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Francisco
Mosquera
Resistencia
Civil
III
APERTURA ECONÓMICA Y SOBERANÍA
NACIONAL
LOS
COLOMBIANOS DECIDIRÁN SU PORVENIR
SIN INTROMISIÓN AJENA
Julio 15 de 1977
Discurso pronunciado en el Teatro
Jorge Eliécer Gaitán con motivo del
lanzamiento de la candidatura
presidencial de Jaime Piedrahita
Cardona por el Frente por la Unidad
del Pueblo, FUP. Publicado en Tribuna
Roja No. 27, primera quincena de
agosto de 1977.
Compañeras y
compañeros:
Advertíamos el 18 de febrero que el
movimiento unitario que de tiempo
atrás vienen gestando las fuerzas
revolucionarias colombianas se
desplaza a paso de carga,
fortaleciéndose cada vez que en su
camino brotan obstáculos artificiales
o reales que pretenden vanamente
contenerlo y ganando con el
transcurrir del calendario en
extensión y profundidad. Este 15 de
julio vuelve y ratifica la vigencia
histórica de la unidad del pueblo que
estamos propiciando. Una política
consecuentemente unitaria, que no
inventa pretextos para excluir a las
organizaciones y personas dispuestas a
batallar hombro a hombro con nosotros
contra el imperialismo norteamericano
y sus lacayos que depauperan y
deshonran a Colombia; una política que
no florece ni marchita ramilletes de
candidaturas presidenciales, según
vayan aconsejando circunstanciales
intereses de secta, ni sacrifica la
gran batalla por el frente único
antiimperialista, a cambio del
inoportuno y pequeño pleito por aislar
a uno o varios partidos susceptibles
de contribuir al debilitamiento de los
enemigos principales; una política, en
fin, que no necesita recurrir a la
amenaza ni al halago, porque se halla
sólidamente engastada sobre una base
inmodificable de principios, por los
cuales hemos luchado, hasta
generalizar el convencimiento de que
la unidad del pueblo únicamente será
viable mediante la observancia de
tales principios mínimos y
definitorios.
Si echamos una mirada retrospectiva a
los últimos cinco años observamos cómo
la revolución colombiana ha obtenido
ciertamente conquistas de enorme
importancia. Después de haber hecho
conciencia de que su triunfo en esta
etapa será fruto de la alianza de
todas las clases, sectores y partidos
antiimperialistas, ha estado
inclinando a su favor la prolongada
contienda porque dicha alianza se
concrete en torno a un programa que
contemple las reivindicaciones
fundamentales económicas y políticas
de las diversas fuerzas integrantes
del pueblo, y a través de la estricta
aplicación de unas normas democráticas
de relación y funcionamiento. Los
conatos de frentes revolucionarios en
Colombia han fracasado o por falta de
claridad acerca de los postulados
programáticos o por desconocimiento de
la democracia en su organización. Por
eso no transigimos cuando se intenta
prescindir o socavar estas dos piedras
angulares de la unidad.
Ustedes recuerdan que
no hace mucho ciertos grupos de los
que prefabrican argumentos para poder
combatirnos, nos increpaban
injustamente el que no tuviéramos una
concepción de largo alcance del
frente, sino criterios meramente
electorales del mismo. Olvidando esta
acusación, algunos de ellos, ante la
evidencia de que los plazos de espera
se han vencido y de que entramos por
la fuerza de los días en el terreno de
las definiciones, nos han propuesto a
última hora que elaboremos una simple
plataforma programática electoral, sin
pretensiones estratégicas, a la cual
nos sumemos todos e impidamos la
división de la izquierda. Es decir,
que se merme el programa para que se
engrose el frente. ¿Cuáles serían los
objetivos de semejante avenimiento?
Batallar contra la carestía, contra el
desempleo, contra el hambre, contra el
analfabetismo, contra el estado de
sitio, contra las reformas
oligárquicas y en pro de una que otra
reforma progresista. En una palabra,
que utilicemos el debate electoral
para arremeter primordialmente contra
los efectos de la crisis de la
sociedad que agoniza y silenciemos las
causas y las soluciones
revolucionarias de aquélla. Triste
papel para una revolución que además
de ir a elecciones manipuladas por sus
enemigos y de someterse por su
relativa debilidad a comicios cuyas
reglas de juego son la negación misma
de la democracia, renuncia
voluntariamente a la única ventaja que
le reporta la lucha electoral, cual es
la de educar y organizar al pueblo con
las explicaciones justas concernientes
al origen de todos los males de la
nación y de las masas, sin dejar de
condenar concretamente a los
beneficiarios y sustentadores del
orden caótico y despótico que
languidece, y sobre todo con la
propaganda y agitación de las
transformaciones revolucionarias que
pide y permite el desarrollo social
del país.
Lo contrario sería contaminarnos del
oportunismo de los partidos
tradicionales que suelen maldecir
también los resultados de su
catastrófica gestión de más de siglo y
medio y ofrecen en cada período
eleccionario bálsamos que son peores
que las enfermedades que dicen atacar.
¡Acaso López Michelsen, por ejemplo,
no denunció el alto costo de la vida
legado por el gobierno de Pastrana y
alardeó demagógicamente con que su
mandato sería un paraíso de garantías
y buenaventuras! Y tras este mercader
de milagros hubo grandes romerías de
creyentes, incluyendo no pocos
conmilitones de la oposición que
disimulaban su impudicia con los
conjuros de que apoyaban lo "bueno"
pero combatirían lo "malo" del
lopismo. Hoy el alza de los precios es
varias veces superior a la de
cualquiera de los regímenes
frentenacionalistas y el estado de
sitio, al igual que en los tres
decenios anteriores, ha sido la forma
predilecta de gobernar por los
continuadores de la coalición
liberal-conservadora, proimperialista,
con su cuadro dantesco de obreros,
campesinos, estudiantes e indígenas
asesinados, sindicatos ilegalizados,
universidades allanadas, dirigentes
populares encarcelados y poblaciones
enteras reprimidas y escarnecidas.
Debido a ello, contra toda la feria de
ilusiones, levantamos la denuncia de
que este cuatrienio era antes que nada
un "mandato de hambre, demagogia y
represión", que hoy corean sin
distingos los explotados y oprimidos
de Colombia.
Vale la pena agregar y destacar que la
campaña en cuyos umbrales nos
encontramos, a pesar de sus
complejidades y larga duración, se
llevará a cabo en condiciones
excelentes para las fuerzas
revolucionarias. Desde los cuatro
vientos nos llega el mensaje del
descontento y la rebeldía creciente de
las masas trabajadoras; el
proletariado reagrupa sus filas bajo
sus banderas de clase; los campesinos
impulsan sus organizaciones
independientes de la influencia
oficial y sus acciones estremecen las
zonas rurales, y los estudiantes,
educadores y artistas revolucionarios
no le ceden al régimen y con sus
proclamas reavivan el pebetero de la
nueva cultura. La revolución avanza
firme, segura, inconteniblemente. Esto
por una parte, y por la otra, los
imperialistas norteamericanos y la
minoría oligárquica vendepatria que
los sustenta afrontan grandes
dificultades en el obstinado empeño de
mantener a Colombia atada a su
coyunda. Sus medidas son cada vez
menos efectivas para apacentar el
rebaño. La coalición imperante se
desgasta y fatiga en camorras
internas, sin hallarle una salida
satisfactoria a sus insalvables
contradicciones. La hidra de la
corrupción devora uno a uno los
miembros del cuerpo
burocrático-militar del Estado, sin
excluir a la familia presidencial, que
descuenta por derechas sumas
incalculables en escandalosos
negociados por los servicios cumplidos
a la patria de los Corleone de las
altas finanzas y de la gran propiedad
inmobiliaria. El pánico les sube con
las mutifacéticas manifestaciones
cotidianas de la descomposición
prevaleciente, al ver cómo se les va
desplomando en sus propias narices el
reino dorado que creían sempiterno. Ni
con el espantapájaros del golpe
cuartelario lograrán restar el empuje
a la revolución, ya que los
desposeídos de las estribaciones de
las tres cordilleras andinas también
han hecho suya la enseña inmortal de
Espartaco: los esclavos no tienen más
que perder que sus cadenas. Y tienen,
en cambio, un mundo por ganar. Por
consiguiente saludamos alborozadamente
la crisis, hasta que toque fondo, a
sabiendas de que las cosas han de
dañarse por completo para que puedan
remediarse y comprendiendo que entre
más avanzada sea la noche más cercano
estará el amanecer.
¿En tan favorable situación cómo
vamos, pues, a encarar los
revolucionarios el debate electoral?
Cuando los politicastros de la
reacción han comenzado a hablar contra
el hambre y el paludismo, como lo han
hecho toda una vida, agregando que
estas calamidades del pueblo carecen
de color político, ¿nos limitaremos
nosotros a referirnos a los efectos,
mas no a las causas y soluciones de la
crisis? De ninguna manera. Desmontemos
de una vez por todas este embeleco tan
manido. En Colombia el hambre y el
paludismo han sido
liberal-conservadores. Las dolencias
del país y de las masas obedecen a la
política antinacional y antipopular de
los partidos tradicionales, y de sus
jefes desacreditados, principalmente a
la entrega y sometimiento de la nación
a la expoliación del imperialismo
norteamericano, a los privilegios
consentidos y multiplicados de un
circulo microscópico de grandes
burgueses y grandes terratenientes por
parte de todos los gobiernos,
incluyendo desde luego a éste que
padecemos de la autodenominada
"esperanza" al que constitucionalmente
todavía le falta más de un año de
existencia, pero al que ya le están
buscando con afán en medio de
estrepitosa gresca un sucesor de su
estirpe, de sangre fría.
Si ésas son las causas de su
postración, el cambio salvador que
requiere el país debe partir de la
independencia nacional y del
derrocamiento revolucionario de la
minoría acaudalada y tiránica a cargo
del Poder unido de obreros, campesinos
y demás fuerzas laboriosas y
patrióticas. Trocar estos
planteamientos orientadores que la
revolución ha ido popularizando en un
proceso ganancioso, por un programa
electoral de reformas, resultaría una
transacción inadmisible. La conquista
de la república democrática de todas
las clases revolucionarias, en pie de
igualdad, representa en la Colombia
actual el tránsito obligado hacia el
socialismo; y el logro de la
independencia nacional configura la
más valiosa ayuda que podamos ofrecer
a los pueblos que luchan contra el
imperialismo y por su emancipación.
Además, la exhortación al acatamiento
a la soberanía y autodeterminación de
las naciones no es exclusivamente la
bandera para enarbolar ante los
piratas del capital internacional,
sino que debe ser el principio básico
del internacionalismo practicado por
los países socialistas. Sin la defensa
consecuente de la consigna
programática de la liberación nacional
y de la nacionalización de los
monopolios jamás conseguiremos unir y
organizar al pueblo colombiano en pos
de su destino histórico, así como
tampoco contaremos con el respaldo
determinante del campesinado a la
revolución, sin solidarizarnos
integralmente con su exigencia más
sentida: confiscar la tierra de la
clase terrateniente y repartirla entre
los campesinos que la trabajan.
Bastarán estas victorias
revolucionarias para que Colombia
resuelva en lo fundamental los
protuberantes problemas de alimentos,
empleo, salud, educación, vivienda y
se enrumbe hacia la industrialización
moderna. He ahí la esencia del
programa que aprobamos del 18 de
febrero y que estamos sometiendo a la
consideración de las fuerzas
populares. En síntesis, como lo
precisamos desde 1972, los
revolucionarios no hacemos un programa
para ir a las elecciones, vamos a las
elecciones para promover el programa
de la revolución.
De igual manera seguiremos una línea
de principios para explicar otros
asuntos de controversia actual,
relativos a la represión violenta, el
estado de sitio, la ordenación
antidemocrática de los comicios, los
golpes palaciegos, cual sustentáculos
a los que el imperialismo
norteamericano recurre
alternativamente, por intermedio de
las clases serviles, para mantener su
control neocolonial sobre la inmensa
mayoría de países de América Latina.
Cuando les falla uno echan mano del
otro sin el menor escrúpulo. Pregonan
que no habrá delitos de opinión y
cuando el pueblo hace realidad el
derecho a la libre expresión,
entonces, tras la cortina de tanques y
cañones, amenazan con que ellos sí
tienen una opinión muy peculiar sobre
el delito. Hablan de concertar con los
obreros una política de ingresos y
salarios y, a la hora de la verdad,
éstos se ven sitiados por las tropas
que a las puertas de sus sedes
sindicales los conminan a aceptar a
culatazos las despreciables ofertas de
funcionarios y patronos. Llaman a
decidir las polémicas de interés
público por medio de las urnas pero si
los resultados les son adversos, las
deciden por medio de las armas. Nos
sobran muchas y aleccionadoras
experiencias, tanto de Colombia como
de los países hermanos del Continente,
para ilustrar el comportamiento de
esta falsa democracia contra la cual
peleamos y que termina allí donde
comienzan las demandas de las masas
trabajadoras. El presidente Lleras
Restrepo, quien aspira a la
reelección, a los dos días de los
sufragios ganados abrumadoramente por
Rojas Pinilla en 1970, detuvo a la
jefatura anapista, implantó el toque
de queda a las ocho de la noche y
acomodó un fraude de más de medio
millón de votos para imponer a la
fuerza a Misael Pastrana, el candidato
vencido de la coalición dominante. Ese
mismo año Salvador Allende triunfaba
electoralmente en Chile y el 11 de
septiembre de 1973 entrega con
ejemplar heroísmo su vida, enfrentando
a la jauría uniformada que había
jurado tutelar la constitución y las
leyes de la nación austral. Con el
sacrificio del mandatario chileno
expiró la quimera revisionista de la
"vía electoral" hacia el socialismo,
que obnubiló a no pocos luchadores
antiimperialistas y que fue propalada
con especial euforia al inicio de los
años 70 en Latinoamérica y otras zonas
del orbe. Recojamos las preciosas
enseñanzas de la historia y alertemos
en esta batalla comicial a las más
amplias masas acerca de la farsa y del
carácter falaz de la democracia de las
clases oligárquicas. Vinculémonos
estrechamente a los obreros y
campesinos para afrontar las
provocaciones del enemigo y preparar,
a la luz de la teoría revolucionaria
del Estado, las condiciones que
faciliten al final la victoria de la
toma revolucionaria del Poder por un
frente único de liberación nacional.
Aclarada la cuestión del programa, la
conformación y desarrollo en las
circunstancias colombianas del frente
unido revolucionario, dependen de unas
normas mínimas de relación y
funcionamiento que acerquen y no
distancien a los contingentes
partidarios de la unidad. Sobre ello
también encontramos ricas experiencias
a nivel nacional e internacional. Sin
un entendimiento erigido en el respeto
mutuo de las agrupaciones aliadas no
será posible alcanzar la necesaria y
eficaz cooperación para proseguir
exitosamente la lucha contra la vieja
coalición burgués-terrateniente
proimperialista que, a pesar de sus
disensiones internas, aún cuenta con
la iniciativa táctica para mantener,
por lo menos durante un determinado
período, la correlación de fuerzas a
su favor. Dentro del frente la
contradicción entre la autonomía
ideológica y orgánica primordiales y
la colaboración y acción conjunta
indispensables de las diversas
organizaciones partidarias, la
resolvemos con los métodos
democráticos de la consulta y
discusión, de la crítica y de la
dirección compartida. Siempre hemos
creído que el proletariado colombiano
no podrá ejercer su papel dirigente de
la revolución en la etapa actual, sino
a través del frente unido con las
otras clases aliadas y mediante la
defensa y aplicación en lo
organizativo de los principios de la
democracia. La intriga, el estilo de
los hechos cumplidos, los
procedimientos hegemónicos y
despóticos, la intromisión en los
asuntos internos de los aliados van
horadando la unidad y transmutando sin
saberlo a los partidos revolucionarios
que se distingan por tales conductas
en pequeñas bandas fascistoides. Nadie
en el ámbito de la revolución se debe
sentir aludido por el énfasis que
ponemos en estas premisas elementales.
Por el contrario, pensamos que el
esclarecimiento que se haga al
respecto contribuirá a unir a los
comunistas auténticos, a los
demócratas revolucionarios y a los
patriotas sinceros dentro de la
poderosa corriente unitaria en
movimiento, que aglutinará a la larga
al 90 por ciento y más de la población
colombiana y se constituirá en
alternativa redentora de Colombia.
El Frente por la Unidad del Pueblo que
hemos decidido fundar los
participantes del II Foro Nacional de
la Oposición Popular y Revolucionaria,
pugnará por interpretar fielmente la
línea unitaria de las clases y
sectores antiimperialistas. La
escogencia de Jaime Piedrahita Cardona
como máximo personero nuestro en la
batalla electoral que hoy abrimos, es
otro acierto en la lid en que nos
encontramos todos comprometidos por
sacar adelante los vitales intereses
de la revolución. Durante los últimos
años de esta tortuosa marcha, ninguno
como él se destacó tanto en el
esfuerzo tendiente a facilitar el
entendimiento de las fuerzas
revolucionarias. Con paciencia,
lealtad y tenacidad ha estado siempre
dispuesto a mediar e intercambiar
puntos de vista, inclusive con
quienes, proclamándose conviventes,
malgastaron su ingenio en el propósito
trunco de desbaratar la ingente labor
de rescatar en provecho de la causa
popular lo combativo y avanzado de la
ANAPO. El lanzamiento de su nombre
como candidato presidencial del Frente
por la Unidad del Pueblo, por lo
tanto, no encarnará un impedimento,
sino que jalonará la más vasta alianza
que reclaman insistentemente los
comuneros de la segunda independencia.
Quiero, finalmente, recalcar el
sentido de unas palabras repetidas con
frecuencia por Jaime Piedrahita y José
Jaramillo Giraldo, un llamamiento que
quedó insertado en la Declaración
Política del I Foro del 18 de febrero,
algo que el MOIR viene exteriorizando
desde hace mucho tiempo y simboliza el
más ferviente deseo de los asistentes
a este acto extraordinario: el ánimo
inquebrantable que nos mueve a agotar
los medios a nuestro alcance para que
contra la oligarquía lacaya del
imperialismo norteamericano haya sólo
un frente de la izquierda. Continuamos
dispuestos a discutir las diferencias
con el Partido Comunista y demás
organizaciones y personalidades
opuestas al régimen, con el objeto de
buscar las soluciones positivas para
la creación de una alianza única, que
aproveche por completo las progresivas
dificultades del enemigo común, la
coalición liberal-conservadora; que
siga tras las metas programáticas de
la revolución libertadora; que se rija
por normas democráticas de relación y
funcionamiento; que no se alinee
internacionalmente y que sepa
interpretar en los frecuentes
disturbios de la ciudad y el campo, la
indomeñable voluntad de los sometidos
y acallados de levantarse como otros
pueblos sobre sus propios pies y
decidir su porvenir sin intromisión
ajena!
¡Viva Jaime Piedrahita
Cardona!
¡Viva el Frente por la
Unidad del Pueblo!
¡Viva la unión de los
oprimidos contra los opresores!
A
PROPÓSITO DE LA MESA REDONDA SOBRE
LA MUJER
Marzo de 1982
Publicado en Tribuna Roja No. 42,
marzo de 1982
La propuesta de llegar
a los distintos frentes del trabajo
del Partido, hurgar en sus
dificultades e inquietudes, conocer
sus experiencias para luego verterlas
sobre los lectores, nos parecía a
todos en la comisión de redacción del
periódico, algo necesario, a más de
novedoso. La militancia, especialmente
la que a punta de persistencia se ha
tornado perita en determinada
actividad, tiene mucho de interés que
contarles a los inconformes e
insumisos de Colombia. Lo que no
atinábamos era en la forma de hacerlo
ni el por dónde empezar. ¿Por los
activistas campesinos? ¿Los dirigentes
sindicales? ¿Los artistas? ¿Mediante
investigaciones? ¿Reportajes?
¿Crónicas? Cuando a alguien se le
ocurrió sugerir, en aquella reunión de
evaluación, que citáramos a unas
cuantas camaradas "para que en mesa
redonda nos dijeran cómo les va en su
labor revolucionaria en un país que
discrimina horrendamente a la mujer"
comprendimos de súbito que había dado
en el blanco.
Se trataba de un tema relativamente
inexplorado, a pesar de las reiteradas
preocupaciones que a través de los
años ha suscitado en nuestras filas; y
que, dentro del estilo del MOIR de ir
resolviendo los problemas por partes,
bien podría haberle sonado su hora más
oportuna. Varios elementos parecen
corroborar esta apreciación. Antes que
nada, la existencia de un nutrido
destacamento de miembros femeninos del
Partido que paulatinamente ha
descollado en las más disímiles
tareas, cuya conducta desbroza un
camino a seguir y le suministra una
sustentación viva, tangible, al viejo
y discutido principio de que la mujer,
igual que el hombre, es capaz de
concurrir eficazmente en los múltiples
terrenos del menester social. Ellas
realizan un esfuerzo superior al de
sus compañeros de lucha, puesto que
además de encarar los embates
ideológicos y propagandísticos de la
reacción predominante y las medidas
punitivas de los custodios de la ley,
han de sobreponerse con valentía a los
prejuicios que sobre el llamado sexo
débil campean casi sin omisión en
todos los estratos de la sociedad. Y
se han salido con la suya, por lo
menos al conseguir entroncarse con las
masas, requisito de cualquiera acción
verdaderamente política y
revolucionaria. Aunque sólo sea un
primer paso, sabemos que el comienzo
de las cosas siempre resulta lo más
difícil.
Las entrevistadas nos hablarían, como
ocurrió, no únicamente de lo que
piensan emprender sino de lo
efectuado; no se limitarían a los
planteamientos teóricos, sino que
suministrarían abundantes enseñanzas
amasadas en la brega cotidiana. Ya
contamos con excelentes logros en este
terreno de la participación femenina
en el trajinar de la revolución,
debido primordialmente al arrojo y a
la clarividencia de decenas y centenas
de camaradas nuestras que se han
quitado los botines y metido en el
barro, resueltas a ocupar su sitio en
las diferentes líneas de combate del
Partido. Urge resaltar tales avances Y
metodizarlos, a semejanza de lo
intentado en otros campos. Habiendo
tan buena simiente, el estudio y el
debate no flotarán en el aire ni se
quedarán en mera emoción. Por el
contrario, habrán de pisar tierra
firme y traducirse en el acopio de
nuevas militantes que se decidan, por
oleadas, a imitar a quienes las
antecedieron en la lid, dentro de un
clima de cálida fraternidad y de
creciente respaldo partidario.
Otro componente del actual panorama,
con el que nos tropezamos a menudo, lo
facilita la descomposición de la
unidad familiar colombiana, ocasionada
por la quiebra galopante del sistema
vigente, que en su desmoronamiento no
perdona ninguno de los antiguos modos
de producción ni de organización
social. Los campesinos, acosados por
los terratenientes y los grandes
capitalistas, sueltan el azadón y
huyen a los suburbios de las ciudades,
en donde lejos de burlar el hambre, se
consumen en medio del paro forzoso, el
hacinamiento y la degradación total.
Por su lado, la bancarrota de la
industria nacional arroja a la calle a
millares y millares de obreros,
aumentando alarmantemente el monto de
los desocupados, muchos de los cuales
pasan a engrosar, manifiesta o
disfrazadamente, el desventurado
ejército de la mendicidad y la
rufianería. De hecho el régimen se
confiesa impotente para remediar
tantos y tan agudos males. Los
gobernantes no entienden más que el
lenguaje de los monopolios, y sus
ejecutorias se reducen a incrementar
los gravámenes al pueblo y a darle vía
libre a la especulación, operaciones
ambas oficiales convertidas en fuente
del enriquecimiento privado de la
pútrida y profusa burocracia y de la
depauperación de las gentes
laboriosas. Bajo tales pronósticos no
puede menos que presentarse un
desarreglo en todos los órdenes,
empezando por la violenta ruptura del
primigenio núcleo de la vida
ciudadana, la familia.
La rápida y turbia acumulación de
fortunas no vistas en Colombia,
exonera a las altas esferas del recato
con que han escudado siempre su
concupiscencia, y ahora hasta las
aventuras amorosas y los excesos
dionisíacos de las estatuas andantes
se controvierten en público, desde los
diarios o desde los púlpitos, en santo
olor de republicanismo. El intercambio
de esposas que escandalizó a los
tiempos camanduleros de don Rafael
Núñez y doña Soledad Román, en el
presente imprime distinción, como el
tráfico de narcóticos, entre una
burguesía hipócrita que aún continúa
discutiendo las conveniencias e
inconveniencias morales del divorcio.
Y en la base de la pirámide, en donde
la miseria se enseñorea y hace su
agosto dentro de millones de
indigentes, los hogares se desgarran
sin escapatoria. Si en esos niveles de
por sí nunca tuvieron sentido los
supuestos que regulan las relaciones
familiares de las clases poseedoras,
lo que la crisis actual destapa, atroz
e inhumanamente, a su manera, con la
prostitución decuplicada, el desempleo
expandido y la floración de los niños
desamparados, es que aquellas idílicas
imágenes de la madre bondadosa
circuida de unos hijos felices y de un
marido solícito que vela, o está en
condiciones de velar por el bienestar
de los suyos, imágenes tan caras para
los doctrinarios del bipartidismo
tradicional, constituyen para la
pobrería el más cruel de los
sarcasmos. Aunque en esta tragedia la
mujer personifique la desgracia y por
doloroso que sea el procedimiento, las
"amas de casa", aguijoneadas por las
necesidades, terminan saliéndose del
cautiverio doméstico en busca de unos
ingresos que cada vez le llegan menos
a las cuatro paredes de su universo
vacío y rutinario. Y cuando se
presentan a pedir una oportunidad para
no perecer, se estrellan con la
espantosa realidad de que, salvo
planchar, lavar y cocinar, nada han
aprendido a hacer, y de que el
desarrollo fabril se ha erigido sobre
la hipótesis de repeler el concurso
femenino. Descubre que a ellas les han
tocado en suerte los peores los más
mal pagados los más humillantes
oficios, y eso si corren con la dicha
de adquirirlos.1
Por ende en la mesa redonda, al
examinar cuáles serían los medios
adecuados de acercarnos a las mujeres
y de disponerlas para la revolución,
concluíamos que aquéllos estribaban
menos en los factores subjetivos que
en los profundos desbarajustes
sociales que acrecientan las penurias
de las masas femeninas y las obligan a
saltar a la palestra en defensa de sus
fueros. Bastará con permanecer atentos
al desenvolvimiento de la traumática
situación y allí donde por lo
intolerable de los atropellos se
exteriorice la rebeldía de las
combatientes, acudir sin falta a
secundarlas y a orientar su causa. De
ser ilusoria la visión descrita y
Colombia atravesara por un momento de
prosperidad en el que sus odiosas
instituciones no estuvieran en franca
disolución, como la de la familia
inspirada en el avasallamiento de un
sexo sobre el otro, nuestras prédicas
y consignas, por muy asentadas que
pudieran parecernos, dudosamente
fructificarían. Sucede lo que acontece
con todo proceso revolucionario, que
la conciencia, encarnada y difundida
por un reducido grupo de vanguardia,
se torna gradualmente en una virtud
colectiva, a medida que la
subsistencia misma de los trabajadores
se pone en entredicho y no encaja ya
en los antiguos y obsoletos esquemas
económicos y jurídicos. Hoy por hoy no
son sólo los sindicatos los que pelean
sus prerrogativas. Mayorías inmensas
de la población se ven empujadas al
mitin, a la asonada, a la revuelta,
tras reivindicaciones aparentemente
nimias, cuales serían derogar los
recargos en los cobros del agua y de
la luz, conquistar unos centímetros
cuadrados de alguna acera concurrida
en donde vender cachivaches, u obtener
la gracia de morir sepultado en
cualquiera de los incontables tugurios
de las zonas de erosión. Al principio
los desvalidos batallan sin claridad
respecto a las razones y soluciones de
sus calamidades, pero propensos a
cuanto les expliquen e indiquen los
sectores avanzados que se muestren
solidarios con sus más inmediatos
afanes. Hay desde luego
revolucionarios de corazón que
descuidan su adiestramiento ideológico
y poco aportan a lo que las masas
conocen ya por intuición o por
aprendizaje empírico fenómeno no tan
extraño dentro del MOIR; mas quienes
pretendan transformar el mundo
confiados exclusivamente en la justeza
de las ideas para merecer el apoyo de
unas multitudes con las cuales no los
ata otro nexo que el de las proclamas,
ni convencerán a nadie, ni averiguarán
jamás si sus juicios científicos eran
tales. En el caso que nos ocupa
encontramos una contradicción similar,
quizás más acentuada. Por un lado, un
arrume de criterios absurdos y de
costumbres anacrónicas, transmitidos a
través de miles de generaciones, que
han acabado por forjar talanqueras
mentales a veces mejor aceradas que
las cárceles del régimen; y por el
otro, una inaguantable agudización de
las penalidades del pueblo que motiva
a la mitad más apabullada de éste a
maldecir la mansedumbre y a hacer
valer sus reclamos. Al Partido le
sobran pues las coyunturas, grandes y
pequeñas, para incorporarse al
trascendental litigio planteado en pro
de la mujer y luego coronar la meta de
instruirla, organizarla y encauzarla
en el torrente incontenible de la
revolución colombiana.
Los portavoces del imperialismo y sus
lacayos, aunque posen de liberales
modernos que han roto con los vetustos
convencionalismos, le rinden culto al
orden establecido, categoría que junto
a otras, como las de tradición,
familia y propiedad, han de conservar
intactas al máximo para el suceso
feliz de sus planes expoliadores. Y
aunque consideren el matrimonio un
contrato "libre" al que concurren en
condiciones iguales las partes
interesadas, no cesan de infiltrar las
execrables concepciones acerca de la
superioridad del hombre, la
sublimación de los insignificantes
quehaceres caseros de la esposa, o lo
natural de la subordinación económica
de ésta, que aguarda abnegadamente en
su encierro domiciliario a que su
cónyuge la provea del sustento. Sin
embargo, por más que se empeñen en
idiotizar a la mujer con el halago de
que ella es la reina consentida del
hogar, además de escucharse ya
bastante ridículo, nada de eso
funciona en la fecha. El sexo femenino
comienza a preferir que se le trate
con menos fingimiento y vana
galantería, e incluso trabajar lo duro
que sea, con tal de ganarse el pan por
sus propios medios, alcanzar su
independencia de acción, integrarse a
las actividades sociales y convertirse
realmente en un ser digno y útil. Y
las que sin pertenecer a la cúspide
privilegiada todavía suspiran por las
creencias de sus abuelas, los hechos
las sacarán del letargo, o por lo
menos les sembrarán la espina de la
duda. Si perennemente han oído
sentencias difamatorias, chistes de
mal gusto y adagios como “la mujer y
la mula al fin dan la patada", "la
mujer es un animal de cabellos largos
y entendimiento corto", "del hombre la
plaza y de la mujer la casa", "o bien
casada o bien quedada", es apenas
lógico que se crean inferiores y hasta
que se sientan satisfechas de serlo.
Empero, ¿cuál matrimonio?, ¿cuál
casa?, ¿cómo salvar a los hijos?,
¿para qué la abnegación y la espera?,
si no hay corrosivo peor que la
indigencia, si el refugio hogareño se
va reduciendo y transmutando en una
cloaca infecta a donde difícilmente
penetra la luz del sol, si los rezos
no alimentan ni obran el milagro. Con
la crisis, la proletarización
progresiva y el común empobrecimiento
se percibe la caducidad de las normas
que la minoría dominante se obstina en
idealizar, contra cualquier evidencia.
El caos desbordado clama a gritos por
un vuelco de raíz, no sólo en lo
concerniente a la soberanía nacional y
a los modos de apropiación y
producción, sino en todos y cada uno
de los aspectos de la vida de las
personas, Y las que menos tienen que
llorar por el pasado que se fue son
las mujeres. No se aterrorizarán
tampoco por las transformaciones
revolucionarias que propugnamos,
incluida la de la creación de una
unidad familiar en la que desaparezca
precisamente la servidumbre femenina.
Comprenderán que todo cambia y debe
cambiar. En el proceso del
conocimiento primero se transforman
las cosas y después las mentes. Y como
de la vieja familia no queda piedra
sobre piedra, ahora corresponde
edificar una nueva.
¿Por qué relacionamos el problema de
la familia y de su descomposición con
la meta histórica de la emancipación
femenina? Cuando la humanidad salta a
la monogamia y pasa de lo que se ha
dado en denominar derecho materno al
derecho paterno, la mujer pierde el
sitio de preeminencia de que gozó en
las edades primitivas. Lo cual quiere
decir que el sexo débil no lo era
tanto en la antigüedad y que su
vasallaje es un producto social,
digamos como la explotación, que si en
un principio simbolizó un empuje
decisivo para el desarrollo, al final
de su ciclo ha de desaparecer por las
mismas razones por las que advino a
este mundo. Ni el matrimonio, ni los
lazos familiares, ni las costumbres
sexuales fueron siempre las que hoy
practicamos. La familia monogámica,
que surge luego de una depuración
larga y compleja, constituye uno de
los pilares básicos de la
civilización. Nace con sus hermanas
gemelas, la propiedad privada y la
esclavitud, a las que sustenta y les
sirve de tejido celular. Ha de
resolver la cuestión de la herencia,
garantizando que los bienes se
transfieran al descendiente comprobado
del dueño, ya que no entusiasma
acumular riquezas para que éstas
terminen en las manos de los hijos de
otros. Y para ello, además de que el
primer propietario individual fue el
hombre, se requería que, a diferencia
de lo que se estilaba, la mujer no
tuviera varios maridos sino uno solo.
Así apareció la monogamia que ha sido
y sigue siendo un deber
fundamentalmente femenino, puesto que
en este nuevo vínculo, los varones,
que imponen al antojo su voluntad y
hacen de la castidad de sus parejas
una norma inviolable, nunca dejaron de
ufanarse de la libertad sexual más
absoluta. Desde entonces la esposa
quedó confinada a la casa y
restringida, como afirma Engels, al
papel de "criada principal". Con
cuánto rigor se ha juzgado y
sancionado su infidelidad, lo narra la
historia. Sin ir muy lejos, en
Colombia, hasta hace apenas dos años,
el Código Penal otorgaba el perdón y
eximía de toda culpa al marido
ofendido que, en "legítima defensa del
honor", asesinara a su cónyuge
adúltera. Nada de esto se lo ingenió
el capitalismo. Ha recogido del legado
testamentario de las sociedades
explotadoras desaparecidas lo que le
conviene, colocándole, eso sí, su
impronta de clase y adobándolo con una
buena dosis del fariseísmo que lo
caracteriza.
La familia monogámica
tradicional ha operado sobre las
siguientes premisas: la propiedad
privada y la prolongación de ésta a
través de la herencia; la dependencia
económica de la mujer frente al
esposo, y el sostenimiento y la
educación de los hijos. En el
esclavismo, en el feudalismo y en
otras formas superadas de organización
social, como la patriarcal campesina,
dentro del marco de la familia se
efectúa además una serie de labores
importantísimas e indispensables para
satisfacer no sólo los requerimientos
del consumo sino del trabajo mismo.
Con el multifacético incremento de la
producción capitalista tales labores
desaparecen o se reducen a faenas
domésticas completamente
insubstanciales que no inciden en la
marcha de las actividades productivas
de la sociedad, pero cuya pura y
desastrosa consecuencia consiste en
condenar a la mujer al
enclaustramiento y a la estulticia.
Incluso, de cocer los alimentos, de
lavar y alisar la ropa y de los otros
oficios en los que tantas horas
invierten las amas de casa más
hacendosas, la industria ya se ocupa,
despachándolos en cadena y ahorrando
abundante mano de obra. Hasta la
atención y la formación de los hijos
que antaño se llevaban a cabo en el
seno del hogar, hace rato se tornaron
en objeto de un servicio público, al
cuidado de personal experto que desde
luego sabe incuestionablemente más de
pedagogía y del resto de las ciencias
que los padres, o que aquellos
ilustres profesores particulares de
los que León Tolstoi habla con respeto
casi místico en sus Memorias. A medida
que evoluciona, el capitalismo corroe
sin remedio los goznes sobre los que
gira. Uno de ellos ha sido la vieja
familia, cuyos fundamentos jamás
tuvieron en verdad vigencia entre las
clases desposeídas. A los matrimonios
proletarios no los rige el ánimo de
lucro, justamente por la carencia de
riquezas qué resguardar y qué legar; y
si todavía persiste allí
discriminación contra la mujer
responde más a los prejuicios
reinantes que a la concurrencia de una
base material para ello. En virtud de
lo cual la compañera del obrero puede
y debe unirse a éste en la batalla por
la emancipación femenina, lo que
obviamente no acaece en las filas de
la burguesía. Con frecuencia, lo
exiguo de los ingresos del "jefe" del
hogar, si los hay, obliga a la mujer a
emplearse, y sus hijos le representan
generalmente una carga difícil de
sobrellevar antes que un remanso de
alegrías y de satisfacciones. El día
que se suprima la propiedad privada,
prácticamente el último factor que nos
falta para el derrumbe definitivo de
la familia como núcleo económico,
brotará otra, infinitamente más
humana, más grata y más estable,
porque estará fundada y mantenida sólo
por la comprensión, la atracción y el
amor mutuos entre los esposos. No
habrá mancomunidad de mujeres, con lo
que los anticomunistas suelen promover
terrorismo ideológico, ni se acabará
la monogamia; únicamente ocurrirá que,
como la mujer ya no estará constreñida
a padecer las veleidades del hombre,
éste tendrá que volverse monógamo, lo
que, por lo demás, no es tan terrible.
¡Ah!, y desaparecerá la prostitución,
el eterno aditamento de la vieja
familia, que germina en el cieno de la
sumisión económica del sexo femenino.
La comunidad destinará un monto
considerable de sus reservas para
velar por las nuevas generaciones,
desde la cuna hasta cuando se hallen
aptas para asumir sus
responsabilidades, con lo que el
pueblo trabajador conseguirá por fin
disfrutar a plenitud de los deleites y
recompensas de los deberes de la
procreación. Las minorías expoliadoras
llaman a esto "el despojo de los hijos
por parte del Estado".
Si todas estas metas, como se deduce,
no las veremos coronadas más que
mediante un alto grado de
desenvolvimiento de las fuerzas
productivas, o sea con el triunfo del
trabajo sobre el capital y con la
construcción del socialismo, lo
notable de acotar es que la sociedad
burguesa prepara las condiciones
materiales para su cristalización. El
marxismo no alienta ningún tipo de
ideales, preceptos o moldes en los que
busque fundir la existencia social;
simplemente partiendo de los logros y
de las posibilidades exactas de la
producción, toma nota de las trabas
que se alzan en su curso ascendente
para pugnar por demolerlas. La empresa
capitalista probó a través de sus
enormes progresos que la especie no
precisa ya de la familia cual pieza
integrante del andamiaje productivo, y
que, al revés, si ambiciona seguir
adelante ha de prescindir de ella,
redimiendo así energías laborales
insospechadas. Sin embargo, el
capitalismo defiende el interés
privado sobre el público y reserva
para unos cuantos privilegiados el
bienestar que genera, mientras al
grueso de la población le veda el pan
de cada día. Industrializa las labores
domésticas, inventa las guarderías,
abre restaurantes para miles de
comensales, colectiviza la educación,
etc., y a la mujer continúa
condenándola fatalmente a los
bastidores del hogar, aun cuando allá
nada tenga que hacer, salvo
embrutecerse y morirse de tedio.
Esboza las soluciones pero no las
culmina; aguijonea las necesidades y,
sobrándole los medios para atenderlas,
no las complace. Y si en las
metrópolis avanzadas semejante
fenómeno se observa en cualesquiera de
las manifestaciones del discurrir
ciudadano, ¿qué agregaremos sobre
Colombia, nación atrasada e influida
por unas élítes aristocráticas que
compaginan las antiguallas del
oscurantismo con la peores
aberraciones de la época imperialista,
y en que la extorsión de los
monopolios foráneos destruye, sí, las
ancestrales fuentes de ocupación, pero
asimismo impide que los colombianos
las substituyan con las modernas? Las
contradicciones, por supuesto, se
expresan más violentamente. No
obstante, y también debido a ello, los
señalamientos revolucionarios se
encuentran más al alcance de la
comprensión de las masas,
particularmente de la mujer, a la que
sabremos explicar que su manumisión
estriba en la manumisión del país y en
las demás transformaciones económicas
y políticas que demanda la sociedad
colombiana. El sexo femenino necesita
con acucia de la revolución, y ésta no
será una realidad sin el concurso
efectivo de aquel poderoso contingente
que abarca a la mitad del pueblo.
Aunemos firmemente estos dos elementos
tan complementarios como el hidrógeno
y el oxígeno en la composición del
agua, y entonces Colombia florecerá
entera bajo los efluvios de una nueva
vida.
De lo resumido hasta
aquí se desprende que la emancipación
de la mujer, que despunta ya en el
horizonte de la humanidad, llegará
inexorablemente, porque antes que nada
obedece a las exigencias del
desarrollo, y quienes se empecinen en
contenerla sucumbirán en el intento.
No se trata de una mera proclama, de
una consigna proselitista, o de un
capricho nuestro. La sojuzgación de la
mujer ha acompañado durante milenios a
la explotación del hombre por el
hombre: con su surgimiento inaugura el
oprobioso período de la esclavitud,
mas lo clausura con su
desaparecimiento. A las generaciones
contemporáneas les correspondió en
suerte vislumbrar tan colosales
cambios, viviendo en los umbrales de
una era en que las gentes, para
prodigarse lo de la subsistencia, no
se verán arrastradas a entablar
relaciones alienantes y vejatorias, ni
en los ámbitos del trabajo y de las
gestiones administrativas de la
sociedad, ni en los menos extensos de
la familia.
La reacción fracasará en sus
propósitos de aplacar las crecientes
inquietudes femeninas, o de desviarlas
hacia el reencauche de los valores que
confortan la opresión y el
envilecimiento de la mujer,
tejemanejes en los que han sido duchos
maniobreros los dirigentes de los
partidos tradicionales colombianos, lo
mismo los liberales que los
conservadores, los oficialistas que
los semioficialistas. Todos se rasgan
las vestiduras ante el agrietamiento
de la familia y prometen refaccionarla
y retornarla a su perdida posición.
Unos, a semejanza de Belisario
Betancur, rehusándose rotundamente a
ofrecer a la mujer cualquier
beneficio, ni aun el divorcio. Otros,
a la usanza típicamente lopista,
limitando esta prerrogativa al
matrimonio civil, en un país por
excelencia de enlaces católicos. Y el
resto, como el candidato putativo del
carlosllerismo, organizando "la
jurisdicción de la familia, buscando
su protecci6n y unidad, para
devolverle su función vital de núcleo
de nuestra sociedad" es decir, con
frases.2 Ya indicamos cómo el régimen
prevaleciente, por su propia
estructura, minimiza a la mujer, y de
hecho le cierra las puertas de la
superación, así le consigne sus fueros
en la norma escrita. Pero es que
además de eso, la burguesía se ha
mostrado incorregiblemente cicatera en
cuanto a reconocer la igualdad de los
sexos en los formalismos de la ley,
incluso en sus momentos más
revolucionarios. La revolución de
independencia de los Estados Unidos y
la francesa de 1789, que marcan hitos
en la democracia burguesa, hicieron
caso omiso del asunto y partieron del
entendido de que las hijas de Eva son
ciudadanos de segunda o tercera
categoría. En tales circunstancias a
las mujeres les ha tocado articular no
pocos movimientos y emprender ruidosas
luchas para que se les admitiera,
verbigracia, el elegir y ser elegidas,
el menos controvertido y el más
gracioso de los dones dispensados por
el Estado republicano. En el caso de
Colombia, el viacrucis por el cual han
transcurrido los derechos femeninos
resulta inverosímil. Hagamos
rápidamente una síntesis, a fin de
tener una noción, y
circunscribiéndonos a este siglo. Sólo
en 1932 se suprimió el tutelaje del
marido sobre la esposa, y ésta logra
"comparecer libremente a juicio" y
administrar y disponer de sus bienes:
dejó de figurar en la lista de los
incapaces. En 1936 se autorizó a la
mujer para desempeñar cargos públicos,
mas se le sigue negando la ciudadanía.
En 1945 se le entrega la ciudadanía
pero se le continúa prohibiendo la
función del sufragio y la facultad de
ser elegida.3 En 1954 Rojas Pinilla le
concede el derecho al voto; sin
embargo no le permitió ejercitarlo
porque no convocó a elecciones. En
1976 se instituye, como arriba
anotamos, el divorcio, el civil, para
un país de matrimonios católicos.
Antes, en 1974, se extiende la patria
potestad a la esposa y quedan
habilitadas todas las mujeres, con
estipulaciones similares a las del
hombre, para ser tutoras y curadoras.
Habíamos comentado también lo de la
"pena de muerte para la esposa infiel"
derogada en 1980. No obstante lo
anterior, y a que se acaba de
sancionar la Ley 29 de 1982 por la
cual se equipara a los hijos legítimos
y naturales en cuanto a la herencia,
la legislación todavía consagra
irritantes tratamientos
discriminatorios entre las personas,
con ser que el sistema constitucional
colombiano, desde el Congreso de
Cúcuta de 1821, le ha dado ciento
sesenta veces la vuelta al Sol.
A regañadientes y a través de
cuentagotas, los países capitalistas
han venido declinando, una tras otra,
sus recalcitrantes posturas sobre la
materia, y hoy algunos se glorían de
haber realizado todas las concesiones,
hasta la del aborto. Y en esas
naciones, cabalmente en esas naciones
en donde no resta conquista
democrática por arrancar, fuera de
ahondar las conseguidas, aparece
diáfano, cual lo advierte Lenin, que
la condición de inferioridad de la
mujer no radica en la ausencia de
derechos, sino en el Poder que los
refrenda. En Colombia, donde las
oligarquías vendepatria han ido
siempre detrás y muy atrás de sus
modelos extranjeros, aún habremos de
combatir al respecto por no escasas
reivindicaciones, sin creer ni hacer
creer que éstas encarnan el colmo de
las aspiraciones del sexo femenino. A
la inversa, enarbolaremos, apoyaremos
y aprovecharemos sus diversas
contiendas para organizar sus huestes
e instruirlas acerca de lo que al fin
y al cabo interesa: que exclusivamente
la revolución y el socialismo
garantizarán la emancipación de la
mujer.
NOTAS
1 En Colombia, de acuerdo con el censo
de 1973, hay 22.915.000 habitantes. De
éstos, 14.297.000 se encuentran en
edad de trabajar (son mayores de diez
años); y, según el Dane, se dividen
así: 6.903.000 hombres, de los cuales
laboran 4.186.000, o sea el 60%, y
7.394.000 mujeres, de las cuales
trabajan 1.300.000, el 17%.
A 2.200.000 hombres y a 5.727.000
mujeres los clasifica el Dane como
población no económicamente activa y
los distribuye en rentistas,
jubilados, estudiantes, quehaceres del
hogar, sin actividad y sin
información. En "quehaceres del hogar"
hay 3.777.000 mujeres, es decir, el
65% de aquellas. De las mujeres que
trabajan, el 45.3% lo hace en el
renglón denominado "servicios
personales", donde se incluye a las
empleadas del servicio doméstico.
Aunque las estadísticas oficiales no
sean muy confiables, de todas maneras
reflejan el cuadro de la
discriminación de la mujer en nuestro
medio. La participación femenina en
las actividades productivas, comparada
con la del hombre, es insignificante.
La mayoría de las mujeres se ocupa
como "amas de casa", o presta
cualquiera otra clase de servicios
personales.
2 Las frases fueron tomadas del
programa de gobierno del candidato
presidencial Luis Carlos Galán. El
Tiempo, enero 16 de 1982.
3 En el siglo XIX y todavía muy
avanzado el siglo XX, en Colombia
predominaba el criterio de que la
mujer, por decisión natural, o con
arreglo a los designios divinos,
estaba impedida para ejercer la
ciudadanía y las demás atribuciones
que se desprenden de ésta, como votar,
atender cargos públicos, etc.
José María Samper, por ejemplo, en su
libro Derecho Público Interno, al
comentar la Constitución de 1886,
emite los siguientes conceptos:
"Cuanto a la ciudadanía de las
mujeres, aun cuando ya se practica
para lo municipal en algún Estado
norteamericano (¿y qué no se ensaya en
los Estados Unidos, inclusive el
mormonismo?), Colombia está muy lejos
de aceptarla y con razón. Nadie aboga
más que nosotros porque se dé a las
mujeres una educación esmerada, pero
práctica y digna de su sexo; nadie
estima ni aprecia más que nosotros el
talento y la cultura en la mujer, y la
saludable y necesaria influencia que
ella ejerce sobre el hombre
individual, y sobre las costumbres y
aspiraciones de la sociedad entera.
Pero la verdad es la verdad: la mujer
no ha nacido para gobernar la cosa
pública y ser política, precisamente
porque ha nacido para obrar sobre la
sociedad por medios indirectos, esto
es, gobernando el hogar doméstico y
contribuyendo incesante y
poderosamente a formar las costumbres
(generadoras de las leyes) y a servir
de fundamento y modelo a todas las
virtudes delicados, suaves y
profundas.
"Si fuera posible transformar
moralmente a las mujeres y volverlas
ciudadanas, habría que pensar
seriamente en convertir a casi todos
los hombres en mujeres, a fin de que
la misión de éstas no quedase baldía.
Y no alcanzamos a ver el provecho que
se sacaría, suponiendo la posibilidad,
de trocar los papeles de los dos
sexos, deshaciendo la obra de la
Providencia, y haciendo desatinos por
enmendar a Dios la plana."
CAUSAS
Y EFECTOS DE LA ÚLTIMA CRISIS
Septiembre de 1984
Editorial publicado en Tribuna Roja
No. 49, de septiembre de 1984.
En el decurso de su
agitada existencia Colombia pocas
veces presenció un período tan
convulsionado como el que actualmente
vive. De seguro la frase la hemos
leído por ahí y de pronto algunos de
nosotros hasta la hemos escrito. Su
vigencia se mide ante todo en el hecho
de que los voceros de las más
disímiles corrientes la pronuncian,
desde luego con matices e intenciones
varios, pero la pronuncian. La
audiencia ya no se limita a la opinión
insular de quienes desde las filas del
MOIR, fieles a las enseñanzas y al
espíritu del marxismo, recalcan con
tenaz persistencia sobre la
imposibilidad de un progreso valedero
bajo las relaciones neocoloniales y
semifeudales imperantes desde los
albores del siglo, o al arraigado
convencimiento, también moirista, de
que la descomposición no se detendrá
sin tocar fondo; en la fecha cualquier
testimonio más o menos serio sobre la
coyuntura histórica parte
obligatoriamente de la apreciación de
que el desastre es el signo de la
hora. Podría imaginarse que semejante
confirmación de sus valoraciones
constituye motivo suficiente de
complacencia y tranquilidad para el
Partido. Empero, y con el objeto de
comprender mejor hasta dónde va el
desconcierto, señalemos que, si
evidentemente el país asiste al triste
espectáculo de su disolución, nunca
como en el presente se insistió en la
abyecta defensa de las concepciones y
de los dictámenes causantes de los
letales trastornos. Miremos lo uno y
lo otro.
LOS CHOQUES ENTRE EL
AMO Y SUS COLABORADORES
A medida que se
cosechan los fracasos de la
retardataria y antipatriótica gestión
de los habituales usufructuarios del
Poder, el pugilato entre las distintas
posiciones de clase, la fundamental
discrepancia de la nación entera con
los Estados Unidos, en suma, las
contradicciones que animan la vida de
la sociedad y definen su porvenir,
adquieren visos de virulento
antagonismo en cuestión de meses y
hasta de días.
Basta, por ejemplo, que los despachos
de Nueva York traigan la noticia de un
aumento de medio punto en el llamado
prime rate, tasa preferencial que
sirve de referencia al interés
bancario, para que el entorno nacional
se llene de inmediato con el alboroto
de los dómines de los negocios y de la
política. Ante el último incremento,
reportado el 25 de junio, el cuarto
que durante el año han decidido los
financistas norteamericanos y que como
se sabe afecta enormemente la deuda
del Tercer Mundo, el risueño señor
Pastrana, con todo y su reputación de
ser el consueta de Palacio y pese a su
cultivada parsimonia, anotó sin
rodeos: "No creo que haya acto más
grande de cinismo internacional en un
momento en que precisamente en la
cumbre de Londres se había hablado de
que facilitarían las fórmulas para que
los países en desarrollo,
especialmente América Latina, pudieran
cumplir sus compromisos."1 A su turno,
el presidente, valiéndose de la
infalible ceremonia con que se
reconsagra la descarrilada república
al Sagrado Corazón, proclamó
acusatoriamente que los acreedores del
Norte están "enceguecidos en una
sórdida expoliación que asfixia las
economías de nuestros pueblos."2
¿"Una sórdida empresa de expoliación"?
¿"El acto más grande de cinismo
internacional"? ¿No son acaso palabras
demasiado duras en boca de los ujieres
del imperio? Aunque se sospeche que en
las declaraciones transcritas, o en
las otras muchas proferidas en igual
tono por encumbradas figuras, haya
algo de pantomima belisarista para
distraer el descontento,
innegablemente reflejan el disgusto de
una oligarquía que ve disminuidos sus
beneficios y amenazada su estabilidad
ante los recargos automáticos e
inconsultos de los compromisos
contraídos. Un par de años atrás ni
soñar siquiera que los comisionados de
contratar y de responder por los
empréstitos externos se expresaran en
términos tan descomedidos de los
prestamistas. Muy delicada ha de estar
la situación, asuntos de suprema
importancia han de hallarse en juego y
serios peligros deben cernirse sobre
el viejo orden, para que las
discordias entre patronos y caporales
se agríen en tal forma, y, de remate,
se meneen en público, como si los más
esmerados en preservar la calma fuesen
los menos dispuestos a guardar
compostura. De por sí, una cosa es el
pedir prestado y otra muy distinta el
pagar el préstamo, según lo registra
la crónica universal de la usura. El
dinero se recibe con risas y se
devuelve con llanto. A Latinoamérica
no sólo se le empezaron a vencer los
plazos de cancelación, sino que los
vencimientos han coincidido con el
atasco bastante prolongado de la
economía mundial, la consiguiente
instauración de rigurosas medidas
proteccionistas por parte de casi
todos los Estados, la escasez y el
encarecimiento de los flujos
financieros, amén de las estrecheces
derivadas de las caducas estructuras
de los regímenes de la región. Y si a
lo anterior le encimamos los volúmenes
adicionales de crédito que demanda la
cacareada reactivación prometida de
consuno por los gobiernos,
completaremos un magnífico cuadro de
los azares por los cuales los deudores
de 350.000 millones de dólares ni
quieren ni tienen con qué cumplir sus
obligaciones.
Unas exigencias de tamañas magnitudes,
que drenan sin intermisión los magros
presupuestos fiscales y acaparan los
dividendos de un sinnúmero de
compañías particulares puestas en
pignoración, no pueden menos que
ocasionar daños arrasadores a los
países del Sur del Río Grande; y a sus
mandatarios, por peleles que sean,
colocarlos en encrucijadas
insoslayables e insolubles. Con
contadas excepciones éstos han
incurrido en moratorias y solicitado
prórrogas de los desembolsos,
ventilando ante el Fondo Monetario
Internacional trámites especiales que
en lugar de un infarto fulminante les
deparan una agonía lenta por
ahogamiento. Algunos, como el afligido
Siles Suazo, de Bolivia, resolvieron
por decreto: "¡Aplázanse los plazos!".
Carecería por tanto de
sentido reducir las quejumbres de la
reacción colombiana a los afanes
publicitarios y demagógicos con que,
desde el primer instante de su
advenimiento, sorprendió a sus
electores el prohombre que ocupa
eventualmente el Solio de Bolívar. La
vinculación a los No Alineados, los
paseos en Renault 4, el reparto de los
formularios para las casas sin cuota
inicial los ataques almibarados a
Ronald Reagan, la amnistía a la
guerrilla, las madrugadas a
Corabastos, el nombramiento de
artistas en las legaciones
diplomáticas, la cruzada pacifista de
Contadora, los golpes a unos banqueros
para recompensa de otros, las
conversaciones en Madrid con el M-19,
los metálicos respaldos a la provincia
natal, el pacto de La Uribe, etc., son
episodios de la tramoya aún en escena
y que tanto emocionan a los actores de
la televisión, a los folicularios de
la gran prensa y a los mamertos de la
"oposición democrática". Cada uno de
tales desplantes tragicómicos posee la
mágica virtud de restablecer la
popularidad del primer magistrado
cuando ésta declina por los nefastos
efectos del ejercicio del mando. En
lugar de pan, circo. La sustitución de
Landazábal por Matamoros y un discurso
sobre las preeminencias de la
civilidad curaron como por ensalmo el
creciente resquemor originado en el
recrudecimiento de la violencia. Los
críticos que comenzaban a atribuir a
la ingenuidad de Betancur la
proliferación de los secuestros y
demás eclosiones delictivas, al otro
día ensalzaron su amor por la
Constitución y su "humanitaria"
insistencia en la paz. Los titulares
fueron de nuevo: "Tenemos presidente".
Lo mismo aconteció antes y después de
la firma de los acuerdos del gobierno
con las Farc. Los que quieran
comprobarlo solo deben tomarse la
molestia de repasar los periódicos de
abril, mayo y junio.
Lejos de interpretarlos como una
anormalidad inaudita, nuestro Partido
ve en dichos altibajos la expresión
natural de una democracia enfermiza,
cuyo rezago económico provoca la
profusión de las capas medias y su
notable incidencia en las bregas del
pueblo. Las ilusiones o frustraciones
por los relevos de guardia y a veces
por los simples cambios de ademán de
los dignatarios de turno, los
entusiasmos momentáneos y los
intempestivos desalientos no dejarán
de ejercer influencia decisiva en las
lides políticas, mientras el
proletariado no alcance a hacer valer
su lucha de clases, en una vasta
escala y con todo lo que ella
significa en cuanto a combatir los
planes de la coalición gobernante,
salvaguardar la independencia frente a
la burguesía y allanar la senda de la
revolución. La habilidad de los
dirigentes de las colectividades
oligárquicas se concreta en saber
pulsar las fibras del pequeño burgués.
Antaño era éste un arte casi que de
exclusivo dominio de los liberales.
Luego de la abrumadora victoria del
Movimiento Nacional del 30 de mayo, lo
practican también los conservadores, y
en honor a la verdad, han llegado a
superar a sus maestros. En una
disertación en torno a la conveniencia
de desenterrar el tema de la reforma
agraria, López Michelsen aceptó ante
un auditorio de ganaderos que ni él
mismo hubiese obtenido el éxito
cosechado por la actual administración
en sus tratos con los alzados en
armas. El milagro estaba reservado,
según sus cavilaciones, a un caudillo
de la divisa azul, que gozara, por su
filiación, de la ventaja de despertar
menos prevenciones y resistencias
dentro de los círculos pudientes.3 No
hay duda de que el artificio de
renovar el repertorio, promover caras
distintas, sugerir variantes ante el
desgaste de las fracasadas
entelequias, el poder de crear la
expectativa prometiéndolo todo sin
entregar nada, en síntesis, la
capacidad de maniobra, se ha
desplazado de uno a otro socio del
bipartidismo constitucional, por lo
menos durante el interregno del "sí se
puede".
Sin embargo, los copiosos eventos de
los últimos dos años, en los cuales
han desempeñado una función
protagónica, no sólo el portador de la
máxima investidura, sino ciertos
miembros del gabinete, antier
insignificantes rapavelas como su
jefe, no responden únicamente a las
ansias de vitrina del Ejecutivo. La
ineludible intervención y hasta la
estatización de las entidades
bancarias luego del festín financiero;
la urgencia de auxiliar a las
industrias de mayor categoría
colocadas al borde del abismo; los
conflictos acarreados por las
crepitaciones del narcotráfico y con
los cuales se liga fatalmente el
asesinato del ministro Lara Bonilla, y
ahora la demoníaca alza de los
intereses de la deuda externa que
precipita la reprobación mancomunada
de los gobiernos latinoamericanos, han
conformado un panorama tormentoso
cuyos truenos y centellas acaban
desarreglando la república y alterando
los patrones de comportamiento de sus
administradores. El Plan de Acción de
Quito, la declaración de los
presidentes del 19 de mayo, la carta
enviada a la cumbre de Londres y el
Consenso de Cartagena son memorandos
nada ordinarios que, fuera de
exteriorizar la zozobra de las
burguesías prestatarias por sus
detrimentos y de compendiar los
pedidos perentorios de un
reordenarniento económico mundial,
revelan hasta dónde han llegado las
chispeantes fricciones entre el
imperialismo y sus intermediarios. Una
rareza, de recordarse las aguas menos
procelosas de los finales de la década
del cincuenta, en los inicios del
Frente Nacional. Lenguaje y maneras
inusuales para estas latitudes, que
fuerzan a los bandos involucrados en
la batalla a emitir sus juicios y
verificar su táctica.
¿Redundarán tales reclamos y
recomendaciones en un robustecimiento
de la irresistible tendencia
emancipadora de la época? ¿Habremos de
ofrecerles nuestro concurso?
¿Facilitan o no la configuración del
frente único antiimperialista? ¿De qué
modo sacaremos beneficio de la
situación planteada? Preguntas
realmente inquietantes y a las cuales
habremos de encontrarles la
contestación justa. Debemos partir del
hecho de bulto de que el sistema
capitalista atraviesa en el globo
entero por una de las peores crisis.
Como todas las suyas, procede de las
distorsiones del engranaje productivo
y revienta en las anomalías
monetarias, en la interrupción de los
créditos, en la supresión de los
mercados. Lo cual incide asimismo en
el resquebrajamiento de las relaciones
entre los grandes emporios y la
periferia exaccionada y sometida
nacionalmente. Con base en estas
repercusiones y viendo cómo el
horizonte se iba encapotando,
advertimos a principios de 1983 sobre
las inclemencias que sobrevendrían.
"Todas las contradicciones -señalamos-
se ahondarán: la existente entre las
superpotencias, la de los países
sojuzgados con las metrópolis, la de
Colombia con el imperialismo
norteamericano, la de los monopolios
foráneos con sus interniediarios
vendepatria, la de las diferentes
clases entre sí, la de los
trabajadores con sus explotadores, la
del marxismo con el revisionismo."4
LA QUIEBRA ECONÓMICA
A caldear el ambiente
convergen los arrumes de libros,
ensayos y comentarios referentes al
quebradero de cabeza en que se ha
convertido el endeudamiento externo; y
de los cuales, lógicamente, también
forman parte las cáusticas denuncias
de los mandatarios latinoamericanos,
cuyo último grito de dolor se oyó en
las plácidas playas de la Ciudad
Heroica. La manzana de la discordia
radica en que el asunto se ha vuelto
inmanejable. Para el cubrimiento de
los intereses los países de la región
han de destinar más de un tercio de
sus ingresos por concepto de
exportaciones. Y éstas, en vez de
ampliarse, tienden a contraerse, en
volumen y sobre todo en valor, a causa
de las medidas arancelarias y
discriminatorias de las naciones
expoliadoras. Nudo gordiano que
tampoco se puede deshacer, ni siquiera
con la espada de Alejandro Magno,
debido a la arrebatiña comercial entre
las potencias, acicateada por la
depresión. Los deudores no sólo
incumplen sino que han entrado en el
círculo vicioso de prestar para pagar.
Todo se ha experimentado. Hasta la
risible ocurrencia de que México,
Brasil, Venezuela y Colombia,
exhaustas por las mismas gravosas
responsabilidades, le facilitaran, de
apuro, trescientos millones de dólares
a Argentina, a fin de que la endeble
democracia austral cancelara a tiempo
un abono inminente.
Al Fondo Monetario Internacional,
nacido en julio de 1944, en Bretton
Woods, del acuerdo entre los poderes
vencedores de la Segunda Guerra
Mundial y mediante el cual se
estableció un nuevo sistema financiero
y monetario bajo la égida del dólar,
le compete velar porque se observen
las reglas y los negocios de los
imperialismos no se salgan de madre.
Sin su visto bueno no obtendrán
prórrogas ni créditos de contingencia
quienes precisen un alivio en sus
desequilibrios de balanza. Pero antes
han de retraerse a rigurosos programas
de austeridad que comprenden
devaluaciones, encarecimiento de las
tarifas de los servicios públicos,
generación de impuestos, restricciones
presupuestarias, eliminación de
subsidios, recortes salariales y otros
correctivos, de irritante y complicada
aplicación, que en Santo Domingo
culminaron en coléricos desmanes
callejeros purificados con la sangre
del pueblo. El repudio cada vez más
extendido y consciente contra tales
medidas ha llevado incluso a los
peritos de Wall Street a reflexionar
sobre la conveniencia de otorgarles a
los problemas económicos un
tratamiento político. Por su lado las
masas populares del Continente ya se
los están otorgando. Muestra de ello
son las huelgas generales de la
Central Obrera Boliviana encaminadas a
desconocer una a una las
estipulaciones del Fondo. En ese tire
y afloje respecto a la necesidad de
acoger los sacrificios con cristiana
mansedumbre, la nota irónica corre por
cuenta del gobierno estadinense cuyo
tremendo desajuste fiscal se revierte
en un ritmo creciente de las tasas de
interés, con las secuelas indicadas.
Es más, algunos bancos norteamericanos
se han saltado igualmente las
recomendaciones, renegociando, al
margen o en contra de ellas,
mecanismos y fórmulas dispares con sus
clientes insolutos, ante el temor de
que a éstos se les arrastre hacia una
suspensión unilateral de sus giros,
como lo han contemplado Ecuador y
Bolivia.
Desde el decenio de los setentas
vienen derruyéndose así cada uno de
los pilotes sobre los que descansa la
plataforma de Bretton Woods, máximo
esfuerzo por regular y tender hacia un
sostenido florecimiento de la
civilización capitalista occidental.
Sus pautas ya no determinan el flujo
de los capitales y de los productos,
ni permiten un nivel estable de las
ganancias. Sus signatarios más
ilustres huyen a refugiarse en un
proteccionismo acérrimo, depositando
mejor su confianza en la seguridad
arancelaria que en la reglamentación
de los mercados, y, de distinto modo,
subvencionan los renglones fabriles y
agrícolas menos afortunados. El 15 de
agosto de 1971 el mundo se notifica
que ha cesado la convertibilidad del
dólar en oro. La consolidación
económica de los aliados, los
mordisqueos sucesivos a su firme
superávit, la costosa agresión a Viet
Nam y las alegres emisiones impulsaron
a los Estados Unidos a promulgar
aquella peregrina medida, junto con la
congelación por noventa días de los
salarios y los precios, la aminoración
de los egresos federales, la
sobrecarga del 10 por ciento a los
gravámenes de aduana y la rebaja de la
autodenominada "ayuda externa" de las
respectivas agencias estatales. Antes
de la culminación de aquel año los
"diez grandes" convinieron en
Washington la primera de las
devaluaciones de la divisa
norteamericana en la postguerra. El
oro ya no valdría US$ 35 la onza troy,
como se votó ocho lustros atrás en la
Conferencia de las 44 naciones; su
coste en las bolsas internacionales
superó hace mucho la barrera de los
US$ 300.
Mas no serían estos los únicos
sacudimientos. Los ideales de unas
finanzas sólidas y de unas
consistentes reglas cambiarias
acabarían por desvanecerse ante tres
acontecimientos extraordinarios: la
fiebre del petróleo de 1973, cuyo
exagerado encarecimiento produjo la
acumulación de ingentes cantidades de
capital flotante que incitaron al
veloz y temerario endeudamiento del
Tercer Mundo; la parálisis de 1974 y
1975, a la sazón la más profunda y
extendida desde el crac del 29, que
envolvió, a sectores vitales de Japón,
Europa y Norteamérica, con la
correspondiente contracción del
mercado mundial, y el receso con que
se inició el nuevo decenio, de mayor
durabilidad y de más demoledores
efectos que las dos primeras
perturbaciones señaladas, del cual no
termina de salir aún la economía
capitalista. Para colmo de males, al
síncope recesivo se yuxtapone ahora el
caos financiero, estimulado
constantemente por el insaciable
apetito de la especulación bancaria;
una circunstancia explosiva, cuyo
detonante podría ser activado por
cualquier gobierno enloquecido con sus
débitos. Con que sólo Brasil, México,
u otra de las principales naciones
hipotecadas, por razones internas de
presión social y carácter político, o
merced a un tropiezo fortuito en su
tambaleante marcha económica, cosa no
del todo descartable a juzgar por las
complejidades de la crisis
prevaleciente, tuviera que romper ese
tipo de anticresis que la ata a los
bancos internacionales, el edificio
entero se desplomaría. A raíz de la
propalación de especies semejantes, el
Manufacturers Hanover Trust, el cuarto
establecimiento bancario de los
Estados Unidos, recientemente, el 24
de mayo, sufrió una caída vertical del
11 por ciento en el valor de sus
acciones. El campanazo de alerta
precisó de estímulos y de la mediación
personal del presidente Ronald Reagan,
quien hubo de declarar "sin
fundamento" los insistentes
comentarios acerca de las
atribulaciones de la mencionada
entidad. Una semana antes el redimido
había sido el Continental Illinois
Bank. Se le arrojó un salvavidas de
6.500 millones de dólares, de los
cuales 4.500 millones provinieron de
una línea de crédito -la más grande a
un banco en la historia de USA-
avalada por dieciséis poderosos
consorcios financieros, y el resto, a
cargo de la Reserva Federal.
Dentro de este contexto, sumariamente
recogido, habremos de encajar la
baraúnda de la deuda latinoamericana.
Se descarta que los países entrampados
sean capaces, antes del próximo siglo,
de cubrir sus pasivos, emprender el
desarrollo y suavizar las tensiones
sociales. Si no progresaron mientras
recibieron los empréstitos, mucho
menos a la hora de restituirlos. El
dilema se ha reducido a lo siguiente:
si cancelan, no comen; y si no comen,
¿quién cancela? Esto en cuanto a los
prestatarios. Desde la perspectiva de
los prestamistas surgen preocupaciones
adicionales. Los créditos simbolizan
un vehículo insustituible, tanto para
no dejar en reposo capitales
gigantescos que irrogarían pérdidas,
como para garantizarles el tráfico a
sus manufacturas y excedentes
agrícolas. De menguarse la
acostumbrada y libre corriente de
divisas, en las metrópolis la
producción se resentiría y la
rentabilidad se iría a pique. Pero si
a las neocolonias morosas se les
continúa soltando dólares y no se les
exige el pleno y puntual desembolso de
sus compromisos vencidos, estaríamos
ante el hundimiento de la Atlántida
financiera. ¿A quiénes rescatar?
¿Primero a los industriales o a los
financistas? ¿A las mercancías o al
dinero? ¿Al producto concreto o a su
expresión abstracta? ¿Y a quiénes
condenar? ¿A las metrópolis o a las
neocolonias? ¿A los acreedores o a sus
víctimas? ¿No depende la usura de la
solvencia del deudor? ¿Pudo acaso el
cuchillo de Shylock cortar las carnes
de Antonio?
He ahí las sinrazones y contrasentidos
propios de la índole del imperialismo.
Gérmenes que siempre han estado
latentes, minando su biología, pese y
debido a sus destellos de esplendor, y
que sólo en sus recaídas cíclicas
afloran con tal intensidad, como lo
estamos contemplando. Todos esos
rudimentos claves urgen complementarse
recíprocamente pero se contraponen. El
crédito aplasta la producción, y al
hacerlo, se sentencia a sí mismo. Y
viceversa, ésta necesita de aquél, mas
su ayuda le resulta fatal. Tampoco hay
concordancia entre la actividad
agraria y la fabril, ni entre las
diferentes ramas industriales, ni
entre los bienes creados y el consumo.
Y cuando la inconexidad se torna
insoportable, el organismo social
padece una muerte chiquita, su
anárquico funcionamiento se abre paso
turbulentamente a través de la crisis.
Algo análogo se presenta en el plano
de las relaciones interestatales. La
prosperidad de las potencias
imperialistas en última instancia se
erige sobre la extorsión de las
naciones débiles. Lo certifica la
elocuente cifra de 750.000 millones de
dólares adeudados por el Tercer Mundo,
sin hablar de la sustracción de los
recursos naturales, el mangoneo de los
mercados, etc. Esta ley, tan cierta y
tan interesadamente ignorada cual lo
fuera en su época el principio
heliocéntrico descubierto por
Copérnico, se pone en evidencia en los
períodos críticos del sistema. Los
ideólogos y estrategas de la reacción
se devanan los sesos buscando la
explicación teórica a las mortales
paradojas e inventando las enmiendas y
los instrumentos idóneos para
subsanarlas. Pero entre más corrigen
menos ocultable se hace que tales
contradicciones, en la era del
imperialismo, asumen una impetuosidad
y una ampliación inusitadas, y se
compendian en que los monopolios
prolongan su vida negándoles a miles
de millones de seres el derecho a la
suya; los prodigiosos adelantos
técnicos y materiales de un puñado de
privilegiados requieren de la
progresiva indigencia del resto del
planeta.
Para percibirlo, a los colombianos no
nos hace falta mirar la casa del
vecino. Nuestra patria, una de las
ciento y pico de naciones subalternas,
está, al igual que sus hermanas de
infortunio, lesivamente hipotecada al
extranjero, así Belisario Betancur se
ufane porque debamos menos que los
argentinos o los venezolanos. "Mal de
muchos, consuelo de tontos", ha sido
generalmente el parte de victoria de
nuestros mandatarios. Las fuerzas
productivas del país no registran en
años avances dignos de señalarse,
salvo uno que otro cuantioso proyecto
que, como el de la Exxon, destinado a
explotar el carbón de La Guajira,
responde a las operaciones
supercontinentales de los
conglomerados, del imperio. Sus
efímeros y esporádicos lapsos de
"bonanza", imputables al potosí de los
narcóticos, o atribuibles a las
heladas brasileñas que por lo regular
redundan en un alza de las
cotizaciones del café, jamás se
concretan en plantas fabriles de
alguna prominencia, y en el mejor de
los casos no pasan de cierta animación
mercantil, particularmente de
artículos importados. Los intentos
autóctonos y autónomos de los pequeños
y medianos empresarios por suplir las
carencias del atraso, muy raras veces
terminan siendo compensados con el
éxito.
Desde el cuatrienio de Misael Pastrana
se insiste en que el punto de apoyo de
la palanca económica reside en la
construcción de vivienda. Este
artilugio no solo elude acometer los
aspectos vitales del desarrollo
industrial y agrícola, sino que
significa la confesión del fracaso de
la oligarquía rodillona que, en
ausencia de mejores alternativas,
tiene que asilarse en una de las pocas
actividades en donde todavía se lo
permite el entrometimiento de los amos
foráneos, y, de añadidura, designarla
como el motor del progreso de
Colombia. La publicitada "estrategia
de la vivienda" fue desmentida
contundentemente por los avatares de
más de una década, con todo y que los
financistas, los cementeros, los
pulpos urbanizadores, es decir, los
principales responsables de dicho
sector, han gozado permanentemente de
las benevolencias, de los respectivos
gobiernos, incluido el actual. A manos
del Estado han pasado por completo las
riendas de la economía de la
desfalcada república. Actúa de puente
y garante de los empréstitos de las
entidades internacionales de crédito,
destinados en una holgada proporción a
atender las obras de infraestructura,
por lo demás indispensables para que
los monopolios venidos del exterior
realicen sus inversiones. El órgano
ejecutivo, y en definitiva su cabeza
visible, define cual juez inapelable
lo que se ejecuta o no se ejecuta en
el campo de los negocios, al extremo
de que con una sola de sus draconianas
providencias puede sacar a flote a un
capitalista quebrado o quebrar a otro
boyante. Y ese rey Midas de nuestros
dominios, paño de lágrimas de todos y
cada uno de los estamentos productivos
y que fija por edicto hasta el costo
de las auyamas, no cuenta ni con qué
pagarles a sus maestros. En efecto, el
aparato gubernamental, administrador
por antonomasia de la riqueza pública,
el ente jurídico encargado, a título
constitucional, de diseñar los
"programas de desarrollo" y de velar
por el "bienestar comunitario", fuera
de ser un apéndice de intereses
extraterritoriales, se ha constituido,
por sus quebrantos, sus torpezas y sus
venalidades, en la primera causa del
desorden imperante y en un obstáculo
mayúsculo para la prosperidad de la
nación.
El rosario de afecciones se detectó y
diagnosticó mucho antes de la
despedida del mandato de Turbay Ayala.
La reelección de López no logró
cuajar, entre otros motivos, porque
para entonces el oleaje de la última
depresión mundial ya había retumbado
en nuestras frágiles riberas. Y los
sufragantes, en lugar de ver en el
expresidente el bálsamo para las
dolencias del país, lo tomaron como el
chivo expiatorio de las mismas.
Mientras tanto el genio gestor del
"cambio con equidad" infundía la
creencia de que las seculares penurias
y los desfases repentinos debían
achacarse, no a las amarras
neocolonialistas ni mucho menos a la
propiedad monopólica de la tierra y de
los demás medios y recursos
fundamentales, sino a los "chamboneos"
de los funcionarios, que él
corregiría, si se le daba la
oportunidad de hacerlo desde el
palacio de Nariño. Pues bien, lleva
dos años corrigiendo. No se le
desconoce que ha pasado sus trabajos,
especialmente en los talleres de
impresión del Banco de la República.
Hemos asistido a un abigarrado cartel
de cabriolas y piruetas, con
requisición de bancos, reformas
tributarias, dos o más adaptaciones al
canon de arrendamientos, cortapisas
aduaneras, tres o cuatro enmendaduras
a la Upac, subvenciones a granel para
los magnates en dificultades y hasta
contenciosas licitaciones públicas.
Sin embargo, una investigación menos
circunstancial indicará que los
desvelos del belisarismo han girado en
torno a un espinoso asunto: cómo
acrecer el erario con el objeto de
enfrentar los percances de la crisis.
De otro lado, saldrá a relucir que los
dos partidos tradicionales, por encima
de sus ruidosas escaramuzas, cierran
filas tan pronto entra en peligro el
lucro de clase, olvidándose de sus
desemejanzas doctrinarias sobre el
modo de gobernar.
El abandono del propósito de suprimir
los alcances del fisco saliéndole al
paso a la evasión mediante el
perfeccionamiento de los controles
administrativos, sin necesidad de
implantar nuevos impuestos, tal vez ha
sido la mofa más inicua del Movimiento
Nacional a su electorado. Fenalco, la
federación de los comerciantes,
exteriorizando su enojo por la
instauración del IVA, elaboró en
febrero una "canasta" de 19 gravámenes
sobre los cuales se decretaron
incrementos que oscilan entre el 30 y
el 500 por ciento, demostrativa del
desespero fiscalista que embarga al
Ejecutivo. Haciendo salvedad de los
alivios para las sociedades anónimas y
la gran propiedad terrateniente, y de
las franquicias para la inversión
extranjera, prácticamente se elevaron
todos los tributos, de preferencia los
indirectos, comprendidos cigarrillos y
licores, avisos y tableros,
circulación y tránsito, industria y
comercio, gasolina y automotores,
predial y arancelario. Los alcabaleros
agotaron su ingenio sacándole el jugo
a cada item; y agotaron también la
tolerancia exprimible del pueblo. Lo
inverosímil del relato estriba en que
a la postre las carencias que se
quisieron taponar, en cambio de
angostarse, se ensancharon. No valió
la cascada impositiva, ni mantener la
progresión ascendente de las tarifas
de los servicios públicos, ni
acentuarle la cadencia a la
devaluación, otra exacción más,
enderezada a contrarrestar el saldo en
rojo; a la otra orilla de la charca, a
técnicos y expertos del Ministerio de
Hacienda los esperaban, con las fauces
abiertas, los mismos apremios
presupuestarios que tanto perjudican y
encolerizan a los contratistas del
Estado, que soliviantan a los
empleados, públicos y a los
trabajadores oficiales y que amenazan
seriamente a la totalidad del rodaje
económico.
Ahí es cuando las clases dominantes,
apoyándose en sus dos muletas
políticas, el liberalismo y el
conservatismo, se deciden a echar por
la calle del medio y resolver el
acertijo merced al único procedimiento
que les queda: la emisión. La emisión
a través de los cupos ordinarios y
extraordinarios del Banco de la
República, de la colocación de los
Títulos de Ahorro Nacional (TAN), o
deuda interna, y de los empréstitos
externos. Modalidades distintas, pero,
al fin y al cabo, emisión; el
exclusivo y verdadero aporte del
grandilocuente hijo de Amagá al
desenvolvimiento económico del país,
efectuado en una coyuntura en la cual
la sociedad oligárquica no sólo se
declara inepta para financiar a su
Estado, sino que éste ha de sostenerla
pecuniariamente. Huelga decir que el
engendro espoleará las deformidades.
No obstante, a la burguesía entera,
sin distingos de bando, le suena
ajustado a la más pura hermenéutica
que su presidente imprima billetes de
lo lindo, con tal de cubrir los
desfalcos de los agiotistas, auxiliar
a los dueños del Banco de Bogotá,
evitar el cierre de Fabricato,
apuntalar el Idema y sus precios de
sustentación, "democratizar" los
monopolios, solventar el Inscredial. A
este tácito avenimiento han llegado
los más reputados portaestandartes de
la reacción, dentro del espíritu del
artículo 120 de la Carta, que estatuye
la responsabilidad compartida
liberal-conservadora en el manejo de
la república, y atizados por las
conmociones de un tramo en el que los
lamentos cunden por doquier y la
desesperanza se propaga con la
velocidad de una epidemia. Y quizás
sea también un entendimiento
excepcional y hasta aleatorio, porque
muchos de quienes en 1982 pusieron su
alma en el ritmo de la administración
recién inaugurada ahora predicen
terribles desenlaces si no se adoptan
de urgencia éstos o aquellos
correctivos. No hay más que escuchar a
los gremios de la industria, el
comercio, la construcción, la
agricultura y hasta de la cima
privilegiada de las finanzas, que sólo
comentan de "parálisis", "caos",
"crisis", "catástrofe", y no atinan a
explicarse un eclipse tan pronunciado
y largo.
Las cuentas nacionales arrojan datos
ciertamente escalofriantes. En lo
transcurrido del decenio la superficie
de los cultivos ha descendido en
500.000 hectáreas y la dependencia del
exterior en materia de alimentos se
acerca al millón y medio de toneladas
anuales. Las fábricas de importancia
que han concluido en bancarrota,
agregadas a las que se encuentran en
concordato preventivo, más las que
operan muy por debajo de su capacidad
instalada o simplemente reportan
pérdidas balance tras balance, suman
ya varios centenares. La
descompensación entre las
exportaciones y las importaciones
viene ocasionando un remanente
negativo en la balanza comercial del
país, que las autoridades últimamente
ubicaron en 1.500 millones de dólares,
luego de imponer rigurosas medidas
restrictivas, muchas de las cuales han
recibido el rechazo de la burguesía
empresarial y mercantil. Los niveles
elevados de desempleo, que en las
naciones sojuzgadas, a distinción de
lo que ocurre en las metrópolis,
configuran un mal crónico y no típico
de las épocas recesivas, en Colombia,
hoy por hoy, asustan incluso a
comentaristas de librea y áulicos de
oficio. Para las cuatro principales
ciudades el paro forzoso se estima ya
en 13.5 por ciento. Sin embargo, los
muestreos del Dane resultan menos
estrictos y menos impresionantes que
el drama en vivo. Porciones
considerables de hambrientos no
aparecen por lo común contabilizados
entre los cesantes, así no sean más
que eso, en razón a que tales
muchedumbres de parias absolutos, sin
destino ni protección social alguna,
se refugian, muy de vez en cuando y
para no lanzarse al Salto, en
quehaceres marginales o faenas
improductivas. La deuda externa ronda
los US$ 11.000 millones y demanda cada
año abonos por US$1.700 millones, de
los cuales más del 60% en sólo
intereses. Raudales respetables si se
aprecia la merma vertical de las
divisas, debida asimismo al deterioro
acelerado del conjunto de la economía
colombiana y en particular de sus
ventas en las lonjas internacionales.
En lo concerniente al déficit fiscal
de 1984, que se le encima al de 1983,
de ingrata recordación, ni las
dependencias especializadas coinciden
en precisar su monto; si en 90, 135 o
quizá 250.000 millones de pesos. Mas
hay coincidencia en varias cosas: que
el descubierto rompe todas las marcas
anteriores, crece descomunalmente y no
se vislumbra otro remedio que el del
fraude monetario para sufragarlo.
Entre las ejecutorias reivindicadas
por el régimen descuella el repliegue
de la inflación a un tope inferior al
15 por ciento y que el ministro de
Hacienda saliente cotejaba orgulloso
con las congojas de las naciones
latinoamericanas donde la carestía aún
mantiene índices de tres dígitos. Aquí
cabe también una observación
imprescindible. Para nadie constituye
un secreto que la caída de los precios
tipifica los intervalos depresivos del
capitalismo. Indicábamos arriba que la
anarquía en la producción, propia de
este sistema, lleva, de tiempo en
tiempo, a que terminen entrabándose
unas a otras las diversas ramas
industriales, además del choque entre
un continuo aumento de los géneros
elaborados y un consumo cada vez más
reducido, fruto de la depauperación
incesante de las masas populares. Su
cometido, a diferencia de las
sociedades anteriores, se compendia en
la obtención de un progreso constante;
pero como, a semejanza de aquéllas, lo
sigue realizando por intermedio de la
apropiación privada, la tendencia
hacia la alta especialización y
división del trabajo, que supone una
exigente proporcionalidad de las
múltiples áreas y derivaciones
industriales, confluye, al contrario,
en una menor armonía o acoplamiento
entre ellas. La permanente
tecnificación y el acervo de la
riqueza desembocan sin escapatoria en
severas obstrucciones, hasta cuando
las quiebras en cadena reparan los
desajustes entre las múltiples y
distintas empresas y dan arranque a
una fase de recuperación que a su
turno gestará el siguiente colapso,
repitiéndose el proceso
indefinidamente. Durante la depresión
todos quieren vender pero muy pocos
compran; entonces las mercancías,
englobada la fuerza de trabajo, se
abaratan en la búsqueda afanosa de una
salida que no siempre logran. El
trágico desenvolvimiento conduce desde
luego al naufragio a muchos
potentados, y a los asalariados los
sume en una postración centuplicada.
Con todo, a la larga el fenómeno lo
aprovechan los capitalistas más
poderosos para sacar de la liza a sus
competidores y reacomodar el margen de
ganancia, restringido por el
fortalecimiento de la capacidad
productiva, o sea por la mengua del
factor laboral respecto a la mejora y
ampliación de las maquinarias y
materias primas gastadas. En otras
palabras, el capitalismo sale de sus
traumas periódicos blandiendo sus
armas predilectas: la concentración
económica y la degradación del
proletariado. Lo que pierda por la
menor cantidad relativa de trabajo
puesto en movimiento procurará
compensarlo con una mayor intensidad
en la explotación del mismo. De ahí
que la burguesía estadinense haya
arrancado, a principios de los años
ochentas, en el peor y más sostenido
declive de su industria desde la
posguerra, un descuento sustancial en
la remuneración de los obreros.
En fin, a Colombia la lesiona
directamente la crisis de Occidente en
cuyo ámbito gravita; salvo que en
nuestro medio los aniquiladores
efectos de aquélla se manifiestan con
redoblada furia, gracias a la
supervivencia de formas atrasadas de
producción y preferencialmente al
desvalijamiento de los monopolios
imperialistas, causas ambas, ya
ancestrales, del raquítico desarrollo
del país y de su espantosa pobreza. A
las cargas heredadas del pasado se nos
añaden los fardos transferidos por los
depredadores extranjeros. Sobre las
gentes tradicionalmente confinadas a
las ruinosas labores artesanales,
sobre los venteros ambulantes que por
cientos de miles pululan en las vías
de los cascos urbanos, sobre el éxodo
de los campesinos desprovistos de sus
parcelas, sobre los tugurios, se abate
la concurrencia de los declarados
insubsistentes tras las extinciones
parciales o completas de las pequeñas,
medianas y grandes factorías. A los
colombianos nos corroen las plagas del
apogeo del capitalismo sin haber
superado las escaseces que implica la
insuficiencia de éste. No construimos
nuestros telares y ya soportamos el
agio y la usura de una complejísima
organización bancaria, los desafueros
de un Estado oligárquico altamente
intervencionista, el perjuicio de las
mínimas fluctuaciones del comercio
mundial y, a las claras, las
desastrosas consecuencias del crac. No
debiera por ende maravillar la
declinación de la curva inflacionaria
que la cúpula burocrática ostenta cual
una proeza nunca vista y jamás bien
ponderada; lo incongruente está en que
en medio del cielo contraccionista el
costo de la vida no aminore en
realidad y puje hacia arriba, con
menor impulso sí, pero de todas
maneras con sesgo ascendente. Los
ricachos no se entusiasman con el
pírrico triunfo divulgado a tambor
batiente por los hacendistas del
gabinete, pues palpan la inmovilidad,
le toman a diario el languideciente
pulso a las transacciones y se
percatan de cómo sus mercancías, sus
apartamentos, sus tierras, no circulan
o lo hacen muy lentamente, así
reduzcan los importes. Muchos de ellos
coinciden en echarle la culpa a la
atrofia de la demanda, aunque al
tiempo promuevan o patrocinen los
despidos masivos y el menoscabo de los
salarios. Otra muestra de los
inefables enredos del sistema. Como
hay ausencia de compradores los
capitalistas se las arreglan para
expulsar de la plaza a los que queden.
Cuando los almacenes se repletan, se
envilecen a la vez las cotizaciones y
los negocios cierran; con los cierres,
el envilecimiento y el almacenaje de
los productos empeoran. A la
depreciación de las mercancías
corresponde una valorización
proporcional del dinero, que induce a
todo el mundo a pugnar por deshacerse
de los objetos que nadie solicita y
que difícilmente se truecan en
efectivo, a querer aprisionar la
moneda contante y sonante, a desear
poseer, no valores de uso
inutilizados, sino el valor de cambio
y el medio de pago por excelencia, con
el cual tener acceso a los vericuetos
del mercado y medrar en las pocas
oportunidades que éste brinde.
Naturalmente los intereses se trepan,
el financiamiento escasea y las
inversiones disminuyen, hasta tanto el
péndulo no retorne al punto en el que
vuelva a ser atractivo soltar el
circulante y prender los hornos
apagados. En Colombia nos tropezamos
sin embargo con el insólito caso de
que en medio de la más cruda parálisis
lo que predomina es el desmoronamiento
del peso, en virtud de las anomalías
fiscales, el febril dinamismo de los
impresores de la banca central, la
devaluación galopante y las tasas
crecientes de los préstamos
internacionales, revirtiéndose en un
sobreencarecimiento artificial del
crédito. Elementos que, tras de
influirse mutuamente, deprimen aún más
la economía y alejan las
probabilidades de recuperación. Claro
está que los desgreños financieros y
monetarios han acompañado a las dos
últimas depresiones del imperialismo,
tanto en 1975 como en la actualidad,
notándose también en los países
"avanzados" la persistencia de la
espiral alcista dentro del tumbo
descendente. Pero semejante
deformación de la deformación estropea
ante todo a las naciones avasalladas
del Tercer Mundo. Por eso López
Michelsen, sin desentrañar el meollo,
mas procurando refutar a su antiguo
antagonista, hizo hincapié en que
antes -vale decir durante el "mandato
caro"- "no se confundía recesión con
baja de inflación como ocurre ahora."5
De cualquier modo, en estas heredades
de Colón no disfrutamos ni del
abaratamiento característico de las
estaciones críticas.
No hay pues qué aplaudir en el informe
del Ejecutivo, y si prolifera la
incertidumbre se debe precisamente a
que se angosta el espacio para sus
martingalas y sus carantoñas. El
Estado no se halla en circunstancias
de acudir con la largueza inicial en
auxilio de los sectores emproblemados,
y, al revés, se ha decidido a apretar
la clavija, como cuando eleva el
rendimiento de las Upacs en casi 6
puntos y de 8 a 15 por ciento el de
los títulos agropecuarios clase A que
las instituciones financieras privadas
subscriben obligatoriamente, o reitera
el propósito de mantener la progresión
de las cuotas de los usuarios del ICT
y de las tarifas de los servicios
públicos. Determinaciones que se
mueven en contravía de sus planes de
vivienda y de sus ofrecimientos de
desencarecer el crédito, rehabilitar
las actividades productivas y
redistribuir el ingreso. Resta poco
qué escoger. Las adversidades de los
empresarios se trasladan inevitable y
tumultuariamente a los financistas,
ratificándose de paso que el bazar
especulativo, aunque se efectúe
eludiendo los riesgos de la
construcción material, descansa sobre
ella y ésta le traza sus límites. Los
banqueros han tenido que aceptar en
dación de pagos bienes muebles e
inmuebles por varias decenas de miles
de millones de pesos; las deudas a su
favor, vencidas y de difícil cobro,
bordean los $ 130.000 millones,
cuantía que equivale a una vez y media
el capital y las reservas del ramo, y
se prevé que 19 de los 23 bancos con
sede en Colombia, después de lustros
de consecutiva opulencia, no
consignarán utilidades en el ejercicio
contable de 1984. A la proverbial
inopia de los institutos
descentralizados se adosan ahora las
erogaciones que algunos de ellos han
de hacer para cubrir los réditos de
los papeles con que captaron gruesas
sumas dentro de los particulares,
mientras la Contraloría calcula que el
gobierno central ha de desembolsar por
los suyos más de $ 40.000 millones
durante el año, estrechándose
angustiosamente el círculo. A Raphael,
el atormentado personaje de Balzac,
cada vez que saciaba una de sus
irrefrenables pasiones, se le encogía
la piel de onagro, fuente mágica de
sus placeres y de su existencia; al
protagonista del Movimiento Nacional
con cada uno de sus impostergables
decretos se le agota el "sí se puede",
el talismán con que electrizara a las
multitudes y abriera los portalones
del poder.6
Nos hemos hecho una idea del mar de
los sargazos que surca la nave
colombiana, cuyas vicisitudes
exasperan los roces y choques entre
las diferentes clases y que a no pocos
burgueses les ofusca la visión y les
nubla la mente. "Ya se ha socializado
las pérdidas", recapacitaba uno de
esos oficiosos comentadores de la cosa
pública; "ahora lo que falta es que se
socialice las ganancias", concluía.
Significando así los movedizos
terrenos que se pisa con los
infructíferos estímulos concedidos de
mogollón a las élites en quiebra por
parte de un régimen igualmente
descaudalado. De la fallida intentona
de revivir las rentas mediante la
subvención oficial, a invertir las
relaciones sociales con el objeto de
establecer un Estado realmente holgado
y capaz de ver por el engrandecimiento
de la nación, no habría mucho trecho
si se contempla el asunto desde un
ángulo global e histórico y las masas
trabajadoras pueden influir
decisivamente. En todo caso las
recetas de alguna incidencia se
desechan tan pronto salen a la luz y
la confusión ha sido la reina del
carnaval. Dentro de tal clima se
sucede la reunión de Cartagena de los
cancilleres y ministros de Hacienda de
las morosas e insolubles repúblicas
latinoamericanas.
Allí el comediógrafo fue de nuevo el
olímpico mandatario de Macondo, quien
acaparó los destellos de las cámaras y
se robó las palmas de la galería,
retocando con prudencia su imagen de
veleidoso contradictor de los
regidores del imperio e instalando la
conferencia con un discurso que
anticipaba los párrafos primordiales
del documento finalmente aprobado por
unanimidad. Aboquemos el examen del
contenido de las postulaciones del
encuentro, no olvidando que el desafío
consiste, de un lado, en poner sobre
el tapete los motivos del
enfrentamiento entre los emisarios de
los regímenes del Sur escarnecido y
los filibusteros del Norte, y del
otro, en abogar por las orientaciones
que al respecto más le convengan a la
revolución. El temario abarcó tres
tópicos: lo que se denuncia, lo que se
pide y lo que se promete.
LA BANCARROTA TEÓRICA
Dentro del primer
aspecto el Consenso da por sentado que
"la región atraviesa una crisis sin
precedentes", con ilustrativas
referencias a que el producto por
habitante sigue siendo similar al de
hace una década, el desempleo afecta a
más de la cuarta parte de la población
activa y los salarios reales han caído
sustancialmente. "Lo cual puede traer
graves consecuencias políticas y
sociales". Del estropicio se acusa a
“factores externos ajenos al control
de los países de América Latina”,
tales como la recesión internacional,
el estancamiento de los países
industrializados, el deterioro de los
términos de intercambio y el
resurgimiento del proteccionismo.
Anótase que el servicio de la deuda
pasó a ser "casi el doble del aumento
de las exportaciones" y que "en los
últimos 8 años el pago de intereses
representó más de US$ 173 mil
millones". Los delegatarios llamaron
asimismo la atención sobre la
conversión de Latinoamérica en
"exportadora neta de recursos
financieros", avaluando dicha
"pérdida" en US$ 30 mil millones para
1983; y se quejaron de los "cambios
drásticos en las condiciones en que
originalmente se contrataron los
créditos", enmendaduras que atañen a
la "liquidez", a las "tasas", a la
"participación de los organismos
multilaterales" y a la "perspectiva de
crecimiento económico". El lamento
siguiente lo recapitula todo:
"Mientras existen manifestaciones de
recuperación económica en los países
industriales, América Latina se ve
forzada a aminorar y en algunos casos
a paralizar su proceso de desarrollo."
Una convergencia extraña y polémica
por provenir de quien proviene, los
canes guardianes del patio trasero de
la Casa Blanca. Pronunciamientos
pungentes que borran de un plumazo los
otros muchos eventos convocados por
los Estados Unidos, en donde siempre
se predicó, dentro de los lineamientos
del panamericanismo, la conjunción de
designios y la identidad de pareceres
de los pobladores del Hemisferio,
desde Alaska hasta la Tierra del
Fuego. Refundidas en la memoria quedan
las rondas de Punta del Este que, bajo
la batuta de Kennedy en 1961 y de
Johnson en 1967, les dibujaron a los
pueblos zaheridos un engañoso futuro
de realizaciones sin par y de dichas
compartidas con el odiado usurpador.
Habiendo la rueda de la fortuna girado
muy al contrario de lo previsto por
aquellos falsos profetas, sus
sucesores, al cabo de los almanaques y
luego de reconocer sin disyuntivas el
severo mentís corroborado por la
práctica, se atreven a bosquejar un
replanteamiento, en un acto que huele
más a memorial de agravios que a
reposada sugerencia. El que las
autoridades del Continente, tanto las
ungidas con los votos como las
consagradas por las bayonetas, hayan
admitido el rotundo descalabro de los
programas, las "ayudas" y los
convenios basados en los nexos
neocolonialistas así no les guste el
vocablo, ni lo mascullen por
equivocación, no puede menos que
simbolizar un ¡al fin! para las
fuerzas revolucionarias y en especial
para el marxismo-leninismo, que libran
una ardua lucha ideológica y política
contra un enemigo cuya supremacía se
la debe en gran parte al hecho de
ejercer un dominio omnímodo sobre los
medios de información y, a través de
ellos, asegurarse la esclavitud mental
de las gentes desposeídas y
explotadas. No obstante, el triunfo no
les será entregado gratuitamente a los
adalides de la nueva Colombia, ni nada
les reportará si no lo afianzan con
una paciente e infatigable campaña de
educación y propaganda, enderezada a
destruir la quimera de un cabal
desarrollo del país en las condiciones
de saqueo imperialista y de
prevalencia de las formas monopólicas
de apropiación. No hay que esperar que
este absurdo criterio sea dejado
expósito por el pensamiento
predominante de la reacción, por mucho
que las estadísticas hablen en su
contra, aun la de los organismos
estatales. Ni lo abandonará el
oportunismo, que en sus diversas
expresiones revisionistas viene desde
antaño apostando por él, y menos hoy
que juega al juego de transformar la
república mediante el diálogo
pacificador con el gobierno. Ahí
tienen, pues, material de sobra y
ocasión feliz nuestros investigadores,
ante todo los compañeros y amigos de
Cedetrabajo, para enriquecer los
fundamentos de la revolución
democrática de liberación nacional
defendida fielmente por el Partido
desde su fundación. Y nuestros
instructores de las escuelas para
cuadros conseguirán hacer más
comprensibles sus pláticas acerca de
la génesis de la crisis capitalista,
ahora que indagamos por el método de
la enseñanza partidaria, y que no
puede ser otro que el de ligar
vivamente los justos conocimientos
extraídos de los libros con las
multifacéticas y mudables realidades
del momento.
Tampoco habremos de permitir que cuaje
impunemente la especie, montada con
sagacidad, de que sean preciso los
estipendiarios del imperialismo los
primeros propugnadores del bienestar
social, en cuyo nombre peroraron los
ministros en la capital bolivarense,
tratando de proporcionarles un sentido
cariz a sus reclamos y de atraer la
solidaridad de las mayorías apaleadas
de Latinoamérica. Abundan los relatos
sobre las iniquidades y traiciones
perpetradas por los Berbeos de la
época, especialmente aquellos que
destapan los desfalcos; despilfarros y
demás corruptelas administrativas de
sus exponentes burocráticos.
Enumerarlos seria de nunca acabar.
Pero todos se parecen en algo al
trance de Argentina, en donde los
militares sin dejar rastro, no
solamente desaparecieron a los hijos
de las manifestantes de la Plaza de
Mayo, sino también los giros enviados
por las agencias prestamistas
internacionales. Si se nos replica que
acudimos a las perfidias de las
dictaduras castrenses para enlodar la
fachada de los regímenes
representativos latinoamericanos,
recordemos entonces el caso del más
institucionalizado de ellos, el de
México. Vencido el mandato de López
Portillo, reventaron una serie de
escándalos en torno a onerosas
defraudaciones cometidas contra los
fondos oficiales, en las que aparecían
incursos pesados funcionarios, sin
omitirse al propio Presidente. La
cuasinacionalización de la banca de
ese país, decidida en 1982, fue más
bien una asepsia que una innovación
económica, puesto que la burguesía
financiera sacaba al exterior con una
mano los dólares prestados que recibía
con la otra. Motivo de recurrentes
querellas entre los imperialistas y
sus recaderos ha sido la destinación
de los empréstitos y, más aún, la
dilapidación de éstos.
De ahí también la rigurosa vigilancia
del Fondo Monetario Internacional, a
sabiendas de que está de por medio la
capacidad de pago de los prestatarios
y la concreción de las ganancias.
Según cómputos de la revista
estadinense Time, del pasado 2 de
julio, a partir de 1979 han salido de
América Latina US$ 70 mil millones,
designados a compras de tierras,
inversiones privadas o depósitos
bancarios en el extranjero; monto que
contrasta patéticamente con la
iliquidez, los gravosos desembolsos y
la sinsalida a que alude el Consenso
de Cartagena. En cuanto a
prodigalidades nuestra descabalada
democracia tampoco escatima. El 12 de
julio las emisoras de la Radio Cadena
Nacional transmitieron: "El Banco de
la Reserva Federal de los Estados
Unidos reveló ayer que entre 1981 y
1983 Colombia registró fuga de divisas
con destino al mercado financiero
norteamericano por 2.500 millones de
dólares."7 Y si se completara el
paisaje con los hurtos detectados en
Haití, la compra de armamentos del
Perú, las ostentaciones de la
cleptocracia venezolana, los derroches
de Brasil, el ingenio colombiano para
rapiñar las partidas de la deuda
inclusive antes de su ingreso legal al
país y el resto de los ardides con que
se limpian las arcas estatales, no
sería aventurado aseverar que el cruce
de impugnaciones entre el césar y sus
procónsules, lejos de generarse en la
penuria de los niveles de vida de la
región, se circunscribe al regateo del
botín. Este tipo de disensiones podrá
agudizarse, sí, sobre todo con el
ahondamiento de la crisis, mas no
adoptará un carácter irreconciliable o
de ruptura total. El imperialismo
repara en el agua que lo moja y
luciría torpe al pretender extremar
sus exigencias, tanto por los ahogos
en que se debaten sus irreemplazables
alzafuelles, como por las
impredecibles consecuencias de un
cataclismo en la retaguardia. Jamás se
había hecho tan patente que los
grandes emporios capitalistas
superviven gracias al despojo de sus
neocolonias; su suerte se define no en
Londres, Washington o Tokio, sino en
las vastedades mancilladas de Asia,
África y América Latina. Los
intermediarios también tienden hacia
la contemporización, porque en
proporciones determinantes derivan su
peculio de las entendederas con los
monopolios del imperio y a la sombra
de éste se refugian, como cualquier
José Napoleón Duarte, cada que los
infortunios los traspasan o la repulsa
popular los apercuella.
Por dicha causa la conferencia estuvo
rodeada de episodios hasta cierto
punto desconcertantes. El país sede se
vanagloria de haber sido, entre sus
congéneres, el más cauto en endeudarse
y de ser ahora el único con
posibilidades de seguir hipotecándose;
y en su oración, Belisario Betancur
impacta a los concurrentes al poner en
conocimiento que "algunos bancos
internacionales privados han resuelto
agredirnos... han llegado al extremo
de amenazarnos si servíamos de
anfitriones a esta reunión." No
obstante, mientras intervenía el
oferente, aquel mismo 21 de junio, los
cables teleguiados desde Nueva York
reseñaban que el Chase Manhattan Bank
le había ofrecido a Colombia
coordinar, por intermedio de un pool
de entidades financieras, un crédito
de US$ 700 millones, y cinco días
después, por corresponsalía originada
en esta ocasión desde París, se supo
de otro empréstito de US$ 375
millones, adjudicado a la Federación
Eléctrica Nacional por el BIRF y una
treintena de consorcios crediticios
europeos, japoneses y norteamericanos.
Entre tanto el Departamento de Estado,
en declaraciones de su asesor
económico, Martin Bailey, se apresuró
a corregir el malentendido
presidencial, ratificando a su vez lo
que se desprendía de los despachos
noticiosos, que "los bancos grandes y
más importantes del mundo son
conscientes de la importancia y papel
que Colombia está cumpliendo al
facilitar un acuerdo responsable entre
las naciones deudoras y la banca
internacional acreedora."8
Incuestionablemente el
atascamiento de los negocios y la
declinación de su rentabilidad
agrietan las otrora lucrativas y
cordiales afinidades de los
accionistas de la hazaña expoliadora.
Empero, como los asustan los mismos
fantasmas, pondrán a funcionar a una
voz y a todo vapor, los complejos
engranajes gubernamentales; exprimirán
hasta las heces los denarios públicos,
y les darán largas, en tanto las
circunstancias lo permitan, a las
definiciones espinosas y
controvertibles, propendiendo a
soluciones de transacción, las que
menos perjudiquen a unos y otros.
Moraleja: hay quienes se insultan en
las avenidas y se reconcilian en las
callejuelas. En cuanto ataña a la
voluntad, o sea al terreno subjetivo,
los imperialistas y sus espoliques
preferirán un mal arreglo que un buen
pleito; falta ver qué opina la otra
premisa, la objetiva, al fin y al cabo
la variable decisoria.
Ahora toquemos el segundo aspecto.
¿Qué se pidió en Cartagena?
Extractemos del texto del acuerdo las
solicitudes de mayor enjundia cursadas
a los mandamases de Occidente. Antes
que nada se machaca en "la reducción
de las tasas de interés", y "sin
perjuicio de los objetivos
antiinflacionarios". Dos metas
contradictorias que aguardan por la
reanimación de la economía mundial y
más específicamente por el
acortamiento del abultado déficit
fiscal de los Estados Unidos. Aun
cuando se haya insistido en que 1984
marca el arranque de la tan anhelada
convalecencia del sistema, no se
oculta que ésta demoró, o viene
demorándose más que la de 1976-77, y
que son en particular muy inquietantes
los coeficientes de Europa, cuyos
países han llevado la peor parte y en
los cuales la reconversión industrial
demanda sumas gigantescas y
sacrificios sociales sin cuento. Pero
incluso asintiendo que la reactivación
sea una realidad tangible y no un
espejismo del desierto, cabría todavía
preguntarse si durará lo suficiente, o
se circunfiere a una mejoría pasajera,
premonitoria de un letargo más
profundo y traumático. Algo parecido
acontece con el embrollo
presupuestario estadinense; su saldo
adverso amaga romper la barrera de los
US$ 200.000 millones, enfriando el
alma hasta de los pocos optimistas que
presagian un efectivo saneamiento
durante el período constitucional a
iniciarse en 1985. Esperar a que los
zascandiles de Wall Street o de la
Oficina Oval reciten el "¡levántate y
anda!" ante la desfalleciente
producción, a fin de que se satisfagan
las peticiones de quienes, además de
haber protestado sus pagarés, aspiran
a franquicias que se contraponen a
elementales preceptos económicos, es
pecar de ingenuos o pasarse de
astutos. O cual dirían los
colombianos, hacer belisarismo.
Nuestro peripatético gobernante
todavía cree, por lo menos de dientes
afuera, que las ratas del ingreso
capitalista, el costo del crédito
bancario, los índices de desempleo y
de concentración de la propiedad
deberían regularse por las eternas
reglas de la equidad y de la ética.
Con catequesis de moral, o mejor, de
afectada moral, ha querido poner coto
a los descarríos de una sociedad
guiada por el Norte de la máxima
ganancia. Como había jurado en vano
torcerles el pescuezo a los réditos
usurarios, una noche salió por las
pantallas de la televisión a
aleccionar en lenguaje pastoral a su
grey acerca de los torvos y recónditos
alicientes tras los que actúa la
banca, y debido a los cuales no ha
sido factible la disminución de los
intereses. "¿Por qué cada día los
suben más?", interpeló al auditorio
nacional; y al rompe respondió: "por
egoísmo". Renovando a renglón seguido
el ultimátum de que "eso se va a
terminar".9
Únicamente a causa del intensivo
tratamiento de cretinización a que se
ha sometido al país, tales delirios de
orante u orate podrán ser tomados en
serio. Sin embargo, el legajo firmado
en la Costa Atlántica por los
ministros de Argentina, Bolivia,
Brasil, Chile, Colombia, Ecuador,
México, Perú, República Dominicana,
Uruguay y Venezuela, recoge el "aporte
fundamental" de la palabra iluminada
del presidente Betancur, no
refiriéndose desde luego al pasaje
televisivo, pero sí al convencimiento
vertido en su alocución inaugural de
que todas aquellas injusticias y
abominaciones que aquejan a la
especie, se curan con contrición de
corazón y propósitos de enmienda. Con
que los imperialistas se resignaran a
embolsarse menos en aras de sostener
las cotas de enriquecimiento de las
oligarquías antinacionales -el tan
trillado reordenamiento mundial-, la
tempestad amainaría y el sol volvería
a sonreírnos por igual a ricos y a
pobres. Las peticiones bailan todas
alrededor de tal consideración; a ello
se reducen las contribuciones en el
análisis económico.
A las potencias se les recomienda, o
suplica, "el acceso a sus mercados de
las exportaciones de los países en
desarrollo", "condiciones que permitan
la reanudación de corrientes de
financiamiento", "alivio continuado y
significativo de la carga del servicio
de la deuda", "reducción al mínimo de
los márgenes de intermediación y otros
gastos", "eliminación de las
comisiones", "abolición de los
intereses de mora", supresión de la
"exigencia" de “transferir al sector
público, en forma indiscriminada e
involuntaria, el riesgo comercial del
sector privado", terminación de las
"rigideces regulatorias de algunos
centros financieros internacionales",
"nuevos financiamientos",
"reconocimiento de la calidad especial
que tienen los países soberanos como
deudores de la comunidad financiera
internacional", "reactivación de las
corrientes crediticias hacia los
países deudores", "asignación de un
volumen mayor de recursos",
“fortalecimiento de la capacidad
crediticia de los organismos
financieros internacionales", "nueva
asignación de Derechos Especiales de
Giro", etc.
Si se exceptúa el acápite atinente a
un trato benigno para las
exportaciones, la interminable
retahíla de plegarias se condensa en
la consigna de: ¡Dinero, dinero y más
dinero! Que no se interrumpa su flujo,
que mane a borbotones y sin recargos
de ninguna índole. Y si es regalado,
¡excelente! Que los gobiernos
latinoamericanos no tengan que
responder por los débitos externos de
sus burgueses, aunque se reserven el
tan practicado derecho de enjugar las
bancarrotas de éstos. Que el FMI, el
BIRF y la Reserva Federal
norteamericana tomen las medidas del
caso para desinflar el valor de los
créditos internacionales, así los
países prestatarios no logren ni les
importe constreñir los sobrecostos de
los que facilitan internamente. Que
Reagan haga lo que ellos no hacen:
cauterizar el déficit, precautelar la
inflación y descongestionar el mercado
financiero. Pero el accidental
inquilino de la Casa Blanca puede
tanto como Prometeo en el peñón del
Cáucaso. Pese a que los apologistas
del imperialismo, matriculados en
diversas escuelas y subescuelas,
debatan y achaquen los atoramientos en
el comercio, la industria y las
finanzas mundiales al descuido o a la
negativa de adoptar tal o cual
política por parte de los conductores
de la superpotencia, los cimbronazos
de la crisis se sienten a menudo más
fuertemente en las latitudes
septentrionales de Washington, y dan
allá menos lugar a los virajes bruscos
que en una pequeña nación, supongamos
la República de Chile.
A Augusto Pinochet, no obstante deber
US$ 19.000 millones, de pronto un
empujón de 400 ó 600 millones más lo
saque momentáneamente de penurias, y
apenas lógico que el general esté
dispuesto a intentar cualquier
timonazo y a profesar cualquier tesis
con tal de complacer a sus financistas
y de que éstos lo complazcan a él. Mas
a la administración norteamericana,
que vela por Occidente, por el sistema
monetario internacional y por el
general Pinochet, ningún Grupo de
Consulta o profesor universitario lo
resguardará de sus cuatro jinetes del
apocalipsis: los exorbitantes gastos
de la defensa, ante las asechanzas del
expansionismo soviético; el
hostigamiento económico de las
potencias aliadas; la explosiva
penuria de sus zonas de influencia, y
el veloz debilitamiento de sus fondos
federales. Mientras no concluya la
recesión todas estas acucias tenderán
a agigantarse con su deplorable cola
de coartaciones al comercio, y junto a
ellas, los correspondientes obstáculos
a la compra, de las contadas
mercaderías procedentes del Tercer
Mundo. Así que los implorados
incentivos para las exportaciones
latinoamericanas muy tangencialmente
serán satisfechos.
La encerrona habrá llegado a tal
extremo, que el candidato demócrata,
Walter Mondale, sin reflexionar mucho
en cuánto afectarán su campaña sus
escuetas alegaciones, retó osadamente
a la contraparte: "Digamos la
verdad... Reagan aumentará los
impuestos, y yo también."10 Aunque el
ex actor no recogió el guante y se
mantuvo por lo menos, verbalmente en
la posición de proseguir con los
amortiguamientos tributarios con que
se privilegia a los trusts, y con las
talas a la asistencia social con que
se golpea al pueblo, el Tesoro de la
poderosa nación sufre el peor
quebranto de su meteórica carrera. El
debate hará manifiestos los fiascos
económicos de la última gestión de los
republicanos. Ignoramos en qué grado
incidirá sobre las expectativas
reeleccionistas; empero, no nos cabe
duda de que, sea cual fuere el
resultado de los comicios de
noviembre, la controversia, además de
definir el sino de una facción,
acabará sepultando casi media centuria
de elucubraciones académicas sobre la
anulación de la crisis capitalista
mediante el incremento del empleo y
del consumo a cargo de las múltiples
irrigaciones del erario.
El crac de 1929 les
había mudado el pellejo a las nociones
teóricas de los economistas burgueses.
Antes de la fatídica calenda sus
connotados pontífices se empecinaban
en disimular los fenómenos de
superproducción y de paro dentro del
capitalismo, aferrándose con fe púnica
a las anacrónicas conjeturas de que el
mercado nivelaba la una e impedía el
otro; y volteándole cerrilmente la
espalda a más de un siglo de palmarias
refutaciones, incluida la remembranza
que Engels inserta en su prólogo de El
Capital acerca de los ciclos decenales
desde 1825 hasta 1867. Ni el pánico
financiero de 1907, causante del
despeño de trece bancos neoyorkinos y
de otras compañías ferroviarias más;
ni los años críticos de 1914 a 1916
que terminaron inmiscuyendo a
Norteamérica en la primera
conflagración mundial y entronizando
allí definitivamente el capitalismo
monopolista de Estado; ni el corto
pero nocivo receso de 1920-1921; ni
siquiera el estruendoso derrumbe de la
Nueva Era en las postrimerías de la
década de los veintes, convencieron a
los rectores de la economía
estadinense de abandonar los rígidos
criterios, plantados en el "espíritu
nacional" yanqui, de que una
administración admirable era aquella
cuya injerencia brillara por lo
discreta y austera. 0 como lo proponía
el lema electoral del malhadado
presidente Warren G. Harding: "Menos
intervención del gobierno en los
negocios y más intervención de los
negocios en el gobierno."11 O como lo
preconizara Franklin D. Roosevelt en
medio de la hecatombe de los treintas,
meses antes de asumir la presidencia y
a manera de crítica a los
desequilibrios presupuestales que
Herbert Hoover no acertaba a
recomponer: "Tengamos la valentía de
dejar de pedir préstamos para hacer
frente a los continuos déficit. Basta
de déficit."12 De pronto el brujuleo
cambió abruptamente. No sólo se
reconocieron las turbaciones cíclicas,
sino que se proclamó una forma
infalible de neutralizarlas. El nuevo
e improvisado esquema doctrinario se
distinguiría por sus ínfulas. Sin
conmiseraciones botó a la basura los
amarillentos e inservibles tratados y
propagose a toda prisa por el orbe,
cautivando a catedráticos y
estadistas, quienes ipso facto
retocaron sus axiomas y políticas para
ponerlos a tono con la moda. Sobra
referir que también la intelectualidad
simiesca de la neocolonizada Colombia
gesticuló a la par con sus preceptores
extranjeros.
De aquí en adelante el Estado, cual
supremo regulador, habrá de interferir
con el objeto de acrecentar la demanda
y promover las inversiones, sin
pararse en pelillos o reparar en
faltantes y descubiertos. El
fundamento de toda esta "revolución"
se halla en que, ante los incesantes
progresos de la producción que se
traducen en una merma relativa del
trabajo explotado y del promedio de
las utilidades, el imperialismo se
había decidido a apelar abiertamente a
los instrumentos y beneficios públicos
para reponer las declinaciones de la
rentabilidad, ya fuese a través de la
moderación de los gravámenes, las
adiciones al gasto oficial, el
endeudamiento estatal, las emisiones
monetarias, la devaluación, o por los
procedimientos directos de los
subsidios y los rescates para las
empresas entradas en barrena. A tamaña
defraudación de la confianza ciudadana
en pro de los dueños y señores de las
tres cuartas partes del globo, se la
invistió de la dignidad de una
ciencia, y como a su héroe epónimo se
nombró al señor Keynes, el hombrecillo
de Cambridge, al que "la lucha de
clases lo encontró siempre del lado de
la burguesía culta", y quien fuera en
Bretton Woods coartífice del
realinderamiento económico refrendado
con las bombas atómicas sobre
Hiroshima y Nagasaki. Si en los
convulsos períodos anteriores se
consideraba conceptualmente
prioritario mantener incólume el
soporte estatal, última garantía de la
sociedad explotadora, después de la
Gran Depresión, lo primero que habría
que hacer era desangrarlo, y sin
contemplaciones, con tal de contener
la crisis. Pero los presupuestos
deficitarios estadinenses que
comenzaron bajo Kennedy como
estrategia consolidativa, al cabo de
veinte años de prescripción de
mercados y de extravío de posesiones
neocoloniales, amén de las otras
calamidades sucintamente narradas
atrás, se han tornado con Reagan en
una pesadilla que en lugar de
coadyuvar al restablecimiento se
constituye en uno de los mayores
inconvenientes. La burguesía autónoma
de Europa, Japón y Canadá, así como
los testaferros del Tercer Mundo, ya
han constatado empíricamente que este
falseamiento de las apropiaciones y
destinaciones presupuestarias, cuando
lo ejecuta el proveedor de la divisa
mundial, en el presente caso Estados
Unidos con su patrón dólar, es un
sutil y engañoso mecanismo para
soliviar los decaídos dividendos de
Norteamérica, a expensas del
despojamiento y del naufragio de sus
rivales comerciales.
Hay que pertenecer a la cofradía de
Fedesarrollo, los masters del
keynesianismo criollo, para pensar con
el disco rayado de que el país urge
aún de emitir y prestar más para
rehabilitarse, cuando hasta los
parlamentarios intuyen que semejantes
expedientes tocan a su fin. U ostentar
la banda presidencial en el pecho para
insistirle a Washington que, de una
parte, subvencione la deuda
latinoamericana y suelte los dólares,
y de la otra, controle el déficit y
reduzca el prime rate o interés
preferencial. El interponer
unificadamente los buenos oficios de
las investiduras ministeriales para
forzar mayores anticipos, los cuales
requieren de cualquier modo ser
autorizados y avalados por la
Tesorería del imperio, denota la ciega
inclinación de unas clases
parasitarias y fletadas a las que no
se les ocurre ninguna línea
estratégica distinta a la rauda e
irreflexible enajenación de las
seudorrepúblicas puestas bajo su
custodia; haciéndoles no sólo el
esguince a los candentes problemas
sino recrudeciéndolos con su
comportamiento. A los quebrantos
materiales de la burguesía los sigue
la ruina ideológica de sus teóricos.
El memorando de Cartagena refleja esta
histriónica verdad al proponer como
cura de los males que agobian al
Hemisferio las causas que los
originan.
Aunque surgidos de la libre
concurrencia y cual negación de ésta,
lo cierto es que los monopolios no
consiguen obviarla del todo; entre
ellos las contiendas, enmascaradas
tras los pendones nacionales de las
grandes potencias, abarcan los cinco
continentes, tienden hacia la
hegemonía universal y, hacen de las
ciento y pico de naciones subyugadas
el trofeo predilecto de los
vencedores. El imperialismo, antes que
extirpar las crisis capitalistas, las
vuelve más extensas, profundas y
cataclísmicas. Lo aseveran las dos
confrontaciones bélicas mundiales que
redujeron a escombros y cenizas muchos
de los medios de producción sobrantes,
e inmolaron en los campos de batalla a
decenas de millones de desempleados
embutidos en sus trajes de fatiga. La
ulterior reconstrucción, la iniciada
en 1945, junto con el advenimiento del
moderno modelo de vasallaje nacional,
de apariencia democrática y rostro
bonachón pero de más jugosas
retribuciones que el burdo y repudiado
colonialismo de viejo corte,
permitieron temporadas de acompasado y
hasta cierto punto de tranquilo
esplendor, singularmente en los
Estados Unidos, a cuyo firme liderazgo
sólo empañaban escollos superables y
llevaderas fricciones. Mas a estas
alturas del proceso, descartada la
efectividad de las soluciones
transaccionales, el imperialismo se ve
abocado, para vivir, a otro masivo
aniquilamiento de la riqueza por él
engendrada. No obstante, la
destrucción de bienes y hombres será a
una escala infinitamente superior a
las precedentes, puesto que con la
plétora de las armas nucleares la
vigencia histórica de la guerra
convencional ha concluido, y con ella,
las limitaciones de la devastación;
Norteamérica, al contrario de 1914 y
1939, no podrá eximir su territorio y
habrá de arrostrar directamente y
desde el primer instante los riesgos
del holocausto, y el conflicto, que
enfrentará a Occidente con la Santa
Rusia rediviva, inevitablemente
repercutirá en la conciencia de los
pueblos del mundo, tanto de las
naciones oprimidas como de las
opresoras, que querrán sacudirse de
una vez y para siempre los yugos de la
usura, la crisis y la guerra. Tales
las perspectivas finiseculares del
modo capitalista de producción.
Y para evacuar nuestro examen, una
plumada respecto a qué se
comprometieron los lugartenientes
políticos de las oligarquías
latinoamericanas. Precavidamente
"reiteraron que la conducción de las
negociaciones en materia de deuda
externa es responsabilidad de cada
país". Esta declaración, pese a que la
complementaron o adobaron con la
sugerencia de estatuir unos
"lineamientos generales" que "sirvan
de marco de referencia" a las
impugnaciones "individuales" de los
Estados prestatarios, se redactó con
el deliberado propósito de desprevenir
al Grupo de los 7 Grandes, que ya
desde la cumbre de Williamsburg, en
mayo de 1983, tomó nota del clamoreo
del Sur e hizo votos, por lo menos en
el papel, de moderar los déficit
fiscales, sofocar la inflación y
encinturar los intereses, y que en la
capital británica, en junio del
corriente año, exteriorizó de diversas
maneras su enojo por la eventual
conformación de lo que se viene
denominando el "club de los
deudores".13 No habrá pues, según
Cartagena, las conversaciones
colectivas rechazadas por Londres. Los
gobiernos en bancarrota, que son sin
salvedad los tributarios de los
emporios industriales, rehusaron
voluntariamente arremeter con la
fundación formal de un bloque de
mendicantes. Continuarán buscando uno
a uno y por separado, de acuerdo con
el monto de sus compromisos y
capacidades, las correspondientes
prórrogas y mitigaciones para los
inmódicos pasivos. Zanjándose así, y
aun cuando fuere temporalmente, un lío
que amagaba con complicarlo todo.
Asimismo, prometieron pagar con
puntual exactitud, despejando otra
incógnita que traía en ascuas a la
comunidad financiera internacional,
cuyas entradas, y hasta su propia
permanencia, cual se indicó arriba,
penden de la seriedad y, lógicamente,
de la holgura de sus clientes de
América Latina. Por aquella fecha los
medios informativos alarmaban a los
lectores con los cálculos sobre los
estragos que, en miles de millones de
dólares y en cientos de miles de
empleos, les reportaría a los Estados
Unidos una reprobación oficial de los
débitos de Brasil, Argentina o México.
Se hacía inminente una aquietadora
mención al respecto, y por eso los
ministros suscribieron "la decisión
ampliamente demostrada por sus países
de cumplir con los compromisos
derivados de su endeudamiento externo
y la determinación de proseguir con
los esfuerzos de reordenamiento
monetario, fiscal y cambiario de sus
economías". Promesas éstas que buscan
subsanar las discordias surgidas en
las relaciones inveteradamente afables
entre el imperialismo y los regímenes
fantoches y que con certeza serán de
muy accidentada realización; sin
embargo, tal y como han sido
proferidas dentro de las solemnidades
de una misiva de esa índole, y dado el
atolladero de remitentes y
destinatarios, no pueden menos que
copar las satisfacciones de los
jerarcas del Norte. Ante las
inobservancias e irregularidades
registradas un juramento escrito no
significa nada, pero sería peor no
tenerlo. El dilema aquí no consiste en
averiguar si los signatarios le harán
honor o no a la palabra empeñada,
máxime cuando la tierra tiembla
incluso bajo los tronos menos
accesibles y nadie está seguro de qué
sucederá al día siguiente.
En una caliginosa mañana de otoño, los
peruanos, por ejemplo, se quedaron
súpitos al enterarse de que los
plenipotenciarios de Belaúnde Terry,
por un crédito puente de US$ 300
millones, habían concertado una carta
de intención mediante la cual el
gobierno se obligaba a recortar en
varios puntos porcentuales sus
erogaciones, reducir en otros cuantos
su déficit, incrementar los ingresos
tributarios en un equivalente al 2%
del Producto Interno Bruto, subir las
tarifas del agua, la energía eléctrica
y el transporte, reajustar los precios
del arroz y de los hidrocarburos,
disminuir las partidas de fomento
estatal, nivelar las tasas nominales
del interés bancario con las de la
inflación, devaluar el sol en un 20%,
suprimir los subsidios a determinados
artículos de primera necesidad y, por
supuesto, dedicar anualmente a la
cancelación de los empréstitos
vencidos el 50% del total de las
exportaciones. Y el premier Sandro
Mariátegui, cabeza del gabinete, quien
el 26 y 27 de abril, en distintos
diálogos con los periodistas comentara
jubiloso que el convenio, "un éxito
personal del presidente", viabilizaría
"la renegociación de la deuda en el
Club de París" y se sintetizaría en la
reactivación económica del Perú "en un
lapso de tres meses a un año", no tuvo
el menor sonrojo de manifestar, menos
de una semana después y ante las
objeciones de los empresarios
quebrados y de los sindicalistas
enfurecidos, que el gobierno
propugnaría la revisión de los
mencionados pactos de emergencia con
el FMI.14 En cosa de horas el
tornadizo parecer de las autoridades
peruanas había pasado de la impúdica
euforia a la taimada discreción. Son
los imponderables de la crisis que en
Santo Domingo se patentizaron
violentamente con 52 muertos, 140
heridos y 4.000 detenciones, al
conocerse de la firma de los mismos
irritantes acuerdos. Luego no nos
referimos en este capítulo de nuestro
análisis a las proyecciones
cuantitativas, a los márgenes reales
de aplicación de los protocolos. Si
Williamsburg no tradujo o no pudo
traducir en obras sus ofrecimientos,
¿por qué entonces Cartagena? No. De lo
que se trata es de la soberanía
nacional, de la actitud frente a los
infamantes y perentorios requisitos de
las agencias prestamistas cuyos
mensajeros vagan por las covachuelas
de la administración, husmean en las
carteras ministeriales, hurgan en los
archivos de los institutos bancarios,
meten la mano en las contabilidades de
las empresas públicas, toman asiento
en el Congreso y en los concejos
municipales, en suma, se pasean por la
república como Pedro por su casa. Para
la banca mundial ha resultado
inaplazable que los gobiernos pongan
freno al desorden, se disciplinen, no
dejen por desidia o ineficacia escapar
un denario. En ello va la concreción
de sus acreencias. Y esto, unido a los
apuros financieros de las marionetas,
ha trastrocado a las naciones
latinoamericanas, al principio en
forma lenta e imperceptible y más
tarde rápida y descarnadamente, en
simples sucursales de unos,
hiperbóreos pulpos matrices, los
tentaculares consorcios del imperio.
Al punto de que ya no gozan de
autonomía ni para fijarle el precio al
arroz. Y en medio de la escalada
capitulacionista, los heraldos de la
democracia oligárquica, fuera de
disparar unos cuantos cartuchos de
fogueo contra los extorsionadores
foráneos, apenas si atinan a reunirse
para esclarecer en común las
incomprensiones surgidas acerca de su
dificultoso acatamiento a las
requisitorias del Fondo Monetario
Internacional.
SE PORFÍA EN LA
ENTREGA
Finalmente, los
ministros, en lo que cabría
calificarse como la gran novedad de la
conferencia, "manifestaron que la
inversión extranjera directa puede
jugar un papel complementario por su
aporte de capitales y por su
contribución a la transferencia de
tecnología, la creación de empleos y
la generación de exportaciones". No
obstante alguna reserva en cuanto al
escaso monto de las divisas que se
captarían por tal concepto y la
ceremoniosa admonición de que las
firmas que arriben habrán de sujetarse
estrictamente a las leyes de la
región, aquella alternativa acaba
patentizando la derrota y la alevosía
de unas clases apátridas que no sólo
estiman vedado el camino hacia un
desarrollo independiente sino que
renuncian públicamente a transitarlo.
Y a los quince días a la capital del
país le correspondería ser escenario
de otra bochornosa citación, el
bautizado Primer Foro de
Inversionistas, con la asistencia de
187 representantes de compañías
oriundas de los más diversos lugares
del mundo a los cuales las autoridades
colombianas del ramo les
pormenorizaron 257 proyectos en las
esferas de la industria agropecuaria y
manufacturera, la minería, la
comercialización, las maderas, los
productos químicos, la pesca, los
enlatados y hasta en empresas sociales
y de servicios varios, con el objeto
de atraer fondos por 2.000 millones de
dólares.
Tampoco hay que olvidar que fue bajo
el cielo cartagenero, donde justamente
nació hace dieciséis años el Grupo
Andino, o la Integración Subregional,
que lleva también el nombre de la
ciudad ilustre. Este experimento se
presentó en su tiempo cual bendita
panacea para los países
consuetudinariamente estancados de los
Andes, que principiaban a cavilar
sobre un despegue conjunto y
solidario. Sobre él llovieron las
salutaciones nacionales e
internacionales de casi dos lustros
consecutivos. Pese a las instintivas
simpatías que despiertan entre la
gente las banderas integracionistas,
en cuyo apoyo se resucitaron inclusive
los ideales anfictiónicos de Simón
Bolívar, que en realidad no vienen al
caso, nuestro Partido, nadando contra
la corriente como siempre, hubo de
enfrentarse a este nuevo embeleco, al
que alababan desde el revisionismo
mercenario hasta sectores democráticos
y antiimperialistas despistados. Ni
nuestros amigos chinos se exoneraron
de adherir a los ilusorios
planteamientos. Con ellos discutimos
en su oportunidad, aspirando a
convencerlos de que el Acuerdo de
Cartagena, lejos de obedecer, tal
sospechaban, a la insubordinación de
las burguesías latinoamericanas que
aunábanse así para resistir la
incómoda intromisión de los Estados
Unidos, debíase al contrario a la
necesidad del imperialismo de hacer
una más exhaustiva utilización de los
mercados de sus neocolonias, muchos de
los cuales son tan estrechos que de
por sí imposibilitan la instalación de
plantas fabriles de alguna
envergadura, impedimento que habría de
allanarse con el "libre comercio"
interzonal. Meta defendida por Johnson
dentro de la Declaración de
Presidentes de América del 14 de abril
de 1967, en Punta del Este;
recomendada por el informe Rockefeller
del 30 de agosto de 1969 a la
administración de Richard Nixon, y
expuesta explícitamente por éste como
línea central para el Hemisferio, a
través de su discurso ante la Sociedad
Interamericana de Prensa, SIP, del 31
de octubre de 1969.15
Éstos fueron los obligados
prolegómenos de la loada política de
la cooperación de capitales, que
además hundía sus raíces en la
descaecida Alianza para el Progreso y
se insertaba dentro del marco jurídico
de la vieja Alalc. Por razones apenas
obvias al ambicioso plan se le echó su
pañete nacionalista y a los
copartícipes extranjeros se les
supeditó a morigeraciones y fiscalías
que no representan ni mucho menos la
quintaesencia del patriotismo.
Luego de década y media de frustrantes
tentativas, la amarga lección, al
revés de lo esperado, compéndiase en
que los beneficiarios salieron siendo
los monopolios imperialistas y que los
países receptores, en lugar de
desvanecer las aprensiones que aún los
distancian y de jalonar y acoplar
entre sí sus economías, se vieron
mezclados a menudo en lastimosas
pendencias, disputándose, dentro de
los respectivos y sofisticados
"programas sectoriales de desarrollo
industrial", la vinculación de sus
asociados, las insaciables
corporaciones de las potencias
occidentales. Después de la
institucionalización de un mercado
andino, y que van cristalizándose los
sueños de los trusts de poder enviar a
todas nuestras naciones sus géneros
elaborados en cualquiera de ellas, se
pretende ahora seguir suavizando las
estipulaciones de la famosa Decisión
24 del Acuerdo de Cartagena, con lo
cual aquéllos quedarían facultados
para unas remesas más grandes de
utilidades o una reinversión mayor de
las mismas, encima de otras muchas
aberrantes mercedes. En efecto, el
ablandamiento viene dándose con
bastante anterioridad y no ha de
endilgársele exclusivamente a Chile,
que desistió de la integración a
partir de octubre de 1976. A su favor
se han inclinado igualmente los otros
miembros del Grupo, que más de una vez
introdujeron por unanimidad dispensas
y salvarguardias al tratamiento de los
capitales extranjeros. Y el gobierno
belisarista, condescendiente hasta la
ignominia, las ha otorgado a manos
llenas desde su instauración y aun en
órbitas atendidas regularmente por
nacionales como el turismo, el
transporte y la hotelería. Los
caudales foráneos vertidos en Colombia
se aproximaban en 1983 a los 1.400
millones de dólares. Al cabo de tanto
trajín y parloteo, de la solicitud de
cupo en el Movimiento de los No
Alineados y de las diligentes
intermediaciones de Contadora, el
régimen, en el mediodía de su mandato,
entera a sus sufragáneos de que la
recompostura económica estriba en más
que decuplicar tal cifra.
Los modelos a imitar serán de aquí en
adelante Singapur, Corea del Sur y
Taiwan, los dilectos satélites, los
adorados paraísos de los magnates
yanquis. A los tiranuelos les molesta
el mote de "deudores" y desean ser
ascendidos al rango de "socios" de la
empresa expoliadora.16 He ahí la
metamorfosis de la mayordomía, la
novísima acción hemisférica
preconizada en el Centro Internacional
de Convenciones de Cartagena de
Indias.
A La Heroica le anularon con su
Consenso de los ochentas su Acuerdo de
los sesentas, y al hacerlo, los
conferenciantes sencillamente se
avinieron a tachar las mínimas
prohibiciones que alejen a cualquier
traficante de las metrópolis y que en
la época nixoniana fueron el timbre de
orgullo del nacionalismo
latinoamericano. Voto que sin
equívocos les cae de perlas a los
neocolonialistas estadinenses,
quienes, en virtud de la crisis, han
tenido que conformarse con plazas
industriales en grado decreciente
dentro de América Latina, su
primigenia área de intervención.17 A
nadie ha de extrañar entonces que a la
clausura de la susodicha reunión,
llevada a cabo dentro de tan malos
presagios, meros juicios laudatorios
se hubieran impreso sobre ella, en
singular los que corrieron a emitir
los atentos vigías apostados en Nueva
York, Washington, Londres. Para los
protagonistas de la piratería
contemporánea, los embozados
repúblicos de la agresión
internacional, con la triple soga al
cuello de la crisis financiera,
comercial y productiva, constituye un
respiro que sus recelosos
estipendiarios, hablando en pro de las
naciones exaccionadas, denuncien las
"reformables" deficiencias del
sistema, aboguen por el
fortalecimiento de la organización
mundial bancaria, reclamen mayores
subsidios estatales de las grandes
potencias, pidan la no interrupción de
las corrientes crediticias, ofrezcan
cumplir los compromisos contraídos,
renuncien a las renegociaciones
colectivas y coloquen, de aderezo del
pastel, la promesa de abrumar de
prebendas a la inversión extranjera.
¿Podrían los defraudadores del prime
rate recibir más de su morosa y
amorosa clientela?18
* * *
En cuanto atañe a los
pueblos del Continente, encargados de
pagar los trastos rotos de la
extorsión, el latrocinio y el
despilfarro, no hay motivo para tontas
consolaciones. Frente al desbarajuste
actual, las oligarquías vendidas al
imperialismo no conciben, en razón de
su catadura y de los lazos que las
atan a éste, ninguna opción distinta
de la de porfiar en las relaciones
económicas y en las caducas formas
republicanas de opresión que han
conducido a Colombia a la indigencia y
a la indignidad. Ni siquiera a los
segmentos más descontentos de la
burguesía nacional, y no obstante sus
protestas cada vez más encendidas, la
agudización de las contradicciones les
ha ayudado a deponer sus posturas
conciliatorias e intentar unas
fórmulas que se compadezcan con las
urgencias del país y con los anhelos
libertarios de las mayorías. El
proletariado es la única clase que no
habrá de desfallecer, ni de desistir
del cometido histórico de encauzar
hacia la emancipación definitiva, las
abigarradas vertientes populares,
democráticas y patrióticas que agitan
el ambiente político de la nación.
Se confirma de nuevo la justa teoría
del MOIR de que el frente único
antiimperialista ha de estar inspirado
en un programa que, aunque tolere y
estimule hasta cierta medida el
capitalismo, elimine sus expresiones
monopólicas a través de la
confiscación y el control de un Estado
revolucionario, y al tiempo rompa toda
coyunda del extranjero. Obstinarse en
forjarlo alrededor de las claudicantes
postulaciones burguesas, arguyendo su
máxima amplitud y su expeditiva
hechura, sólo demoras y frustraciones
acarrearía. El hundimiento económico,
que ha puesto de relieve esta
concluyente enseñanza de nuestro
Partido, ha de servirnos de
laboratorio para asimilar a fondo las
leyes sistematizadas por Marx acerca
de las perturbaciones cíclicas del
modo de producción capitalista.
Necesitamos comprenderlas mejor a fin
de contribuir eficazmente a la
instrucción de los obreros y de los
campesinos, rebatir las falacias de
los explotadores y del oportunismo y
dotar nuestra táctica de un
consistente soporte científico.
Debemos cuidarnos de dos enfermedades
típicas de coyunturas como la que
atravesamos: el desespero y el
desánimo. Tropeles de confusas
personas, que la dura situación
anonada, se escudan, bien en las
temerarias e infecundas proezas del
anarquismo, bien en las
desmoralizadoras resignaciones del
abatimiento. La crisis no es el toque
a generala de la revolución. Por ello
conmociones tan caóticas como el crac
de 1929 no redundaron en Estados
Unidos, o en otras partes, en un
resurgimiento efectivo de la lucha
política del proletariado, y a la
postre viraron hacia el arraigo de la
reacción en todos los órdenes. Y en la
actualidad, cuando Colombia presencia
por oleadas la quiebra de sus empresas
y el retroceso de sus actividades
agropecuarias, cuando tiene que
destinar a la cancelación de la deuda
externa casi el total de los ingresos
por concepto de la exportación de su
principal producto, el café, y en
campos y ciudades germinan como nunca
antes el desempleo y la miseria de sus
habitantes, cuando los dirigentes de
la alianza burgués-terrateniente al
mando no visualizan solución para sus
falencias en lo que falta del siglo y
entre ellos prima el descontrol,
irrumpen los instigadores de las
prácticas extremoizquierdistas a
proponer el remozamiento del país por
medio de la pacificación dialogada y
la "apertura democrática".
El armisticio concertado en La Uribe
entre las Farc y el gobierno no insta
de suyo a transformaciones
sustanciales. El trato se limita a que
la comisión oficial, conformada para
tal fin, "da fe" de la "amplia
voluntad" del Ejecutivo en cuanto a
las enmiendas dirigidas a cimentar el
predominio de la constitución y del
derecho. Allí, a más de contemplarse
la eficiencia de la justicia y del
aparato administrativo, la elevación
de la moral pública, la elección de
los alcaldes, la función y el
profesionalismo del ejército y hasta
el mejoramiento de la fraternidad
republicana, se persigue "una" reforma
agraria y se avizoran los "constantes
esfuerzos" por la salud, la vivienda,
el empleo y la educación. El adefesio
no está en la omisión de las
reivindicaciones básicas. Este sería
mayor si no se les hubiere omitido,
pues significaría recabarle al Estado
no que arregle su aspecto sino que se
autodestruya por temor a una guerra
ofrecida o por pasión a una paz
obsequiada.
La insensatez de aquellas agrupaciones
se expresa en que, después de haber
librado una lucha armada por casi dos
décadas y sin importarles la ausencia
de las condiciones mínimas
insurreccionales, por lo cual se
vieron día y noche impelidas a forzar
la beligerancia de la población y a
recurrir a modalidades de
financiamiento políticamente
improcedentes de improviso, y con el
objeto de adecuarse a los zigzagueos
soviéticocubanos en América Latina,
resuelven izar la enseña blanca e
impetrar la amnistía, el diálogo, la
tregua y el indulto, a cambio de unos
miserables remiendos a la república
oligárquica que en el mejor de los
casos sólo tendrán el don de
reencauchar el destartalado prestigio
de los próceres del bipartidismo
tradicional; y todo en un momento
crítico en que el régimen pasa crujías
socorriendo a los banqueros e
industriales, autorizando los despidos
masivos de trabajadores y recortando
su propia nómina, para sobrevivir.
Combatir veinte anárquicos y costosos
años para rejuvenecer la centenaria
carta de Núñez es como derribar un
árbol para cazar un mirlo.
Si el oportunismo jamás tuvo en cuenta
la conciencia ni el grado de
preparación política y organizativa de
las masas populares, ni la correlación
de fuerzas con el enemigo de clase, es
decir, los elementos que perfilan la
táctica revolucionaria, y adujo
siempre cual único argumento de sus
aventuras la urgencia del cambio
social, no sorprende que reduzca éste
a unos cuantos retoques parlamentarios
cuando decide suspender sus acciones
terroristas y foquistas. No dirán:
"Nos equivocamos; las circunstancias
eran adversas para el levantamiento
bélico", con lo cual le ahorrarían más
sangre innecesaria a la causa que
aseguran defender, prestándole un gran
servicio al cabo de tantos palos de
ciego. Pero no. Continuarán
empecinados en que la insurrección se
justifica en cualquier eventualidad
política y no obstante los estragos
que su artificioso estallido pueda
ocasionar en el seno del pueblo y en
las huestes de la revolución; así como
se exculpan las "aperturas" hacia los
directorios liberales y conservadores,
las entrevistas clandestinas con el
presidente, las festivas visitas a
Palacio, las afinidades reformistas
con el belisarismo, en medio de la
peor catástrofe económica, en la cual
la burguesía restituye su cuota de
ganancia a costa de los salarios y las
conquistas laborales, y el
empobrecimiento generalizado y la
descomposición social demandan sin más
dilaciones una respuesta rotunda y
ajena a los burdos despliegues de la
minoría opresora.
Aunque no hayamos salido del
aislamiento nos corresponde llenar el
vacío. Porque si no hubo en el pasado
la tan anunciada y amedrentadora
guerra popular, tampoco habrá en el
futuro la paz convenida. Los
secuestros, por cuya unánime
condenación los Ardila Lulle les
rinden tratamiento de Bolívares a los
Pancho Villas colombianos,
proseguirán, y proseguirán con sus
connotaciones proselitistas, gracias a
que el irreversible colapso de la
nación proporciona el sustrato y las
premisas sociales para que insurrectos
errantes, valiéndose de llamativas
siglas, prefieran aligerar la bolsa de
los ricos a destronarlos.
Al MOIR, un partido insobornable y
proscrito por sus inconfundibles
detractores, forjado no sólo dentro de
la ruina acuciante de Colombia sino
contra la resaca ideológica de dos
calamitosos decenios, que no ha
torcido su rumbo ni enturbiado su
estilo con las malas mañas de la
delincuencia común, le sobran
combatientes del temple de Luis
Acevedo y Arcesio Vieda y autoridad
moral para capitalizar políticamente
la descapitalización del país, e ir
por los fueros de las concepciones y
procederes que sacarán airosa a la
clase obrera. Por traumáticos que
fueren, los efectos de la crisis, no
lograrán desquiciarnos ni doblegarnos,
puesto que no ignoramos que las
bancarrotas periódicas trastornan y
debilitan a la burguesía pero no la
eliminan. La sociedad basada en la
explotación del trabajo asalariado
encuentra la forma de recuperarse de
sus espasmos recesivos, y los
capitalistas no sucumben por razones
propiamente económicas. A éstos, para
verlos en el suelo, hay que tumbarlos.
NOTAS
1 Declaraciones de
Misael Pastrana Borrero al Noticiero
Todelar, El Siglo, junio 27 de 1984.
2 El Tiempo, junio 30 de 1984.
3 Alfonso López Michelsen, en el
congreso ganadero convocado por
Fedegan en Cartagena, apuntó: "No
vacilo en apoyar sin reservas la
política de paz del presidente
Betancur. Lo dije en Cali y quiero
repetirlo ahora con mayor énfasis. Un
presidente liberal, que, para el caso
hubiera podido ser quien habla, jamás
hubiera podido realizar una
convergencia multipartidista como la
que ha alcanzado el presidente
Betancur, ( ... ) Sectores del
conservatismo, que apoyan
incondicionalmente al presidente
Betancur, jamás le hubieran prestado
el contingente de su adhesión a un
gobierno liberal y, en el seno de mi
partido, la división hubiera sido la
misma que contemplamos ahora frente al
acuerdo, según se inclinan ciertos
ánimos hacia la represión o hacia la
amnistía. De igual manera, el
tratamiento de la aproximación a la
guerrilla, sin lesionar la
sensibilidad del estamento militar,
tampoco hubiera sido la misma bajo un
gobierno de mi partido, no obstante
haber observado, si no todos, algunos
de sus presidentes, el principio de
depositar en manos de las propias
fuerzas armadas el manejo del
escalafón, los ascensos y los retiros,
sin la interferencia de la autoridad
civil" (El Tiempo, junio 15 de 1984).
4 Tribuna Roja, Nº 44, Las caóticas
implicaciones del "sí se puede",
febrero de 1983.
5 López Michelsen, id.
6 La prensa comunicó que el martes 24
de julio "el Presidente citó a la Casa
de Nariño a los representantes de los
gremios económicos, profesionales y
laborales, en la esperanza de lograr
el respaldo nacional alrededor de
iniciativas que pondrá a la
consideración del Congreso". En
realidad la reunión tenía, el
propósito de notificar a los voceros
de los círculos influyentes sobre la
alarmante indigencia del Ejecutivo y
de recabarles su consentimiento y
apoyo para obtener del Parlamento una
nueva autorización, la segunda en
menos de año y medio, para echar a
andar la máquina impresora, esa piedra
filosofal moderna que transmuta
simples papeles en refulgente oro con
sólo apretar el interruptor. En Cali,
los aparatos represivos cogieron
recientemente a unos bandidos en
flagrante delito de producir dinero
tramposo, y se los metió de inmediato
a la cárcel porque estaban estafando a
la sociedad; cuando este mismo
atentado se adelanta con la permisión
de la ley, sus autores se llenan de
merecimientos porque el cuerpo social
se ha agravado y requiere de una
operación económica de alto turmequé.
Efectivamente, el señor Betancur
impresionó por su franqueza: "La
verdad es que el Estado no tiene hoy
cómo cumplir obligaciones contraídas
legalmente con sus empleados y con los
contratistas nacionales, ni cómo
realizar los gastos en moneda nacional
que demanda el correcto funcionamiento
de los servicios públicos." ( ... )
"El gobierno tendrá que recurrir al
expediente de la emergencia de pedir
autorización al Congreso para pagar
los faltantes con créditos del Banco
de la República en 1984 y 1985" (El
Tiempo, julio 25 de 1984).
En mensaje dirigido al Congreso, a
manera de exposición de motivos del
proyecto de presupuesto para la
vigencia de 1985, el presidente y su
ministro de hacienda, Roberto Junguito
Bonnet, además de solicitar nuevas
autorizaciones para emitir y
endeudarse, contemplan una
"suavización de las prestaciones" de
los servidores de las dependencias
estatales y un impuesto
extraordinario, no especificado, pero
algo así como un anticipo de los
gravámenes de los años por venir.
Literalmente expresan: "Dentro de la
estrategia se incluirá una propuesta
para decretar una contribución
extraordinaria y transitoria que, por
sus características, sea asimilable al
pago anticipado de impuestos futuros."
Lo cual significa que el mandato del
"sí se puede", no sólo entregará una
administración en completa bancarrota
y embargada, sino que se alzará hasta
con los fondos corrientes que les
corresponderían por jurisdicción o
competencia jurídica a sus
desventurados herederos en el
ejercicio del poder.
Y por su parte, el exministro Edgar
Gutiérrez Castro, tan controvertido
por su labor al frente de la economía
nacional durante este período de
descalabros y de yerros, disculpándose
por lo aplastante de las estadísticas
y más concretamente por la preocupante
desocupación del país, admitió que el
panorama era deplorable y recomendó no
crear falsas expectativas sobre una
quimérica prosperidad. Sus
afirmaciones fueron:
"No son los más graves (los índices)
que ha tenido el país en desempleo
sino el mundo en los últimos 40 años.
No nos podemos hacer ilusiones los
colombianos en el sentido de que somos
una comunidad aparte, que los
problemas que afectan a la economía
mundial no nos afectan a nosotros. No
es así. El problema de desempleo que
vive Colombia esta en línea con el
mismo problema de desempleo que está
viviendo el resto del mundo. Tenemos
que ser realistas y no tratar de crear
expectativas inconvenientes que le
hagan al país aparecer como si
estuviera viviendo una situación de
prosperidad que mal podría tener en el
momento en el que todo el mundo está
viviendo una depresión angustiosa" (El
Tiempo, julio 27 de 1984).
Conclusión: Gutiérrez Castro cierra
con broche de oro su misión
ministerial: la crisis es mundial y
Colombia no puede aspirar a ser una
excepción dentro del aletargamiento
cósmico.
7 El Mundo, julio 13 de 1984. El
periódico de Medellín complementa así
la noticia de RCN: "El presidente del
Banco del Estado, Luis Prieto Ocampo,
afirmó que si entre 1981 y 1983
salieron US$ 2.500 millones, es
posible que entre ese año y lo que va
corrido de 1984, las cifras se hayan
incrementado considerablemente, como
consecuencia de los constantes
movimientos de las tasas de interés en
los bancos norteamericanos y en
algunas entidades europeas de
crédito." Por su parte la Reserva
Federal considera que el mecanismo
utilizado para los envíos de los
capitales ha sido el de la alteración
de los comprobantes de las
exportaciones. "Las facturas se
elaboran a precios inferiores de los
reales y los excedentes van a parar a
jugosas cuentas bancarias en los
Estados Unidos", argumenta el
principal organismo de control
monetario de Norteamérica.
8 El Tiempo, junio 23 de 1984. En el
mismo reportaje Martin Bailey confirmó
que "si como estaba previsto al
mediodía de ayer", "de la reunión
ministerial de Cartagena salen
propósitos de controlar la situación
de la deuda externa en forma
responsable, Estados Unidos aceptaría
servir de mediador de buena voluntad
en el manejo, caso por caso, de
aquellas que constituyan un riesgo
para la estabilidad financiera
internacional, como se hizo con los de
México y Argentina."
9 El Tiempo, mayo 23 de 1983.
10 El Tiempo, julio 21 de 1984.
11 Frank Freidel, Los Estados Unidos
en el siglo veinte, Tomo I, primera
edición, Editorial Novaro México S.A.,
julio de 1964, pág. 457.
12 Robert Lekachman, "Utilidad actual
de Keynes" en Crítica de la economía
clásica, Madrid, Sarpe, 1983, pág.
209. El autor trae igualmente unas
frases de la disertación pronunciada
en 1930 por el laborista Philip
Snowden, en la Cámara de los Comunes
de Londres, probatorias de la tónica
predominante en materia de restricción
fiscal, la cual se aconsejaba sobre
todo para los intervalos de
estancamiento. "Un gasto que puede ser
fácil y tolerable en épocas de
prosperidad se hace intolerable en un
período de grave depresión
industrial", sostenía el ministro
británico.
13 En el pronunciamiento de
Williamsburg, firmado por las
potencias participantes -Estados
Unidos, Francia, Gran Bretañia,
República Federal Alemana, Italia,
Japón y Canadá- se lee:
"Todos debemos esforzarnos para
alcanzar y mantener una tasa de
inflación reducida y hacer bajar las
tasas de interés que registran
actualmente un nivel demasiado
elevado. Renovamos nuestro compromiso
de reducir los déficit presupuestales
estructurales, en particular frenando
el crecimiento de los gastos." ( ... )
"El fardo de la recesión agobia
duramente a los países en desarrollo y
estamos profundamente preocupados por
su restablecimiento.
"Es crucial restaurar
un crecimiento económico sano, pero
manteniendo la apertura de los
mercados. Conviene en particular velar
por el mantenimiento de un flujo
adecuado de recursos, en particular de
ayuda pública al desarrollo, hacia los
países más pobres, y en beneficio de
la producción alimentaria y
energética, tanto en el plano
bilateral como por intermedio de las
instituciones internacionales
apropiadas" (El Tiempo, mayo 31 de
1983).
Tal se aprecia, los sobresaltos por el
empeoramiento de la situación
económica, en particular de las zonas
atrasadas y dependientes, dominaron
aquella reunión de los grandes del
mundo. Y transcurrido más de un año,
ninguno de los deseos e intenciones
expresados se ha convertido en
realidad. Los intereses crediticios,
por ejemplo, en vez de aminorarse
conforme a lo predicho, han subido
sensiblemente, no sólo en Estados
Unidos sino en Europa.
14 Los datos y las declaraciones de
Mariátegui fueron extraídos de los
diarios limeños Hoy, de abril 28, El
Comercio, de abril 27 y 28, y La
República, de mayo 3 de 1984.
15 Vamos a transcribir algunos apartes
de los documentos señalados, con la
finalidad de darles a los lectores una
somera idea sobre cómo Estados Unidos
abordó el tema de la integración y la
asociación por aquellos días.
De la Declaración de Presidentes de
América:
"... para alcanzar tales fines [los
del desarrollo] se requiere la
colaboración decidida de todas
nuestras naciones, el aporte
complementario de la ayuda mutua y la
ampliación de la cooperación externa."
"La América Latina creará un Mercado
Común..."
"El presidente de los Estados Unidos
de América, por su parte, declara su
firme apoyo a esa prometedora
iniciativa latinoamericana..."
"Los presidentes que suscribieron este
documento afirman que:
"Construiremos las bases materiales de
la integración económica
latinoamericana mediante proyectos
multinacionales."
Del Informe de Nelson Rockefeller:
"El momento ha llegado en que Estados
Unidos debe desplazarse concientemente
de su papel paternalista hacia el
desempeño de su papel asociado." ( ...
)
"El desarrollo industrial requiere
amplios mercados para poder producir
eficazmente. Los mercados internos en
la mayor parte de las naciones del
hemisferio son demasiado limitados
como para permitir una amplia
industrialización. Los acuerdos
regionales de intercambio ofrecen una
vía constructiva para la ampliación de
mercados."
Del discurso de Nixon:
"Hemos visto una serie de iniciativas
en la América Latina hacia la
integración económica regional, tales
como el establecimiento del Mercado
Común Centroamericano, la Asociación
Latinoamericana de Libre Comercio, la
Asociación de Libre Comercio del
Caribe y el Grupo Andino. Las
decisiones sobre cuán lejos y cuán
rápido deba marchar este proceso de
integración, desde luego no nos
corresponde a nosotros. Pero quiero
subrayar que estamos dispuestos a
colaborar en este empeño, si es que se
desea."
16 Lo que más impresionó a la prensa
de los razonamientos de Belisario
Betancur en las tantas veces aludida
Conferencia Económica Latinoamericana
del 21 de junio, fue precisamente esta
introspección: "Mejor tener socios que
acreedores."
17 En su edición del 4 de abril de
1983, El Tiempo trae un cable enviado
desde la ciudad de Miami en el cual se
cuenta que un grupo privado de
investigación, Conference Board, de
Nueva York, auspiciado por varias
corporaciones importantes, concluyó
que el 51% de las inversiones
extranjeras de la industria
norteamericana en 1982 se registró en
Europa Occidental, el 24% en Asia, el
15% en Canadá y sólo el 5.7% en
Latinoamérica. El cuatro por ciento
restante, se dividió entre el Medio
Oriente y África.
Y agrega:
"James Green, jefe del departamento de
programación de empresas
internacionales de Conference board,
declaró en una entrevista que las
nuevas cifras "indican una tendencia a
apartarse de Latinoamérica y acercarse
al Pacífico".
"Expresó que la elevada inflación y la
gigantesca deuda externa de los países
latinoamericanos "ahuyentan a las
compañías de EU."
18 Tomemos como muestra de la
complacencia norteamericana el envío
de la agencia AFP, publicado por El
Tiempo, de junio 25 de 1984.
Reproduzcamos dos apartes:
"Estados Unidos se sintió ’aliviado’
por los términos del acuerdo concluido
el viernes pasado por los 11 países
deudores latinoamericanos que se
reunieron en la Conferencia de
Cartagena sobre la deuda externa,
según afirmó un vocero del gobierno
norteamericano."
"Nada sorprendente fue decidido”,
indicó al New York Times un vocero del
Departamento del Tesoro, Alfred
Kingon. Destacó la satisfacción del
Tesoro por el tono conciliador de la
declaración, así como por el hecho de
que los países latinoamericanos no
decidieron rechazar las deudas.
‘Estimamos que el evento fue
positivo’."
DIEZ
PAUTAS SOBRE COOPERATIVAS
CAMPESINAS
Septiembre de 1984
Publicado en Tribuna Roja, no. 49,
septiembre de 1984.
En las zonas de
colonización de casi todos los
departamentos del país, por lo general
regiones aisladas donde prima el
esfuerzo humano en las faenas
agropecuarias, el problema del
mercadeo de la producción campesina es
una de las mayores trabas para el
mejoramiento del nivel de vida de sus
habitantes. A los agricultores, en
muchas ocasiones, les resulta
prácticamente imposible llevar sus
cosechas a los centros de consumo, y
si logran hacerlo terminan atrapados
en una red de intermediarios que se
queda con el monto principal de las
ganancias, cuando no con todas ellas.
Resolver de manera acertada la
cuestión del mercadeo, por lo tanto,
contribuirá a desarrollar la
producción y aliviar las condiciones
de pobreza en que se debaten cientos
de miles de labriegos.
De ahí que las ligas campesinas, que
han venido creciendo a un ritmo
sorprendente en estas zonas de
colonización, se hayan concentrado
desde hace algunos años en la tarea de
crear y promover cooperativas. Tales
organizaciones de masas, apoyándose en
sus propios esfuerzos y preservando a
toda costa su independencia frente al
gobierno y los dos partidos
tradicionales, han alcanzado éxitos
notables en varias regiones del país.
Sin embargo, por distintas
circunstancias ha sido particularmente
en el sur de Bolívar donde han
prendido con mayor fuerza y han dejado
las más ricas experiencias. El
campesinado de numerosas veredas
apartadas del departamento ha
comprendido la importancia de
asociarse para vender lo que produce,
y las ligas han comprobado en los
hechos que el mercadeo es una labor
imprescindible para aumentar la
producción de los agricultores y
mejorar así las bases materiales y
espirituales de su lucha
revolucionaria.
A finales del año pasado, la Unión
Campesina Independiente de Bolívar
(UCIB), que agrupa a 19 ligas de los
municipios de El Carmen, Magangué,
Achí, Pinillos, San Martín de Loba,
Morales y San Pablo, efectuó en
Montecristo, corregimiento de Achí, un
encuentro departamental para resumir
las experiencias de más de un centenar
de dirigentes campesinos en varios
frentes de trabajo, pero especialmente
en el de las cooperativas. La reunión
dio pruebas irrefutables de que el
mercadeo organizado por los propios
agricultores puede llegar incluso
hasta las grandes ciudades y arrojar
resultados positivos, si se realiza
como debe ser, y demostró que en mayor
o menor medida todas las delegaciones
se han preocupado por construir
cooperativas y han conseguido avances
de consideración en este campo. Una de
ellas ha logrado la hazaña de
sextuplicar el área sembrada de arroz
de una vereda en un solo año. Y aunque
todavía están lejos de solucionar los
ingentes problemas económicos de los
colonos, el camino que han emprendido
es digno de tenerse en cuenta y de
aplicarse a las condiciones concretas
de otros departamentos. Por este
motivo, Tribuna Roja ha considerado
conveniente hacer un resumen de las
diez conclusiones principales del
encuentro en relación con las
cooperativas, conclusiones que fueron
publicadas por el órgano informativo
de la UCIB, Renacer Campesino, en
abril de 1984.
1. Las cooperativas no deben repartir
las utilidades entre los socios, como
se ha venido haciendo en muchos casos,
sino explicar a los campesinos que el
principal beneficio que obtienen con
el mercadeo es el que resulta de
vender las cosechas a mejor precio y
de adquirir las mercancías de consumo
más baratas. Si las utilidades se
reparten la organización no podrá
capitalizar, ni crecer, ni conseguir
los medios de transporte, de acopio y
de distribución que requiere para
cumplir sus funciones.
2. Las cooperativas deben procurar
tener funcionarios especializados, lo
que equivale a decir remunerados, en
cada una de las ramas de esta
actividad: transporte, mercadeo,
finanzas, contabilidad,etc. El logro
de este objetivo depende de los
recursos y del crecimiento de cada
cooperativa, naturalmente, pero a él
hay que aspirar de todas maneras.
3. Las cooperativas tienen que
estudiar qué productos son aptos para
el mercadeo y cuáles no. La
experiencia enseña que existen
cultivos que no dan garantías o que no
se pueden vender rentablemente, ya sea
porque la competencia dificulta su
comercialización, porque están
restringidos a causa del control
oficial o por otras razones. Para
determinar el producto principal del
mercadeo es necesario realizar un
análisis minucioso de las condiciones
y no actuar movidos por juicios
subjetivos o simples sentimientos. El
meollo de la cuestión, en estos casos,
reside en que las cooperativas
prosperen.
4. Las cooperativas deben ocuparse
tanto del mercadeo como del consumo.
Ambos factores están indisolublemente
unidos. Desde mucho antes de que sus
productos salgan al mercado, los
campesinos necesitan proveerse de
artículos indispensables y en la
mayoría de los casos los requieren
fiados. Por lo general, los
comerciantes les dan crédito y por
este medio los explotan,
proporcionándoles muy caras las
mercancías de consumo y obligándolos a
empeñar a bajos precios la siguiente
cosecha. Las cooperativas han de
atender este problema porque de lo
contrario no será posible que los
agricultores se liberen del control de
intermediarios y usureros, que en no
pocas ocasiones son al mismo tiempo
los gamonales políticos de la
localidad. Por otra parte, para que
sea rentable el transporte de la
producción campesina a los centros
urbanos, es conveniente que haya carga
no sólo de ida sino de venida.
5. Las cooperativas deben dominar y
saber utilizar las leyes y mecanismos
de la actividad comercial; aprender a
trabajar con números y hablar de
economía; perderle el miedo a operar
con dinero, aprovechar el crédito,
hacer cálculos minuciosos y
familiarizarse con todos los
tejemanejes del mercado. La diferencia
con los comerciantes está en que ellos
utilizan estos instrumentos para
oprimir a los labriegos, mientras que
las cooperativas los aplican en
beneficio de la comunidad y del
desarrollo de la producción.
6. Las cooperativas no pueden lanzarse
a una temeraria competencia de
precios. El propósito de abaratar los
artículos de consumo y combatir la
especulación, que de manera inevitable
provoca enfrentamientos con los
intermediarios, hay que llevarlo a
cabo en el entendimiento de que el
poder económico de las cooperativas es
por ahora demasiado precario para
sostener una guerra de precios
prolongada. En cuanto a la necesidad
de adelantar una política de frente
unido con los comerciantes, el
encuentro reiteró que ésta no debe
emprenderse a costa del bienestar de
los campesinos ni de la existencia de
sus organizaciones. Otros factores, y
fundamentalmente la opresión económica
y política del régimen, facilitan el
acuerdo con ellos.
7. Las cooperativas tienen que asumir
las pérdidas y las ganancias del
mercadeo que realicen. Debido a las
distancias y a las fluctuaciones
propias de la actividad comercial, es
frecuente que los precios a los cuales
compran o venden a los campesinos
difieran de los precios a los cuales
compran o venden en los centros de
consumo. En esto suelen influir, por
ejemplo, los costos del transporte,
que en determinados momentos pueden
ser decisivos para la obtención de
pérdidas o ganancias. Ambas
eventualidades, en todo caso, son
responsabilidad de las cooperativas, y
no de los socios en particular.
8. Las cooperativas deben buscar en
sus operaciones comerciales
regularidad y volumen. La primera para
no perder los clientes que compran las
cosechas de los agricultores y
asegurar el abastecimiento y el
crédito, y el segundo para conseguir
rentabilidad en los negocios. Muchas
transacciones, en efecto, dan un
margen reducido de utilidades por
unidad, y hay productos que sólo se
pueden comerciar con beneficio en
cantidades apreciables.
9. Todos los dirigentes y socios de
las cooperativas deben concentrar sus
esfuerzos en la tarea de crear una
cadena de organizaciones que resuelva
todos los eslabones de la
comercialización, desde el transporte
hasta el empaque, almacenamiento,
financiación y distribución de los
productos campesinos. A esta empresa
de elevar las condiciones de vida de
los agricultores a través del
mercadeo, que se ha convertido en el
trabajo más importante de las ligas en
las regiones aisladas y atrasadas del
país, hay que dedicarle toda la
consagración que sea necesaria.
10. Las cooperativas reunidas en el
encuentro de Montecristo, finalmente,
se comprometieron a constituir una
escuela campesina orientada a formar
dirigentes agrarios de ésta y otras
zonas de Colombia, aprovechando la
experiencia y los recursos de las
organizaciones de la UCIB.
LLAMAMIENTO
POR LA SALVACIÓN NACIONAL
Enero 26 de 1986
Declaración del MOIR, publicada en El
tiempo el 26 de enero de 1986, y
firmada por Francisco Moquera.
Pese a las tremendas
desventajas que en la contienda
electoral encaran las fuerzas
revolucionarias colombianas, desde
1972 el MOIR de modo ininterrumpido
viene participando en elecciones,
valiéndose de ellas, especialmente,
para difundir su ideario dentro de las
amplias masas. Hoy, en las puertas de
otros comicios, nos reafirmamos en la
creencia de que el país jamás saldrá
del caos y la postración sin hacer uso
pleno de la autodeterminación nacional
y arrancar de raíz las trabas viejas y
nuevas que entorpecen su desarrollo.
Pensamos además que quienes insistan
en esta opción histórica avanzarán
tras la única perspectiva cierta de
victoria. A la postre la constancia en
una posición erguida, sobre todo si se
interpreta la realidad, pesa más que
seis millones de sufragios.
Justamente el próximo 7 de agosto
culmina uno de los tantos ensayos que
se han puesto en práctica en Colombia,
el del "sí se puede", inaugurado con
euforia sólo comparable al estruendo
de su fracaso. Su lánguida misión se
redujo a ahondar la crisis heredada.
Empezó reprendiendo a los banqueros
que abusaban de la clientela, para
terminar obligando al pueblo a enjugar
las insolvencias del sistema
financiero mediante generosas y
multimillonarias subvenciones
estatales. Ascendió al mando con la
solemne promesa de no promover más
impuestos, y superó el desenfreno
fiscalista de sus antecesores,
apoderándose incluso de gravámenes
futuros. No obstante, la recesión y la
escasez de demanda por falta de
capacidad de compra de los
trabajadores, como lo señalara la ANDI
en el momento oportuno, la inflación
prosiguió y los precios no detuvieron
su trepada, entre varios factores a
causa de que el agónico régimen ha
emitido no se sabe cuántos cientos de
miles de millones de pesos, con
destino al presupuesto, a los
institutos en quiebra, o dirigidos a
oxigenar los asfixiados proyectos
oficiales, impidiendo con ello la
esperada recuperación en el cielo
económico, golpeando las actividades
productivas y acentuando la penuria de
las clases laboriosas.
No se pactó con el Fondo Monetario
Internacional, pero, conforme al
estilo belisarista, se le aceptó
voluntariamente la totalidad de sus
calamitosas imposiciones de
restricción y control, junto a la
vergüenza de una monitoría foránea
encargada de velar en suelo colombiano
por la aplicación de las estrictas
medidas. Y eso que el señor Betancur,
en los primeros días de su mandato,
sorprendió a los electores con el
cumplimiento de la única oferta que no
les hizo: la de afiliarse a los Países
No Alineados. Decisión que pronto
adquiriría su verdadero alcance; se
trataba de un acercamiento a las
naciones prosoviéticas, cual preámbulo
y requisito básico de su campaña
pacificadora de adentro y afuera. De
esta suerte Colombia, en un amén y
merced a su mandatario, se vio
abogando a favor de los tejemanejes
expansionistas del imperio del Este
sin que se redimiera de la explotación
de los poderosos monopolios del Oeste.
Sobre el retroceso económico se
erigieron las veleidades políticas.
Dentro de los objetivos de maquillar
su imagen y extender su prestigio,
Belisario Betancur les batió el ramo
de olivo a los alzados en armas, logró
en el Parlamento la aprobación de la
amnistía y más tarde del indulto,
firmó el cese al fuego y luego la
tregua, creó sendas comisiones de
verificación y diálogo, tramitó en las
Cámaras y sancionó reformas de
"apertura democrática" como el
estatuto de los partidos y la elección
de alcaldes, designó para el Consejo
Electoral a un vocero de la tendencia
revisionista capitaneada por Vieira y,
al cabo de tantas idas y venidas,
obtuvo las vibrantes proclamas
insurreccionales de dos de los grupos
guerrilleros comprometidos con la
pacificación dialogada y la astuta
solicitud de las Farc de suspender la
concreción de los acuerdos definitivos
hasta septiembre de 1986, valga decir,
hasta la llegada de la otra
administración. El fiasco completo.
Porque los unos, después de los
estímulos recibidos, volvieron a las
andanzas extremoizquierdistas; y los
otros, simplemente optaron por
continuar con la argucia de querer
hacer trabajo legal con el fusil al
hombro. Y todos convencidos por
supuesto de que Colombia se halla, o
en una situación de levantamiento
revolucionario, o al borde de ella. El
macabro desenlace de la toma del
Palacio de Justicia no solamente marcó
el cruento final del embeleco
pacifista, sino que puso al
descubierto los nexos existentes entre
la paz belisariana de Colombia y las
negociaciones en Centroamérica. Dentro
de los escombros del edificio se
encontraron armas de combate que según
registro y número pertenecieron a la
derrotada guardia de Somoza y al lote
donado por Carter a los sandinistas a
través de Venezuela. Ante las
reclamaciones del canciller Ramírez
Ocampo, cruzadas más para cubrir las
apariencias que en salvaguardia de la
integridad nacional, las autoridades
de Managua no negaron nada; se
atuvieron al alegato de que no podían
responder ni por el armamento que les
habían regalado ni por el que
ostentaba la satrapía depuesta. El
gobierno de Betancur consideró
satisfactorias las evasivas
explicaciones y cerró el incidente con
la misma frescura con que ha acogido
las constantes demandas sobre San
Andrés y Providencia hechas por parte
del régimen nicaragüense. La
determinación de supeditar la
concordia interna al buen suceso del
entendimiento externo condujo a
inmiscuir alegremente el interés
nacional en las transacciones y en la
interpretación acomodaticia de los
acontecimientos. Un callejón sin
salida. Una estratagema inadmisible.
Los nicas, al igual que los demás
pobladores del Tercer Mundo, tienen
desde luego derecho al disfrute cabal
de los privilegios de la soberanía.
Pero cuando una nación pequeña y
débil, principalmente después de la
dolorosa experiencia arrojada por las
invasiones de Afganistán, Kampuchea,
Lao, Angola, Eritrea, etc., se
transforma en peón y fortín de los
agresores rusos, ya no habla por sí
misma, así se llame Nicaragua o Cuba,
y sus intrigas en la arena
internacional deben ser por lo tanto
rechazadas, no como actos
independientes, sino como pretensiones
encubiertas de la más grande y
despiadada potencia militar de la
época. En las actuales condiciones los
países que en aras de la emancipación
económica y política se coloquen bajo
el manto protector del
socialimperialismo, lejos de coronar
las patrióticas metas verán
rápidamente sus propios territorios
convertidos en escenario de la batalla
campal por el reparto del globo. Por
eso el conflicto centroamericano de
manera inexorable tiende a
recrudecerse por encima de las
febriles diligencias de Contadora.
Colombia, por su lado, ha de
esforzarse hasta el último minuto para
huir de tan triste destino.
En cuanto a las inquietudes relativas
a la urgencia de instaurar una
atmósfera de paz dentro del país,
tenemos que manifestar tajantemente
que nunca atravesamos el menor
impedimento en contra de este sentido
anhelo. Asumimos una benigna espera
hacia las fatigosas discusiones en
torno al asunto, confiando en que el
proceso, de una parte, no le daría
piso a la demagogia belisarista, y de
la otra, desembocaría en el
robustecimiento de una táctica
revolucionaria correcta que prescinda
del foquismo, la extorsión, el
secuestro y del resto de métodos
anarquistas o delictivos. No obstante,
los resultados no pueden ser más
deprimentes. En lugar de disminuir, la
violencia se enseñorea a todo lo largo
y ancho de la geografía patria. A
diario los periódicos dan cuenta de
enfrentamientos o de horribles
matanzas. Oscuras modalidades como el
atentado personal adquieren categoría
entre las distintas formas permisibles
de lucha. Ganaderos, empresarios
agrícolas, campesinos ricos y hasta
medianos se quejan de que son
frecuentemente víctimas del esquilmo
de las agrupaciones guerrilleras, y
éstas no cejan en denunciar que la
fuerza pública o las organizaciones
paramilitares torturan y desaparecen
de continuo a sus militantes. En otras
palabras, la "paz" ha activado la
"guerra". Y el gobierno, principal
responsable del holocausto, que ha
regido también con las consabidas
normas de excepción del estado de
sitio e inició su período anunciando
que no se derramaría "una sola gota
más de sangre colombiana", se consuela
con que el "noventa por ciento" de los
insurrectos sigue todavía fiel a los
armisticios concertados. Se refiere a
las Farc, a las cuales ha complacido
con la prolongación indefinida de la
tregua, permitiéndoles así una
prerrogativa insólita: la de
participar en la contienda electoral
sin que desmonten uno solo de sus
veintitantos frentes. La graciosa
concesión obviamente la han utilizado
los comandantes de La Uribe para
llevar sus escuadras a sitios nuevos e
intimidar a sus contrincantes, como en
el caso de San Pablo, al sur de
Bolívar, en donde dieron muerte a Luis
Eduardo Rolón, dirigente del MOIR, con
el exclusivo propósito de desalojarnos
a sangre y fuego de una región a la
que estamos vinculados desde hace más
de diez años. En otras zonas nos ha
ocurrido algo semejante. El extraño
fenómeno de tolerancia obedece a que
el presidente afronta el dilema de
acceder a las exigencias del único
bastión que se mantiene de modo formal
dentro de los acuerdos, o admitir
abiertamente el rotundo desplome de
sus planes de apaciguamiento.
Los criterios anteriores los comparten
muchos dirigentes gremiales y
políticos que apoyaron sinceramente la
"paz", un experimento que, tras
absorber la opinión por casi cinco
años, ahora desencanta inclusive a sus
mismos protagonistas. Sea como fuere,
las consecuencias del fallido intento
se harán sentir en la vida de la
nación durante largo tiempo. La verdad
es que los bárbaros episodios que han
ensombrecido el panorama proliferan
por doquier y en sus peores
manifestaciones; las vertientes
extremoizquierdistas no desisten del
empeño de conmover la población con
sus operaciones descabelladas, y los
partidos inermes, sometidos a la
amenaza de quienes adelantan el
proselitismo armado con el beneplácito
del Ejecutivo, al ver alteradas
gravemente en contra suya las reglas
democráticas, comienzan a plantear y a
plantearse los problemas de la
supervivencia como una cuestión
inaplazable.
Debido a todo este desbarajuste
económico y político que nos agobia,
el MOIR formula un llamamiento a los
distintos contingentes y personas
preocupados por el porvenir del país a
fin de que nos aglutinemos alrededor
de los siguientes puntos:
1) Defensa de la actividad productiva
de Colombia frente a las imposiciones
del Fondo Monetario Internacional y a
los desmanes de los grandes consorcios
extranjeros.
2) Apuntalamiento de la
autodeterminación nacional en el trato
con los Estados Unidos y demás
metrópolis occidentales, pero
particularmente ante las acechanzas
del expansionismo soviético.
3) Rechazo a los propósitos de
introducir la coacción, el terrorismo
o el asesinato como herramientas de
las lides partidistas, y
4) Debida atención a los justos
requerimientos de las masas
trabajadoras y del pueblo en procura
de libertades públicas efectivas y
mejores condiciones de existencia.
Sobra añadir que a la nación y a las
colectividades democráticas les
interesa vivamente sacar adelante los
cuatro postulados transcritos. Las
conquistas en cada uno de tan vitales
campos serán pasos firmes hacia la
salvación de Colombia. Y como a la
revolución le conviene, más que a
nadie, la integridad del país, la
defensa de la producción nacional, la
proscripción del terror en el debate
político y el mejorestar del pueblo,
hemos expuesto nuestras propuestas
unitarias a los representantes de los
gremios y a diversas personalidades
públicas. Intercambiamos opiniones al
respecto con Alvaro Gómez Hurtado,
Alvaro Uribe Rueda, Gustavo Rodríguez,
Fernando Landazábal Reyes, Jorge Mario
Eastman, José Manuel Arias Carrizosa,
Alberto Santofimio Botero, Hernando
Santos Castillo, Fabio Echeverri
Correa, Héctor Polanía Sánchez, Alvaro
Valencia Tovar, Víctor Mosquera Chaux,
Bernardo Guerra Serna, Hugo Escobar
Sierra, Alfonso López Caballero,
Guillermo Plazas Alcid y Marino
Rengifo Salcedo, entre otros. Nos
proponemos profundizar las
aproximaciones con quienes coincidan
con nosotros en darle una orientación
patriótica e imprimirle un sello
civilizado a la acción política.
Entre el desconcierto reinante hay un
elemento favorable. Arribamos al final
de una presidencia que habiendo hecho
votos de moralización pasará a la
historia más por las fiestas de sus
alcaldes que por cualquier otra de sus
tragicómicas gestiones. Aprovechemos
la coyuntura y repitamos con las
gentes del común: ¡No más Belisarios!
Movimiento Obrero Independiente y
Revolucionario MOIR
Comité Ejecutivo Central
Francisco Mosquera
Secretario General
AVANZAMOS
EN LA POLITICA UNITARIA
Febrero 8 de 1986
Intervención de Francisco Mosquera con
motivo de la promulgación de las
listas electorales de Insurgencia
Liberal de Alfonso López Caballero,
acto llevado a cabo el 8 de febrero de
1986 en el salón de Convenciones
Gonzalo Jiménez de Quesada, de Bogotá.
Publicado en Tribuna Roja No. 51,
marzo de 1986.
Esta cita nuestra con
los miembros de Insurgencia Liberal,
un movimiento joven fundado y dirigido
por Alfonso López Caballero, no
hubiese sido posible sin que
concluyeran varias circunstancias
notables de orden nacional y de
ocurrencia reciente. Creo además que
el acercamiento que hoy refrendamos de
manera pública con los nuevos amigos
carecería de alcance si no se
cimentara en el afán de compartir la
búsqueda y el hallazgo de las
soluciones acertadas a los angustiosos
interrogantes de la hora. Cuando en
las entrevistas iniciales sopesábamos
las ventajas y desventajas de
establecer algún tipo de ayuda
recíproca coincidíamos con el doctor
López en que indudablemente la
dificultad radica en el origen tan
disímil de las dos fuerzas, en sus
criterios a menudo contrapuestos y en
las mutuas prevenciones. Sin embargo,
concordábamos también en que la
gravedad de los problemas del país y
el curso de los acontecimientos nos
permitirán acampar en la misma orilla,
obviamente a condición de poner el
interés colectivo por encima de los
egoísmos particulares.
Nosotros profesamos la idea de que la
transformación de Colombia no puede
ser la obra exclusiva de un solo
partido o de una sola clase. Las
deficiencias heredadas de un pretérito
remoto, él escaso grado de desarrollo
y la asfixiante dependencia económica
de los grandes emporios son factores
ciertos y supremamente adversos que
deben removerse con el concurso de
obreros, campesinos, intelectuales,
comerciantes, industriales, es decir,
de todos los contingentes patrióticos,
democráticos y progresistas ¿En el
momento de abordar los cambios de los
cuales depende la salvación nacional
únicamente un círculo muy
insignificante se opondrá a la
empresa: aquellos que viven del
pasado, del estancamiento y de la
depredación del país. Estos
considerandos básicos se han visto
corroborados por las hondas
perturbaciones que vienen
caracterizando el decenio. Cada vez un
mayor número de personas y entidades
se percata de cómo las relaciones
imperantes en diversos terrenos
entorpecen las actividades productivas
en lugar de impulsarlas. Miremos un
caso. Tras el alza de las tasas
internacionales de crédito, y el
consiguiente encarecimiento de la
enorme deuda externa de nuestras
naciones, se desató una oleada de
protestas de las que no se eximieron
ni siquiera los mandatarios, quienes
tradicionalmente han acudido con la
mejor de las sonrisas a entramparse
con los usureros del mundo. Pronto se
hizo evidente que Latinoamérica, cuyos
préstamos recibidos habían sobrepasado
la escalofriante suma de 360.000
millones de dólares, no contaba con
qué cumplir sus compromisos, una
explosiva situación larvada desde años
atrás con la complacencia de unos y la
voracidad de otros. A su turno el
Fondo Monetario Internacional, el
organismo rector que vela por el orden
financiero de Occidente, descargó su
férula sobre los prestatarios con el
objeto de garantizar los pagos.
Sacrificarse al máximo y cancelar a
tiempo, he ahí la filosofía de los
correctivos que sacudieron la
conciencia del Continente, porque
develaron cómo a los Estados en
quiebra sin miramiento alguno se los
ata al atraso, a la miseria y a la
enajenación nacional.
Bajo el impacto de tan trágico
desenlace voceros de los más diversos
sectores sociales han percibido y aun
expuesto que el camino de la
prosperidad le está vedado a cualquier
república que, en desmedro de sus
aspiraciones de inversión, se vea
obligada a enviar afuera por concepto
de intereses, o en virtud de las
desigualdades del comercio, un
porcentaje considerable de la
acumulación obtenida internamente. La
propagación de este convencimiento
configura uno de los vuelcos positivos
sobre los cuales se sustenta la
política unitaria propuesta en enero
por la dirección del MOIR. Ayer, los
críticos nos aconsejaban
caritativamente abandonar la
sistemática condena que hacíamos del
despojo económico del país, por
juzgarla dogmática y culpable de la
modesta cauda electoral del Partido.
Hoy muchos de ellos nos emulan en
tales denuncias; y no pocos dirigentes
liberales aliados nuestros en los
actuales comicios nos disputan la
paternidad responsable de las mismas.
Lo cual desde luego no nos molesta.
¡Ojalá pasara igual con otras tantas
tesis!
Lo dicho hasta aquí no significa que
aboguemos por una nación enclaustrada,
al margen de los indispensables
aportes técnicos y culturales del
extranjero, sin vínculos de ninguna
especie con las grandes potencias, o
únicamente con los pueblos débiles y
pobres. Al contrario. No consideramos
necesaria la ruptura con los Estados
Unidos o con los consorcios de1as
repúblicas desarrolladas. Ni incluso
que tengamos que prescindir totalmente
del financiamiento externo. Por su
incipiente crecimiento Colombia
requiere de la contribución
internacional en las más variadas
áreas. Pero ésta sólo será favorable
si se lleva a cabo en beneficio
recíproco entre las partes asociadas y
sin la menor violación de la
prerrogativa soberana del país a
autodeterminarse. Claro que ello a la
postre estriba en qué clases y
corrientes empuñan las riendas del
Poder.
La aguda recesión económica que
traumatizara al mundo capitalista a
comienzos de los años ochentas produjo
dentro de nuestras fronteras profundas
repercusiones que todavía no cesan de
sentirse. En general la industria
colombiana entró en bancarrota, al
extremo de que las firmas más
prestigiosas hubieron de pactar
concordatos con sus acreedores. Aunque
en un principio se pregonó que las
irregularidades dentro del engranaje
financiero obedecían a los malos
manejos de ciertos avivatos,
rápidamente se supo que los 250.000
millones de pesos, monto al que
ascienden los cobros de dudoso o
imposible recaudo, se originaban en
gran medida en la falencia de los
productores. La opinión se tropieza de
improviso con que la banca, ama y
señora de los negocios, funda su
esplendor en la buena suerte de las
actividades productivas. De allí que
los empresarios sólo puedan vengarse
de los financistas quebrándose. Y al
gobierno, más insolvente que sus
protegidos, le toca auxiliar a unos y
otros y hacerse cargo de los entes sin
vida, incrementando la injerencia
oficial y encendiendo a la vez la
polémica en torno al rol económico del
Estado.
Ante el rescate y la nacionalización
de varias entidades bancarias que al
régimen le han valido un potosí,
comentaristas de los grandes rotativos
han objetado lo que se dio por llamar
la "socialización de las pérdidas", un
razonamiento que nosotros compartimos
aunque no lo hayamos expresado en los
mismos términos, pues la acción
gubernamental de ningún modo ha de
servir para engordar a unos cuantos
por cuenta de la riqueza pública. La
crisis económica ha destapado las
tremendas deficiencias del sistema,
facilitando el estudio de éstas y
promoviendo aproximaciones entre
distintas vertientes alrededor de las
enmiendas que demanda el país. A la
ANDI, por ejemplo, le parece clave la
baja en los intereses crediticios como
un medio de propiciar la recuperación
de los sectores afectados, y hasta ha
defendido que las asignaciones
salariales deben mantenerse en niveles
que no contraigan la demanda. Dos
conclusiones que responden a las
inquietudes de jalonar el
desenvolvimiento armónico de la
industria, - pero que la burguesía
empresarial difícilmente las hubiera
formulado sin los desarreglos que
pusieron en graves apuros a los
fabricantes, agricultores, banqueros,
etc. Efectivamente, sobre el
cuatrienio del "cambio con equidad",
que se distinguió por los desacoples,
los sobresaltos, la legislación de
emergencia, ha llovido toda especie de
reproches por cuenta de los
representantes de los gremios. Se le
ha censurado el aumento de los
impuestos indirectos sobre los
directos, por desencadenar la
inflación y restringir el comercio. Se
le ha combatido la costumbre de emitir
papel moneda sin respaldo como otro
elemento de desestabilización y de
carestía. Se le han rechazado los
planes de abrir las puertas de par en
par a los inversionistas foráneos. En
síntesis, de todos lados brotan
reclamos y sugerencias que demuestran
la necesidad de hacer un gran
replanteamiento, fundamentalmente
porque el Estado colombiano, a pesar
de nuestro escaso desarrollo, se ha
convertido en la primera fortaleza
económica, con infinitas atribuciones
para regular y disponer del trabajo de
la nación. Ustedes comprenden que del
modo como se use tan formidable
herramienta depende la felicidad o la
desdicha de las presentes y futuras
generaciones. Si se sigue emitiendo a
manos llenas, o levantándoles
caprichosos obstáculos a las
transacciones comerciales, o poniendo
el erario al servicio de una pequeña
capilla de afortunados, o
trasladándoles a los linces de las
agencias prestamistas internacionales
la capacidad de decisión, o
alimentando el agio y la usura, antes
del fin del siglo habremos acabado con
lo poco que aún nos queda. Por ello
estamos dispuestos a unirnos con
quienes tengan estas mismas
inquietudes y sean cuales fueren sus
colores políticos.
Al explicar el contenido y las miras
de nuestro llamamiento de unidad no me
dirijo sólo a los jefes e integrantes
de los movimientos con los cuales
iremos juntos a las próximas
elecciones, sino también a los
militantes y simpatizantes del MOIR,
particularmente a aquellos a quienes
les sorprenda la amplitud de la línea
aprobada o piensen que jugamos a la
gallina ciega al participar en las
listas de antiguos contrincantes. He
autorizado a propósito la inclusión
simbólica de mi nombre en todas las
planchas, en prenda de la seguridad
que nos anima y de la certeza de que
libraremos la batalla con coraje y
entusiasmo. Me resisto a admitir que
el Partido pierda entidad o se
desdibuje por el hecho de que sus
iniciales no figuren en los
encabezamientos de las papeletas. No
somos tan deleznables.
Sin querer restarle trascendencia, la
justa comicial no deja de ser un
episodio transitorio que utilizamos
para exponer nuestros puntos de vista
y consolidar las convergencias con los
aliados, por quienes básicamente
votaremos el 9 de marzo. Esta
conducta, o si se prefiere este
viraje, no sería factible sin los
serios destrozos de la crisis
económica, el creciente descontento de
los productores nacionales, los
flagrantes fracasos de la
administración Betancur, el tremendo
desbordamiento de la descomposición
social y de la penuria del pueblo.
Muchos empresarios, y hasta ganaderos,
que tradicionalmente habían mirado con
desconfianza nuestra presencia, ahora
respaldan los esfuerzos de las
cooperativas campesinas organizadas
por el Partido, reconociéndolas
incluso cual presagios de adelanto
dentro del perpetuo abandono de las
zonas rurales. Los bananeros que
intrigaban en las brigadas con el
propósito de desalojarnos
violentamente de Urabá, al calor de
los percances han ido deponiendo su
animadversión hacia nosotros. Sin la
roya, que viene acelerando el
desmoronamiento de la antigua hacienda
patriarcal, no hubiéramos conseguido
constituir en decenas de poblaciones
la Unión Cafetera, un novedoso
instrumento aglutinante de los
cultivadores pequeños, medianos y
hasta acomodados. En fin, tales
aproximaciones, al igual que los
acuerdos electorales concertados en
menos de quince días por el MOIR, con
una veintena de agrupaciones liberales
y conservadoras, no han caído del
cielo; ni para efectuarlas hemos
tenido que rectificar uno solo de
nuestros principios o de nuestras
consideraciones teóricas sobre el
país.
Nunca hemos pensado que la innovación
que le corresponde realizar a Colombia
en la etapa histórica vigente sea de
carácter socialista, ni que haya por
ende que abolirse todo género de
propiedad privada, sino aquellas
formas monopólicas que frenan el
desarrollo, de tal suerte que el
Estado, puesto bajo el mando de las
clases y capas democráticas, disponga
de los recursos naturales y demás
medios claves, oriente el rumbo
económico, estimule a los productores
de la ciudad y el campo y actúe
siempre en pro del pueblo y de la
grandeza de la patria. Prosigamos sin
vacilaciones con la política unitaria
echada a andar, sacándoles provecho a
los aspectos disolventes y a que el
país empieza a cansarse de ese
tormento de Sísifo al que ha sido
condenado, de tener cada cuatro años
que trepar a la cúspide un presidente
para luego verlo rodar hacia abajo en
la estima pública, como habrá de
suceder con Betancur, que llegó entre
aplausos y saldrá entre silbos.
Y por último, unas palabras sobre la
"paz", el tema que ha copado la
atención nacional por cerca de un
lustro. Aun cuando rehusamos
vincularnos a las comisiones nombradas
por el gobierno, puesto que no
tocábamos pito alguno en ese ensayo,
tampoco hicimos campaña en contra.
Desde la época del padre Camilo Torres
pugnamos por la supresión del foquismo
y demás prácticas
extremoizquierdistas. Las luchas
emprendidas a espaldas o a contrapelo
de los deseos de las masas están
inexorablemente destinadas a la
derrota, por mucho que los
combatientes sean personas valerosas y
honestas. El recorte a los derechos
ciudadanos o los zarpazos contra las
organizaciones populares siempre han
encontrado en aquellas aventuras el
mejor pretexto. Además, en Colombia la
guerrilla, con una crónica tan
dilatada y abrupta, terminó
permitiéndose la licencia inexcusable
de recurrir al secuestro o al boleteo,
como lo han confesado sus propios
comandantes. De modo que el desmonte
de todos estos métodos
liquidacionistas lo consideramos una
cualificación de la gesta
revolucionaria. No obstante, se partió
del requisito engañoso de supeditar la
legalización de los insurrectos a la
"apertura democrática" y a las
"reformas sociales". Dichas metas,
inaccesibles en las condiciones
económicas y políticas del país, junto
al alargue indefinido del diálogo,
acabaron con las ilusiones. En
realidad la única democratización que
el régimen les concedió a sus
gobernados fue el estatuto de los
partidos, un engendro que a nadie
gustó, y que para las colectividades
opositoras, si son aprobadas por el
Consejo Electoral, apenas significará
unos cuantos minutos en los espacios
de la televisión, o unos cuantos
gramos de franquicia postal, a cambio
por supuesto de que las autoridades
inspeccionen sus actos y supervisen
sus cuentas.
Esta es la hora en que el "sí se
puede" ni siquiera ha conseguido
desprenderse del estado de sitio, la
institución más apetecida de la Carta.
Y respecto al mejoramiento social, los
índices del desempleo, de la inflación
y de los exiguos incrementos
salariales lo compendian todo. Las
dramáticas escenas de la pacificación
dialogada más bien asordinaron el
enojo que el sartal de medidas
restrictivas o impositivas despertara
en diversos estratos de la población.
¿Y cuál es el parte de victoria? Aun
cuando el ministro de Gobierno hable
de que los guerrilleros fueron
vencidos políticamente, sin duda
alguna el señor Betancur le entregará
a su sucesor el próximo 7 de agosto
más ejércitos del pueblo de los que le
legara Turbay Ayala en 1982. Los
enfrentamientos no han parado un solo
día, la violencia, con su carro de
horrores, se ha extendido hacia
regiones tradicionalmente tranquilas y
modalidades como el atentado personal
y la intimidación se han puesto a
funcionar con el fin de dirimir las
divergencias, aun entre los mismos
bandos enfrentados al régimen. Con el
desespero del hombre de la fábula que
cae en brazos de la muerte al intentar
huir de ella, el presidente trata de
revivir su cruzada de apaciguamiento
aceptándoles a las Farc, no la
culminación en firme de las
hostilidades, sino la prolongación
ilimitada de la tregua, con lo cual
este grupo gozará de un privilegio sin
antecedentes, el de concurrir a los
comicios sin haber declinado las
armas. También ha sido evidente que la
actual administración, tras el móvil
de influir en el ánimo de la
contraparte, coquetea de continuo con
los países prosoviéticos del Caribe,
ligando la concordia interna al
resultado del entendimiento externo,
asuntos que no debieran relacionarse
porque los focos de conflicto en el
mundo de hoy, incluido el de
Centroamérica, dependen tanto de los
avances expansionistas de la
superpotencia de Oriente como de la
contestación dada por la otra
superpotencia a tales avances, y no de
los buenos oficios de un país o de un
puñado de países. Sé que estos
problemas preocupan menos a los
aliados que a nosotros, pero
igualmente hacen parte de las
asechanzas que nos aquejan, y de
cualquier forma se derivan de la "paz"
abortada. Un proceso que no se
consumó; se consumió.
El MOIR ha sido víctima del
proselitismo armado. Se le viene
presionando a punta de fusil para que
se retire de varios sitios y hemos
visto caer asesinado a uno de nuestros
más valiosos cuadros. Algo parecido
les viene aconteciendo a otras
agrupaciones. De ahí que no estemos
tan extraviados cuando pedimos aunar
esfuerzos con el objeto de contener
las malsanas tendencias que buscan
resolver las discrepancias políticas
por intermedio del terror, el
amedrentamiento o el asesinato. Como
no lo estamos cuando ponemos en
sobreaviso a nuestros compatriotas y
los persuadimos de salirles al paso a
quienes pretendan hacer del país un
escenario más de la disputa por el
reparto del planeta.
Doctor Alfonso López Caballero:
Brindo por que las concordancias
alcanzadas entre ustedes y nosotros se
consoliden con el transcurso de los
días para bien de Colombia.
Muchas gracias.
HAY
BASE REAL PARA LAS CONVERGENCIAS
Febrero 18 de 1986
Palabras pronunciadas por Francisco
Mosquera, en acto celebrado en
Medellín, en que el directorio liberal
de William Jaramillo Gómez ratificó
sus listas, el 18 de febrero de 1986.
Publicado en El Tiempo de febrero 23
de 1986.
Para mí es motivo de
enorme satisfacción el asistir a este
evento con el encargo de refrendar, en
nombre del MOIR, las identificaciones
que felizmente hemos registrado con el
Directorio Liberal Departamental que
lidera el doctor William Jaramillo
Gómez. Antes que nada porque la
convergencia que celebramos se lleva a
cabo en Antioquia, tierra a la que me
atan nexos indisolubles de afecto y
admiración. Hace veinte años arribé a
Medell1n con el propósito de
vincularme a la clase obrera, movido
por el criterio de que los
trabajadores antioqueños están
llamados a desempeñar un papel
descollante en la renovación del país.
Casi que clandestinamente y con el
concurso de unos cuantos compañeros
probados, conseguimos infundirle
aliento a una tendencia sindical
distinta de las representadas por las
tres centrales tradicionales, y que
con el tiempo dio pie a la fundación y
extensión del Partido en una amplia
escala. De manera pues que el MOIR
tuvo aquí su pila bautismal.
Cuanto asimilamos en aquellos años de
desbroce me ha sido invaluable. Además
de táctica aprendimos cuán imperativo
resulta fortalecer la voluntad de
trabajo y no cejar en el empeño hasta
la coronación de las metas
proyectadas, virtudes, que nadie como
el antioqueño ostenta y sin las cuales
no es posible, adelanto alguno, mucho
menos en la brega revolucionaria. A
tal espíritu corresponden las obras
con que esta comarca emprendedora ha
coadyuvado determinantemente a plasmar
la fisonomía de la nación, en los más
diversos campos de la industria, las
artes y las ciencias: No pretendo
hacer historia de los logros ni de sus
artífices; simplemente señalo que la
gloria de Antioquia estará siempre
cifrada en contribuir a la grandeza de
Colombia.
Ayer no más un equipo médico
interdisciplinario nos sorprendió con
la noticia de que se había practicado
un exitoso trasplante de corazón en la
persona de un obrero, después de más
de una década de intensa labor
investigativa y quirúrgica en cuyo
registro se destacan cientos de
intervenciones similares del riñón y
dos del hígado que, si no me equivoco,
fueron estas últimas las primeras en
su género de Latinoamérica. El audaz
intento, digno de una mayor
divulgación y doblemente meritorio por
haberse realizado sin las mejores
condiciones, supliendo las carencias
con el ingenio, habrá de influir
beneficiosamente a muchos centros
hospitalarios y educativos del país
que asimismo pugnan por no quedarse a
la zaga en la tortuosa carrera del
saber. El acontecimiento muestra
igualmente cómo, con unas mínimas
enmiendas enrutadas hacia la
utilización idónea de las reservas
materiales y espirituales que poseemos
en cantidad apreciable, los
colombianos también seríamos capaces
de ubicamos a la altura de las
conquistas de la era moderna.
La otra razón de complacencia radica
en poder anotar esta noche que las
aproximaciones alcanzadas por el MOIR
en el departamento hayan sido
justamente con un sector político
aguerrido, de hondo calado y
reconocida trayectoria, que lo
inspiran un par de inquietudes
características: el estudio cotidiano
de nuestros ingentes problemas y el
ansia de conducir a los liberales
hacia posiciones compatibles con los
intereses de las mayorías. Su
propulsor es un hombre que no ha
temido navegar contra la corriente,
pues lo hemos visto a menudo hundir su
estilete crítico en los abscesos
morales de un régimen que se precia de
probo. Las gentes elogian aún la
pundonorosa denuncia que formulara con
ocasión del nombramiento del penúltimo
alcalde de Bogotá, Diego Pardo Koppel,
a causa de que éste había servido de
testigo fletado en los tribunales
norteamericanos, Con el objeto de que
el país no lograra recuperar los
250.000 dólares del célebre caso de la
"maleta de Fonseca". A pesar del
pataleo del inquilino del Palacio de
Nariño, el funcionario cayó, a
semejanza de su predecesor, Hisnardo
Ardila, a quien se le cogió infraganti
alegrando el matrimonio de su hija con
orquesta pagada con plata de una de
las entidades del Distrito. Este
triunfo no sólo significó una dura
reprimenda al fementido "cambio con
equidad" del agónico cuatrienio, sino
que traza toda una línea definitoria
respecto a la cual nos identificamos
plenamente con William Jaramillo
Gómez. Quienes traicionan a Colombia
no tienen ningún derecho a gobernarla.
Hay muchos otros aspectos claves en
los que coinciden nuestros dos
movimientos. Ustedes a través del
Congreso, o de los órganos de
expresión han condenado las medidas
restrictivas impuestas por el Fondo
Monetario Internacional. Se
anticiparon a poner al descubierto las
intrigas, rayanas en el fraude, de que
fueron víctimas ahorradores de los
llamados Grupos Colombia y
Grancolombiano, hoy bajo la curatela
oficial. Se pronunciaron
categóricamente en contra de las
gratuitas mercedes en beneficio de la
Occidental Petroleum, compañía cuyas
remesas de utilidades quedaron
exoneradas de impuestos en virtud de
la reforma tributaria, y que
construirá, a través de una de sus
filiales y por un costo de 500
millones de dólares, el oleoducto
desde Caño Limón hasta Coveñas,
contrato cedido sin licitación previa.
La actitud asumida por ustedes frente
a los tres puntos anteriores,
recapitula todo un programa de
imperiosas transformaciones. La suerte
del país estará echada sin remedio
mientras la orientación de su economía
se decida en Nueva York, sus proyectos
se redacten en inglés y los
correctivos a tomar sean monitoreados
por la alianza internacional de sus
acreedores. Esto no quiere decir, como
aclaraba hace poco en Bogotá durante
la proclamación de las listas de
Insurgencia Liberal de Alfonso López
Caballero, que hayamos de romper con
los Estados Unidos o de prescindir
totalmente del financiamiento externo.
Ninguna nación, grande o pequeña,
puede darse el lujo de suspender sus
conexiones con el extranjero. Sin
embargo, en el mundo dicha ligazón se
mantiene desde tiempos inveterados
sobre la base del lucro de los
poderosos y en detrimento de los
débiles. De allí que el primer paso de
la larga marcha hacia el progreso de
Colombia consista en el afianzamiento
de su autodeterminación nacional. Sin
ella no habrá préstamo que ayude,
recurso que rinda o esfuerzo que
fructifique.
Nos hallamos igualmente de acuerdo en
que el agio y la usura, esas carcomas
de la iniciativa fecunda de los
particulares, han de ser suprimidos de
raíz. En nuestro ámbito nos tropezamos
con una serie de deformaciones típicas
de las naciones atrasadas y
dependientes. No hemos salido aún de
la artesanía y el minifundio y ya
contamos con mastodontes financieros a
los cuales acuden inevitablemente
quienes aspiran a fundar o a sostener
cualquier empresa chica, mediana o
grande, en la esfera agrícola,
comercial o fabril. Subordinación
absoluta que estimula el
establecimiento de tasas de interés
confiscatorias y el manipuleo de las
acciones de las sociedades caídas bajo
el dominio de un sistema que ha
amasado inmensos caudales
estrangulando su único sustento: las
actividades creadoras de bienes y
servicios. Al comienzo la fuente se
estimó inagotable; pero tras la
quiebra de la industria desfilaron los
balances deficitarios de los bancos.
La nueva deidad, como la antigua,
también se había devorado los hijos.
Entonces principió a comprenderse que
el fascinante universo de las finanzas
era apenas la ganancia de la
producción material impresa en
títulos, bonos y cupones. De un modo
tal que los diferentes gremios al
unísono recaban la merma del precio
del dinero, factor al cual le
atribuyen no poca incidencia en los
agudos destrozos del reciente colapso
recesivo o en los retardos de la
recuperación. Un período sin mayores
alternativas, al menos en el futuro
inmediato, que seguirá marcado por los
graves altibajos y las hondas
distorsiones de la economía, por los
concordatos y las nacionalizaciones de
flamantes firmas, incluidos los
denominados intermediarios
financieros, decretadas no en gracia a
la acción planificadora del Estado,
sino como secuela de las bancarrotas.
Por eso hablar de la "revolución del
desarrollo" a la manera alvarista,
ignorando estas verdades del barquero,
es lisa y llanamente proponer lo
contrario de lo que se prefiere.
En cuanto al aprovechamiento de las
riquezas naturales por conducto de los
contratos de asociación con los
consorcios de las repúblicas
desarrolladas, valga una glosa
parecida a la que arriba consignamos.
Nuestro vasto y accidentado territorio
guarda en sus entrañas ricos
yacimientos de combustibles y de
materias primas de importancia
estratégica; sin embargo, carecemos en
general de maquinarias o de
tecnologías avanzadas que nos permitan
la extracción competente de los
mismos. Aplazar su explotación hasta
cuando estemos en condiciones de
efectuarla por nuestra propia cuenta
sería tanto como inventar la
bicicleta. Las voces partidarias de
que el país se amolde a su grado de
preparación, por mucho que crean
proteger la patria de los peligros
foráneos o pregonen la necesidad de
remediar el desempleo mediante la
propagación de las formas productivas
de bajo rendimiento, no hace otra cosa
que prosternarse ante el atraso,
propiciando irónicamente los males que
combaten. Los árabes afirman: más vale
la cizaña de tu país que el trigo del
extranjero. Adagio fundido en la
fragua de una larga y adversa historia
de humillaciones nacionales y que
tiene sentido siempre y cuando
concierna a los vitales asuntos de la
soberanía. Pero en el terreno de la
ciencia y de la técnica debemos ser
conscientes de nuestras deficiencias y
no rehusarnos a recurrir adecuadamente
a la experiencia internacional. Tras
la conformación de un Estado compuesto
por las clases patrióticas y
democráticas, de la que no excluimos a
industriales, agricultores, ganaderos,
ni a ningún estamento o persona que
desee colaborar en la prosperidad de
Colombia, los contratos de asociación
que se realicen sobre la base del
beneficio recíproco con las compañías
de los centros industriales del mundo
no son únicamente viables sino
convenientes. La fobia que entre
nosotros despierta ese tipo de
asociaciones proviene con justicia de
los daños que éstas le han irrogado al
país, pues las cláusulas suscritas y
los encargados de aplicarlas legitiman
las arbitrariedades o las
usurpaciones, con lo cual por fuerza
renunciamos a hacer un uso racional,
planificado, armónico y soberano de
cuanto nos pertenece.
En suma, las concordancias alcanzadas
y que facilitaron nuestra inclusión y
respaldo a las planchas del directorio
orientado por William Jaramillo Gómez,
giran alrededor de materias de
innegable trascendencia para el
porvenir de la nación y el bienestar
del pueblo. Aspiramos por ende a que
la cooperación consiga superar la
barrera del 9 de marzo y se acentúe en
sus facetas esenciales. No se trata de
desvanecer la frontera entre las dos
organizaciones, ni aun de evitar el
brote de opiniones encontradas. Cuando
iniciamos el acercamiento hacia las
múltiples afluencias en que se hallan
fraccionados el liberalismo y el
conservatismo, conocíamos de los
prejuicios, prevenciones o reservas
existentes en el seno de las viejas
colectividades respecto al
archipiélago de grupos y subgrupos
clasificados bajo el membrete genérico
de "izquierda", un distintivo que en
Colombia sirve para todo aunque no
exprese nada. Al escuchar las
explicaciones referentes a la unidad,
algunos de nuestros nuevos aliados no
ocultaban su asombro de que el MOIR,
un partido de corte revolucionario,
saliese en defensa de la actividad
productiva de la nación. Otros no
podían creer que proscribiéramos el
sabotaje o la destrucción de máquinas
y plantas como instrumentos de lucha
en los conflictos sindicales. Los
demás se mostraron vivamente
interesados en la consigna de
civilizar la confrontación política,
comprendiendo la urgencia de impedir
que el debate partidista o la
controversia ideológica se resuelvan
por medio del terror, el atentado
personal o cualquier otro expediente
intimidatorio. Realmente ninguna de
las agrupaciones con las cuales
conversamos rechazó nuestras
sugerencias, al punto de que casi en
todas partes hemos convenido, con los
movimientos más disímiles, diversos
mecanismos de colaboración, a fin de
no ir solos a las próximas elecciones.
No hicimos por supuesto contacto con
quienes por definición se encuentran
al margen de los cuatro enunciados
unitarios, particularmente, con los
apologistas de uno y otro, extremo de
la Administración Betancur, cuyos
moldes, modelos y modales debieran ser
desterrados para siempre de la vida
pública.
Un mes de encuentros, de intercambio
de puntos de vista, de despeje de
malos entendidos, me condujeron a la
inopinada conclusión de que las
confusiones en torno a los postulados
y cometidos de las fuerzas
revolucionarias son mucho más
descomunales de cuanto suponemos,
fenómeno supremamente lamentable en un
país en donde el socialismo aguarda
todavía por la culminación de las
realizaciones democráticas. En ello
han incidido miles de causas: la
acción permanente de la propaganda
oficial, el sectarismo y las aventuras
de la extrema izquierda, la incipiente
conciencia de clase de los
trabajadores y su baja participación
en la política, el desconocimiento de
los verdaderos problemas de la nación,
el desprecio por la teoría, etc. Por
eso la difusión de nuestras propuestas
ayudará enormemente a esclarecer el
panorama, ya que surgen de las reales,
actuales y principales contradicciones
de Colombia y no de la mente de
ninguno de nosotros.
¿Existe o no un estancamiento
económico de vieja data, ahora
agravado con las exigencias de los
prestamistas internacionales? ¿Puede
Colombia desarrollarse sin el pleno
rescate de su autodeterminación
nacional, sin el exterminio del agio y
de la usura, sin el saneamiento del
fisco, sin la suspensión de las
emisiones del Banco de la República,
sin el disfrute racional y planificado
de sus recursos? Naturalmente no. Y
esto es precisamente lo que queremos
que se dilucide, porque el hambre de
los obreros y los campesinos no va a
mitigarse con los comunicados del
doctor Ariel Armel ni con las
tienditas del Idema.
Tampoco estamos divagando cuando
prevenimos acerca de las acechanzas de
la Unión Soviética. ¿Acaso no ha
revivido la Santa Rusia sus sueños
imperiales? ¿No acumula años ocupando
con su propio ejército a Afganistán, y
con las tropas de sus testaferros a
Kampuchea y Lao, a Angola, a el
Líbano? ¿Con su creciente influencia
en Centroamérica no ha empezado a
encender en el Continente otra
conflagración regional dentro de las
varias que auspicia tras sus planes de
presionar una nueva repartición del
globo? Irrefutablemente sí. Ello
también amerita ser debatido, puesto
que el Presidente Belisario Betancur,
por maquillarse de izquierdista en
aras de la futura reelección, agotó su
diplomacia congraciándose con los
prosoviéticos de dentro y fuera,
amparado en la excusa de la "paz" y a
costa de minar la soberanía y acceder
al proselitismo armado de los
comandantes de La Uribe.
La aparición en la
arena política de modalidades de
choque francamente degenerativas, que
invaden los predios del delito común y
a veces adquieren visos de lances de
honor o de venganza, configura otro de
los signos inquietantes de la
encrucijada del momento. ¿0 será que
nos lo imaginamos? ¿Pero qué decir
entonces del secuestro reivindicado
políticamente, de la centena de fosas
abiertas en Tacueyó para precaver la
infiltración enemiga, de los atentados
a tres miembros del Comité Central del
Partido Comunista atribuidos a una
disidencia, del ametrallamiento de
Oscar Willíam Calvo y Ricardo Lara
Parada, de la muerte de Luis Eduardo
Rolón a manos de una cuadrilla de las
Farc que intenta barrer al MOIR en el
sur de Bolívar... y del rosario sin
fin de atrocidades consumadas por la
retaliación de la derecha? He ahí el
tercer asunto sobre el cual esperamos
se arroje luz, por cuanto el
incremento de tal suerte de violencia
amenaza seriamente las libertades
públicas y en especial los derechos de
las clases laboriosas.
Como se ve, la política esbozada
trasciende de las vicisitudes de unos
comicios a los cuales no les restamos
incidencia, pues elevarán a la cima a
otro mandatario que, según las
apuestas, si no es Barco sería Gómez,
reajuste que desde ya anuncia el
desmonte definitivo de la función
belisarista. No obstante, el cambio de
Presidente no modifica mucho las
cosas. Con los amigos seguiremos
ventilando las pautas de un
replanteamiento unitario, y ante el
próximo gobierno, como desde hace
veinte años, mantendremos firmes
nuestros mismos reclamos. Sobra añadir
que el desarrollo de la producción
nacional, y la preservación de las
libertades, comprendida la de
Colombia, constituyen premisas no
suficientes pero sí necesarias para el
mejoramiento en las condiciones de
vida y de organización del pueblo,
nuestro cuarto y básico objetivo. Aun
cuando participamos en las listas
votaremos en las elecciones
fundamentalmente por los aliados, con
la contraprestación de poder realizar
una extensa campaña que nos permita la
siembra entre las masas de las nuevas
ideas. Y sembrar es esparcir.
Muchas gracias.
DEFENDAMOS
Y APROVECHEMOS NUESTROS RECURSOS
Marzo 6 de 1986
Discurso de Francisco Mosquera en acto
conjunto realizado en Palmira el 6 de
marzo de 1986 con el Movimiento
Liberal Holmista. Se publicó en El
Tiempo del 8 de marzo siguiente.
Hemos venido
advirtiendo que Colombia, luego de
haber saltado indefinidamente de una
frustración a otra, pasa por un
trance, si se quiere propiciatorio,
que induce a sustituir las gastadas
fórmulas por los nuevos enfoques
puestos a la orden del día tras los
duros años de reveses y calamidades.
Desde el plebiscito del 1º de
diciembre de 1957, que protocolizara
esa dulce armonía en torno a un Poder
instaurado sin la menor oposición, no
habíamos asistido a un entreacto como
el presente, en el cual las juntas de
los gremios, el clero, los militares y
las vertientes descontentas de los
partidos tradicionales se duelen, a
veces en voz alta, de los trastornos
económicos y la descomposición
galopante, del endeudamiento externo y
sus desastrosas secuelas, del
fracasado invento pacificador y el
desborde de la violencia, imputando
todos a una las desgracias de la
ciudadanía a los erráticos manejos de
los asuntos públicos. La contingencia
no puede menos de promover el
acercamiento entre los distintos
estratos sociales severamente
perjudicados con los desarreglos de la
crisis, o entre las agrupaciones
preocupadas en serio por el porvenir
de la nación. El encuentro de esta
noche lo corrobora a carta cabal.
Cierto que las elecciones nos han
suministrado el motivo, pero el hecho
de que dos destacamentos tan dispares
en su procedencia y número de
seguidores hayan conseguido reunirse,
discutir sobre los diversos aspectos
de interés común y disponer unas
formas mínimas de cooperación, no
estando imperiosamente obligados a
coligarse para concurrir a las urnas,
muestra hasta dónde los graves
desbarajustes del país y sus inseguras
perspectivas han de dar ocasión a un
realinderamiento político de
insospechadas resonancias y amplitud.
Tanto más cuanto que cualquier tarea a
emprender conjuntamente por ambas
fuerzas no sería factible sin la
supresión, de parte y parte, de las
naturales reticencias de quienes en
nuestras filas no juzgan conveniente
el que liberales y moiristas alternen
o aparezcan en las mismas tribunas. Y
por eso me complace colaborar hoy con
mi granito de arena al cometido de
desvanecer las aprensiones o los
recelos que aún obstruyen los
entendimientos alcanzados, conociendo
de sobra que las huestes holmistas del
Valle del Cauca configuran uno de los
baluartes más sobresalientes del
liberalismo de avanzada, y a cuyo
principal forjador, el propio Carlos
Holmes Trujillo, le punzan como a
nosotros los escasos incrementos de
nuestras labores productivas, la
mengua de la soberanía nacional
colocada hace rato en entredicho, los
brotes de terror con que últimamente
se han pretendido zanjar las
rivalidades partidistas y la
vertiginosa depauperación de las masas
populares.
Sin embargo, considero que tales
concordancias, ni aquí ni en ningún
otro departamento, se hubiesen
traducido en una acción concreta sin
los desengaños cosechados por el
mandato betancurista, un régimen que
vivió para las apariencias, ardiendo
siempre en deseos por embellecer su
estampa y pensando no en solventar las
múltiples privaciones de la población
sino en salir airoso de ellas.
Calificó de egoísta al sistema
financiero y expropió a Michelsen
Uribe, condenándolo, para remate, al
destierro voluntario, sin disminuir
por ello las dádivas con las cuales
colmara a los competidores del Grupo
Grancolombiano ni las voluminosas
partidas con que se han cubierto los
desfases de la banca. "¡Que tiemblen
los pillos!", fue la agria reprensión
que Belisario Betancur les profiriera
a sus subalternos con el objeto de
moralizar algunas dependencias del
aparato administrativo... no todas.
Con el "no se derramará más sangre
colombiana", lisonja dirigida a los
bandos insurrectos antes que al
Ejército, trató también de ganarse las
palmas, no importándole si sus
demagógicas benevolencias derivaran
hacia la degollina que estamos
contemplando. Con Contadora tampoco ha
conseguido aplacar el incendio de
Centroamérica, una confrontación
prendida y determinada por la disputa
Este-Oeste, y de la cual nuestro
mandatario ha sabido beneficiarse a
fin de extender su aura de pacifista
al concierto internacional,
lógicamente a expensas del doble juego
de tenderles una mano a los fantoches
del imperialismo soviético, mientras
suscribe con la otra el Plan Reagan
para la Cuenca del Caribe.
Algo análogo ha sucedido con sus
ofertas de congelar los impuestos y
construir casas para pobres, así como
con el resto de las obras consignadas
en el "cambio con equidad": que bajo
su perído hubo cuatro enmiendas o
apretones tributarios; que se aceleró
la tugurización de las ciudades por
cuenta del ICT, y que los amnistiados
tuvieron en sus promesas incumplidas
la mejor excusa para volver a
declararle la "guerra". Un método de
gobierno nada aconsejable. Cada
situación difícil se encubre tras
habilidosas explicaciones, y con
evasivas se atienden los sentidos
reclamos. A falta de ejecutorias que
exhibir se hacen alardes de gran
corazón y buena voluntad. Las
complicaciones se sortean con astucia
y con astucia se lavan los yerros. Es
el estilo de mando que ciertos
personajes de muchas campanillas
todavía le recomiendan a Colombia,
evidenciando, sin saberlo, la famosa
premonición de Francis Bacon, el padre
del materialismo inglés: No hay cosa
que haga más daño a una nación como el
que la gente astuta pase por
inteligente.
Empero, lo verdaderamente lastimoso
reside en que a esta administración
espectáculo, cual la catalogara Carlos
Lemos Simmonds, le haya correspondido
sentar sus reales durante el lapso
menos apacible en la historia
sesquicentenaria de la vieja
república. Justo a partir de 1982
empezaron a percibirse, una tras otra
y en su plena función paralizante, las
deformaciones estructurales incubadas
en el transcurso del siglo. Por aquel
año hacía sus destrozos la última y
más aguda depresión del mundo
occidental desde la quiebra de 1929, y
se había entablado el ineludible
pleito entre los países deudores y las
agencias prestamistas internacionales,
contradicciones explosivas que también
sacudieron a Colombia. En lo interno,
los otrora inexpugnables poderes de la
élite de las finanzas cayeron en
delicadas anomalías, provocando la
intervención gubernamental en varias
oportunidades; pequeños y grandes
fabricantes, tras haberse declarado
insolventes o en bancarrota,
convinieron concordatos con los
acreedores en procura de mantener a
flote sus industrias; la agricultura y
la ganadería sufrieron tales
retrocesos que los colombianos, al
decir del presidente de la ANDI,
acabamos preparando los platos típicos
con alimentos traídos de afuera, y la
primera autoridad económica, el
gobierno, acosada por el sucesivo
déficit presupuestario, cuya cuantía
no admite antecedentes, tuvo de
continuo que emitir papel moneda
atizando la inflación y ensombreciendo
aún más el panorama. Y todo esto
ocurre precisamente bajo las lindezas
del "sí se puede" y en una encrucijada
en la que afloran las mutaciones
genéticas de una sociedad en
transición, entre las cuales vale la
pena mencionar el desmoronamiento de
la antigua hacienda patriarcal
campesina, el predominio del dinero
sobre la tierra, el éxodo de las masas
rurales hacia los centros urbanos, el
auge del capitalismo de Estado, la
incidencia creciente del comercio
internacional, o sea aquellas
modificaciones operadas de modo
paulatino e imperceptible pero que con
el tiempo han terminado por plantear a
nuestro pueblo retos singulares en los
ámbitos de la conducción y
planificación económicas, la técnica y
la ciencia, el bienestar social y la
soberanía de la patria.
Al desatarse el dormido volcán de la
deuda que apercuella a la América
indigente, se reparó con angustia en
que las principales entidades del
orden oficial y privado, sin excluir a
los bancos, se hallan hipotecadas
hasta la coronilla e impelidas a girar
al exterior, en divisas cada vez más
costosas, unas sumas sencillamente
inasequibles. Las remesas por ese
concepto llegan a US$ 1.200 millones,
lo que equivale, dentro de los
márgenes de una balanza comercial por
lo común adversa, al 35% de nuestras
exportaciones de 1985, proporción
suficiente para absorber las ganancias
del país y vedarnos cualquier
posibilidad auténtica y autónoma de
progreso. Las firmas particulares
contabilizaron compromisos por cerca
de 4.000 millones de dólares. Los de
sólo tres sociedades, Avianca,
Fabricato y Coltejer, ascienden a más
de 44.000 millones de pesos al cambio
de la fecha, que lograron finalmente
refinanciar gracias al patrocinio del
Ejecutivo. Frente a tan pesada
exacción se han pronunciado con
entereza industriales, agricultores y
comerciantes. Inclusive algunos
expresidentes se atrevieron a sugerir,
no la suspensión deliberada de los
pagos, mas sí el virtual
incumplimiento por fuerza mayor o
inopia absoluta. Personalmente creo
que semejante desenlace resulta
utópico, dadas las férreas ataduras de
variada índole existentes entre las
neocolonias del sur y las metrópolis
del norte, que condicionan tan
drásticamente los negocios y el
funcionamiento íntegro de los deudores
como para que éstos no acepten, bajo
las circunstancias políticas
reinantes, una salida transaccional a
la usanza mexicana. De un modo o de
otro, lo digno de relevarse radica en
que tras los infortunios del
cuatrienio se ha ido sacando en limpio
una conclusión inobjetable, bosquejada
por nuestro Partido desde el mismo día
su nacimiento y en la que concordamos
con el doctor Holmes, que el
desarrollo al debe no es tal, sobre
todo cuando los préstamos se contratan
bajo términos onerosos, se dilapidan o
destinan a operaciones no rentables.
Colombia nunca será próspera mientras
no disponga soberana y adecuadamente
de los frutos de su propio trabajo.
Hace veinte días los cerealeros
reprodujeron en la prensa unas
declaraciones en nombre de su gremio,
Fenalce, a través de las cuales
repudian sin pestañear los
lineamientos, o mejor, los tumbos e
inconsecuencias de la rama ejecutiva
con respecto a la problemática del
agro colombiano, como también lo
expusiera por su lado la Sociedad de
Agricultores de Colombia, SAC.
Aquellos ponen énfasis en el
encarecimiento de la maquinaria y de
los servicios de preparación, siembra
y cosecha, debido a la sobrecarga de
los aranceles y del IVA. Alertan
acerca de las cláusulas exigidas por
el Banco Mundial para adjudicarnos un
crédito de US$ 250 millones con
destino a la agricultura, por cuanto
implican abrir el camino al ingreso
indiferenciado de productos
alimenticios extranjeros de los que
nuestra "vocación agraria" ya depende
en un millón cien mil toneladas cada
doce meses. Y demandan, en forma
textual, "una política agropecuaria
coherente, decidida y estable que
incentive la inversión agrícola". El
MOIR estampa su firma en este pedido,
a semejanza de muchos aliados que nos
han dicho estar dispuestos a adherir
la suya a nuestras cuatro sugerencias
unitarias. No es cuestión de inquirir
si los empresarios del campo hacen de
la necesidad virtud; la ciega y
traumática evolución de los
acontecimientos se ha encargado de
enseñarnos a la maravilla en dónde
yacen los obstáculos para el normal
avance del engranaje productivo de la
nación.
Acá no más, en la zona azucarera, la
mayor de nuestras concentraciones
proletarias, observamos asimismo cuán
nocivos son los rigores de la
contracción. La industria de la caña,
que presencia impotente la merma
significativa de su rendimiento en
cuanto a la cantidad elaborada, al
perímetro cultivado y a los cupos de
empleo, ha sido víctima, a su turno y
con arreglo a sus peculiaridades, de
las desventajosas relaciones
imperantes dentro del mercado mundial.
Los proyectos de ensanche que con
desmedido optimismo diseñara en 1975
se fueron a pique tras el abrupto
descenso del precio internacional del
azúcar, el cual se cotizó a dos
centavos y medio de dólar la libra el
año pasado, cuando se calculaba que no
bajaría de ocho durante el período.
Los ingenios quedaron en la estacada,
en especial aquellos que se decidieron
a endeudarse externamente con miras a
alcanzar mayores niveles de
eficiencia, acentuando con sus
reducciones la mengua del comercio y
de los demás quehaceres de la región.
A por lo menos diez mil obreros se les
ha despedido y la cifra podría
fácilmente doblarse si continúan,
según parece, la superproducción de
sacarosa y las medidas
proteccionistas, tendencias ambas
impulsadas por los grandes emporios.
Los procederes inequitativos vienen de
atrás y nos han ocasionado la ruina en
ocupaciones como el laboreo del trigo,
del que prácticamente nos
autoabastecíamos a principios de la
década del sesenta, mientras ahora
importamos 600.000 toneladas, uno de
los muchos asoladores efectos de la
conocida Ley 480 de 1954 por la cual
el congreso de Norteamérica ha
financiado la venta en nuestros países
de buena porción de sus excedentes
agrícolas. El cerco va estrechándose
con el correr del tiempo, al punto de
que a la tempestad de protestas se han
unido actualmente hasta los
afortunados exportadores de flores de
la Sabana de Bogotá. En ninguna parte
el futuro de los pueblos se ha
edificado con pétalos de rosa; no
obstante, a los floricultores
colombianos les asiste la razón al
quejarse de los artilugios
discriminatorios de la Comunidad
Europea, máxime cuando algunas
repúblicas de esta alianza, por
ejemplo Francia, han obtenido, u
obtienen, innegable beneficio de sus
intercambios con nosotros. De suerte
que la prosperidad del país se cifra
tanto en un justo desenvolvimiento de
sus vínculos con los monopolios
foráneos como en una competente y
planificada utilización de sus
recursos.
Dos factores que se hallan al arbitrio
de quienes controlan el Estado, el
centro supremo que en la Colombia de
hoy interviene en todo, desde graduar
el coste de los bienes y servicios
hasta definir los contratos de
asociación con los dueños de medio
planeta. Pero ni lo uno ni lo otro.
Ahí están los casos del petróleo, o
del carbón y del níquel, cuyas
explotaciones se efectúan mediante
sendos convenios estipulados
preferentemente con compañías
norteamericanas, los cuales, a causa
de sus ilicitudes y de los perjuicios
que nos acarrean, han recibido las
desaprobaciones de los más dispares
matices de la opinión. O el precedente
no menos infausto del Pacto Andino,
con el que, conforme a los
pronunciamientos oficiales, las
naciones del área arribarían, firme y
mancomunadamente, a la edad madura de
su crecimiento, siendo que siguen en
mantillas al cabo de tres lustros y
pico, sin haber coronado los programas
sectoriales de desarrollo, ni la
conversión de las empresas extranjeras
y mixtas en nacionales, ni el
acoplamiento entre los países
signatarios, demostrándose cómo el
experimento escasamente tendía hacia
la creación de un mercado ampliado que
tornase atractivas y gananciosas las
multimillonarias inversiones de los
conglomerados de las potencias
industrializadas.
No es que nos opongamos a tales
transacciones y menos a la integración
latinoamericana, o que nos rehusemos
por principio a la entrada del capital
extranjero, o a asociarnos con él; por
el contrario, estos elementos pueden
transformarse en palancas de la
modernización nacional, siempre y
cuando se encaucen a suplir los vacíos
dejados por el atraso secular y no a
extraer a rodo nuestras riquezas y sin
contraprestación alguna. El proceso
que vivimos de nacionalizaciones y la
correspondiente e inexorable expansión
del sector público, su robustecimiento
económico, su papel regulador cada día
más descollante, en suma, el apogeo
del capitalismo de Estado, representa
una herramienta formidable con la cual
Colombia respondería a las acucias de
su propia reconstrucción, de manera
"coherente, decidida y estable" para
expresarlo con las palabras de
Fenalce, si ese poderío fuese otorgado
a los obreros, campesinos,
empresarios, comerciantes, valga
decir, a las clases interesadas en el
incremento de la producción, y, por
ende, se orientara no sólo hacia la
defensa de nuestros medios y
disponibilidades sino hacia el
aprovechamiento armónico de los
mismos. Mas no planificamos ni
protegemos lo que nos pertenece. Se
asiente a cuanto indiquen los
monitores internacionales y se confía
demasiado en las leyes de la oferta y
la demanda. El Ministro de
Agricultura, durante del lanzamiento
en Cali del Programa Nacional de
Tenderos, contestó a los reparos de
los gremios admitiendo, como si tal
cosa, que a su cartera le había
faltado continuidad en sus
prospecciones. De este tenor son las
providencias y los mea culpa de
nuestros funcionarios.
Los cambios mínimos que estamos
proponiéndoles a demócratas y
patriotas se limitan, pues, a suprimir
las causas de nuestro estancamiento y
se apoyan en las conquistas materiales
y espirituales gestadas, a pesar de
todo, en el seno de la sociedad
colombiana. A veces el quid del asunto
se reduce a recordar las olvidadas
lecciones de los prohombres, del siglo
XIX, los primeros organizadores
republicanos, quienes se levantaron
contra los censos, los diezmos y las
alcabalas heredados de la Colonia,
esas restricciones que ahogaban el
comercio, tan vital para el incremento
de las manufacturas. Un Salvador
Camacho Roldán canta loas al
"¡impuesto directo, progresivo y
único!"; y Santander vuelve del exilio
y arremete de nuevo a comienzo de los
treintas contra la tributación
indirecta que había restaurado Bolívar
a finales de los veintes. Estas pugnas
se han revivido sobre el mismo suelo,
aunque en otra época y con otros
actores. Los alcabaleros
contemporáneos, retrotrayéndose dos
centurias, plagaron la legislación con
gravámenes al consumo, entorpeciendo
el tráfico de los artículos y
ameritando así las rectificaciones
reivindicadas por comerciantes y
productores. Quienes empuñan el timón
han andado siempre en contravía. Se
propende a la libre concurrencia en
las operaciones mercantiles con el
exterior, mientras internamente se las
coarta de mil modos, que es cuanto
acontece con la espiral inflacionaria,
activada por las ininterrumpidas
emisiones del Banco de la República y
éstas a la vez por los astronómicos
faltantes del gobierno, círculo
vicioso que habrá de cortarse de un
tajo si aspiramos a progresar.
Como ustedes aprecian, se trata de
modificaciones a cumplir en el marco
de una revolución democrática, en el
sentido económico-burgués del vocablo;
un vuelco que ha quedado inconcluso y
que no por su carácter deja de ser
menos profundo y beneficioso. No
necesariamente abrazan las tesis del
socialismo aquellos que rechacen los
chantajes del Fondo Monetario
Internacional y protejan la
independencia de la nación ante las
coacciones de los poderosos de
Occidente, y las acechanzas del
expansionismo soviético; ni tampoco
los que recaben la intervención y la
regulación estatales en bien de la
colectividad y no del enriquecimiento
de unos cuantos privilegiados.
Me resta únicamente hacer votos por
que las identificaciones logradas
entre el Movimiento Liberal Holmista y
el MOIR en torno a tales propósitos se
afiancen y proyecten, más allá de las
escaramuzas electorales, pues se
fundamentan en la acción unificada de
las grandes mayorías y no en la
sustitución de unos presidentes por
otros, quienes en Colombia, aun cuando
desciendan en medio del estragamiento
de las gentes, caen parados como
tentetiesos esos muñecos a los que les
pesan más los pies que la cabeza.
Muchas gracias.
EL
MOIR INSISTE EN EL FRENTE ÚNICO
Diciembre 12 de 1987
Publicado en El Tiempo del 13 de
diciembre de 1987.
En su edición del 12
de noviembre, Voz, el periódico del
Partido Comunista, acusa al MOIR de
llevar a cabo reuniones con fuerzas
oscuras en las cuales se recolectan
fondos y se montan planes subrepticios
de propaganda fascista. Tal infundio
nada tiene de raro. Aquella agrupación
ha respondido siempre a sus
contradictores con el único fruto de
su ingenio: la calumnia. Lo execrable
del asunto radica en la sórdida
intención de responsabilizarnos o
involucrarnos de cualquier modo en la
guerra sucia que ensangra a Colombia.
Los actos a que aluden como prueba de
la conjura son los foros efectuados en
varios departamentos con la amplia
concurrencia de dirigentes políticos,
gremiales y sindicales. De la labor
instigadora inculpan directamente y
con nombre propio a Marcelo Torres por
su activa participación en tales
eventos; a José Fernando Ocampo, del
Comité Ejecutivo de Fecode, por su
brega en los medios universitarios, y
al periodista Leonel Giraldo por las
defensas que realiza de los criterios
consignados en su libro sobre
Centroamérica.
Queremos enterar a la opinión de
tamañas maquinaciones, tanto más
cuanto que en los últimos meses se
vienen insinuando, de muchas maneras y
en diversos sitios, señalamientos
semejantes contra nuestro Partido. La
situación del país no está ciertamente
para gastar jugarretas de este género.
Fuera de que nunca aceptamos que el
atentado personal, la extorsión o el
secuestro configuren procedimientos
compatibles con los anhelos de
superación del pueblo colombiano,
nosotros fuimos los primeros en llamar
la atención sobre la urgencia de
civilizar la contienda política, una
consigna que hoy se halla a flor de
labio en las toldas de todas las
tendencias, sin excluir a quienes
secundaron el tramposo apaciguamiento
del señor Betancur.
Cuando proponernos un frente único por
la salvación nacional y nos
aproximamos a industriales,
agricultores, ganaderos, comerciantes,
clérigos y militares en retiro, sólo
nos mueve el interés de resguardar a
la patria de los azarosos peligros
externos e internos que la acechan.
Desde el exterior nos amenazan las
ambiciones hegemonistas de la Unión
Soviética, cuyos fantoches ya huellan
el suelo de América con su paso de
ganso. Nos inquieta que Colombia corra
la suerte de las gentes de Afganistán
inmoladas en los altares de un extraño
socialismo; de la república vietnamita
que arrambla a sus débiles vecinos por
cuenta de los amos del Norte, o de la
Angola invadida y humillada por las
tropas cubanas que guerrean bajo la
divisa del rublo. En lo interno
abogamos por el establecimiento de una
democracia que coloque a los
ciudadanos y a los partidos, sin
salvedades, en un pie de igualdad ante
la Constitución y las leyes. No se
trata de una fórmula nueva, ni de la
panacea milagrosa que algunos exaltan,
pero sí representa un principio clave
por medio del cual las masas populares
y los sectores de avanzada
conseguirían organizarse y batallar en
provecho de las mayorías. Sin embargo,
a partir del pasado cuatrienio y
echando mano de mil trucos se
protocolizó una preferencia política a
todas luces violatoria del orden
jurídico prevaleciente, la de
garantizarles a los exclusivos
beneficiarios de los pactos del cese
al fuego el disfrute de las
prerrogativas consagradas en la norma
escrita, y aun de las mercedes del
Estado, sin haberles exigido siquiera
la promesa de deponer las armas con
que intimidan a sus adversarios y los
destierran de las áreas en pugna. No
más el domingo 22 de noviembre, la
gavilla de las Farc que ejecutara en
Arenal, Bolívar, a nuestra militante
Aidée Osorio, volvió allí bajo el
mando de un tal "comandante Camilo" y
ante la mirada atónita de los
moradores de la localidad masacró sin
clemencia a los compañeros Rafael
Mendoza y Genaro Gómez. Nadie responde
por los crímenes cometidos contra
miembros del MOIR, a pesar de que
hemos conminado públicamente a los
mentores de los victimarios a que no
los encubran. Y ahora resulta que
quienes han recurrido a la justicia
privada y a otras modalidades
delictivas para imponer su predominio,
que han concertado las más peregrinas
alianzas con la burguesía y expandido
su brazo armado bajo el auspicio
oficial, que a comienzos de la
reimplantación del régimen liberal
elogiaron al ministro de Defensa con
la inútil esperanza de neutralizarlo,
se reservan el derecho de achacarnos
sus mismos desafueros y de prohibirnos
hablar con personas y estamentos
influyentes, so pena de aparecer cual
inspiradores de la matanza
desencadenada.
Con la grotesca tergiversación de las
contradicciones los jefes del Partido
Comunista no solamente buscan ponernos
de blanco de su negro terror, sino
justificar los desastrosos desaciertos
de su táctica. No nos perdonan
nuestros certeros pronósticos respecto
al experimento pacificador, ni el
haber pedido la supresión de los
factores que han hecho posible la
crisis de moral reinante, empezando
por las singulares franquicias
otorgadas al abrigo de la tregua, el
diálogo y la "paz". Si un grupo estima
que el país se encuentra en la
insurrección o al borde de ésta y
decide correr los albures del
levantamiento bélico, que lo intente.
Cada cual hace de su capa un sayo. Mas
fantasear con la "guerra" tras el
propósito de obtener ventajas del
gobierno o supremacías sobre el resto
de la población, delata una apetencia
insaciable e inadmisible. Han sido
justamente tales vivezas y no nuestras
fundamentadas denuncias las que han
permitido la proliferación de los
llamados grupos de autodefensa. Antes
de la amnistía los hubo en algunas
regiones convulsionadas por conflictos
de tierras; en la actualidad se han
regado por el territorio patrio y con
el concurso de distintos estratos
sociales. En un pronunciamiento
anterior indicamos los riesgos de este
grave fenómeno, subrayando cómo los
prosélitos encargados del trabajo
legal recibirían los golpes de la
vindicta, así la dirección de la Unión
Patriótica, al estilo del avestruz,
crea despistar a amigos y enemigos con
informes de prensa en los cuales se
declara desligada por completo de las
Farc. Hasta el presidente Barco, tan
pacienzudo y tan sobrio en sus
conceptos, osó sostener, delante de la
comisión que lo visitara a raíz del
asesinato de Jaime Pardo Leal, que se
estaba cobrando "en cabeza" de la UP
los "actos violentos" de quienes
"persisten torpemente en su empresa
terrorista".
Para pretender acallarnos hay otros
motivos. El MOIR fue el único entre
todos los partidos que se abstuvo de
participar en los trapicheos de la
pacificación. Advirtió que el
reintegro civil de los insurrectos no
podía supeditarse a la anulación o
recorte de las disparidades económicas
existentes en la sociedad colombiana,
pues con ello se levantaba un
obstáculo artificial e ineludible para
el desarme y se daba aliento teórico a
la aventura de la sublevación. Luego
de que las Farc masacraran a varios de
nuestros cuadros y ante la ausencia de
un auténtico ambiente democrático,
exigimos acabar con las dilaciones,
proceder a la desmovilización y
cumplir con las expectativas creadas
al inicio de los contactos entre las
autoridades y la guerrilla.
Prerrequisitos que la presente
administración ha ido también
remarcando para llegar a un acuerdo
definitivo con los alzados de La Uribe
y detener la violencia. ¿Acaso no se
ajustan a la realidad estas
precisiones? ¿Es que las ambigüedades
de los armisticios suscritos en agosto
de 1984 no nos han alejado de la
civilización y conducido a la
barbarie? ¿En qué paró la encomiada
apertura?
El procurador preconiza que la
democracia en Colombia está regida por
la "ley de la selva"; el ministro de
Gobierno sostiene que únicamente va
quedando viable la "solución militar";
el consejero de la rehabilitación se
siente "casi que utilizado por quienes
hablan de paz y responden con los
fusiles"; el doctor Carlos Lleras
Restrepo llama a no prolongar la
"farsa de la tregua"; el ejército se
toma cada vez más en un cuerpo
deliberante con amplia audiencia en el
concierto nacional; el
extremoizquierdismo coligado trueca
sus viejas reivindicaciones
reformistas por una contradictoria
mezcla de clamores contra el miedo y
por la vida; el Partido Comunista
convoca a la "resistencia" y a actuar
"en todas las formas contra los
asesinos del pueblo, sus incitadores y
promotores"; el presidente de la UP no
descarta la alternativa de la
abstención en los próximos sufragios;
el Parlamento aprueba una importante
suma dirigida a fortalecer la
capacidad operativa de las Fuerzas
Armadas, y el colombiano raso ya no
cree ni espera nada agradable de las
declaraciones de buena voluntad de los
firmantes de los convenios de la
conciliación.
Los acontecimientos les han vuelto la
espalda a los estrategas de la
astucia, la intriga y la falacia. El
mantenimiento simultáneo de la
"guerra" y de la "paz", una variante
de la "combinación de todas las formas
de lucha", en lugar de haber
ensanchado las libertades públicas,
las ha obstruido. Algo comparable
sucede con los procedimientos
criminosos como el secuestro, elevado
por el fundador del M-19 a la
categoría de método proletario de
combate, que desacreditan la causa
revolucionaria y frenan el ascenso
popular. Lo irrefutable de todo este
largo período de confusión, del cual
todavía restan liberales que ven en la
sombra de Bateman al más grande
ideólogo de la revolución, es que el
MOIR se ha opuesto solo y
resueltamente a dichas desviaciones,
cuyos abanderados acaban de lanzar su
último mensaje con la voladura de
Cementos Rioclaro, una acción
inconcebible, un regreso a la edad de
oro del anarquismo, cuando la pelea se
encaraba no contra las relaciones de
producción sino contra la producción
misma.
Casualmente, en los encuentros que
estamos convocando con voceros
gremiales y políticos, además de la
salvaguardia de la soberanía nacional
y de la erradicación del crimen cual
instrumento de las lides partidistas,
se ha enfatizado en otros dos aspectos
no menos vitales para las corrientes
democráticas y patrióticas: el
fortalecimiento de la capacidad
productiva del país y la satisfactoria
acogida a las demandas de las masas
laboriosas. Los trastornos económicos
de la década les confieren especial
relevancia a estos puntos, de cuya
atención dependen bastante los logros
del frente único propuesto. Aunque los
balances de 1987 empiezan a registrar
cierta recuperación, y entre
determinados círculos empresariales se
percibe complacencia a causa de uno
que otro estímulo propiciado por el
Ejecutivo, comprendidas las
reducciones tributarias de la Ley 75
de 1986, sobre la industria y el agro
gravitan dificultades múltiples. De un
lado, la reactivación observada
corresponde al curso normal de la
crisis recesiva que ya culminó
mundialmente, mas no obedece a un
esfuerzo concertado de la nación; y
del otro, se divisan los síntomas de
una depresión próxima, que, según
algunos analistas, sería de mayor
envergadura que la del lustro pasado.
A las deformaciones estructurales
características del Tercer Mundo, como
las altas tasas de desempleo, el
tradicional rezago del campo, la
estrechez del mercado interior y el
peso asfixiante de un siglo de
relaciones necolonialistas, se les
suman las lesivas consecuencias del
endeudamiento externo, los caóticos
malabares de la red bancaria, el
manejo especulativo del comercio
exterior, el desorden ocasionado con
el constante aumento del déficit
fiscal, la inflación permanente, el
despilfarro, las destinaciones no
rentables de los empréstitos, el
acometimiento de proyectos faraónicos
de discutible prioridad y el resto de
males derivados de la falta de una
planificación estatal efectiva. Muchas
de esas obstrucciones podrían
apartarse sin acudir necesariamente a
las palas de la revolución, siempre y
cuando cuaje un poderoso movimiento
unitario que presione y haga
conciencia acerca de las
circunstancias propicias que se
originarían con un consistente auge en
los ámbitos de la producción nacional.
El 20 de mayo, dos días antes del foro
efectuado en Bogotá, en carta remitida
a la Dirección Nacional Liberal, los
presidentes de Acopi, Fenalco, ANDI,
Camacol, Fedemetal, SAC, Asobancaria,
Fedegán y Acoplásticos, pusieron de
ejemplo la "anchurosa alianza"
planteada por el MOIR, en contraste
con los amagos de aquel directorio de
borrar de sus estatutos la
representación de los gremios. Muestra
palpable del entusiasmo que suscita
una política de convergencia entre
cuyas miras se contemple el propender
al progreso y atacar el atraso. Al
pueblo le interesa menos que a nadie
el estancamiento económico. Las tesis
de los liquidacionistas, conforme a
las cuales entre más extendida sea la
indigencia de las masas más cerca
estaremos de un cambio del sistema,
carecen de cualquier validez. La
destrucción de oleoductos o de
fábricas no allana la senda de la
emancipación social. Por el contrario,
el incremento de la mano de obra,
sobre todo en una nación relegada y
menesterosa como Colombia, les sirve
principalmente a los trabajadores,
puesto que los robustece y les
proporciona mejores condiciones para
sus conquistas, lo mismo materiales
que espirituales.
Desde luego que la coalición de clases
y capas disímiles, a veces
contrapuestas, pero identificadas en
los fines enunciados, supone
concesiones mutuas, de carácter
positivo, que no vulneren los fueros
fundamentales ni de la patria ni de
los ciudadanos. Son innumerables las
personalidades que durante el
transcurso del año han exhortado a
contener con la más vasta unidad el
proceso de disolución que nos mina.
Entre ellas se destacan las de los
exmandatarios Lleras Camargo, Lleras
Restrepo, L6pez Michelsen, Turbay
Ayala, Mosquera Chaux, y Pastrana
Borrero; las de la Iglesia por
intermedio del cardenal Alfonso López
Trujillo, y las de algunos oficiales
del estamento castrense. No obstante,
dentro del consenso general disuena la
actitud del gobierno empecinado en
comprar pleitos perturbadores e
inoportunos. No otra cosa significa
salir con la revisión del Concordato,
un asunto espinoso que inevitablemente
indispone a las autoridades
eclesiásticas, enturbia el examen de
los candentes problemas actuales y
cuya discusión bien puede aguardar a
la llegada de calendas menos
borrascosas. Pasa igual con la
incomprensible reticencia del primer
magistrado a entablar oficialmente
conversaciones con el Partido Social
Conservador, en procura de un
acercamiento en torno a intereses
colectivos y no sobre el reparto de
los cargos públicos, tal y como lo han
puntualizado las cabezas visibles de
la "oposición reflexiva". Otro tanto
cabe agregar a propósito de la
agudización del diferendo con
Venezuela, cuando ni allá ni aquí
prevalece el ambiente indispensable
para hallar una solución que ha de ser
amigable y definida de común acuerdo.
La ruptura del buen entendimiento con
el hermano país y las tensiones
fronterizas socavan las energías
nacionales, incluidas las del Estado,
en un momento crucial en el que la
barbarie de cada día nos persuade a
dirigir los esfuerzos hacia la tarea
de ordenar la casa.
Antes que escarceos nacionalistas,
antes que utópicos ofrecimientos de
extinguir la pobreza, Colombia
requiere rescatar la democracia, el
medio insustituible de la lucha del
pueblo. Y que se dialogue, para
arrumbar o posponer cuanto entrabe la
integración del frente único reclamado
con insistencia por nosotros y otras
vertientes ideológicas, no para volver
a las andanzas de la administración
Betancur. Por eso nuestros
calumniadores, a la hora de rendir
cuentas, se descargan endosándonos las
trágicas consecuencias de su tramoya
pacifista; pero entre menos se ciñan a
la verdad histórica más claramente se
establecerá que en esta coyuntura la
razón estuvo del lado del MOIR.
LA
NACIÓN SE SALVA SI CORRIGE SUS
ERRORES
Febrero 2 de 1988
Discurso pronunciado por Francisco
Mosquera en el acto que este
movimiento realizó el día 2 de febrero
de 1988, en el Centro de Convenciones
Gonzalo Jiménez de Quesada, en el acto
de respaldo a Juan Martín Caicedo
Ferrer en su campaña por la Alcaldía
de Bogotá. Publicado en El Tiempo del
7 de febrero siguiente.
Amigos y compañeros:
El encuentro de esta noche lo hemos
convenido con el objeto de
protocolizar el respaldo del MOIR al
doctor Juan Martín Caicedo Ferrer como
candidato a la alcaldía de la Capital
de la República. Acontecimiento que
termina por perfilar las
características singulares de una
postulación de notable importancia, no
sólo porque ha logrado ganarse las
simpatías de muy diversas corrientes,
sino debido a la influencia que sin
duda habrá de ejercer en el futuro
inmediato de la nación. Más que la
suerte de Bogotá, con todo y tratarse
del primer municipio de Colombia, lo
que está en juego es un imperioso
realinderamiento de las fuerzas
políticas, la reconsideración de
muchas estrategias equivocadas, la
posibilidad de una enmienda histórica.
El propio expresidente Carlos Lleras
Restrepo, pasando por encima de
conocidos afectos y antiguas
discrepancias, resolvió darle impulso
a la promisoria tendencia, tras
condenar las maniobras de los grupos
auspiciados bajo cuerda por el
Ejecutivo y prevenir acerca de los
falsos conflictos generacionales que
anteponen las ambiciones de unos
cuantos a la solución de los graves
problemas del país. Algo semejante
podemos señalar de los conocidos
gestores del Movimiento Nacional
Conservador, que al decidir coligarse
con uno de los principales matices del
liberalismo, fuera de quitarle piso al
trillado esquema de partidos de
gobierno y de oposición, allanan la
senda a la acción unitaria entre
agrupaciones de diferente origen mas
identificadas en objetivos básicos.
Otras vertientes conservadoras también
han ofrecido su concurso, reafirmando
el hecho de que, al cabo de tantas
dubitaciones, la alianza puesta en
marcha consiguió por fin aglutinar a
un buen número de adversarios y
copartidarios de la administración
actual. De nuestra parte, el
compromiso que en este acto
refrendamos ante la opinión pública,
lejos de ser la movida de último
instante para sortear las
contrariedades de unos comicios
accidentados como pocos, constituye el
curso lógico de la posición que hemos
venido sosteniendo desde 1983, cuando
comenzamos a alertar sobre las
caóticas implicaciones del "sí se
puede".
Personajes y dirigentes de las
distintas actividades de la sociedad
colombiana con quienes hemos
conversado nos sirven de testigo de
nuestra insistencia en la necesidad de
un contundente viraje que rescate las
reglas de la democracia, apuntale la
soberanía de Colombia, promueva la
producción nacional y atienda las
reivindicaciones del pueblo. Con casi
todos ellos coincidimos en el análisis
y en las soluciones, particularmente
con los doctores Hernando Durán
Dussán, Julio César Turbay Quintero,
Gustavo Rodríguez, Juan Diego
Jaramillo, Alberto Santofimio Botero,
José Manuel Arias Carrizosa y, por
supuesto, Juan Martín Caicedo Ferrer,
para mencionar únicamente algunos de
los promotores de la vasta
convergencia llamada a librar la
batalla por Bogotá y por el
replanteamiento.
A su vez los sectores empresariales de
varias secciones del país aceptaron
organizar foros altamente
representativos, en los cuales se ha
abundado en las sugerencias hechas por
nosotros, encaminadas hacia la
búsqueda y el hallazgo de una pronta y
efectiva salida para la
desmoralización imperante. En otro
episodio sin precedentes y a raíz de
la indolencia mostrada por la
Dirección Nacional Liberal ante las
dificultades de los productores, nueve
de los más influyentes gremios, en
pronunciamiento conjunto del 20 de
mayo pasado, señalaron la actitud
unitaria del MOIR cual una línea de
conducta digna de imitarse. Con aquel
directorio también discutimos nuestros
puntos de vista y comprobamos hasta
dónde llegaban allí los desacuerdos
entre dos concepciones: la que se
jacta de innovadora pero continúa
entonando las rayadas salmodias de la
demagogia disolvente; y la que, pese a
recibir por argucias propagandísticas
el calificativo de retrógrada,
enarbola, tras la defensa democrática
de Colombia, peculiares enfoques
contrarios a los fracasados. Sobra
añadir que en esta controversia hoy
trasladada a la liza electoral, nos
ubicamos del lado de la segunda
alternativa, pues responde a los
cruciales interrogantes del momento y
a nuestros pronósticos más que ninguna
de las otras opciones ofrecidas a los
votantes bogotanos,
Nadie niega que la república de
Bolívar y Santander acusa desajustes
inveterados; sin embargo, el abismo
sin fondo hacia el que rueda y la
inversión de valores que con pavor
contempla obedecen menos a sus viejas
anomalías que a la forma oportunista
como fueron abordadas durante el
régimen anterior. La "paz" pasó a
ocupar el Centro de las preocupaciones
nacionales, una obsesión colectiva
ante la cual se justificaba cualquier
sacrificio, el que fuese, pero cuyo
advenimiento se hizo depender de la
transformación social. De ese modo se
llegó al absurdo de supeditar una
cuestión eminentemente política, de
trámites expeditos, a los cambios
económicos o estructurales que de por
sí suponen definiciones a largo plazo.
Cuando menos lo esperaba, Colombia
cayó en la encerrona de tener que
hacer la revolución o padecer la
guerra civil; y a la revolución
colombiana se la obligó a aceptar como
métodos suyos los "delitos atroces", o
sea el atentado personal, el secuestro
y la extorsión. Se habían dado cita en
nuestro suelo tres fenómenos
lamentables: el ascenso al poder de un
presidente sin tradición de clase, el
enaltecimiento de los tradicionales
comunistas criollos que creían
aproximarse a una coyuntura
insurreccional y la estulticia de una
nación tradicionalmente educada en el
embuste. Nosotros fuimos el único
partido que no tocó pito alguno en esa
gran función. Y desafortunadamente
nuestras predicciones se cumplieron.
Aquí ha ocurrido lo creíble y lo
increíble. La inseguridad, en todas
sus monstruosas expresiones, se ha
enseñoreado sobre la patria
estremecida. Las sectas de diferentes
procedencias y denominaciones quedaron
autorizadas para echar mano de los
procedimientos más abominables en
provecho de sus oscuros apetitos. Han
perecido asesinados desde humildes
inspectores de policía hasta augustos
miembros de la Corte Suprema de
Justicia. Hace apenas una semana le
correspondió el fatal y doloroso
trance al Procurador General de la
Nación. Quienes en virtud de los
acuerdos de La Uribe obtuvieron el
insólito privilegio de poder esgrimir
al mismo tiempo los fusiles y los
votos, los medios legales y los
ilegales, la "guerra" y la "paz", lo
han usado en contra de sus
contendientes políticos a los cuales
eliminan o extrañan de las regiones
estratégicas. Cargando nuestros
muertos hubimos de salir de sitios
como el sur de Bolívar y el nordeste
antioqueño, para atenerme al caso del
MOIR, pero igualmente le sucede al
liberalismo y al conservatismo. Gentes
de distintos estratos sociales
amenazadas en sus vidas y en sus
bienes se inclinan a favorecer los
llamados grupos de autodefensa,
cerrándose así el círculo de una
violencia indiscernible bajo cuyo
imperio los insurrectos plagian a los
plagiarios y éstos a aquéllos, las
diferencias ideológicas y hasta
sindicales se cancelan a bala, la
dinamita destruye fábricas y
oleoductos en aras de la preservación
de los recursos nacionales, los
candidatos pierden no las elecciones
sino sus existencias y las masas
laboriosas se convierten en las
verdaderas damnificadas de la
sarracina, puesto que sufren las
consecuencias del inevitable recorte
de los derechos democráticos, sus
instrumentos fundamentales en la lucha
por la emancipación. He ahí, descrita
a vuelapluma, la tragedia de un Estado
que visto desde adentro es un
infierno, pero ante los ojos de las
naciones cultas del planeta luce cual
un inmenso manicomio.
Por eso se impone la urgencia de la
reorientación y el reagrupamiento; y
nos complace que después de los
luctuosos incidentes de enero los
órganos de publicidad, los portavoces
de las fracciones de todos los
partidos, las jerarquías eclesiásticas
y el presidente de la República nos
hayan prácticamente robado la consigna
de crear un frente único por la
salvación nacional, meta tras la cual
venimos combatiendo con paciente
persistencia desde hace ya un año. De
suerte, pues, que una aplastante
mayoría en la actualidad le da máxima
prelación al deber de velar por el
porvenir de la patria colocado en
entredicho, sin desistir, desde luego,
de tomar como Norte las consabidas y
universales normas de la democracia.
No obstante, quien desee un mañana
feliz no puede olvidarse de las
tristezas del pasado. No se trata de
congregarnos para volver festivamente
a la amnistía, el cese al fuego, las
comisiones, el cacareado "diálogo
nacional" los viajes al río Duda, el
suspenso del teléfono rojo y el resto
de embrolladas secuencias de esa
extenuante pantomima que fue poco a
poco embotando el cerebro de la
población y conduciendo el país a una
celada inicua.
La consistencia de una nación, una
clase, un partido, se mide sobre todo
por la actitud que asuma ante sus
propios errores. Nos hallamos en una
de aquellas raras ocasiones que nos
proporciona la historia, en las cuales
resulta ineludible efectuar un alto en
la jornada y emprender con valentía el
examen retrospectivo. Los
editorialistas de El Tiempo lo han
vislumbrado al aconsejar una
"autocrítica a fondo", exhortación
doblemente valiosa si proviene de la
prensa, la principal culpable de las
falsas expectativas tramadas en torno
del engaño pacificador. Cuando en el
debate de 1986 estampamos en los muros
el pedido de "no más Belisarios", no
nos movía propósito distinto de
remarcar ante la faz del país, de
manera simbólica, qué no ha de
hacerse, pero primordialmente, qué se
debe corregir.
Del Estado no estamos demandando
especiales medidas punitivas. No
compartimos el establecimiento de
ninguna de las bárbaras modalidades de
la justicia o vindicta del talión que
cada día gana más terreno y cobra más
víctimas. Exigimos sí la supresión de
los acuerdos de La Uribe, cuyas
cláusulas vagas e inocuas en su letra
sólo sirvieron de mampara para
legalizarle su brazo armado a la UP,
aquel remedo de frente planteado por
las Farc y dirigido por el PC. En
otras palabras, reclamamos el
cumplimiento estricto del primer
postulado del régimen de derecho: la
igualdad de los partidos y ciudadanos
ante la Constitución y las leyes de la
república.
Un ejemplo. Hacia mediados de 1985 la
mencionada facción insurgente
ametralló a nuestro compañero Luis
Eduardo Rolón en las inmediaciones de
San Pablo, y el gobierno, en lugar de
perseguir y enjuiciar a los homicidas,
concluyó nombrándoles un alcalde de su
mismo bando, costeándoles las
movilizaciones realizadas a punta de
intimidación y concediéndoles en suma
el control de la zona en unos cuantos
meses. Obviamente tuvimos que
resignarnos a abandonar un trabajo
campesino de casi una década. Es
exactamente lo que no queremos seguir
viendo ni soportando. Y en los albores
de 1987 se lo expresamos al todavía
consejero presidencial Carlos Ossa,
pues la nueva administración se
obstinaba en confiarles el manejo de
municipios y de planes de
rehabilitación a elementos de tal
contracorriente, con todo y haber
dicho ésta sin ambages que no
desmontaría su maquinaria bélica.
Hasta cuando no se despejen semejantes
incongruencias, o prevalezcan los
procederes truculentos que los
usufructuarios de los armisticios
pusieron de moda, en medio de la
embriaguez pacifista, por la época de
la muerte de Rolón, no parará este
baño de sangre tan penoso incluso para
la misma Unión Patriótica. Presionado
por las circunstancias, el presidente
Virgilio Barco, con base en el
artículo 121 de la Carta, ha expedido
una serie de medidas cuyo rigor supera
en mucho el del Estatuto de Seguridad
de Julio César Turbay Ayala. Y lo
llevó a cabo con el beneplácito
mayoritario de la sociedad
arrinconada. En síntesis, el
experimento belisariano se vino a
tierra con toda su bambolla. Sólo
falta que se reconozca formalmente,
máxime cuando el jefe del Estado,
luego de la matanza, en junio, de los
27 militares de Caquetá, juró romper
la tregua, departamento tras
departamento, según se fuesen
reanudando las hostilidades. ¿Y en qué
sitios de nuestra geografía no ha
habido enfrentamientos? En cuestión de
un par de años saltamos del paroxismo
a la desesperación, de la "apertura" a
las prohibiciones más drásticas. Y
esta situación se acentuará. Los
comandantes de la aventura terrorista
no dan muestras de querer sofrenar sus
impetuosidades; cosa que deberían
hacer, si no para impedir el colapso
de la democracia, o para contribuir a
la civilización de la lucha política,
aunque sea por consideración a sus
sacrificados seguidores. Si se
suspende la causa se suspende el
efecto.
Debido a los criterios expuestos,
alrededor de muchos de los cuales
cerramos filas con amigos liberales y
conservadores, a nosotros se nos acusa
asimismo de haber girado hacia la
derecha. Nuestros difamadores llegan
al extremo de conminarnos veladamente
con cruentas represalias, sin reparar
que son ellos quienes exhiben un
rosario sin fin de canonjías
oficiales, algunas otorgadas a
contrapelo de la Constitución y de las
leyes, como quedó explicado. Si el
Partido Comunista suscribe sus
alianzas con el liberalismo o el
conservatismo, se plasma un bello
gesto patriótico y revolucionario, mas
si el MOIR lo intenta, estamos
entonces ante un crimen, de lesa
patria.
En las postrimerías de los setentas la
CSTC pactó con la UTC y la CTC el
apellidado Consejo Nacional Sindical,
y el año pasado, con el exministro
Carrillo, fundó otra confederación.
Ambas operaciones se adelantaron,
según sus artífices, en beneficio del
sindicalismo colombiano. Ahora, cuando
hemos decidido promover, junto a
compañeros de las viejas centrales,
una fusión de las fuerzas sindicales
democráticas, a nuestros dirigentes
obreros se les tacha de divisionistas
y hasta de defraudadores. Pero la
tarea, antes que detenerse, se
agilizará. Y lo haremos aferrándonos a
lo convenido: defender la nación, la
producción, la democracia y el
bienestar del pueblo, las mismas
cuatro premisas unitarias que hemos
presentado a empresarios y políticos.
Toda esta polémica, que lleva varios
lustros, no nos la dicta el
sectarismo. Inclusive con el partido
de Vieira concretamos un
entendimiento, tanto para concurrir a
los sufragios de 1974 como para
contrarrestar la dispersión del
movimiento laboral. El asunto abortó
porque los aliados de entonces
salieron finalmente con que debía
incluirse en el programa, que ya
estaba suscrito, el apoyo a la
revolución cubana. También sabotearon
el pacto las sistemáticas violaciones
de las normas de funcionamiento y el
ventajismo por parte de aquella
agrupación, cuyos cabecillas sólo
piensan en acaparar las oportunidades
y las retribuciones. Quienes se les
acerquen han de andar con cuidado. En
cada trato ellos van tras todo.
Quieren la tela, el telar y a la que
teje.
Ahora bien, ¿cuál es el juez que
decide dónde está la derecha y dónde
está la izquierda dentro de las
espectaculares confusiones del mundo
de final de milenio? Los soviéticos,
que alegando ésta o aquella razón han
bajado de los altares a cada uno de
sus conductores, cuentan a su servicio
con más tropas de ocupación activas de
las que hayan tenido en el pretérito
próximo el resto de potencias.
Observando los vandálicos despojos
propiciados por los líderes del
Kremlin en Afganistán, Indochina,
Eritrea, Angola, etc., recordaba el
MOIR en documento aún vigente que el
socialismo no era, no podía ser
anexionista. Por la paga, los rebeldes
de la Sierra Maestra se vuelven
cipayos y salteadores de pueblos
débiles. Viet Nam pasa de invadida a
invasora. Y quienes avasallan por
cuenta de otros han acabado de metecos
en su propia casa.
Así, en el período actual, los peores
oprobios se cometen bajo las enseñas
del comunismo. Entre tanto Estados
Unidos se bate en retirada y entrega
territorios gratuitamente a sus
mortales enemigos, como lo hiciera
Carter con Nicaragua. Hasta en China
se registran cambios, ocurridos sobre
la base de enmendarle la plana a Mao.
Los reformistas practican el
terrorismo y los terroristas el
reformismo. La Junta de Managua
censura la injerencia norteamericana
pero celebra el exterminio de los
afganos. En el presente ninguno de los
conflictos locales o internos de los
países conseguirá desarrollarse al
margen de la intromisión del
expansionismo soviético.
¿Por qué ha de ser revolucionario
entonces ponerse a órdenes de los
despóticos agresores de Oriente para
construir el "socialismo real",
mientras resulta ultramontano no
descartar la colaboración de las
ancianas democracias occidentales,
incluida la estadinense, dentro de la
brega por proteger la integridad y la
soberanía nacionales? ¿Por qué es
bueno conciliar con Betancur y malo
corregir con Barco? ¿Por qué se
absuelve al general Matallana, mas se
condena al doctor Durán Dussán?
Pero ninguna de las graciosas
deformaciones de la crisis nos
amilana. A quienes han logrado amañar
la información, merced a los devaneos
de los medios publicitarios,
escasamente les resta jugar la carta
del desconcierto, ese interregno
inevitable entre una claridad y otra.
Las situaciones embarazosas han de
descomponerse del todo para ser
resueltas.
Una última reflexión. Cuando a Carlos
Ossa Escobar se le postuló,
inmediatamente después del hundimiento
de la estratagema del colegio
electoral, y la escisión del
liberalismo bogotano en dos bloques
era una realidad irrefragable, un
connotado jefe de ese partido quiso,
de un lado, vender la imagen de aquel
aspirante alabando sus gestiones
pacificadoras, y del otro,
desconceptuar a Juan Martín Caicedo
Ferrer por haber desempeñado la
presidencia de Fenalco. Es decir,
mientras una candidatura encarna la
convivencia y la concordia, la otra
personifica la explotación del
comercio. Insinuaciones de este tipo
no han de aceptarse cual expedientes
válidos para mover al electorado.
Sería tanto como sugerir que María
Eugenia Rojas constituye la salida al
problema de la vivienda debido a su
paso por el Inscredial; o que Andrés
Pastrana lograría el saneamiento de
Bogotá porque viene de sufrir un
secuestro cuyo desenlace por fortuna
fue favorable. La elección popular de
alcaldes permite una mayor agitación
en torno a las necesidades de los
municipios, pero no suprime las
limitaciones materiales derivadas del
déficit fiscal, el endeudamiento y el
atraso económico. En su afán de vencer
a cualquier precio, o por simple y
vulgar promeserismo, muchos candidatos
ofrecen el oro y el moro sin fijarse
en que se requieren muy precisas
reformas institucionales a nivel local
y políticas generales benéficas a la
actividad productiva.
La economía de un país es una compleja
red de vasos comunicantes dentro de la
cual, cuanto sucede en un punto,
forzosamente repercute en otras
partes. No habrá congelación de la
tarifa de los servicios públicos de
mantenerse el tratamiento dado a los
empréstitos externos, como tampoco
dispondremos de suficiente acumulación
de capital, y por ende de inversiones,
si se sigue prestando para emprender
obras no rentables, cubrir intereses o
equilibrar el presupuesto. El
monopolio del comercio exterior
ejercido con arreglo a los cálculos
privados y no conforme a la
planificación estatal, o el
parasitismo de la banca sobre el agro
y la industria, ahogarán siempre las
posibilidades de un desarrollo cierto
y armónico. No hace falta indicar que
con estancamiento el desempleo
florecerá irremisiblemente. El
explosivo fenómeno de la venta
ambulante, patente en grandes y
pequeñas ciudades, y que algunos
recomiendan como el modelo de
crecimiento jamás aplicado, prueba la
ineficacia de las pautas económicas
aún prevalecientes. Es sobre tan
palpitantes asuntos que deberían
llevarse a efecto las campañas
municipales. El MOIR aspira a
profundizar en ello con todos sus
aliados, y aquí en la Capital,
preferentemente con el doctor Caicedo
Ferrer, porque él sabe de estas cosas.
No pocos correctivos se pueden
introducir jurídicamente en ayuda a la
producción nacional, sin tener que
cruzarnos de brazos a la espera de los
rotundos dictámenes de un vuelco
revolucionario. En contra de las
lesivas imposiciones de los
prestamistas internacionales y en pro
del derecho a autodeterminarnos ya
casi hay un juicio unánime. Cada vez
una cantidad mayor de personas y
entidades comprende que sin algún
progreso el país ni siquiera
finiquitaría las cuentas pendientes
con sus acreedores. Tras estas
consideraciones y perspectivas debemos
unificamos resueltamente. Nosotros
hemos echado en remojo nuestro
programa máximo como una contribución
positiva al frente único propuesto. La
prosperidad de Colombia y el
mejorestar del pueblo, en lugar de
apartamos de la gesta, nos acercarán a
los sueños más queridos.
Muchas gracias.
SALUDO
DEL MOIR EN LA FUNDACIÓN DE LA
CTDC
Agosto 6 de 1988
Publicado en El Tiempo el 14 de agosto
de 1988.
Compañeros
trabajadores:
La central que hoy ustedes fundan como
irresistible polo de atracción para la
clase obrera colombiana, está llamada
a cumplir un rol importante en nuestro
futuro inmediato. Por eso el MOIR le
ha dado su irrestricto apoyo.
Atravesamos un período histórico en el
cual la inversión de valores parece
ser el sello característico. Quienes
pontifican sobre la revolución reviven
con sus actos arbitrarios los crueles
expedientes propios de la época
colonial, y quienes siguen fieles a
las formas civilizadas de la
organización social burguesa pueden
aún hacer valiosos aportes a la
grandeza del país. El viejo comunismo
criollo ha trajinado siempre en pro de
una potencia extranjera, cuyas
ocupaciones militares a Estados
débiles las viene reivindicando
paladinamente desde hace trece años, a
partir de la invasión de los cubanos a
Angola. Y en los últimos tiempos se ha
mostrado partidario de la voladura de
los bienes productivos, la
intimidación en las relaciones
sindicales y el secuestro cual medio
de financiación, aunque con sus
aparatos desarmados aspira a llevar
una existencia placentera bajo la
sombra protectora de las leyes de la
república. Tales vivezas sólo traen
desolación y desencanto. Y el
defenderlas, justificarlas o
absolverlas, en nada contribuirá a la
salvación nacional de la que todos
hablamos. Por el contrario, requerimos
de la plena soberanía de Colombia, lo
mismo en las decisiones económicas que
en el terreno político; necesitamos
del desarrollo de nuestra producción
en las diferentes ramas y niveles; nos
urge instaurar unas normas
democráticas claras que garanticen
derechos y deberes iguales para
ciudadanos y partidos, y precisamos de
un mejoramiento en las condiciones de
vida del pueblo colombiano, convertido
actualmente en carne de cañón y ganado
de urna. Con estas premisas
fundamentales el país entero saldrá
airoso de la encrucijada. Los
distintos sectores ligados al
engranaje productivo resultarán
ganando; sin embargo, los más
favorecidos serán los trabajadores,
quienes verían amenazados su porvenir
con la pérdida de la autodeterminación
nacional y el establecimiento del
delito como arma de combate.
A los fundadores de la nueva
confederación los han inspirado
anhelos patrióticos y democráticos.
Que no desmayen en el empeño hasta
transformar esta esperanza en una
realidad tangible para el proletariado
colombiano.
¡Y díganle a los terroristas que la
revolución no se corona envileciendo
al pueblo!
¡Y señálenle a los burgueses que el
bienestar de los obreros constituye un
soporte sólido del progreso económico!
Movimiento Obrero Independiente y
Revolucionario MOIR
Comité Ejecutivo Central
Francisco Mosquera, Secretario General
SECUNDAMOS
LA PROTESTA DE LAS CUATRO
CENTRALES
Febrero 28 de 1989
Publicado en El Tiempo el 4 de marzo
de 1989.
Hace unos cuantos
días, en un giro de importancia
política, las centrales obreras, CTDC,
CUT, CGT y CTC, llegaron al acuerdo de
canalizar conjuntamente el enojo de
los trabajadores colombianos por las
lesivas medidas del gobierno dictadas
en los últimos meses. Los dirigentes
sindicales, a quienes les asiste la
justeza de su cometido, decidieron, en
consecuencia, llevar a cabo una
jornada nacional de movilizaciones
populares para el próximo 9 de marzo.
Una respuesta apenas natural.
Pocas veces el pueblo había oído, en
tan corto tiempo y sin escampadero
posible, tal afluencia de noticias
malas para su desfalcado bolsillo como
ahora, y eso que el mandato de turno
dice seguir los lineamientos de una
"economía social". Por un lado, alzas,
devaluación e impuestos; y por el
otro, unos ridículos aumentos
salariales por debajo de los índices
del costo de la vida, incluso de los
admitidos por el DANE. Con el ítem de
que los verdaderos incrementos de los
precios no se desatan hasta haberse
concretado el salario mínimo, los
sueldos de los funcionarios públicos y
aun varias convenciones colectivas. De
modo que a la vuelta de unas cinco o
seis semanas la masa laboriosa pierde
porción considerable de las cortas
compensaciones que los patronos le
conceden en medio del regateo más
espantoso. Los regímenes
inmediatamente anteriores por lo menos
procuraron mantener un equilibrio, así
fuese en apariencia, entre los
incrementos de la carestía y de las
remuneraciones; pero el actual
Ejecutivo acaba de lucirse
imponiéndoles a vastos sectores
asalariados reajustes en sus pagas del
25 o el 27 por ciento cuando la
inflación había superado el 28. Con
ello, 1989 será el tercer año
consecutivo en que ocurra algo
semejante bajo la presidencia liberal.
Si escudriñáramos las cifras, pasando
por alto los formalismos académicos,
hallaríamos lo que las amas de casa ya
han descubierto en la tienda de la
esquina: el descenso constante del
poder adquisitivo de las gentes del
común durante un período muy largo y
crítico. Camacol, el gremio de los
constructores, calcula que dicha
merma, dentro del lapso comprendido
entre 1981 y 1988, alcanza poco más o
menos el 30% para los estratos medios
de las grandes ciudades. Este fenómeno
lo reflejan inclusive las variaciones
que de pronto se le introducen a la
canasta familiar, cuya composición
habla más de las tendencias sociales
del consumo que de las necesidades
básicas de los hogares menos
favorecidos por la fortuna. El renglón
de alimentos ha venido reduciéndose
mientras el de vivienda crece. Lo cual
no indica, por supuesto, que a las
mayorías les sobre de su mesa para
acceder a una casa mejor, sino al
contrario, que el techo, cada día más
caro y exiguo, se come la comida. La
depauperación del pueblo aumenta
conforme disminuye el área mínima de
construcción habitacional autorizada
por el Estado. Y como las moradas no
funcionan sin agua, luz, etc., en su
precio los encuestadores incluyen
obviamente el valor de los servicios,
esa correa mágica que une el sitio de
residencia de los núcleos humanos con
la usura de los empréstitos
extranjeros de las empresas públicas
del ramo. Las estadísticas del sistema
no logran encubrir nada de esto, mas
sus estadistas sí encuentran cualquier
resquicio hacia la promulgación de
todo tipo de tributos. El gravamen del
cemento resulta indispensable en la
reforma urbana, así las construcciones
se trepen a las nubes. Son regalos con
encarecimientos. La descentralización
administrativa, junto a la novedad de
los alcaldes elegidos en las urnas,
brinda asimismo una magnífica
oportunidad para subir
escandalosamente los múltiples
arbitrios que aletean sobre los
predios de las localidades. El que
quiera "apertura democrática" que la
compre. Esta orgía fiscal,
desencadenada al amparo del derrumbe
paulatino del principio de los
Derechos Humanos que prohíbe desde el
siglo XVIII los impuestos al margen de
la representación popular, ha generado
tal repudio, que algunas de sus
secuelas tuvieron que ser pospuestas o
suavizadas, pero no suprimidas, y ya
se murmura acerca de una "urgente
racionalización tributaria". Sin
embargo, las fuerzas del trabajo no
reclaman que se reordenen las cargas.
Exigen que se eliminen unas y se
modifiquen otras.
El foco del caos de nuestra regulación
impositiva, con su enjambre de
exacciones indirectas, regresivas y
antitécnicas, no debe buscarse en las
oficinas del Conpes de la capital de
la república, sino en Washington, la
sede del Fondo Monetario
Internacional. Desde allí se nos
vigila y se nos presiona a cumplir con
las obligaciones de una deuda de
16.600 millones de dólares, sin contar
los 1.700 millones del "challenger"
que con tanto júbilo anunciara el
doctor Virgilio Barco en su alocución
televisiva, de final de año. Los
entendidos estiman que, por concepto
de intereses y amortizaciones, en 1989
Colombia habrá de girar a sus
prestamistas en el exterior una suma
equivalente al 64% de sus
exportaciones, tasadas en US$ 6.000
millones, en números redondos.
Proporción que por sí sola dice todo
de la magnitud del problema. A causa
de este factor, sencillo y a la vez
complejo, muchas cosas trascendentales
están comprometidas: las finanzas
públicas, el desarrollo económico, el
bienestar del pueblo, la
autodeterminación nacional. El país ha
sido entrampado, y sin
contraprestación ninguna. Porque,
además de las cláusulas onerosas de
las contrataciones, los empréstitos
fueron dirigidos por lo general hacia
proyectos que no reportan divisas, o
simplemente no rentan. La nación se
endeudó en aras de su infraestructura,
su energía eléctrica, o de los
llamados "programas sociales", a cuya
sombra ha florecido más de una infamia
en Colombia. Últimamente estamos
prestando para pagar.
Los obreros no se
oponen por concepción a los préstamos
internacionales ni a la inversión
foránea. Reclaman, eso sí, que ambas
alternativas, de aplicarse, coadyuven
en realidad al progreso de la patria.
Lamentablemente la experiencia enseña
otro panorama muy distinto. El
sacrificio del endeudamiento, en vez
de jalonar nuestra industrialización,
la ha deprimido. El presidente de la
ANDI, haciendo alusión a la
insuficiencia del "ahorro interno",
recién señalaba en reportaje a la
revista Deslinde que “el país no está
creando grandes industrias”. Dentro
del conjunto de las trabas
tradicionales que nos han cerrado la
posibilidad de un crecimiento
sostenido, resaltan cabalmente las
desventajosas relaciones con los
carteles financieros de las metrópolis
más boyantes. Hoy por hoy la principal
inquietud económica nuestra consiste
en librarnos de las iras de los
acreedores, para quienes todos los
años recogemos sin demoras una cuota
enorme de los frutos del trabajo de la
nación, El poder central, que es el
encargado de la recolecta, se mueve
entre el déficit presupuestario y el
desborde impositivo, dos deformaciones
convertidas en dogmas, con las cuales,
de manera velada pero efectiva, se
mella el ingreso real de los
asalariados, las víctimas
propiciatorias del escamoteo. La plata
hay que extraerla de donde sea, por
encima de las prelaciones de la
planificación y sin reparar en los
perjuicios que se causen. En 1988 el
gobierno les pidió a las Cámaras
retocar la Ley Orgánica del
Presupuesto con el fin de apoderarse
de las ganancias de las empresas
industriales y comerciales del Estado,
que de un plumazo quedaron condenadas
al estancamiento. La indigencia de los
ciudadanos corre pareja con la penuria
de los institutos. El sindicato de los
Seguros Sociales de Antioquia, entre
los muchos sucesos característicos de
la época y que pudiéramos referir, se
vio precisado a enfrentarse a sus
superiores para echar atrás la
reutilización de las jeringas
desechables, un insólito recorte de
gastos que no se compadece ni con el
origen ni con la destinación de una
entidad sufragada fundamentalmente por
los trabajadores y los patronos.
Disponiendo a la diabla de la riqueza
pública e intensificando las
privaciones de las masas jamás
sacaremos a Colombia de la dependencia
y el atraso. Alguno gremios de la
producción, y la misma Fenalco, han
reconocido cómo la rápida alza de los
precios y la pérdida continua de la
capacidad de compra de la población
repercuten de inmediato en la demanda,
impidiendo la salida de los bienes de
la industria y del agro, con la
consiguiente agudización de las
anomalías económicas de Colombia,
incluido el desempleo. Creer en luchas
contra la "pobreza absoluta" y en
planes de "rehabilitación", a tiempo
que se constriñen las actividades
productivas, no pasa de ser una
lastimosa quijotada o un maldito
engaño. Así como nunca hubo bienestar
social sin desarrollo económico,
tampoco habrá despegue industrial con
un pueblo excluido del mercado. No en
balde el MOIR, valorando las
prioridades de la convergencia de
salvación nacional planteada por
varios sectores, llama a proteger e
impulsar la producción del país, cuyo
éxito está muy lejos de erigirse sobre
el desmejoramiento de su mano de obra.
Por eso la clase obrera, la más
hundida tras el alud de las
imposiciones gubernamentales, es
también la más interesada en que se
establezca un adecuado contrapeso
entre los diferentes resortes de la
economía, empezando por la revisión
del salario mínimo y de aquellas
convenciones colectivas que ni
siquiera igualaron la tasa
inflacionaria. La razón de la carestía
hay que averiguarla en los faltantes
del Estado, la emisión monetaria, la
devaluación automática, el régimen
tributario, los altos intereses, los
quebrantos de la producción o el
monopolio internacional, no en las
nóminas de los trabajadores.
Las complicaciones de Virgilio Barco
en su mayor parte han sido heredadas
de los hombres que le antecedieron en
el ejercicio del mando: no obstante,
su actitud desdeñosa ante las sentidas
demandas de los desposeídos le han
ganado no únicamente dolores de cabeza
sino la intimación de un paro que
aquéllos todavía le deben. Mas nunca
es tarde para corregir. Que la jornada
del 9 de marzo convenza a los altos
dignatarios del error histórico de
satisfacer los abusos del FMI con los
desbarajustes económicos y el
empobrecimiento de la nación. Los
responsables del poder han de tener en
cuenta, desde luego, los compromisos
con la banca internacional; pero no
pueden volverle la espalda a la
problemática del país. El ciego
cumplimiento, en lugar de conducirnos
hacia la tierra prometida, tarde que
temprano nos arrastrará a las
insolvencias de México, Argentina,
Brasil, Bolivia, Perú y ahora de
Venezuela. El persistir en el camino
equivocado, al socaire de la "justicia
social" el "plebiscito" o el "esquema
gobierno oposición", escasamente
probaría que la clase burguesa se
atiene a fórmulas preconcebidas y no
al escrutinio juicioso de la realidad
cambiante, un pecado que la crítica
institucionalizada le endilgó siempre
a las fuerzas revolucionarias.
Nuestro Partido le ha dado una especie
de respaldo con condiciones a la
actual administración. El inicio del
cuatrienio lo consideramos de buen
augurio ante las desventuras del "sí
se puede". Y en reciente
pronunciamiento pedimos el apoyo de
las huestes patrióticas y democráticas
a la estrategia de paz del primer
magistrado. Esta posición se desprende
del análisis hecho sobre la grave
situación de la hora y que nos llevó a
proponer, cual lo hemos explicado en
varias ocasiones, un frente que
resguarde la soberanía de la nación,
civilice la contienda política, pugne
por la producción nacional y prohíje
las reivindicaciones del pueblo. Los
acercamientos encaminados hacia tales
metas no significan cheques en blanco
para nadie, máxime si se atenta contra
uno de los pilares imprescindibles de
la unidad, el proletariado.
Por lo demás, el acuerdo de las
centrales no puede ser más
aclaratorio. El movimiento sindical,
por primera vez en mucho tiempo, se
aglutina alrededor de sus
reclamaciones y empuña las riendas de
su protesta, proscribiendo de los
actos del nueve, el terrorismo y la
injerencia de los provocadores.
Inmenso valor tienen entre nosotros
las directrices señaladas, no porque
se trate de cuestiones nuevas sino
olvidadas. En los dominios del
sindicalismo levantaron sus tiendas de
campaña credos disímiles que han
estimulado la anarquía y la confusión,
no importa si consciente o
inconscientemente. Se llegó al colmo
de predicar el secuestro cual medio de
combate. Y se practicó, en el caso de
José Raquel Mercado, con el objeto de
arrancar la cizaña de las filas
sindicales; y en el caso del gerente
de Indupalma, para hacer valer el
pliego de peticiones. Quienes
recapaciten acerca de los males
ocasionados por enfoques de índole
parecida, comprenderán cuánto
representa para los trabajadores una
táctica que restaure las demandas de
clase, el concurso de las masas, la
acción unitaria y el ánimo
insobornable.
La movilización ha sido organizada con
el criterio de que los contingentes
proletarios no cifran su fortaleza en
el desconocimiento de las normas
democráticas o en la violación de la
ley. Son sus enemigos los que
prescinden de ellas en el afán de
golpearlos.
La protesta demostrará que mientras
las viejas colectividades abandonan
conocidos preceptos, como la moneda
sana o el arbitrio de los impuestos a
través de la representación popular,
la clase obrera los retoma y los
coloca al servicio de su victoria.
Y que lo sucedido a escala regional
con las jeringas del ISS acontezca con
los dictámenes perturbadores de la
vida de Colombia: que se desechen.
Por todo eso secundamos el 9 de marzo.
Movimiento Obrero
Independiente y Revolucionario MOIR
Comité Ejecutivo Central
Francisco Mosquera
Secretario General
EL
APOYO DEL MOIR A DURÁN DUSSÁN
Marzo 4 de 1990
Publicado en El Tiempo el 7 de marzo
de 1990.
Vastos sectores ya
saben hacia dónde se inclinan las
preferencias del MOIR en el actual
debate por la presidencia de la
república, no sólo debido a
declaraciones del mismo Hernando Durán
Dussán, sino a nuestra activa
participación en muchos de sus actos.
Cabe, sin embargo, examinar el porqué
y el cómo de este desenlace político.
Las progresivas identificaciones con
el curtido luchador liberal abarcan
varios años del último período, tal
vez el más azaroso de la historia del
país, cuando él precisamente logra
alentar, con sus planteamientos y
actitudes, una alternativa que se
distingue harto de las tornasoladas
ofertas características de las épocas
electorales. Veámoslo.
1. LA DEMOCRACIA
Ante el incremento de
la nueva violencia, esa peste que se
ha ensañado en nuestros lares desde
hace tres decenios y que pasma a
propios y extraños, Durán ha tomado
posición, al igual que los principales
dirigentes de los diversos partidos.
La diferencia con un gran número de
éstos radica en que sus tesis
resultaron ser más realistas, pues en
tan delicada materia no ha creído ni
en los letargos del apaciguamiento ni
en los hechizos de la demagogia.
Pregonó el derecho a la autodefensa de
las zonas martirizadas por el boleteo
y la vacuna. Con frecuencia se ha
referido a la necesidad de proteger a
las personas en sus vidas, honra y
bienes, recordando el artículo 16 de
la Carta, cual si se tratase de un
programa innovador, innovador para una
vieja sociedad sometida a todo tipo de
brutalidades. Y a menudo ha advertido
acerca de las nocivas repercusiones
que para las labores productivas trae
semejante situación. Sus malquerientes
lo tildan por ello de ultramontano. No
obstante, el 2 de marzo, en un
incidente que le ha dado la razón, los
ganaderos de Córdoba pusieron en venta
la totalidad de sus ganados "para
salvar el menguado patrimonio que aún
nos queda".
Durán ha sido también partidario del
diálogo, pero sin pretextos dilatorios
y dirigido a la efectiva incorporación
de los alzados a la vida civil,
conforme a las normas
constitucionales. Hace poco expresó,
en compañía de los otros precandidatos
liberales, el respaldo a los acuerdos
suscritos entre el gobierno y el M-19.
Mas sea como fuese, las conversaciones
con la extremaizquierda las supedita a
la suspensión total de los procederes
delictivos.
A nosotros nos han parecido siempre
justas tales apreciaciones, y lo
decimos sin tapujos, pese a tener un
criterio distinto de las cosas como
organización ideológicamente
contrapuesta. En Colombia, la
violencia calificada de social hunde
sus remotas raíces en una táctica
terrorista de la liberación propiciada
por Castro y sus conocidos
patrocinadores, y no en la miseria del
pueblo. En ninguna parte la indigencia
genera guerras emancipadoras. He ahí
la gran mentira con que miles de
redentores han justificado entre
nosotros todas las aventuras, las
atrocidades y las demencias de más de
un cuarto de siglo. El secuestro, el
asesinato, la extorsión y la voladura
de medios productivos fueron
glorificados como armas
revolucionarias. Nuestro Partido ha
sido una de las tantas víctimas de
esta insólita inversión de valores.
Tuvimos que abandonar decenas de
regiones campesinas y vimos caer
acribillados a inolvidables camaradas
bajo el fuego de quienes no admiten
diálogo alguno cuando de alargar sus
tentáculos se trata. Nosotros somos
partidarios de que se pacte la paz con
los grupos guerrilleros, con todos,
sin excepción alguna. Que se les
conceda el indulto y las demás
garantías indispensables. Creemos que
con ello habría, antes que nada, dos
beneficiarios: la revolución y el
pueblo. Pero rechazamos de plano que
la tranquilidad se compre
concediéndoles a los amnistiados
"circunscripciones electorales
especiales", bonificaciones
económicas, favores del Estado o
cualquier otro chocante privilegio.
Que todos los individuos y partidos
sean colocados en pie de igualdad ante
la constitución y las leyes. Los
alzados en armas que no quieran o se
muestren refractarios a este máximo
principio de la democracia, que
cumplan entonces su destino de
insurrectos errantes.
Durán también discrepa de los asesores
de la "paz" que han insistido en
añadirle al perdón "el premio especial
de algunas curules", y coincide en
establecer dentro de las disposiciones
electorales un tratamiento igualitario
para las minorías. El MOIR, por su
lado, no aspira a prebendas de ninguna
especie; con su política unitaria de
todos estos años de aislamiento no
solamente ha buscado prender un faro
en la confusión reinante, sino
conquistar un terreno democrático para
reiniciar la marcha. De ahí que le
concedamos prioridad a este aspecto
tan desconceptuado bajo la
administración Betancur, el de las
reglas del juego, para llamarlo de
cualquier manera.
2. LA PRODUCCIÓN
Nadie ignora que en
las campañas electorales,
peculiarmente en las que se decide el
traspaso del mando, los aspirantes le
presentan a la opinión pública un
repertorio infinito de tesis
económicas con el objeto de ganarse el
favor de las más disímiles y hasta
antagónicas influencias. Recapitular
con exactitud los distanciamientos en
estas disciplinas no resulta tarea
fácil; y peor aún en la recta final de
los comicios, cuando ocurre la
verdadera floración de astucias,
imprudencias y promesas. Nos
limitaremos pues a recoger unas
mínimas deducciones extraídas por el
doctor Durán Dussán de las
inocultables calamidades de la
república, y que suponen voluntaria o
involuntariamente el repudio a la
incuria de los regímenes anteriores.
Por supuesto que el precandidato
liberal ha hablado de los perjuicios
enormes que acarrean las altas tasas
de interés vigentes, tanto para la
agricultura como para la industria;
del encarecimiento constante de los
insumos extranjeros, motivado, entre
otros factores, por los impuestos
arancelarios que el Estado les fija;
del nuevo gravamen norteamericano a
las flores colombianas y de la ruptura
del Pacto Cafetero, fenómenos
deplorables ambos para una economía
cada vez más asediada; del
considerable porcentaje de nuestras
exportaciones destinado al servicio de
la deuda externa, que él mismo estima
en más del 50%; de la estrategia, o de
la falta de estrategia, en que ha
incurrido Barco respecto al
endeudamiento estatal con los
financistas internacionales, al caer
en el círculo vicioso de prestar para
pagar, y del resto de evaluaciones y
medidas, necesarias a su juicio, para
sortear la inflación, el desempleo, la
escasez, los desequilíbrios, etc. Es
decir, ha tocado con cierta amplitud
los notorios y complejos asuntos
concernientes al progreso de Colombia,
cuyos análisis podríamos o no
compartir, dependiendo de numerosas
consideraciones. Mas lo que deseamos
resaltar son tres reiteradas
afirmaciones suyas, que, sin
configurar una teoría en el sentido
estricto de la palabra, anuncian una
actitud favorable, abren perspectivas
para el reavivamiento de la producción
nacional: la urgencia de brindarles
"protección a la industria y al
empresario", el convencimiento de que
"sin seguridad no puede haber
desarrollo económico" y el propósito
de promover "un entendimiento entre el
gobierno y el sector privado". Entre
los candidatos con opción, ninguno ha
emitido conceptos tan pertinentes y
firmes en torno a los escollos de los
estratos productivos.
En Colombia se ha vuelto costumbre
combatir los esfuerzos empresariales
con la pretensión de obtener el
aplauso de las masas. La última
reforma agraria, antes que enjuiciar
los latifundios atrasados o incultos,
arremete contra los reducidos logros
en la modernización del campo. Desde
los días de las originalidades de
López Michelsen, a mediados de los
setentas, se vienen agudizando los
dolores de cabeza de los industriales,
con quienes el poder central
prácticamente no intercambia puntos de
vista, excepto cuando se negocia una
nueva cotización o se dirime un
conflicto en concreto. Pero los
presidentes no se han sentado con los
gremios a examinar la situación en su
conjunto, ni han propuesto planes
coherentes, válidos, en bien del
desarrollo industrial, que respondan a
la dinámica de los inversionistas
particulares y consulten las supremas
miras de la nación.
La ANDI viene quejándose hace rato de
que los funcionarios desfiguran,
restringen o adicionan a su gusto la
balumba de regulaciones
gubernamentales, por lo general sin
poseer ni pedir información, e
introduciendo a cada paso motivos
perturbadores que han llegado a
entrabar artificiosamente la
agricultura, el comercio, las
finanzas, la construcción y, en
particular, la industria, en donde
tarde que temprano se reflejan las
falencias de las otras áreas. La
incertidumbre ha sido el ambiente
natural de los fabricantes
colombianos. El descabellado manejo de
la deuda externa, los déficit
presupuestarios, las emisiones
permanentes, la desvalorización
automática del peso frente al dólar,
la constante inflacionaria, el sistema
impositivo y las demás fluctuaciones
dispuestas a diario por los organismos
estatales especializados frenan sin
duda el empuje creativo de la
población. Hace su tiempo ya que en
ninguna de las ramas económicas
registramos expansiones dignas de
mencionarse. Nada se afianza sobre la
ininterrumpida distorsión de la
moneda, de los precios, de los
intereses, de las normas. Los pocos
jalonamientos que puedan despertar el
orgullo de las gentes se derivan de la
acción mancomunada del Estado con el
capital foráneo, primordialmente en el
renglón de la minería, con las
consabidas desventajas que en Colombia
conllevan esas formas de asociación. Y
ahora Barco, antes de despedirse,
prepara su ulterior acometida contra
los productos del país: la apertura
económica, que al instante de llevarse
a la práctica se traducirá
inevitablemente en la entrega del
mercado interno a los géneros
extranjeros. Tras la voz de asalto,
lejos de pasar al abordaje del
comercio internacional, caeremos en
manos de las gigantescas compañías
multinacionales.
Por lo dicho arriba estamos de acuerdo
con Durán en darles la debida
prelación a las empresas colombianas,
y resguardarlas, no únicamente ante
los embates vandálicos del oportunismo
sino ante los zarpazos de la
competencia externa, El dictamen, si
se cumple sin artificios, modificaría
años de entrega y reacción. Asimismo
permitiría al próximo mandatario
disponer del aporte insustituible de
los destacamentos gremiales en la
elaboración de un diseño de desarrollo
que tenga en cuenta y conjugue a
plenitud nuestros recursos; o al menos
abriría las posibilidades de efectuar
estos cambios, sacudiendo las
conciencias y estrechando los lazos de
unidad nacional.
Los objetivos básicos de la
planificación y de los entendimientos
sugeridos por Durán infaliblemente han
de ser la conquista y el despliegue de
la grande industria. En los cotos de
la microempresa, como ahora se dice,
no puede asentarse el porvenir.
Ernesto Samper, por ejemplo, en sus
cuñas radiales, se propone acabar el
desempleo impulsando los pequeños y
medianos negocios, las cooperativas de
producción y mercadeo, el campesinado
minifundista, el trabajo por cuenta
propia y las demás modalidades
artesanales que, si todavía desempeñan
un rol económico, se explica por el
rezago secular del país. Y eso es
casualmente lo que calculan los
imperialismos, que ellos se dediquen a
la producción pesada, estratégica y
técnica, mientras el Tercer Mundo se
recluye en la denominada ”economía
informal”, o sea, la venta ambulante,
los tallercillos de dos o tres
operarios, el minifundio, las faenas
domésticas o las labores a destajo. En
otras palabras, que nos confinemos a
la miseria. Las ciudades nuestras
están atiborradas de campesinos
emigrantes, cuyo éxodo ha disminuido
proporcionalmente con el tiempo. Este
acomodo demográfico, junto a la
proliferación de los más increíbles
oficios, fue lo que le permitió al
señor Barco meter ruido con el
descenso de la tasa de desocupación en
1989. Pero la propaganda palaciega no
comenta nada sobre el declive de la
productividad, fruto de las mismas
deformaciones. Cerca del 60% de las
plazas corresponde a unidades que no
rebasan los diez trabajadores. El país
se moderniza o se arrienda. He ahí la
disyuntiva.
3. LA UNIDAD
Uno de los compromisos
terminantes que Hernando Durán Dussán
ha contraído con el electorado se
cifra en su solemne y reiterada oferta
de erigir tras el triunfo un "gobierno
de salvación nacional". El
replanteamiento, de impredecibles
repercusiones tácticas, responde,
según textuales declaraciones suyas, a
"las delicadas circunstancias que vive
el país". Proveerá los cargos de
dirección con personeros de todas las
banderías políticas, incluidos los
movimientos de izquierda, "siempre y
cuando se acojan al respeto de la
Constitución". Estas revelaciones
entrañan, desde luego, la censura al
esquema gobierno-oposición, un ensayo
académico que, como la mayoría de las
ocurrencias del agónico mandato, se
consideró el invento más
extraordinario de la época, así no
correspondiera a las realidades de la
hora y datara de los días lejanos de
la revolución capitalista. Tanto más
fallido cuanto que a lo largo del
accidentado período el estrecho
círculo presidencial no atendió a las
jerarquías de su partido, ni siquiera
para comentarles la razón de sus
determinaciones. Y por el contrario,
siempre que pudo dividirlo o
desarticularlo, lo hizo.
En 1988 el liberalismo perdió la
alcaldía de Bogotá porque los
intrigantes apostados en el Palacio de
Nariño impusieron, primero, a un
ilustre desconocido, un favorito que
no duró lo suficiente, merced a las
denuncias sobre algunos abusos
cometidos por éste en el sistema
bancario, y luego, de sustituto,
seleccionaron otro, que acabó
despejando la victoria conservadora.
Tampoco escondieron sus afectos por
Luis Carlos Galán, cuyos afanes
alentaron en mil formas, hasta el
momento de su trágico deceso. Truncada
de golpe la carta gananciosa corrieron
a buscar un emergente, que hallaron en
la figura improvisada del exministro
César Gaviria, y, mediante las cortas
palabras fúnebres del joven
primogénito del jefe desaparecido, le
expidieron a aquél la partida de
militancia del Nuevo Liberalismo y lo
consagraron como heredero y aspirante
presidencial, negándoles a los
dolientes seguidores el derecho
incuestionable de discutir y de
escoger. Si tales burlas hacia las
personas y los procedimientos
instituidos siguen prosperando, las
huestes redivivas de Gabriel Turbay y
Jorge Eliécer Gaitán estarán en
peligro de salir, por segunda ocasión
en menos de un lustro, no de las
principales alcaldías, sino del poder,
por más que recurran a la consulta
popular para dirimir sus desavenencias
internas.
Alrededor de éstos y otros puntos
sustanciales son ostensibles los
enfoques contrapuestos entre el
precandidato de la mayoría
parlamentaria liberal y el primer
magistrado, y que han ido
multiplicándose con el aluvión de los
frescos, dramáticos e intensos
sacudones registrados dentro y fuera
de Colombia. "Yo uso anteojos, pero
son de distintas dioptrías de los de
Barco", dijo Durán Dussán en un
reportaje a El País de Cali.
Vale la pena volver a recordar cómo en
enero de 1986, seis meses antes del
cambio de guardia en las almenas del
Estado, nuestro Partido llamó a
construir un frente único de salvación
nacional. Veíamos con honda
preocupación el desbarajuste que
Betancur le legaría a quien le
sucediera en el mando. Se había
suscrito con las comandancias
guerrilleras un ambiguo cese al fuego
que les permitió a éstas expandir sus
anárquicas operaciones hasta las
capitales de los departamentos. Fueron
tantos los halagos antidemocráticos,
tantas las condescendencias, que el
M-19 pudo, en completa calma, preparar
y perpetrar la toma del Palacio de
Justicia, que concluyó con el
holocausto de la mitad de la Corte,
una página siniestra y sin
antecedentes en los anales de las
naciones cultas.
En el frente externo se observaba la
impaciencia de los fantoches
prosoviéticos por apuntalar su
intromisión dentro de nuestras
fronteras, valiéndose de las
condiciones propicias que les
brindaban las felonías de las
autoridades colombianas y el
incremento de las guerrillas, a las
que Cuba, Libia y otras republiquetas
les enviaban armas y dólares, las
adiestraban en las artes de la guerra
y las asistían políticamente. Era
entonces tal el entusiasmo de Fidel
Castro que una vez en La Habana llegó
a admitir, en presencia del
expresidente López y del novelista
García Márquez, que la Isla sí cumplía
con su deber "internacionalista" de
entrenar a los combatientes
colombianos. Sobra añadir que la
infidencia se reseñó públicamente pero
no mereció ni un fruncir de cejas por
parte de nuestros dos distinguidos
compatriotas. Este incidente ya lo
habíamos relatado cual un caso típico
de la atmósfera de relajamiento que se
respiraba y de los amenazadores
nubarrones que pendían sobre la
tranquilidad y la independencia del
país.
La otra inquietud estribaba en algo
que ya indicamos, los tremendos
desarreglos económicos que, no
obstante derivarse de la supervivencia
de las anacrónicas relaciones de
producción y de la presión expoliadora
de las metrópolis, se habían acentuado
con la crisis de comienzos de la
década y con las astracanadas del
"Mandato Claro", o "Mandato de
Hambre", como lo tildó el MOIR. Entre
los damnificados, encabezando la
lista, estaban obviamente las gentes
trabajadoras que con el ahogo de la
industria y del agro irían a padecer
las secuelas de la desocupación y el
abandono recrudecidos. No es cierto
que las masas laboriosas promuevan la
desolación en la tierra para
deshacerse de los yugos del trabajo.
Pase lo que pase el pueblo aboga por
el desarrollo material. En ello
radica, sin peros ni sombras, una de
sus armas insuperables, que, con la
simultánea implantación y el uso de
los preceptos democráticos, le habrá
de transferir la supremacía moral y
política sobre sus poderosos
adversarios del Norte y sobre los que
aquí les sirven de correveidiles. Por
eso, además de la salvaguardia de
nuestra soberanía, de la vigencia
plena de las regulaciones democráticas
y civilizadas en la contienda entre
los partidos y de la atención a las
justas reclamaciones de las masas,
insertamos, dentro de los cuatro
puntos unitarios por el frente único,
la defensa de la producción nacional.
Suspendimos, así, temporalmente, la
propaganda del programa de la
revolución ante la emergencia que
atravesábamos, y que aún nos mina, tal
cual lo ha comprendido el precandidato
Durán Dussán.
Mientras hacíamos esta concesión en
aras del aglutinamiento de las fuerzas
patrióticas y pensando en facilitar
los avances de Colombia, la
administración Barco riñe sin ton ni
son con el conservatismo, desafía
insensatamente a Venezuela y provoca
al clero con la intempestiva demanda
de enmendar el Concordato. A pesar del
entorpecimiento sistemático del poder
ejecutivo, los postulados de unidad
ganan audiencia. Alvaro Gómez Hurtado,
Misael Pastrana y Carlos Lleras
Restrepo recomiendan una cooperación
de amplio espectro en cuanto ataña a
los acuciosos retos del presente.
Creemos que tales reflexiones no están
desubicadas y que deben sopesarse con
cuidado, no obstante que 1989 marcó un
drástico y súbito giro en los
estratégicos enfrentamientos a escala
mundial, pues la culminación del
tortuoso retorno hacia el capitalismo,
emprendido hace tiempos por los
revisionistas rusos, sumió a la Unión
Soviética en un caos indescriptible,
debilitándose a sí misma en el duelo
singular que mantiene con Estados
Unidos desde cuando Kruschev se
quitaba los zapatos en la ONU para
golpear en su escritorio. Tras la
contraofensiva de Bush, que sin
tardanzas ha tendido velas bajo los
nuevos vientos, para los países pobres
simplemente se ha presentado un vaivén
de contingencias; los principales
riesgos de un total vasallaje, sobre
todo económico, provienen no ya del
Este sino del Oeste. Mas los derechos
a la autodeterminación y al bienestar
hay que seguir luchándolos, con la
pronta y efectiva concurrencia de las
clases y capas afectadas por los malos
presagios de estos lóbregos meses de
diciembre y enero, e incluso parte del
siguiente. Los auténticos patriotas
prestarían su entusiástica
colaboración a un frente que tuviera
como mira a Colombia y no a las
apestosas ambiciones de capilla. Y si
el eventual gobierno de Durán Dussán
se ciñe a esa pauta, no diferible ni
negociable, el MOIR estaría dispuesto
a brindar su ayuda sin exigencias
burocráticas de ninguna índole.
A raíz del bloqueo marítimo, ordenado
contra Colombia a principios de 1990
por el gobierno norteamericano, que
colmara de temores al continente
entero y diera lugar a un repudio
espontáneo y unánime que obligó el
desvío hacia la Florida del
portaviones Kennedy, del crucero
lanzamisiles U. S. Virginia y de las
otras naves de la flota
expedicionaria, el doctor Hernando
Durán Dussán, al igual que muchas
personalidades del país, comprendido
el Canciller, sentó su enérgico
rechazo ante el incalificable
atropello del que era blanco la
república. Durante su visita a la
colonia colombiana de Miami precisó,
desde el propio territorio
estadinense, que se trataba de un
ostensible intento de invasión que "no
estamos dispuestos a aceptar, así
provenga de un país amigo con el que
tenemos dinámicas relaciones
comerciales". El incidente ocurría a
dos semanas de que la fortalecida
superpotencia tomara por asalto a la
nación panameña, cuyos escasos dos
millones de habitantes han aguantado
sin respiro el enclave colonialista
del Canal, prácticamente desde 1903, y
venían de atravesar un trecho largo de
serios trastornos políticos y
económicos por las acrobacias y
provocaciones del comandante de la
Fuerzas de Defensa, el depuesto
general Noriega.
Se supone que la ocupación del pueblo
vecino buscaba taponar uno de los
cauces de las deslumbradoras ganancias
del narcotráfico, ¿pero el hasta ahora
frustrado cerco a nuestras costas cómo
se explica, si para el actual
mandatario colombiano los deseos de
Washington son órdenes? A un Estado se
lo pisotea porque no reprime la
circulación de los suministros,
dineros y artefactos de los carteles
de la cocaína y al otro se lo humilla
porque lo lleva a efecto. Nos
resistimos a pensar que la Casa Blanca
arme sin segundas intenciones tamaño
alboroto sobre un antiquísimo trauma
de la sociedad americana, máxime
cuando en la gran nación existe de
tiempo atrás más que una Colombia
completa de marginados, no digamos de
la ley, sino de la vida de la
comunidad, por los cuales sus
gobernantes hacen muy poco para
rescatarlos de la penuria, la
ignorancia, o el envilecimiento.
¿Prosperaría acaso el filón de la coca
sin la complicidad de los vasos
comunicantes del sistema bancario
mundial que, entre sus múltiples
servicios, proporciona a sus clientes
el del lavado de dólares? ¿No serán
capaces los Estados Unidos,
recurriendo a su inmenso poder, de
acabar con la venta de estupefacientes
dentro de sus fronteras? Sí pueden mas
no se lo proponen. La cruzada
antidrogas sostenida por Bush, que se
realiza cueste lo que cueste, aun
pasando por encima de las
estipulaciones del derecho
internacional, es un mero subterfugio
para abrirle las puertas en América
Latina a la intromisión extranjera,
romper el ordenamiento jurídico de los
países sometidos y suplantar a los
productores nacionales con los
magnates de los monopolios
imperialistas. ¿No se congeniaba en
Estados Unidos con Noriega cuando éste
era un agente de la CIA? Pero además,
ningún cometido, por humanitario que
fuese, habilita a los poderosos del
orbe para desconocer las libertades de
los pueblos débiles y aplastarlos
impunemente. Que se extermine el
narcotráfico, sin demoras ni titubeos,
mas no a costa de la independencia de
las naciones, ni del trato respetuoso
entre ellas. Que cada Estado solucione
los problemas, particulares o
generales, conforme a su voluntad
soberana. Miguel Maza Márquez, el
director del DAS, dentro del
cumplimiento de su ovacionada y
valerosa misión, describía a las
mafias de la droga como "la principal
amenaza de la humanidad". Son cosas
que se afirman al fragor de la recia
batalla. No obstante, el curso
sorpresivo de los recientes
acaecimientos mundiales confirma de
nuevo que los verdaderos peligros para
la feliz estancia de la especie sobre
el planeta no van del Sur hacia el
Norte sino que vienen del Norte hacia
el Sur.
Después de dilatadas negociaciones
secretas entre la delegación
estadinense y la de los países andinos
más implicados en el procesamiento y
exportación de la cocaína, Bolivia,
Perú y Colombia, se celebró en
Cartagena lo que se ha considerado la
primera reunión multilateral sobre el
narcotráfico en el hemisferio. Al
encuentro lo rondaban tres fantasmas:
la ocupación de Panamá, el bloqueo
marítimo y las veladas injerencias del
Pentágono dentro de la zona. En suma,
el comportamiento despótico de
Washington. En tales condiciones la
cumbre no debió convocarse, pues
significaba una implícita exculpación
de los desmanes que tantas protestas
habían generado. Una vez convenida,
los discursos, y hasta el documento
suscrito, hicieron eco a las
observaciones planteadas con
antelación por los presidentes
suramericanos, que volvieron a
implorar, cada quisque con sus manos
juntas, el auxilio pecuniario,
tratando de sacarle el máximo jugo a
la visita del aliado rico.
Los cuatro signatarios reconocieron,
por un lado, que la ilegal circulación
de estupefacientes contribuye "en
algunas partes" a la "entrada de
divisas y a la generación de empleos e
ingresos", y por el otro, que la lucha
contra aquel fenómeno abrumador
ocasiona "trastornos socioeconómicos a
largo y corto plazo". De todos modos
se hizo hincapié en la necesidad de un
"desarrollo alternativo" si se aspira
a extinguir las plantaciones y la
elaboración de la coca. Dentro de
estos puntos la declaración alude
tácitamente a la apertura económica, y
pone una pica en Flandes cuando
ensalza las bondades del libre
comercio, la privatización y las
inversiones extranjeras. En cuanto a
la contención de la delincuencia
organizada se dispuso que "las partes
podrán establecer los debidos
entendimientos bilaterales y
multilaterales de cooperación". Hubo,
en síntesis, plena armonía en las
cuestiones analizadas.
Y cuando la prensa, pletórica de
emoción, se había convencido a sí
misma de que las prevenciones estaban
desapareciendo y de que los Estados
Unidos amoldarían su conducta a los
compromisos recién contraídos, aparece
el señor William J. Bennett, el zar
antinarcóticos de la Casa Blanca, a
sólo cuatro días de la cita en la
Ciudad Heroica, para insistir en que
su gobierno no descarta el
desplazamiento de barcos
norteamericanos hacia las aguas
caribeñas de Colombia con el fin de
interceptar los envíos de droga. Hasta
ahí llegó el tan cacareado borrón y
cuenta nueva.
Definitivamente lo que Washington
quiere dejar establecido es quién
manda en América, sin excluir su
"patio trasero". Sólo en el Nuevo
Mundo se cuentan por decenas sus
embestidas militares. Con la del 20 de
diciembre van en trece las invasiones
a Panamá. No yendo muy lejos, en 1986
Bolivia soportó dentro de su
territorio los operativos bélicos de
la DEA; la embajada yanqui en Lima
inauguró hace poco una fortaleza en
las selvas peruanas para atalayar a
los narcotraficantes, y Colombia, en
1984, encaró la interferencia de sus
rutas marítimas como un primer ensayo
de la administración Reagan. A este
grave entrometimiento se lo llamó "Hat
Trick", o "treta simple", y fue
proyectado por el señor Bush, cuando,
además de la vicepresidencia,
desempeñaba la jefatura de la oficina
de control de sicotrópicos.
En repudio al alud de agravios de la
superpotencia de Occidente, Durán
Dussán, a quien le ayuda el carácter,
reafirmó que Colombia no admitirá
"ningún tipo de imperialismo". A pesar
de la contundencia de la aseveración,
sus palabras no son portadoras de un
ánimo antagónico; ni siquiera tienden
hacia la agudización de las constantes
fricciones con los Estados Unidos, a
los que el precandidato cataloga
todavía como un amigo confiable con
quien habremos de "tener muy buenas
relaciones" y "mejorar el comercio
internacional".
Tales apreciaciones coinciden con las
emitidas por algunos voceros de las
capas más pudientes, aun de los
estamentos industriales, que adoptan
una actitud patriótica pero esperan
que se atenúen los sordos e
intermitentes pleitos con Norteamérica
aplicándoles algo de sentido común.
Nosotros secundamos cualquier esfuerzo
encaminado hacia la búsqueda de unos
reacoplamientos justos entre Colombia
y los Estados Unidos. Sobre esto
venimos repicando desde la década del
setenta. No nos oponemos a que se
reafirmen, e inclusive a que se
amplíen los vínculos económicos entre
las dos naciones, sin olvidar
naturalmente las enormes disparidades
que las separan o enfrentan. Nos late,
sin embargo, el temor de que los
deseos bien podrían seguir un rumbo y
la realidad otro. Es la antiquísima
antinomia de si los hombres gobiernan
los acontecimientos o éstos a
aquéllos. La sociedad norteamericana
pasa por una prueba única tras su
rápida y tortuosa evolución. Sus
conductores, en medio de la peor
encerrona desde la segunda
conflagración mundial, ven de súbito
hundirse, y casi sin explicación
satisfactoria, a la Unión Soviética,
que sale en desbandada de todas las
trincheras estratégicas del globo. Una
bendición caída del cielo. Pero como
la pugna por la hegemonía mundial no
se detiene, el coloso del Norte
afronta en el campo económico la
implacable ofensiva de los viejos y
los nuevos competidores: la Comunidad
Europea, el Japón y, por descontado,
los mismos soviéticos, que no se
rendirán tan mansamente y conservan
intacta su portentosa maquinaria
bélica. En tal trance, a la burguesía
norteamericana no le queda otra que
valerse de los aprietos de Moscú y
lanzarse a colonizar, por completo y
sin contemplaciones, las economías de
los países subdesarrollados. Tan
conscientes serán los gobernantes
yanquis de la situación, que en la
asamblea conjunta del Banco Mundial y
del Fondo Monetario Internacional,
llevada a cabo a finales de noviembre
de 1989, George Bush aceptó que "no se
nos ha presentado una mayor
oportunidad como la que tenemos ahora
en Polonia, y más ampliamente en la
Europa Oriental".
La toma violenta de Panamá y la
pacífica, en cierta forma, de
Nicaragua, decididas por los actuales
estrategas de la Casa Blanca, están
indicando a las claras que, hoy por
hoy, en el torrente de la historia
contemporánea se observan desvíos de
innegable trascendencia. Y, en cuanto
a Cuba, nunca había estado la soledad
tan sola. Fidel Castro, en algo más de
doce meses, ha padecido, unas tras
otras, las angustias de sus
escandalosos y aplastantes fracasos.
Los calamitosos efectos de la
perestroika, la retirada de Angola, el
fusilamiento del general Arnoldo Ochoa
y del grupo de conspiradores acusados
de narcotráfico, el secuestro de su
exsocio panameño y la derrota
electoral de su pupilo nicaragüense,
simbolizan los cipos descollantes de
una senda que conduce hacia el colapso
ineludible. Comprendiendo que
Gorbachov los había dejado en las
astas del toro, los comandantes de la
Isla, el bastión que aún queda en pie
de la caduca política del
socialimiperialismo, no obstante
haberse negado desde un comienzo a
prescindir del método de la
sojuzgación directa de los pueblos
esclavizados que les garantizaba las
valiosísimas retribuciones del
Kremilin, han ido bajando poco a poco
el dejo de sus criticas. Si en el
pasado próximo se inmiscuían en cuanto
conflicto explotase sobre la pelota
terráquea, en el presente su táctica
se reduce a sobrevivir, ahora sí de
verdad a noventa millas del monstruo.
Por eso sentenciaron a muerte a los
encargados del matute de la cocaína, y
desde La Habana ya llegan comentarios
que disimuladamente elogian el
derribamiento de las burocracias de
las repúblicas del Este europeo, sin
que se omita el descrédito del
asesinado presidente de Rumania,
Nicolae Ceausescu. Carlos Rafael
Rodríguez, el segundo dentro de la
jerarquía del gobierno cubano, al
interpretar la sorpresiva victoria de
las fuerzas opositoras de Nicaragua,
enumera como causas del revés, además
del levantamiento interno y del
desastre económico, al "desplome del
socialismo" en Europa y al fenómeno de
que "el combate fue suplantado por la
jovialidad", un tácito reproche a la
conducta de los sandinistas. Lo
destacable es que el vicepresidente
dio como un hecho cumplido que Managua
había cambiado de redil, con todo y lo
que ello representa no sólo para
Latinoamérica sino para el mundo.
Total, que la existencia del régimen
de Fidel Castro, a quien el
oportunismo convirtiera en un ateo de
tierra firme, depende casi que
exclusivamente de esa habilidad muy
suya de mimetizarse ante los cambios
globales de la correlación de fuerzas.
Dentro de ese gran marco, descrito al
vuelo, se divulgan las providencias
preliminares con que el gobierno
colombiano ha echado a andar la tan
discutida liberalización de nuestra
economía. Cuando los consorcios de las
metrópolis occidentales están listos
para entrar a saco, nosotros corremos
a entregarles las llaves. La primera
observación consiste en que la
estratagema oficial se limita a abrir
el mercado interno a los artículos y a
los capitales foráneos, con el
argumento mendaz de que así
apuntalaríamos el poder competitivo de
la industria. Podemos sostener que no
se ha promulgado una sola medida que
avale esta afirmación. Basta repasar
los pronunciamientos de los distintos
gremios para intuir la dimensión
exacta del desagrado y el desconcierto
que afloran en los dominios de la
producción. Salvo uno que otro
dirigente en éxtasis electoral, el
repudio de la inmensa mayoría es
unánime. Además, quienes pregonan que
se quiten las medidas proteccionistas
son los primeros en aplicarlas para
todos los rubros del comercio. Los
empresarios han advertido claramente
que antes de hablar de apertura se
debe proceder a la "reconversión", o
modernización de las estructuras
industriales, una tarea que
necesariamente será prolongada,
compleja y costosa. Los entendidos
saben perfectamente bien que el auge
de las importaciones y del
contrabando, ocurrido entre 1975 y
1977, en virtud de las disposiciones
permisivas del cuatrienio de López, se
tradujo en preocupantes quebrantos
productivos no tan fáciles de
corregir.
Al señor Barco le interesará tan
poquito la preservación de las fuentes
de empleo y el equilibrio comercial o
cambiario, que mientras 800 posiciones
arancelarias hacen tránsito al régimen
de libre importación y se ablandan las
garantías que tradicionalmente han
regido a favor de nuestra Flota
Mercante, como la "reserva de carga"
los créditos para las exportaciones se
encarecen y tanto el monto de éstos
como su cobertura se reducen. Si los
organismos encargados de la
planificación y el desarrollo no
protegen con esmero la oferta de
nuestros productos en el comercio
exterior, y los medios en que los
transportamos, el anunciado
fortalecimiento de las escasas e
incipientes factorías del país no deja
de ser una pasajera distracción para
facilitar el ingreso de las
mercaderías, los capitales y los
esquilmadores extranjeros.
En las postrimerías de 1989 se creó el
llamado Fondo Colombia con el objeto
de subastar una apreciable porción de
acciones de las sociedades anónimas
colombianas en las bolsas
internacionales. También se
autorizaron ampliaciones considerables
de la inversión foránea dentro del
sector financiero, modificándose
sustancialmente las modestas normas
que propugnaban la "colombianización"
de la banca. A este menoscabo de las
conveniencias nacionales hay que
agregar el traspaso que de su
participación en las empresas vienen
efectuando los entes estatales, en
beneficio de los monopolios de las
grandes potencias, como en los casos
de las ensambladoras de la rama
automotriz. A veces los institutos
oficiales de fomento se posesionan de
las fábricas en bancarrota, y cuando
éstas se han recuperado, las enajenan.
Ningún ejemplo más a propósito que
éste para esclarecer el auténtico rol
económico del Estado dentro de las
relaciones sociales prevalecientes,
con el agravante de que sus cuantiosas
disponibilidades no sirven plenamente
ni siquiera a la burguesía colombiana,
y mucho menos a la masa trabajadora,
sino a las multinacionales con las que
se asocia. Una tendencia contraria al
progreso colombiano y a Colombia, y
que estamos decididos a combatir
precisamente por ello, por su carácter
regresivo y antinacional.
4. LA PELEA
Otro aspecto irritante
del asunto radica en que aquellos
alocados ajustes y aquellas pueriles
argumentaciones no son caprichos de
Barco; responden, como nadie
medianamente enterado lo ignora, a los
veredictos inapelables del Fondo
Monetario Internacional y del Banco
Mundial, los comandos supremos de las
finanzas del orbe. Debido a que los
países menesterosos se hallan
entrampados por sumas desmesuradas, no
les queda más remedio que obedecer, no
importa cuán absurdos sean los
diagnósticos o los dictámenes. ¿Qué
lógica o sentido tiene que a Colombia
se le pida comprar 4.000 camiones y
2.000 buses anuales en el exterior,
por ejemplo, cual lo recomienda un
estudio reciente, elaborado a manera
de programa por tales entidades? Y sin
duda sucederá lo mismo con la
agroindustria, los textiles, las
confecciones, la siderurgia, el
calzado y las demás manufacturas que
habremos de importar forzosamente,
camino hacia la ruina, aun cuando no
requiramos muchos de sus productos.
¿Y qué pretenden los monopolios
norteamericanos con la promoción de
todo este desbarajuste? Evidentemente
sentar los reales en Latinoamérica, su
retaguardia, en cuyos limites y
opulentos espacios piensan definir la
supremacía del mundo, una guerra más
endiablada que las de sangre y fuego.
Van tras el mercado, tras los recursos
básicos, pero fundamentalmente van
tras la mano de obra barata, el arma
secreta que decidirá esta guerra. Eso
enseñan los famosos "dragones
asiáticos", y de modo especial el
modelo de Corea del Sur, en donde los
obreros realizaron impresionantes
manifestaciones de protesta en 1987,
porque los salarios son exiguos y
desde hace muchos años no se les
permite la organización sindical en
infinidad de empresas. En nuestro
caso, además de estas anomalías, el
experimento implica la ruina de la
producción nacional, pues hay una
industria por quebrar, como en México,
que ha visto desaparecer sus
textileras, a tiempo que se instalaban
en las poblaciones fronterizas con
Estados Unidos las tristemente
célebres maquilas, que no son más que
talleres de subcontratación donde se
ensamblan o terminan los productos de
ese importante renglón industrial. Y
ese "milagro" mexicano, coreano, o
taiwanés, lo generalizarán los
monopolios sobre la faz del
continente, derribando fronteras,
transgrediendo leyes y pisoteando los
derechos de los demás. Si el Pacto
Andino era, cual lo advertimos en su
momento, una singularísima
reglamentación de la inversión
extranjera, de modo que una fábrica
instalada en Quito pudiese vender sin
mayores trabas sus productos en La
Paz, la apertura es la ausencia de
toda reglamentación tras el mismo
objetivo.
Pero lo más irónico es que los
industriales colombianos, no obstante
las dudas que les ronronean en el
alma, todavía abrigan la ilusión de
que el Fondo Monetario Internacional y
el Banco Mundial les financien los
elevados costos de la "reconversión".
¡Que nos salven quienes nos emboscan!
En resumen, ha habido un cambio
estratégico de la situación mundial,
pero para los pueblos del Tercer
Mundo, más de tres mil millones de
seres, el horizonte sigue encapotado.
No tienen más salida que luchar por la
soberanía de sus repúblicas, la
autodeterminación, el progreso, la
democracia y la unidad por encima de
las diferencias de razas, de lenguas,
de culturas, de desarrollo. El triunfo
será incuestionablemente suyo, si
obran con audacia y acierto. Colombia
contribuirá a la causa haciendo lo
propio. "Sabiendo negociar", cual lo
expresara el precandidato Durán
Duasán, y sobre la base del respeto y
el beneficio mutuos, habremos de
recibir gustosos los capitales y la
técnica que nos reporte la
participación de la grande industria
extranjera, igual la estadinense que
la europea, la japonesa o la
soviética. Y aunque nuestra producción
sea atrasada en comparación con
aquélla, la defenderemos utilizando la
nación para lo que históricamente fue
creada, para proteger la economía de
los pueblos aún en crecimiento. No es
lo mismo que la acumulación
capitalista obtenida en Colombia vaya
a parar a Wall Street o se quede aquí,
bajo la vigilancia del Estado
colombiano y la influencia directa o
indirecta de las bregas de los obreros
y los campesinos, cuyo trabajo
asalariado al fin y al cabo la genera.
Y a quienes vinieren a burlarse de la
dignidad nacional les meteremos su
gozo en un pozo.
Movimiento Obrero
Independiente y Revolucionario MOIR
Comité Ejecutivo Central
Francisco Mosquera
Secretario General
EL
27 DE MAYO, OTRO 11 DE MARZO
Mayo 23 de 1990
Publicado en El Tiempo el 25 de mayo
de 1990.
"En el Estado toma
cuerpo ante nosotros el primer poder
ideológico sobre los hombres", decía
Federico Engels en su folleto
intitulado Ludwig Feuerbach y el fin
de la filosofía clásica alemana, que
escribiera hacia 1886 con la mira de
recapitular los hondos cambios
ocurridos en el pensamiento del siglo
XIX. Se había descubierto que el
aparato estatal, aun cuando parecía
erguirse independientemente por encima
de toda la sociedad, encarnaba a una
determinada clase o capas sociales, y
éstas, cualesquiera que fuesen, si
querían establecer su dominación,
estaban obligadas a conquistarlo y a
través de él presentar sus intereses
como si se trataran de los objetivos
de la comunidad entera. Ante el montón
de acontecimientos contradictorios que
se entrelazaron en las elecciones del
11 de marzo, quien se ocupe de la
historia de estos días calamitosos, no
podrá menos que, sin atenerse
demasiado a la lógica, resaltar la
fuerza de convicción del modelo
presidencialista que nos ha regido por
años.
No obstante los errores cometidos,
unos garrafales y otros infantiles, el
pequeño círculo palaciego se salió con
las suyas. Los distintos movimientos
políticos y gremiales, incluidos los
expresidentes y los periódicos del
partido de gobierno, han censurado
muchas de las actuaciones del
cuatrienio en extinción. A Barco se le
reprueban desde sus largos silencios
hasta sus frecuentes viajes a otras
latitudes, vacíos tanto más notorios
cuanto que la situación de Colombia va
de mal en peor. Los colombianos nos
sentimos inermes ante los estragos de
un terrorismo incontenible, que ha
cobrado la vida de cuatro candidatos
presidenciales y de miles de personas
inocentes; de un desempleo y una
inflación multiplicados; de una deuda
externa cuyo servicio representa el
mayor escollo para el crecimiento
nacional; de una lucha contra el
narcotráfico más costosa de lo
previsto, y de un incremento repentino
de las presiones de los monopolios del
Norte que pretenden llevar hasta el
último extremo su indiscutida
supremacía sobre el mercado, la
industria y los recursos de nuestra
nación. Y no faltan quienes, con
ascendiente para exponerlo, han
demandado el relevo presidencial y el
nombramiento de una administración de
facto. Sacándole el jugo a las
manifestaciones continuas de
inconformidad, el mismo Alvaro Gómez
Hurtado tuvo el atrevimiento de
proponerle a Barco un triunvirato que
se ocupara de los intríngulis del
orden público, la forma menos cruda de
sugerir la abdicación o el autogolpe.
Aun así, estos enfrentamientos no
deben recibirse sin beneficio de
inventario. Cada vez que las
autoridades supremas se lucieron con
sus salidas de tono, de los labios de
un Lleras Restrepo, un López
Michelsen, un Turbay Ayala, un
Betancur Cuartas, e inclusive de un
Pastrana Borrero, brotó sin ambages el
consejo penetrante y pertinente. ¡Se
puede ser liberal, pero con prudencia!
A ese paso los experimentados adalides
del bipartidismo tradicional,
olvidándose a ratos de las cordiales
discordias, han aparecido en las
coyunturas difíciles, con uno u otro
interés, a rendir el tributo de su
apoyo al último período gubernamental
de los ochentas.
Nosotros pensábamos, por ejemplo, que
Turbay Ayala, tras haber sido escogido
como arquitecto y amo de la unión de
su colectividad, vendría del Vaticano
a poner las cosas en su sitio; mas el
exmandatario, tentado por el demonio
de la reelección, acabó coqueteando
con los detentadores del poder y
complaciendo cada una de sus
estratagemas. Aceptó la escogencia a
dedo de Gaviria como candidato de la
facción galanista; estuvo en el
banquete de homenaje al sombrero del
comandante del M-19, haciendo gala de
absoluta obediencia; no puso reparo
alguno a las cuatro o cinco enmiendas
constitucionales que de modo tan
incongruente intentó imponer el
gobierno, comprendida la "séptima
papeleta", que fuera inventada, entre
otras finalidades, para recogerle
votos al heredero del barquismo, y no
le hizo honor ni a su aureola de
táctico ni a su tradición de caudillo.
Carlos Lleras respaldó toda la
maniobra, sin estridencias, a pesar de
haber criticado en su momento la
alianza de Luis Carlos Galán con el
Ejecutivo, hecha para impedir el
arribo de Juan Martín Caicedo Ferrer a
la alcaldía de Bogotá en los comicios
de 1988. Belisario Betancur, no
obstante mantenerse al lado del
socialconservatismo, ha asumido una
actitud más bien discreta, sin ir a
fondo en la pelea contra el esquema
barquista de mando, cuidándose de
desencadenar juicios de
responsabilidades sobre las
repercusiones del "sí se puede", un
ensayo funesto que, cual se sabe,
atizó la espantosa violencia en la que
se desangra la república y agudizó la
enorme crisis económica de Colombia. Y
Misael Pastrana, quien con su
aspirante presidencial, el doctor
Lloreda, marcha hacia el 27 de mayo
presintiendo las tempestades de una
derrota casi segura, en forma
sorprendente ha acogido, o ha puesto
apenas reparos a las grandes
maquinaciones de los héroes del día,
entre las cuales se destacan la
exaltación artificial del M-19; las
franquicias otorgadas a las
mercaderías y a los capitales
foráneos, que en creciente número
inundarán el territorio patrio, y la
reforma de las instituciones por los
medios de un plebiscito y de una
asamblea especial, sin perjuicio de
que tales arrebatos vayan a contrapelo
de la legislación vigente, o hubieran
contribuido el 11 de marzo a generar
la inmensa e incomprensible votación
atribuida a uno de los más eméritos
miembros del vapuleado sanedrín.
O sea que el continuismo, pese a los
palos de ciego y a los irritantes
desafíos con los que cuotidianamente
se pone a prueba la paciencia de los
gobernados, convirtió sus verdades en
una creencia general, la que al mismo
tiempo utiliza para realizar
propósitos muy definidos y muy
particulares. El quid de este extraño
fenómeno no se halla en la habilidad
del mandatario de turno sino en la
omnipotencia del Estado, más aún en
las democracias pobres y sometidas, en
donde las influencias sociales, tanto
económicas como políticas, tienden a
concentrarse por completo en la
maquinaria gubernamental y, en último
término, en la figura del primer
magistrado, quien a menudo, moldea la
conciencia pública sin tener que
acertar en las soluciones, ni verse
obligado a inquirir la opinión de sus
conciudadanos.
Los guarismos de las elecciones del 11
de marzo pusieron precisamente al
descubierto las preeminencias
demoledoras del presidente de la
república. Nadie más que él ganó la
consulta liberal interna, y con una
votación demasiado voluminosa para el
curriculum vitae de su favorito, pues
el señor Gaviria jamás se destacó en
los terrenos de la teoría, las letras,
la oratoria, ni en ninguna de las
demás disciplinas indispensables para
el correcto encauzamiento de los
destinos de un país. Es curioso, por
decir lo menos, que este personaje
ocasional, al que todos consideran un
santón, bien en la una, bien en la
otra acepción del diccionario, sea, en
el mejor sentido, el hombre de la
crisis. Por supuesto que las
votaciones adolecieron de escandalosas
anomalías, muchas de las cuales las
propició o las toleró el régimen,
empañando su propio éxito. A Yamid
Amat, del noticiero de Caracol, cadena
de reconocida audiencia, se le
permitió hacia el mediodía, en una
hora clave, inducir las preferencias
de los electores mediante la
divulgación de encuestas que a la
postre resultaron abultadas y urdidas.
La simbólica sanción con que más tarde
fuera amonestado el monopolio radial,
perseguía únicamente el revestir la
falta con un viso de escrúpulo,
después de que el ardid ya había
surtido sus efectos, y siendo que los
informadores son los más informados de
la expresa prohibición de suministrar
escrutinios distintos a los elaborados
por los organismos de que habla, no
sólo el Código Electoral de 1986, sino
las disposiciones modificatorias
posteriores.
En cuanto a los daños de las
computadoras de la registraduría, cuyo
sistema operativo sufrió ese domingo
un verdadero infarto que durante dos
días impidió se conocieran los datos
oficiales, los funcionarios no
lograron desvanecer las sospechas. Lo
cierto es que cuando el gobierno
colombiano había quedado comprometido
a modernizar en algo los sufragios,
más que en ninguna otra ocasión y
conforme a las normas indicadas,
aquéllos acusaron imperfecciones
inexcusables.
La otra grave irregularidad, tampoco
esclarecida de modo satisfactorio,
consistió en el consentimiento de la
celebre "séptima papeleta" en pro de
la asamblea constituyente, y que una
especie de mita estudiantil,
organizada para el caso, repartió
entre los votantes de determinados
municipios, mientras que sus reales
gestores, conocidos dirigentes de las
viejas colectividades y de la franja
extremoizquierdista, se limitaban a
aplaudir tras bambalinas. Con el ánimo
de convalidar todo este nebuloso
asunto, Jaime Serrano Rueda, el
registrador, adoptó una posición
ridícula: que a la propuesta
ciertamente le faltaba piso legal y,
en consecuencia, no se escrutaría el
respaldo que obtuviese; pero tampoco
se anularían los votos si la tarjeta
en mención iba dentro de los sobres de
las listas debidamente registradas. De
ahí el nombre que se le diera. Sobra
añadir que los medios de comunicación
asumieron voluntariamente la tarea de
contarla; mas nadie responde de la
veracidad de las elevadas y disímiles
cifras difundidas. La reforma de la
Ley Fundamental había comenzado... con
su quebrantamiento.
Un último cambio en las reglas del
juego, no menos despótico que los
anteriores, se advierte en los
múltiples privilegios concedidos al
M-19 por parte de los asesores
presidenciales y consignados en las
actas de Santo Domingo, una lejana
región del departamento del Cauca.
Para sacar avante las negociaciones de
la "paz", cuyos puntos acordados
fueron meras cuestiones de
crematística adobadas en retórica, el
Palacio de Nariño contrajo el
compromiso de facilitar el acceso a
las urnas de la organización
insurrecta, resolviéndole, de un día
para otro, todas y cada una de sus
dificultades, desde las de protección
y vigilancia hasta las de orden
jurídico y financiero. Siguiendo las
huellas de su antecesor, el mandato
barquista también buscaba recomponer
su imagen y además ganarse un aliado,
a su juicio valioso, que, desde un
supuesto bando contrario, lo acolite
en los afanes por fortalecer a
Gaviria, enterrar al conservatismo,
cumplir con la apertura económica e
instaurar el referendo y la
constituyente. He ahí el inesperado
desenlace del drama de los seguidores
del sacrificado comandante Carlos
Pizarro Leongómez, de los exponentes
vivos de una agrupación rebelde que se
hallaba vencida, según lo recuerdan a
menudo sus ex compañeros de la
Coordinadora Guerrillera, y que ahora
han pasado a desempeñar un papel de
primera línea en la lucha civil, o
civilizada, si se quiere. Recibieron
en marzo una votación tanto o más
inconcebible que la del ex ministro
delegatario, dadas las condiciones de
improvisación de su campaña, e
ingresaron al Parlamento y a otros
cuerpos colegiados. Es una victoria de
estos corredores de la subasta del
apaciguamiento barquista, quienes
acaban de poner a disposición de los
habitantes del Magdalena Medio sus
buenos oficios de intermediarios,
luego de enterarse de que las
autodefensas de la estratégica zona
habían presentado fórmulas
conciliatorias al alto gobierno. Su
conversión no podía ser entonces, ni
más rápida, ni más milagrosa. En un
periquete saltaron del monte a la
ciudad, de perseguidos a asesores, de
objetos de la "paz" a sujetos de ésta.
Con todo, entre los decretos de estado
de sitio expedidos a su favor, la
Corte Suprema de Justicia declaró ya
inexequible uno de ellos, el 713 del
presente año, por el cual se permitía
la inscripción de aspirantes a la
presidencia aunque no reunieran las
calidades contempladas en la
Constitución.
A dichas alteraciones han de
agregárseles los conceptos del
Procurador Alfonso Gómez Méndez contra
el plebiscito recién decretado, y por
el cual los comicios del próximo 27
decidirían la convocatoria de una
"asamblea constitucional". En otras
palabras, vuelve y juega la "séptima
papeleta", ahora con el franco
patrocinio del gabinete. A la hora de
escribirse estas líneas se desconocía
aún el veredicto de la Corte al
respecto. Pero no necesitamos esperar
el fallo, favorable o adverso, para
persuadirnos de que la vieja república
se encamina hacía un cambio abrupto de
sus instituciones, promovido
cabalmente por los sectores políticos
y sociales que en los últimos años han
ido ganando notoriedad e influencia en
áreas vitales del Poder, las finanzas,
el gran comercio, las relaciones
internacionales. Existen síntomas
bastante evidentes de que estamos
entrando en una nueva situación, lo
mismo dentro que fuera de Colombia. Se
trata de acontecimientos imposibles de
ignorar, pero también imposibles de
creer hace una década, o hace un
lustro.
Podemos decir que Estados Unidos
recuperó en buena parte la iniciativa
perdida dentro del ámbito de los
negocios internacionales, mientras la
Unión Soviética, en la recta final de
su involución capitalista, ve
disminuir aceleradamente la suya. Una
variación de ciento ochenta grados en
el curso de las contradicciones a
nivel mundial. La humanidad se
precipita hacia una guerra económica
de extensión y proporciones no
observadas desde los tiempos en que el
trabajo forjó sobre la Tierra las
primeras mercancías y el primer
intercambio de éstas; unas colosales
disputas que cobijarán a todos los
continentes y a todas las razas, pero
cuyos principales autores no serán ya
exclusivamente las dos grandes
naciones nombradas, sino que contarán
también con la activa presencia de
Europa y el Japón. El mundo dividido
por dos se ha dividido por cuatro, y
quizás se partiría en cinco, si China,
con más de mil millones de seres, se
acercara por su cuenta y riesgo al
teatro de unos enfrentamientos hasta
el presente "pacíficos", pero que
cualquier desajuste en el complicado
equilibrio bien podría encenderlos.
Los planteamientos de que, para salir
del atraso y la pobreza, Colombia debe
tomar parte resueltamente en el actual
proceso de internacionalización de la
economía, y sobre los cuales tanto se
especula, son apenas ecos ideológicos
de las agrias contiendas que libran
las metrópolis por el control de los
mercados. A la par que pregonan la
apertura para los países que giran en
su órbita, los bloques imperialistas
practican entre ellos el
proteccionismo. Y ésta es la doble
conducta que mantienen los consorcios
estadinenses en sus relaciones con
nosotros y el resto de Latinoamérica.
Siempre hemos insistido en la
necesidad de efectuar rectificaciones
en la conducción de la economía del
país, algunas incluso de fondo. Jamás
hemos sido partidarios de escudarnos
en el aislamiento nacional como una
forma de proteger nuestra incipiente
industria. En suma, no creemos que
haya fórmulas simples o fáciles en el
intento titánico de propugnar el
desarrollo. Pero de ahí a dejarnos
arrastrar de la ternilla, o compartir
la ingenua convicción de que basta con
introducirnos en la retorta del
comercio mundial para salir
fortalecidos con la prueba de la
competencia, hay un abismo muy
considerable. A quienes les cuelan
estos cuentos, o no son listos, o no
son independientes. Cuando alguien se
refiere a la apertura económica se
entiende que habla de una política
global, concreta y definida, la que el
Fondo Monetario Internacional les está
imponiendo a los países endeudados,
con el propósito de convertirlos
exclusiva y totalmente en feudatarios
o tributarios de las economías de las
repúblicas de los prestamistas del
planeta, y en nuestro caso, de la
norteamericana. Obviamente aquel
enunciado no atañe a los esfuerzos que
emprendan los exportadores o los
comerciantes de un determinado pueblo
tras el cometido de vender en el
exterior los productos de éste e
impulsar su progreso, contra lo cual
ningún patriota consecuente habría de
pronunciarse. La apertura que venimos
reseñando y combatiendo implica no la
modernización de las estructuras
productivas de Colombia sino la
quiebra de algunas de sus ramas
industriales más antiguas, más sólidas
y de mayor afluencia del capital
nacional. El torrente de medidas
económicas que desde el segundo
semestre de 1989, ha puesto
precipitadamente en práctica el actual
gobierno, ya en la penumbra de su
decadencia, levantaron múltiples
reclamos de los gremios industriales,
las organizaciones sindicales y los
frentes investigativos. Se derrumban
las escasas barreras de protección e
iníciase el alud indiscriminado de los
productos extranjeros; el Estado pone
en venta sus participaciones en las
actividades productivas y se tramita
la privatización de los servicios
públicos; los créditos de fomento
sufren drásticos recortes y los
intereses bancarios llegan a índices
realmente confiscatorios; los
organismos de la planificación
estudian el desmonte del control de
cambios y el dólar continúa
desplazando al peso en las
transacciones internas. En fin, con
sus reformas en los más variados
campos, las autoridades colombianas
alientan el proceso de colonización o
apertura económica, que es lo mismo.
Mucho tememos que todo este revuelo
armado en torno a la enmienda de la
Constitución a través de la vía
excepcional de un referendo y de una
asamblea extraparlamentaria, obedezca
a insistencias de Washington para que
se efectúen cuanto antes los
amoldamientos jurídicos sin los cuales
no sería posible la santa misión de
liberalizar a los países infieles de
la época. La tormenta reformista que
se ha desatado representaría entonces
un gigantesco retroceso y no una
innovación, cual lo proclaman los
constitucionalistas del sistema.
Estaríamos ante una conjura contra el
país, que vería comprometido su futuro
y aplastadas sus mejores tradiciones.
Todo indica que es así,
desafortunadamente.
Los ejecutores del peligroso proyecto
se aprovecharán hasta de los anhelos
de cambio de las masas. Cualquier
factor puede servir: la deficiencia de
los jueces, el anquilosamiento de las
cámaras legislativas, la lucha sin
cuartel contra el narcotráfico, la
candidez virginal de los
universitarios, el oportunismo de la
extremaizquierda, los cálculos ilusos
y egoístas de la burguesía, la
división permanente de la clase
obrera, los realinderamientos a escala
internacional, el temor de las gentes
y, sobre todo, la indiferencia
política de vastos segmentos de la
población, que da pábulo a la labor
diversionista del Ejecutivo, cuando
casi todos los meses se escuchan
desconcertantes noticias o rumores de
que naves norteamericanas han
vulnerado las aguas y los cielos de
Colombia; incidentes gravísimos,
frente a los cuales el presidente de
la república ni siquiera se pronuncia.
Y el día que por tal motivo llegó a
salir un comunicado de alguna agencia
gubernamental, fue para justificar las
expediciones yanquis, por lo general
fraguadas desde territorio panameño,
convertido de hecho en el 52 estado de
la Unión, luego del asalto de
diciembre, con que se depuso a Noriega
y se le secuestró. Otro tanto ha
acontecido con la muerte violenta de
Rodríguez Gacha, alias El Mejicano.
Voceros del Pentágono y del Congreso
estadinenses involucraron a agentes de
la DEA en dicha operación, llevada a
cabo en nuestra Costa Atlántica. La
Cancillería colombiana les restó
trascendencia a semejantes
declaraciones que eran, o un infundio,
o una infidencia, materia delicada en
ambas eventualidades. Las ofensas
contra la dignidad nacional ya no
reciben ni el tratamiento reservado a
las infracciones de inspección de
policía. Si en el cuatrienio que
concluye ha sido notoria esta
tendencia, particularmente durante el
último tramo, cuando se desanuda casi
siempre el pleito de la sucesión
presidencial, ¿qué puede esperar el
pueblo colombiano de César Gaviria,
ungido prácticamente desde el 11 de
marzo, cuya buena estrella se la debe
a Barco y a quien viene acompañando,
sin interregnos ni deslealtades, aun
antes del 7 de agosto de 1986?
El decreto con que se autoriza la
consulta sobre la citación de una
"Asamblea Constitucional" está
redactado de tal modo que, en
definitiva, se trata de un cheque en
blanco girado a favor del próximo
mandatario. Los partidos menores, e
inclusive las fuerzas con raigambre
electoral pero que no gozan de las
simpatías del estrecho círculo
dominante, al promover el referendo y
la constituyente como los métodos
democráticos jamás descubiertos; y
creyendo, desde luego, que así
cristalizan sus aspiraciones
políticas, acabarán engañándose a sí
mismos y de paso al pueblo. No en vano
Rodrigo Lloreda insistió sobre la
conveniencia de definir antes que nada
tres aspectos consustanciales a la
susodicha asamblea: la convocatoria,
la composición y el temario; valga
decir, quién la cita, quiénes la
integran y sobre qué asuntos versa.
Como ninguno de estos puntos se ha
tocado, ni discutido, ni hay dónde
hacerlo, ni con quién, pues el
objetivo prioritario consiste en
arrumbar el Congreso y la Corte, se
supone que las decisiones
fundamentales quedarán en manos del
Ejecutivo. Y únicamente a los
monopolios extranjeros, que se alampan
por establecerse en tierras pródigas,
pobladas por gentes que trabajen mucho
y cobren poco, les interesa entenderse
con una sola persona, o con un pequeño
grupo de personas que no deban
rendirle cuentas a nadie.
Estos son los cambios planteados en la
actualidad al pueblo colombiano, con
el sarcástico aliciente de que
conquistará con ellos el reino de la
democracia participativa. En razón a
que habrá tantos derechos restringidos
o conculcados, es de esperarse que
avance más rápida y eficazmente el
movimiento unitario por la salvación
nacional, propuesto por el MOIR y por
otros destacamentos patrióticos y
democráticos.
Y puesto que las perspectivas del 27
de mayo no parecen más halagüeñas que
las del 11 de marzo, y ante las
dificultades surgidas del pasado
debate, que impidieron conformar un
frente electoral con algunas
posibilidades, nos abstendremos de
concurrir a las urnas el domingo
entrante.
Movimiento Obrero
Independiente y Revolucionario MOIR
Comité Ejecutivo Central
Francisco Mosquera
Secretario General
NO
PARTICIPAMOS DE LA CONSTITUYENTE
Septiembre 30 de 1990
Carta escrita por Francisco Mosquera y
publicada en El Tiempo del 10 de
octubre de 1990.
Doctor
Ricardo Santamaría Coordinador
Ejecutivo
para la Asamblea Constitucional
Apreciado doctor:
Antes de todo, le agradezco la atenta
invitación que, por encargo del
despacho presidencial, nos cursa a
Marcelo Torres, Jaime Moreno y a mí
para llevar la vocería de nuestro
Partido en las comisiones
preparatorias de la Asamblea
Constitucional. De la manera más
comedida, me veo obligado, no
obstante, a declinar en nombre del
MOIR la mencionada distinción, puesto
que el giro de los acontecimientos
actuales del país y el criterio que
sobre los mismos tiene la
administración del doctor César
Gaviria, nos impiden contribuir, mucho
o poco, a unas formulaciones en las
cuales no creemos.
Indiscutiblemente existe la necesidad
de someter a correctivos, incluso de
fondo, a las instituciones
colombianas; inquietudes que en alguna
medida y en cierto sentido se
insinuaron durante los debates de las
más recientes enmiendas frustradas a
la Carta. Pero ése no es el punto. Hay
dos cuestiones que sí nos parecen muy
delicadas: el procedimiento adoptado y
los alcances de la reforma propuesta.
Al implantarse el referendo, y la
Asamblea Constitucional, restándole
cualquier injerencia al Congreso,
queda franqueable la vía
extraordinaria de variar el
ordenamiento jurídico de la nación
mediante los acuerdos políticos, un
recurso que en nuestra historia patria
siempre ha servido para imponer
fraudulentamente, sobre la mayoría
doblegada, la voluntad de los
transitorios detentadores del mando. Y
con las "asambleas populares", las
"consultas populares" y demás
artificios "populares", las cabildadas
se terminan legitimando, igual en los
tiempos de Bolívar que en los días
preliminares al Frente Nacional.
Cuando los jefes máximos de las viejas
colectividades, Alberto Lleras y
Laureano Gómez, pactaron la
realización del plebiscito del 1º de
diciembre de 1957, y a sabiendas de
que pedían, por medios harto
irregulares, el reconocimiento
constitucional de un favoritismo
inadmisible, la distribución
milimétrica de los cargos de los tres
poderes públicos entre el liberalismo
y el conservatismo, se comprometieron
a no recurrir otra vez a tan singular
expediente. He ahí el verdadero,
motivo del artículo 13 de aquella
componenda convalidada en las urnas,
en virtud del cual se señaló de nuevo
al legislativo como único conducto
para introducirle cambios, "en
adelante", a la Constitución, y cuya
derogatoria de facto vuelve y juega en
el presente como símbolo de las
conquistas democráticas, siendo que
entraña lo contrario, además del
rompimiento de esa especie de promesa
promulgada por los dos partidos
tradicionales hace exactamente 33
años.
El extinto Mario Latorre Rueda,
miembro del sonado Sanedrín del
cuatrienio anterior, durante una mesa
redonda efectuada en la Universidad de
los Andes a comienzos de 1988,
reconoció en un arranque de sinceridad
que se le abona: "el plebiscito,
dentro de nuestras instituciones, es
un golpe de Estado". Y para él esto
era bueno o malo, según fuesen las
fuerzas que salieran favorecidas.
Nadie puede sostener con razón que la
senda parlamentaria resultará menos
nociva para Colombia; mas las
alteraciones de carácter legal,
emprendidas a través de la transacción
entre los grupos gobernantes y con el
grotesco halago de apartar a las
Cámaras, meter en cintura a la Corte
Suprema de Justicia, empequeñecer a la
dirigencia política, o acudir al
socorrido constituyente primario, en
lugar de un logro, representa una
marcha atrás en los anales
republicanos.
La otra cuestión confusa radica en el
contenido de la reforma. Las materias
determinadas el 24 de agosto, por
decreto, abarcan prácticamente todos
los títulos de la Ley Suprema. Aquí no
sobra recordar que el rumbo se ha
impuesto a punta de lanza, merced al
uso y al abuso del estado de sitio.
Aprovechando sus autárquicas ventajas,
el Ejecutivo, tanto bajo Barco como
bajo Gaviria, con unas mismas metas y
unos mismos consejeros, planificó
meticulosamente cada uno de los pasos
a seguir. El 11 de marzo se puso en
circulación la "séptima papeleta",
que, aun cuando la registraduría se
negó a computarla, no anulaba el voto
para alcaldes, corporaciones y
candidato liberal; el 27 de mayo, ya
con la aquiescencia de la Corte, vino
el sondeo de la opinión de los
sufragantes acerca de la convocatoria
de la susodicha asamblea, y el próximo
9 de diciembre quedará en firme el
quebrantamiento del artículo 218 y
definidos la Constituyente, su
composición y el temario. En síntesis,
el gobierno estará pronto autorizado a
remover de la superestructura de la
sociedad cuanto obstáculo se
interponga a sus objetivos
estratégicos, los cuales no son otros
que las exigencias del Fondo Monetario
Internacional y el Banco Mundial, en
la actualidad circunscritas a la
liberalización de las economías de los
países débiles y aceptadas por las
clases dominantes de éstos para mayor
gloria de los monopolios
imperialistas, primordialmente los de
Estados Unidos.
En tiempo relámpago han sido expuestas
por diversos funcionarios las
directrices básicas, del nuevo
enfoque, que, de aplicarse, no dejarán
rama importante de la producción
colombiana sin tocar o lesionar, ceder
o destruir. No se ha negociado todavía
contraprestación real alguna, ni
siquiera en materia de créditos, ni en
el más insignificante tópico del vasto
mundo posible de las medidas
recíprocas, y el régimen ya inició el
ascenso de la empinada y peligrosa
cuesta: libre importación de las
mercaderías extranjeras; desmonte del
control de cambios y dolarización de
la economía; privatización de las
empresas del Estado, como en los casos
previstos de los puertos, las
comunicaciones, la vivienda subsidiada
y los seguros sociales; fin de todo
apoyo a los empresarios de la ciudad y
el campo; inversión indiscriminada de
las firmas transnacionales en la
actividad industrial y de los
financistas de las metrópolis en el
sector bancario; fenecimiento de los
derechos sindicales y merma vertical
de los ingresos de los trabajadores;
alzas despiadadas en los precios, en
los costos de los servicios públicos y
en los impuestos indirectos, y
pertinentes modificaciones a los
preceptos y a los códigos, de las que
a diario tiene noticia la aturdida
población colombiana. Entre estas
adecuaciones normativas se destacan,
desde luego, las de origen
constitucional.
En los círculos interesados en la
venta de la Nación se habla de los
derechos humanos con frecuencia, y,
sin duda, los constitucionalistas
encontrarán la forma de incluirlos a
tentebonete dentro del articulado,
ciñéndose a los conceptos de
"democracia participativa", "soberanía
del pueblo", "juntas políticas
populares de carácter permanente" y
otras necedades doctrinarias que andan
por ahí rodando. Pero el verdadero
"revolcón" se le dará al país en el
ruedo de la apertura económica, que
requiere un ámbito constitucional
distinto, operante, flexible.
Doctor Santamaría:
Escribo esta respuesta sin que se haya
producido aún el fallo inapelable de
la Corte en pleno sobre el decreto
1926, por el cual la Presidencia de la
República ordenó las elecciones
plebiscitarias de diciembre, con el
objeto de darle algún viso legal o
democrático a la Constituyente. En
medio de la natural expectación, los
colombianos esperamos enterarnos el
próximo jueves de la sentencia
definitiva. Ha trascendido únicamente
que antier lo declararon inexequible
los seis magistrados de la Sala
Constitucional. Sin embargo, no me
hago ninguna ilusión al respecto, pues
ahí está el antecedente del 24 de mayo
pasado, cuando, mayoritaria pero
inexplicablemente, el máximo tribunal
de la justicia colombiana desconoció
el pronunciamiento de su organismo
especializado, a propósito del mismo
pleito.
De todos modos, las furias de las
contradicciones desatadas no se
apaciguarán con las simples
prescripciones de los jurisconsultos.
Cosas demasiado caras para Colombia
han sido puestas en subasta. El
reformismo hoy en boga no es fruto de
los actos soberanos de la
administración recién establecida,
sino de las presiones de las
autoridades de Washington, que a su
vez están obligadas a colonizar
económicamente a Latinoamérica, su
coto de caza, si desean hacerle frente
con algún éxito a la crecida
competencia de los otros bloques
mundiales. Y lo prueba el hecho de que
la lúgubre salmodia de la apertura la
entonan casi todos los mandatarios de
nuestro empobrecido hemisferio, y no
voces esporádicas. Ningún sector, ni
adentro ni afuera del país, conseguirá
escapar de la tormenta que se nos
avecina.
Unos, creo que los más reducidos, se
convertirán en colaboracionistas, como
el M-19, pero el grueso de la
población defenderá la patria a morir.
Mi Partido aspira al honor de
incluirse en este último bando.
Cordialmente,
Francisco Mosquera
Secretario General del MOIR
OMNIA
CONSUMATA SUNT
Noviembre 8 de 1990
Publicado en El Tiempo de noviembre 10
de 1990.
1. LAS MEDIDAS
Por coincidencia, el
viernes 24 de agosto, el mismo día en
que la administración Gaviria
promulgara el decreto 1926, con el
cual quedaron convocados para el
próximo 9 de diciembre los comicios
sobre la Constituyente, el Comité
Ejecutivo Central de nuestro Partido
se reunió con el objeto de adentrarse
en las presentes circunstancias del
país, que, tras el relevo de posta en
el Palacio de Nariño, se vuelven por
instantes más comprometidas y menos
sosegadas. Teniendo apenas a la mano
los anuncios oficiales acerca de las
múltiples innovaciones previstas en
cada una de las arterias vitales de la
economía, y pese a que el mandato
recién impuesto sólo llevaba dos
semanas de vida, llegamos en el acto a
una primera y tremenda conclusión:
todas las cosas están consumadas.
El lunes anterior se había conocido la
increíble noticia de que se
privatizaría Telecom, o las
telecomunicaciones, o que se
permitiría la gestión privada en ese
engranaje del progreso, que para el
caso da igual, pues se trata de la
injerencia incontrovertible de las
poderosas compañías trasnacionales del
ramo, así los voceros del gabinete
juren que buscan con ello el
fortalecimiento o la modernización de
la empresa estatal, cual lo afirman
asimismo, teóricamente, del resto de
las actividades amenazadas con el
aluvión de las medidas permisivas de
la apertura económica.
Sin intervalos ni paréntesis, los
medios informativos dieron cuenta de
otra bomba: que las labores del agro,
además de perder el soporte de los
créditos de fomento y de los precios
de sustentación, tendrían que
enfrentarse a la competencia
devastadora de los suministros
extranjeros. El actual gerente del
Idema, Darío Bustamante Roldán,
egresado de la Universidad de los
Andes como muchas de las nuevas
figuras que aspiran desde los altos
puestos a ganarse el título de Padres
Destructores de la Nación, fue el
encargado de exponer el
desmantelamiento del Instituto, cuyas
ejecutorias se irán limitando a "las
regiones apartadas", en procura de que
"gradualmente y sin traumatismos",
"los agentes particulares se hagan
cargo de las importaciones de
alimentos".
Luego el ministro de Hacienda, Rudolf
Hommes, ateniéndose también a
semejante lógica, dijo haber
descubierto en la entrada masiva de
los bienes foráneos el remedio jamás
aplicado contra la perpetua carestía,
y de la cual hizo unilateralmente
responsables a los empresarios que
elevan los importes de sus artículos
por encima de los índices de la
inflación. Pero lo más sorprendente
estriba en que las autoridades, tan
interesadas en la internacionalización
del aparato productivo, no den señas
concretas de querer perfeccionar los
tradicionales instrumentos de las
exportaciones colombianas, que a
través de los años han demostrado una
muy discutible eficacia; y
circunscriban la apertura justamente a
eso, poner el mercado interno a
disposición de los emporios
industriales del mundo.
Y los precipitados e injustificables
ajustes propuestos a las Cámaras sobre
el régimen cambiario contribuirán de
seguro a encender el debate y a
confirmar las sospechas. Para quienes
desprevenidamente les han rastreado la
huella, incluso en discordancia con la
propia posición militante, al modo de
un Abdón Espinosa Valderrama, por
ejemplo, no habrá duda de que se
continúa disparando hacia un solo
flanco: reducción de normas y
aranceles; allanamiento de los
obstáculos o de las limitantes que
regulan las inversiones procedentes
del exterior; ampliación de las
facilidades para el envío afuera de
pagos y remesas; tránsito hacia la
dolarización de la economía en su
conjunto; ventajoso acceso de la banca
y de las corporaciones financieras a
la compra y venta de divisas, y, en
líneas generales, apuntalamiento de
las atribuciones del Ejecutivo en
torno a los asuntos de importancia que
contempla el mencionado estatuto de
cambios y de comercio internacional.
Debido a que el máximo desatino de la
última década del último siglo del
milenio, la aplaudida política del
neoliberalismo económico, presupone
sobre todo la presencia tangible en el
Tercer Mundo de los capitales de las
metrópolis, que no arribarán en gran
manera sin estímulos ciertos, al
gobierno aperturista no podía
faltarle, entre su variado repertorio,
una reforma laboral tendiente a
reducir a extremos inconcebibles la
paga de la mano de obra. Y la
defendida por el ministro Posada de la
Peña escamotea sin miramientos los
derechos adquiridos por las masas
laboriosas en duras, largas e
históricas contiendas. Sus distintas
cláusulas o formalidades buscan no
sólo extender sino encubrir el
abatimiento físico y moral de la clase
obrera. Hacia la inconfesable meta se
encauzan la supresión de la
retroactividad de las cesantías, el
fin del fuero para quienes cumplan los
diez años de trabajo, la legalización
del empleo temporal y, por supuesto,
la artimaña de "las 36 horas". Son
tiranías que, en síntesis, colocan en
peligro la existencia del sindicalismo
colombiano y regresan las relaciones
obrero-patronales a sus estadios más
primitivos.
Igualmente trascendió que los asesores
del Ejecutivo elaboraron para el
Conpes, Planeación y la Junta
Monetaria los programas de vivienda
subsidiada sobre la base de
entregarles a las Corporaciones de
Ahorro y Vivienda la totalidad de las
partidas oficiales de dicho rubro, que
el régimen hará crecer con los
cuantiosos aportes extraídos a las
Cajas de Compensación Familiar y con
la venta de los activos o posesiones
que aún le quedan al Instituto de
Crédito territorial. Las inversiones
forzosas en vez de ir del sector
privado al público de aquí en adelante
correrán a la inversa. Que las Cajas
auxilien a las Corporaciones y no
éstas a aquéllas. Que el quebrado ICT
responda con sus pertenencias, tal y
como las repúblicas insolventes cubren
las anticresis de sus acreedores
enajenando los haberes estatales. En
este punto vale la pena recordar que
después del estallido de la crisis de
la deuda latinoamericana en los
albores de los ochentas, Fidel Castro,
con la intención de sacarle jugo a la
coyuntura y de pasada reverdecer sus
marchitos furores de líder radical, se
inventó la tesis de que la cesación de
pagos no era una consigna sino un
hecho irreversible, pues los gobiernos
no contaban ya con qué sufragar las
respectivas amortizaciones. Sin
embargo, el reino de los negocios se
parece bastante a la caja de Pandora,
en donde se hallan encerrados todos
los infortunios del hombre a la espera
de que alguien los suelte; si no que
hablen los mexicanos, los argentinos o
los brasileños, cuyos mandatarios, al
unísono, sin excluir claro está a
nuestro Gaviria, comienzan a vender
los muebles de la casa para quedar
bien con los prestamistas
internacionales. En el terreno
económico cualquier falencia, acucia,
trampa, inflación, desempleo, ruina,
por grave que parezca, siempre será
susceptible de recrudecerse. Y los
pueblos, sabiéndolos exprimir, pagarán
cuanto deban. Con fundamento en tales
intuiciones el Fondo Monetario
Internacional y su Banco han diseñado
la incoherente pero obligada
estrategia del mercado libre. En
relación con Latinoamiérica, ya verán
sus numerosos habitantes hasta dónde
los empréstitos han sido el origen
tanto de sus daños pasados como de sus
males futuros.
Tal cual se ha visto, en el
espectáculo reformista hay de todo
como en el buen teatro, desde tramas
que sacuden los ánimos hasta escenas
que mueven a risa. Ante los
reporteros, el ministro de Hacienda,
en una recreación rabelesiana, hizo la
promesa de desbastarse la barriga para
inducir a los hambrientos a que se
aprieten más el cinturón. En otra
comparecencia les dijo a los
desempleados que, aprovechando el
desbarajuste de Europa Oriental,
traería de aquellas latitudes
emigrantes entendidos con el fin de
"ahorrarse dinero en la inversión de
capital humano altamente capacitado".
Y le notificó al país que se subiría
del 10 al 12 por ciento el IVA, o sea,
el impuesto al consumo global, en
compensación por la merma de los
recaudos ocasionada por las bajas en
los aranceles de las importaciones y
en los gravámenes de los giros al
exterior. En otras palabras, que los
sacrificios fiscales de la apertura
serían compensados con los recargos a
las ventas y, por ende, con más trabas
a la circulación de las mercancías. La
liberalización del comercio se
promovería entonces con su
restricción.
Entre el rosario de incongruencias
sobresalen el estudio ordenado por la
Aeronáutica Civil tras el objetivo de
llegar cuanto antes a los "cielos
abiertos” y el decreto 501 de este
año, de Barco, con el cual se le puso
realmente término a la reserva de
carga de la Flota Mercante
Grancolombiana; dos resoluciones que
de llevarse a cabo sellarán la suerte
de nuestra navegación aérea y
marítima, con las implicaciones no
remotas de colocar por completo en
manos extranjeras el transporte
internacional del país y hasta su
turismo. Por ahora, el presidente de
la Flota Mercante le solicitó permiso
al ministerio de la Defensa para
deshacerse de algunos buques, o
matricularlos bajo las banderas de
otras nacionalidades, y por este medio
habilidoso, o vergonzoso, conseguir el
disfrute de las condiciones propicias
que el gobierno le concede a la
competencia.
2. EL RELEVO
Asistimos a uno de
esos remezones sociales tan comunes en
nuestra crónica republicana, que sin
implicar una revolución, ni siquiera
un avance, precipitan, junto con el
eclipse de criterios o esquemas
administrativos, la caída de los
hombres que los esgrimieron y el
ascenso de aquéllos que por fuerza de
las circunstancias están llamados a
llenar el vacío. Los César Gaviria
hormiguean por doquier, en las juntas,
en las comisiones, en las consejerías,
a lo largo y ancho del organigrama
burocrático del Estado, y algunos de
ellos ya brillan con luz propia, cual
acaba de evidenciarse con la actuación
del presidente de Fenalco, Sabas
Pretelt de la Vega, durante el curso
de su congreso en Cali, que mereció la
especialísima concurrencia de la plana
mayor del gobierno, incluido, el
primer magistrado. Apenas obvio que el
vocero de los comerciantes,
disputándoles a los dirigentes de los
otros estamentos del área productiva
el mucho o poco prestigio que todavía
ostentan, se haya convertido, dentro
del conjunto de las agrupaciones
gremiales, en el más entusiasta e
influyente exégeta de la nueva Biblia.
A nadie mejor que a la gran asociación
de compradores y vendedores le han de
convenir "las libertades" en el
régimen de cambios y en la ley de
importaciones; o parecer razonables
los argumentos que se agiten a favor
de ellas: el alivio sobre las
"monetizaciones crecientes", el
"descenso en los costos de producción
de bienes", el "efecto
antiinflacionario", etc.
Estamos pues a las puertas de un
período en que la exactitud o la
vigencia de las categorías económicas
se medirán más que en ninguna otra
ocasión por las tasas de ganancia que
a su sombra se obtengan. Es la
apertura, una modificación al fin y al
cabo, imposible de darse sin el
gavirismo, pero a la cual éste le debe
su surgimiento. Así se ha conformado
un equipo peculiar, diverso, sin
causas aparentes, a cuyo enigmático
arbitraje quedaron sujetas, de pronto,
las aparatosas cuestiones de la cosa
pública. Una orden de privilegiados
que cifran su éxito en la
mistificación del saber y de la
técnica, aunque exhiban insuficiencias
naturales, cual les sucede a las
empresas que quieren destruir. Si
están en Bogotá nada los coarta para
acometer sus estudios investigativos,
redactarlos y absolverlos en los
simposios con doctas disertaciones;
mas si vuelan a Washington en misión
diplomática enmudecen, se paralizan, y
en cambio de sacar la cara por la
tierra, hacen lobby, una modalidad
gringa del tráfico de influencias que
Ernesto Samper calificó de
"indispensable" después de su primera
gira ministerial por los Estados
Unidos. Para darle un toque científico
a su actitud política, el ministro
recalcó: "Se necesitan unos
conocimientos técnicos muy especiales,
además de dominar a fondo la
legislación comercial y económica", de
ese país, se sobreentiende.
La suplantación ha llegado hasta el
terreno de las enmiendas jurídicas, un
ejercicio en el que los colombianos
casi siempre dispusieron a sus anchas
de los aportes de las personalidades
duchas en la materia. Descartando la
confusión desencadenada, los
acondicionamientos constitucionales
que se encuentran en camino no podrán
menos de proporcionarles un marco
legal apropiado a los oscuros
incidentes arriba descritos, y, por lo
tanto, obedecen también a la
colonización económica de la América
pobre que los dueños de medio planeta
impulsan en todos y cada uno de los
aspectos del acontecer social. Por más
que la propaganda repique sobre un
supuesto aireamiento de los trajines
políticos, lo que los aperturistas
procuran, mediante, el ataque al
Congreso, la humillación a la Corte y
el acoso a los llamados barones
electorales de los partidos liberal y
conservador en beneficio del M-19, es
apartar de su ruta a las fuerzas o
baluartes que posean algún arraigo o
entronque con la nación o con su
historia. Pretensiones que concreta el
gobierno desgarrando la constitución y
escudándose tras las fantasmagorías
del constituyente primario. "Dime
quién es el hombre y te diré cuál es
la ley", recuerda un antiguo
proverbio. Faltando todavía por
saberse la composición exacta de la
asamblea por la cual se votará en
diciembre, y no obstante que sus
deliberaciones sobre los innumerables
temas habidos y por haber le coparán
seis meses según la convocatoria, hay
ya muchas cuestiones decididas,
diríamos que las esenciales, si
apreciamos el panorama desde un ángulo
más estratégico.
El ambicioso plan que se puso sobre el
tapete hacia la mitad del cuatrienio
de Virgilio Barco, con una abultada
sugerencia de ciento ochenta y un
artículos, ha sido intencionalmente
expuesto a un tortuoso itinerario.
Entre 1988 y 1989 hubo cuatro o cinco
coaliciones de diferente cariz y
envergadura alrededor de la iniciativa
oficial, cuyos principales escollos
fueron, primero, el naufragio de la
alianza con la corriente pastranista,
a raíz de la providencia emitida hace
dos años y medio por Guillermo
Benavides Melo, un simple componente
del Consejo de Estado que le restaba
legitimidad a la vía plebiscitaria; y
segundo, la decisión de la presidencia
de retirar el texto íntegro de las
modificaciones en diciembre del año
pasado, cuando aquél había cumplido ya
las dos vueltas reglamentarias y ante
el hecho de que el órgano legislativo
no comulgaba con la extradición. Se
mantenía una línea errática, como si a
la facción gobernante la tuviese sin
cuidado el apoyo que se le brindaba,
el procedimiento a seguir, o la
cruenta lucha contra el narcotráfico,
que con el decreto 2074 Gaviria
suavizó, contando con la tolerancia de
George Bush, a quien esta vendetta le
ha servido de mampara para amedrentar
a los regímenes de Latinoamérica,
invadir a nuestros vecinos panameños,
tejer dentro del continente las redes
del Pentágono y levantar
fortificaciones en los campos de Perú
y de Bolivia. En todo caso la reforma
arranca de verdad cuando la
conspiración palatina se topa con el
momento preciso, el conducto indicado
y el socio ideal.
A la Corte Suprema de Justicia le cupo
la distinción histórica de refrendar
el golpe. Con su fallo del 21 de
septiembre, no sólo se desconceptúa a
sí misma sino que convalida la
utilización del estado de sitio para
ventilar los cambios constitucionales;
renuncia al concepto de la
normatividad, convirtiendo la
constitución en un mero juguete de la
intriga política, y dota al Ejecutivo
de poderes inconmensurables, puesto
que nadie sabe dónde comienzan ni
dónde concluyen. No en vano ha hecho
carrera el "revolcón", un evidente
equívoco en el lenguaje del relator
número uno de la futura Asamblea
Constitucional, quien pese a las
críticas sigue insistiendo en
confundir la idea de transformar la
Ley Suprema con la acción de
revolcarla. Este es el fondo del
relevo ocurrido en el mando, un
fenómeno que se incubaría bajo el ala
protectora del gobierno anterior y con
el patrocinio distante pero vigilante
de la Casa Blanca.
En la misma forma en que Gaviria cuida
hoy del prestigio de Navarro Wolf,
Virgilio Barco condujo a Gaviria a
través de los escalones del gabinete
hasta las más altas dignidades de
ministro delegatario. Hundiéndolo en
la plutocracia lo hizo imprescindible,
así como a Aquiles su progenitora lo
volvió invulnerable al sumergirlo en
las aguas del Estigia. Con el sol de
la fortuna a las espaldas, se apresta
a culminar el arreglo del país que se
alquila, blandiendo el 121, la única
prescripción de la Carta que en
realidad respeta. Por eso da risa ver
al mamertismo reclamando un aumento de
sus posibles butacas en la Asamblea
Constitucional y una mengua de las
facultades de excepción del primer
mandatario, concesiones que sólo los
jefes de esa tendencia no aciertan a
captar que se excluyen entre sí.
3, LOS ORÍGENES
De lo examinado se
desprende que la apertura económica no
significa un compendio de
formulaciones a las cuales pueda
acogerse o no una determinada
república, en un momento dado de su
desarrollo; ni configura, sin más, una
concepción académica cuya validez esté
por demostrarse. Lejos de eso,
consiste en una política global del
imperialismo, especialmente de los
Estados Unidos, que abarca problemas y
envuelve intereses demasiado claves.
Algunos economistas, de buena o mala
fe, y hasta ciertos industriales
despistados, creen que la nación haría
bien en aceptarla, tomando desde luego
las correspondientes precauciones en
cuanto atañe al fortalecimiento de su
capacidad productiva. No pocos llegan
a proponer los correctivos necesarios,
o a describir con rigurosidad las
fallas de la administración pública
que de inmediato debieran superarse,
pero sin parar mientes en que los
imperiosos recursos financieros
prosiguen en manos de quienes apuestan
a nuestra bancarrota, o en que
transcurren tiempos difíciles,
caracterizados por el agudo
estancamiento, las alzas
inflacionarias, los crecidos déficit.
Nosotros nada compartimos de ella,
salvo su denominación de apertura,
para identificarla de algún modo,
aunque comprendemos que tras el
eufemismo lo que se esconde es la más
grande ofensiva de colonización
económica sobre Colombia, pues tiene
que ver con la suerte de la industria
y el agro, la penetración
indiscriminada de las trasnacionales,
la absoluta libertad comercial y
cambiaria, el embotellamiento o
confinación del país a la
"microempresa", el envilecimiento de
la clase trabajadora, la entrega de la
banca al agio y a la especulación
internacionales, la enajenación del
sector estatal de la economía, las
larguezas de la reforma financiera, la
carestía automática e incontrolada y
la enmienda regresiva y despótica del
régimen jurídico. Hay muchas y
variadas pruebas de esto, que nos
impiden pensar lo contrario.
Mencionaremos tres de indiscutible
trascendencia.
En primer término, las toneladas de
análisis, informes, "cartas de
intención" y demás avenencias
comprometedoras con las cuales el
Fondo Monetario Internacional y su
Banco, en forma cínica y
seudocientífica, nos aleccionan para
que cambiemos la pesada carga de los
empréstitos, la reduzcamos, o la
tornemos manejable, firmando la
liberalización en cada uno de los
puntos indicados. En su anárquico
desenvolvimiento, la deuda externa
acabó apuntalando su doble importancia
como idóneo canal de extracción de la
riqueza de los pueblos y como eficaz
medio de imposición de medidas a los
Estados, valga decir, el
desvalijamiento y el vasallaje.
Desde 1984, para darle pista al
crédito Jumbo, el Fondo y el Banco
pusieron el requisito del desmonte de
la restricción a las importaciones,
amén de otros ajustes que el gobierno
de Betancur rechazó airado de palabra
tras haberlos admitido,
"gradualmente", en la mesa de
negociaciones, lo que se garantizaba
con una monitoría de sus agentes, tan
acuciosos e inconmovibles como los
comisarios de la tenebrosa
Inquisición. Y al crédito Challenger
también se le expidió el permiso en
los últimos días de 1988, no sin que
antes el gobierno anterior se aviniera
a las demandas de revivir los trabajos
preparatorios de la apertura, en su
esencia definida ya en los compromisos
contraídos por el país desde 1985.
Aunque no lograría culminarla, Barco
la inició y, sobre todo, se la dejó
lista a su sucesor. No en otra forma
se explica cómo el ministro Casas
Santamaría haya podido, en menos de
una semana de posesionado, armar los
cuatro minuciosos decretos
modificatorios de las comunicaciones
colombianas que su despacho promulgó
al mismo tiempo. Y con toda seguridad
aún reposan en las gavetas de las
oficinas públicas muchas disposiciones
que solamente aguardan la rúbrica de
los funcionarios para salir a la luz.
La segunda prueba radica en una
casualidad que no lo es tanto. La
abrumadora mayoría de los gobiernos
latinoamericanos, tal vez con la única
omisión cierta de Cuba, ya se hallan,
en un sentido u otro, matriculados en
la nueva escuela. Unos empezaron
temprano, como Chile, y otros más
tarde, como nosotros, pero en todos
los países el pensamiento dominante
renegó de cuanto estaba aplicándose,
directrices que si no favorecían el
desarrollo de los pueblos, al menos
reservaban al control discrecional de
los Estados determinadas parcelas de
la economía. Esta uniformidad de
opiniones y conductas clama por un
factor cohesionante que la dilucide,
el señalamiento del poder superior que
gobierna los poderes menores. Ese no
es otro que Estados Unidos, cuyos
dictámenes prevalecen en América
Latina desde la época de la
desmembración de Panamá y con una
solvencia que jamás disfrutara en
región alguna del globo. Ahora le urge
afianzarse en su retaguardia
continental, con el fin de hacerle
frente a la guerra económica que le
han declarado las otras potencias. Los
basamentos de la vieja integración de
las repúblicas del área, caso Pacto
Andino, Mercado Común Centroamericano
y hasta la misma Alalc, volaron por
los aires. Al igual que en Colombia,
caudillos sin trayectoria asumieron en
todas partes los retos del mando, con
la excepción de un Carlos Andrés
Pérez, el veterano presidente de
Venezuela que, por lo demás, también
abre las fronteras, vende los muebles
de la casa y parla la misma jerigonza.
Con todo, el "revolcón" del Continente
no hubiera sido posible sin la nueva
hornada de ideólogos de la burguesía,
de los cuales nos ocupamos atrás;
salidos por lustros de ilustres
claustros, y colocados en los centros
donde se ambientan o toman las
decisiones. Son los masteres que nos
pintan con agudeza Jorge Child y
Rodrigo Llorente en sus columnas
periodísticas y que acuden por miles a
engrosar esa horda de intelectuales
encargados de ponerles el uniforme de
moda a las ideas, a las actas y a las
costumbres en nombre del capitalismo
moderno. Cuando menos en sus episodios
preliminares, la lucha contra la
privatización de América la perdimos
con el auge de la educación privada.
Y en tercer término, tenemos el
discurso con el que George Bush
efectuara la presentación formal de su
famosa Iniciativa para las Américas,
un documento básico porque simboliza,
de una parte, el canto de victoria
tras el intempestivo giro que vienen
adquiriendo los atropellados
acontecimientos mundiales en los
últimos meses, y de la otra, sintetiza
las miras estratégicas del presidente
norteamericano que, aun cuando no hace
mucho prestó su juramento, estuvo
estrechamente vinculado a la
administración Reagan durante dos
períodos. Los síntomas de
desintegración que acusa el temido
imperio soviético los toma como
augurios de un cambio bendito en la
correlación de las fuerzas mundiales,
dentro del cual el poderío
norteamericano pasaría del repliegue
al contraataque. Eso lo dio a entender
el 27 de junio en dicha alocución y ya
en agosto sus tropas estaban hollando
las quemantes arenas del Medio
Oriente, con el asentimiento unánime
del Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas y con la complicidad,
a veces franca y a veces tácita, de
las capitales europeas, de Tokio, de
Moscú y hasta de Pekín, un desenlace
que no se presentaba en décadas. Sin
embargo, tales toques a somatén los
encuadra dentro del conflicto que el
mundo trae larvado desde cuando la
recuperación de los protagonistas de
la Segunda Guerra Mundial dejó de ser
una conveniencia para convertirse en
un antagonismo insalvable, ante lo
cual no encuentra solución diferente a
la del "mercado libre". Considera que
este modelo de desarrollo, que en su
opinión se fortalece con las tragedias
de la Perestroika, forja la "llave"
con que los hombres entrarán al
nirvana de la "estabilidad política y
económica". Así piensa proporcionarle
a su país el ambiente propicio que el
ajuste de cuentas con sus enriquecidos
adversarios precisa. Y a la América
Latina le promete la felicidad si se
unce a su carro de batalla. Habrá
préstamos frescos y algunas rebajas
para los endeudados pueblos que
remuevan los "impedimentos a la
inversión internacional" y erradiquen
en la práctica las "erradas nociones
de que la economía de un país necesita
protección con el fin de
desarrollarse". No sabemos cómo le irá
próximamente al señor Bush en el campo
de Agramante, en su Parlamento, o en
las bolsas del mundo, pero estamos
convencidos de que América Latina
rueda hacia el abismo de su plena
colonización económica y quienes no
partan de este punto de vista no
comprenderán ninguna de las
polifacéticas y absurdas consecuencias
de los factores enunciados, y acaso ni
su propio drama.
4. EL PORVENIR
Dentro del
desconcierto prevaleciente se escuchan
voces que, no obstante su
inconciencia, destapan en unos cuantos
señalamientos aspectos sustanciales de
la verdad oculta. Después de echarle
un vistazo a la creciente
fragmentación económica universal y de
tomar nota de los rumores pesimistas
que bullen en los pasillos de las
difíciles negociaciones comerciales
del Gatt, llevadas a efecto al otro
lado de la frontera, en la célebre
Ronda de Uruguay, El Mercurio, de
Chile, en sus glosas editoriales del 8
de octubre último, se quejaba de "dos
fenómenos" que "marcan" una "tendencia
mundial": "El primero es el mayor
proteccionismo que amenaza la política
de libre intercambio, a la cual
obedece la enorme prosperidad
económica vivida en las últimas
décadas en el mundo industrializado.
El segundo es la formación de bloques
comerciales que agrupan a determinados
países para establecer un comercio
libre intrarregional y, en ciertos
casos, armonizar incluso las políticas
económicas". Llama la atención que
semejantes deducciones provengan del
país piloto de la apertura. No es que
el diario ya no crea en ella;
sencillamente ha empezado a objetar,
un tanto tarde y a la buena de Dios,
de qué modo las metrópolis les
instilan a los pueblos expoliados el
liberalismo económico de nuevo cuño,
mientras entre ellas levantan murallas
férreamente proteccionistas. Una
contradicción obvia, comprensible y
explicable.
Entre nosotros también han surgido
comentarios adversos al proyecto
aperturista, siendo que aún no hemos
padecido sus calamidades. Desde cuando
encumbrados funcionarios dieron como
un hecho irreversible que la
agricultura colombiana habría de
sufrir, sin atenuantes, el
hostigamiento de los competidores
foráneos, el doctor Gabriel Rosas
Vega, basado en su experiencia, se
opuso y trajo a colación que las
sociedades altamente industrializadas
de Estados Unidos y de la Comunidad
Europea gastan decenas de miles de
millones de dólares en subsidios con
los cuales sostiene el rendimiento de
su producción agrícola, sin que ello
sea óbice para aconsejarle al Tercer
Mundo que elimine los suyos. A su
turno, muchos sectores gremiales que
se mueven entre la incertidumbre y la
esperanza han puesto en circulación
sus críticas, sus reclamos, sus
falencias. Coinciden todos en que hay
una infinidad de problemas represados,
debido a la acción indolente de
administraciones sucesivas, para que
la actual salte hoy a escena con un
montón de programas improvidentes cuyo
efecto inevitable sería la
desaparición de los frutos del trabajo
de varias generaciones colombianas. Y
la clase obrera ha declarado para este
14 de noviembre un paro cívico
nacional contra la apertura económica,
contra la privatización de las
entidades del Estado y en defensa de
sus caras conquistas sindicales,
objetivos que por sí solos hablan
tanto de la claridad y de la decisión
de los trabajadores como de su
patriotismo. Las fuerzas sociales que
velan por la soberanía de Colombia
contribuirán a esta pelea histórica
que se nos ha impuesto, pero al
proletariado le corresponden el deber
y la distinción de encauzarla.
Una advertencia a manera de epílogo.
Los representantes del gobierno han
creado falsas expectativas en torno al
eventual aumento de las inversiones
extranjeras que registraríamos, si
llevamos sin vacilaciones y hasta las
últimas consecuencias la apertura
económica. Pero al margen de cualquier
otro análisis, el flujo de aquéllas,
grande o pequeño, no elevará realmente
el nivel de vida de nuestra población.
Como su movimiento está determinado
por la ley de la máxima ganancia, y al
país vienen a resolver no las
dificultades ajenas sino las propias,
agravadas con la agudización de la
competencia mundial, se concentrarán
en los negocios que más reditúen y con
las condiciones previstas dentro de la
reforma laboral, o sea la utilización
de la mano de obra menos cara posible.
Por los días de agosto en que los
colombianos supimos con sorpresa que
las telecomunicaciones serían
privatizadas de inmediato, el doctor
Emilio Saravia Bravo, aún presidente
de Telecom, en enhiesta posición y
patriótica actitud de rechazo a las
medidas, hizo hincapié en un par de
consideraciones fundamentales: que no
se podía "desaprovechar una
infraestructura montada por el Estado
durante cuarenta años"; y que si se
pierde esa fuente de ingresos tendrían
que "revisarse planes de alcance
social indiscutible como el Plan
Nacional de Telefonía Rural".
Seguramente sin proponérselo, el
doctor Saravia traza la única línea
válida de desarrollo para el pueblo
colombiano: hacer valer lo suyo y
vincular al progreso las zonas
atrasadas. Mas eso no lo lograremos
sin las denigradas partidas de apoyo a
los frentes de la producción con
mayores penurias, sin el llamado
"crédito de fomento", y, en suma, sin
que destinemos parte de la acumulación
nacional al adelanto de los sitios
relegados pero que entrañan enormes
potencialidades para el porvenir de la
nación entera. El doctor Saravia
concluye: "Lloverán propuestas para
prestar los servicios rentables, pero
se dejarán de lado las comunidades que
no disponen siquiera de un teléfono y
a las que se llega con pérdidas." Los
capitales imperialistas, a los que
atribuimos no sin razón las más
maravillosas realizaciones en los
anales de la industria moderna, no
logran suprimir el desequilibrio
secular entre los centros ricos y la
periferia pobre. Al contrario, erigen
su esplendor sobre el ahondamiento de
aquellas desigualdades, tanto dentro
de las repúblicas que los acogen como
a escala internacional. Quienes creen
que la ley de la rentabilidad decide
desde el nacimiento y muerte de las
fábricas hasta el "auge y caída de las
grandes potencias", abrazan el más
grosero economismo. Si hay alguna
actividad en la que se den cita tarde
que temprano las influencias del resto
de las funciones sociales, sin excluir
la enseñanza, el arte de gobernar, el
ordenamiento del pueblo, o la guerra,
esa es la producción, que proporciona
los bienes materiales y sostiene al
hombre. De las incidencias de tales
elementos y de sus relaciones, que con
el avance se tornan más y más
complejas, depende la evolución de la
sociedad. De ahí que al Estado moderno
le corresponda un creciente papel en
la conducción económica, que con toda
certeza no habrá de desaparecer por la
apertura. Las mismas trasnacionales
necesitan de la capacidad económica de
los gobiernos, sin la cual no habría
quién atienda los frentes no
rentables, que en materia de servicios
o infraestructura, por ejemplo, son
imprescindibles en el desarrollo
productivo. La solvencia oficial se
requiere igualmente, y en alto grado,
como garantía de cumplimiento de los
compromisos bilaterales o
multilaterales acordados entre las
naciones por diversas causas; y para
que la administración pública vele por
los pobres, quienes van pasando poco a
poco de la "formalidad" a la
"informalidad", y habida cuenta de que
las revoluciones también repercuten en
la economía. Por lo que respecta al
descontento del pueblo, éste impedirá
que la privatización abarque a muchas
empresas estatales. Y si la
preocupación estriba en las malas
administraciones, procuremos
designarlas buenas.
Lo curioso de este complicado asunto
radica en que a pesar de todo la tasa
de ganancia de las trasnacionales
seguirá descendiendo y los problemas
propiamente obreros se propagarán
sobre la superficie del orbe. Los
costos de producción en los países
semiindustrializados del Sudeste
Asiático, en donde floreció primero la
subcontratación internacional, han ido
incrementándose por variados motivos,
entre los cuales se destacan las
luchas de los sindicatos. Los
monopolios norteamericanos y japoneses
buscan otras naciones receptoras,
baratas, como Tailandia, Filipinas,
Malasia y el mismo México. La
internacionalización del capital
acabará entrelazando al mundo en tal
forma que la división del trabajo
propia de las grandes factorías se
efectuará a través de países y de
continentes y no ya bajo un solo
techo. Unos producirán las partes o
los componentes de los productos y
otros los acabarán o ensamblarán,
ahondándose las desigualdades entre la
porción desarrollada del mundo y la
indigente. Las contradicciones entre
los bloques económicos tampoco
conocerán límites; la crisis se
extenderá con todos sus estragos, y la
clase obrera se hará sentir en grande.
Contraria contrariis curantur. Las
cosas se curan por medio de las
contrarias.
SALVEMOS
LA PRODUCCIÓN NACIONAL
Mayo 8 de 1991
Publicado en El Tiempo el 12 de mayo
de 1991.
1. LAS SECUELAS DEL
CONTRAATAQUE ESTADINENSE
Durante decenios los
mandatarios colombianos han venido, de
una parte, diluyendo el apoyo a la
actividad productiva de los estratos
empresariales y, de la otra, buscando
arrebatarles a las masas laboriosas
los contados derechos y conquistas
obtenidos en incesante batallar.
Conforme a sus escrúpulos, astucias u
oportunidades los gobiernos han
corrido con mayor o menor suerte en
semejante propósito. Pero el actual
batió todas las marcas. En prontitud,
porque en medio año le puso piso legal
al conjunto de sus garrafales
intenciones. En extensión, porque las
enmiendas abarcan los más variados y
sensibles tópicos de la vida del país.
En profundidad, porque pocas veces el
zarpazo fue tan desgarrador. En
frescura, porque se recurre a
cualquier arbitrio, igual a la pérfida
asistencia de los victoriosos
invasores del Medio Oriente que a la
sumisión prometedora de los asaltantes
del Palacio de Justicia.
Sin embargo, la cuestión no será coser
y cantar, para decirlo sin
estridencias. Así como el régimen no
consulta a los damnificados al adoptar
sus determinaciones, éstos tampoco lo
consultarán al definir las suyas. En
los últimos días se ha escuchado otra
tonada, la del descontento, a cada
instante más sonora, y con la
característica de que involucra a casi
todos los integrantes del concierto
social. La carta de la Asociación
Nacional de Industriales, ANDI, con
fecha del pasado 28 de febrero y
remitida, y además del Secretario de
la Presidencia, a los ministros de
Relaciones Exteriores, Hacienda y
Desarrollo, da una idea clara,
precisa, de cuántos temores generan
los alegres argumentos y las medidas
fulminantes de la nueva
administración.
Aun cuando esto ocurre a los cinco
meses de que los presidentes de
México, Venezuela y Colombia
rubricaran en Nueva York, el emporio
del imperio, la avenencia de libre
intercambio comercial, y harto después
de promulgada la racha de reformas
regresivas de fines de 1990, el
pronunciamiento patentiza una de las
múltiples impugnaciones al proceso que
se lleva a cabo de total y precipitada
anexión económica de América Latina
por los Estados Unidos. No sabemos
hasta dónde llegue la conciencia de
los gremios al respecto, o si estén
decididos a defender consecuentemente
su patrimonio y el de la nación, pero
la misiva recoge verdades de a puño.
Advierte cómo la apertura entronizada,
el intempestivo avivamiento de la
integración andina y el Grupo de los
Tres ahora, implican un abrupto
abandono de las reglas de juego y
dejan montada la escopeta de una aleve
encerrona hacia el futuro. Fuera de
eso, denuncia que los pasos
mencionados no sólo carecen de
justificación, sino de investigaciones
que los ilustren. Mas no podría,
ciertamente, redactarse estudios para
tales cometidos, por lo menos con
rigor científico, puesto que las
desgravaciones y los mercados sin
fronteras se implantan en el peor
momento, cuando la desaceleración del
engranaje productivo lleva varios
años; las exportaciones afrontan no
pocos obstáculos; el hato ganadero
está en extinción; el agro no logra
reponer a tiempo los equipos, adecuar
las tierras y sustituir las
tecnologías anticuadas; los cultivos
transitorios tiran a contraerse; la
actividad edificadora sigue
declinando; las flotas de los "cielos
y mares abiertos" registran pérdidas
multimillonarias, y el desempleo cunde
en barriadas y veredas. En las cuentas
nacionales correspondientes a la
vigencia anterior, elaboradas por el
Dane, la memoria estadística del
régimen, el auge de la economía
recibió un escaso 3.5%, mientras que
los encuestadores aspiraban a cotas
más altas, a sabiendas de que 1989
tampoco había sido un año bueno; y
para 1991, Fedesarrollo, una fundación
paragubernamental, vaticina apenas el
2%, con bajas apreciables en las
cifras de la industria y la inversión
privada.
Asimismo los voceros de la Asociación
sostienen en su mensaje que las
contradicciones se tornarán, por
añadidura, de imposible manejo, si se
mira la devastadora incidencia de los
galpones de ensamblaje, las
celebérrimas maquilas, o maquiladoras,
y en concreto, las esparcidas a lo
largo de la línea limítrofe del norte
de México y resguardadas tras las
patentes de los trusts americanos, un
desafío ante el cual nuestro
desenvolvimiento electrónico,
automotriz y metalmecánico, entre
otros, se verá disminuido. En relación
con Venezuela también vislumbran
riesgos de competencia no
despreciables para los intereses de
Colombia, debido a los costos de
importación de las materias primas y
de los bienes de capital. Señalan
igualmente que se han establecido
fechas de cumplimiento de los
protocolos sin haberse dispuesto los
mecanismos, ni dilucidado las pautas
sobre el origen de los productos, ni
las cláusulas de salvaguardia, ni el
funcionamiento de las listas de
excepciones. Y de contera ponen al
desnudo el proceder arbitrario de las
autoridades, pues los compromisos
pactados, pese a su importancia y
trascendencia, no fueron ni siquiera
leídos ante los representantes de los
productores, la fuerza más interesada
y ducha en el vital asunto.
De la misma manera como la apertura
tiene su historia zigzagueante y ha
sido implantada gota a gota, en un
lapso mayor de lo que muchos se
imaginan, la actitud de los
empresarios ha fluctuado al vaivén de
las sorpresas, no obstante andar
persuadidos de que aquélla obedece a
los requerimientos ineludibles del
Fondo Monetario Internacional y el
Banco Mundial, a los cuales las
repúblicas atrasadas y dependientes se
encuentran sin remedio uncidas por
deudas enormes. Ojalá la mencionada
comunicación refleje a plenitud el
pensamiento de los fabricantes
colombianos y repercuta
correspondientemente. Fue suscrita por
Fabio Echeverri Correa, quien quedara
entre Escila y Caribdis en las
desapacibles polémicas sobre la
"internacionalización de la economía"
que antecedieron a su renuncia a la
ANDI, obligado con frecuencia a saltar
del combate al acatamiento; una de las
tantas repercusiones de los enfoques
contrapuestos entre dos bandos de la
burguesía productora: el que rechaza
la liberalización, dado que ocasiona
perjuicios ostensibles, y el que la
admite, por creerla aprovechable, o
por gozar actualmente en el extranjero
de compradores más o menos fijos para
sus existencias. De cualquier forma,
tarde que temprano las decepciones o
las bancarrotas lanzarán a la palestra
a cuantos tengan algo que perder con
la postración del Continente.
Desde la época de los
realinderamientos de Bretton Woods,
detrás de los máximos organismos
rectores de las finanzas mundiales se
han movido particularmente los
banqueros de la metrópoli americana,
que no cesan de requerir, ante los
países entrampados, franquicias para
sus caudales y mercancías, o
devaluaciones, recortes en los gastos,
espíritu ahorrativo, a fin de que les
cancelen los débitos con desahogo y
puntualidad. En favor de esta
solvencia de pagos, al gobierno
colombiano le exigen encima que
deponga responsabilidades, desista de
emitir circulante inflacionario y
renuncie, una por una, a sus
atribuciones reguladoras, comprendido
cuanto concierne al manejo del peso,
que antes de 1963 le correspondía a la
junta directiva del Banco de la
República, de influencia notoriamente
privada, y desde entonces, por Ley,
recae en la Junta Monetaria, de
mayoría oficial. Reversión que habrá
de perpetrarse a través de la Asamblea
Constituyente, cuyas principales
facciones integrantes han presentado
sendos proyectos en tal sentido, sin
olvidar el del señor Gaviria. La
supresión de los subsidios, de los
créditos baratos, y aun de los planes
de fomento, compendia, pues, el dogma
de fe que nos predicaron siempre esos
sumos sacerdotes de la especulación,
así no le rindan culto en sus propios
altares.
Hacia la mitad del período de
Belisario Betancur, a raíz de la
famosa monitoría del Fondo y el Banco,
empezaron a plantear muy en serio, no
únicamente el desmonte de los
estímulos y de la protección a
nuestras actividades productivas, sino
de la legislación laboral vigente. En
una palabra, la apertura. A Barco
Vargas lo asediaron por todos los
costados, incluso reteniéndole los
dineros del préstamo Challenger. Así,
la superpotencia de Occidente, estando
abocada a una disputa comercial nunca
vista, en especial con la Comunidad
Europea y Japón, trata de salir airosa
optando por la completa colonización
económica de vastas áreas del globo,
preferentemente América Latina, el
establo de la hacienda. Y al
sobrevenir el desenlace providencial
del derrumbe de la Unión Soviética,
poderoso adversario de la víspera,
Washington ha sabido calzarse las
botas, como recién lo hiciera en el
Istmo panameño y en el Golfo Pérsico,
cuyas gentes, entre el humo de los
cañones, asistieron a la inauguración
del "nuevo orden" predicado por George
Bush.
Habiendo conseguido de nuevo la
supremacía universal, Estados Unidos
se dedica ahora a la recuperación, sin
dilaciones ni miramientos, del espacio
que perdiera en por lo menos dos
décadas, tras los espectaculares
avances de sus competidores de Europa
y Asia. En muchas ramas se ha quedado
atrás en tecnificación, productividad,
innovaciones. Sus balanzas han sufrido
deterioros constantes. Adentro ve
incrementarse el desempleo, la
inflación y la falta de recursos;
afuera contempla la contracción de los
mercados. En general, las utilidades
de sus inversionistas tienden a la
baja y los brotes recesivos de su
economía se vuelven entretanto más
traumáticos y continuos. Lo cual
entraña desarreglos que de todos modos
sus dirigentes hubieran encarado con
urgencia, por encima de las
dificultades y a cualquier precio, so
pena de sucumbir; mas las condiciones
han cambiado positivamente para el
imperialismo yanqui. En la Casa Blanca
se afinca el poder republicano, que ha
vencido los complejos de la mala etapa
anterior. Valiéndose de los favorables
augurios, los vencedores repentinos de
la guerra fría no se dedicarán
solamente a corregir las
desactualizaciones de sus fábricas.
Blandirán cada uno de los instrumentos
de presión a su alcance: la deuda de
los Estados empobrecidos; el
librecambio dentro de sus zonas de
influencia; las barreras
proteccionistas frente a los otros
poderes desestabilizadores del globo;
el envilecimiento de la mano de obra
en extensas y populosas regiones; los
altos déficit fiscales de los
gobiernos lacayunos; la supervisión de
los suministros estratégicos y los
artículos esenciales procedentes de
los países atrasados, y la violencia,
que de por sí consiste en un negocio,
como acaba de demostrarse en Kuwait,
cuya reconstrucción se estima en cerca
de 100.000 millones de dólares. Los
destrozos iraquíes cuestan dos o tres
veces más, y de los cuales, sin duda,
también aspiran a hacerse cargo los
consorcios que patrocinaron la
"tormenta del desierto" y, en cuestión
de semanas, la finiquitaron para su
exclusivo beneficio.
Los promotores de nuestra
"modernización" apelan, pues, a los
métodos característicos del antiguo
sistema colonial, desde la
institucionalización de los impuestos
confiscatorios dentro de las
repúblicas que gravitan en su órbita,
hasta el quite y ponga de los
gobernantes que les sirven de
intermediarios. Por supuesto que la
hegemonía de las grandes potencias
depende a la larga de la solidez de
sus pilotes industriales; sin embargo,
probando fortuna con una jugada no
exactamente mercantil, cual fuera la
ocupación del Medio Oriente, Estados
Unidos retoma el petróleo árabe,
reactiva las transacciones, reajusta
la tasa de ganancia, refuerza los
fondos de inversión y rescata la
iniciativa a nivel planetario, pasos
indispensables en el camino hacia una
virtual reconversión de sus plantas
fabriles. Realidades que tratan de
encubrir o paliar ciertos
comentadores, mayormente
norteamericanos, cuando insisten,
desde una posición académica y
economista, que, para atender los
apremios de la crisis, el presidente
Bush debió haberse quedado en la
Oficina Oval resolviendo los faltantes
presupuestarios, el paro, la depresión
y el resto de desequilibrios, en lugar
de salir con medio millón de soldados
a declararle la guerra a Saddam
Hussein.
2. EL ECONOMISMO EN
BOGA
Dentro de la
contraofensiva de Washington se
destacan las metas de la apertura
económica, no la suya sino la de
Latinoamérica, una aplicación tardía
de los decadentes preceptos de la
Escuela de Chicago, tan denigrada ayer
por los mismos que hoy entre nosotros
la acolitan. Los partidarios de
ensayar la subasta, la privatización,
la entrega, sitúan el origen de
nuestros males en las imperfecciones
verídicas o ficticias que, como un
virus, se han propagado según ellos
por los órganos de la sociedad entera,
y para cuya superación no existe
alternativa diferente a la de que los
virtuosos y avanzados desvalijadores
del imperio tomen en sus manos el
control del trabajo y de las riquezas
nacionales. Se confunde el efecto con
la causa y la enfermedad con el
remedio. Permitir el cierre de las
empresas, o su traspaso a los
capitalistas foráneos, por no hallarse
éstas a la altura de las técnicas y
los modelos internacionales, aparte de
la carga antipatriótica que llevan
anejas tales consideraciones,
significa postrarse ante ese
economismo que venimos criticando hace
rato y que han puesto de moda los
círculos universitarios del Norte, la
bocina ideológica de América.
Si nos guiáramos por los índices de
eficiencia, o de rentabilidad,
habríamos de deponer los derechos a un
desarrollo autónomo en aquellos
renglones como la siderurgia, los
hidrocarburos, o los mismos textiles,
en virtud de las ineptitudes heredadas
y de los impedimentos naturales. Con
el tiempo renunciaríamos por completo
a la construcción material; nos
conformaríamos, según las concepciones
imperantes, con una ciencia que se
amolde a las peculiaridades de nuestro
progreso, o sea incipiente; tendríamos
una medicina rudimentaria, si acaso
preventiva, al margen de los altísimos
logros de tan importante esfera del
conocimiento, cual lo manda la
cartilla oficial, y así con los demás
quehaceres y disciplinas sociales. Eso
sería relegarnos porque estamos
relegados. Pero cualquier nación,
primordialmente en crecimiento, ha de
canalizar parte considerable de sus
fondos hacia las funciones básicas,
aunque no renten, pues las áreas que
aquéllas cubren, o los elementos que
proporcionan, resultan sobremanera
necesarios para el conjunto de la
producción. De ahí que el Estado haya
de ocuparse, cada vez con mayor
ascendencia, de frentes, de
erogaciones o de servicios que ya no
son gananciosos para los particulares.
Impulso centrípeto que no habrá de
invertirse por las orientaciones
subjetivas de enajenar los haberes
públicos. Nos referimos a un probado
criterio. Mediante la inveterada
práctica de los decretos de excepción
el gobierno seguramente conseguirá
cuanto se proponga, hasta la
derogatoria de los incómodos
ordenamientos constitucionales; mas
ninguna reforma, por omnímoda que sea,
ni aunque emane de una Constituyente
como la de César Gaviria, logrará
torcer el curso inexorable de las
leyes económicas. Daba risa oír al
titular de las finanzas cuando pedía a
voz en cuello la mediación del Idema,
buscando conjurar, con arroz
depreciado, la escalada alcista de
enero y febrero, cuyos escandalosos
porcentajes derrotaron sus pronósticos
sobre la inflación y con ellos su
política antiobrera, siendo que en
agosto, inmediatamente después de
posesionado y a tono con la
estratagema de la apertura, había
dispuesto que el Instituto cesara sus
labores de mercadeo agropecuario y se
redujera a coordinar, en los
extramuros de los epicentros
comerciales, la acción de unos cuantos
propietarios de pequeñas parcelas.
Colombia, "país único", afirmaba
Carlos E. Restrepo. El desatino del
doctor Rudolf Hommes lo atornilló
todavía más a la silla ministerial,
mientras rodaba la cabeza de su
subalterno, quien se negó a vender a
pérdida, prestando oídos sordos a las
instancias superiores. Y eso que el
hoy ex gerente de dicha dependencia,
Darío Bustamante Roldán, pertenece
también a la Panda de los Andes que no
sólo asesora sino que mangonea. A la
postre, el cereal de la discordia no
contuvo la carestía, ni generó
divisas, merced al alza inusitada de
11.5% que en un solo mes acusaron sus
cotizaciones, a principios del
semestre y al cabo de un par de años
de no presentar indicios de
incrementos reales. Sus ventas
internas subían el costo de la vida y
las externas no dejaban utilidades.
Los desbarajustes de esta índole que
entre nosotros se suceden a diario,
cada vez con mayor anarquía y menor
vigilancia, aun en los renglones menos
vulnerables, lejos de marcar el fin de
la injerencia moderadora del Estado,
la tornan más contundente y acuciante.
Así habrán de ratificarlo las inmensas
mayorías, bien por motivos económicos,
bien por razones patrióticas.
Cual lo recalcábamos arriba, los
empresarios colombianos asumieron más
de una postura contradictoria y
lamentable ante la incontenible
arremetida estadinense sobre la
América pobre, en donde los últimos
dos Cónsules de Washington, la Roma
imperial contemporánea, han
trastrocado hondamente la situación
doméstica, las relaciones exteriores y
hasta el orden jurídico de los
pueblos. Tras la invasión navideña de
1989, se reapuntaló en Panamá el
Comando Sur de las legiones del
Pentágono; y en las montañas de Perú y
Bolivia erigió fortines militares con
la disculpa de reprimir el
narcotráfico. Entremezclándose las
amenazas de la fuerza bruta con las
persuasiones de los teorizantes, se
condujo a los palacios de gobierno a
una generación distinta de líderes
dóciles y desubicados, cuyos
electores, como en el caso de Carlos
Menem, ya no saben si están locos o se
hacen los locos. Púsose a los
ideólogos burgueses a hablar un mismo
lenguaje en pro del anexionismo
económico. Se transformaron las
pertenencias del Estado, e incluso las
privadas, en bienes mostrencos sobre
los cuales tendrán prelación las
primeras firmas que aparezcan en estas
latitudes con el propósito de
poseerlos. Se empezó, en fin, a
desbrozar el sendero hacia la Empresa
para la Iniciativa de las Américas,
esbozada por George Bush ante
funcionarios oficiales de diversos
países y miembros de la comunidad de
negocios, a mediados de 1990, y que
tiene por objeto el hacer del Nuevo
Mundo una sola zona comercial, "desde
el puerto de Anchorage hasta la Tierra
del Fuego".
Durante el turno de
Betancur no se quiso profundizar sobre
tales pretensiones, aunque se hallaban
ya implícitas en los programas que las
agencias mundiales de crédito venían
exponiendo desde muy antes a las
repúblicas prestatarias. Barco instaló
y suspendió comités destinados a
examinar las incidencias de la
apertura en los escenarios de
Colombia; pero en resumidas cuentas no
hizo otra cosa que ceder ante las
instigaciones del Fondo Monetario
Internacional y darle inicio a la
desnacionalización en marcha,
autorizando la merma de los aranceles,
el traspaso de buena parte de la red
bancaria al capital extranjero, el
incremento de los intereses de los
préstamos de Proexpo y la reducción de
su cobertura. En otro ejemplo de
condescendencia, voló a fines del 89 a
Galápagos, en compañía de los demás
presidentes del Pacto Andino, a
suscribir la Declaración que lleva el
nombre del conocido archipiélago, y
por la cual se agiliza el
levantamiento de todos los gravámenes
interzonales, a la sazón previsto para
1995, y se procura la plena
"integración latinoamericana" dentro
del marco de la "apertura económica" y
del entronque con los "mercados
mundiales". Hacia fines parecidos
estuvo encaminada la Cumbre de
Cartagena del 15 de febrero del año
pasado. Si bien el gobierno de Estados
Unidos la convocó, conjuntamente con
los de Colombia, Perú y Bolivia, tras
la mira de coordinar la lucha
antidrogas, sus conclusiones más bien
hacen énfasis en "el crecimiento del
comercio entre los tres países andinos
y los Estados Unidos", o disponen que
éstos "promoverán las inversiones
privadas" en aquéllos. Y en cuanto a
la nueva administración, le cupo la
azarosa gloria de coronar el proceso.
Dentro de la natural expectativa que
rodea los relevos cuatrienales del
Palacio de Nariño y no perdonando las
vacilaciones de los empresarios, el
régimen recién instalado echó por la
calle de en medio y de un tirón
satisfizo las inquietudes de la
superpotencia, sin dejar una sola
exacción imperialista por instituir.
3. UN MANEJO NO
DISCRECIONAL DE LAS RELACIONES
INTERNACIONALES
Con las complicidades
de las Cámaras y de la Corte Suprema
de Justicia, las otras ramas del poder
público que el Ejecutivo aspira a
socavar y someter a su coyunda, César
Gaviria, cumplió, no con su mandato,
sino con la totalidad de los mandados.
Gracias a las primeras le dio
simultáneamente cuerpo jurídico a más
de treinta reformas regresivas y por
intermedio de la segunda convocó la
Asamblea Constitucional, un golpe de
Estado que acabará crucificando a la
vilipendiada "casta política" e
introduciendo modificaciones de fondo,
de las más variadas y peligrosas
consecuencias, como la redistribución
de las divisiones territoriales, el
debilitamiento de la economía estatal,
la capacidad legislativa de los
departamentos, la absoluta autonomía
de la presidencia para resolver sobre
"Tratados de Cooperación" con otros
países, sin el correlativo
consentimiento del Congreso, o para
imponer acuerdos internacionales cuya
"importancia económica y comercial
requieran su aplicación urgente", así
esta extraña licencia se registre con
carácter de "provisional" dentro del
plan reformatorio de la Carta sugerido
por el primer mandatario. Lo cual no
significa, desde luego, que hemos de
ir el próximo 4 de julio a los
pasillos del Centro de Convenciones
Gonzalo Jiménez de Quesada a aguardar
el parto de los montes, pues a través
de la vía rápida y múltiple del
artículo 121, de las relaciones
exteriores e incluso de las leyes,
Colombia sigue abriendo sus mercados a
las trasnacionales, sin que sobre ello
puedan chistar o influir de veras las
entidades colegiadas elegidas por los
ciudadanos, y mientras se difunden
doctas lucubraciones alrededor de la
"democracia participativa", la
"consulta popular" y el "referendo".
En aras de la estrategia colonialista
se adecúan caprichosamente las
estipulaciones del Pacto Andino, un
compromiso viejo de cerca de
veinticinco años, que Richard Nixon
patrocinó con base en las diligencias
y recomendaciones de su embajador
plenipotenciario, Nelson Rockefeller,
quien visitara la región y escribiera
el análisis intitulado "Calidad de la
vida en las Américas", cuyos
supuestos, y hasta su terminología,
aún enriquecen la jerga de la política
económica oficial. Los antecedentes,
para colmo, se remontan más atrás en
el tiempo, por cuanto los
acercamientos de este tipo hunden sus
raíces en la Alalc, fundada en virtud
del Tratado de Montevideo de 1960, hoy
Aladi, Asociación Latinoamericana de
Integración.
Resulta entonces fácil desentrañar el
porqué de los meteóricos y pírricos
éxitos de Gaviria, a quien le ha
quedado relativamente sencillo meter
al país en la boca del lobo. Una obra
de meses cuya gestación duró decenios.
El presidente, sin indagarle a nadie
ni responder por nada, mas escudado
tras los arrumes de convenios
multilaterales y con sólo estampar su
firma en el Acta de La Paz, el 29 y 30
de noviembre comprometió a los
colombianos todos a admitir el último
día de 1991 como el plazo máximo de
espera para que rija la liberalización
dentro de la zona andina, acortándose
así, en un amén, el angustioso término
que hacía apenas un año concertara su
antecesor en las islas Galápagos.
Antes había ido a Caracas, promediando
octubre, a insacular su votito de
respaldo a los grupos, el de los Tres,
a la sazón el más joven; el de Río, de
Ocho, y que pronto será de Nueve, de
Once o de Trece, y por conducto de los
cuales nos enganchamos al Norte voraz,
y no exclusivamente nosotros o
nuestros asociados, sino Centroamérica
y el Caribe. Todos los caminos
conducen a Washington. Por supuesto
que para pertenecer a este selecto
club de colonias no basta con correr a
depositar la balota o la rúbrica; los
gobernantes tienen que ingeniárselas y
desvivirse si desean exhibir, dentro
del muestrario aperturista, las
mejores ofertas a los trusts,
disminuyendo los jornales, las cargas,
los controles y los demás contrapesos
de la superestructura, y, en la
infraestructura, arreglando las
carreteras, los ferrocarriles, los
puertos y los aeropuertos. ¿No se
trata acaso de la efectividad de los
subsidios otorgados, no a nuestra
industria, sino a las multinacionales,
cual los confirieran, a su hora y
durante lustros, por ejemplo, los
mandarines de Taipei, quienes probando
fortuna con su fementido Modelo de
Taiwan, echaron por el atajo de las
exoneraciones tributarias y se
valieron, desde la década de los
cincuentas, de los turbiones de
cuantiosos giros que a guisa de
donación o acicate afluían a sus
bolsas desde las arcas del Tesoro
americano? ¿Y los capitalistas del
imperio no están pensando en salir
hacia otros parajes, tanto más cuanto
que en sus agotados dragones, con el
progresivo e ineluctable acomodamiento
de los factores en pugna, las ventajas
previas se han ido evaporando con la
subida de los costos laborales, los
retoques en el sistema impositivo, la
revalorización de las monedas nativas
y el encarecimiento de los bienes
raíces y valores? Por mucho que los
teóricos de oficio nos digan que vamos
a adueñarnos en franca lid de
porciones suculentas del consumo
allende nuestras playas, la verdadera
puja se entablará entre los débiles
Estados receptores del capital
foráneo, y, casualmente, por tales
inversiones. Mientras oímos por
doquier un súbito grito de guerra, "¡A
conquistar!", sólo vemos que se
obedece a toque de campana.
Desde las reuniones septembrinas, a
Ecuador lo vienen conminando sus
socios andinos a que se desprenda para
siempre de sus carcomidas
salvaguardias, las toleradas antaño
por los convenios vigentes, y que le
fueron concedidas en virtud de su
"menor desarrollo económico relativo
dentro de la subregión" junto a
Bolivia. De las provocaciones
enfiladas hacia el debilitamiento del
hermano país participan lógica,
melancólica y gratuitamente Colombia y
Venezuela, cuyos gobiernos,
apercibidos de las recuperaciones del
sol que más alumbra, se brindan como
agentes de la expoliación universal
ante las repúblicas de superiores
carencias y aunque hayan nacido
igualmente de la espada del
Libertador.
Sin desvelarlo tampoco las tragedias
de sus coterráneos, el señor Alberto
Fujimori, otro peón hecho dama,
abolió, hace poco menos de tres meses,
el dominio público sobre doce empresas
en las áreas de las manufacturas, el
comercio y los servicios; instauró el
libre "uso, tenencia y disposición" de
las monedas extranjeras, abandonando a
los azares de la oferta y la demanda
la fijación del tipo de cambio, y
abrió de par en par las puertas del
Perú a las compañías monopólicas
tradicionales, convirtiendo a la
patria de las miserias del cólera en
el paraíso del agio y de la usura. Y
hacia el extremo austral, Brasil y
Argentina, los ricos quebrados del
hemisferio, concibieron, o les
concibieron en marzo otro subgrupo, el
del Mercado Común del Cono Sur, dentro
del cual dieron cabida, entre batir de
palmas, a dos pobres recipiendarios:
Uruguay y Paraguay. Se ha ido
delineando así el mapa económico y
geopolítico de las Américas, el de la
Iniciativa de Bush, tan alabada por
César Gaviria, salvo una objeción, la
de que, pese al precipitado desfile de
los catastróficos acontecimientos,
anda demasiado lenta.
Y el Canciller Luis Fernando Jaramillo
Correa acaba de anunciar en Medellín,
el terruño de sus mayores, que los
colombianos, a espaldas nuestras,
obviamente, estamos acordando también
un mercado sin fronteras con los
chilenos, a quienes el neoliberalismo
económico, desde las trágicas andanzas
del régimen castrense, les ha irrogado
ruinosos quebrantos en la inversión
industrial, el empleo y las
condiciones sociales de los
desposeídos.
4. UNAS VECES HACIA
ATRÁS Y OTRAS HACIA ADELANTE
Ante los negros
presagios y sin saber a ciencia cierta
qué camino seguir, la burguesía de
Colombia terminó pareciéndose al asno
de Buridán. En los preliminares,
cuando los neófitos asesores de Barco
presentaron en sociedad a la bella
apertura y urdieron las medidas
correspondientes, los voceros
empresariales tomaron los sospechosos
escarceos más como una desprevenida
invitación a meditar sobre otro diseño
cualquiera de desarrollo que como un
ultimátum. En variados foros
debatieron el monumental engendro;
ventilaron ponencias que concluían en
la infalible solicitud de puntuales
anticipos a la banca internacional,
impacientados por traer maquinaria
moderna, efectuar la reconversión y
alistarse para el reto. Todavía
soñaban en redimir la industria
colombiana con las benevolencias de
los mismos que iban tras su perdición.
Ya en los días inmediatamente
anteriores y posteriores al
advenimiento del gavirismo hicieron
gala de tacto, dándole vueltas en la
cabeza a las eventuales posturas, o a
las adaptaciones que más convendría
asumir bajo las directrices prontas a
estrenarse. Pero desde agosto todas
las cosas estaban consumadas. La
privatización de empresas importantes
del Estado era una línea definida e
inmodificable. La libertad cambiaria
empezaría a regir y por ende la
dolarización de las transacciones
económicas. Los tratos
obrero-patronales se regularían por la
reforma laboral más retardataria de
nuestra historia, que cortó, sin
miramientos de ninguna especie,
reivindicaciones de medio siglo de
luchas de la clase trabajadora. Los
productores nacionales perderían el
derecho al sostén gubernamental, a los
subsidios, a los préstamos de fomento,
mientras los monopolios de las
metrópolis, cuando no quedasen a la
par con los inversionistas
colombianos, saldrían netamente
favorecidos, sin mayores normas u
obligaciones ante el fisco para entrar
sus dinerales o remitir sus
dividendos, y con factibles zonas
francas donde instalar sus
maquiladoras y disponer a su antojo de
los efímeros salarios, mercedes que, a
la postre, llegarían a cubrir ambos
litorales, el atlántico y el pacífico,
además de los otros territorios que el
Conpes considere relegados.
Rápido transcurrió el período de
vacaciones, pasó enero y, según la
costumbre, el país fue retornando muy
paulatinamente a sus cauces normales.
En febrero y marzo, los temores, que
venían casi limitándose a meras
expectativas, se materializaron y
acrecieron, sin que dieran lugar a la
más remota esperanza los desaforados
dictámenes, mantenidos contra viento y
marea por los héroes de moda, los
protagonistas del relevo
administrativo y de la suplantación
generacional. No se habían concretado
los empréstitos prometidos para
robustecer la capacidad competitiva de
la industria y la agricultura
colombianas; no se habían resuelto, de
modo conciso, satisfactorio, los
cuestionarios de los gremios, y la
libertad de importaciones ya estaba
andando, junto al resto de las
generosas garantías otorgadas a los
consorcios extranjeros.
En síntesis, los postulados de la
apertura económica entraron a regir, a
tiempo que a la producción nacional se
la desalentaba con inconvenientes
sutiles pero demoledores, tales como
el encaje marginal del 100%
determinado por la Junta Monetaria,
que tapona el crédito corriente de los
bancos. Se aminoran los Certificados
de Reembolso Tributario, Cert; se
ordena acelerar los pagos al exterior,
y se multiplican los gravámenes
indirectos, entrabándose la
circulación de las mercancías,
incluidas las exportaciones, y
haciéndose nugatorio cualquier
estímulo que aún permanezca por ahí,
sin vida, dentro de los desahuciados
reglamentos. Tras la sistemática
campaña de desinformación, las
autoridades económicas, con el señor
Hommes al frente, culpan a los
empresarios de los trastornos de la
espiral alcista registrada en los
albores de 1991 y, cabalgando sobre el
desconcierto generado por la propia
acción gubernamental, profieren
amenazas de más y mejores resoluciones
restrictivas. Entonces sí explota el
escozor de los empresarios de la
ciudad y el campo, quienes empiezan,
ante la faz de Colombia, a engarzar,
todos a una, los reclamos, las
advertencias, el recelo, tendiendo una
saludable sombra de duda sobre la
estratagema entronizada.
Hasta Augusto López Valencia, del
Grupo Santodomingo, vicepresidente de
Avianca, aerolínea que perdió 20.000
millones de pesos en 1990 y que
actualmente soporta una deuda de 102
millones de dólares, estimó injusto
que se ponga a competir a su compañía
"con sus 27 avioncitos", frente a un
monstruo volante de las dimensiones de
American Airlines. Los agricultores,
por boca de Carlos Gustavo Cano,
denunciaron no sólo la ambigüedad de
los programas oficiales y las
contradicciones entre los funcionarios
al interpretarlos, sino los más
notorios retrocesos de los sectores
rurales, en siembras, tecnología,
mecanización, mercadeo, etc., tratando
de alertar sobre las contingencias de
un desabastecimiento agrícola a
mediano plazo, de no introducirse
correctivos pertinentes, a fondo y sin
demoras. Los cerealeros, en
particular, presididos por Adriano
Quintana Silva, reconvinieron a las
altas esferas por su "visión
oportunista, demagógica y peligrosa",
puesto que ahondan la crisis
repartiendo el contentillo de los
alimentos importados, en lugar de
propiciar la producción interna. La
Federación Colombiana de Industrias
Metalúrgicas, Fedemetal, dirigida por
Jorge Méndez Munévar, volvió a
ocuparse de las tremendas incógnitas
que flotan en el ambiente tras los
tumbos del ensayo aperturista, debido
al cual, y en virtud de no se sabe qué
misterio, las fábricas nacionales se
fortalecen entregando sus pequeños
mercados a la poderosa competencia
externa; el país avanza compartiendo
con los particulares el control de las
divisas; los negocios se reaniman
mediante elevadas tasas de interés, o
los productos claves, como los
metalmecánicos, deben desgravarse en
pro de la integración universal.
También los textileros y
confeccionistas expresaron sus
fundadas inquietudes de que la
aceleración del Pacto Andino facilite,
no la presencia de las telas y las
confecciones de los pueblos vecinos,
entre los cuales Colombia exhibe
ciertas ventajas en estos ramos, sino
de las enviadas desde los Estados
Unidos, con cuyos excedentes bastaría
para poner en aprietos a los
latinoamericanos de punta a punta.
De la larga enumeración de las
protestas de 1991 hacen parte el
pronunciamiento de la ANDI de febrero,
comentado arriba, y las elocuentes
observaciones de Fedegán del mismo
mes. El representante del gremio tal
vez más acosado por la tenaza de la
violencia cuatreril y el benepláctio
oficial, el doctor José Raimundo Sojo
Zambrano, llamó a rescatar la
tradición ganadera de Colombia ante el
filisteísmo de quienes desean su fin
alegando la premura de una
"eficiencia" que, según los esquemas
prevalecientes, sólo podría venirnos
del imperialismo norteamericano.
"¿Será que los ganaderos tenemos que
acabar de liquidar los hatos y
volvernos importadores de carne
-dijo-, para así gozar del subsidio
que se nos niega como productores?"
5. POR UN FRENTE ÚNICO
DE SALVACIÓN NACIONAL
No obstante la
contundencia de estas acusaciones,
ante las que somos integralmente
solidarios, a menudo los diversos
segmentos de productores se portan
como tales, con espíritu corporativo,
asiéndose a su tabla de salvación,
cualquiera, importándoles poco el
naufragio de la república o de su
propia clase; creen inclusive que les
favorecería el hundimiento de los
otros sectores, o piensan en guarnecer
la fortuna aun cuando la industria se
pierda. Es típico el caso de la
reforma laboral, un mendrugo arrojado
a los pies de los patronos y que éstos
reciben pletóricos de dicha olvidando
que las bajas remuneraciones de nada
sirven sin fábricas, o que necesitan
de los obreros hasta políticamente,
pues son los más fieles guardianes de
la producción, sin cuyo concurso no
habrá salida posible.
Aun los asalariados de Norteamérica se
pusieron sobre aviso ante la apertura,
convirtiendo allí, quizás, por primera
vez, las inquietudes proletarias en el
máximo tema del debate público. Al
promover la oposición contra el
acuerdo comercial con el gobierno
mexicano e identificarse con la brega
de los pueblos sometidos de América
Latina, plantean, de hecho, la más
vasta unión de las corrientes
contemporáneas del progreso humano.
Fenómeno que se origina en una
transitoria y trascendente disparidad:
al otro lado de la frontera la fuerza
de trabajo vale un séptimo de lo que
cuesta en Estados Unidos. Por eso
Thomas Donahue, dirigente de la
AFL-CIO, describió las maquiladoras
como "un desastre para los
trabajadores estadounidenses y
nuestros hermanos y hermanas de
México". Superdesempleo en el Norte;
superpillaje en el Sur.
Seguramente la burguesía colombiana se
ensimismó demasiado con la caída de la
superpotencia rusa. Estimó que con el
fin de la guerra fría se apagarían las
guerras, o que con el resurgimiento
del imperio de los cincuentas los
otros bloques agacharían la mansa
cerviz y se esfumarían las aduanas
protectoras. Cantó victoria a
destiempo y no pudo intuir que
atravesamos una coyuntura inesperada,
en que el puñado de naciones
todopoderosas del globo, para campear,
y hasta para sobrevivir, acentúa de
lleno el colonialismo, una arrebatiña
cruel bajo la cual los centros
productivos de los pueblos
dependientes y atrasados resultan
meras especies en extinción. A los
ciento y pico de países menesterosos
no les queda otra que defender lo
suyo, así no sea, por ahora, muy
floreciente.
Mas los infantes de los pioneros de la
industria, los portadores del legado
de principios de siglo, parecen no
comprender o no querer comprenderlo,
al menos cabalmente. En el plano
internacional aceptan dialogar y
pactar de manera aislada con
Washington, renunciando al gran poder
colectivo, como si una sola bandera
pudiese obtener en la mesa de
negociaciones más que las 26 de
América Latina y el Caribe. No se
entiende que los miembros del Sela, el
Sistema Económico Latinoamericano, que
tanta cátedra ha sentado sobre el
desarrollo de la dilatada región,
esperen hasta finales de abril para
reunirse en Caracas a discutir los pro
y los contras de la apertura; o que su
secretario permanente, el señor Carlos
Pérez del Castillo, en dicha ocasión
sostenga, como si tal, que "la
Iniciativa para las Américas excluye
las negociaciones en bloque" frente a
Estados Unidos.
Tampoco se compadece con las cruciales
circunstancias el comportamiento
expectante y hasta permisivo que
asumen en el ámbito interno algunos
contingentes de las "fuerzas vivas".
La jocosa vacilación de los
parlamentarios es una triste muestra.
Tras de aprobar cuanto golpe matrero
el Ejecutivo se propuso propinarles a
las mayorías acalladas y sintiéndose
burlados en los cálculos de prolongar
sus dietas aun a trueque de sus
lealtades, se declararon en abierta
rebelión contra la Asamblea
Constituyente, el gobierno y las
jefaturas partidarias, a semejanza de
los alquimistas medievales que
practicaban el arte de la inmortalidad
retornando sus cuerpos mundanos al
glorioso estado anterior al pecado
original. Apenas cuando quedan en
entredicho los intereses más cercanos
se realza la gravedad de la conjura.
Pero el país entero, su estabilidad,
su población, peligra.
La reforma constitucional, encaminada
hacia la modificación o arrasamiento
de los antiguos valores económicos y
democráticos, no habría dado un paso
sin la preponderancia del
neoliberalismo. Así como no hubiera
ocurrido el relevo de tesis, de
personajes, de clases, de
generaciones; ni el endiosamiento
repentino del M-19, esa patulea de
amnistiados que ayudará a consolidar
la peor reacción a nombre de la
revolución y cuyas raquíticas unidades
funcionan de mentores en el Hotel
Tequendama y de policías en Patio
Bonito. La "federalización", otro
solecismo parecido al del "revolcón",
y que dividirá a Colombia en
territorios autónomos después de 170
años de existencia de la república
unitaria, significa entregar
desmembrado el país al águila
imperial. 0 sea el complemento de la
táctica de la Casa Blanca, que
consiste, internacionalmente, en
convenir por separado con cada nación
latinoamericana, e internamente,
fraccionarlas en Emiratos Árabes sin
ninguna capacidad de réplica. Igual
acontece con la debilitación económica
del Estado y el fortalecimiento de los
poderes ejecutivos, para que aquél no
ofrezca resistencias y éstos esparzan
todos los dones institucionales. O con
el auge de la microempresa, el medio
previsto de atender la desocupación
que sobrevendrá con los cierres
fabriles, admitido aun por el titular
de la cartera del Trabajo, Francisco
Posada de la Peña, quien, en un
seminario dedicado a la
"Modernización" no tuvo reato en
recomendar ese ruinoso sistema de
talleres como "la forma más visible de
inserción económica de las clases de
menores ingresos”.
El país va, pues, a la carrera, hacia
una emboscada mortal. Y en
consecuencia, el MOIR acude de nuevo a
los estratos y agrupaciones sociales
que estén dispuestos a evitar la
consumación del atentado. Empuñemos
con firmeza el cometido de proteger
las actividades productivas e
impidamos que se haga de la conciencia
patria un costal de carbonero.
Retomemos lo rescatable del pasado y
construyamos un brillante porvenir.
Forjemos el más amplio frente único
por la salvación nacional, en procura
del cual venimos combatiendo desde
1986, no al estilo de un Alvaro Gómez
Hurtado, a quien no le entablaremos
demanda por los derechos de autoría
intelectual, pero sí le recordamos que
la consigna no se concibió para seguir
a Gaviria o redimir a Navarro, sino
para velar las armas de la grandeza de
Colombia. Que Estados Unidos no cure
sus falencias, ni libre sus disputas
comerciales, ni salga de su actual
cielo recesivo a costa de las
bancarrotas, las miserias y los
sufrimientos de los pueblos de
América.
SALUDO
DEL MOIR A LA CONFEDERACIÓN
UNITARIA, CGTD
Abril 30 de 1992
Mensaje leído por Francisco Mosquera
el 30 de abril de 1992 en el congreso
de fundación de la CGTD.
Queridos compañeros:
La fundación de la nueva central
representa el último capítulo del
prolongado proceso de lucha contra la
decadencia de la corriente
patronalista de la clase obrera.
Las centrales controladas por la gran
burguesía y por la disidencia
revisionista plantearon siempre paros
generales, a medida que se iban
recortando los derechos de los
trabajadores, pero, invariablemente
también, o los suspendían, o los
traicionaban.
Siendo presidente del Bloque Sindical
Independiente de Antioquia expuse, en
1967, que tales posiciones amarillas
jamás tendrían respaldo dentro del
proletariado colombiano. En 1969 se
declaró un paro para el 22 de enero, y
tras permanecer detenidos
prácticamente 24 horas en la casa
presidencial, los dirigentes
sindicales de las aludidas
agrupaciones se entregaron y aceptaron
hasta la pena de muerte. A raíz de
tales acontecimientos, la USO, la niña
de mis ojos, se desafilió, si la
memoria no me falla, tres veces de la
CSTC, la confederación mamerta. Sin
embargo, el gobierno, mediante las
resoluciones de sus oficinas de
trabajo la volvió a reclutar en las
filas del revisionismo.
Espero que con el cambio de la
correlación de fuerzas que estamos
celebrando logremos impedir, de hoy
hacia el futuro, semejantes
procedimientos ominosos.
Debemos sobrepasar las fronteras de
los ajetreos sindicales y poner los
ingentes afanes de nuestra lucha a
favor de la emancipación de los
desposeídos de la ciudad y el campo.
Hay un ejemplo hermoso, el de los
trabajadores de Telecom, a quienes
poco empeño les merecen las migajas
ofrecidas ante los máximos intereses
de la nación.
La nueva central se funda en medio de
la crisis más profunda en los anales
del país, la apertura, que significa
la neocolonización económica de
América Latina por parte del
imperialismo yanqui.
Tenemos seis elementos en pro de esta
batalla: la corrupción del gobierno,
la crisis energética, los fracasos de
los diálogos de paz, la escalada
impositiva, la lucha obrera y los
desbarajustes internacionales.
Utilicémoslos al máximo y unámonos con
todos los que tengan algo que ver con
la nación y con su historia.
Francisco Mosquera
Secretario General del MOIR
¡POR
LA SOBERANÍA ECONÓMICA,
RESISTENCIA CIVIL!
Primero de Mayo de
1992
Mensaje de Francisco Mosquera el
Priermo de Mayo de 1992, para
conmemorar el Día Internacional de la
clase obrera.
I
Ante la severa
retracción de su economía y la aguda
competencia que le plantean Europa y
Japón, dos de los poderosos bloques
del momento, Estados Unidos desea
salir de la encerrona centuplicando
primordialmente la explotación de los
países pobres que están bajo su yugo,
incluida la totalidad de América
Latina y, por supuesto, Colombia.
Se registran muchos síntomas
perturbadores en la vida de la
superpotencia. Son cerca de
veinticuatro meses consecutivos de
recesión, más profunda que la de
comienzos de los ochentas, y la cual
arroja índices pronunciados sobre la
merma de las ganancias o el incremento
de las pérdidas de las principales
empresas, la estrechez de los
mercados, los déficit en las cuentas
nacionales, el paro forzoso de un
notorio número de asalariados y el
rezago en la capacidad productiva de
la compleja industria, acrecido en
estos tiempos duros de pelar. Aunque
se reaviven pronto los negocios, sus
desajustes estructurales de vieja data
sólo continuarán reportándole
desventajas de sumo cuidado.
El imperio del Norte desempolva los
artículos de fe del neoliberalismo, a
los cuales encomienda los saqueos de
su recuperación, una estrategia que no
abandonará por las buenas, aun a costa
de arrasar el Continente. Por eso la
contradicción se torna antagónica e
inevitable. Y se equivocan los ilusos
o los timoratos cuando atribuyen los
gravísimos quebrantos de nuestra
nación a otras causas aleatorias,
mientras se agazapan tras paliativos
engañosos con la inconfesable
intención de capitular ante los
enemigos de la patria. ¿No tiende
acaso la tan zarandeada apertura hacia
la plena colonización económica de
Latinoamérica? ¿No nos vaticina daños
sin cuento, como las quiebras en la
incipiente producción; la subasta de
los bienes públicos; el apoderamiento
de recursos, servicios y plantas
fabriles por parte de los monopolios
extranjeros; la supresión de las
reivindicaciones laborales; los
despidos sin tasa ni medida en los
sectores público y privado; el
endémico y doloroso espectáculo de las
bautizadas ocupaciones informales; el
establecimiento de las tenebrosas
maquilas; la dolarización de la
economía; la eliminación de aranceles
junto a la consiguiente alza de los
impuestos indirectos, antitécnicos y
regresivos, y, en fin, la ruina, con
su rostro macabro?
Si los colombianos anhelan preservar
los suyo, sus carreteras, puertos,
plantaciones, hatos, pozos petroleros,
minas, factorías, medios de
comunicación y de transporte, firmas
constructoras y de ingeniería, todo
cuanto han cimentado generación tras
generación; y si, en procura de un
brillante porvenir, simultáneamente
aspiran a ejercer el control soberano
sobre su economía, han de darle
mayores proyecciones a la resistencia
iniciada contra las nuevas modalidades
del vandalismo de la metrópoli
americana, empezando por cohesionar a
la ciudadanía entera, o al menos a sus
contingentes mayoritarios y decisorios
que protestan con denuedo pero en
forma todavía dispersa. Entrelazar las
querellas de los gremios productivos,
de los sindicatos obreros, de las
masas campesinas, de las comunidades
indígenas, de las agrupaciones de
intelectuales, estudiantes y artistas,
sin excluir al clero consecuente ni a
los estamentos patrióticos de las
Fuerzas Armadas, de manera que,
gracias a la unión, los pleitos
desarticulados converjan en un gran
pleito nacional.
II
No transijamos con
ninguna de las disposiciones lesivas
al bienestar supremo de Colombia.
Rechacemos en los diversos foros la
grosera interferencia de Washington,
cuyo Departamento de Comercio nos
tilda de "proteccionistas", cuando a
nuestra marioneta la obsesionan los
caprichos del librecambio requerido
por el Fondo Monetario Internacional.
Salgámosle al paso a cada
intimidación, como la proferida por el
Procurador de la justicia estadinense,
quien notificó que su gobierno
secuestrará en el exterior a cualquier
sospechoso, un típico desmán
imperialista, recién ensayado en
tierras panameñas, y con el cual se
apuntala el dominio no únicamente
militar sino económico. Tomemos nota
también del plan del Departamento de
Defensa yanqui, cuyo resumen fuera
publicado por The New York Times, y
dentro del cual se subraya cómo
Estados Unidos debe "prevenir
cualquier desafío que emerja de Europa
Occidental, Asia (en particular Japón)
o de las repúblicas de la extinta
Unión Soviética", es decir, volver a
la hegemonía total, erigirse de nuevo
en el único árbitro nuclear del mundo,
valiéndose para ello del intempestivo
desenlace de la llamada Guerra Fría e
importándole un bledo los desamores de
los aliados de ayer.
Escuchemos la voz de El Espinal, desde
donde los empresarios del campo
denunciaron la crisis sin precedentes
de la agroindustria, "un cuadro que
puede derivar en movimientos
unificados de imprevisibles
consecuencias", según advirtieron.
Allí, en concreto, se propuso por
algunos sacar a las vías, en vez de
las cacerolas venezolanas, los
equipos, maquinarias y automotores
para exigir un cambio en la pérfida
actitud del régimen. Lo mismo que
hicieran a principio del año los
algodoneros del Cesar, quienes
bloquearon con sus tractores y
vehículos la transitada arteria entre
Bosconia y Codazzi, tras el
incumplimiento de las promesas
gubernamentales.
Hagámonos eco de la inconformidad de
los cafeteros que, desde los ricos
hasta los pobres, ven con sorpresa e
ira los propósitos de la panda
gavirista de los Andes, pues se hallan
en peligro los haberes de la
Federación, comenzando por el banco de
sus transacciones, transfigurado en
sociedad mixta conforme al decreto
1748 de mediados de 1991. Se trata de
un "irrespeto y una burla", según la
enardecida polémica de los caldenses.
Resulta obvio que sin aquellos
instrumentos o instalaciones,
levantados piedra a piedra, durante
lustros, dentro y fuera de nuestros
linderos, no podría Colombia influir
en la comercialización del grano ni
negociar con medios eficaces un nuevo
pacto mundial del café en Londres.
Seamos solidarios con la mediana y
pequeña industria, en especial con las
declaraciones de los dirigentes de
Acopi, mediante las cuales aquellos
vastos sectores, uno de los más
golpeados y dispuestos a no asumir una
posición "acrítica y pasiva",
coadyuvan, deliberada o
indeliberadamente, a exacerbar los
ánimos de la sufrida población.
Recojamos, en cuanto rezuman validez,
los múltiples pronunciamientos del
prepotente gremio de la ANDI acerca
del irregular manejo monetario y
tributario, la escasez de crédito y
estímulos, la competencia desleal
foránea, los malos convenios
internacionales y el resto de
desatinos de la administración. Así
esos estratos altos crean en las
supuestas bondades de determinadas
medidas del modelo neoliberal, como el
flujo franco de las inversiones
imperialistas, la privatización de las
empresas del Estado o el retroceso en
las relaciones obrero- patronales, sus
reclamos también caen y caben en la
retorta de la resistencia colectiva.
Hasta las asociaciones financieras,
los pulpos de la construcción y el
gran comercio se quejan y temen. Este
último, no obstante haber aplaudido a
rabiar la baja o la eliminación de
aranceles, la libertad de
importaciones y las demás gabelas que
le favorecen de la Iniciativa para las
Américas, esbozada por George Bush,
acabó haciendo una oposición acérrima
contra las secuelas o puntos a su
juicio adversos de dicho proyecto
aperturista, particularmente la
proliferación y el acrecentamiento del
IVA, por los que clama el ministro de
Hacienda, y el consabido descenso de
las ventas. Fenalco les sugirió a los
afiliados colocar en sus almacenes y
en sus casas "cintas verdes", a manera
de "símbolo de descontento". ¡Quién lo
creyera!
En esta dramática contienda la
burguesía personificará siempre al
elemento vacilante; pero el
proletariado, por esencia, no. A él le
corresponde entonces la orientación y
animación del movimiento.
III
El circulo gobernante
es débil, no solamente por sus
felonías, engaños, chamboneos,
chanchullos, ineptitudes,
deshonestidades, sino porque desde
antes de su posesión ha estado fletado
por Washington para festinar a
Colombia y servir lacayunamente a los
sórdidos fines del imperio.
Sus imberbes integrantes alardean de
inmaculados, mas las gentes supieron
ya que se roban un hueco, uno de los
frutos positivos del encarcelamiento
del alcalde de Bogotá, incurso en el
delito de "peculado por apropiación
indebida", y de cuya sospecha no se
eximen concejales, funcionarios y
asesores.
En aras de la austeridad recortan la
nómina de los servidores públicos, y
el presidente emprende continuos y
hasta inútiles viajes a otras
latitudes con numerosas comitivas;
ejercita el buceo bajo las cálidas
aguas de la Costa Atlántica en
compañía de los Ganimedes de Palacio;
arma rumbas estrepitosas en la Ciudad
Heroica en donde deleita a los áulicos
bailando o cantando bellas canciones
como Caribe Soy; monta con ayuda de
las transgresoras autoridades
bogotanas monumentales espectáculos
rockanroleros en el estadio de El
Campín...
Exaltan los derechos de los niños
mientras a sus padres los arrojan de
los puestos de trabajo; o el director
de Bienestar Familiar socava los
principios morales de los colombianos,
al argüir que "el homosexualismo no
debe ser impedimento para poder
adoptar", o el ministerio de Salud
permite impudicias semejantes con la
disculpa de prevenir el Sida.
Siguen ufanándose de demócratas
aunque, desconociendo hasta la propia
palabra empeñada, hubieran revocado el
anterior Congreso; aplicado la
"emergencia social" durante un día
para suspenderles atribuciones a los
actuales parlamentarios, y sustituido
las reglas establecidas por la
conveniencia de los "acuerdos
políticos", sin pararse en pelillos
normativos ni en la cacareada igualdad
de las personas ante la Ley. Cabe
traer a la memoria cómo López
Michelsen, uno de los jefes del
liberalismo que ha secundado toda la
patraña, llamaba la atención hacia
finales de su "mandato claro" sobre el
riesgo de hundir el andamiaje
institucional si se alteran "las
reglas del juego".
Pese a mostrarse interesados en la
efeméride del Quinto Centenario del
Descubrimiento, remueven de la
dirección del comité preparatorio al
maestro Germán Arciniegas, y en su
lugar, merced a la misma decisión, se
apoltrona allí la mujer de Gaviria,
recibiendo de ese modo un ultraje
inaudito la inteligencia y la cultura
del país.
A todo mundo le piden eficiencia, pero
marchamos sin correctivos válidos
hacia las tinieblas bíblicas de antes
de la creación, debido al colapso
energético, no por culpa de las
diabluras de Dios, sino de los
cohechos, imprevisiones y torpezas
propios de la arrogante burocracia
encargada de los respectivos
suministros, siendo que gozamos de las
cuencas de tres cordilleras enormes, y
el aprovisionamiento eléctrico absorbe
más del 35% de la onerosa deuda
externa. Además, el apremio le
proporciona a la cleptocracia la
excusa perfecta para privatizar las
operaciones del ramo, apropiarse de
los activos de éste y luego transarlos
a título de pago de los empréstitos en
mora de cubrirse.
Quiebran la producción o la enajenan
escondiéndose tras el sofisma de
atender las urgentes necesidades
sociales. E insisten, por más que la
experiencia de siglos enseñe que sin
desarrollo industrial, y autónomo, no
habrá nunca una mayor riqueza, y mucho
menos para repartir.
A las muchedumbres desocupadas las
consuelan pintándoles el paraíso de
las actividades informales, como si
recogiendo basuras, lavando botellas,
fritando empanadas, ofreciendo
baratijas en casetas callejeras o
vendiendo limones por las esquinas,
logre alguien contribuir al
crecimiento material de la patria u
observar los compromisos familiares.
Enumerar la lista completa de los
embustes y embelecos sería una labor
interminable.
IV
Por otro lado,
señalaremos lo que no pocos ignoran:
el desprestigio del gobierno cunde
parejo con la vertiginosa propagación
de la crisis más profunda de la
historia de Colombia. En escasos
meses, desde las postrimerías de 1991
a esta parte, se han presentado
alteraciones de innegable
trascendencia en el pugilato político,
tanto nacional como
internacionalmente. Periódicos que
alababan el neoliberalismo económico
ahora ponen en salmuera aspectos
esenciales de éste. Parlamentarios
elegidos bajo las banderas de la nueva
ola saltan afanosos en defensa de sus
fueros conculcados, o se rehúsan de
frente a aprobar algunas iniciativas
de los conculcadores. Comentaristas de
oficio de la panda mudan de opinión y
uno que otro ha llegado al colmo de
hacer circular peticiones de renuncia
al presidente.
En el concierto latinoamericano los
gobiernos que, en búsqueda de una
rápida imposición de la apertura, han
patrocinado enmiendas a la Carta, como
el nuestro, e inclusive los que aún no
lo han hecho, pisotean sus
constituciones y no alcanzan a evitar
que los minen los progresivos
encontronazos entre sus pretensiones y
las de sus cámaras legislativas. Menem
le usurpa potestades al Congreso,
Pérez lo sitia, Fujimori lo clausura,
Borja lo reprende, Gaviria le decreta
la emergencia... A Color de Mello, que
mira impotente cuánto decaen sus
acciones, el reformismo tampoco le ha
ayudado a conjurar la postración de
Brasil. Algo parecido acontece con las
restantes repúblicas del hemisferio.
La integración latinoamericana
principia a resquebrajarse, en un
lapso menor de lo esperado. Ante la
agresividad imperialista los regímenes
dependientes se hacen cada día más
insolidarios. ¡Sálvese quien pueda!
Antes de concluir enero de 1992 los
mandatarios de Venezuela y Colombia
firmaron la unión aduanera; y, menos
de una semana después, con el intento
de golpe de Estado en el hermano país,
Carlos Andrés Pérez quedó atado de
pies y manos, sin posibilidades de
maniobra para cumplir lo convenido,
perjudicando naturalmente a la
contraparte, su socio colombiano. Este
ejemplo habla por sí solo de cuán
deleznables lucen los mezquinos
entendimientos de las oligarquías
vendepatria. Lo único duradero y
necesario será la identidad de miras e
intereses de las naciones expoliadas.
V
Las desavenencias
entre los órganos legislativos y
ejecutivos de la zona, o de los
Estados entre sí, significan apenas
una causa, pero una causa
internacional del caos hacia donde
rueda fatalmente la administración
Gaviria. Hay otras no menos dignas de
tomarse en serio.
La corrupción se explaya en las
cumbres del Poder, dando al traste con
las hipócritas campañas de
moralización, las ingenuas esperanzas
sobre la "nueva Colombia" o el
"bienvenido al futuro" y, de pasada,
con la credibilidad en los designios
de los neófitos gobernantes.
Los cortes de luz han llegado a
límites intolerables, desesperando a
los habitantes de urbes y poblados.
Luego de los incontables percances
ocasionados por los reordenamientos
más restrictivos, retardatarios y
antinacionales de que tengamos
noticia, los racionamientos
energéticos le propinan el golpe de
gracia a la producción agrícola e
industrial.
Ningún fenómeno retrata mejor la
vacuidad de Gaviria que el manejo
complaciente y equívoco otorgado a la
pacificación, cuyos diálogos ni
adelantan ni concluyen. En la ronda
inicial, llevada a efecto en
territorio venezolano, se adoptó
cualquier suerte de temas, económicos,
políticos, filosóficos y bélicos,
dejándose en el aire justamente uno,
el que preocupa a las distintas clases
y capas: la cesación del terrorismo,
el desarme, el reintegro de los
alzados a la vida civil. Pero no. Esas
partidas de insurrectos errantes
persisten en el truco de concertarlo
todo para no atenerse a nada si se
altera algo. Lo cual viene ocurriendo
desde los primeros contactos en el
período de Turbay. Entre tanto el país
contempla atónito cómo se secuestra a
granel, se mata a seres inocentes y se
destruye con saña la infraestructura
de las áreas productivas.
Los repetidos atentados contra la
clase obrera, con su sartal de
nefastas repercusiones en el
sindicalismo, el empleo, el consumo,
el desarrollo, etc., fuera de nublar
los oscurecidos asuntos de incumbencia
común y estremecer la solera de la
sociedad, a la larga terminarán
sacando de sus goznes a la vetusta
república.
La reforma tributaria se ha ganado el
repudio general. Muchos de sus acerbos
críticos la encuentran, además de
injustificada, demostrativa del
despilfarro del Ejecutivo, que no
amolda sus gastos a su labia, sobre
todo tras los gravosos ajustes de la
Ley 44 de diciembre de 1990. "¡No
huele!", rezongaba el emperador
Vespasiano al percatarse de que no
aparecía el dinero del gravamen a los
urinarios públicos. Salvando las
distancias, hoy entre nosotros
acontece lo mismo, que los recaudos de
los múltiples impuestos indirectos
desaparecen antes de cumplir los
objetivos para los cuales fueron
arbitrados. Pero así como la gran
burguesía sueña financiar los placeres
de la apertura con el hambre de las
masas, éstas le quitarán a la vez el
apetito, cobrándole igualmente caro
cada una de las arbitrariedades
perpetradas.
Las cuestiones referidas atrás
compendian seis de los factores que
más inciden en la anárquica situación
de la hora. Los focos de tensión
abundan, los bandos en conflicto se
exasperan, sobran los indicios de que
a la plena neocolonización económica
de América Latina se le dará curso
forzoso, por encima del querer y el
sentir de las abrumadoras mayorías,
con o sin Constitución, cuando no hace
ni un mes el director del Fondo
Monetario Internacional destacaba "que
no es un accidente que el progreso
económico logrado por la región haya
coincidido con su avance democrático".
Veremos quién prevalecerá, si Gaviria
con su cantinela o el pueblo con sus
proclamas. A la granizada gringa
responderemos con una tormenta
tropical.
Movimiento Obrero
Independiente y Revolucionario MOIR
Comité Ejecutivo Central
Francisco Mosquera
Secretario General
EN
RESPALDO A GERMÁN ARCINIEGAS
Octubre 1º de 1982
Publicado en El Tiempo el 11 de
octubre de 1992, para conmemorar el
Quinto Centenario del Descubrimiento
de América.
Señor Doctor
Germán Arciniegas
E. S.M.
Apreciado maestro:
Pocas mentes como la suya han hecho
tan portentosos esfuerzos para
esclarecer y cimentar los valores
nacionales, y ningún otro colombiano
ha vinculado de tal modo su nombre y
su obra a la fecha mágica del 12 de
Octubre. Por ello, nadie admitió que
el gobierno, sin motivo confesable,
por decreto del 21 de noviembre de
1990, le quitara a usted la
responsabilidad de conducir la
Comisión Colombiana para la
Conmemoración del V Centenario del
Descubrimiento de América, poniendo en
cambio a la señora Ana Milena de
Gaviria. De inmediato se conocieron
las manifestaciones de inconformidad
de Carlos Lleras Restrepo, Otto
Morales Benítez, Hernando Santos,
Germán Espinosa y otros. Tampoco se
hicieron esperar las renuncias
irrevocables, al comité preparatorio,
de Pilar Moreno de Angel y de Ramón de
Zubiría.
La ofensa inferida al país en su
persona no careció de causa bastante.
Desde antes de la publicación de El
estudiante de la mesa redonda, en
1932, y después de El Embajador,
editado en 1990, usted ha escrito,
fuera de miles de artículos, discursos
y conferencias, casi un libro por año,
para el gozo de sus incontables
seguidores. Todo tras una sola
respuesta, "¿Qué es América?". "El
único continente con fecha de
nacimiento", pues "no la tienen
Europa, ni Asia, ni África".
Un par de esas ideas bullen en sus
exposiciones. Que las tierras nuestras
eran el único escape de los seres
zaheridos de entonces, al otro lado
del océano; y que aquí hicieron su
magistral actuación las muchedumbres y
los sentimientos más diversos. En
1946, por ejemplo, al inaugurar la
placa conmemorativa de Antonio Morales
ante la casa del florero, usted señaló
cómo "el grito de independencia lo
daban en realidad los españoles cada
vez que se embarcaban para América en
las naves de la conquista. Y ese grito
fue ahondándose por los aires de estas
montañas, y se confundieron en él las
tres voces de las gentes de tres
colores que reunió este hemisferio
para dar cumplimiento al destino de la
libertad". Luego habló del "Continente
de siete colores". Y, en Nueva York, a
comienzos del invierno de 1989, con
ocasión de recibir el premio que le
otorgara The Americas Foundation,
ratificó, por enésima vez, que la
efeméride a la cual arribaríamos a la
sazón dentro de tres años, era el más
glorioso de los festejos:
El de "La liberación de los
peregrinos. De los que siguieron
emigrando en cinco siglos. La fiesta
de nuestros Padres fugitivos. La de
Europa emancipada, que es la de
ustedes y es la mía. La de la libertad
antevista por Platón.
Fiesta de todas las naciones. De
españoles, italianos, portugueses,
ingleses, escandinavos, polacos,
irlandeses... Aquí, en las Américas.
Ya no puede decirse sino así, en
plural, donde hay que ser anchos y
generosos para gentes de toda nación,
color o secta."
Pero muy en contra pensaban los
girasoles recién llegados al Poder. En
lugar de imprimirle un sentido
histórico, global, a la celebración,
la encasillaron en el reducido ámbito
de las relaciones
ibérico-latino-americanas. Un enfoque
por demás paradójico. Mientras que a
materias teóricas de semejantes
incidencias universales se las aborda
con miopía infinita, excluyéndose a
los pueblos de lenguas no hispanas o
portuguesas, también artífices de
primera fila en las aventuras de la
Conquista y de los progresos
posteriores, al contrario, frente a
los peligros de la Iniciativa para las
Américas, liderada por Washington, y
que implica la plena colonización
económica de las gentes pobres, se
asume una posición amplia, liberaloide
y obsequiosa. Quizás consideren que
España resulta un buen camino para
llegar al Norte; o que no se agravia a
los estadinenses si con otros
expedientes se les satisfacen sus
apetitos expoliadores.
Con el marginamiento suyo de los
eventos oficiales de la conmemoración,
el Primer Magistrado colombiano no
sólo desconocía irrespetuosamente una
patriótica labor investigativa de más
de sesenta años, sino que actuaba cual
un súbdito más de las Serenísimas
Majestades de la Península, puesto que
aceptaba sin chistar las irritantes
demandas de Madrid, que pretende
aprovecharse de los fastos memorables
para lucir los trofeos de su añorado
Imperio Colonial Español. La impronta
de la época. Hay que transferirles las
responsabilidades a los elementos
emergentes que no les tiemble el pulso
al festinar los haberes públicos, y
cerrarle el paso a toda tendencia que
tenga algo que ver con la nación o con
su historia. Lo dijimos al hacer el
examen de la actual situación
planetaria y americana. Y estoy
persuadido de que el desaire a sus
personales empeños emana de la lógica
de tales designios.
Los periódicos del 24 de diciembre de
1990, que reprodujeron un reportaje
suyo concedido a Colprensa, en el cual
usted se reafirma en sus tesis, "así
me tuviera que quedar absolutamente
solo", divulgaron al mismo tiempo un
despacho de dicha agencia noticiosa
con la información de que Colombia
venía gestionando ante España una
ayuda, para la lucha contra el
narcotráfico, de 3.000 a 4.000
millones de dólares. Otra curiosa
coincidencia de aquellos días
consistió en que la conocida revista
española Cambio 16 designó al señor
Gaviria como el "hombre del año".
Inclusive en la última
reforma constitucional se reflejan las
rancias inclinaciones, al respecto, de
las autoridades de turno. Además de
los errores de incoherencia,
inexactitud y mala redacción, la Carta
de 1991 denomina Santa Fe a la
capital, restituyendo un apelativo que
se suponía borrado para siempre, desde
cuando los miembros del Congreso de
Angostura lo suprimieron aquel 17 de
diciembre de 1819. Fue la denominación
que terminó dándosele a la aldea de
doce bohíos de Gonzalo Jiménez de
Quesada, fundada en 1538 tras las
extenuantes jornadas de Santa Marta a
La Tora y de La Tora a los dominios
del cacique Bogotá, quien perece por
sus tesoros escondidos. Así habían
designado los Reyes Católicos a la
ciudadela en donde resguardaron sus
tropas de asalto durante el sitio de
Granada, el postrer baluarte del reino
nazarí, con cuya caída, en enero de
1492, acababan las casi ocho centurias
de Reconquista. Allí discutió y firmó
Colón con los representantes de sus
monarcas las capitulaciones que
abrirían la senda hacia el
Descubrimiento. Ese talismán de dos
palabras protegía a los
convulsionarios de Roma y de Castilla.
Simbolizaba la fe católica, el rescate
del feudalismo, la contrarreforma, el
Santo Oficio, la unidad española, la
creación del imperio. Por eso nuestros
abuelos fundadores lo regaron por
doquier, junto con el resto del
santoral. La marcha hacia atrás la
determinaron el ascenso de Carlos V y
la aparición intempestiva de un
segmento de la cara oculta de la
Tierra. Los comuneros de 1781 llevaban
el somatén de pueblo en pueblo, al
pregón de "¡Guerra!, ¡Guerra a Santa
Fe!". Y sus dignos descendientes
abolieron muchos de estos apolillados
emblemas y calificativos, para que una
minoría alucinada venga ahora a
sacarlos de entre las basuras de la
sociedad.
Otro tanto ha acontecido con la noción
económica del resguardo y con la
figura jurídica de la tutela. Dos
instituciones extraídas de los
precipicios perdidos del pasado, y que
los asambleístas del Hotel Tequendama
decidieron introducir en las normas de
la Ley Fundamental de la república.
Sin excepción alguna, a los sectores
indígenas sobrevivientes se les debe
respetar sus tradiciones y cultura;
pero algo muy distinto será sembrarlos
como plantas en las formas de
producción ya relegadas por los logros
del desarrollo. A estos estamentos no
hay que negarles su condición de
fuerza trabajadora, con todos sus
derechos y deberes, sin omitir la
propiedad privada, el comercio, la
contratación laboral, el conocimiento
científico, la salud. Las expresiones
comunales de apropiación, típicas en
los principios de la noche colonial,
se basaban en la antiquísima
organización gentilicia que hallaron
los españoles y obedecían a las
necesidades monárquicas de recoger
tributos y utilizar la mano de obra de
los naturales. El papel de protector
del indio, desempeñado por el clero,
alrededor del cual todavía se
especula, procuraba mantener intactos
los ingresos de la Corona y la
Iglesia, sofrenando, de paso, la
codicia de los encomenderos. Los
"benefactores" Bartolomé de Las Casas
y Francisco de Vitoria no se eximieron
de la misión de sostener con sus
prédicas el andamiaje colonial. Si
acaso lo matizaron. El uno sostuvo que
los primitivos se convirtieron por
derecho natural y divino solo en
vasallos directos y “libres" del trono
hispánico; el otro elaboró toda una
enmarañada doctrina para sustentar
cuándo tal sometimiento se podría
efectuar a "justo título", dentro del
derecho de gentes. El patronato
eclesiástico sobre las Islas Canarias
y la violenta sujeción de los vástagos
de la raza Cro-Magnon que las
habitaban, configuraron un pequeño
grande ensayo hacia fines del siglo XV
para las masacres posteriores de los
amerindios.
Tras la imposición de dicho orden
jerarquizado y artificial, los
religiosos proclamaban que los
aborígenes eran menores de edad,
incapaces absolutos que habrían de ser
sometidos a la tutela o al amparo de
los preceptores establecidos. El
edificio feudal se erigió sobre los
cimientos precolombinos, al igual que
Hernán Cortés dispuso construir la
ciudad de México en los escombros de
la Tenochtitlán de los aztecas; o como
los prelados del Perú levantaron en
Cuzco sus conventos y catedrales
encima de los imponentes templos del
sol, hechos por los Incas. Semejante
mezcla nació herida de muerte. Lejos
de conservar la situación instaurada,
agilizó el paulatino proceso de
descomposición de las obsoletas
regulaciones europeas y de las
seculares costumbres americanas.
Anhelarlas o adecuarlas a las
realidades de hoy representa un
anacronismo incalificable. Colocar a
la población entera bajo un tutelaje
indiscriminado minimiza el precepto
escrito, enreda la justicia y favorece
a los monopolios, que ya han empezado
a valerse de este artilugio para
rematar sus ambiciosos propósitos.
Asuntos de fondo y de peso están en
juego. Cada vez un mayor número de
opiniones del Continente expresan, en
relación con la polémica, sus
simpatías hacia la actitud suya,
maestro. Hasta el pueblo raso ha ido
comprendiendo qué relevar o no en la
trascendental coyuntura.
Nada entenderíamos si los anales
americanos quedaran circunscritos a
las hazañas de los descubridores,
conquistadores y colonizadores; si
permanecieran sepultos los aportes de
más de la mitad de los protagonistas;
si siguieran desfiguradas las
decisivas influencias del Nuevo Mundo
en el Viejo; si cayera un manto de
silencio sobre las batallas por la
libertad, pretéritas y presentes, en
estas latitudes. Aunque el
Descubrimiento se deba a los adelantos
de aquel período, parta de la
hipótesis de la redondez de la Tierra,
corresponda a la pericia y a la
tenacidad de Colón e ilumine la Era
Moderna, lleva el timbre, si se me
permite la licencia, de las
fascinantes realizaciones del
Renacimiento: que sus autores se
planteaban los problemas, definían los
objetivos y los coronaban, pero sin
dominar a ciencia cierta el motivo y
las repercusiones de sus triunfos, ni
los basamentos esenciales en que se
sustentan. La llegada un tanto
fortuita de las primeras carabelas a
nuestras costas de cualquier modo fue
una salida a las urgencias de la
Europa del siglo XV, en especial la de
romper el cerco en que la habían
situado la toma de Constantinopla por
los turcos otomanos, que bloqueó sus
rutas comerciales hacia el Oriente, y
el hecho de que los combatientes del
Islam constituían de suyo una barrera
infranqueable en el Norte del África.
De ahí que exclusivamente restara
buscar el "Levante por el Poniente",
según la conocida y certera intuición
del genovés. Sin embargo, al intentar
comprobarla, se le atravesó otro
mundo, inmenso, distinto al
anhelado... y no lo supo nunca. Una
meta fallida que, fuera de encarnar
uno de los más notables éxitos del
Hombre, da pábulo a otros desenlaces
no menos contradictorios y
deslumbrantes.
Usted se ha preocupado por arrojar luz
sobre el bautizo del gigantesco
hallazgo, una controversia
demostrativa de que en la empresa de
hender el Atlántico, moverse por la
"cuarta parte" del planeta y alcanzar
el Pacífico, o sea, abrir los
horizontes del cosmos de Copérnico y
Galileo, colaboraron durante los
siglos XV, XVI y XVII, navegantes,
razas y países distintos. No se
propuso el patronímico de Colombia, ni
nada parecido, debido a que el
Almirante insistiera hasta el final,
por el apego a viejas creencias, por
las equivocaciones de cálculo y por
los compromisos contraídos con los
reyes, que había puesto pie en Catay,
o las Indias, cual llamaban los
europeos a Oriente. Al menos veía
obsesivamente en cada isla al Japón, o
Cipango, desde el momento mismo en que
desembarcó en Guanahaní. El homenaje
se lo reservaron los monjes ilustrados
de la abadía francesa de Saint Die a
Amerigo Vespucci, por intermedio del
cartógrafo y geógrafo alemán Martín
Waldseemuller, quien leyó las
relaciones de los viajes de aquél a
las regiones de ultramar. El
florentino sostenía que cuanto vio no
era Asia sino "otra cosa". ¡Tratábase
de América! ¡La verdadera noticia! ¡Un
descubrimiento del Descubrimiento! Del
cual tampoco se percató Fernando de
Magallanes, a pesar de atisbarlo
entero desde sus navíos, cuya
tripulación cumplió después,
completamente diezmada, sin su
capitán, la proeza de la primera
vuelta al globo; y, aunque, en
compensación les facilitara su
apellido al turbulento estrecho
austral de los pobladores de la Tierra
del Fuego y a las constelaciones más
cercanas a la Vía Láctea que se
distinguen desde esas lejanías. Mas se
había producido el reencuentro con la
Atlántida soñada de Platón, que usted
menciona como una alegórica referencia
a los vínculos inextinguibles entre
las culturas.
Al fin se dieron cita los continentes,
cointegrantes de la ignota Pangea,
cuya desmembración, iniciada hace cien
millones de años, generó el Mar Océano
de Colón para concedemos a la larga el
privilegio de los debates del Quinto
Centenario. Un desfile infinito de
audacias, complejidades e
incongruencias que, no obstante, han
mantenido en lo sustancial una ilación
permanente y suscitado el más
maravilloso desafío a la historia y al
pensamiento, en todos los campos: la
astronomía, la geología, la
antropología, la teoría de la
evolución de las especies y el resto
de las ciencias naturales y sociales.
"Muestrario" que usted eslabona
durante una existencia de fructíferos
afanes, sin pretender agotarlo, o
llegar "a la proyección de todas sus
consecuencias".
Partiendo de las hondas implicaciones
que la leyenda cumplida a sangre y
fuego de El Dorado y el despojo de la
masa indígena tuvieron en la
acumulación originaria del capital. De
los crímenes cometidos por los
heraldos de Cristo y del Rey, nos
cuentan, en espeluznantes narraciones,
multitud de cronistas y testigos
presenciales. Marx, en su obra cumbre,
los destaca entre los factores que
engendraron la naciente sociedad del
siglo XVI: "El descubrimiento de los
yacimientos de oro y plata de América,
la cruzada de exterminio,
esclavización y sepultamiento en las
minas de la población aborigen, el
comienzo de la conquista y el saqueo
de las Indias Orientales, la
conversión del continente africano en
cazadero de esclavos negros: son todos
hechos que señalan los albores de la
era de producción capitalista." A
través de las guerras, los
empréstitos, las falencias
productivas, el entrabamiento
comercial, dicha acumulación pasa de
España y Portugal a Holanda, Francia e
Inglaterra. Pero es en este último
país donde ofrece su mejor cosecha en
las postrimerías del siglo XVII, tras
el refinamiento del sistema colonial,
tributario, proteccionista y de deuda
pública.
De nada les valieron, pues, las
fabulosas riquezas a los españoles; no
lograron escapar pronto del feudalismo
ni responder al reto planteado por las
naciones que se iban a la delantera.
Medió una particularidad muy
extraordinaria. En las partes de
América en donde aquéllos se
aposentaron, los indígenas, en una
buena proporción, eran sedentarios,
practicaban la agricultura, conocían
diversas técnicas artesanales,
descollaban en la arquitectura, la
escultórica o la orfebrería, tenían
una metalurgia incipiente y, en suma,
estaban aproximándose a la
civilización. Los encomenderos y demás
súbditos de la Corona encontraron
"siervos" disponibles, sobre cuyo
lomo, o el de sus sucesores,
cabalgaron durante tres siglos.
Una cosa muy diferente aconteció en el
Norte. Allá, en ese otro "refugio de
los perseguidos", echaron raíces
gentes de condición distinta, con un
concepto social altamente avanzado
para el momento histórico; en su
mayoría calvinistas, puritanos,
representantes de la reforma
protestante y del combate contra la
escolástica y el oscurantismo, una de
las grandes rebeliones de los
burgueses contra los señores. Las
otras dos radicaron en el Renacimiento
y la Ilustración. Aquellos emigrantes
casi no contaron con fuerza de trabajo
explotable. Los nativos que les
proporcionó la providencia por lo
general no habían superado, a la
inversa de lo que ocurría en el Sur,
el salvajismo o los estadios bastante
iniciales de la barbarie, conforme a
las divisiones y subdivisiones
obtenidas por Lewis H. Morgan, después
de su convivencia de decenios con
tribus norteamericanas, especialmente
los iroqueses. Análisis que despejaron
incógnitas antes no descifradas, de la
historia antigua de Grecia, Roma y
Alemania.
A los colonizadores ingleses les tocó
entonces abatir los montes, domeñar
las tierras y ganarse el pan con el
sudor de la frente. A falta de
asalariados, la esclavitud del negro
se fue convirtiendo en una solera sin
la cual Estados Unidos no hubiese
abrazado el capitalismo, ni llegado a
ser, con el tiempo, un país poderoso.
La Declaración de Independencia, en
1776, que tanto eco tuvo en los
acontecimientos revolucionarios
posteriores de Europa y de las
naciones latinoamericanas, configura
la culminación de lo dicho, cuyos
rasgos preliminares aparecían ya con
nitidez en una que otra carta real de
las compañías comerciales encargadas
del transporte de los europeos
expatriados, o en los pactos que a
veces éstos firmaban en los mismos
buques, y por los cuales se
comprometían a ejercer modalidades
autónomas de organización,
comprendidas las estipulaciones de
elegir sus funcionarios, escoger sus
jueces y promulgar sus leyes.
Desde muy temprano se esparcieron en
el hemisferio septentrional los
vilanos de la democracia, en contraste
con cuanto aconteció en las colonias
españolas, francesas o portuguesas.
También recurrieron al escalpo, desde
luego, pero no mezclaron su sangre con
la de los pobladores de su Atlántida,
ni calcaron las instituciones de la
vieja Europa.
Todo esto lo expongo con cierto temor
reverencial, pero no percibo otras
diferencias mejores que las explicadas
para resaltar el auténtico y decisivo
papel de los coterráneos de George
Washington, Abraham Linco1n y James
Monroe, a propósito de la celebración
del Quinto Centenario, y poner énfasis
en las disparidades históricas y en
los desequilibrios presentes de las
dos Américas, que parten de una
insalvable contradicción heredada: el
sector más progresista de Europa llegó
al lugar menos avanzado del nuevo
continente y, viceversa, el poder más
reaccionario, a las culturas
precolombinas menos atrasadas. Las
críticas del MOIR frente a las
actuales pretensiones neocolonizadoras
del imperio del Norte, a las que
arriba hice referencia, no nos
impiden, ateniéndonos a la
autenticidad del discurrir histórico,
reconocer e incluso nutrirnos, de las
útiles lecciones de la experiencia
estadinense.
Pese a todo, los vientos fueron
propicios. Llevaron a Darwin a
Galápagos; robaron el rayo para
Franklin; pavimentaron por Ford las
avenidas; les entregaron las alas de
Pegaso a los hermanos Wright;
impelieron a Lindbergh por los aires a
través del Atlántico; revelaron a
Watson y a Crick la doble hélice de la
genética; depositaron a Neil
Arinstrong sobre la superficie de la
luna; inspiraron a los Watson, padre e
hijo, en el perfeccionamiento de las
computadoras; indujeron a Edison hacia
la creación de la lámpara maravillosa;
les dieron asilo a Einstein y von
Braun; acogieron a Chaplin y a
Cantinflas; admiraron a Rivera,
Siqueiros, Orozco y Arenas Betancur;
leyeron a John Steinbeck, Ricardo
Palma, García Márquez ... ; auparon a
Mutis y Caldas en sus inquietudes
científicas; promovieron el "pacto del
ajiaco"; siguieron a Bolívar,
Santander, San Martín.... y rodearon a
Germán Arciniegas.
Probablemente infinidad de marineros
sentaron sus reales aquí, antes o
después de la presencia de Erico el
Rojo, pero le correspondió a Cristóbal
Colón, de verdad, el Descubrimiento y
extender el panorama mundial.
Maestro Arciniegas:
El 12 de Octubre no debe ser una fecha
límite. Los quinientos años bien valen
la pena para "hacer una historia de
América vista desde abajo". Le
propongo que hagamos un pastel
gigantesco, hecho de nuestra propia
masa, y lo pongamos en San Andrés con
el objeto de que quinientas vírgenes
apaguen sus velas.
Atentamente,
Francisco Mosquera
Secretario General del MOIR
HAGAMOS
DEL DEBATE UN CURSILLO QUE EDUQUE
A LAS MASAS
Noviembre 25 de 1993
Discurso pronunciado en el Salón
Fundadores del Hotel Bacatá el 25 de
noviembre de 1993 con motivo del
lanzamiento de la candidatura al
senado de Jorge Santos.
Queridos compañeros:
Tras dos decenios de echar mano de las
modalidades del sufragio, estamos al
principio de la campaña electoral, la
segunda que emprendemos luego de
haberse sustituido la vieja Carta de
1886 por otra mucho más arrevesada.
Siempre, o casi siempre, concurrimos a
los comicios en compañía de diversos
aliados, apisonando los cimientos del
frente único y esparciendo las ideas
revolucionarias. Mientras en cada
departamento iremos a la contienda por
la Cámara, en todo el país
conformaremos una lista única para el
Senado, convertido ahora en
circunscripción nacional. En procura
de los correspondientes objetivos
concertamos, alrededor de unas pautas
programáticas mínimas, la mutua
colaboración con el bloque Democrático
Regional que nació del compromiso
entre varias fuerzas con vínculos
populares en la ribera del Magdalena
Medio. Unidad que, por sus preludios o
proyecciones, ofrece tema abundante de
análisis. Pero como el debate actual
entraña características muy señaladas,
un tanto diferentes de las conocidas
en etapas anteriores, deseo esta noche
referirme a ellas, aun cuando tenga
que limitarme a un apretado resumen.
Con el advenimiento del cesarismo del
revolcón, Colombia concluyó sumida en
las tinieblas de la incertidumbre.
Nadie sabe a qué atenerse; cualquier
disposición, por dañina que fuere, no
asegura nada, ni siquiera su
continuidad. La norma es la falta de
normas. Los industriales, los
agricultores, los comerciantes y hasta
los contribuyentes denuncian que poco
les vale acatar o disentir, pues más
se demoran en someter con humildad sus
actividades a los dictámenes de las
élites burocráticas que en verlas
interferidas de nuevo por los cambios
de criterio de éstas; la mejor forma
de endurecer la dictadura burguesa de
los vendepatria.
En el terreno de las elecciones dichos
métodos han significado la supresión
en la realidad de los escasos visos
democráticos, sobre los que tanto
parlotean las minorías
gubernamentales. Reglamentan los
procedimientos conforme a las
conveniencias del día; transfieren a
los organismos subalternos la toma de
decisiones de fondo, y mantienen en
reserva los recursos legales o no que
les sirvan para doblegar oportunamente
a los adversarios de peligro. El
reconocimiento de los partidos se ha
trocado, bajo su arbitrio, en un
artilugio de selección entre
admisibles e inadmisibles, que les
permite definir quiénes merecen
disfrutar hacia la medianoche de los
diez minutitos de consolación
televisiva, en qué lugar ubicarlos en
el tarjetón o cuántas mercedes deben
otorgárseles. Son ardides, arterías,
minucias; sin embargo, de tales
trapisondas depende, de un momento a
otro, la suerte en las urnas de los
movimientos, en especial de las
vertientes opositoras. Al MOIR se le
suspendió la personería jurídica,
luego de haberse jugado con esto
durante meses de definiciones claves
para el régimen. A una agrupación se
le suprime la carta de ciudadanía si
no llega al Congreso o no obtiene un
determinado número de votos. También
la rifa si hace uso de la elemental
licencia de declarar la abstención por
razones tácticas. La apelación para
recuperarla consiste en recoger 50.000
firmas que el Consejo Electoral
examina y resuelve sin más aceptarlas
o glosarlas. Otra traba a esgrimir
contra los pequeños se halla en la
caución que se exige como prenda de
las inscripciones. Según la enésima
providencia, la última, la Ley del 11
de noviembre pasado, la fijó, por
ejemplo, en aproximadamente doce
millones de pesos para el ámbito del
Senado, los cuales cancelarán aquellos
grupos que no alcancen una cantidad
relativa de sufragantes. Nos
encontramos ante impedimentos de
cicatero, oscuros, pero impedimentos
al fin y al cabo.
En los albores de la reforma
constitucional aparecieron las
prácticas amañadas que vendrían
después, ese nebuloso reino de los
"mecanismos", la interinidad de las
regulaciones, el reemplazo de las
reglas por los acuerdos pasajeros.
Respecto a la enmienda, Barco elaboró
cuatro o cinco proyectos a través de
sendos conciliábulos, llevó un texto a
las cámaras que lo aprobaron en dos
legislaturas tras largas discusiones
y, con el pretexto de haberse previsto
un referendo encaminado a dirimir el
asunto de la extradición, lo retiró
abruptamente. En otras palabras, al
parlamento le estaba vedada cualquier
iniciativa. Más tarde Gaviria,
apuntando hacia la conciliación con
los señores de la droga, la prohibió
de un plumazo por medio de sus
decretos y de su constituyente. A él
mismo lo nominaron con una simple e
inexplicable misiva de un hijo de Luis
Carlos Galán, que fuera leída en los
funerales de éste. Y los mancebos de
Palacio comenzaron a hacer de las
suyas.
En las justas del 11 de marzo de 1990
se le permitió a una comparsa de
estudiantes aleccionados, en su
mayoría pertenecientes a las
universidades más aristocráticas y
confesionales de Bogotá, depositar la
"séptima papeleta" con lo cual
principió a dársele un barniz de cosa
limpia a la Asamblea del Hotel
Tequendama. El registrador admitió que
la intentona no tenía fundamento ni
podría ser escrutada; sin embargo,
agregó, naturalmente, que la maniobra
no invalidaba los escrutinios. Los
diarios de los grandes rotativos se
encargarían de efectuar el recuento,
asignándole las cifras que se les
antojaran. Y para la confrontación
presidencial del 27 de mayo el primer
magistrado decretó la consulta sobre
el engendro que venía cocinándose. La
Corte Suprema de Justicia lo bendijo
tres días antes, el 24, sin importarle
que transgredía el artículo 218 de la
Ley de leyes y por ende la cláusula 13
del plebiscito de 1957. Resultaba
claro que el país dejaría de regirse
por los preceptos de la normatividad.
Puesto en el solio el favorito de
Virgilio Barco y expedido el decreto
1926 del 24 de agosto de 1990, las
autoridades instalarían las mesas de
votación del 9 de diciembre, en donde
se perfilaron los contornos de la
corporación propuesta, sus
componentes, sus limitaciones. Los
esquemas surgieron de las componendas
entre Gaviria, Gómez Hurtado y los
amnistiados del caserío de Santo
Domingo, un extraño maridaje en el que
éstos, los activistas del M-19, se
dedicaron a las labores de zapa y al
embellecimiento de los pérfidos
atentados contra el pueblo colombiano,
sin omitir los pasos emprendidos por
Washington hacia la plena colonización
económica de América Latina, el
objetivo primordial de las
transformaciones jurídicas del
Continente. La medida, brotada de las
despóticas competencias del estado de
sitio, como la consulta de mayo, e
igualmente refrendada por el máximo
tribunal, era de por sí un veto al
Congreso, debido a que le quitaba de
un tajo su preponderancia de enmendar
la Constitución, y un golpe aleve
contra los electores que sólo cinco
meses atrás lo habían designado con
cerca de ocho millones de sufragios. A
los parlamentarios se les obligaba a
renunciar a su investidura si
resolvían candidatizarse para la
constituyente, a tiempo que se les
tranquilizaba con la hipócrita promesa
de que su período sería respetado sin
cortapisa alguna. Y de remate, la
extraordinaria Asamblea de 1991, antes
de salir del escenario, en un postrer
desplante clausuró el órgano
legislativo, extrayendo de su seno un
"congresito" y mofándose del propio
decreto al que le debía su existencia.
De nada les valió a los padres de la
patria que hubieran sancionado cuanta
proposición les presentara el
Ejecutivo. Votaron a favor del
presidente y éste los botó. La
confabulación fue producto obviamente
de otro pacto, esta vez suscrito por
López Michelsen, quien tantas dudas
expresara acerca del fragoso proceso.
Y Gaviria quedó a la vez investido de
la potestad de invertir
discrecionalmente los trámites, o las
consabidas políticas del Estado, aun
las emanadas del círculo de sus
íntimos. Ya lo hizo con los sueldos de
militares y congresistas, los auxilios
de los cuerpos colegiados, las
inversiones foráneas, los impuestos,
etc.
Todavía nos resta trecho para seguir
explicando por plazas y recintos
tamañas irregularidades. Hagamos del
debate un cursillo que eduque a las
masas en la comprensión de los
menesteres de la lucha de clases.
En esta ocasión nuestro Partido goza
de algunas ventajas. Durante más de 25
años soportamos los embates de una
tendencia que campeó a sus anchas
dentro del movimiento popular,
compuesta de variados matices,
sostenida en todo sentido por La
Habana, cuyos propósitos y
despropósitos recibían constante
propaganda y que contaban por lo menos
con la admiración de la derecha.
Innúmeros reveses nos acarrearon sus
maquinaciones. Mas el diagnóstico
cambió sustancialmente. Aquellos que
creían a la par en el "bálsamo santo"
y en el "puño brutal de Bakunine",
cual lo proclama el Anarkos de
Valencia, se tropezaron de pronto con
una dificultad enorme tras el
hundimiento de la Unión Soviética, que
los abandonaban quienes eran el básico
sostén moral y material de la
contracorriente. El mundo había
sufrido una transformación profunda,
de esas que de vez en cuando nos
depara la historia. Tres alteraciones
sucesivas ocurrieron: primero, la
tergiversación del socialismo;
segundo, la caída del imperio ruso, y
tercero, el resurgir de la hegemonía
norteamericana. Acaecimientos llamados
a modificarle la faz al planeta y a
influir en la vida de cada persona.
Durante el entreacto del payaso Nikita
Kruschov, el Krem1in renegó del
marxismo, partiendo de la
desfiguración de la memoria de Stalin
y encarando una meticulosa operación
ideológica tendiente a resucitar a
mediano plazo el modo de producción
capitalista. Labor sin la cual sería
prácticamente imposible la
restauración. A Leonid Brezhnev le
correspondió extender el poderío
soviético por el orbe entero,
recurriendo a la violencia, al engaño
y a la intriga. Por medio de sus
títeres y ejércitos cipayos, tal cual
lo hiciera Inglaterra en su hora,
holló pueblos en Africa, Asia y
América Latina. A Afganistán la
invadió con sus propias tropas. Se
erigió en emperador zarista de los
trabajadores, un contrasentido. Y
Mijaíl Gorbachov dispuso sobre el
reordenamiento de la casa, conforme a
las necesidades de la naciente
oligarquía que reclama leyes
adecuadas, el establecimiento en regla
de la especulación y el agio, bancos,
libertad de negocios, registro
notarial de las propiedades. No lucía
lógico que los privilegiados
continuaran guardando sus caudales
bajo el colchón; que a los ricos les
estuviera impedido cruzar el
Mediterráneo en yates particulares;
que la señora Raisa no pudiese ir de
compras a los almacenes La Fayette de
París y pagar con tarjetas de crédito,
o que los amos de la sociedad no
poseyeran periódicos y galerías de
arte. En cuanto a las formas de
sojuzgación externa, también
cambiaron, dejándose de lado el
dominio directo colonial, con el
objeto de unir la tolerancia
seudodemocrática y la soberanía de
papel con el saqueo y las amenazas, o
sea el neocolonialismo. Se afrontó
entonces la empresa de aclimatar el
sistema presidencialista, el
bicameralismo y las demás refacciones
del Estado.
Pese a todo Moscú hizo mal sus
cómputos. Gastó demasiado en la
maquinaria bélica que dotara de armas
no sólo convencionales sino nucleares,
descuidando las otras ramas
productivas. Al final cayó en cuenta
de que las fábricas, en lugar de
ampliarse, envejecían; los pozos
petroleros y los oleoductos se
aherrumbraban, y las faenas
agropecuarias tendían hacia el
estancamiento. Sólo con la ayuda de
Occidente logró descender a tierra a
un astronauta sentenciado a vagar sin
remedio por los espacios siderales. Y
sobrevino el colapso.
Atronadores aplausos se oyeron por
doquier ante la actitud moscovita. Los
estadistas de las más disímiles
naciones miraron complacidos cómo la
denominada "guerra fría" había cesado
y previeron mil años de benevolencia
entre los hombres. Hasta los curitas
de parroquia predicaron que, con la
llegada del mesías de la perestroika,
la humanidad doliente descubrió por
fin la senda hacia la paz paradisíaca.
Al contrario: Gorbachov terminó
prisionero de los agentes de sus
aparatos represivos; y, con la fuga de
las repúblicas del Pacto de Varsovia
que desertaban del rebaño, junto con
la desmembración soviética y el
ascenso de Boris Yeltsin en Rusia, el
flamante presidente perdió el empleo
por física sustracción de materia. Los
Estados Unidos supieron aprovechar las
oportunidades que el azar les
brindaba. Respaldaron con furor a
ambos mandatarios. A uno cuando estaba
detenido por la soldadesca y al otro
cuando ésta vacilaba en tomarse e1
edificio del Soviet Supremo y conducir
a los diputados a la cárcel. El apoyo
lo condicionaron, por supuesto, a una
sola pero decisiva petición, que se
implantaran los cánones burgueses a lo
largo y ancho del territorio ruso,
facilitando la entrada de los
capitales extranjeros. Y los yanquis
ganaron la disputa por el control
mundial después de décadas de
confrontaciones, mientras que los
herederos de los Romanov se resignaban
a pasar de superpotencia a ser un mero
apéndice del imperialismo
norteamericano.
El clima de cierta estabilidad que
antes prevalecía a causa del
equilibrio entre los dos colosos,
empezó a enrarecerse por los avatares
de la multipolaridad. Las pugnas
comerciales que han mantenido los
monopolios de América, Europa y Japón,
e incluidos los de la misma Rusia,
salieron a flote con todas las
repercusiones de una competencia cada
día más aguda. El globo en vez de
enfriarse se calienta. Washington no
ha dudado en recurrir a la fuerza en
busca de consolidar la reconquista. En
1983 se atrevió a desalojar de la
diminuta isla de Granada, en el
Caribe, a las escuadras cubanas, un
ensayo remoto. Le seguiría Panamá, en
el 89, desde donde atalaya e infiltra
a Latinoamérica. Posteriormente Irak y
Somalia. Conminó a la disuelta
Yugoslavia, a Corea del Norte y a los
vecinos de Haití. En consecuencia, las
guerras no amainan, se diseminan.
De cualquier modo el fenómeno se
traducirá en una extensión sin
fronteras del capitalismo. En los más
apartados y escondidos parajes se
instalarán factorías semejantes entre
sí que pondrán en oferta géneros
idénticos o parecidos. La inevitable
superproducción traerá consigo la
estrechez relativa de los mercados, el
desempleo, la explosión de los
conflictos laborales a una escala
jamás conocida. Los problemas de los
pueblos continúan siendo los mismos de
ayer aunque ahora enfrenten enemigos
distintos. Las verdades de Marx y
Lenin, lejos de marchitarse, cual lo
pregona la burguesía que carece de
respuesta para los interrogantes de la
actualidad, volverán a ponerse de
moda. Parece que el socialismo, al
igual de lo acontecido al sistema
capitalista, adolecerá de tropiezos y
altibajos durante un interregno
prolongado, antes del triunfo
definitivo. Y los obreros, con sus
batallas revolucionarias, proseguirán
tejiendo el hilo ininterrumpido de la
evolución histórica.
En consonancia con los vuelcos
planetarios, a Colombia, que ha sido
desde hace más de una centuria un
algorín de los asentistas del Norte,
se le redujeron sus posibilidades, sus
márgenes, su autonomía de vuelo. En
los sesentas los planes de la Casa
Blanca para el hemisferio, la Alianza
para el Progreso, la desaparecida
Alalc, el Pacto Andino, preservaban
intactos los artificios del
desvalijamiento y, conforme a estos
términos exactos, se trataba de una
expoliación disimulada, astuta, que
nos permitía algún grado de
desarrollo, complementario a la
sustracción de las riquezas del país.
Digamos que los gringos chupaban el
néctar con ciertas consideraciones.
Pero con la apertura la extorsión se
ha tornado descarnada, cruda, sin
miramiento alguno.
Cuando el Comité Ejecutivo Central del
MOIR miraba con detenimiento y
antelación la nueva política
saqueadora, pronta a instalarse, llegó
a varias conclusiones pertinentes. El
viraje debían abocarlo con cuidado los
mandatarios. A pesar de que lo
ubicaban en los terrenos de la
cuestión económica, forzosamente
abarca un universo de preparativos y
sustentáculos que revuelcan el
discurrir de la caduca república.
Partiendo de un problema inicial: se
necesita alguien que lo enrute y
conduzca a buen puerto; un conjunto
amplio de funcionarios ilustrados,
catedráticos expertos y discípulos
maleables que sepan del asunto. La
clave estuvo en la incorporación al
ajetreo público de la panda de los
Andes, una especie de culto de las
adoratrices de la especulación. No es
raro que el presidente y su consorte
provengan de allí; que doña Ana Milena
haya montado a Colfuturo en donde,
además de correr dineros a porrillo,
hacen fila los alumnos mansos y
distinguidos que recibieron becas de
posgrado en el exterior, o que los
periódicos promocionen los estudios de
la Academia americana. El duelo
económico se decide en la arena
ideológica.
A los oficiales de las Fuerzas Armadas
también los educan o reeducan allá
porque las artes marciales representan
otro puntal imprescindible. Hay que
domesticarlos y civilizarlos,
reorientando incluso las charlas que
escuchan, pues muchos de los egresados
de esas escuelas dieron mal ejemplo,
como el general Pérez Jiménez que se
desvió hacia la dictadura, o el
general Noriega que amasó una fortuna
traficando en cocaína; y los mandos
han de comportarse bien, acatar los
derechos humanos, ser respetuosos de
las declaraciones de la Conferencia
Episcopal, no asesinar a quienes
protestan o a los que ejercitan el
terrorismo, en fin, proporcionar
sustento a la majestad de la Ley. Mas
todo debe ejecutarse sin desmedro de
los operativos encubiertos de las
unidades del Pentágono, y a ratos no
tan encubiertos. Se conoce de la
presencia de contingentes suyos en
Perú, Bolivia y otras partes. En el
departamento de Amazonas se detectó
uno de ellos. Hemos padecido asimismo
la interferencia y el bloqueo en
nuestro mar Caribe. Y la opinión se ha
enterado con alarma de que aviones
militares de transporte sobrevuelan,
con permiso o sin él, encima de
nosotros; y que en más de un lance
estuvieron a punto de colisionar con
naves repletas de pasajeros. Es decir,
que nos hostigan por aire, mar y
tierra. La agresión constituye otro
elemento adicional de la apertura, ya
que, a medida que avanza ésta, la
resistencia civil se expande cual
reguero de pólvora por el Continente.
Dentro de las adecuaciones legales que
han dotado a la gran burguesía de los
medios para escoger entre cualquier
opción, se destaca la Ley 50 de 1990,
con que se cercenan los logros
conseguidos por los asalariados en más
de tres cuartos de siglo de arduas
peleas. En síntesis, el objeto estriba
en asegurar, en un santiamén, la
disminución de las remuneraciones y la
supresión de las normas permisivas del
Código Laboral. Otra vez las normas.
Sin mano de obra barata no habrá
neoliberalismo que funcione. Como la
América Latina acusa algún desarrollo
y algunos adelantos tecnológicos que
conllevan progresos sindicales,
Colombia, pletórica de dinamita,
secuestros y laboratorios de coca,
nunca será atractiva para Wall Street,
si no entraba la industria nacional,
no arruina a los empresarios agrícolas
y no, envilece a las masas laboriosas.
Sucede igual con las expectativas que
generan los jugosos tejemanejes de las
entidades estatales, de cuya subasta
no se eximen siquiera la Caja Agraria,
el Banco Cafetero, Terpel y Ecopetrol,
Telecom, el Sena, los Seguros
Sociales, la Flota Mercante, las
electrificadoras y otras instituciones
respecto a las cuales el presidente ha
dicho que no son transables. Si el
régimen pudiera enajenar los
escritorios del Ministerio de
Educación, lo haría, como lo
efectuaron en el siglo pasado los
radicales con el Capitolio, que
"sacaron a remate"; y vendieron, "a
menos precio", el lote destinado por
Mosquera para construir el Palacio
Presidencial.
La regionalización, la maquila, el
estímulo a la microempresa, las
facilidades concedidas a las
importaciones y la integración
concertada con los gobiernos de los
países hermanos hacen parte de los
múltiples "mecanismos". Mientras se
empobrece la nación al pueblo se le
abruma con gravámenes confiscatorios.
En su misión de almojarife el señor
Gaviria no se para en pelillos. Como
aspira atender con holgura sus
carísimos cometidos y sofocar el
descontento, urge de plata, mucha
plata. Provee dos reformas tributarias
seguidas, soborna al Congreso y
miente. Quienes se hayan retrasado en
el pago de los impuestos habrán de
resarcirlos con las tasas del interés
vigente para las transacciones
mercantiles. A las gentes se les
exprime con el propósito de
reanimarlas.
En medio de tan tremendas conmociones
transcurre la liza comicial. Nuestra
participación en ella nos permite
hacerles propaganda no sólo a los
acendrados convencimientos sino a las
recientes conclusiones. De otra parte,
el arranque ha sido con entusiasmo; y
habremos de contar, como pocas veces
antes, con los invaluables aportes de
los activistas sindicales que de una
forma u otra acogen las orientaciones
partidarias, puesto que tuvimos la
buena estrella de integrar para el
Senado una lista encabezada, en cuanto
al MOIR, por Jorge Santos Núñez,
expresidente de la USO, y por Marcelo
Torres, componente del Comité
Ejecutivo Central desde hace años, hoy
de nuevo director y ejecutor de
nuestro debate. Es obvio que Marcelo,
aun cuando no fue sindicalista,
también le imprime ese sello
proletario a la fórmula que le hemos
propuesto al pueblo. ¿Acaso los
dirigentes y miembros del Partido no
somos representantes de los obreros de
Colombia? Y los trabajadores de las
tierras de Colón y Magallanes se
hermanarán inexorablemente. Lo puso de
manifiesto el Tratado de Libre
Comercio, que rubricaran Estados
Unidos, Canadá y México, y ante el
cual los asalariados estadinenses
protestaron con fiereza. En presencia
de un enemigo común, lenguaje común y
lucha común. A medida que el
imperialismo alarga sus tentáculos se
debilita afuera y adentro. Su derrumbe
será inevitable; ayudémoslo a que su
desaparición sea rápida. Pese a los
obvios apremios la situación actual es
excelente. Yo les aconsejaría que no
pierdan la marea alta.
Creo que con Marcelo y Jorge al frente
de esta brega los rendimientos
políticos están garantizados.
Muchas gracias.
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