaciones”.[66]
De la oferta que ustedes precisaron en
1972 se destacan, como se puede apreciar
inequívocamente de los trozos
reproducidos, dos máximas por demás
objetivas y concretas. De un lado, había
que empezar por “admitir como una
realidad la existencia de muy diversos
matices y tendencias políticas dentro
de cada sindicato en particular y
dentro del conjunto del movimiento a
escala regional y nacional”. Del
otro lado, la CSTC se adelantaba a
proponer un estrado para el debate
amplio y minucioso de los problemas que
aquejan al movimiento sindical
colombiano, entre los cuales se contaba,
en primerísimo puesto, el de la
creación, “si es el caso, de una
nueva central de trabajadores, que
aglutine el mayor número de sindicatos
y federaciones”. Dicho estrado
sería un “gran encuentro nacional
sindical”. El Movimiento Obrero
Independiente y Revolucionario aplaudió
cálidamente la propuesta de la
conferencia de obreros del Partido
Comunista y del pleno de la CSTC. Para
nosotros el pronunciamiento del Partido
Comunista constituía en cierta forma una
rectificación ostensible de su táctica
tradicional de impulsar la llamada “unidad
de acción” de preferencia con las
direcciones de UTC y CTC o con sus
organizaciones filiales, con el
consiguiente menosprecio de los
denominados bloques sindicales
independientes o autónomos.
Indudablemente que el retroceso de las
dos grandes centrales patronales, así
como el auge de los aludidos bloques y
la presencia cada vez más numerosa de
sindicatos de envergadura nacional que
no estaban matriculados en ninguna de
las confederaciones existentes, eran
motivos más que suficientes para las
modificaciones del caso. Cabe señalar
también que el Partido Comunista no se
refería únicamente a la “unidad de
acción” sino a la unidad orgánica
con el resto del sindicalismo
independiente. Los cambios eran
notables: la UTC y CTC renqueaban
heridas bajo el ala por la acción de las
bases tantas veces traicionadas; el
sindicalismo independiente aunque
disperso crecía sin cesar, y el MOIR y
el Partido Comunista deponían las
hostilidades entre sí para atender con
mayor eficiencia un frente en el cual
coincidían. No había duda, nos
hallábamos en el preludio de un período
completamente nuevo del movimiento
sindical colombiano. Quedaba abierto un
gran “foro” de “discusión y
análisis de los problemas
fundamentales” del sindicalismo,
en el cual concurrirían por intermedio
de sus representantes sindicales
distintas tendencias políticas
identificadas en la urgencia de
coordinar la lucha contra el esquirolaje
de UTC y CTC y planificar la
organización nacional de las muchas y
disgregadas entidades gremiales de los
trabajadores, a fin de darles más
capacidad de defensa y de ataque.
El MOIR resumió con la siguiente
directriz de finales de 1972 las nuevas
obligaciones que despuntaban por los
contornos del sindicalismo colombiano:
“El movimiento sindical debe
ponerles toda la atención a las
actuales condiciones favorables para
su unidad y no escatimar esfuerzo para
lograrla y consolidarla. A nivel
nacional, se deben adelantar las
conversaciones entre todas las fuerzas
políticas que estén de acuerdo con la
propuesta hecha por el Partido
Comunista y que el MOIR respalda,
sobre el reagrupamiento del movimiento
sindical para aislar a las camarillas
de la UTC y CTC y echar los cimientos
de una central obrera. A nivel
regional, continuar adelantando la
formación de los comités de unidad
sindical como los del Valle del Cauca
y otros departamentos”.[67]
Como paso previo se procedió a la
convocatoria de los famosos encuentros
regionales de unidad sindical y a la
constitución de los respectivos comités
conjuntos. A estos encuentros se les
encomendó la misión de discutir y
aprobar los principios y políticas
concernientes a las nuevas tareas
unitarias. Los comités eran organismos
de dirección y coordinación de las
varias organizaciones sindicales que aún
no estaban asociadas bajo una sola
federación. Durante 1972 y 1973, en casi
todas las capitales departamentales y
ciudades intermedias de importancia, se
reunieron aproximadamente un centenar de
dichos foros, a los cuales asistieron no
menos de cinco mil dirigentes sindicales
que refrendaron con su presencia, sus
exposiciones y resoluciones públicas la
voluntad del proletariado colombiano de
condenar el esquirolaje de la UTC y CTC,
como principal exponente de la política
antiobrera y divisionista del
imperialismo norteamericano y sus
agentes criollos en el seno del
sindicalismo colombiano, y de luchar por
la construcción de una confederación
unitaria y democrática que culminara con
el tiempo en la central única de los
trabajadores del país. Anotemos que
todas las determinaciones de aquellos
eventos se adoptaron invariablemente por
unanimidad, o sea que fueron siempre el
fruto de claros y perentorios acuerdos
de las fuerzas afluyentes. El MOIR y el
Partido Comunista estuvieron siempre
representados por dirigentes de las
organizaciones gremiales que a la vez lo
son de sus correspondientes
colectividades políticas; y tanto el uno
como el otro iban exteriorizando su
complacencia por los logros obtenidos y
jamás desautorizaron uno solo de los
documentos aprobados. Los acuerdos
sindicales contaban con la aquiescencia
y el respaldo de los partidos
comprometidos, de lo contrario, como es
natural, aquellos no hubieran podido
llevarse a la práctica ni con la
prontitud ni con la resonancia de que
gozaron.
Las reuniones obreras ratificaron en
términos y formas diferentes la política
de clase al mando por la creación de una
organización nacional gremial de los
trabajadores colombianos unitaria,
democrática, amplia y poderosa. La cual
estaría sustentada por una línea
revolucionaria que el MOIR ha
sistematizado en tres grandes principios
guías, a saber: la nueva central, 1)
estará al servicio del proletariado y
del pueblo colombiano, 2) combatirá y
aislará a las camarillas dirigentes de
la UTC y CTC y 3) se regirá por la “democracia
sindical”. En TRIBUNA ROJA del 18
de marzo último hicimos una pequeña
recopilación de algunos de los
materiales de los encuentros regionales
a manera de constancia de que este
proceso unitario copó tres años y brotó
no espontáneamente sino del compromiso
consciente de las fuerzas más avanzadas
y representativas del movimiento
sindical colombiano.
Todas esas asambleas locales sirvieron
de antesala al Gran Encuentro Nacional
Obrero del 12 de octubre de 1973, el
cual lacró lo que ya era un consenso
general y citó para el 6 de diciembre de
1974 el congreso encargado de fundar la
nueva central unitaria y democrática.
Para la realización de tan trascendental
certamen se destinó un comité
preparatorio escogido cuidadosamente con
el criterio de que en él se encontraran
representadas las principales fuerzas
copartícipes de la política de unidad
sindical. Por razones de carácter legal
se convino promover la afiliación a la
CSTC de aquellos sindicatos y
federaciones que aún no hacían parte de
ésta. El MOIR anunció trabajar en esa
dirección, aclarando que el nombre de la
nueva central le parecía problema
completamente formal, que lo importante
radicaba en que por su contenido de
clase, su práctica y método de
funcionamiento, ésta fuera una auténtica
confederación unitaria y democrática. No
obstante, todo lo concerniente a la
organización y reglamentación del
congreso del 6 de diciembre correría a
cargo del comité preparatorio
mencionado. En esa forma la tarea de la
construcción de una vigorosa y amplia
agremiación nacional independiente de
los trabajadores colombianos entraba en
su fase final y contaría con un año
largo para ultimar los detalles
correspondientes. A partir de entonces
el MOIR, el Partido Comunista y otras
fuerzas políticas que luego
contribuyeron con su importante aporte,
procedieron a vincular a la CSTC el
mayor número de entidades sindicales. Y
en dicho lapso ésta vio aumentados sus
efectivos con “60 organizaciones que
agrupan más de 150 mil trabajadores de
diferentes ramas de la economía”,
según dato suministrado por su propio
Comité Ejecutivo en mensaje de fin de
año de 1974.[68]
II
Cuando todo marchaba viento en popa, el
gobierno resolvió entregarle la
personería jurídica a la CSTC, cuatro
meses antes del congreso unitario,
convocado para el 6 de diciembre pasado.
El 7 de noviembre Voz Proletaria nos
sorprende con la pequeña nota anunciando
la noticia de que el congreso fue
postergado, pretextándose que muchas
organizaciones filiales no alcanzaron a
llenar los trámites correspondientes. La
dirección de la CSTC había tomado
unilateralmente la determinación de
aplazamiento, sin reunir, ni escuchar,
ni consultar, ni informar al comité
preparatorio, alterándose la principal
directiva del Encuentro Nacional del 12
de octubre de 1973. El hecho de haber
recibido la personería jurídica
prematuramente, no en cuanto a que la
Confederación no tuviera derecho a ella
desde hacía diez años, sino con relación
al congreso unitario, no autorizaba a su
máxima dirección a disponer
arbitrariamente de éste. Tampoco por el
antecedente de que las fuerzas aliadas
habían acordado asociar a la CSTC sus
destacamentos sindicales, cesaban los
compromisos del Comité Ejecutivo con
quienes habían pasado voluntariamente a
ser su base. Por eso se había previsto
un comité preparatorio. El frustrado
congreso del 6 de diciembre atendería lo
relativo al papeleo para la legalización
de la nueva central, pero este objetivo
no era con todo y su importancia el
aspecto de mayor preocupación de los
obreros, ni mucho menos el que le diera
aliento a la realización de la política
de unidad sindical. El congreso no era
la tumba sino la cuna del proceso
unitario gestado durante tres años.
Cuanto interesaba a la nueva
agremiación, llámese como se le
bautizare, era que la inmensa masa de
asalariados encontrara personificada en
ella, por la claridad del pensamiento
revolucionario, la pureza del estilo
democrático y el contagio del ejemplo
constructivo, el remedio para sus
dolencias de dispersión, debilidad y
desorganización. Más aún, si se
comprendía cabalmente que no obstante
los 150.000 nuevos afiliados, producto
de los acuerdos de unidad sindical, por
fuera de la CSTC se hallaban, y todavía
se hallan, el grueso de los trabajadores
del petróleo y sus derivados, del
azúcar, de las ramas de textiles y
confecciones, de la industria automotriz
y metalmecánica, de los puertos, de los
ferrocarriles, de las carreteras y del
resto de servicios públicos, así como
centenares de miles de obreros de la
producción agropecuaria avanzada. De tal
manera que con los encuentros y el
congreso se daba comienzo apenas a lo
que será una vastísima labor de
unificación y organización.
El MOIR solicitó una reunión con el
Partido Comunista para discutir el
aplazamiento unilateral del congreso.
Fustigamos tajantemente la violación de
los procedimientos preestablecidos y
demandamos se pusiese a funcionar el
comité preparatorio. Ustedes aceptaron
nuestras críticas y ante la
imposibilidad material de una
contramodificación, procedimos a
trabajar hacia el congreso del 4 de
marzo. Y en enero, a raíz del paro
nacional bancario, surgieron nuevas y
más agudas contradicciones. Dicho
movimiento después de varios días de
resistencia valerosa contra la
persecución de los magnates de la banca
y de la represión oficial que corría en
defensa de los grandes intereses
financieros, se vio abocado a censurar a
un a un grupo de rompehuelgas que,
pisoteando los organismos de dirección y
a espaldas de las mayorías, resolvió por
arbitrio caprichoso levantar el paro. Lo
cual, como era de esperarse, fue
aprovechado al rompe por el Ministerio
de Trabajo para disponer la arremetida
final contra los bancarios. El
movimiento afrontaba enormes
dificultades pero la socorrida división
de última hora constituyó el golpe de
gracia. Los despidos masivos no se
hicieron esperar y a los dos sindicatos
nacionales de los trabajadores de los
bancos se les suspendió la personería y
se les congelaron los fondos. En medio
de la pelea el Comité Ejecutivo de la
CSTC, recurriendo a su peso y autoridad,
saltó a la palestra para darle
lamentablemente protección al grupo
rompehuelga en un comunicado que
reprodujo Voz Proletaria de enero
30.[69] ¿Con qué razones? Dos argumentos
peregrinos se blandían. El uno, la “rabiosa
campaña anticomunista” del MOIR,
y el otro, que la posición del “paro
indefinido no fue aceptada por la
mayoría de los dirigentes de las
organizaciones que conforman el comité
intersindical bancario”. Atacar
al MOIR por “anticomunista” es
acusación que no convence a nadie en
este país. Los que pasa es que ustedes
acostumbran escudarse en la lucha contra
el anticomunismo para aplastar las
críticas que las fuerzas revolucionarias
hacen a los errores del Partido
Comunista. Al respecto ya hemos fijado
públicamente nuestra posición. Sobre el
pretexto de que “el paro indefinido
no fue aceptado por la mayoría de los
dirigentes” bancarios, el MOIR
presentó también las pruebas con las
cuales demostramos cómo hasta los mismos
esquiroles lo habían agitado en un
principio.
Han transcurrido más de seis meses y
ustedes no han podido desbaratar esta
prueba. Es más, no han querido siquiera
aludir a ella. Todo se redujo a
denuestos contra el MOIR y a confusos
alegatos acerca de que no fueron
reunidas las asambleas estatutarias de
los sindicatos para la conducción del
movimiento, dando a significar en esa
forma que las decisiones carecían de
validez. Esta infamia no tiene nombre.
Sólo coloca en entredicho el
comportamiento de quienes
originariamente aceptaron las asambleas
bancarias y demás formas de organización
y dirección que adoptaron los
trabajadores para un conflicto nacional
de las implicaciones de aquel, y después
las reprobaron cuando sus
determinaciones no les fueron
favorables.
Dejemos que sean las bases por sus
conductos regulares y
“estatutariamente”, si se quiere, las
que fallen sobre las distintas conductas
y sobre las vicisitudes de la política
unitaria en ese sector sindical.
Atendamos la parte que nos corresponde
como organización política. Como
veníamos diciendo, los ejecutivos de la
Confederación se precipitaron a tomar
causa en el conflicto interno, movidos
por sentimientos sectarios de grupo, sin
adelantar las averiguaciones
suficientes, ni consultar ni conocer la
opinión de los organismos y niveles
inferiores de los trabajadores
bancarios. Así hubiese obrado una
dirección central respetuosa de los
procedimientos democráticos, máxime
cuando se trataba de una dirección
garante de la unidad sindical. El Comité
Ejecutivo de la CSTC no aguardó un mes,
ni quince, ni ocho días. En menos de 24
horas ya había proferido su sanción
inapelable de juez supremo. Y eso no es
todo. Su federación regional de
Cundinamarca, dos semanas antes del
congreso unitario, amenazó con ultimátum
público al compañero Carlos Rodríguez,
dirigente de los trabajadores bancarios,
para que cambiara su criterio acerca de
los rompehuelgas, basándose para ello en
el baculazo de la CSTC del 24 de enero.
Al compañero se le daban ocho días para
que se retractara, de lo contrario se
procedería sin contemplación. O sea, que
a las puertas del congreso del 4 de
marzo, los ejecutivos de la CSTC,
refugiándose burocráticamente en el
control de los organismos centrales de
la Confederación, vetaban a un dirigente
que había trabajado con tesón y lealtad
a favor de la unidad sindical y de la
afiliación de ACEB a la nueva central,
por un problema acontecido en desarrollo
de las jornadas de enero de los
trabajadores bancarios y que en el peor
de los casos estaba pendiente del fallo
de la organización de base. Mientras que
al grupo esquirol se le abrumaba en
exceso con inocuas prerrogativas en las
comisiones encargadas de rematar la
organización del congreso. En todas
éstas el Comité Ejecutivo de la CSTC se
hacía el de la vista gorda en el comité
preparatorio, al cual no citó ni
trasladó a su jurisdicción, como su
nombre lo indicaba, la preparación del
evento de marzo.
En tales circunstancias las fuerzas
nuevas de la CSTC, que habían aplicado
consecuentemente las resoluciones del
Encuentro Nacional Obrero del 12
octubre, y por tanto, habían engrosado y
fortalecido a la Confederación,
consideraron con todo derecho que estaba
quebrado el ambiente democrático y
fraternal indispensable para que el
congreso de marzo fuera la culminación
exitosa del proceso unitario de tres
años. Y con todo derecho tomaron la
determinación de no cohonestar con su
presencia en el congreso ni en la CSTC
los procedimientos arbitrarios y
ventajistas.
Este ha sido el proceso de la política
unitaria, desde la realización del
primer encuentro obrero regional hasta
hoy. Las desafiliaciones que se han
presentado en la CSTC y las que se
presentarán no implican un saboteo
contra la Confederación, como ustedes lo
han propalado. Ni significan que la
lucha contra la política antinacional y
reaccionaria de las clases dominantes
dentro del movimiento obrero,
acaudillada por las camarillas
patronales de UTC y CTC, se merme o se
trueque debido a las posteriores
contradicciones del sindicalismo
independiente. Ni que por nuestra parte
llamemos al combate contra la CSTC. Nada
de eso. Simplemente, las fuerzas nuevas
del sindicalismo independiente, ante los
procedimientos antidemocráticos tiene
todo el derecho a rescatar su autonomía
organizativa, precisamente para seguir
combatiendo consecuentemente por la
política unitaria del movimiento
sindical. Hay quienes piensan que el
proceso unitario de tres años terminó en
un rotundo fracaso. Desde luego las
cosas podrían haber culminado en mejor
forma. Empero, la política de unidad
sindical aprobada unánimemente por miles
de dirigentes obreros, a través del
centenar de encuentros de 1972 y 1973,
es un gran conquista del proletariado
colombiano y sigue vigente en todos y
cada uno de los puntos fundamentales.
Como el programa nacional y democrático
de la UNO, las conclusiones de los
encuentros obreros son patrimonio
inajenable de las fuerzas
revolucionarias colombianas. Para el
MOIR ambos logros serán guía permanente
de su trajinar político.
III
Después de que nosotros tomamos la
determinación de no concurrir al
congreso de marzo y propugnar la
desafiliación de aquellas organizaciones
sindicales que contribuimos a vincular a
la CSTC, el Partido Comunista en su
alocada desesperación ha respondido con
toda clase de ataques soeces, mezquinos
y vacuos. De entre el lodo que ustedes
han trabajado con rara maestría pero que
no nos salpica, queremos rescatar tan
sólo una argumentación que quizá valga
la pena repeler, no obstante ser un
planteamiento toscamente acomodaticio.
En su historia sobre el congreso
unitario ustedes ponen en labios del
MOIR una exigencia que jamás hicimos: la
de que dentro de la nueva central “la
minoría mantendría su independencia”.
Y proceden a refutar: “Tampoco puede
ningún grupo reservarse un privilegio
tal que al ser discutido un problema y
tomar acuerdos por mayoría, la minoría
pueda continuar desarrollando su
actividad polémica o de
enfrentamiento, manteniendo la
división constante y el debate
inacabable que llevaría a cualquier
organización a disolverse”.[70]
Ahora apreciamos cómo aseveramos nuestro
criterio sobre la relación de las
mayorías y minorías. Uno de los tres
principios guías que el MOIR
sistematizaba para la nueva central era
casualmente el de la “democracia
sindical”. Los siguientes
párrafos fueron publicados antes del
encuentro Nacional Obrero del 12 de
octubre de 1973:
“Funcionar conforme a la ‘democracia
sindical’` significa ceñirse al
sistema del centralismo democrático.
Éste es el sistema organizativo que
garantiza la dirección colectiva y
excluye las prácticas burocráticas por
las cuales una o dos personas, o un
grupo de personas, toma resoluciones a
espaldas de las mayorías y decide la
suerte de éstas de manera arbitraria.
El centralismo democrático es una
forma organizada y disciplinada de
funcionamiento que exige obediencia a
la dirección constituida
democráticamente. Los organismos
directivos se eligen mediante
votaciones en las que intervienen
directa o indirectamente todos los
asociados; y en los asuntos de interés
general se tolera la libre discusión y
se tiene en cuenta la opinión de las
bases. La nueva central deberá
funcionar conforme a este sistema del
centralismo democrático, cuyos
fundamentos son: 1) la minoría se
somete a la voluntad de la mayoría; 2)
el socio a la organización; 3) los
organismos inferiores a los
superiores, y 4) toda la central a su
dirección nacional.
“Un buen comienzo es facilitar la
participación democrática de la
totalidad de fuerzas que sinceramente
desean contribuir a la feliz
culminación de la central unitaria; y
reconocer los esfuerzos y el aporte
decisivo de la Confederación Sindical
de Trabajadores de Colombia a este
proceso. La verdad sea dicha. Sin el
contingente de la CSTC, espina dorsal
del movimiento sindical independiente,
la consigna de la construcción de la
nueva agremiación hoy sería un poco
menos que imposible. La composición de
la dirección de la nieva confederación
de ningún modo puede ser igualitaria,
debe reflejar al contrario el
desarrollo objetivo de las diferentes
fuerzas que la integran, única forma
de aplicar la ‘democracia sindical’.
Dentro de la confederación no
seguiremos con el método de la
‘unanimidad’, utilizado en la primera
fase que ha requerido de conclusiones
aprobadas por todos, a causa de la
necesidad de que las diversas fuerzas,
sin excepción, compartan
voluntariamente el derrotero de
principios acordado. Este método de la
‘unanimidad’ lo empleamos
fundamentalmente en las alianzas, en
las acciones unitarias, en los
frentes, cuando no se pacta otra cosa.
Pero en la central unitaria, como en
cualquier sindicato, la designación de
la dirección y el resto de
definiciones habrán de adaptarse por
la simple mayoría, y las fuerzas
minorías se someterán
disciplinariamente.
“Las fuerzas
integrantes de la nueva agrupación
deben empeñarse por instaurar un
ambiente de fraternidad, buscar y
promover el acercamiento a todo nivel
entre los trabajadores que impidan
hacer carrera al sectarismo, e
imbuirlos del espíritu del estudio y
la discusión abierta y franca de los
problemas concretos para prevenir el
dogmatismo. La nueva central
planificará la educación de sus
afiliados; estimulará antes que
entorpecer la crítica de los errores
por parte de la base, y la
autocrítica, y así creará las
condiciones que aseguren corregir los
desaciertos y subsanar las falla. En
fin, en la nueva central ha de
prevalecer una situación
revolucionaria tal que los
trabajadores puedan plantear y abocar
los asuntos por difíciles, delicados y
complejos que parezcan, sin que ello
ponga en peligro su unidad y su
cohesión.
“Que la central obrera independiente
se rija por la ‘democracia sindical’ y
ser un aprendizaje ideológico y
político de la clase obrera colombiana
en el cambio de su emancipación”.[71]
El MOIR no pretendió jamás que en
la central unitaria las minorías
mantuvieran “su independencia”. Sin
cortapisas de ninguna especie señalamos
que éstas debían someterse
disciplinadamente a las mayorías. Que
sus relaciones se regulaban por los
principios del centralismo democrático.
Distinguíamos eso sí entre los dos
períodos anterior y posterior al
congreso unitario. Para el primero
demandábamos que la política de unidad
sindical fuese aceptada sin excepción
por todas las fuerzas comprometidas,
como en realidad sucedió. En los
encuentros obreros regionales y en el
Gran Encuentro Nacional se aprobaron por
unanimidad los principios rectores que
gobernarían la vida de la nueva
agremiación. Ya que se trataba de una
unidad de fuerzas distintas y no de la
simple adhesión incondicionada a la
CSTC, como ustedes torcidamente lo
procuraron sostener una vez cumplido el
proceso de la afiliación masiva de más
de 150.000 trabajadores a la
Confederación. Debido a ello y
envanecidos porque el gobierno había
concedido la personería jurídica a la
CSTC, se echó por la calle del medio,
postergándose el congreso del 6 de
diciembre, desconociéndose el comité
preparatorio, entorpeciéndose la
concurrencia de compañeros dirigentes
sindicales y montándose una campaña de
descrédito del MOIR, todo lo cual con la
utilización burocrática del control de
los organismos centrales de la
Confederación. Había quedado roto el
clima mínimo de democracia y fraternidad
que garantizara que el congreso de marzo
sí fuera realmente un congreso de
unidad. La iracundia del Partido
Comunista por las desafiliaciones
posteriores no se justifica. Ustedes no
pueden disfrutar de lo mejor de dos
mundos antagónicos. Gozar de los frutos
de la unidad sindical y al mismo tiempo
pisotear los acuerdos y los
procedimientos democráticos.
Tan absolutamente veraz será la
acusación del quebrantamiento de los
compromisos contraídos por parte del
Partido Comunista, que cuando nosotros
exigimos la aplicación de los acuerdos
de unidad sindical, ustedes exclamaron:
¿Cuáles acuerdos? Textualmente dijeron:
“Los supuestos ‘compromisos’ a que
habrían llegado los comunistas con
ellos en relación con el Congreso de
la CSTC. (...) Para excusar
su fuga del Congreso de la CSTC el
MOIR habla de presuntos ‘acuerdos’
entre él y el PC. Esos acuerdos no
existen sino en su calenturienta
imaginación. (...) No hubo
ni podía haber ‘convenio previo’. El
PC no confunde los términos del
movimiento sindical con el movimiento
político”.[72]
De una plumada el Partido Comunista se
desembaraza de su responsabilidad en el
proceso sindical unitario de tres años,
que él mismo echó a andar al proponer en
1972 “el estudio de un nuevo
reagrupamiento de todas las fuerzas
sindicales que no se hallan vinculadas
a ninguna de las centrales sindicales
que culmine en un congreso del cual
nazca, si es el caso, una nueva
central de trabajadores, que aglutine
el mayor número de sindicatos y
federaciones”.
¿Nada tuvo que ver el Partido Comunista
con el centenar de encuentros sindicales
de 1972 y 1973, ni con sus conclusiones?
¿No fueron el Encuentro Nacional Obrero
del 12 de octubre y la citación del
frustrado congreso unitario del 6 de
diciembre producto de claros y
perentorios acuerdos? Cuando por
interferencias ajenas a la voluntad del
MOIR se demoraba la afiliación a la CSTC
de determinados sectores sindicales,
¿ustedes no nos hacían en reuniones
bilaterales los correspondientes
reclamos en nombre de los acuerdos
unitarios? ¿Qué objeto tiene entonces
parapetarse en la expresión de que “el
PC no confunde los términos del
movimiento sindical con el movimiento
político”? ¿Eludir las
obligaciones políticas que sus aparatos
sindicales adquieren a la vista de
todos? Pero como el pez muere por si
boca, permítasenos que sea el Partido
Comunista quien se desmienta a sí mismo.
En el informe al pleno del Comité
Central de la primera mitad de 1973,
ustedes reconocen:
“El reagrupamiento de importantes
sectores sindicales es
cualitativamente mejor a las etapas
anteriores de la unidad de acción. Se
trata de un proceso con un definido
contenido político y de clase. Ahora
la unidad de acción, sin rebajar ni
menospreciar los aspectos económicos y
reivindicativos, tiene lugar sobre la
identidad de una plataforma mínima, de
contenido antiimperialista y
antioligárquico. En el nuevo proceso,
por otra parte, se fija como objetivo
el reagrupamiento orgánico de los
distintos sectores que participan en
él”.[73]
Y en el informe al
pleno de la segunda mitad de dicho
año:
“La reciente
realización del Encuentro Nacional
Sindical, que es el resultado de la
tenacidad y el esfuerzo de miles de
militantes comunistas, independientes,
del MOIR y de otras corrientes
políticas puede considerarse el éxito
más importante de la política de
unidad sindical que venimos
preconizando y practicando desde hace
años.
“Este encuentro, que
convocó a un Congreso Nacional Obrero
para fines del año entrante, con
vistas a integrar una central sindical
de mayores proporciones que la actual
CSTC, demostró plenamente que a pesar
de ciertas dificultades, de
diferencias de enfoque sobre una serie
de cuestiones del movimiento sindical,
es posible acordarse para avanzar
seria y audazmente en la unificación
de los sectores independientes y de
clase del movimiento obrero. (...)
“Todo lo que sea avance en la
unidad del movimiento obrero tiene
profundas resonancias en las
tendencias unitarias del pueblo. A su
vez los acuerdos políticos facilitan
los sindicales”.[74]
Estas dos citas de los plenos que
ustedes efectuaron en 1973 despejan
cualquier duda en cuento a la existencia
de los acuerdos en torno a la política
de unidad sindical que tanto el Partido
Comunista como el MOIR prometieron
respetar y aplicar. No sólo queda claro
que sí se realizaron tales compromisos,
sino que: 1) “son cualitativamente
mejores a las etapas anteriores de la
unidad de acción”, 2) tienen un “definido
contenido político y de clase”.
3) se dan sobre “la identidad en una
plataforma mínima, de contenido
antiimperialista y antioligárquico”;
4) buscan “el reagrupamiento
orgánico de los distintos sectores que
participan en él”; 5) concluyeron
en el “Encuentro Nacional Sindical,
que es el resultado de la tenacidad y
el esfuerzo de miles de militantes
comunistas, independientes, del MOIR y
de otras corrientes políticas”;
6) satisficieron la necesidad de
convocar un “Congreso Nacional
Obrero para finales del año entrante
(el congreso del 6 de diciembre que
ustedes postergaron unilateralmente),
con vistas a integrar un central
sindical de mayores proporciones que
la actual CSTC”; 7) demostraron
que “a pesar de ciertas
dificultades, de diferencias de
enfoque sobre una serie de cuestiones
del movimiento sindical, es posible
ACORDARSE para avanzar seria
audazmente en la unificación de los
sectores independientes y de clase del
movimiento obrero”, y 8) ayudaron
a comprender que “los acuerdos
políticos facilitan los sindicales”.
Cualquier otro comentario sería
redundancia. Nos resta únicamente
decirles a ustedes que, si a pesar de
todo, queremos recuperar el terreno
perdido en la lucha por la unidad
sindical, no queda más disyuntiva que la
de retrotraernos a las conclusiones de
los encuentros regionales de 1972 y 1973
y del Encuentro Nacional Obrero del 12
de octubre de 1973. Una experiencia de
favorable repercusión deja el último
tramo del proceso de unidad sindical
para los auténticos revolucionarios; la
de que, una vez acordadas las cuestiones
programáticas y de contenido, la forma
de llevarlas a la práctica, es decir, el
escrupulosos acatamiento de los métodos
democráticos, es lo principal.
Los procedimientos burocráticos y
antidemocráticos son los más solapados
adversarios de la unidad revolucionaria.
Éste es un principio universal. El
proletariado colombiano sabrá acoger
íntegramente esta enseñanza y la hará
valer, como rescatara la política
general de los encuentros obreros de
1972 y 1973. Las masas asalariadas
proseguirán en la senda abierta por el
proceso unitario de tres años. Sus
conclusiones ya forman parte sustancial
del arsenal ideológico y político de
nuestra revolución.
DIFERENCIAS DE LÍNEA, DE ESTILO Y DE
RUMBO
No queremos ignorar por el contenido y
fin de esta misiva la más honda y
determinante de las contradicciones
entre el MOIR y el Partido Comunista, la
que siempre ha enfrentado a estas dos
agrupaciones cual corrientes políticas
claramente definidas y diametralmente
opuestas, cuya solución final no podrá
dirimirse sino como efecto de un
prolongado combate en los campos
ideológico, político y organizativo: la
controversia en torno a la lucha que a
nivel internacional libra el movimiento
comunista con la orientación y el apoyo
del Partido Comunista de China y su
máximo dirigente, el camarada Mao
Tsetung, contra el revisionismo
contemporáneo acaudillado por el Partido
Comunista de la Unión Soviética. Desde
cuando las fuerzas marxistas-leninistas
en el mundo empezaron, a finales de la
década del cincuenta y comienzos del
sesenta, a formular las críticas por las
graves desviaciones de principio de la
tendencia revisionista kruschevista al
mando del Partido Comunista de la Unión
Soviética, el Partido Comunista de
Colombia abrazó con singular fervor la
causa del revisionismo moderno. Han
transcurrido quince años de esta lucha
pletórica de acontecimientos y
lecciones. Nikita Kruschev fue depuesto
de su alto cargo debido a sus enormes
fracasos, pero sus sucesores continuaron
por el atajo revisionista hasta renegar
por completo del legado ideológico del
padre y fundador del primer país
socialista, y hasta convertir a la
patria de Vladimir Ilich Lenin en un
Estado socialimperialista, que en la
actualidad exprime y oprime a su propio
pueblo, a los pueblos de las naciones
que se muevan en su órbita, y pugna y se
colude con el imperialismo
norteamericano por el control y reparto
del mundo. Los cambios producidos en la
Unión Soviética influyen
preponderadamente en la nueva situación
mundial, en el movimiento obrero
internacional y en los movimientos
revolucionarios de cada país en
particular. Una enconada batalla tiene
lugar entre la línea marxista-leninista
y la línea revisionista. De su desenlace
depende el destino del mundo en los
próximos decenios. El marxismo-leninismo
ha salido victorioso siempre que para el
encauzamiento de la revolución a nivel
internacional se trabó en fiera
contienda contra las tendencias
oportunistas de derecha, o las
corrientes burguesas que pretendieron
ponerlo a su servicio, revisándolo. Así
fue en la época de Marx, así fue en la
época de Lenin y así será en la época de
Mao Tsetung.
La primera incidencia para Colombia de
esa lucha consistió en que las
incipientes fuerzas marxistas-leninistas
se han visto abocadas a la necesidad de
crear un partido revolucionario que una
con soldadura autógena al movimiento
obrero y al socialismo científico. Las
experiencias, los avances y en especial
los principios que ha sacado a flote el
movimiento comunista internacional en su
portentoso y persistente combate contra
el revisionismo contemporáneo han sido
la más apreciada ayuda para los
marxistas-leninistas colombianos.
Conforme a las condiciones específicas
de nuestro país y de acuerdo con el
desarrollo fluctuante de la lucha de
clases, el MOIR ha ido paciente pero
seguramente cumpliendo su tarea de la
construcción de dicho partido
revolucionario, extendido ya a todo el
territorio nacional y vinculado cada vez
más estrechamente a las amplias masas de
obreros, campesinos y del resto del
pueblo, y a sus luchas. En esta labor el
MOIR ha seguido invariablemente la
política de apoyarse sólo en sus propios
medios y en el esfuerzo de las masas
populares colombianas. Defendemos
fervorosamente nuestra independencia.
Jamás hemos recibido órdenes ni estamos
ni estaremos bajo la tutela de ningún
partido, a nivel nacional o
internacional, por poderoso e importante
que éste sea. No corresponde esta
conducta a una superflua o altanera
actitud de engreimiento, ya que nadie
más que nosotros para comprender
nuestras propias deficientes y la
necesidad que tenemos de aprender aún
muchas cosas. Ella obedece a una
profunda concepción de que las
relaciones con el resto de partidos
revolucionarios las haremos únicamente
en pie de igualdad, mutuo respeto y
solidaridad recíproca, y la convicción
de que el pueblo colombiano es para
nosotros la principal cantera de
recursos materiales y políticos para
coronar las dos revoluciones que tenemos
por delante: la revolución nacional y
democrática y la revolución socialista.
Sobre esta base estamos dispuestos a
intercambiar opiniones y apoyo con los
revolucionarios de dentro y fuera del
país y con el resto de sinceros amigos
de Colombia y del pueblo colombiano.
Somos conscientes de que las victorias
de los movimientos de liberación
nacional de los países coloniales y
neocoloniales, del movimiento obrero y
comunista internacional y de los países
socialistas son una ayuda insustituible
para la revolución colombiana. Y
viceversa, los logros de nuestra
revolución representan en la práctica el
mejor apoyo que podamos brindarles a los
movimientos de liberación nacional, al
movimiento obrero y comunista
internacional y a los países socialistas
en la lucha contra el enemigo común.
Esta posición de principios no nos
separa del Partido Comunista de China ni
de su pueblo. Todo lo contrario, son
precisamente el Partido Comunista de
China y el pueblo chino quienes han
defendido, en su lucha contra las
fuerzas imperialistas y el revisionismo
contemporáneo, tales principios de
igualdad, mutuo respeto y solidaridad
recíproca en las relaciones entre los
partidos revolucionarios. La China
socialista apoya incondicionalmente a
los movimientos de liberación nacional
de los países coloniales y
neocoloniales, al movimiento obrero
internacional y a los revolucionarios
del mundo entero en su lucha contra el
imperialismo, el hegemonismo y la
opresión y a favor de la
autodeterminación de los pueblos, la
revolución, el socialismo y la paz
mundial. Por eso la República Popular
China y su Partido Comunista son los más
sinceros amigos del pueblo colombiano y
de su emancipación.
Las diferencias en torno de la lucha que
el movimiento comunista internacional
libra contra el revisionismo
contemporáneo no han sido aún explicadas
a fondo en Colombia, debido a la
debilidad inicial de las fuerzas
marxistas-leninistas y al estado
embrionario de nuestra revolución. Sin
embargo, estas divergencias tienen que
ver directamente con el desarrollo del
proletariado colombiano y su partido, en
particular, y con el curso de la
revolución colombiana, en general. Hasta
ahora, a nivel de masas, se vienen
desbrozando dos líneas, dos estilos, dos
rumbos: el del MOIR y el del Partido
Comunista. La lucha ideológica y
política entre el marxismo-leninismo y
el revisionismo en Colombia ha tenido
que ver no sólo con las cuestiones
internacionales sino con la estrategia y
la táctica de nuestra revolución. Desde
luego esta lucha no se definirá de la
noche a la mañana. Será prolongada y
tendremos que esperar a que sea la
práctica tanto de la revolución mundial
como de la revolución colombiana la que
cancele irrecusablemente el conflicto
más apasionante de nuestra época, e
inaugure una era completamente nueva: la
era de la cabal consolidación del
socialismo en todo el planeta.
Ustedes han venido aupando en Colombia
la andanada antichina que los
revisionistas soviéticos esparcen por
doquier sin vergüenza ni principios. La
característica principal de esta campaña
es la calumnia y la falsificación
descarada de los hechos. Y la han
arreciado sin importarles el que con
ella se atente contra el entendimiento
en la UNO y contra la unidad de las
fuerzas populares, no obstante predicar
de palabra a cada rato que ustedes están
por dichos entendimiento y unidad.
Nosotros no hemos respondido aún, pero
tomamos atenta nota del sartal de
sandeces y dislates. Aguardamos en parte
a clarificar primero los problemas de la
Unión Nacional de Oposición, de la
unidad del movimiento sindical, del
frente único en Colombia y de la
política revolucionaria consecuente a
seguir ante el gobierno lopista de
hambre, demagogia y represión. Y en
parte, a desbaratar el infundio de que
el MOIR se mueve dogmáticamente,
accionado a control remoto. Hemos
demostrado hasta la saciedad nuestro
ánimo unitario, nuestro celoso respeto
por los compromisos contraídos, y si
entramos en contradicción con nuestros
aliados es porque nos asisten razones de
principio que no podemos menos de
plantear públicamente, en bien exclusivo
de la unidad del pueblo colombiano y de
su revolución. La polémica la estamos
adelantando con firmeza pero con altura
y así continuará siendo en el futuro,
contra el estilo de “a piedra y lodo”,
como parece ser la consigna de ustedes.
Esta carta es una prenda de ello. Hemos
procurado que todas nuestras críticas
estén respaldadas por documentos cuya
existencia es incontrovertible.
Reconocemos los aportes que el Partido
Comunista y su militancia han dado al
proceso unitario de los últimos tres
años. ¿Cómo fue posible que el MOIR haya
concertado una alianza tan larga con una
fuerza política que se ubica en la
corriente revisionista contemporánea? Ha
obedecido a circunstancias muy
particulares de la revolución
colombiana. Pero, por sobre todo, a que
logramos acordar un programa conjunto
que interpretó cabalmente los rasgos
esenciales de la revolución nacional y
democrática de la presente etapa
histórica de nuestro país. Un programa
que proclama como principal objetivo la
lucha por la liberación nacional y por
la construcción de una patria soberana,
popular y democrática, en marcha hacia
el socialismo. Y la lucha por la plena
soberanía independencia y autonomía de
las naciones es una declaratoria de
guerra no sólo contra las fuerzas
imperialistas sino contra el
revisionismo contemporáneo. La
consecuencia con que se participe en
esta lucha en Colombia por la plena
soberanía, la independencia y autonomía
de las naciones será la frontera
divisoria por excelencia entre el
marxismo-leninismo y el revisionismo.
Desde luego que existen otras
divergencias que iremos dilucidando con
el tiempo. Han quedado tocadas algunas
de ellas como la concepción acerca del
Estado del ejército, de la construcción
del partido y del papel de primerísima
magnitud que le ha correspondido
desempeñar en la actualidad al Partido
Comunista de China y a su máximo
dirigente, el camarada Mao Tsetung.
La lucha ideológica que se vislumbra
está llamada a imprimirle un impulso
cualitativamente nuevo a la resolución
colombiana. Y el terreno se halla
abonado para que se desarrolle con
altura y objetividad. Esta es otra de
las conquistas de la Unión Nacional de
Oposición, porque ya no será posible
impedir la discusión de los grandes
problemas de la evolución colombiana con
la inveterada costumbre de descalificar
a los contradictores con acusaciones
macartistas de derecha o de “izquierda”.
El MOIR ha ganado en campo abierto el
derecho a que sus concepciones sean
escuchadas y tenidas en cuanta por las
fuerzas revolucionarias. De nuestra
parte estaremos siempre prestos a
atender las críticas que nos hagan los
revolucionarios.
CONCLUSIONES
La supervivencia de la Unión de
Oposición es una necesidad para las
fuerzas revolucionarias de Colombia. Sin
embargo, atraviesa por un momento de
profunda crisis y enormes dificultades,
las cuales no podrán ser solventadas más
que como producto de un gran
replanteamiento. Replanteamiento que
resuelva sus actuales contradicciones
internas y le permita avanzar tanto
cuantitativa como cualitativamente, es
decir, que logre vincular a sus filas
nuevos contingentes de lucha y vaya
colocando bajo su dirección poco a poco
todos y cada uno de los problemas
importantes de la lucha revolucionaria
colombiana. El MOIR está dispuesto a
propiciar este replanteamiento mediante
la discusión fraternal con el Partido
Comunista, el Movimiento Amplio
Colombiano y demás organizaciones de la
UNO.
Proponemos que se ventilen estos cinco
puntos:
1) Los problemas de la “dirección
compartida” en la Unión Nacional de
Oposición;
2) La política frente al régimen de
Alfonso López Michelsen;
3) La acción parlamentaria unificada,
con base en el principio de la
vigilancia de los electores sobre los
elegidos;
4) La solución a las contradicciones del
proceso de unidad sindical, y
5) La ampliación de la UNO con nuevas
fuerzas pertenecientes o provenientes de
cualquier corriente política, con base
en el acatamiento del programa y demás
resoluciones compartidas.
Igualmente discutiremos los asuntos que
consideren convenientes los aliados.
Estos cinco puntos son las mínimas
cuestiones que a nuestro entender
requieren urgente atención. Sobre cada
uno de ellos hemos fijado en esta carta
el criterio de la dirección del
Movimiento Obrero Independiente y
Revolucionario, la cual engloba para las
circunstancias actuales nuestra posición
consecuentemente unitaria. Ustedes
tienen la palabra.
Fraternalmente,
MOVIMIENTO OBRERO INDEPENDIENTE
Y REVOLUCIONARIO
Comité Ejecutivo Central
Septiembre de 1975.
NOTAS
[1] “Las posiciones
oportunistas del MOIR (I)”. “Voz
Proletaria”, 3 de abril de 1975, pág.
5.
[2] “Las
posiciones...(II). “Voz Proletaria”,
10 de abril de 1975, pág. 5.
[3] “Informe político
al Pleno del Comité Central del
Partido Comunista de Colombia,” 11 y
12 de abril de 1975. “Voz Proletaria”,
suplemento, 17 de abril de 1975, pág.
[4] “Las
posiciones...(I), Citado.
[5] “La hora es de
unidad y de combate”. TRIBUNA ROJA,
diciembre de 1972, págs. 2 y 4.
[6] “Declaración del
Comité Ejecutivo Central Comunista”.
“Documentos Políticos, enero – febrero
de 1970, pág. 94.
[7] “Informe Político
al Pleno Comunista”. “Documentos
Políticos”, mayo-junio de 1970, págs..
40 y 57.
[8] Resolución política
del XI Congreso del Partido Comunista
de Colombia”, 6 al 10 de diciembre de
1971. “Documentos del XI Congreso”,
Editorial Colombia Nueva, 1972 pág.
55.
[9] “Informe al Pleno
del Comité Central “. “Documentos
Políticos”, noviembre-diciembre de
1972, pág. 52.
[10] Editorial de
“Documentos Políticos”,
septiembre-octubre de 1973, pág. 5.
[11] Informe al pleno
del Comité Central del Partido
Comunista”. “Documentos políticos”,
mayo-junio de 1972, pág. 31.
[12] “Resolución
política del XI Congreso”. Citado,
pág. 56.
[13] “Luchemos por una
política proletaria”. “TRIBUNA ROJA”,
julio de 1971, pág. 2.
[14] “La hora es...”.
Citado pág. 3.
[15] “Algo más sobre la
política de “Unidad y Combate”.
TRIBUNA ROJA, julio de 1971, pág. 2.
[16] Gilberto Vieira
dijo en la convención de la UNO de
septiembre de 1973 que “los comunistas
no veremos a la UNO como un mero
aparato electoral, sino como la
semilla del Frente Patriótico de
Liberación Nacional”. “Voz
Proletaria”, 27 de septiembre de 1973,
pág. 5.
[17] “Programa de la
UNO”. TRIBUNA ROJA, octubre de 1973,
pág. 1. [18] “Informe político” al XI
Congreso. Ob. Cit., pág. 42.
[19] La primera cita es
del reportaje a Gilberto Vieira,
“Experiencias, de los diputados y
concejales comunistas”. “Documentos
políticos”, marzo-abril de 1972 pág.
88. La segunda cita corresponde al
reportaje que le hicieron H. Valverde
y O. Collazos a principios de 1972 y
publicado en 1973 en el libro
“Colombia tres vías a la revolución”.
Círculo Rojo Editores, pág. 69.
[20] Documentos
políticos cit. Pág. 4 [21] “La hora
es. Citado pág. 3. [22] “Vamos a la
lucha electoral” TRIBUNA ROJA, enero
de 1972, Pág. 2.
[23] Gilberto Vieira.
Reportaje “Colombia tres vías...”
Citado, págs.. 76 y 77.
[24] “Algo más” citado
de págs.. 9 y 10.
[25] Editorial de
“Documentos Políticos”. Citado pág. 5.
[26] “Las
oposiciones...citado pág. 4.
[27] “Las
oposiciones...citado pág. 5.
[28] “La Hora es...”
citado pág. 4.
[29] “Algo más...”
citado pág. 5.
[30] Francisco
Mosquera. Discurso en la convención de
la UNO, del 23 de septiembre de 1973,
TRIBUNA ROJA, octubre de 1973 pág. 10
[31] Ídem, pág. 10.
[32] Informe aprobado
por el pleno del Comité Central del
Partido Comunista de Colombia,
mayo17-19 de 1974. “Documentos
Políticos”, No. 110, pág. 84.
[33] “Informe al pleno
de Comité Central del Partido
Comunista de Colombia,” 8 y 9 de
diciembre de 1973, “Documentos
Políticos”, noviembre-diciembre de
1973, págs. 10 y 11. [34] Discurso
Mosquera. Citado, pág. 10. El párrafo
del discurso del camarada Mosquera al
que pertenecen las palabras
transcritas, es el siguiente:
“La amplitud del frente
electoral que hemos conformado está
condicionada por el real desarrollo de
las fuerzas revolucionarias de
Colombia. Se estudiaron todas las
perspectivas. Se discutieron varias
soluciones. La posición oportunista y
vacilante de la dirección de la
Alianza Nacional Popular, su
altanería, su desprecio hacia las
fuerzas de la izquierda impidieron
llegar desde su comienzo a acuerdo con
ella para la campaña electoral. En
definitiva, nos hemos guiado por el
criterio de que es preferible
constituir un frente que, aunque
pequeño, le pueda presentar al pueblo
una verdadera alternativa
revolucionaria”.
[35] “Algo
más...”Citado pág. 2.
[36] Ídem, pág. 2.
[37]“ La UNO ha
cumplido y seguirá cumpliendo”,
TRIBUNA ROJA, 11 de abril de 1974,
pág. 2.
[38] “¡Que en esta
campaña avance la lucha popular1”.
TRIBUNA ROJA, 28 de febrero de 1974,
pág. 2.
[39] El 13 de febrero
de 1975, el Consejo ejecutivo del
Movimiento Amplio Colombiano anunció
la expulsión de Hernando Echeverri
Mejía, Iván López Botero y Ciro Ríos
Nieto.
Los dos primeros
senadores y e último representante a
la Cámara. El compañero Gilberto
Zapata Isaza, también representante a
la Cámara por el MAC, es el único
parlamentario de ese partido que han
tenido una posición revolucionaria
acorde con los principios pregonados
en la campaña electoral y con las
directrices de los organismos
superiores de la UNO.
[40] Mediante la
declaración pública de enero de 1975,
el Comité Regional del MOIR de
Risaralda hizo conocer su posición
autocrítica por las orientaciones y
actuaciones de su acción en el Consejo
de Pereira. Los errores consistían en
no diferenciar radicalmente la línea
revolucionaria de la politiquería
tradicional de todas las fracciones en
que, por apetitos burocráticos, se
hallan divididos los partidos
tradicionales en dicho departamento,
con lo que se desfiguró la lucha del
MOIR y la Uno y se perjudicó al
pueblo. Tales desviaciones fueron
ejemplarmente corregidas.
[41] “La UNO ha
cumplido...”. Citado, pág. 2.
[42] Las
posiciones...(IV)”. “Voz Proletaria”,
24 de abril de 1975, pág. 4.
[43] “Las
posiciones...(I). Citado
[44] Gilberto Vieira.
Discurso de la UNO, julio 14 de 1974.
“Voz Proletaria”, suplemento, 18 de
julio de 1974. pág. 2.
[45] Discurso Mosquera.
Citado, pág. 9.
[46] “Las
posiciones...(I)”. Citado.
[47] “Que en esta
campaña....”.Citado, pág. 2.
[48] “Informe al pleno
del Comité Central del PC, mayo 17-19
de 1974. Citado. “Documento Políticos”
No. 110, págs. 76, 77, 78 y 79. [49]
“Declaración del Partido Comunista de
Colombia sobre la política del
gobierno” del Comité Ejecutivo
Central, noviembre de 1974. “Cuadernos
Políticos” No. 3. Editorial Colombia
Nueva, págs. 15-16 [50] “Informe
político al Pleno del Comité Central
del Partido Comunista de Colombia”, 11
y 12 de abril de 1975, págs. 2 y 4.
[51] Alfonso López
Michelsen. Discurso en la convención
liberal, “El Tiempo”, 1° de julio de
1973.
[52] “Alfonso López
Michelsen. Discurso de San Antero, “El
Tiempo”, 6 de diciembre de 1973.
[53] Anales del
Congreso, No. 120 del 7 de septiembre
de 1967. Tomado de la obra de Jaime
Vidal Perdomo: “Historia de la reforma
constitucional de 1968 y sus alcances
jurídicos”. Publicaciones de la
Universidad Externado de Colombia.
Bogotá, 1970, págs. 72 y 73. [54]
Alfonso López Michelsen. “Posdata a la
alternación”. Populibro. Editorial
Revista Colombiana. Bogotá, 1970, pág.
339.
[55] El discurso del
camarada Francisco Mosquera no ha sido
publicado en TRIBUNA ROJA, pero una
copia de él fue entregada a la
dirección de “Voz Proletaria”, que
produjo apartes. En una próxima
edición de nuestro periódico
imprimiremos su texto completo, junto
a otros documentos relacionados con la
Unión Nacional de Oposición. [56]
Editorial de “Voz Proletaria”, 5 de
junio de 1975, pág. 3.
[57] Alfonso López
Michelsen. Reportaje a Revista Arco,
septiembre de 1972. Tomado del folleto
“Un mandato claro”. Canal Ramírez
Antares, julio de 1973, pág. 35.
[58] Alfonso López
Michelsen. Discurso en Armenia, “El
Tiempo”, 4 de marzo de 1974.
[59] Gilberto Vieira.
Reportaje citado, “Colombia tres
vías...”, pág. 69.
[60] Editorial de “Voz
Proletaria”, 5 de junio de 1975, pág.
3.
[61] Editorial, “Voz
Proletaria”, 12 de junio de 1975, pág.
3.
[62] “PC y MAC analizan
situación. “Voz Proletaria”, 12 de
junio de 1975, pág. 5. Esta
declaración fue posteriormente
rectificada por el Movimiento Amplio
Colombiano en un comunicado de su
Consejo Ejecutivo Nacional.
[63] La primera cita,
del MOIR, hace del discurso de F.
Mosquera y la del PC; corresponde al
discurso de G. Vieira, pronunciados el
14 de julio de 1974, en la convención
del a UNO. Ambos discursos ya han sido
citados.
[64] “Resolución de la
Convención Nacional de la UNO”, julio
13 y 14 de 1974.
[65] “Incompatible ser
de la UNO y sabotear a la CSTC”.
“Declaración del PCC”: “Voz
Proletaria”, 19 de julio de 1975, pág.
5.
[66] Apartes de informe
leído en la “Conferencia de Dirigentes
Sindicales Comunistas de Bogotá”, 11
de noviembre de 1972. “Voz
Proletaria”, suplemento “Ideología”,
23 de noviembre de 1972, pág., 5.
[67] “La hora es...”.
Citado, pág. 5.
[68] “Mensaje de Año
Nuevo del a CSTC”. “Voz Proletaria”, 9
de enero de 1975, pág. 5.
[69] “declaración de la
CSTC” del 24 de enero de 1975. “Voz
Proletaria”, 30 de enero de 1975, pág.
5.
[70] “Posiciones
ideológicas en torno al congreso
sindical” (Luis Hernán Sabogal).
“Documentos Políticos”, marzo-abril de
1975, pág. 10.
[71] “Algo más...”.
Citado, pág. 5.
[72] “Las
posiciones....( I )” Citado, pág. 5.
[73] “informe al plano
del Comité Central del Partido
Comunista”, 29 y 30 de junio y 1 de
julio de 1973. “Documentos Políticos”,
mayo-junio de 1973, pág. 23.
[74] “Informe al pleno
del Comité Central del Partido
Comunista 8 y 9 de diciembre de 1973.
“Documentos Políticos”,
noviembre-diciembre de 1973, págs. 18
y 19.
Carta abierta enviada
por el Comité Ejecutivo Central del
Movimiento Obrero Independiente y
Revolucionario al Comité Ejecutivo
Central del Partido Comunista de
Colombia.
"TRIBUNA ROJA", No. 16,
septiembre 12 de 1975.