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Francisco
Mosquera
Resistencia
Civil
II
GUERRA Y PAZ
NO CONCURRIREMOS A
LA LLAMADA "COMISIÓN DE PAZ"
Septiembre 20 de 1982
Comunicado que se publicó en Tribuna
Roja No 44, de febrero de 1983.
Debido a que el régimen recién
instalado incluyó de manera inconsulta
y caprichosa el nombre de Marcelo
Torres, miembro de la dirección
central del MOIR, en una "Comisión de
Paz Asesora del Gobierno Nacional",
aclaramos públicamente que no hemos
buscado participar ni pretendemos
asistir a éste ni a ninguno de los
tantos organismos del manido pacto
social entre gobernantes y gobernados.
No nos halaga en verdad la dudosa
prerrogativa de asesorar una
administración que en mes y medio
escaso de existencia acumula sólo
pruebas de alocada demagogia para
resolver los graves e ingentes
problemas nacionales y que, de
subsistir, será una edición en rústica
de los antiguos mandatos oligárquicos.
El MOIR no ha impetrado la paz, entre
otras cosas, porque no ha declarado la
guerra. Desde la época del asesinato
de Gaitán y de La Violencia no ha
habido en Colombia condiciones para
que las fuerzas populares se embarquen
en empresas insurreccionales que, como
el heroico intento de Camilo Torres y
de otros muchos abnegados combatientes
de los últimos veinte años, han
significado serios tropiezos en el
avance político y organizativo de las
grandes masas de obreros y de
campesinos. Son problemas de la
táctica de cuya acertada solución
depende la libertad de los oprimidos y
la prosperidad de Colombia. Nos
encontramos todavía en un período
caracterizado por la fiebre
reformista, hoy llevada al paroxismo
con el advenimiento de Belisario
Betancur. Los auténticos partidos
revolucionarios, en lugar de coadyuvar
a tales ilusiones, o de desesperarse
por el reflujo, han de rebatir las
imposturas de la reacción y aumentar
pacientemente sus efectivos, confiados
en que la crisis económica, ocasionada
por el saqueo de los monopolios
externos e internos, seguirá
ahondándose irremediablemente y
permitirá los factores políticos
indispensables para la victoria de las
mayorías vilipendiadas y engañadas.
Desde luego, estos temas no
constituyen materia de asesorías
oficiales.
El MOIR tampoco ha recurrido al
secuestro ni a ningún tipo de
disparate terrorista, en procura de
fondos para financiarse o tras
determinadas finalidades
publicitarias. Creemos que semejantes
procedimientos proporcionan pretextos
a granel a los aparatos represivos que
no desaprovechan oportunidad para
proceder contra el pueblo; y el pueblo
no puede menos que mirar con recelo
hazañas que se confunden a menudo con
los lances protagonizados por la
delincuencia tan común y corriente en
nuestro medio. En general, para todas
y cada una de las labores políticas
nos atenemos a los métodos elaborados
por Marx y Engels hace más de un
siglo, que parten del principio de que
la emancipación del proletariado es
obra de la clase obrera misma, que se
gana el apoyo del resto de los
sectores sojuzgados de la sociedad, y
no de las proezas aisladas de unos
cuantos insurgentes.
Respecto a las conquistas democráticas
y las reivindicaciones económicas
sumamos nuestros esfuerzos a los de
quienes combaten por los derechos
fundamentales y las mejoras en los
medios de vida y de trabajo de las
masas laboriosas. Respaldamos las
justas exigencias por la excarcelación
incondicional de los presos políticos
y por el cese inmediato de los
asesinatos y la tortura de los
guerrilleros y demás luchadores que
han caído en manos del régimen.
Nuestro Partido también ha sido
víctima no pocas veces de la barbarie
institucionalizada, la que continúa a
pesar del levantamiento del estado de
sitio y de las lágrimas de cocodrilo
del señor presidente.
En cuanto a la amnistía la
consideramos una negociación entre el
gobierno y las agrupaciones alzadas en
armas, en la cual no nos compete
intervenir. Nosotros simplemente
esperamos, primero, que a la postre
salgan favorecidos unos métodos y una
táctica revolucionarios y correctos,
y, segundo, que en ningún momento
dicha gestión sirva para ocultar aún
más la índole antinacional y
antipopular de los nuevos
administradores de la vetusta
república.
NI
GUERRA, NI PAZ
Mayo-junio de 1983
Este artículo fue
escrito por Francisco Mosquera para el
periódico de la Universidad Externado
de Colombia Punto de Cambio, cuya
edición de mayo-junio de 1983 lo dio a
la publicidad. Tribuna Roja lo
reprodujo en su número 49 de
septiembre de 1984. Volvemos a
imprimirlo por la relación que guarda
con los embrollos de la “paz” y con
las cuestiones concenientes a la
táctica del proletariado.
En la brevedad de un
par de cuartillas no caben los
múltiples tópicos que engloban los
temas que sirven de título al presente
artículo. Pero como lo que se desea,
al fin y al cabo, es saber a grandes
rasgos de nuestra posición al
respecto, intentaremos fijarla en el
menor número de palabras.
La peor adversidad de la revolución
colombiana ha consistido en el influjo
de los criterios de la pequeña
burguesía en prácticamente todas las
actividades; característica propia de
un país atrasado y de vasto predominio
de las capas medias de la población,
en donde la descomposición progresiva
del campesinado no redunda en un
incremento verdadero de la industria y
los obreros no han conseguido
aglutinarse en torno a sus intereses
fundamentales ni deshacerse del
pernicioso bagaje ideológico y teórico
de las otras clases, incluido el
degenerativo ascendiente político que
aún conserva entre los trabajadores el
bipartidismo gobernante. Sobre el
antiguo punto de la guerra y ahora
sobre el más reciente de la paz,
también han primado tales
concepciones. Nos referimos a la
guerra insurreccional, la que habrá de
llevar a cabo la abrumadora mayoría
del pueblo y que se esgrime para
derrocar el orden preestablecido de la
oligarquía proimperialista y afincar
un Estado revolucionario. Nos
referimos asimismo a la paz por la que
actualmente parlamentan los políticos
tradicionales, suspiran los jerarcas
castrenses, oran los clérigos
misericordiosos y gimotean los grupos
mamertos e hipomamertos. La "paz" por
la que votaron en los últimos comicios
todas las banderías, menos el MOIR.
Desde la aparición del MOEC el 7 de
enero de 1959, fundado por Antonio
Larrota, y hasta el sol de hoy, en
Colombia ha brotado una recurrente
corriente extremoizquierdista que se
echa sobre sus hombros la empresa de
crear las condiciones subjetivas del
estallido revolucionario mediante el
montaje de núcleos guerrilleros,
encargados de encandecer la república
entera con la sola irradiación del
valor, de la audacia, de la entrega y
del generoso sacrificio de una
reducida camada de predestinados. El
invento, sin embargo, no es autóctono;
fue la primera de las más graves
repercusiones de la revolución cubana,
y a nivel continental, pues el llamado
"foquismo" hormigueó a flor de tierra
en toda la América Latina, dejando sin
falta una estela de fracasos y
frustraciones allí donde ha irrumpido.
Vamos para cinco lustros de tan
catastróficos ensayos que se suceden
unos tras otros, con siglas y
personajes diferentes, mas en esencia
con los conocidos esquemas y métodos
de siempre, sin que los protagonistas
muestren la más remota propensión a
escarmentar con los errores y a
desistir de las ideas y los procederes
equivocados.
Para semejantes facciones anarquistas
la insurrección y la guerra del pueblo
no constituyen asuntos de la táctica,
que dependan de una correlación de
fuerzas favorable, del grado de
conciencia y de organización de los
oprimidos, del ánimo resuelto de las
masas a lanzarse al asalto definitivo
contra el régimen expoliador en una
coyuntura exacta en que éste se halle
desmoralizado, maniatado seriamente
por las disensiones internas, impedido
de ejercer el control sobre la
situación e incapaz de defenderse con
la eficacia acostumbrada, etc., tal y
como lo concibe el marxismo, sino que
su beligerancia armada la justifican
con el análisis simple de que la
nación adolece de hondas y seculares
calamidades, por las cuales reclama un
cambio radical que subsane los
desajustes y suprima las injusticias.
Aunque las revoluciones en última
instancia obedezcan a los factores de
estancamiento en el desarrollo
material y de extorsión intolerable de
la minoría privilegiada, y tiendan a
remediar dichos males, no quiere decir
que de las crisis del engranaje
productivo o del acentuamiento de la
explotación se pueda colegir la hora
de la insurgencia bélica. Si así
fuera, las sociedades basadas en la
esclavitud de unas clases por otras
deberían vivir en una permanente
guerra civil insurreccional. Para ello
se requieren propicias circunstancias
económicas, políticas y hasta
internacionales que apenas sí hemos
tenido espacio de insinuar.
Lo deplorable de confundir las causas
determinantes de la insurrección
estriba en que las agrupaciones
embarcadas en la aventura militar se
ven impelidas, para sobrevivir y
mantenerse en la pelea, a forzar las
cosas, a presionar al pueblo a una
acción para la cual no está maduro ni
dispuesto anímicamente, a recurrir al
terror personal, al secuestro y a
otros procedimientos que no son
defensables ante la opinión pública,
otorgándole al enemigo contra el que
se contiende netas ventajas políticas
y propagandísticas, así como pretextos
mil en su labor represiva encaminada a
golpear y desarticular a las
organizaciones populares y al
movimiento revolucionario en su
conjunto. Los moiristas somos, dentro
de la llamada izquierda en Colombia,
el único destacamento que ha roto
realmente, en la teoría y en la
práctica, con tales desviaciones.
Abogamos de manera persistente y
paciente por las tareas preparatorias
de la revolución, impulsando y
respaldando las luchas de las masas de
la ciudad y el campo por sus
reivindicaciones económicas y sus
derechos democráticos, en el
prolongado proceso de acumulación de
fuerzas y a la espera de que concluya
la "evolución lenta" y sobrevengan los
"saltos bruscos", los "días en que se
concentren años de historia". Claro
está que una táctica de este tenor no
les hace mucha gracia a los prolíferos
paladines de la desesperación
pequeñoburguesa; les queda reservado a
los contingentes más esclarecidos de
la clase obrera el aplicarla en pro de
la emancipación del país y de los
desposeídos.
Algo parecido acontece con la paz. Sus
principales promotores no la supeditan
a las conveniencias o inconveniencias,
a las posibilidades o imposibilidades
de proseguir con una modalidad de
combate que en la actualidad reporta
incontables descalabros. Por el
contrario, la condicionan a las
transformaciones de avanzada y a las
conquistas que se efectúen ya no en
virtud de la victoria sino a través de
la transacción negociada con el
gobierno. En resumidas cuentas
significa colocar la solución de las
inefables dolencias de la nación en
manos del sistema al cual se le ha
declarado la guerra precisamente por
su comprobada ineptitud para
contribuir al progreso y al bienestar
de los colombianos. Y debido a que
nunca brillará bajo las
administraciones oligárquicas la tan
solicitada justicia social, a que los
problemas se agudizarán en lugar de
atenuarse, por más incienso que se
bata a los demagogos de turno tipo
Belisario Betancur, entonces, en
consecuencia, tampoco se obtendrá la
"paz", como no ha habido guerra
popular, es decir, con la
participación del pueblo, porque se
parte de premisas falsas, de
entelequias "izquierdistas" y
derechistas. "Combinación de todas las
formas de lucha" denominan
pontificalmente los revisionistas
criollos a estos bandazos de un
extremo a otro, a la ausencia de una
línea de principios, al oportunismo
puesto al mando en el quehacer
político. Código de conducta de un
partido que subordina sus miras a las
necesidades y los dictados del
expansionismo soviético.
Aspecto del tema que habremos de
resignarnos a dejar dentro del
tintero, aun cuando explica buena
parte de los tropiezos de la
revolución colombiana en los últimos
decenios.
¿QUÉ
ES LA PAZ?
Febrero de 1985
Publicado en Tribuna Roja No 50, de
febrero de 1985.
I DOS
NECESIDADES COINCIDENTES
En medio de la
encrucijada de la quiebra económica,
el régimen de Belisario Betancur se
aferra con angustia de náufrago a una
de las pocas políticas suyas que
sobreaguan: la de pacificar el país a
través de la transacción con los
grupos insurrectos. La desventura
estriba en que después de tantos
imprevistos e improvisaciones, cuando
comienzan a aparecer los síntomas
inequívocos del envejecimiento
prematuro de su prestigio y todavía le
falta buen trecho de su existencia
institucional por recorrer, el
presidente sigue a la espera del
resultado del carisellazo de la "paz",
soportando a una centena de
comandantes que, con cualquier
petición a los delegados
gubernamentales, todos los días
someten a prueba la virtud de la
paciencia, y sufriendo la inquisitiva
vigilancia de las capas adineradas,
cuyos sectores menos complacientes no
disimulan el disgusto porque la
función no termina.
Lo cual no significa que las
propuestas de entendimiento no se
hubieran tramitado años atrás. De
creer en las declaraciones de los
dirigentes de las Farc, desde el
"mandato de hambre" empezó el carteo
de éstos a las altas esferas del poder
oligárquico en procura de un cese
negociado de las hostilidades. Luego
Turbay Ayala constituiría la primera
de las muchas comisiones para tales
fines, poniendo a presidirla a su
porfioso contrincante, el señor Carlos
Lleras Restrepo, quien, como era de
preverse, pronto discrepó y renunció
fulminantemente. No obstante, bajo el
anterior período se abrió el "diálogo"
a raíz de la toma de la embajada de la
República Dominicana, según lo
pregonan los mismos integrantes del
M-19; y las Cámaras Legislativas
dieron asomos de inclinarse al perdón,
sancionando normas absolutorias que si
no surtieron efecto se debió a las
restricciones estipuladas,
principalmente en lo tocante a la
exclusión de determinados delitos y al
peliagudo asunto de las armas.
Aunque en los comicios de 1982 todas
las agrupaciones y tendencias, a
excepción del MOIR, invitaron a
sosegar la república mediante un gran
acuerdo colectivo, y el propio
candidato reeleccionista estampó el
lema de que "la paz es liberal" por
esos albures de la lucha política y
merced al fallo de las urnas, le
correspondería a un jerarca
conservador quedarse con el distintivo
y, peor aún, tratar de cristalizarlo
en el momento menos auspicioso;
durante una coyuntura en la que
Colombia corre hacia su completa
bancarrota, la descomposición social
se precipita aluvionalmente y el
imperialismo y sus intermediarios
vendepatria acuden, tras la
reanimación de las actividades
productivas y de los negocios, a un
recorte sustancial de las asignaciones
de las masas trabajadoras de la ciudad
y el campo. Con todo, al actual
mandatario, bajo el impacto de las
tremendas tribulaciones de la hora,
incluido el agobio de que cada vez
coinciden menos sus palabras con sus
logros, le reporta innegables ventajas
conseguir presentarse cual el mesías
de la reconciliación y la tranquilidad
ciudadanas. Máxime teniendo en cuenta
que la violencia, en sus más crudas,
abigarradas y caóticas
manifestaciones, ha proliferado a lo
largo del cuarto de siglo de haberse
convenido la concordia del Frente
Nacional y que desde antes la
anormalidad jurídica, congénita a un
estado de sitio prácticamente crónico,
ha sido la única manera de regir sobre
los colombianos.
Lejos de lo que muchas mentes
acaloradas piensan, está dentro de los
prospectos de la minoría privilegiada
la opción de un pleno retorno a los
cauces habituales del orden
constitucional y legal. Para el buen
suceso de las operaciones económicas
burguesas siempre será preferible un
clima de calma y transigencia a otro
de zozobra y pugnacidad. El ambiente
explosivo y la inseguridad de la que
tanto se quejan los gremios ahuyentan
más inversionistas extranjeros de los
que atraigan las modificaciones a la
Decisión 24 del Acuerdo de Cartagena,
anunciadas por las burocracias de los
países andinos tras la mira de
equilibrar sus balanzas cambiarias y
de salir de la recesión.1 No ha de
extrañarnos escuchar con frecuencia
voces provenientes de las filas del
capitalismo, tanto en las naciones
oprimidas como en las opresoras, que
llaman a velar por la observancia de
las normas democráticas y hasta
recalcan el pro de los reajustes
sociales enderezados a promover la
convivencia de las clases. Desde sus
albores, el modo de producción erigido
sobre la esclavitud del trabajo
asalariado no sólo proclamó la
“libertad” sino la "igualdad" y la
"fraternidad" entre los hombres. Pese
y debido a que estas prédicas nunca
dejaron de ser una forma de
dominación, meras formulaciones
escritas para azote y escarnio de la
población laboriosa, los expoliadores
las mantienen enhiestas. Asiduamente
se refieren a ellas como a pautas
primordiales del andamiaje estatal
interno e incluso de las relaciones
internacionales, siendo que en la era
del imperialismo, con el saqueo de
continentes enteros por parte de los
monopolios de unas cuantas metrópolis,
la contradicción entre los postulados
republicanos y "humanitarios" de la
burguesía, de un lado, y la vida de
penuria y sojuzgación de miles de
millones de habitantes del planeta,
del otro, se hace palmaria e
irreconciliable en absoluto.
Obviamente lo expuesto no niega que
las fuerzas dominantes arríen sus
apreciadas enseñas, suspendan sus
melosas convocatorias a la unión sin
distingos y lancen por la borda los
códigos, el certamen electoral, las
instituciones, la Constitución
íntegra, cuando el desarrollo de los
conflictos interiores y exteriores que
atentan contra las primacías y las
subordinaciones establecidas requiera
de un tratamiento directo, rápido y
quirúrgico.
Argentina, verbigracia, con el triunfo
de Raúl Alfonsín, acaba de emerger de
una noche de terror castrense que
arrojó un balance de miles y miles de
personas asesinadas y desaparecidas,
el costo del aniquilamiento de las
organizaciones de extremaizquierda de
corte ERP, Ejército Revolucionario del
Pueblo, y también, desde luego, de la
sofocación de las luchas populares. La
oligarquía de aquella porción de
América, al volver por los fueros de
la democracia representativa, no
efectúa otra cosa que acomodarse a las
mudables circunstancias, recuperando
de pasada su relativo ascendiente
entre las multitudes, con cuya
compañía marcha hoy hasta los estrados
judiciales a juzgar a sus espadones
caídos en desgracia, los mismos que
ayer la salvaron de los brotes
disolventes. Utilizar primero los
métodos duros y luego los blandos, o
viceversa; alternar la tiranía militar
con la civil, la represión abierta con
la encubierta, el "gran garrote" con
la "zanahoria", simplemente obedece al
comportamiento característico de los
adalides de la sociedad burguesa, y en
nuestro caso de la sociedad
neocolonial y semifeudal, que pugnan
por fortalecer su supremacía y con
ella sus beneficios pecuniarios.
Ignorar esta experiencia tan común y
corriente, formando cauda tras los
capitalistas cuando éstos, o parte de
éstos se deciden por la segunda
categoría de los métodos señalados, y
hacerlo en nombre de la revolución,
configura una falta imperdonable, para
no hablar de traiciones.
Sea como fuere, la "paz" se convirtió
en una de aquellas obsesiones
típicamente colombianas que de vez en
cuando contagian por igual los
campamentos de las distintas
parcialidades contrapuestas. Refleja
la conjunción de dos necesidades
coincidentes. La de un bipartidismo
tradicional que acosado por las
quiebras y el endeudamiento urge de
arreglar la casa y serenar los
espíritus; y la de una guerrilla que
hostigada sin piedad por los aparatos
represivos está lista a pulir su
conducta y amoldarla a una atenuación
de las confrontaciones
internacionales, sugerida por sus
preceptores extranjeros ante el
contraataque de Ronald Reagan,
particularmente en América Latina.
Consciente o inconscientemente,
llevados por la curiosidad o
arrastrados por los acontecimientos,
desde doña Berta hasta el llamado ML,
con la solitaria omisión del moirismo,
las banderías de todas las cadencias
han echado su cuarto a espadas
respecto a la novedosa estratagema.
Merced a ello, en los complicadísimos
regateos encaminados a suplir la
controversia bélica con el debate
incruento, hemos visto disputándose la
gratitud republicana y el elogio de la
"subversión" a jefecillos de la talla
de un Germán Bula Hoyos, la horma por
excelencia del atrabiliario cacique de
provincia; de un John Agudelo Ríos,
otro intonso y obediente peón de brega
de los trajines antinacionales y
antipopulares, de sus superiores; o de
un Otto Morales Benítez, el insaboro,
voluble y frustrado precandidato del
llerismo, últimamente en pos de la
representación de las facciones
partícipes de la legitimidad de su
partido. Las caprichosas expresiones
del caleidoscopio pacifista no
devienen ni datan, pues, del fracaso
en las urnas del continuismo
liberal-conservador de López frente al
intempestivo repunte de la renovación
conservadora-liberal betancurista, aun
cuando el cabecilla del Movimiento
Nacional estime desde sus letárgicas
alturas que puede sacarles mejor
tajada que el resto de sus coterráneos
y coetáneos. Si para los simples
manzanillos de profesión simboliza un
hito en sus anodinas trayectorias
coadyuvar a tan procero empeño de la
democracia prevaleciente, para el
primer magistrado, quien a similitud
de Marco Fidel Suárez reclama el
mérito de haber asido una a una las
oportunidades que la república de la
libre competencia les depara a sus
vástagos predilectos, y que ocupa el
solio como salida pantomímica de la
crisis y sin otra misión factible que
la de ahondarla, el ostentar el título
de pacificador, o de apaciguador de 25
años de conatos insurgentes representa
no sólo una proeza consagratoria sino
un contrapeso a los incontables
descalabros de su "sí se puede".
II LA DILACIÓN
DE LOS PROCEDIMIENTOS
El mismo 7 de agosto,
ambicionando adueñarse del sentir
general, el vencedor del 30 de mayo
izó la bandera blanca y arrancó con la
tortuosa cruzada. "No quiero que bajo
mi gobierno se derrame una sola gota
de sangre de ningún compatriota mío,
de ningún soldado... ni de ningún
guerrillero, que también son hermanos
nuestros", dijo en la Escuela Militar
de Cadetes, a los tres días de
posesionado, delante de unos
regimientos que lo atisbaban entre
remisos e incrédulos. 2 Lloverían de
inmediato las demandas de tres o
cuatro ejércitos del pueblo, cuyos
estados mayores vislumbraban en los
labios disertos del señor Betancur el
badajo de la campana anunciadora de
las prologales conquistas de la
revolución. A partir de entonces la
empresa conciliatoria entraría en una
nueva etapa, un lento y complejo
torneo de aguante, no tanto por las
disparidades como por las
concordancias. Mientras la rebelión
armada se decide a vender caro su
aplacamiento, el presidente se resigna
a pagar lo que cueste amansarla. Con
la resignación de éste crece el precio
de aquélla y a la inversa. Al extremo
de que el proceso está bastante lejos
de tocar a su fin, a causa de la
infinidad de materias previstas en las
agendas de discusión, y a la
abundancia de requisitos, pasos,
prórrogas e intervalos por cumplir.
¿Se prefiere pintar la paloma a
echarla a volar? ¿O será que los
padres de la publicitada apertura
democrática obtienen más beneficios de
los dolores del parto que de la
criatura? Para resolver el misterio al
país no le queda otra que la de
aguardar a la culminación del
suspenso. Hasta ahora conoce
únicamente cuanto se han dignado
avisarle los meticulosos alarifes de
la conciliación: que la "paz" es muy
difícil, los trámites muy prolijos y
las condiciones muy perentorias. No
necesitamos reconstruir toda la trama,
puesto que sus bulliciosos y festivos
episodios permanecen frescos aún en la
memoria de las gentes que los han
vivido y padecido minuto a minuto
durante más de un trienio. Basta
enumerar sus principales pasajes,
junto a las disensiones generadas en
el seno de diversos estamentos y
entidades, con el objeto de disponer
de un telón de fondo que nos sirva de
referencia para el examen y las
conclusiones de rigor.
De entrada hay que anotar cómo los
surtidos matices del anarquismo
criollo, apenas con la ausencia del
ELN y de un ala disidente de las Farc,
deponiendo antiguas rencillas se
afanan en unificar sus reclamaciones,
coordinar sus maniobras y respaldarse
mutuamente; lo que ha redundado en el
abultamiento de las exigencias
elevadas a las autoridades y en la
dilación de los procedimientos
propuestos. Levantado el estado de
sitio en el atardecer de la
administración Turbay Ayala y
suprimido el nefasto Estatuto de
Seguridad, el altercado giró entorno a
la libertad de los presos políticos y
a la condonación de delitos como el
secuestro, la extorsión y el asesinato
fuera de combate, que los legistas de
la parte opositora identificaban con
el eufemístico calificativo de
"anexos" a la rebelión, mas para los
jurisperitos y centuriones del régimen
eran escuetamente "crímenes atroces".
El Ejecutivo accede y el Parlamento
vota la Ley de Amnistía conforme a los
pedidos de los sublevados. Cada quien
creyó reafirmar lo suyo, un presidente
bufo escenificando el papel de campeón
de la confraternidad nacional; unos
congresistas borregos sublimando las
magnanimidades del despotismo burgués,
y unas oligarquías impotentes,
gloriándose no de eximir de culpa a
unos cuantos adversarios detenidos o
interdictos sino de perdonarle la
existencia a una revolución
arrepentida. En lo atinente a los
activistas rehabilitados, éstos, una
vez abandonaron las cárceles, se
calaron sus brazaletes y volvieron a
enmontarse, tras la determinación de
continuar combatiendo a tiros por los
acuerdos entre gobernantes y
gobernados y antes de que la patria
llegue "al punto del no retomo".
Muchos actores y espectadores de la
originaria ronda de la "paz" cayeron
presa de las naturales sensaciones del
desconcierto. La nación se sentía
asaltada en su buena fe. Cuanto se
negoció y discutió, pública y
privadamente, lo convenido y aprobado
en el Capitolio, las concesiones
ofrecidas, todo, se había llevado a
efecto sobre la base de que cuando
menos los petardos se acallarían y los
favorecidos con la gracia oficial no
reincidirían en las andanzas por las
que se les absolvió. Plumas exentas de
cualquier sospecha de inquina contra
el pensamiento y las guapezas de los
amnistiados no vacilaron en catalogar
de "grave error político" la burla a
las expectativas creadas. Esgrimieron
razones como éstas: "Se están
entregando en bandeja de plata
argumentos a la reacción".3
Ciertamente la ultraderecha, ni corta
ni perezosa, ante un país enterado de
los litigios por la armonía, saltó a
sindicar a los contingentes de la
extrema contraria, y una vez más a
través de ellos al movimiento
revolucionario en su conjunto, de otra
atrocidad, la de mofarse de la palabra
empeñada. A los pocos días de
sancionado el texto legal por el cual
se amnistiaban las infracciones de
cinco lustros, englobadas las menos
defendibles, y cuando ya era del
dominio público que las guerrillas no
renunciarían a sus azares y rebatos,
El Tiempo pronosticó desde su
editorial del 25 de noviembre del 82:
"El Ejército de Colombia tendrá que
afrontar, con el respaldo absoluto de
las grandes mayorías nacionales, una
lucha abierta que, como todas las de
ese género, desatará mucha violencia y
generará no pocos muertos". Fue así
como aun al diario de los Santos, la
conciencia liberal hecha tinta, hasta
la fecha parco en sus juicios sobre
los desplantes belisaristas, se le
exaltó la bilis, llegando al extremo
de aguijonear a los militares para que
procedan con vehemencia y sin
contemplaciones de ninguna índole.4
Con la indignación de quienes
inútilmente condescendieron y la
perplejidad de los que consideraban un
éxito sin paralelo la completa
exculpación de los rebeldes, se cerró
el capítulo introductorio a este
novelado esfuerzo por la convivencia
civil. Una incógnita sí había sido
despejada: la amnistía no era la
"paz". ¿En qué radica entonces? A la
audiencia en ascuas los miembros del
M-19 replicaron desde las puertas de
La Picota con otras interrogaciones.
"¿Quién se puede acoger a la amnistía
en zonas de guerra si no hay cese del
fuego?" "¿Qué vamos a hacer nosotros
al salir de la cárcel si sabemos que a
nuestros compañeros los están atacando
en muchos frentes?" "¿No se está
convirtiendo esta situación en un
nuevo trampolín hacia la guerra?".(5)
Con tales reflexiones quedó inaugurada
la fase subsiguiente, cuyo objetivo
consistiría en obligar a los
dignatarios de los sumos poderes a
suscribir una tregua que se tradujera
en un tácito reconocimiento de los
brazos armados como fuerzas
beligerantes. En el lapso anterior la
puja se había cifrado en el olvido de
todas y cada una de las conductas
delictivas; ahora se centraría en la
no entrega de los fusiles y en la
desmilitarización de las áreas
neurálgicas. Nadie descartaba que la
Casa de Nariño convendría en agotar
otros arbitrios. Mucho antes de la
promulgación de la amnistía con que el
presidente, a través del Congreso,
dispensó todas y cada una de las
faltas de sus impredecibles
interlocutores, aquél había divulgado
sus teoréticas nociones acerca de que
el generoso gesto no sería suficiente
para ponerle coto a las desconfianzas.
Idea que con gusto y al unísono
esparcieron a los vientos los
propagandistas de la "paz", desde los
obispos católicos hasta los pontífices
del revisionismo, pasando por la gama
intermedia de exégetas y arúspices del
emblema que haya despertado las
mayores ilusiones en la crónica
contemporánea de la nación.
Empero, curiosamente, entre más
intérpretes coinciden respecto a los
medios y propósitos, el apaciguamiento
menos descifrable se torna. Si la
primera solicitud de los insurgentes
requirió alrededor de tres meses para
ser satisfecha, la segunda habría de
demorar año y medio en concretarse.
Mientras la una cosechó las
instigaciones de los gacetilleros de
la élite ilustrada en pro de una
pacificación a lo Pablo Morillo y se
enteró muy pronto del arrepentimiento
de la Cámara de Representantes por
haber prestado oídos a Belisario
Betancur, la otra, ocasionando en su
retardo serias fisuras entre la cúpula
cuartelaria y su jefe constitucional,
repercutiría en la repentina
sustitución del ministro de Defensa y
en el apremiante licenciamiento de un
peligroso trío de generales
identificados con las quejas de su
superior jerárquico.6 Landazábal, en
declaraciones ampliamente reproducidas
por los medios informativos y en
juntas reservadas de orden público,
precisó de continuo cómo el perdón
concedido por la Ley 35 del 21 de
noviembre de 1982, regía hacia el
pasado y no hacia el futuro de su
promulgación, pugnando por una tónica
diferente a la presidencial en los
tratos con los "subversivos", a los
que, en las brigadas, no se les ha
dejado de equiparar con la
delincuencia común, y ante quienes,
por consiguiente, no caben delicadezas
ni miramientos singulares. El 17 de
enero de 1984, cuando las
discrepancias lucieron demasiado
obvias e insoslayables, a los
oficiales de alto rango se les llamó a
calificar servicios.
Temiendo un eventual pleito entre las
dos investiduras, los distintos
estratos oligárquicos saltaron a
apuntalar los fundamentos jurídicos
del sistema, así tuvieran que
renovarle de relance el respaldo a la
administración responsable de empollar
tantos entuertos en un tiempo tan
relativamente escaso. A la aguda
recesión, a los trastornos de los
entes bancarios, al insondable déficit
fiscal, a la enorme deuda externa y al
resto de las falencias materiales
ningún burgués deseaba añadir la
conmoción anímica de una cura
castrense, que en lugar de componer
los negocios podría empeorarlos. Las
anomalías económicas le ayudaron a
neutralizar los enredos políticos al
presidente, y éste, por lo menos
momentáneamente, se sintió
reconfortado para no decaer en su
ingrata faena de abogado del diablo.
Sobre las carreras muertas de cuatro
militares de tres soles dados de baja
por Betancur se convino al fin el alto
al fuego, en desarrollo del pacto de
La Uribe, suscrito el 28 de marzo
entre la Comisión de Paz y las Farc.
Pero el alto no se selló
definitivamente, como cabría
esperarse, sino por un "período de
prueba o de espera" de doce meses y a
partir del 28 de mayo. A este
armisticio lo seguiría el firmado
durante la penúltima semana de agosto
por el EPL, el M-19 y un fragmento del
ADO, completándose el mosaico de los
grupos insurrectos que optaron por
tender un puente de tupidas relaciones
con el régimen belisarista. De los
acuerdos se desprende que los alzados
en armas las "depondrán pero no las
entregarán", para repetirlo con el
giro empleado por algunos de ellos;
que habrá otra considerable tardanza
con el objeto de verificar la
suspensión de las hostilidades, y que
las partes involucradas propiciarán
más convergencias, de aquí en adelante
tras la hazaña de ver por aproximarse
a escarificar las purulentas llagas de
la Colombia neocolonizada y atrasada,
y esto conjuntamente, o sea el país
redondo y sin reparos de clase.
En suma, el forcejeo, en lugar de
simplificarse y acortarse a medida que
transcurre, se ha enmarañado y
dilatado enormemente. En compensación,
los colombianos consiguieron saber que
la tregua tampoco era la "paz".
Resuelto dichosamente el segundo
equívoco, los infatigables
compromisarios de la reconciliación se
aprestaron a entrar en el tercer
laberinto: el Gran Diálogo Nacional,
con mayúsculas. Cual su nombre lo
indica, esta secuencia reside en
emprender una intrincada polémica
acerca, de los candentes antagonismos
políticos y de las profundas
privaciones económicas y sociales del
país, con la participación de todas
las fuerzas vivas, comprendidos los
gremios patronales y los sindicatos
obreros, los directorios partidistas y
las asociaciones de consumidores, los
cuerpos colegiados y la acción
comunal, la curia y los usuarios
campesinos, la guerrilla y el
ejército. La autoría de la ingeniosa
fórmula pertenece al M-19 que la
concibió con bastante anticipo,
mientras que la supresión previa de
los combates y la verificación de la
misma por un año fue más bien
inventiva de las Farc. Cada estado
mayor insurgente se arrima a la mesa
de negociaciones con su propio
portafolio de requisitos y reclamos,
de cuyo estricto acatamiento depende
la conservación de su autonomía e
identidad. Y puesto que la alianza los
obliga a secundarse entre si,
refrendando sin falta las varias
peticiones, por redundantes o
engorrosas que fueren, el proceso
pacificador con cada etapa vencida no
gana ni en concisión, ni en rapidez,
ni en claridad.
No obstante los dones milagrosos y la
desusada ocurrencia que les atribuyen
sus promotores a las conversaciones
entre las diferentes clases y
corrientes políticas, los intentos de
amortiguar el choque de los intereses
encontrados mediante la persuasión de
la plática son tan viejos como el
"contrato social" de Rousseau. En el
Continente no hay burguesía que en
cierto momento histórico no hubiese
puesto en vigor el cacareado "diálogo"
y algunas, incluso, a semejanza de lo
acaecido en el Perú bajo la férula del
general Velasco Alvarado, han
conseguido rubricar compromisos de
reformas con estamentos organizados de
la población. Entre nosotros, y sin ir
más allá del interregno del Frente
Nacional, el mandatario de turno con
frecuencia habla y propicia la
"concertación" o el "pluralismo
ideológico" sin necesidad de abrumarlo
con operaciones terroristas.
López Michelsen, inmediatamente
después de ascender al solio en 1974,
en un arranque de contagiosa demagogia
llamó a un entendimiento global entre
los principales sectores vinculados a
la producción, conformando la célebre
"comisión tripartita" que agrupaba a
patronos, sindicalistas y gobierno, y
a la que un buen día recibió en la
residencia presidencial para avisarle
que la nación atravesaba por un
período crucial, ante el cual se
requería del noble renunciamiento de
magnates e indigentes por igual. El
mamertismo, que integraba la comisión
y asistió a la reunión de Palacio,
dejó una lastimera constancia en
protesta por la burla de que había
sido objeto la membrecía
revolucionaria. Luego se decretaría la
emergencia económica con su rosario de
impuestos y alzas contra el pueblo, de
prebendas para los grandes potentados
y demás medidas antinacionales y
antipopulares que distinguieron al
"mandato de hambre". Y en lo que
llevamos del "sí se puede" ya hubo un
primer ensayo de las discusiones
multilaterales, cuando se convocó en
septiembre de 1982 la "cumbre" de
colectividades partidistas. Fuera de
los funcionarios gubernamentales y de
algunos de los fragmentos en que se
hallan divididos el liberalismo y el
conservatismo, concurrieron el Partido
Comunista y el M-19, encabezados por
Gilberto Vieira y Ramiro Lucio,
respectivamente. Que valga destacar,
el señor Vieira "pidió romper el
monopolio bipartidista en la Comisión
Asesora de Relaciones Exteriores", es
decir, cursó la solemne demanda de una
silla para su agrupación en dicho
organismo; y el señor Lucio anotó que
"en los diez puntos del ministro de
Gobierno están contenidos los
problemas fundamentales de la vida
colombiana".7 Los contactos, el
intercambio de opiniones y los
concursos de oratoria entre clases y
entre gremios, congregados de trecho
en trecho por las burguesías
dominantes, no tipifican, pues,
ninguna revolucionarización de las
modas democráticas, ni en Colombia, ni
en América Latina, ni en el resto del
mundo. Además, al cierre de tales
floreos los trabajadores de ordinario
confirman cómo se les ha extraviado
algo de sus magras entradas o de su
independencia política.
III EL
DESGASTE DEL AGUANTE
Acciones de la
espectacularidad de la toma a bala del
municipio vallecaucano de Yumbo, a
cargo de un comando irregular y la
ruidosa permanencia guerrillera
durante casi una semana en las
poblaciones de El Hobo y Corinto,
autorizada por Betancur, al lado de la
proliferación intempestiva de los
secuestros, la extorsión y el
"boleteo" preludiaron los sobresaltos
y sinsabores que habrán de plasmarse
en el tercer acto del drama de la
"paz", el de los coloquios. Iniciado
de modo formal sólo el 1º de
noviembre, en el recinto de la Casa de
Moneda, estuvo antecedido de tres
pertubaciones estrechamente
interconectadas: el incremento de las
discrepancias entre los militares y su
jefe supremo; la cascada de enconados
mensajes emitidos por financistas,
industriales y terratenientes que no
encuentran otra explicación a la ola
de inseguridad que las ingenuas
tolerancias del primer magistrado, y
los reiterativos rumores de un golpe
cuartelario, proveniente de la
descarada conspiración de acuciosos
gamonales de los dos bandos de la
coalición oligárquica gobernante.
Tan pronto entró en vigor la tregua
convenida, Miguel Vega Uribe, entonces
comandante general de las Fuerzas
armadas, redactó una circular
recordándoles a las tropas bajo su
mando la razón de ser del ejército
perenne de la nación y los cometidos
esenciales de éste, entre los cuales
enfatiza los de garantizar las
"instituciones patrias" y preservar el
"orden interno". Determina por tanto
el despliegue de "operaciones
permanentes de control militar en las
zonas de influencia de las cuadrillas
de las Farc", haciendo la salvedad de
que el aplastamiento de las "otras
formas delictivas de características
diferentes" les atañe a las
"autoridades civiles o de Policía
Nacional"8 Con los nuevos eventos cada
vez había menos duda respecto a que
los uniformados no solamente
continuaban negándose a compartir el
lenguaje y los enfoques de su alegre
presidente, sino que estarían
dispuestos a ir hasta la desobediencia
con tal de no regalarles a los
insurrectos ni una sola región
colombiana, por deshabitada o
improductiva que ella fuere. En su
puntillo de honor los gendarmes del
régimen se ven estimulados con los
clamores crecientes de unos ricachos
que no comprenden por qué el Estado,
con el objeto de satisfacer las
exigencias de los alteradores de la
tranquilidad pública, se atreve, así
sea temporalmente, a quitarles la
vigilancia a que tienen derecho y
dejarlos inermes en manos del Señor.
En efecto, desde cuando se
suscribieron los armisticios y se
sopesó en concreto su factible
incidencia, en las filas de
empresarios y finqueros empezaron a
cundir las reservas sobre la eficacia
de los mismos. Para ellos, que habían
accedido a acolitar los inagotables
pujos pacifistas de la administración
del "cambio con equidad" y lo único
que apetecen en el mundo es poner a
salvo sus humanidades y sus bienes,
ningún progreso se obtuvo a no ser
permitirles a las guerrillas conservar
los fusiles y, de propina,
certificarles que durante un año no
sufrirán asedio bélico por parte de la
autoridad legítima. Ante todo les
encrespa que la figura que saludaron
alborozados un 30 de mayo ya no tan
venturoso, pretenda acumular méritos
jugando con los haberes y el pellejo
ajenos.
Por primera vez desde su asunción al
poder el loado carisma del señor
Betancur recibiría una descarga
cerrada de apóstrofes y censuras
procedentes de la masa de grandes y
medianos propietarios que estimaron
llegada la hora de amonestar al
mandatario por sus equívocos,
veleidades y candideces. Y esto
paradójicamente a raíz de conocerse la
primicia del alto al fuego, convenido
al cabo de las incontables acrobacias;
en la esquiva y feliz oportunidad en
que aquél podría vanagloriarse de
presentar por último a sus gobernados
algo palpable, los textos de unas
actas de acuerdo debidamente aprobadas
y signadas por los grupos insurgentes.
Pero, no. A muchos de sus distinguidos
y pesados patrocinadores hoy por hoy
no les hacen ningún chiste sus gestos
populacheros de candidato de vereda en
trance electoral, ni sus frases de
mostrador con que instruye a alcaldes
y gobernadores, ni su huero optimismo
para rellenar los arriscados abismos
económicos del país, ni sus
imprevisiones en el tratamiento con
los organismos internacionales de
crédito y en particular con
Norteamérica, ni su secreta ambición
de lucir sobre la banda el Premio
Nobel de la paz. Ni siquiera su
afición por la poesía, por la mala
poesía. El prestigio del presidente ha
descendido varios puntos en el
concepto de los estratos elevados, sin
que haya forma tampoco de que se
sostenga ante los ojos de las clases
menos favorecidas y más estrujadas por
el desastroso ejercicio belisarista. Y
este aspecto del análisis no resulta
irrelevante puesto que sin lugar a
especulaciones la táctica de una
pacificación parlamentada descansa en
buena parte, como se ha demostrado, en
la capacidad de aguante y en la
tolerancia de la cúspide del órgano
ejecutivo.
En drástica carta remitida al
inquilino de la Casa de Nariño, las
agremiaciones del Huila prorrumpen:
"No estamos dispuestos a ceder ni un
milímetro del territorio del
departamento ni vamos a ofrecer más
vidas inútilmente con su burlada
política de paz. Lo que suceda de aquí
en adelante será exclusivamente
responsabilidad de su gobierno". En
misiva parecida, los ganaderos de
Córdoba puntualizan: "Con el respeto
debido le comunicamos que no estamos
dispuestos a que el fruto de nuestro
honrado trabajo nos sea esquilmado.
Creemos tener el derecho a que el
gobierno nos dé la protección a
nuestra honra, vida y bienes, a que
está obligado por mandato de la
Constitución". Los cafeteros del
Quindío se apresuraron a denunciar el
"aumento inusitado en la región de la
extorsión, el chantaje, los secuestros
y la violencia en la gama más amplia
de sus manifestaciones". Y en el mismo
tonillo de agresión y disgusto se
pronunciaron portavoces, de los
hombres de negocios del Valle y Cauca,
de la Sabana de Bogotá y del Magdalena
Medio, de Antioquia, Caldas, Sucre y
otros departamentos de la de la Costa
Atlántica. La Sociedad de Agricultores
de Colombia y la Federación Nacional
de Ganaderos, luego de exteriorizar en
mensaje conjunto sus preocupaciones
por el alarmante deterioro de la
seguridad, sobre todo en los campos, y
no obstante haberse pactado el cese de
las hostilidades, afirmaron
concluyentemente: "Reprimir a quienes
no cumplan con la tregua, o a quienes
al amparo de ella violen la ley, es
indispensable para aclimatar y
afianzar la paz que todos los
colombianos estamos buscando".9
Aunque la extremaizquierda intente
minimizar los alcances de los
anteriores reproches, encasillándolos
sin mayor detenimiento, maquinalmente,
dentro de las obvias y acostumbradas
reacciones con que las esferas más
oscurantistas suelen afrontar los
desarrollos de cualquier campaña de
innovación, hay un hecho de bulto.
Turbas de burgueses y terratenientes,
en persona, no ya sólo a través de sus
orientadores ideológicos o de sus
líderes políticos, han resuelto
terciar en la trifulca, conminando al
despacho presidencial con virulentas
requisitorias para que cese no el
fuego sino el juego, no la violencia
sino la benevolencia. Su
argumentación: que se realicen las
promesas comiciales pero que se
cumplan los juramentos
constitucionales. Y la conclusión: de
lo contrario se verían en la
inexorable disyuntiva de proveerse de
regimientos privados y administrar
justicia por cuenta y riesgo propios.
Con la propagación de cuadrillas de
matones a sueldo en extensos
perímetros de la geografía patria,
análogas a las que han devastado
algunas áreas campesinas, como los
"campovolantes" en los Llanos
Orientales, los "tiznados" en
Santander y el mismo "Mas" en el
Magdalena Medio, se columbra una
perspectiva demasiado comprometedora
para el movimiento revolucionario
colombiano en las actuales
circunstancias, dados los vacíos
organizativos, la dispersión, los
rudimentarios niveles de conciencia y
la indisponibilidad para la guerra de
las mayorías laboriosas. El
desbordamiento de aquellos géneros de
terror blanco y su aclimatación en
otros ámbitos departamentales nada
positivo traerían, salvo impedir la
libre actividad de las vanguardias
contrapuestas al régimen y entorpecer
enormemente el reagrupamiento de las
fuerzas del pueblo. Y así se pregone
con bombo la "apertura democrática",
habrá importantes extensiones
prohibidas a la agitación y la
propaganda que no sean las de los
directorios bipartidistas, en
proporciones superiores al número de
las que pian piano se han ido
clausurando como represalia a la
aventuras y las listezas de los
núcleos foquistas, inclusive bajo el
reinado del apaciguador y pese a la
amnistía, la tregua y el diálogo.10 No
se trata meramente de cuerpos
paramilitares que la Procuraduría no
desarticula con sus fofas
investigaciones. Estas bandas que
actúan en la penumbra pero que están
dotadas de una precisa estructura de
unidades y de mandos, y que culminan
imponiendo su vandálica voluntad en
comarcas enteras, gozan de un
patrocinio muy definido, acaso sin
parangón en la historia reciente de la
república, y es el que les
proporcionan los latifundistas y
magnates exasperados de tributar tras
cualquier especie de chantajes. Los
cuales están decididos a ponerle punto
final a sus sobresaltos, blandiendo el
cuchillo y la horca contra quienes
ellos identifican con el genérico
vocablo de "subversivos". Junto al
agravante de que esta sublevación de
los potentados, prevalida de los
ingentes recursos que coloca a su
disposición el dinero y la complicidad
de las tropas y funcionarios locales,
se halla en condiciones de aglutinar
con relativa prontitud a los
campesinos medios halagados o
atemorizados, a la vez que arrincona,
desmoraliza y apabulla al antojo a los
jornaleros y campesinos pobres. Los
terratenientes se sacuden el
hostigamiento de los francotiradores
enmontados, mientras que la población
trabajadora, con cuyas lágrimas paga
la vindicta, siente sobre los hombros
cómo aprieta más la coyunda de la
explotación de los patronos. Desenlace
previsible cuando las revoluciones se
lanzan por el atajo de una
insurrección imaginaria, extreman las
formas de lucha o se lumpenizan.
Si en el prólogo de la crónica de la
"paz" nos tropezamos con un fervor
contaminante, convertido en mandato
por los comicios presidenciales de
1982; y si en el capítulo inicial
leemos cómo se concibió y aprobó con
notoria aquiescencia la ley que puso
en la calle a la totalidad de los
detenidos políticos a la sazón
existentes en Colombia, que eran los
sindicados de pertenecer, con verdad o
no, a las agrupaciones insurrectas
tantas veces nombradas, o de
participar en acciones terroristas; y
si por las páginas referentes a las
contingencias que precedieron a la
suspensión de los enfrentamientos
tuvimos noticia de los primeros
respingos de la gran prensa y del
relevo inopinado de cuatro generales,
en la parte dedicada a los
preparativos y desenvolvimientos del
"gran diálogo" nos encontramos con que
desde diversas esquinas del país
burgueses y terratenientes
confabulados zahieren al presidente,
concitándolo a que se ciña a las
disposiciones constitucionales, y
dentro de ellas, a cooperar con la
versión pacificadora de las Fuerzas
Armadas, o atenerse en su defecto a
las consecuencias de los
amotinamientos desde arriba. El
espacio para los malabarismos se
estrecha sin que de ningún lado se
avizore la coronación de la cima.
Lo que arrancara con un asentimiento
casi unánime tras la estrepitosa
derrota del turbolopismo, se ha vuelto
una encerrona para el caudillo
vencedor. Privado precozmente de los
mágicos atributos de la popularidad,
víctima de los caprichos exegéticos de
la Corte Suprema de Justicia que echó
a tierra su segunda emergencia
económica, sujeto a los pupitrazos de
un Congreso mayoritariamente regido
por los clientelistas liberales,
centro de las murmuraciones y recelos
de su propio partido, sin un peso en
el fisco con qué saciar las fauces de
la gula oligárquica y concluir sus
proyectos piloto, con el fracaso de
Contadora a cuestas y la desconfianza
gringa pendiente sobre sí como una
espada de Damocles, transformado en
blanco de la sigilosa vigilancia de
los oficiales que lo escoltan y hecho
ya pasto de los chascarrillos del
ingenio bogotano, testimonios vivos de
su desprestigio, Belisario Betancur ha
tenido que devolver a pedazos la
supremacía usurpada y sofrenar poco a
poco su complejo de Núñez. Por dos
veces se ha visto en la premura de
redistribuir las carteras
ministeriales con el objeto de aplacar
las molestias del socio destronado.
Menguada su ascendencia, semiinmóvil,
ahora aguarda con los brazos cruzados
a que otros dispongan sobre asuntos en
torno de los cuales su despacho
sentaba cátedra en medio de los
aspavientos de la demagogia. Bien
podría afirmar lo que Turbay Ayala les
replicó a los periodistas de Europa
que lo acosaban con cuestionarios
capciosos respecto a los sesgos
represivos de su gobierno: "el único
preso político que hay en Colombia soy
yo".
Misael Pastrana, el fiel y desvelado
padrino, hubo de adelantar por meses,
contra todos los pronósticos, la
candidatura de Alvaro Gómez,
persuadiendo con este movimiento a la
godarria alebrestada de que el
tinglado belisarista, en vía de
extinción, servirá de conducto para el
pleno y posterior predominio de la
doctrina azul. Y al ministro Jaime
Castro, ave canora del gabinete y
cuota clave del legitimismo liberal le
tocó salir a la pantalla chica a dar
satisfacciones a la insubordinación de
los plutócratas y asegurarles que la
política conciliadora del Ejecutivo
contempla antes que nada la "presencia
permanente y acción decidida de la
fuerza pública en todo el territorio
nacional".11 Aquélla nunca fue
ciertamente la explicación de la
Presidencia, pero era lo que esperaban
oír quienes han insistido en aplicar
mano de hierro contra la delincuencia
subversiva, y oírlo de una garganta
autorizada y sobre todo cuerda de la
gran coalición.
Cuando, consternado frente a tantas
incomprensiones, el pobre de Betancur,
en epístola al general Matamoros,
quiso constatar su inocencia arguyendo
que las Cámaras amnistiaron a los
guerrilleros sin condicionarlos al
desarme, éste le respondió
recordándole los artículos, 2, 166 y
48 de la Carta, concernientes a las
bases exclusivas de la soberanía, al
papel del ejército y a la no posesión
de armas de guerra por parte de los
particulares, e igualmente el artículo
7º de la Ley de Amnistía, en el cual
se fijó entre dos y cinco años de
cárcel para quienes violen la
prohibición antedicha.12 La historia
se repite. El oficial de más alto
rango vuelve y rechaza los evasivos
razonamientos que en su ayuda trae el
atribulado comandante en jefe, saca a
relucir sus lagunas en las materias
del derecho, lo refuta directamente,
paladinamente, ante la presencia toda
de la nación expectante, y en esta
ocasión tal vez con menos venias a
como lo hiciera Landazábal Reyes. Sin
embargo, al presidente le queda
embarazoso sustituir cada seis meses a
su ministro de Defensa. Y todavía peor
si éstos se cobijan con el palio
sacrosanto de la ley de leyes. Una
cosa es botarlos cuando amenazan el
entramado institucional y otra muy
distinta cuando personifican la
postrera opción de vigencia del mismo.
Está visto que los principales
exponentes de la casta militar no se
demoraron en aprender las lecciones de
la crítica jurídica. Si somos hechura
y protectores de la Constitución, ¿por
qué no parapetarnos tras los artículos
de ésta? ¿De dónde acá la iterativa
sospecha sobre los móviles de nuestros
riesgosos menesteres, si nos compete
por encargo indelegable reprimir los
estallidos anárquicos y someter a los
infractores, apellídense como se
apelliden y hállense donde se hallen?
¡Que no se nos siga zarandeando y
destituyendo en bien del
funcionamiento legal del país, siendo
que nosotros constituimos la ley
armada!
En esta comedia de las equivocaciones
hace rato que se trastrocaron los
parlamentos. Desde la platea la
concurrencia, en el clímax del
espectáculo, observa cómo los
alféreces les enseñan a los leguleyos
que la Constitución configura un todo
compacto de libertades y
proscripciones, y que si las unas son
permisibles las otras son
indispensables. Que no hay nada más
constitucional que la persecución y el
castigo del delito, al igual que el
estado de sitio, las brigadas, los
panópticos y el resto de los
instrumentos coercitivos con los
cuales se limpia y se cautela a diario
la república inundada de elementos
indeseables.13 Dentro del malestar en
aumento de las clases pudientes, el
deslustre progresivo del caudillaje
belisarista y la insignificancia de
los frutos de la escurridiza "paz", al
generalato le han reportado valiosos
dividendos sus incursiones en la
jurisprudencia y sus aires de
severidad republicana. Septiembre fue,
por decirlo así, el mes de las
charreteras. Por doquier se exhalaron
alabanzas a los mandos castrenses que,
según los antiguos y recientes
áulicos, habían hecho realidad el
milagro de una angustiosa y
desesperante búsqueda de la concordia,
aun soportando las injurias de sus
proverbiales malquerientes.14
¡Y ahí fue Troya! El aspirante secreto
al Nobel de la paz, en impetuosa
embestida por recobrar las riendas
sueltas de la situación, atronó el 24
de septiembre desde las llanuras de
Arauca, adonde se había trasladado a
reconocer los promisorios yacimientos
de petróleo allí descubiertos;
escenario y motivo no impropios para
tratar de impresionar a la oligarquía
contrita y con líos económicos. Luego
de admitir que las fuerzas militares
han sido "vilipendiadas" alertó que
ahora son "aduladas sólo para
incitarlas demencialmente,
inútilmente, al golpe de Estado". Vaga
aunque corrosiva imputación. Que
conllevaba además la imprudencia de
poner en boca de todos lo que a la
chitacallando se departía en los
salones.
Betancur esboza la contraofensiva con
los mismos hierros y en el campo
escogido por sus censores. Persigue un
voto de confianza presionando una
definición en cuanto a si la
constitucionalidad reside más en los
albedríos presidenciales emanados del
sufragio democrático, o en la
soldadesca por excelencia subordinada,
obediente y no deliberante. Pero esto,
lejos de ser una estrategia para
recuperar los terrenos invadidos por
unas conjuraciones compuestas por
hombres de carne y hueso, con
intereses muy tangibles y dotadas de
medios poderosos de lucha, se parece
más a las disquisiciones del
tinterillo que apela en segunda
instancia. Encima de que si las
pólizas de los espadones suben y bajan
en la bolsa de la controversia
pública, ganan o pierden simpatías, se
debe a que forman parte y a veces
hacen de jueces del conflicto. Forman
parte, entre otras cosas, porque el
jefe supremo los provoca a que hablen
y tomen posición, dirigiéndoles
misivas eminentemente polémicas; los
senadores y representantes los citan a
menudo a que debatan en el Capitolio
sus cargos y descargos, y hasta el
M-19 los convida a que destapen en el
"diálogo nacional" sus tesis sobre lo
divino y lo humano.15
Todo, por supuesto, sin importar una
higa que los cánones fundamentales e
incluso el reglamento interno les
veden de modo tajante a soldados y
policías la intervención en política.
Y a veces hacen de jueces en el
conflicto porque empuñando las armas
de la república, cuentan con qué
acallar cualquier discusión, abolir
cualquier cabildo y deponer a
cualquier mandatario. No pasemos por
alto que cuando la mamertería
latinoamericana, siempre de gancho con
los demócratas liberales del
Continente, se hacía lenguas
enalteciendo el profesionalismo del
ejército chileno, y visualizaba en
éste a un providencial soporte para la
vía pacífica de la revolución de
Allende, el general Augusto Pinochet
dio su jaque mate, del cual no se
acaban de reponer aún los pobladores
del hermano país.16
El trompetazo de Arauca aguzó los
instintos pesquisidores de los
periodistas, quienes se entregaron a
la tarea de seguir los rastros dejados
por la conspiración e identificar a
los cabecillas. La gente no tardó en
enterarse de que un conjunto de 40
parlamentarios conservadores
organizaron a hurtadillas de la
presidencia un "desayuno de trabajo"
con los mandos castrenses, tras el
propósito de obtener un informe de
primera mano sobre los brotes de la
inseguridad y con su concurso entrever
las secuelas cabales de la paz
belisariana. No obstante aclarar que
por razones ocultas los generales al
fin no concurrieron, los implicados
aceptaron el ágape matinal como un
hecho cumplido, o una intriga
frustrada. Asimismo, otros 60
congresistas de ambos bandos de la
coalición dominante redactaron una
nota comprobatoria de sus acendradas
lealtades hacia el estamento militar,
y con la cual se proponían tachar por
improcedentes las investigaciones de
verificación que, a raíz de los
encuentros bélicos acaecidos días
antes en la localidad de Riosucio,
habían emprendido algunos de los
comisionados ad hoc. Y para consumar
esta juntura de cabos, durante la
última semana del mes de las
charreteras se comentó con maliciosa
insistencia el banquete que, en
desagravio al ejército y a través de
Vega Uribe, brindaron los miembros de
la Comisión II constitucional del
Senado, presidida por el liberal
Eduardo Abuchaibe. Conociéndose la
dimensión de la conjura y a diferencia
de la actitud asumida ocho meses atrás
ante las escaramuzas que confluyeron
en el relevo de Landazábal, los
comentaristas de oficio del cuarto
poder le restaron trascendencia al
asunto. Algunos aseguraban que eso no
era un golpe sino un autogolpe; y
otros se deleitaban recabándoles a los
secretarios de Palacio la lista de los
complotados, en el entendido de que el
gobierno no podría admitir impunemente
una horadación tan extendida de sus
sustentáculos social y político.
Así, en semejante clima, Colombia se
acercó de puntillas, temerosa y
dubitativa, a los portales del Gran
Diálogo Nacional. Los mejores hervores
del entusiasmo se habían extinguido.
El taumaturgo de la odisea, el garante
de los copiosos compromisos, de la
tregua cronométrica, de los trámites
interminables, de las ofertas
extracontractuales, el buenazo del
señor Betancur, ya no lidera con su
bandera blanca; se limita a disuadir a
sus escapadizos prosélitos de que
cometen un error cuando malician de
las competencias, las aptitudes y las
intenciones de su presidente. Al
dialogante decisivo le quedan arrestos
sólo para eso, dialogar.
IV PÓCIMAS
VIEJAS CON MEMBRETES NUEVOS
Pero, ¿el diálogo será
la "paz"? Incuestionablemente no.
Quien repase el pacto de La Uribe y
demás documentos transaccionales
notará que la consagración definitiva
de los augurados goces del sosiego,
tal cual lo avistamos atrás, se
supedita a la suerte de un policromo
ramillete de reivindicaciones tanto
económicas como políticas. Las unas,
conforme rezan los convenios con las
Farc, abarcan tópicos que se extienden
desde la reforma agraria y el
mejorestar campesino, hasta los
"constantes esfuerzos por el
incremento de la educación a todos los
niveles" y de "la salud, la vivienda y
el empleo"; y las otras comprenden
desde "garantías a la oposición",
"elección popular de alcaldes",
"reforma electoral", "acceso adecuado
de las fuerzas políticas a los medios
de información", "control político de
la actividad estatal", "eficacia de la
administración de justicia" e "impulso
al proceso de mejoramiento de la
administración pública", hasta
"iniciativas encaminadas a fortalecer
las funciones constitucionales del
Estado y a procurar la constante
elevación de la moral pública". A su
vez, el acuerdo con el M-19 y el EPL
pormenoriza los temas objeto del "gran
diálogo": "la discusión y desarrollo
democrático de las reformas políticas,
económicas y sociales que requiere y
demanda el país en los campos
constitucional, laboral, urbano, de
justicia, educación, universidad,
salud, servicios públicos y régimen de
desarrollo económico".
Difícilmente un experto en
renovaciones y enmendaduras superaría
la desbocada imaginación de nuestros
heraldos de la concordia civil. Fuera
de la lista no hay en verdad, esferas,
órbitas y ámbitos dignos de
mencionarse y sobre los cuales no se
piense verter la savia vivificadora de
la pacificación. La "paz" siempre ha
estado ligada de manera indisoluble a
la mudanza del país. Y ésta es la
única verdad de fondo que dilucida por
qué el itinerario seguido, distante de
conducir a un pronto y cabal arreglo,
se empantana a medida que transcurre.
Los grupos guerrilleros, no obstante
acariciar, por lo menos de dientes
afuera, la posibilidad de incorporarse
a las actividades legales, no lo
harían merced a la falta de
condiciones para sostener la contienda
armada, sino, por lo contrario, en
virtud de sus éxitos y de los golpes
infligidos a un enemigo al cual han
puesto a discutir con ellos, de tú a
tú y de pe a pa, cada una de las
cuestiones medulares de la república.
En lugar de corregir con mesura los
descarrilamientos de su táctica, andan
a la caza de enmendarle la plana al
régimen, reafirmándose en el desafío
implícito de no prescindir del manual
de Ernesto Che Guevara. Y con ello se
colocan muy por debajo de la
comandancia foquista latinoamericana
de la década del sesenta que, pese a
sus concepciones antimarxistas sobre
el Estado y la revolución, al cabo de
torturantes lucubraciones y
desgarradores enjuiciamientos
internos, planteó, "sencillamente",
cual lo refiere Teodoro Petkoff,
"trasladar la lucha desde el terreno
específicamente militar al político,
para salir del callejón ciego donde se
encontraba".17
En Colombia todavía los dirigentes de
la extremaizquierda defienden las
explosiones insurreccionales con el
simple y metafísico considerando de
que la miseria y la brutalidad propias
de la sociedad explotadora de por sí
ameritan las más contundentes o
descabelladas respuestas de las
organizaciones revolucionarias. A su
juicio, cuán viables y útiles
resultan, en cualquier contingencia
histórica y por caros que sean, los
operativos para hacer propaganda
marcial entre los moradores de los
pequeños poblados, proveerse de
millonarios recursos financieros,
repartir bolsitas de leche en las
barriadas famélicas, ajusticiar a los
esquiroles de las centrales
patronales, secuestrar a los avaros
gerentes de las empresas monopólicas
que se resistan a subir los salarios,
caer a la brava sobre los liceos y
arengar a sus alumnos... Estilos de
beligerancia que en lugar de
descalificarse por improcedentes o
extemporales se les estima más bien
rentables. De ahí que esta "guerra"
habrá de ser permutada por el "cambio
social" y la "apertura democrática" o
no se le erradica.
Dilema rotundo y aparentemente
incontrastable. Pero aun cuando a las
fajas más exaltadas de la pequeña
burguesía estudiantil y profesoral les
parezca la mejor confirmación de la
entereza de los insurgentes y les
suene en sus oídos como un
enriquecimiento original de la
"combinación de todas las formas de
lucha" tal alternativa, por mucho que
se le envuelva en un estridente
radicalismo, no añade nada sustancial
a las proclamas distribuidas por los
combatientes del ELN a los
somnolientos habitantes del olvidado
municipio de Simacota en aquel
amanecer del 7 de enero de 1965.
Envasa, al revés, añejas y dañinas
creencias en modernas y más absurdas
versiones.
Dentro de su rústica visión, Fabio
Vásquez Castaño y seguidores se
hallaban convencidos de que los
adelantos ideológicos y organizativos,
el paciente aprendizaje a través de la
pelea cotidiana en contra de las
tropelías y en pro de los derechos, la
contraposición pública y en la más
amplía escala de los programas y
soluciones de las diversas vertientes,
el ánimo de las masas de derrocar a
sus expoliadores y llevar el combate
hasta las últimas consecuencias, amén
de las ventajas que en una coyuntura
precisa y sin escapatoria ha de
permitir el Estado despótico, debido a
las crisis, divisiones, desbandadas y
demás impedimentos para movilizar sus
unidades y repeler el asalto del
pueblo enfurecido, no eran requisitos
básicos de las hazañas por la
liberación. En suma, que los factores
atañederos a la correlación de fuerzas
ningún rol desempeñan en el
desencadenamiento de la insurgencia
civil, destinada a imponer, tras el
triunfo, las transformaciones
revolucionarias correspondientes. Que
el tableteo de las ametralladoras
sacaría al país de su marasmo secular
y depararía, como por generación
espontánea, cada uno de los elementos
imprescindibles para el estallido
general. Con arreglo a tales desvaríos
no es la lucha política la escogida
para desobstruir la senda del
levantamiento insurreccional sino éste
el encargado de promover aquélla. La
insurrección no depende de la
política. Allí la política depende de
la insurrección. ¿En cuántas asambleas
o foros no se habrá querido enmudecer
al MOIR a causa de la carencia de un
brazo armado con qué darle brillo y
realce a la justeza de sus asertos?
Pues bien, durante más de dos decenios
los colombianos han venido curioseando
el desfile sin fin de grupos, grupitos
y grupúsculos que en este siglo de las
siglas, con diferencias de
denominación, acento e insignias, se
obstinan en incendiar la pradera al
margen o en contra de la voluntad de
las mayorías. Si entre nosotros los
precursores y herederos del
infantilismo de "izquierda" han
justificado al unísono sus
declaratorias insurreccionales con las
urgencias del cambio, hace poco los
segundos, en una aplicación innovadora
del argumento, resolvieron extenderlo
a la "paz". Pero como algo va de la
victoria a la transacción, las
enmiendas han de circunscribirse a
aspectos tangenciales, a tiempo que se
guardan o abandonan las de mayor
enjundia. Y esto, a su vez, no puede
menos que reflejarse en un raro
amoldamiento de la consigna central.
Antes se pregonaba a voz en cuello: ¡A
las armas por la revolución! Ahora se
amaga: ¡Reforma o "guerra"! Desde el
punto de vista teórico semejante
transmutación conduce a un exabrupto
menos inteligible. La acción armada se
ponía ayer a la orden del día dándole
la espalda a la lucha de clases y
mirando exclusivamente la
perentoriedad de los vuelcos
estructurales que requiere Colombia.
Hoy, aunque se continúan ignorando los
zigzagueos de la contienda y las
disponibilidades de los contendientes,
la prosecución o no de la labor
militar se subordina ya a unas cuantas
reparaciones circunstanciales; algunas
de estirpe constitucional, pero de
todos modos enmarcadas dentro del
orden jurídico imperante.
A los lectores reticentes les basta
devolverse unos cuantos renglones y
releer los pedidos y reclamos
expuestos en los convenios de la
tregua. Verificarán que a pesar de la
apretada enumeración ninguna de
aquellas pretensiones rebasa los
mojones de la sociedad neocolonial y
seinifeudal; ni implicarían, de
concederse, la mínima merma del
dominio de los estratos oligárquicos.
Unas, a la inversa, tienden
intrínsecamente a perfeccionarlo y
robustecerlo, como las enderezadas a
impulsar el proceso de mejoramiento de
la administración pública" o a
"fortalecer las funciones
constitucionales del Estado" y la
"eficacia de la administración de
justicia". Tampoco tienen por qué
debilitarlo la "reforma electoral", la
"elección popular de alcaldes", las
"garantías a la oposición" el "control
político de la actividad estatal", o
el "acceso adecuado de las fuerzas
políticas a los medios de
información". Incluso, luego de
instarse a que, al tenor del estatuto
constitucional y "para la observación
y restablecimiento del orden público,
sólo existan las fuerzas
institucionales del Estado", se
concluye que de su "profesionalismo y
permanente mejoramiento depende la
tranquilidad ciudadana". El punto
alude lógicamente a las camarillas
paramilitares, pero se optó no por la
negativa sino por la positiva -decimos
positiva en sentido metafórico- de
admitir la bondad y abogar por la
cualificación de los custodios de la
ley. Hay también formulaciones
completamente etéreas cual la de
"procurar la constante elevación de la
moral pública", que, fuera de su
vaciedad, parte de la rectitud
inmanente del gobierno, y en este caso
del reato y la predisposición a
autorregenerarse de los escalones más
encumbrados y corruptos de la
burocracia oficial, la manzana podrida
que contagia al resto.
Acaso la única demanda cuya
cristalización podría relacionarse con
un problema de estructura es el de la
"reforma agraria". Sin embargo, los
tratados pacificadores no especifican
el modelo ni la cobertura de la misma,
ni cabría esperar que apunten a una
repartición de las incultas y grandes
propiedades rurales a favor de los
pobres del campo, con el móvil de
barrer el sistema de explotación
terrateniente, el minifundio
improductivo y los remanentes de
servidumbre; o sea derribando una de
las trabas ancestrales que, aunada al
saqueo imperialista, condena a la
nación a la ruina económica y a las
clases laboriosas a las terribles
situaciones de vida derivadas de
aquellos yugos. Ni soñarlo. Cada vez
que el reformismo echa a volar sus
sofismas acerca de "cerrar la brecha"
o reducir los desequilibrios del agro
colombiano y cacarea con la
distribución de tierras, sus audacias
no pasan de la titulación de baldíos o
del reparto de unos cuantos eriales
comprados a sobrecosto a los
latifundistas. Por ningún sitio
afloran indicios de que el pródigo
señor Betancur se haya comprometido a
trasponer tales fronteras, habida
cuenta además de que sus delegatarios
son los firmantes y no él, y los
documentos, escritos con sutileza de
notario, están salpicados de
ambigüedades y giros nebulosos de este
cariz: "La Comisión de Negociación y
Diálogo tiene la certeza de que el
gobierno buscará lograr, con el
concurso de los partidos políticos, el
congreso y la participación ciudadana,
un amplio acuerdo que permita
modernizar y fortalecer la vida
democrática del país". 0 esta otra:
"La Comisión de Paz da fe de que el
gobierno tiene una amplia voluntad
de... ". Y todo se esfuma en "hacer
constantes esfuerzos por... ",
"mantener su propósito indeclinable
de... ", etcétera, etcétera.
Empero, supongamos que los
guerrilleros sabían qué estaban
pactando cuando se avienen a propugnar
una reanimación y un acoplamiento de
los planes agrarios oficiales, tras la
voz de socorrer al campesinado de las
zonas afectadas por el flagelo de la
violencia. ¿Con qué se sufragarán los
gastos? Las chapucerías del Incora han
valido sumas astronómicas, provistas
con préstamos extranjeros y partidas
del erario, que son saldadas por el
país, y en últimas por el pueblo,
sobre quien recae básicamente la carga
impositiva. Los déficit
presupuestarios del mandato del "sí se
puede" se contabilizan en cientos de
miles de millones de pesos, los más
altos en los anales de la república.
El Ejecutivo pena por que las Cámaras
le permitan emitir ininterrumpidamente
moneda sin respaldo, esa alquimia de
los tiempos nuevos con que desde hace
rato se defrauda a los colombianos, y
que se tornó a la postre en la fuente
discrecional de finanzas del régimen
oligárquico, ante la restricción de
los empréstitos foráneos, la
insuficiencia de los recursos
tributarios y el incesante
acrecentamiento de las erogaciones. Y
a la par, todo gestado por la
bancarrota en que se debaten las
naciones del Tercer Mundo y en
particular Latinoamérica. Si Betancur
no ha logrado sacar a flote los dos o
tres rótulos llamativos de su
plataforma electoral; pasa tramojos
aliviando los desmesurados faltantes
de banqueros e industriales o
reuniendo la modesta paga de los
trabajadores del servicio público, y
ha de resignarse a mantener
clausurados centros educativos y
hospitalarios por inopia física, ¿con
qué subvencionará las concertaciones
del "gran diálogo" en materia de
salud, educación, vivienda y empleo, o
en temas como el agrario, laboral y
urbano? Valga insistir en que los
avances o retrocesos en cualquiera de
tales asuntos no han de sustraerle ni
agregarle un gramo de hegemonía a la
alianza burgués-terrateniente
mangoneadora del poder, aunque las
conquistas económicas, y desde luego
las políticas, faciliten las palancas
y los puntos de apoyo con los cuales
habremos de centuplicar el empuje de
la gesta libertaria. Pero de ahí a
exigirlas cual cláusula sine qua non
de la "paz", denota francamente un
desconocimiento supino, o de los
parámetros rectores de la actual
sociedad colombiana, o de sus fases
evolutivas.
Cuán vitales se nos revelan aquí las
guías de una estrategia y de una
táctica correctas, compendiadas a
partir de la irradiación de los
principios universales del marxismo
sobre las peculiaridades del país.
Gracias a las primeras comprendemos
que el desempleo, por ejemplo, tan
severo y crónico en una neocolonia
atrasada y exprimida como la nuestra,
no puede remediarse ni paliarse sin el
rescate de la soberanía nacional y la
supresión del semifeudalismo y del
capitalismo, al igual que de todos los
otros álgidos problemas de índole
económica. No ahondaremos en
predicamentos que forman parte del
abecé y aguardemos a que los grupos
insurgentes, al convenir con los
delegados de Betancur en "hacer
constantes esfuerzos" por el empleo,
no hayan aspirado a que la ANDI amplíe
gradualmente sus cupos laborales hasta
absorber el paro y a costa de sus
dividendos, pues ello significaría
ordenar la eutanasia del sistema, y
ordenarla por decreto.18 Pero de no
ser esto así, entonces la paradoja
planteada, reflexiva o
irreflexivamente, sí es ¡reforma o
"guerra"!
El enfoque táctico nos advierte sin
embargo que el cuatrienio belisarista,
con todo y deberle su apoteosis a la
perdición del continuismo de sus
predecesores, y haberse beneficiado de
las felonías de Carlos Lleras
Restrepo, el reformador, no cuenta ni
remotamente con las holguras que a
éste le posibilitaron sus remiendos y
corcusidos sobre la red de los
institutos del Estado; entre 1966 y
1970 el régimen de la Transformación
Nacional estatuyó entidades a granel
espesando la fronda burocrática -una
manera de dar ocupación-, y derrochó
caudales en sus distritos de riego e
indemnizaciones a los finqueros
incorados, en sus unidades agrícolas
familiares y empresas comunitarias, en
sus comités de usuarios campesinos y
demás trapisondas agraristas. En la
actualidad, antes que discurrir sobre
el futuro, han de cancelarse los
débitos legados por las
administraciones anteriores. Si se
presta será para cumplir,
primordialmente con las cuotas de los
intereses vencidos. Aunque no se haya
protocolizado todavía la capitulación
frente al Fondo Monetario
Internacional, el curso de la economía
lo determinan ya, conforme a sus
ávidos y mezquinos cálculos, los
linces de las agencias prestamistas
internacionales. En Colombia a las
efímeras pompas del reformismo les
pasó calendarios ha su cuarto de hora
histórico, y nuestros estafetas de la
reconciliación tomaron demasiado a
pecho los motes propagandísticos, del
"sí se puede" y estuvieron muy de
malas al pensar que éste era el
período de las oportunidades. Mientras
ellos platican sobre el cuándo y el
dónde recomponer la república
maltrecha, los hacendistas del
gabinete se devanan los sesos
ingeniándose el cómo recortar la
nómina, suspender subsidios, subir
precios, tarifas y gravámenes. De
suerte que si las comandancias
guerrilleras se oponen a enmendar, no
el país, sino sus erróneas
apreciaciones, la "paz" nunca llegará
a conferirse. Puesto que, desde la más
vasta y estratégica perspectiva, el
belisarismo en el gobierno, no dejará
de ser, con sus malabaristas, magos,
enanos y payaso, una de las tantas
variedades del Estado de los negreros
de la época contemporánea, y desde el
ángulo de un escrutinio táctico e
inmediato, el agobiado de Betancur no
tiene prácticamente con qué comprarle
alpiste a la paloma.
Lo insólito de toda esta torre de
Babel es que no obstante expresarse
cada quisque en su jerigonza
partidista, los animadores de la
pacificación dialogada se identifican
en que la patria no se hará acreedora
a la tranquilidad entretanto no repare
la casa y subsane o mitigue los
desajustes y las injusticias. Con ello
creen abastecer de profundidad a sus
superficialidades, sin percatarse de
que no hacen más que alzar un murallón
inexpugnable a los preconizados
reposos de su concordia ciudadana.
Liberales y conservadores, generales y
civiles, capitalistas y revisionistas,
ministros del despacho y ministros de
Dios, editorialistas y suscriptores,
todos a una, como en Fuenteovejuna,
con la excepción dos veces dicha del
MOIR, han rivalizado casi tres años en
rodear el proceso pacificador de tan
rígidos condicionantes, rebuscadas
razones y dotes prodigiosas, que el
país cónico rodó hacia el despeñadero
que él mismo cavara insensata y
parsimoniosamente: que no habrá "paz"
porque no habrá reformas, ni techo, ni
drogas, ni parcelas, ni trabajo. Y no
los habrá más de cuanto los hubo bajo
Turbay, López o Pastrana, sino menos,
merced a que la sociedad colombiana se
halla aún en la cresta de la crisis,
quizá tan demoledora como el crac de
1929, que no acaba de transcurrir, y,
de encima, ha de desembolsar
anualmente, por concepto del servicio
de su elevada deuda externa, una cifra
próxima al valor de sus exportaciones
cafeteras. Un pantanero en el que las
oligarquías intermediarias de los
monopolios imperialistas, al contrario
de aflojar la clavija, restablecen su
cuota de ganancia y la de sus amos
redoblando el desvalijamiento de
Colombia y reduciendo al máximo los
exiguos ingresos del campesinado y de
la clase obrera.
El propio presidente, tratando de
darle contenido y lustre a su cruzada
del apaciguamiento, improvisa y
ensarta uno a uno apotegmas parecidos
a éste: "En muchos casos son más
subversivas las situaciones que las
personas envueltas en ellas". E
increpa: "...cómo no va a ser
subversiva la situación en que América
Latina está enfrente de las grandes
potencias". Para él los quebrantos de
la tranquilidad, el incesante
derramamiento de sangre, se originan
tanto en los "agentes objetivos" como
en los "subjetivos". Los unos "son las
condiciones de desigualdad, injusticia
y carencias en que viven grandes
núcleos de la población"; y los otros
"están constituidos por la
inconformidad que aquellas injusticias
producen". Y luego de sus cabriolas
por los cielos de la sociología ha de
aterrizar inevitablemente en la fatal
sentencia: la "paz" anhelada "no va a
lograrse solamente con las fórmulas de
la amnistía, sino con el
implantamiento de sustanciales
reformas en los campos político,
económico y social". De ahí que sus
disertaciones, muchas por cierto,
estén atiborradas de solemnes
juramentos alusivos a que satisfará a
los "agentes subjetivos" o
"personales" destruyendo los
"objetivos" o "impersonales", es
decir, al sistema, para lo cual tendrá
que obtener desde la baja de los altos
índices del interés bancario hasta la
modernización de Colombia, pues "el
subdesarrollo es por sí subversivo".
Con las argucias presidenciales sucede
a la pequeña escala de nuestro solar
patrio lo que acontece con los
infaustos yerros en que ha incurrido
la humanidad en su sinuoso devenir,
que, por la apariencia de las cosas,
sus manifestaciones exteriores o los
visos efectistas de veracidad que
ostentan, se las abraza, se las
santifica y el vulgo se embarca en
ellas sin reparar en su exactitud, en
su utilidad o en sus efectos.19 Pero
el pensamiento revolucionario tanto
más se engrandece cuanto más enormes y
contumaces sean las mentiras contra
las que combate. ¿No fueron finalmente
tumbadas de su pedestal tesis tan
duraderas y tan falsas cual las del
origen divino y la inmutabilidad de
las especies, registrándose así un
salto gigantesco en las ciencias
naturales del siglo XIX? ¿No
llegaremos los marxistas colombianos a
despejar los infundios tejidos por el
pacifismo en boga y contribuir
correspondientemente al acervo teórico
de los trabajadores? El país ya
aprenderá que en los asuntos de la
guerra y de la paz, aunque se hallen
relacionados con los fenómenos
económicos, el inicio o el término de
las hostilidades no han de
subordinarse directamente a aquéllos,
ni más ni menos a como la revolución,
que se ejecuta para desobstruir el
desarrollo, estalla no por la
trascendencia de sus épicas tareas
sino por la potencialidad real de
acometerlas en unas circunstancias
dadas.
Ignoramos cuál será el epílogo de la
comedia de las equivocaciones y no
está en nuestras apetencias aventurar
ningún tipo de profecías al respecto.
No resulta lo mismo escribir sobre los
acontecimientos cuando éstos
pertenecen a la historia que cuando
aún no culminan su ciclo.
Ateniéndonos, sin embargo, a las
dilaciones del evento, al hecho
irónico de que los guerrilleros
requieren ahora un indulto, porque la
Ley de Amnistía obviamente no regía
para el porvenir; remitiéndonos a los
pululantes resquemores exteriorizados
por los burgueses y terratenientes que
le achacan a la blandura del Ejecutivo
la promoción del secuestro y demás
eclosiones delictivas; tanteando el
debilitamiento acelerado de Betancur y
sus crecientes dificultades para hacer
aprobar del Congreso cualquiera de las
propuestas esbozadas en los acuerdos,
y especialmente circunfiriéndonos al
desatino de mezclar el regreso a la
acción legal con los cambios sociales,
cuando el gobierno no ha cumplido o no
ha conseguido cumplir siquiera con el
levantamiento del estado de sitio,
podemos afirmar, a estas alturas, tal
cual están echadas las cartas por los
augures de la reconciliación y de no
desecharse las concepciones ilusas,
que la "paz" es la "guerra".
V EN LUGAR DE
AVANZAR, SE RETROCEDE
Entrado el mes de
septiembre de 1982 el despacho
presidencial configuró lo que motejara
de "Comisión de Paz Asesora del
Gobierno Nacional", y en la cual, de
manera inconsulta y antojadiza,
incluyó al compañero Marcelo Torres,
miembro de nuestro Comité Ejecutivo
Central. Prestos, rechazamos la
enconosa distinción, explicando que
nunca se nos había pasado por la mente
asesorar a administración alguna, ni
en tales ni en otros apuros. Por lo
demás, no teníamos velas en el
entierro, ya que "el MOIR -dijimos- no
ha impetrado la paz, entre otras cosas
porque no ha declarado la guerra".
Desde entonces nos hemos limitado a
una distante y hasta cierto punto
benigna expectación, cuidando eso sí
que los frentes de masas bajo la
influencia revolucionaria del Partido
no sucumban a la embriaguez colectiva,
ni mucho menos se involucren en las
diligencias de un anarquismo envuelto
a las veinte en tratos y tretas
contemporizadores. Quedó expreso de
modo diáfano que prohijábamos "las
justas exigencias por la excarcelación
incondicional de los presos políticos
y por el cese inmediato de los
asesinatos y torturas de los
guerrilleros y demás luchadores que
han caído en manos del régimen".
Empero, conocíamos bastante bien las
tendencias y los personajes que iban a
encerrarse a negociar. Estábamos en
antecedentes del ideario profesado y
de las demandas proferidas por quienes
ahora tremolan los ramos de olivo.
Creíamos muy poco en la autonomía de
vuelo de un presidente sin votos
propios que arribaba al solio gracias
a los insustituibles y puntuales
espaldarazos de las dos alas unidas
del conservatismo, y cuyas
intemperancias habrían de amoldarse
indefectiblemente a las correas del
artículo 120 de la Carta, que consagra
"con carácter permanente el espíritu
nacional en la Rama Ejecutiva", o sea
la regencia compartida de las castas
políticas de siempre, pertenecientes a
las colectividades tradicionales y a
la vez estipendiarias de los
saqueadores de afuera y de adentro.
Debido a todo ello hicimos un voto y
formulamos una exhortación. Eran, de
un lado, la esperanza de que a la
postre salieran favorecidos "unos
métodos y una táctica revolucionarios
y correctos", y, del otro, el temor a
que las gestiones emprendidas
sirvieran para ocultar aún más "la
índole antinacional y antipopular de
los nuevos administradores de la
vetusta república"20
Así fijó nuestra dirección sus puntos
de vista, llanamente, si se quiere en
tono menor, acerca y al comienzo de
las conversaciones entre las siglas
armadas y el régimen betancurista
recién establecido. No por discretos,
dichos conceptos fueron menos
oportunos, claros y premonitorios. Con
la última sustitución en la cumbre del
poder oligárquico de rostros,
retóricas y sones particulares de
gobernar, se inauguró aquel 7 de
agosto de 1982 un trayecto en el que
pusiéronse simultáneamente de moda,
tanto las cábalas alrededor del
eventual marchitamiento en Colombia de
la muy cubana teoría del foco y de las
acciones terroristas, como los
espejismos, por lo común cuatrienales,
de que tras el relevo del mandatario
sobrevendrían los respiros económicos
y la apertura democrática. En cuanto a
las primeras, a la revolución
colombiana le interesa vivamente que
desaparezcan modalidades de combate
que, por su extemporaneidad o
incongruencia, en vez de jalonarla, le
crean infinitos y artificiales
escollos en su desenvolvimiento. Y en
cuanto a los segundos, tampoco
registraremos progresos significativos
en la organización de una corriente
revolucionaria verdaderamente de
masas, mientras no seamos capaces de
sembrar entre obreros y campesinos
pobres el criterio científico y básico
de que la catadura del Estado
imperante, cual maquinaria de
dominación y de fuerza de la minoría
expoliadora, no se trasmuda por el
simple hecho de que tome el control de
la misma una u otra de las fracciones
políticas de la burguesía.
Lamentablemente ninguna de estas
contradicciones ha evolucionado en el
sentido favorable al que nosotros
propendemos. La más trascendente y
antigua de las batallas ideológicas
que hubimos de librar se llevó a cabo
precisamente en el terreno de la
táctica y tuvo que ver con el rígido e
infantil modelo entronizado por los
rebeldes de la Sierra Maestra, cuyo
triunfo marcó época, avivando el
sentimiento antiimperialista del
Continente e imprimiéndole una
singular dinámica a la contienda
revolucionaria. Por la excepcional
experiencia y la inmadurez
circunstancial de un movimiento al que
todo le había salido tan rápido y bien
a pesar de sus lances y temeridades,
los postulados de los héroes del
Moncada no se traducirían sólo en
regocijo y entusiasmo. Al caer su
casuística en el surco abonado de una
pequeña burguesía puesta al margen de
las realidades de tiempo y lugar, aun
cuando ávida de redimir a la patria
mancillada e impaciente por imitar las
proezas de sus ídolos favoritos, daría
pábulo a la floración de vanguardias
extremoizquierdistas en infinidad de
naciones de América Latina. Pero acaso
en ninguna parte con tal exuberancia y
recurrencia como en Colombia.
La lucha interna desatada en 1965 en
las filas del extinto MOEC, luego de
los incontables y calamitosos fracasos
de una línea en esencia militarista y
anárquica, obedeció a los esfuerzos
preliminares de un pequeño núcleo de
cuadros que llamaban la atención sobre
la necesidad de hacer un alto en la
marcha, rectificar en serio y poner en
práctica las sabias enseñanzas del
marxismo-leninismo, en lo concerniente
al carácter obrero y la estructura
centralizada y democrática del
Partido; a la preponderancia de la
acción política en las labores de
movilizar al pueblo y enraigarnos en
él; a lo valioso de una plena
comprensión de las complejidades
nacionales y de un robustecimiento
progresivo del nivel teórico y
cultural de militantes y activistas; a
la justeza de atenerse a los aportes
de las bases y a los esfuerzos propios
en el sostenimiento financiero, sin
vivir dependiendo del apoyo
internacional, o de disparatados
operativos de azarosa realización y
consecuencias liquidacionistas. Y ante
todo trazar el rumbo estratégico a
partir del análisis de las clases y de
su comportamiento dentro de la
sociedad, y escoger los medios
tácticos de pelea conforme se vaya
desencadenando el pugilato entre esas
mismas clases. Mas no al contrario,
seleccionando a priori la lucha armada
cual el modo predilecto o
impostergable, y concluyendo de
antemano la naturaleza no de nueva
democracia sino socialista de la
revolución. Par de peregrinas
invenciones que colocaba a la justa
libertaria, tanto por el contenido
como por la artificiosa radicalización
de la lucha, más allá de los intereses
y de las disponibilidades reales de
las masas.
Estos desenfoques, engendrados en los
finales de los cincuentas y principios
de los sesentas, no fueron jamás
corregidos crítica y conscientemente.
Con cada descalabro, con cada
agrupación desaparecida, se les
introducían ciertas adiciones
conceptuales para perpetuarlos.
¿Cuánto no habremos oído eso de
"combinar todas las formas de lucha",
sin parar mientes en que la una pueda
contraponerse a la otra? Aunque se
haya aceptado verbalmente la
supremacía de lo político sobre lo
militar, el viraje no ha ido más lejos
de la caricaturesca conformación de
aparatos legales paralelos a los
ilegales. Muchos de los menos
moderados, luego de hartas vueltas y
revueltas, llegaron hasta inclinar sus
prejuicios sectarios y admitir en sus
prédicas la conveniencia de un frente
amplio, inclusive con la participación
de la burguesía nacional, mas sin
advertir que con sus miopes y
desaforados extremismos impiden de
entrada y de facto cualquier
acercamiento hacia los campesinos
ricos o empresarios consecuentes y
demócratas. Peripecias políticas que
han tenido en las capas medias de la
población, y sobre todo en los
estamentos estudiantiles e
intelectuales, una nutriente
inacabable, un soporte histórico
relativamente vigoroso dentro del
innato atraso de un semifeudalismo en
decrépito esplendor. De ahí que tales
desviaciones, en lugar de baldarse con
los reveses, recuerdan más bien a la
lagartija que reproduce su cola.
Efectivamente, desde hace veinticinco
años rasga el panorama de Colombia un
montón de ejércitos del pueblo,
comandos de autodefensa, brigadas
urbanas militares, etc., perfilando
con su cruce meteórico una tendencia
fija, de muy marcados ribetes de
clase; políticamente domeñable, por
supuesto, pero indestructible hasta
tanto prevalezcan los sustentos de
linaje social que la reanudan sin
descanso. El que su tránsito haya sido
a colmo regresivo, se palpa en la
intensificación cronológica de sus
peores trazos izquierdistas. Por obra
de lo cual hemos visto ofrendar en los
supuestos altares de la
insubordinación de los desposeídos,
desde el asesinato de un exministro y
el ajusticiamiento de un personero de
las camarillas patronales, hasta los
frecuentes asaltos a bancos y la
perpetración cotidiana de secuestros
en campos y ciudades. Mecanismos
proscritos por las revoluciones que en
el mundo han estado a la altura de su
nombre, y que en nuestro trópico
cobran categoría de sublimes recetas
para ennoblecer y popularizar la causa
de la emancipación.21 ¡Ah engorroso
que las gentes fíen su destino al buen
juicio de quienes incursionen por
semejantes parajes, echen mano de
procedimientos que lindan o se
confunden con los de la delincuencia
común, le den a la represión
institucionalizada excusas a granel
para atacar y silenciar el
descontento, o tercamente insistan en
suplir la acción de los contingentes
populares con los golpes
cinematográficos de unos cuantos
iniciados, por más sinceros y
agalludos que éstos sean!
Cuando anticipamos hace más de dos
años nuestro agrado por que el
enjuiciamiento de la "guerra"
concluyera sin más escarceos ni
demoras en la extirpación de todas
esas expresiones del anarquismo
criollo, nos alumbraban cinco lustros
de dolorosa escuela. Sabíamos de
memoria que el campesinado de las
comarcas atenazadas por la violencia,
antes de aglutinarse y lidiar con
alguna eficacia contra los
terratenientes, la gran burguesía y el
imperialismo, sus tres mortíferos
enemigos, zozobraba irremisiblemente
en la disgregación o el caos. Y lo
testimoniábamos con conocimiento
cercano de causa. Allá donde el MOIR
había obtenido algún grado de
integración de las familias en las
ligas, en las cooperativas, o en torno
de cualquier otro tipo de actividades
comunitarias, y no nos fue factible
evitar el entrometimiento de las
contracorrientes extremoizquierdistas,
sin escape los preludios de un
quehacer coordinado se echaron a
perder, los mejores y más aguerridos
paladines perecieron y las regiones
quedaron indefensas entre los garfios
del terror. En contraste con las
ilusorias divulgaciones pacifistas de
los grandes rotativos, llega, por
ende, desde los cuatro horizontes del
país, un rabioso clamor: que se les
ponga punto final a los devaneos, tan
estériles y tan contraproducentes, del
oportunismo de "izquierda". Nosotros
añadimos que se los cancele sin
someterlos a las ofertas cumplidas o
incumplidas, pactadas o por pactar con
los órganos del régimen. Que se los
arranque de cuajo, no tras muchas o
pocas condiciones, sino en pos de la
condición suprema de que la revolución
colombiana ha de imponer una táctica
concordante con las fluctuaciones de
la lucha de clases y con la
correspondencia de las fuerzas,
desterrando de su vera las
convocatorias a insurrecciones
imaginarias que no hacen más que
coadyuvar a soltar los mastines de la
represión; y ciñéndose a un vasto plan
de trabajo a largo plazo, que se base
en la paciente, esmerada y efectiva
organización de los destacamentos del
pueblo, así como en las movilizaciones
de éste tras sus conquistas y derechos
elementales. Única forma de enfrentar
con éxito a la coalición oligárquica,
usufructuaria aún de un enorme poder,
pero corroída dentro de su parasitismo
y arrinconada por la insoluble crisis
económica de un sistema estancado en
lo interno y exprimido sin tasa ni
medida por los monopolios
internacionales.
No le prestemos a la reacción motivos
innecesarios para que saque a relucir
sus cláusulas intimidatorias y pueda
desbaratar en un santiamén y sin
mayores apremios lo que las masas han
labrado con tantos sacrificios. ¡Basta
de gratuitos pretextos, de inocentes
complicidades a cuyo amparo se
autentican los brutales atropellos del
despotismo al mando! Que los fariseos
burgueses paguen políticamente cada
vez que conculquen las exiguas
garantías ciudadanas abreviadas en los
códigos; exhiban, a sus expensas y
ante la faz del país, la endeblez y la
doblez de su republicanismo, cual
corresponde a los manipuladores de un
Estado edificado sobre la desdicha de
las mayorías laboriosas. Se arranquen
ellos mismos la careta, demostrando la
incompatibilidad de la democracia con
sus traiciones a Colombia y a sus
gentes. Reconozcan con sus hechos: "La
legalidad nos mata".22 No nos
apresuremos a correr tras la batalla
decisiva, que ésta acaecerá
inexorablemente; afanémonos más bien
para arrostrarla a su hora lo mejor
preparados posible y con el respaldo
seguro no de miles, o de cientos de
miles, sino de millones y millones de
seres.
Mas todo indica que al proletariado
colombiano y a su Partido, en calidad
de forjadores de la brega libertaria,
el porvenir les reserva aún duros
retos ideológicos y políticos, antes
de que el grueso de los oprimidos se
ponga de pie al tenor de una táctica
coherente e invencible. La
extremaizquierda, al rehusarse en sus
variables tonalidades a deponer, no
digamos las armas, sino sus métodos
subjetivos y disolventes, que sería lo
óptimo, continuará torpedeando por
algún rato la solidez de un movimiento
revolucionario de envergadura. Las
sagacidades dilatorias no se
abandonan. El 26 de noviembre de 1984
la prensa sorprendió con el parte de
que en una de las tantas comisiones,
la de Verificación, se había
puntualizado que el cese de
hostilidades con las Farc se contaría
a partir del lº de diciembre y no del
28 de mayo, conforme lo dejaban
entrever los acuerdos de la Uribe de
finales de marzo pasado. ¿Al principio
se concertó un "alto al fuego" y
últimamente "una tregua"? Aunque entre
estos términos no media distinción
alguna, o cuando menos nadie se ha
tomado la molestia de explicarla, por
ella, al parecer, se le han refundido
al proceso otros seis meses. Abarcando
las diligencias y los contactos
emprendidos en el ocaso de la
administración Turbay Ayala, el país
lleva tres años en el peregrinaje del
apaciguamiento, a los cuales
prácticamente habremos de sumar uno
más, puesto que ahora el "el período
de prueba o de espera" sólo se cumple
hasta diciembre próximo. Entonces sí
conoceremos el verdadero rostro de la
esquiva y fomentada tranquilidad, bajo
la presunción, desde luego, de que los
asuntos anden sobre rieles. Pero en
las postrimerías de 1985 el "cambio
con equidad" estará ya haciendo
maletas entre la chiflatina del
público y su maniobrabilidad habrá
finiquitado por completo. Ignoramos si
las prórrogas responden o no a un
astuto y preconcebido diseño de las
comandancias guerrilleras para
conducir las discusiones con el
gobierno; en todo caso el transcurso
del tiempo ha marcado un
endurecimiento de la posición oficial.
El presidente, en medio de las
furibundas impugnaciones de los
señores del agro y de la urbe,
despidió 1984 vociferando despechadas
amenazas, inéditas dentro de la prosa
belisarista, contra quienes habiendo
"resuelto voluntariamente actuar y
vivir dentro de las instituciones"
persisten en "mantenerse fuera de la
ley", y, en consecuencia, les dio
largas a las tropas para rastrillar
los asentamientos de las agrupaciones
insurgentes.23
El que la reacción poco se haya
entusiasmado con las larguezas
presidenciales y juzgue demasiado
flacos los logros después de semejante
ajetreo, no significa que desprecie la
oportunidad para llenarse de razón
antes de acometer cualquier
represalia. No hay que olvidar cómo en
definitiva quienes pasaron por
indulgentes y generosos fueron los
caimacanes del Poder, mientras que la
revolución ha ocupado el banquillo del
reo convicto y confeso al que se le
exime graciosamente de su condena. Los
tiranuelos ufanándose de compasivos,
la intransigencia vistiendo las galas
de la tolerancia y los extorsionadores
perdonando la extorsión, un gusto que
se prodigaron los seculares verdugos
del pueblo en este tira y afloja de la
pacificación dialogada, y que a punto
fijo harán valer el día de su noche de
San Bartolomé. Será una forma de
adelantar negociaciones pero no luce
gananciosa para la masa desvalida y
discriminada.
Además, el sendero de la inasible
concordia civil se ha visto adornado
de encomiosas insinuaciones a los
órganos constitucionales, de cortesías
para mucho patricio a cargo del
funcionamiento de las instituciones y,
sobre todo, de lisonjeras reverencias
ante quien por jerarquía representa a
dignidades y dignatarios, el primer
magistrado de la nación. Él ha sido
inobjetablemente el cid campeador de
la jornada. Gilberto Vieira lo definió
como "gobernante sincero". Alfredo
Vázquez Carrizosa, otro bizarro
espadachín de la "apertura" y de la
"paz" no vaciló en pedir, en tono
histórico y a favor de la convergencia
democrática, "una marcha de todo el
pueblo colombiano detrás de Belisario
Betancur". Jaime Bateman declaró sin
ambages: "Vamos a apoyar todas las
medidas positivas del gobierno.
Absolutamente todas. Creemos que se ha
creado un ambiente positivo, y esa es
la mejor actitud que nosotros podemos
asumir".24 Naturalmente el incienso se
ha ido apagando con las ominosas
disposiciones del Estado no sólo en
cuanto a materias económicas y
sociales, o a la privación de los
derechos, derivada, entre otros
factores, de la permanencia del 121,
sino respecto a la humillante
resignación de la soberanía nacional
ante el imperialismo norteamericano,
en tópicos como el paulatino
acatamiento a las exacciones del Fondo
Monetario Internacional, la
"descolombianización" de la banca, los
leoninos estímulos al capital
extranjero y la extradición de
ciudadanos sub júdice para ser
juzgados en las cortes estadinenses en
lugar de las colombianas. No estamos
en los fastos del apogeo del "sí se
puede" cuando se vaticinaba que la
"modernización" de la república sería
sinónimo de "belisarización".
Precisamente por eso, y aunque las
ovaciones hayan de tasarse ya con la
cautela y los considerandos del
crítico momento, ¿qué mejor
tonificante para el achacoso régimen
bipartidista que quienes se proclaman
contradictores suyos susurren
palabritas al oído de su presidente?
Asimismo, las reformas por las que
contienden las guerrillas se amalgaman
a la extraña reivindicación de
rescatar el obsoleto y podrido
Congreso oligárquico; rescate que se
introduce sutilmente, mas no por ello
de manera menos inaudita, cual lo
efectúan por ejemplo las Farc en su
comunicado a senadores y
representantes: "La Paz Democrática
para Colombia se conquista con lucha y
el Parlamento debe ocupar un sitio de
honor en esta batal1a". La exaltación
de la cavernaria asamblea, timbre y
orgullo de la democracia burguesa,
controlada aplastantemente por la
coalición liberal conservadora y a la
que los trabajadores y el pueblo no le
adeudan más que golpes arteros,
obedece a que por su tamiz ha de pasar
el sartal de enmiendas previstas en
las actas de los convenios
pacificadores. No hace falta predecir
de qué jaez serán las decisiones de
tan magno cuerpo, ni cuál el "sitio de
honor" que le conferirá el mañana.
Deseamos apenas referir hasta dónde el
desmantelamiento del foquismo se
entrevera además del pingüe repertorio
de transformaciones, con el respaldo
ostensible al alto gobierno y la
velada rehabilitación de los
consustanciales instrumentos de la
caduca sociedad. Pero hay más. Los
alzados encuadran su retorno a la vida
civil dentro de la perspectiva de una
acariciada intervención popular en las
potestades del Estado, vale decir, de
su intervención; y por lo cual ha de
arreglarse la democracia imperante y
ampliar los canales de entronque y
confluencia con las gestiones
oficiales. En cuanto al reconocimiento
y a la sustentación de apetitos tan
singulares, también son las Farc las
más francas y las menos inhibidas. En
un solemne memorando presentado por su
plana mayor a los comisionados de la
"paz" se plantea que la "Reforma de
las Costumbres Políticas" ha de
quebrantar las preeminencias del
bipartidismo y abrir "cauce a la
participación de las grandes mayorías
nacionales en los asuntos del
gobierno".25 Con disimulo, y a ratos
no tan discretamente, se han ido
ampliando los alcances del vocablo
apertura. Si en un comienzo se exigía
abolir las medidas coercitivas
emanadas de los decretos de excepción,
junto al establecimiento de
determinadas garantías democráticas, y
todo dentro del sano criterio de
obtener herramientas legales propicias
para el combate de los oprimidos
contra los opresores, gradualmente las
transiciones van implicando la
urgencia de un gran entendimiento con
las clases dominantes que modifique
las costumbres y la moral públicas,
reduzca el monopolio oligárquico sobre
la opinión y hasta viabilice una
extraña modalidad de cogobierno.
Para la insurgencia bélica, que desde
su nacimiento a fines de los
cincuentas se mostraba reacia frente a
cualquier tipo de actuación política,
pero que en el último lustro remeda
cada día con menor escrúpulo las
artimañas de los propugnadores del
reformismo, tal vuelco patentiza no un
avance sino un retroceso. A la vez,
sus retrógradas mutaciones han estado
químicamente catalizadas por el
influjo nocivo de los revisionistas,
con los que la extremaizquierda viene
manteniendo una tácita y febril
alianza y quienes son los
indefectibles tramitadores de una
avenencia en regla con los círculos
pudientes, o parte de ellos, que,
fuera de proporcionarles las canonjías
buscadas, contribuya a inclinar la
balanza del régimen colombiano hacia
una ubicación propiciatoria o por lo
menos neutralizable, ante los
proyectos de expansión en el
Continente del socialimperialismo
soviético y de su amado satélite,
Cuba. De ahí que para todas estas
vertientes la campaña de la "paz",
lejos de tener como Norte el entierro
voluntario de las desviaciones
anárquicas, surja al abrigo y dependa
de la ola pacifista promovida por
Moscú con el objeto de contener la
contraofensiva del imperialismo
yanqui, principalmente en
Latinoamérica, y no descarte el apoyo
interesado a las instituciones
vigentes y la utilización oportunista
de la accesible burguesía liberal,
liberal en sentido genérico.
Este contubernio, por lo demás,
tampoco constituye una novedad en
Colombia. La degenerativa conducta de
cerrar filas alrededor de uno u otro
bando de la política oligárquica,
aduciendo la mejor protección de las
prerrogativas de los desheredados de
la fortuna, se remonta a las calendas
de la fundación de la república. Sólo
que en las últimas décadas le ha
correspondido al Partido Comunista
revisionista la justificación y
propagación del pernicioso hábito. El
ardid consiste en sujetar las
reclamaciones mediatas e inmediatas de
los desvalidos y de la nación al
despeje del dilema "dictadura o
democracia" haciendo caso omiso de que
estas dos voces conciernen, en cuanto
a la cuestión del Estado, al mismo
fenómeno, la una referida al
predominio de clase y la otra a la
estructura de dicho predominio. La
única diferencia entre ambas radica en
lo siguiente: toda democracia es una
dictadura, pero no toda dictadura es
una democracia. Movilizar las
multitudes tras la democratización del
régimen obviando o diluyendo el
decisivo problema de que por más
democrático que éste fuere no dejará
de ser el avasallamiento de la mayoría
por la minoría, significa postrarlas
ante sus expoliadores, a saber, la
coalición liberal-conservadora
reinante.
Los foros de los derechos humanos y
sus respectivas comisiones, la extinta
Unión Nacional de Oposición, el Frente
Democrático alineado, las plataformas
electorales seudorrevolucionarias, el
apoyo a las facetas positivas de las
administraciones de turno, las
"aperturas democráticas" y hasta los
festivales de la esclerótica facción
han plasmado el fraude del siglo de
hacer circular las pretensiones de una
burguesía "avanzada" y de un
imperialismo "socialista" bajo la
etiqueta de la emancipación social y
política. Por ello el mamertismo, a
semejanza de Diógenes, ha trasegado
con linterna en mano indagando por los
hombres situados a la izquierda de la
derecha. Y en concordancia, siempre
detectaron a quién respaldar o
alentar, no importa la rama del Poder,
la dependencia y el nivel donde se
hayan guarecido las bandas
supuestamente susceptibles de ser
auxiliadas. Hubo un López M., "en
parte el presidente del descontento y
la esperanza de grandes masas"
enfrentado al ultramontano de Alvaro
Gómez que compartía
constitucionalmente con aquél los
atafagos del mando; así como hubo
primero un enaltecido general
Landazábal Reyes con sensibilidades
sociales y luego otro reprensible
general Landazábal Reyes adversario
jurado del proceso de "paz". Imposible
describir los interminables hallazgos
hechos por la lamparilla, de la vulgar
dialéctica mamerta; entre otras
razones porque los rebeldes colocados
a la extrema izquierda de la
"izquierda" aprendieron también a
aplaudir los rasgos prometedores del
discurso oficial y exhortan a que "la
pelea entre democracia y dictadura no
se ha ganado todavía", tal solía
repetirlo en vida el comandante Jaime
Bateman Cayón. Y eso que llevamos,
desde el Congreso de Cúcuta, 164 años
de sojuzgación republicana.26
NOTAS
1 En la reunión de
Palacio del 7 de octubre de 1983 con
los gremios empresariales, invitados
por Belisario Betancur a objeto de
limar asperezas con éstos y
contrarrestar sus crecientes
sobresaltos tras el acentuamiento del
receso económico y las repetidas
laxitudes oficiales en aras de la
"paz", se trajo a cuento el platillo
de la inversión foránea, una inquietud
avivada de continuo por la
administración del "cambio con
equidad". El representante de la Exxon
aseveró tajantemente: "El capital
extranjero tiene miedo de venir a
Colombia". La información la
suministró La República al otro día,
de donde la hemos extraído.
El diario complementó así su noticia:
"Hablando durante el controvertido
desayuno de Betancur con los
empresarios, el presidente de Intercol
(una de las subsidiarias de la Exxon),
Ramón de la Torre, le dijo al propio
jefe del Estado que el país no ha
tratado con suficiente rigor el
problema del secuestro y que hoy en
día hay un gran miedo dentro de los
círculos internacionales.
"'Yo diría que hoy en día
desafortunadamente vendría al país
menos inversión extranjera por ese
problema que por cualquier otro’,
declaró, e incluso recordó que una
entrevista concedida por Betancur a la
revista norteamericana Newsweek, hizo
aumentar el miedo de los zares de las
finanzas".
2 El Espectador, agosto 11 de 1982.
3 Aludimos a una columna de Daniel
Samper Pizano, difundida por El Tiempo
del 26 de noviembre de 1982. Samper
colaboró con su colega Enrique Santos
Calderón en la fundación del
grupúsculo hipomamerto Firmes, al que
luego renunciaron ambos, dejando el
malogrado ensayo partidista en manos
de Gerardo Molina, Diego Montaña
Cuéllar y Jorge Regueros Peralta,
miembros supérstites de la generación
de la "revolución, en marcha" de los
años treintas.
Cinco días antes Santos Calderón
también había comentado que "no
entiendo el recrudecimiento de
acciones armadas por parte de
movimientos guerrilleros que vienen
hablando de paz y apertura
democrática. A veces da la impresión
de que el gobierno de Betancur les
hubiera cogido la caña al promulgar
una amnistía para la que en el fondo
no estaban preparados, o que tal vez
no esperaba".
En igual forma se expresaron otras
personas a las cuales nadie podrá
tachar de propugnadores de la
represión anticomunista. El candidato
presidencial del señor Gilberto Vieira
en 1982, Gerardo Molina, según,
noticia de la fecha arriba mencionada
y de la sección política de El
Espectador a cargo del redactor Carlos
Murcia, "pidió a Jaime Bateman y sus
compañeros que recapaciten porque
sería un grave error político que
rechazaran la amnistía que se les
brinda de manera tan amplia y que la
utilizaran sólo como una treta para
obtener la libertad de sus presos".
Y el 29 de noviembre, por información
de El Tiempo, el mismo Molina se
atrevió a asegurar los siguiente:
"...tal vez por las condiciones en que
ha vivido en los últimos años
-distanciado del país, metido en el
monte, sin referencias de lo que se
vive en las ciudades-, Bateman no está
en condiciones de darse cuenta de lo
que la opinión nacional desea.
"Me da la impresión de que es un
hombre temperamentalmente inestable,
que fluctúa mucho, y eso lo lleva a
que adopte en poco tiempo líneas de
conducta muy diversas".
El 26 de noviembre, la articulista de
El Espectador, María Teresa Herrán,
exhaló así su desencanto: "A la
opinión pública le queda la impresión
amarga de que, en cierta forma y
mientras no se le demuestre lo
contrario, el M-19 le ha estado
mamando gallo al país. La expresión
muy criolla y muy colombiana es la
precisa para calificar esa
inconsistencia en las determinaciones,
o esa manera poco franca de ir sacando
las cartas poco a poco para
ridiculizar a la contraparte".
Hasta doña Clementina Cayón, la señora
madre del entonces jefe máximo del
M-19, en entrevista concedida a El
Espectador del 24 del mes referido,
manifestó su sorpresa: "La verdad que
he quedado completamente
desconcertada, ya que yo estaba
convencida de que él se acogería a la
amnistía en esta semana aquí en Santa
Marta y más concretamente en la Quinta
de San Pedro Alejandrino, pero tal
parece que cambió de pensamiento y eso
en realidad me tiene bastante
preocupada y me ha puesto muy triste y
no sé lo que pueda pasar de aquí en
adelante".
Las anteriores opiniones son apenas
unas cuantas de las muchas propaladas
a raíz de la expedición de la última
amnistía y de la respuesta que a ésta
le dieron los alzados. Las traemos
para ilustrar los aturdimientos que,
entre los más sinceros defensores de
una pacificación voluntaria,
produjeron los rumbos inusitados hacia
los cuales confluyó el primer intento
de "apertura" de Belisario Betancur.
Testimonios irrefragables en los que
falta, por supuesto, el no menos
autorizado de Gabriel García Márquez,
quien, asimismo, plantó sus pinitos
críticos por aquella data y en
idéntica dirección.
4 No obstante el riesgo de aburrir a
los lectores a punta de citas,
recordemos algunos de los
pronunciamientos de los otros
matutinos de la capital, a guisa de
prueba del enojo oligárquico. Conste
que nos limitamos a un sector
representativo sí pero reducido de la
gran prensa, cuando 1982 agonizó en
medio de las sanguinolentas amenazas
de célebres figuras de la alianza
bipartidista dominante que se
sintieron majaderamente engañadas con
los precarios frutos de la amnistía.
La República, órgano de la antigua
vertiente ospinista aliada cercana del
pastranismo, estuvo permanentemente
objetando la suavidad del gobierno
frente a la insurgencia guerrillera.
El 25 de noviembre de 1982 se reafirmó
todavía más en sus malos augurios:
"La actitud de los alzados en armas
que orienta Bateman no nos sorprende.
Nunca creímos en su sinceridad y en
sus deseos de regresar a una vida
normal y civilista. Distantes de este
tipo de ingenuidad así lo creímos y
por ello nunca nos arrebató el lirismo
de la operancia de la amnistía (...).
"Se impone una vez más, algo que
permanece irreductible en nuestras
convicciones: el total apoyo e
irrestricta confianza para nuestro
ejército".
Ese mismo día El Espectador, a pesar
de haberse constituido en un apoyo
constante para Betancur desde las
toldas liberales, de todas maneras
conminó al presidente a salvaguardar
la "integridad nacional":
"...a la actitud asumida por los
dirigentes del M-19, no se puede dar
más que el calificativo de una treta
inaceptable para el país y el
Gobierno. Porque, sencillamente,
esconde una burla y pone de bulto una
contradicción flagrante en sus
propósitos (...)
"No se hace así la paz. Entre otras
razones, porque la Constitución
Nacional ha erigido al Presidente de
la República en jefe supremo de las
Fuerzas Armadas, y le ha confiado la
guarda de la integridad nacional, que
no se vulnera sólo cuando el
extranjero huella su territorio, sino
también cuando se consiente por
omisión o por gratuita dádiva el
cogobierno paralelo".
Y el 23 de noviembre, El Siglo, por
ser el vocero de Alvaro Gómez Hurtado,
ex embajador en Washington, ex
designado y virtual candidato único
del conservatismo para las elecciones
presidenciales de 1986, había fijado
su posición en términos un tanto
diplomáticos:
"Sería inapropiado que insistieran en
otros puntos adicionales para plegarse
a la amnistía. Primero que todo porque
ella no es una negociación entre el
Estado y los grupos guerrilleros, sino
una concesión de la autoridad legítima
a quien no la tiene. Y en segundo
lugar porque la ‘tregua’ que solicitan
los guerrilleros, y que implica una
desmilitarización de los territorios
donde se desarrolla la lucha,
equivaldría a otorgarle a la
guerrilla, en su aspecto militar, un
carácter de beligerancia idéntico al
del estamento militar legítimo del
Estado, y a entregarle, por lo tanto,
un importante territorio de la nación.
La amnistía no puede convertirse en
una descalificación del Ejército
colombiano, ni es una tregua entre dos
fuerzas enfrentadas. El Ejército tiene
la misión constitucional de velar por
la integridad del territorio patrio, y
esa misión es inalienable y por lo
tanto debe cumplirse".
5 El Espectador, noviembre 24 de 1982.
6 Decimos que hubo arrepentimiento de
la Cámara porque, como se recuerda, la
corporación, con todo y haber expedido
alborozadamente la amnistía, aprobó
poco después una destemplada
proposición contra la Presidencia de
la República, rechazando casi que por
unanimidad la invitación a que una
comisión de parlamentarios asistiera
al "Banquete de la Paz", organizado en
el Hotel Tequendama por Belisario
Betancur. Aunque el choque entre los
dos órganos del poder debióse en
realidad a que el Ejecutivo objetaba
las dietas del Congreso, los
representantes decidieron desquitarse
evocando la memoria de Gloria Lara,
asesinada no hacía mucho por el grupo
que la había secuestrado, y
vaticinando el fracaso de la política
pacificadora. El 2 de diciembre de
1982, El Tiempo reveló apartes de la
proposición de la Cámara.
7 El Tiempo del 16 de septiembre de
1982 dio una detallada información
sobre los inocuos resultados de la
"cumbre política".
8 El Tiempo, en su edición del 1o de
junio de 1984, publicó el texto
íntegro de la extensa circular del
general Vega.
9 Leímos los pronunciamientos de los
gremios huilenses, de los hacendados
de Córdoba y de los cafeteros del
Quindío en las correspondientes
ediciones de El Tiempo de septiembre
13 y 15 y de octubre 2 de 1984. El
mensaje conjunto de la Sociedad de
Agricultores de Colombia, SAC, y de la
Federación Nacional de Ganaderos,
Fedegán, lo reprodujo El Tiempo, del
28 de septiembre. Las otras
desobligantes declaraciones contra la
gestión oficial a que hicimos
referencia pero que no extractamos por
falta de espacio físico, al igual que
los múltiples comentarios críticos y
satíricos proferidos por elementos
decepcionados de los partidos
tradicionales, fueron publicados en la
prensa de los meses posteriores a los
acuerdos firmados en La Uribe, El
Hobo, Corinto, Medellín y Bogotá.
Personajes de marras, cual Germán Bula
Hoyos y Otto Morales Benítez,
precursores de la cruzada
apaciguadora, formularon incluso sus
reparos. El primero rechazó el
marginamiento de la fuerza pública en
algunos casos y la aparición de las
guerrillas como guardianes del orden,
anotando que en la aplicación de la
amnistía ha habido "procedimientos que
dejan mucho qué desear" (El Tiempo,
septiembre 19 de 1984). El segundo
testimonió que "el país está asustado
por lo que ha visto a lo largo del
proceso de paz, y entre los
colombianos aflora el temor de que el
Estado ha cedido ante las pretensiones
de los alzados en armas". (El Tiempo,
septiembre 14 de 1984).
10 Gilberto Vieira, en un debate en la
Cámara de Representantes, denunció a
mediados de octubre la desaparición en
Puerto Boyacá de un miembro de su
partido, de nombre Faustino López,
quien, junto a un compañero suyo
también posiblemente muerto, había
regresado a dicho municipio mucho
tiempo después de haberlo abandonado a
causa de las matanzas del "Mas".
Confiesa en su discurso el
parlamentario Vieira que el militante
desaparecido retornó a la
ensangrentada población porque "creyó
que había cambiado de ambiente",
refiriéndose a la firma de los pactos
entre las Farc y la Comisión de Paz.
Finalmente narra cómo una nutrida
delegación que en varios vehículos se
transportara a la localidad, pensando
en sentar el repudio por los dos
crímenes y en hacer acto de presencia
pública al amparo del proceso
pacificador, fue recibida a palos por
energúmenos manifestantes de una
facción del Oficialismo liberal y
obligada a salir al vuelo. Tales
incidentes ilustran a cabalidad lo que
venimos señalando. En el Magdalena
Medio el trajín guerrillero dio
prácticamente al traste con el trabajo
legal. Allí han inmolado sus vidas
miles de luchadores del pueblo
sospechosos de colaborar con los
secuestros y la extorsión, ya que las
batallas propiamente militares han
ocurrido en cuantía harto menor a la
de aquellas modalidades delictivas que
tanto enardecen a los grandes y
medianos propietarios; y a los
integrantes conocidos del PC se les ha
exterminado y perseguido con tal saña
en toda la región, que casi no quedan,
por lo menos en forma visible. La
intervención en el Congreso del
secretario de la agrupación
revisionista se halla impresa en Voz,
de octubre 25 de 1984.
11 El Espectador, octubre 1 de 1984.
12 Un su edición del 7 de septiembre
de 1984, El Tiempo insertó los textos
completos de la cartas cruzadas entre
Belisario Betancur y Gustavo
Matamoros.
13 El ponente de la ley de amnistía,
Germán Bula Hoyos, sin el menor
inconveniente sintetizó en la
siguiente frase lapidaria la susodicha
inversión de funciones,
transfiriéndole a la maquinaria
militar las facultades interpretativas
de la Corte: "La misión de las Fuerzas
Armadas no consiste únicamente en
preservar la Constitución y el orden
establecido, sino en asegurarse de que
éstos sean correctamente
interpretados" (Reportaje a El Tiempo,
septiembre 26 de 1984).
14 Las revelaciones de simpatía con
los militares van desde el apoyo de la
Asociación Algodonera del Sinú al
ministro Matamoros por "su solicitud
al doctor Belisario Betancur,
presidente de la República, para que
se respete la Constitución en lo
relativo al uso de uniformes y porte
de armas de uso privativo de las
Fuerzas Armadas del país" (El Tiempo,
septiembre 15 de 1984), hasta el
siguiente convencimiento de García
Márquez: "Las Fuerzas Armadas han
acatado la autoridad del presidente
Betancur y están colaborando con él,
para consolidar su política de paz. No
reconocer eso sería una injusticia"
(El Espectador, septiembre 2 de 1984).
En su columna de El Tiempo del 2 de
septiembre pasado, por ejemplo,
Enrique Santos Calderón declaró:
"Nunca he sido apologista de las
Fuerzas Armadas, sino más bien su
crítico constante y en ocasiones tal
vez excesivo. ( ... ) Pero al conocer
mejor su trayectoria y vida interna, y
al ver su conducta de fondo frente al
complejo proceso de la paz, hay que
agradecer de veras el que tengamos el
ejército que tenemos".
Y si a estos reconocimientos les
sumamos las muestras de solidaridad
que por aquella fecha les hicieron
llegar a los uniformados los
consabidos dirigentes de la reacción,
no le falta piso al general Vega Uribe
al alardear de "este gigantesco
respaldo que nos están dando" (El
Espectador, octubre 28 de 1984); o al
general Valencia Tovar cuando anota:
"Hay virajes evidentes. Ópticas nuevas
para juzgar a las Fuerzas Militares y
de Policía, que se registran con
agrado por la prestancia de quienes lo
expresan, su influencia en la opinión
pública y la calidad de sus escritos"
(El Tiempo, septiembre 7 de 1984).
15 El 12 de septiembre el Comando
Superior del M-19 le remitió una carta
al ministro de Defensa Nacional, en la
cual, después de aclamarse que el
diálogo "es el camino nuevo y
realmente democrático que Colombia
puede abrir para América Latina", se
consigna: "El respeto que a los
militares colombianos hemos mantenido
como hombres y como contrarios en el
campo de batalla, y la oportunidad
excepcional de este tratado de cese al
fuego, nos mueve a reafirmar nuestra
disposición a un diálogo directo con
las Fuerzas Armadas, sea donde sea, y
a insistir en que el gran diálogo es
el instrumento, la fórmula y la
oportunidad para que todos, Congreso y
pueblo, Iglesia y gremios, Gobierno,
Ejército y guerrillas, hagamos el
esfuerzo grande de buscar caminos
nuevos para un viejo problema: la
Patria que a todos nos duele" (Tomado
de El Tiempo, 21 de septiembre de
1984).
16 Antes del asesinato del presidente
Salvador Allende, Gilberto Vieira
sostuvo: "Un factor verdaderamente
decisivo en Chile es el Ejército. Lo
han demostrado los hechos. La reciente
visita de una misión militar chilena a
Cuba me parece un acontecimiento
sensacional y significativo de todo
ese proceso. 0 sea, no es fácil que el
imperialismo pueda movilizar al
ejército chileno, en su conjunto,
contra el gobierno de la «Unidad
Popular», y esa es una de las ventajas
más grandes con que cuenta el pueblo
chileno" (Reportaje concedido a U.
Valverde y 0. Collazos a principios de
1972 y publicado en 1973 en el libro
Colombia tres vías a la revolución,
Círculo Rojo Editores, Bogotá, págs.
76 y 77).
17 Teodoro Petkoff, Proceso a la
izquierda, Editorial La Oveja Negra,
Bogotá, 1983, pág. 53.
18 El inciso g) del punto octavo del
Pacto de La Uribe manda: "Hacer
constantes esfuerzos por el incremento
de la educación a todos los niveles,
así como de la salud, la vivienda y el
empleo". El Tiempo, del 28 de mayo de
1984, publicó el acuerdo con las Farc
y el 23 de agosto el suscrito con el
M-19 y el EPL.
19 Esta manía, tan belisarista, de
subordinar el logro de la "paz" a las
reformas, a la transformación del
país, a la supresión del subdesarrollo
y de las desigualdades, campea en casi
todas las exposiciones del presidente
sobre el tema. Los apartes extractados
los tomamos en su orden, de un
reportaje suyo a Colprensa y publicado
en La República del 9 de agosto de
1982; una rueda de prensa concedida en
La Paz y reproducida por El Espectador
del 11 de octubre de 1982; un discurso
ante gobernadores y alcaldes y
transcrito en El Tiempo del 18 de
octubre de 1983, y una carta enviada
al director de El Tiempo y conocida el
7 de noviembre de 1982. Con todo y lo
absurdo que suena someter los
convenios de la pacificación a las
conquistas económicas y sociales, pues
equivale a atravesar una talanquera
insuperable, difícilmente
encontraremos quién no lo haga. Con el
objeto de convencer a los lectores de
la existencia de este enredijo
universal, vertiremos a continuación
la opinión de dirigentes de las más
diversas procedencias, advirtiendo que
la muestra se queda corta para lo que
hay por conocer.
El general Bernardo Lema Henao cuando
aún no había pasado a las filas de las
reservas: "Lema dijo que es un
convencido de la necesidad de la paz
en el país, ‘porque yo la concibo como
el bienestar colectivo del pueblo
colombiano’ " (La República, agosto 13
de 1982).
"La amnistía no es la paz. En esto no
debemos equivocarnos. Es posible que
ella pueda conducir al
restablecimiento de la paz, pero por
sí sola no basta. Para lograr ese
beneficio es indispensable aplicar
otras medidas, como la integración
ciudadana y una justa ayuda a los
sectores más necesitados" (El
Espectador, octubre 3 de 1982).
Jaime Bateman Cayón:
"Para el M-19 paz son libertades
políticas, respeto a la vida de los
luchadores populares, es la
participación del pueblo en las
riquezas nacionales, es una política
social que cubra las inmensas
necesidades del pueblo de pan, techo,
trabajo, educación y salud" (El
Tiempo, agosto 19 de 1982).
"Paz y democracia son posibles si el
nuevo gobierno pacta con el pueblo y
se establece un compromiso histórico
que dirija al país por las vías de la
justicia económica, social y política"
(Mensaje del M- 19 al Congreso, El
Espectador, julio 23 de 1982).
"La paz hoy es el cese al fuego, pero
también son salarios justos, servicios
públicos eficientes y al alcance del
pueblo, salud y educación para todos.
"La paz hoy es la participación
política de las mayorías nacionales,
es el respeto a la cultura y la tierra
de los indígenas, condiciones de vida
y trabajo dignas para los colonos y
campesinos y es también la defensa de
la soberanía sobre nuestras riquezas
naturales.
"Por eso la paz debe ser el resultado
de un gran acuerdo entre gobernantes y
gobernados, entre nación y gobierno,
producto de un proceso de
conversaciones de paz al que hemos
llamado el Diálogo Nacional" (Carta a
Betancur, El Tiempo, noviembre 25 de
1982).
Monseñor Mario Revollo Bravo:
"La paz es fruto de la justicia y
mientras haya injusticia social,
inmoralidad y un estado de depresión,
no habrá paz, por lo tanto, hay que
acudir a la redistribución de la
riqueza, hay que proporcionar trabajo
y suplir las necesidades más urgentes
del pueblo" (El Espectador, agosto 21
de 1982).
Gilberto Vieira:
" ‘Los cambios políticos, económicos,
sociales y culturales enunciados
anteriormente son factores esenciales
para la paz que todos los colombianos
anhelamos, pues está demostrado que
ella no se logra mediante soluciones
militares y represivas’, dice el
documento" (Ponencia ante la "cumbre
política", El Tiempo, septiembre 16 de
1982).
Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de
Colombia, Farc:
"Nosotros estamos en la lucha
guerrillera no por idealismos sino por
situaciones concretas de este país
como la injusta concentración de las
riquezas en pocas manos, en los
denominados grupos financieros ligados
al capital imperialista, todo ello
posible por la política económica
gubernamental, mientras la gran
mayoría del pueblo colombiano se
debate en medio de la miseria y el
empobrecimiento progresivo"( ... ).
"Por lo anterior decimos que toda
acción en la búsqueda de la paz debe
incluir medidas económicas, sociales y
políticas tendientes a modificar
favorablemente la grave situación de
los colombianos y requiere además de
un efectivo desmonte de los mecanismos
represivos. La paz no se logra con
simples ejecutorias de acción
cívico-militar porque ella no va a la
causa de la problemática social para
resolverla" (Carta a Betancur, El
Espectador, octubre 13 de 1982).
Declaración de las cuatro centrales,
UTC, CTC, CGT y CSTC:
"Recogemos el clamor de las mayorías
de nuestro país en el sentido de que
la amnistía general es un paso
importante pero no suficiente para
conseguir la paz, ya que ésta supone
realizar transformaciones de orden
social, económico y político que
aseguren a todos los colombianos el
disfrute de unas mejores condiciones
de vida y de trabajo" (El Tiempo,
noviembre 5 de 1982).
Oscar William Calvo, vocero del EPL y
del PCC ML:
"Cuando firmamos este acuerdo, es
porque somos luchadores y amantes por
la paz. Pero no por eso, podemos
afirmar que el hecho de firmar este
acuerdo, signifique la conquista de la
paz en el territorio nacional. Es un
paso importante, pero no es la
culminación de las bases mismas que
generan la violencia, porque es la
miseria, la carencia de derechos
políticos, porque es el desempleo, el
incremento de los impuestos, los
azotes de la deuda externa, las
precarias condiciones de salud, las
deficiencias en la educación, todos
estos factores traen consigo la
violencia y propician la delincuencia.
Por ello, decimos que no se ha logrado
la paz" (El Mundo, agosto 24 de 1984).
Gabriel García Márquez:
"...como tanto se ha dicho en
Colombia, en estos días, la amnistía
es sólo parte de los elementos para
que la paz reine en Colombia. Los
otros elementos ya se sabe cuáles son:
una mayor justicia social, en fin, son
temas ya bastante conocidos en
Colombia" (El Espectador, octubre 25
de 1982).
Dentro de la copiosa literatura
escrita respecto al asunto,
extrañamente nadie ha caído en cuenta
de que condicionar el proceso
pacificador en tal forma, consiste en
ubicarlo en una sinsalida. Exceptuando
las objeciones muy marginales de
algunos liberales, interesados mejor
en contradecir a Betancur que en
arrojar luz sobre el problema, sólo
hemos encontrado un comentario de José
Arizala, aparecido en Voz del 6 de
septiembre último, en el que fustiga
la trillada incoherencia de que
"mientras haya hambre no habrá paz".
No obstante, se la imputa única y
exclusivamente al ELN, cual si no
fuese el más generalizado de los
dogmas colombianos de los tiempos
actuales. Al dirigente revisionista no
le preocupa otra cosa que descalificar
al grupo guerrillero porque éste no
quiso integrarse a la campaña nacional
de reconciliación. Explica cómo las
sociedades explotadoras de hoy
conllevan, por "situación inherente",
los males que se derivan de la
sobreentendida expoliación. Y
complementa: "Si la causa de la lucha
armada, de la guerra civil, fuera la
pobreza del pueblo, en todos las
países capitalistas habría o debería
haber una guerra revolucionaria".
Aunque esta polémica del señor Arizala
no parece representar un bandazo de la
dirección del Partido Comunista, sí
demuestra fehacientemente que las
estribaciones más primigenias de la
extremaizquierda en Colombia siguen,
sin ninguna otra contemplación,
supeditando la "guerra" al cambio de
régimen, a la par que el mamertismo y
sus adjutores confían en que el
régimen supedite el cambio a la "paz".
Puntos contrapuestos entre los cuales,
a la hora de nona, podría no haber
mucha distancia.
20 Los extractos transcritos
pertenecen al pronunciamiento expedido
el 20 de septiembre de 1982 por el
Comité Ejecutivo Central del MOIR, y
con el cual se desautorizaba la
pretensión del gobierno de designar a
Marcelo Torres para la Comisión de
Paz. Tribuna Roja, N* 44, febrero de
1983.
21 Varias agrupaciones
extremoizquierdistas han reconocido
tácita o desembozadamente el uso y la
utilidad de estas modalidades de
terrorismo. El M-19 de labios de su ex
máximo jefe, Jaime Bateman Cayón,
reivindicó así, en reportaje a la
periodista Patricia Lara, la
ejecución, durante el período de la
administración López, del entonces
presidente de la Confederación de
Trabajadores de Colombia, CTC, José
Raquel Mercado:
"Interpretamos al pueblo cuando
juzgamos y ajusticiamos a un traidor
de la clase obrera... El juicio y
ajusticiamiento a Mercado le abrió
nuevas perspectivas al movimiento
sindical ... Demostró hasta dónde
llegaba su podredumbre... Despertó a
muchos dirigentes obreros quienes se
dieron cuenta de que su función no era
la de traicionar a los trabajadores
colombianos. La gente oyó nuestro
mensaje:
( ... )
"-Hermano, aquí hay que comportarse.
Hermano, aquí no se le pueden hacer
jugadas chuecas a la clase
trabajadora.
"No quiero decir con eso que el
movimiento sindical ya sea puro ni que
haya cambiado totalmente. Pero después
de la muerte de Mercado, se le
abrieron nuevos caminos a la unidad
sindical colombiana".
"El M-19 despegó con la muerte de
Mercado. ¡Despegó mil veces, mil
veces, mil veces!".
También señaló que con el secuestro
del gerente de Indupalma, hecho en
1974 para presionar a la empresa a
firmar el pliego de peticiones de los
trabajadores en huelga, "apareció
entonces un nuevo camino en la lucha
sindical el cual, desgraciadamente, no
se continuó".
Luego de realzar la importancia de
aquel expediente para proporcionarle
bríos y cauces al sindicalismo
colombiano, el comandante del M-19,
sin embargo, vacila en cuanto a la
validez de sus aserciones y las atenúa
un tanto al hablar de los métodos de
financiamiento:
"A nadie, y menos a nosotros, le gusta
el secuestro. ¡Nosotros preferiríamos
mil veces no vernos obligados a
secuestrar gente! Pero como el Estado
no tiene un impuesto destinado a
financiar la revolución de los pobres;
y como los que tienen dinero no lo
aflojan a las buenas; y como no
queremos ser una organización
revolucionaria financiada por la Unión
Soviética o cualquier otro país
extranjero y dependiente de él, no nos
queda más remedio que secuestrar a
unos pocos oligarcas".
Para rematar más adelante en la misma
entrevista:
"Queremos hacer un secuestro más, uno
sólo, pero uno que nos deje tres
millones de dólares... Así
solucionaríamos definitivamente, con
un costo político muy bajo, el
problema económico de la revolución"
(Patricia Lara, Siembra vientos y
recogerás tempestades, Segunda
edición, Bogotá, Editorial Punto de
Partida, abril de 1982, págs. 116,
117, 118, 119, 120 y 121).
22 La frase pertenece a Qdilon Barrot,
premier del gabinete del gobierno
provisional surgido de la revolución
de febrero de 1848, en Francia,
investidura que siguió ostentando bajo
Luis Bonaparte, luego del triunfo
electoral de éste en diciembre del
mismo año, la pronunció a la sazón,
apenas nacida la segunda república
francesa, en el sentido de que el
andamiaje jurídico recién impuesto en
cierto modo encarnaba un obstáculo
para las pretensiones de consumar un
golpe de Estado y restablecer la
monarquía bonapartista, como en efecto
ocurrió más tarde, instaurándose el
reinado, así conocido, de Napoleón
III.
Carlos Marx cita la expresión de
Barrot en sus artículos titulados
genéricamente Las luchas de clases en
Francia de 1848 a 1850, en donde
expone, entre otras tesis relevantes,
importantísimas apreciaciones sobre la
táctica revolucionaria de la clase
obrera. En su concienzudo análisis de
las fuerzas enzarzadas y de los agudos
duelos de aquellos días precisa cómo
la conspiración de los detentadores
del poder podría llevarse a cabo en la
medida en que se presentara un
"motín", "un pretexto de salut public"
(seguridad pública), que les
permitiera "violar la Constitución en
interés de la propia Constitución".
El ministerio Barrot instigó en todas
las formas a sus oponentes, los
irritó, los incitó a cometer
estupideces, a fin de que cayeran en
el garlito y le proporcionaran lo que
quería: un "motín". "La legalidad nos
mata", razonaban los conjurados
oficiales, y hemos de deshacemos de
ella, mas necesitamos un porqué, pues
la disculpa, el subterfugio, no es
menos trascendente que el propósito, y
un manejo adecuado de la situación nos
reportará puntos valiosos,
definitivos, sobre la contraparte.
Marx concluye: "El proletariado no se
dejó provocar a ningún motín porque se
disponía a hacer una revolución"; y
Engels, en su introducción a la obra
mencionada, se detiene en estas
reflexiones y las profundiza cual
consejos fundamentales para ser
estudiados y aplicados por los
estrategas del combate del trabajo
contra el capital.
A su turno, Lenin, el aventajado
discípulo y continuador de la gesta
comunista, tomó atento apunte de la
clave advertencia, vertiéndola y
complementándola en infinidad de
textos suyos, polémicos unos,
didácticos otros, de carácter teórico
los más. Como en Colombia la batalla
contra el régimen antinacional y
antipopular imperante ha adolecido
ante todo de la carencia de una línea
táctica acertada, no sobra transcribir
aun cuando sea algunas pocas palabras
de aquellos escritos pertinentes.
Hemos cogido casi que por azar uno
breve, acerca de "La II Duma y la
segunda ola revolucionaria". Dice allí
el artífice de la gloriosa Revolución
Socialista de Octubre, vendida y
desconceptuada después por Kruschev y
sus sucesores:
"...la lucha en su forma más aguda es
indiscutiblemente inevitable.
"Pero por eso mismo que es inevitable,
no debemos forzarla, apresurarla ni
azuzarla. Dejemos eso a los Krusheván
y los Stolipin (personeros de la
reacción y de la autocracia zarista).
Nuestra tarea es decir la verdad al
proletariado y al campesinado, de modo
bien claro, sin rodeos, franco e
implacable; abrirles los ojos sobre el
significado de la tormenta que se
avecina, ayudarlos a enfrentar
organizadamente al enemigo con la
serenidad de los hombres que van hacia
la muerte, como el soldado que espera
al enemigo agazapado en la trinchera y
dispuesto, después de las primeras
descargas, a lanzarse a una furiosa
ofensiva.
" ‘¡Señores burgueses, tiren ustedes
primero!’, decía Engels en 1894,
dirigiéndose al capital alemán.
‘¡Señores Krusheván y Stolipin, Orlov
y Romanov, tiren primero!’, diremos
nosotros. Nuestra tarea es ayudar a la
clase obrera y al campesinado a
aplastar el absolutismo de las
centurias negras cuando él se lance
contra nosotros.
"Por eso, ¡nada de llamamientos
prematuros a la insurrección! Nada de
solemnes manifiestos al pueblo. Nada
de pronunciamientos, nada de
‘proclamas’. La tormenta se nos viene
encima por sí sola. No hace falta
blandir las armas".
Agreguemos que las anteriores
amonestaciones de Lenin fueron
redactadas en febrero de 1907, cuando,
como él lo indica, "han pasado dos
años de revolución" y "la situación es
indiscutiblemente revolucionaria". El
mero contraste entre los criterios
anotados y los que profesa la
totalidad de la franja anarquista
colombiana es aleccionador. No hemos
vivido en años un verdadero auge del
movimiento de masas y ya contamos con
un historial de levantamientos armados
de tamaño, aspecto, tinte, duración y
fortuna diversos, quizás sin parangón
en el mundo. En contravía a las
universales deducciones del marxismo,
lamentablemente en Colombia a los
insurrectos, insurrectos de cabeza
ardiente y frío corazón, que además no
distinguen entre la democracia de los
explotadores y la de los explotados y
se confunden cuando aquéllos especulan
sobre lo preferible de una sojuzgación
matizada, no les ha temblado el pulso
al acometer cualquier género del
acciones temerarias o de dudosas
actividades que enloden las banderas
independentistas, sacrifiquen
alegremente fieles seguidores y
desaten la cruenta persecución contra
las gentes del común.
El ensayo de Carlos Marx lo
consultamos en C. Marx F. Engels Obras
Escogidas, Tomo 1, Moscú, Editorial
Progreso, 1973, págs. 190 a 306. Los
párrafos de Lenin los entresacamos de
sus Obras Completas, Tomo XII, Buenos
Aires, Editorial Cartago, 1960, pág.
107.
23 En su alocución televisiva del 2 de
diciembre de 1984, Belisario Betancur
hizo esta "notificación perentoria y
categórica", o "advertencia clarísima
y rotunda" como él mismo la
calificara:
"...en adelante quienes han resuelto
voluntariamente actuar y vivir dentro
de las instituciones, tendrán el
espacio político para moverse y serán
estrictamente respetados, pero siempre
que lo hagan dentro de los límites
establecidos por la ley. En ese
sentido, quiero hacer una notificación
perentoria y categórica, una
advertencia clarísima y rotunda:
"Quienes persistan en la violencia, en
el crimen, en el secuestro, en la
extorsión, sufrirán todo el peso de la
ley. Sobre esto no les quede sombra de
duda: si persisten en mantenerse fuera
de la ley, sufrirán el peso de esa
ley. Esta es la orden irrevocable a la
totalidad de las autoridades.
Boleteos, amenazas, asaltos,
narcotráfico, toda la gama de los
delitos, será castigada sin una sola
excepción. Y quienes se acojan a la
ley y la respeten, ésos deben sentirse
protegidos por esa ley" (El Tiempo,
diciembre 3 de 1984).
Entretanto, los mandos militares,
envalentonados por las circunstancias,
mostráronse muy activos maquinando sus
celadas en diversas regiones escogidas
cuidadosamente. El nuevo año se
inauguró con un voluminoso inventario
de intermitentes violaciones a los
armisticios. Aunque el cerco de casi
un mes a una columna del M-19, tendido
por el ejército en las inmediaciones
de la población de Corinto, configuró
la refriega de mayor calibre, el resto
de grupos irregulares también padeció
con igual rigor su respectivo número
de bajas tras el hostigamiento bélico
de las partidas del régimen. Estos
incidentes en la fase ulterior del
inconcluso pleito corroboran la
sospecha de que la "paz" pese a su
fácil y espléndido despegue, discurre
no como la ciencia, de lo complejo a
lo simple, sino como la creación, de
lo simple a lo complejo. De no
descomplicarse, de no invertir su
malformación, contingencia muy remota,
la consigna, por mucho que sea coreada
a la colombiana por gobernantes e
insurrectos, fenecerá incluso antes y
no después de haber sido realmente
aplicada.
24 Las expresiones de Vieira, Vázquez
y Bateman las extractamos
respectivamente de: Cromos, noviembre
23 de 1982; El Espectador, octubre 25
de 1982, y El Tiempo, septiembre 18 de
1982.
25 Los dos últimos apartes citados de
los pronunciamientos de las Farc los
sacamos de publicaciones aparecidas en
el órgano del Partido Comunista, Voz.
El primero salió el 19 de julio de
1984 y el segundo el 11 de octubre del
mismo año, y cuyo párrafo completo
reproducimos:
"Dentro del marco de la apertura
democrática, las Farc, en unión con
otros partidos y corrientes de
izquierda lucharán utilizando todos
los medios a su alcance por una
Reforma de las Costumbres Políticas en
dirección a desmontar el monopolio de
la opinión política, ejercido por los
viejos partidos tradicionales en
beneficio de la oligarquía dominante,
abriendo cauce a la participación de
las grandes mayorías nacionales en los
asuntos del gobierno".
Claro está que las Farc no es la única
sigla armada que haya abogado por el
perfeccionamiento de las instituciones
prevalecientes, o haya cifrado sus
sueños transformadores en los
veredictos de éstas, e incluso, en la
injerencia o influencia de las
vertientes contrarias al régimen
dentro de las actividades
gubernamentales de ese mismo régimen.
Con obvias variaciones de lenguaje y
de énfasis, los otros grupos
comprometidos con la cruzada de la
pacificación y el pacto social
igualmente lo han hecho, extrayendo,
del cuarto de aparejos de la
burguesía, pendones raídos en pro de
una "democracia participativa" o
"directa", en la que el pueblo
recupere su "soberanía", su "papel de
constituyente primario" y demás
antiguallas por el estilo. Esto de un
lado, y del otro, recuérdese que tales
agrupaciones, no obstante presentar
cada cual sus particulares demandas,
son solidarias entre sí. No tenemos
noticia de que los llamamientos de las
Farc hayan merecido reprobación alguna
de sus ocasionales y sufridos aliados.
Salvo, tal vez, una convocatoria
signada conjuntamente por el Partido
Comunista y ciertos movimientos amigos
suyos, como Firmes, el Partido
Socialista Revolucionario,
Convergencia Socialista, etc., en la
que éstos, a raja tabla, le impusieron
a los mamertos la siguiente nota
refutatoria: "Alertamos contra las
pretensiones de imponer un remedo de
democratización por parte de los
núcleos oligárquicos, como lo indican
los últimos pronunciamientos de
destacadas figuras de los partidos
tradicionales y del gobierno, en los
cuales no se observa una voluntad
expresa de respaldo a una verdadera
apertura política".
"En tal contexto, no es posible
esperar que el Congreso de la
República apruebe los cambios exigidos
por las fuerzas democráticas, que
implique una reforma constitucional y
el desmonte del monopolio
bipartidista" (Voz, mayo 24 de 1984).
Empero el Partido Comunista no son las
Farc, ni los demás firmantes tampoco
son grupos armados. De contera, los
revisionistas hicieron explícitas sus
"reservas" sobre la validez de los
argumentos que colocan en tela de
juicio la capacidad innovadora de las
Cámaras, siendo que la glosa en
cuestión no niega de plano dicha
capacidad, simplemente la supedita a
la buena disposición de los "núcleos
oligárquicos" para acabar con su
propio "monopolio bipartidista".
Para percatamos más de las afinidades
ideológicas entre los distintos
sectores insurrectos partidarios de la
reconciliación nacional, releamos
mejor un pasaje de un documento del
M-19, dirigido a los parlamentarios, y
del que da cuenta La República, del 22
de julio de 1982: "El Congreso de
Colombia no puede rezagarse. El
Congreso debe responder a las
expectativas y esperanzas de un pueblo
que lo eligió. El Congreso puede y
debe jugar el papel que le corresponde
como órgano legislativo y guardián de
la democracia".
La postura pueril de depositar la
confianza en los organismos estatales
y en su cebada burocracia ya ha
cosechado sus primeros desengaños.
Como seguramente hojearon en la
Constitución que el oficio de la
Procuraduría es "cuidar de que todos
los funcionarios públicos al servicio
de la Nación desempeñen cumplidamente
sus deberes" y como en la actualidad
ese cargo está en manos de un
picapleitos un tanto díscolo, no
obstante haberlo escogido el mismo
Betancur, los delegados del EPL y el
M-19 resolvieron hacer insertar en uno
de los puntos del armisticio del 23 de
agosto que aquella entidad recibiría
el "concurso" del gobierno para la
afortunada cristalización de dos
tareas en concreto; investigar sobre
las personas desaparecidas y atender
las denuncias relativas a la violación
de los derechos humanos. En posterior
despacho, a finales de octubre, el
Procurador, después de testimoniar que
"nuestras altas autoridades militares
y policivas" realizan cuanto pueden
para "mantener a sus tropas dentro de
la moral y la ley", se abalanzó contra
las "bandas guerrilleras". Les
atribuye la autoría de "secuestros" o
"desapariciones en las zonas rurales"
y de toda especie de crímenes, desde
cobrar impuestos o "vacunas" hasta de
robo de ganado y animales de corral.
También las inculpa de la desolación
económica del campo. Y remata con esta
andanada: "...la subversión colombiana
carece hoy y desde hace bastante
tiempo de toda autoridad moral para
empuñar la bandera de los derechos
humanos, hablar a nombre de la nación
o sentar cátedra sobre la legalidad y
la ética de la violencia. La larga
cadena de desafueros de toda clase por
ella cometidos la hacen históricamente
responsable de la desorganización de
nuestra sociedad y de nuestra economía
y le niegan todo título para hacer un
uso acusatorio de hechos como el que
ocupa el presente informe" (El Tiempo,
octubre 22 de 1984). En síntesis, la
oficina seleccionada de consuno por
las partes para supervigilar y frenar
los desmanes de las huestes envueltas
en la pugna, sin más requilorios le
quita el piso de la credibilidad a una
de ellas, mientras se lo otorga
plenamente a la otra. Si en tal forma
se comportan quienes por encargo
jurídico actúan de fiscalizadores, y
cuando no se han esfumado del todo las
euforias por el apaciguamiento, ¿qué
diremos luego de las cuotas aportadas
a la transformación de Colombia por
las otras corporaciones menos
imparciales del sistema, en desarrollo
del quimérico contrato social entre
ahítos y hambrientos?
26 La primera de las dos últimas citas
pertenece al "Informe al pleno del
Comité Central del PC", de mayo 17-19
de 1974, y divulgado por Documentos
Políticos, número 110. La segunda cita
corresponde a un reportaje a Jaime
Bateman, hecho por El Pueblo de Cali y
reproducido por El Tiempo, del 18 de
septiembre de 1982.
ELEMENTOS
DE LAS FARC ASESINARON A EDUARDO
ROLÓN
Julio 13 de 1985
Declaración del MOIR, aparecida en El
Tiempo del 14 de julio de 1985,
firmada por su Secretario General,
Francisco Mosquera, en nombre del
Comité Ejecutivo Central.
A eso de las seis de
la tarde del domingo 30 de junio
último cayó acribillado Luis Eduardo
Rolón, veterano dirigente del MOIR e
integrante del Comité Regional de
Santander. El compañero pereció en la
vereda Humadera Baja del corregimiento
de Monterrey, cuya actividad gira
alrededor de San Pablo, población del
sur de Bolívar adonde se había
vinculado desde hace unos seis años
con el objeto de adelantar sus tareas
revolucionarias con las gentes de la
localidad, de preferencia entre el
campesinado. En efecto, momentos antes
de morir transportó en un vehículo,
desde el casco municipal, varios tubos
destinados a concluir sobre el río
Boque un puente al que ya se le habían
erigido sus bases. Obra a la cual se
dedicó con ahínco, incluido aquel
aciago día, que era de descanso,
siempre insistiendo en desembotellar
las comarcas abandonadas y en
fortalecer la economía de los pobres
del agro. Inmediatamente después de
haber depositado su carga se encaminó
a pie hacia la casa de un campesino
amigo, tras el propósito de atender
algunas cuestiones concernientes al
funcionamiento de la cooperativa del
lugar fundada por nuestro Partido.
Luis Eduardo anduvo más o menos una
hora cuando en un punto del estrecho
sendero recibió una ráfaga de
metralleta, por la espalda, y luego
fue rematado en el suelo.
El horroroso crimen tiene un
indiscutible carácter político y de él
hacemos responsables a las Farc e
indirectamente a la dirección del PC.
Esta contracorriente empezó a
incursionar en la zona al amparo de
sus acuerdos de "paz" con la
administración belisarista, ostentando
sus rifles y extendiéndose a punta de
intimidar a quienes no se sometan a
sus dictámenes. Su primer objetivo
allí, como en otras partes, ha sido el
de intentar barrer la creciente
influencia del MOIR entre las masas e
impedirnos la acción pública, con
métodos que van desde el señalamiento
calumnioso de que actuamos por
designio de la CIA hasta la expresa
prohibición a nuestros militantes de
distribuir propaganda, vender la
prensa partidaria u organizar a los
trabajadores. Todo, por supuesto,
llevado a cabo bajo la amenaza de las
armas.
Nunca hemos dirimido las discrepancias
con nuestros contradictores,
principales o secundarios, mediante la
violencia; ni nos pasa por la mente el
propiciarla por el hecho de formular
esta precisa, perentoria e indignada
denuncia. Pero los ejecutores del vil
asesinato no pueden contar con nuestro
silencio para continuar impunemente
agrediendo o matando a los cuadros del
MOIR. Por ello emplazamos a sus
superiores, ante el país entero,
exigiéndoles que no encubran al
comandante que auspició, autorizó o
simplemente dio la orden de la cobarde
emboscada. Con los alias de
"Arcelicio", "Pedro" y "Orlando" han
merodeado por aquellos contornos tres
jefes de cuadrilla; entre éstos ha de
hallarse el autor o los autores
materiales e intelectuales del
homicidio. Que se sepa cuál fue o
cuáles fueron para que sobre sus
nombres caiga por lo menos la sanción
del repudio del pueblo.
En cuanto al comportamiento de las
autoridades de San Pablo, hemos de
informar que cuando se entrevistó con
ellas la comisión del MOIR, encabezada
por Jorge Santos, presidente de la
USO, a fin de llenar los trámites
correspondientes al rescate del cuerpo
del camarada desaparecido, el oficial
encargado de la policía no solamente
se rehusó a prestar cualquier
protección sino que aconsejó no ir por
el cadáver. Tal actitud obedecía,
según sus propios comentarios, a dos
factores: uno, que la región se
encontraba infestada por las Farc, y
el otro, que tenían instrucciones
terminantes de no desplazarse hacia
las áreas rurales. Semejantes
evasivas, aunque en realidad no nos
sorprenden, sí muestran hasta dónde
llega la indolencia oficial ante este
tipo de atentados, y cuán
significativa es la ventaja concedida
a unos grupos que, diciéndose amigos
de la pacificación dialogada y gozando
de los gajes de un entendimiento
pactado con el régimen, lejos de
deponer los fusiles, incrementan su
pie de fuerza y hostilizan a
agrupaciones y personas inermes, cual
lo indican las protestas provenientes
de los cuatro costados de Colombia y
firmadas por industriales,
comerciantes, empresarios agrícolas,
religiosos. Por ejemplo, el Sindicato
de Trabajadores Agropecuarios de
Antioquia acaba de expedir, contra las
unidades de las Farc, un comunicado
dejando constancia de los
amedrentadores hostigamientos de que
han sido víctimas sus directivos en la
zona bananera de Urabá. Con la
pantomima del apaciguamiento ocurre
que, en lugar de incorporarse
ciertamente una minoría de insurrectos
a la lucha legal, la contienda
política se militariza a pasos
acelerados.
La abominable ejecución de Luis
Eduardo Rolón pone de manifiesto tan
dramático desenlace, pues responde a
las impredecibles ambiciones de unos
comandos que de pronto arriban a un
territorio con el cometido de
desalojar a plomo a un partido rival
que lleva cerca de un decenio bregando
pacientemente junto a los necesitados
del campo, compartiendo sus
penalidades y coadyuvándoles a obtener
progresos tanto en sus
reivindicaciones sociales como en sus
faenas productivas. Merced a ello, e
interpretando la inquietud general,
demandamos de los sumos poderes se nos
aclare el verdadero alcance de las
nuevas reglas del juego que regulan la
confrontación "pacífica" entre
colectividades de distinto color e
ideario. En los tres años de ejercicio
de la actual administración jamás
hemos solicitado una audiencia con el
presidente de la república, y hoy, a
través de esta declaración, la estamos
pidiendo, a la espera de que nos diga,
ante el gravísimo antecedente del
ametrallamiento de nuestro compañero
Rolón, cómo concibe el Ejecutivo las
garantías constitucionales de los
partidos sin aparato armado cuyos
miembros padecen los cruentos ataques
de facciones bélicas que, cuando no
reciben el apoyo abierto de alcaldes y
gobernadores, se valen de las
indulgencias del Estado para eliminar
y arrinconar a sus antagonistas.
La defensa de los derechos de las
mayorías democráticas y patrióticas,
acechados por la confabulación cada
día más evidente entre el mamertismo y
la cúpula gubernamental, torna
imperiosa la conformación de una
gigantesca alianza, no conocida hasta
ahora, entre obreros, campesinos,
intelectuales y burgueses, que se
plantee las siguientes metas mínimas:
primero, contener los asesinatos
políticos, los secuestros, la
extorsión y las demás andanadas
terroristas; segundo, resguardar la
producción nacional ante las lesivas
pretensiones del Fondo Monetario y la
ruinosa expoliación de los monopolios
extranjeros; tercero, mejorar las
lamentables condiciones de
subsistencia de las masas laboriosas y
del pueblo en su conjunto, y cuarto,
proteger la soberanía de Colombia no
sólo ante los viejos y declinantes
imperialismos, sino fundamentalmente
ante la Unión Soviética, el mayor
peligro para la libertad de las
naciones en la era contemporánea.
El país no sucumbirá en la celada que
le quieren tender unos cuantos; entre
sus numerosos habitantes hay sobrados
recursos morales con qué doblegar las
azarosas complicaciones de la hora.
Abogando por la salvación de la patria
apelaremos a esas reservas, con la
voluntad y la valentía de hombres como
Luis Eduardo Rolón, quien rubricó con
su sangre su pensamiento.
Movimiento Obrero Independiente y
Revolucionario, MOIR Comité Ejecutivo
Central Francisco Mosquera
Secretario General
Bogotá, 13 de julio de
1985.
ANTE
LA TUMBA DEL CAMARADA RAÚL RAMÍREZ
RODRÍGUEZ
Noviembre 14 de 1986
Discurso pronunciado enCali, el 14 de
noviembre de 1986.
Nadie es más
respetable que quien respalda sus
ideas con sus actos.
Raúl Ramírez pertenecía a esa estirpe
de abanderados del progreso social que
hacen de la acción el único objetivo
del pensamiento. Cuanto creyó lo ha
dejado impreso en las actividades de
toda la vida, incluida la última, la
de su muerte.
Desde los días de las grandes
definiciones, cuando pululaban en Cali
y otras capitales las polémicas
universitarias, y la Juventud
Patriótica enfrentábase dentro del
estudiantado a las estridencias
pequeñoburguesas, Raúl escogió la
alternativa de constatar entre las
masas populares la justeza de los
planteamientos revolucionarios, un
impulso que no abandonaría jamás.
Mientras explicaba ante amplios
auditorios que los obreros han de
unirse con el resto de sectores
laboriosos y oprimidos si desean
vencer, el trotskismo criollo,
entonces de moda, se consumía en su
contradictorio empeño de arremeter
contra la estratégica consigna de la
autodeterminación nacional y exigir
dogmáticamente el salto inmediato al
socialismo.
Calar en la naturaleza de la sociedad
colombiana y definir el carácter de la
revolución, dos aspectos vitales de la
teoría, significaba precisar no sólo
los pasos o las etapas de la gesta
libertaria sino las clases y capas que
habrían de sacarla avante. En aquel
período vimos a Raúl en las sedes
sindicales sustentando la urgencia de
un vuelco democrático cual requisito
de la victoria socialista, argumentos
de la nueva concepción, nueva entre
nosotros, porque el marxismo la había
expuesto con mucha anterioridad para
los países neocoloniales y
semifeudales. A raíz del viraje
táctico de 1972, participó con
entusiasmo en la campaña electoral, no
obstante las debilidades y
dificultades de una brega que nos era
desconocida por completo. Por encima
de las limitaciones típicas de esta
modalidad de lucha, la continuó
esgrimiendo, sin aburrirse ni
olvidarse de que la rebeldía civil
provendrá exclusivamente de las
múltiples confrontaciones económicas y
políticas de la población.
Ante el llamamiento de marchar hacia
el campo, él fue el primero entre los
primeros en "descalzarse". Vinculado
al regional de Córdoba estuvo en
Ciénaga de Oro, Planeta Rica, Lorica y
finalmente El Bagre.
Con el conocimiento que dejan diez
años de experiencia, contribuyó, en
infinidad de eventos, a esclarecer
problemas claves como las
peculiaridades de las relaciones de
producción en zonas de diverso
desarrollo, la composición y
propósitos de las ligas campesinas,
las pautas rectoras del cooperativismo
agrario...
A lo largo y ancho de la contienda
contra la acechanza socialimperialista
se destacó, desde los frentes que le
correspondiera atender, por los
esfuerzos dedicados a despejar la
confusión reinante. Creía cabalmente
que la emancipación de los pueblos, y
en especial de la clase obrera, no
logrará coronarse sin la plena
soberanía de las naciones pobres y sin
la conciencia pública de que el
socialismo verdadero no es
anexionista. La lealtad con tan
trascendentales premisas la selló con
su sangre en la mañana del 12 de
noviembre de 1986. A metralla y a
mansalva, facinerosos de las Farc
cercenaron su existencia en Puerto
López, un distante caserío del
municipio antioqueño de El Bagre,
adonde lo llevaran sus caras
convicciones El único daño que les
había infligido a sus asesinos en tres
lustros de pelea consistió en señalar,
ante asalariados y demás estratos
productivos, las inconsecuencias y los
procedimientos proditorios de la
contracorriente revisionista.
Hasta con su sacrificio demostró
cuánta razón nos asiste al denunciar a
esta pandilla, que en su vertiginoso
proceso degenerativo está dispuesta a
cometer cualquier crimen con tal de
cumplir el triste encargo de
entregarles el país a los amos
soviéticos.
Y así, si echamos una ojeada a los
anales del MOIR, siempre encontraremos
a Raúl Ramírez en la vanguardia de la
batalla ideológica y de las labores
prácticas, persiguiendo las metas de
deshacer la herencia
extremoizquierdista, rebatir el
revisionismo, estructurar una línea
proletaria de la revolución colombiana
y extender el Partido.
Ciertamente corren tiempos difíciles.
Al igual que la multitud de víctimas
de la extorsión y el chantaje, hemos
sufrido, con pérdidas de compañeros y
regiones, las consecuencias de los
desplantes demagógicos de un
presidente venal que durante cuatro
años se mostró solícito, en su decir,
con "el noventa por ciento del
movimiento guerrillero", o sea las
Farc, cuyos integrantes recibieron,
fuera de la amnistía y el indulto, las
ventajas de efectuar el proselitismo
coactivo, apoderarse de territorios
enteros sin resistencia alguna y
elegir con el apoyo oficial unos
cuantos candidatos a las corporaciones
públicas. Semejante situación, en
lugar de traer la "paz" y el sosiego a
la martirizada república, ha
exacerbado las contradicciones, hasta
el extremo de entronizarse el atentado
personal como medio de dirimir las
controversias partidistas, poniendo a
varios sectores a pensar seriamente en
la conveniencia de proveerse su propia
protección armada.
No obstante, en el pueblo hay
infinitas reservas morales que tarde
que temprano brillarán en todo su
esplendor, y el Partido sabrá hallarle
una salida a la encrucijada del
momento. Por eso hemos hecho la
invitación unitaria del 24 de enero.
Casualmente con Raúl profundizamos en
los fundamentos de nuestra propuesta
durante una reunión de compañeros de
Córdoba presididos por su secretario
Pacho Valderrama, celebrada en
Medellín, y en la cual se remarcó que
tanto los factores externos e internos
como el rumbo de los sucesos nos
permitían aliamos sin excepción con
los contingentes preocupados por la
integridad de Colombia. Las cosas se
presentan en tal forma que a través de
este realinderamiento de fuerzas
conseguiremos defender el fuero del
país a autodeterminarse, el avance de
la producción nacional, la
implantación de una táctica
revolucionaria y el mejorestar de las
mayorías populares, constituyen
conquistas de las cuales depende en
enorme medida la reivindicación
política de los trabajadores
colombianos. Promoviendo la más vasta
unidad responderemos al desafío que se
nos formula y honraremos la memoria de
los héroes caídos.
Aun cuando la senda sea larga y penosa
no tenemos derecho a desfallecer.
¿Al rehuir el combate no estaríamos
declarando inútil la hermosa página
escrita por el camarada desaparecido?
Por lo demás, las realizaciones
consignadas en nuestro programa
partidario serán la obra de varios
siglos y no de unas pocas décadas. A
nosotros apenas si nos tocó en suerte
dar comienzo a la colosal empresa; y
encararla en medio de ingentes
obstáculos fruto de los hondos
trastrocamientos de la época
contemporánea. Empezando por el
insólito fenómeno de que en la
actualidad las peores vejaciones se
ejecutan en nombre del comunismo. A
las gentes, por tanto, les resulta
casi imposible distinguir entre las
divisas de la libertad y de la
sojuzgación.
En cuanto a las condiciones históricas
de Colombia, también habremos de tomar
nota de su paradójico
desenvolvimiento. El estado
republicano se instauró 128 años antes
del advenimiento de la democracia en
China pero aún no culmina sus
cometidos económicos. Aunque los
rezagos feudales han ido diluyéndose
gradualmente, la descomposición de las
formas precapitalistas no se traduce
en un auge de la industria, debido al
saqueo de los grandes emporios. A su
vez la influencia de las capas medias
da pábulo a toda especie de aventuras
políticas. Y si a lo anterior añadimos
que el Partido surge bajo el imperio
de la reacción triunfante del Frente
Nacional, a los 65 años de la Guerra
de los Mil Días, cuando el ímpetu
democrático-burgués era ya un mero
recuerdo del pasado, contaremos con
una visión aproximada de las
vicisitudes que hemos venido
sorteando.
De tales elementos adversos, algunos
carecen de antecedentes en los fastos
de la revolución mundial; otros
escapan incluso a nuestro control,
como para que hubiéramos podido
superarlos en el corto tramo recorrido
por el MOIR desde su fundación. Esto
no significa que hayamos actuado de
simples espectadores de los
acontecimientos. Junto con la
construcción del Partido hemos
atendido cada una de las fases y
facetas del proceso revolucionario,
desplegando nuestra iniciativa en los
más diversos terrenos de la actividad
social. Y a través de la práctica, a
la manera de Raúl Ramírez, hemos
descubierto las soluciones adecuadas a
las complejas y originales
circunstancias que vivimos. Logros
aparentemente nimios pero que
desbrozarán el camino y la grandeza de
Colombia.
No nos preguntemos cuánto nos falta
todavía. Aprendamos de nuestros
mártires que si bien no contemplaron
el triunfo lo han hecho factible con
su ejemplo.
MENSAJE
DEL MOIR A RAÍZ DEL ASESINATO DE
RAÚL RAMÍREZ
POR
PARTE DE LAS FARC
Diciembre 13 de 1986
Publicado en El Tiempo de diciembre 14
de 1986.
En la mañana del 12 de
noviembre el miembro de las Farc
conocido con el alias de "Comandante
Gutiérrez", acompañado de una joven de
aproximadamente veinte años, se
presentó en la residencia de Raúl
Ramírez Rodríguez con la orden de
exterminarlo. Mientras el bandido lo
interrogaba distrayéndolo, la mujer le
disparó por detrás a la cabeza. Luego
lo acribillaron conjuntamente. El
crimen, cometido en Puerto López,
corregimiento de El Bagre, Antioquia,
busca desalojar al MOIR de una región
en donde desde hace rato venimos
contribuyendo al progreso mediante
cooperativas y ligas campesinas. Ese
mismo día eliminaron a un comerciante
y al inspector de policía, a quien le
robaron la máquina de escribir. Unas
horas antes habían dado muerte a dos
humildes labriegos, tildados de
"sapos" por haberse resistido a
colaborar. A semejantes extremos de
sevicia y salvajismo han llegado los
únicos usufructuarios de la "paz",
cuyas ansias de dominio corren parejas
con su acelerada degeneración.
El asesinato de Raúl Ramírez se suma
al de Luis Eduardo Rolón, otro
dirigente del MOIR caído en el
municipio de San Pablo, también bajo
las balas de una cuadrilla de las
Farc. En aquella ocasión, junio de
1985, le exigimos abiertamente a la
dirección del Partido Comunista que,
haciendo uso de su innegable
ascendiente sobre el bando insurrecto,
explicase el alevoso atentado, pusiera
al descubierto a sus cobardes
ejecutores y terminara la campaña
intimidatoria. No obstante, la
susodicha camarilla no se da por
enterada y, entre burlas y veras,
persiste en la maniobra de ensanchar
sus tropas aprovechándose de los
arreglos convenidos con el gobierno.
Así ocuparon nuevos territorios en el
Catatumbo, la Sierra Nevada de Santa
Marta, el sur de Bolívar, el Magdalena
Medio, la Serranía de los Motilones,
etc., atemorizando a sus oponentes,
con la bandera blanca en una mano y el
fusil en la otra. Se ha creado una
situación en la cual las
organizaciones políticas y gremiales
que carezcan de milicias se hallarán
sometidas a los desafueros de un
ínfimo grupo que actúa contra la
Constitución pero goza de sus
prerrogativas.
Aunque decidimos no participar en los
tejemanejes de la pacificación,
llevamos más de media década en una
expectativa benévola, a la espera de
un feliz desenlace para la
consolidación de las garantías
ciudadanas y el consiguiente auge del
movimiento de los trabajadores
colombianos. Desde la instauración del
Frente Nacional no ha habido
condiciones insurreccionales que
avalen las incontables y calamitosas
aventuras de la extrema izquierda.
Creemos, por el contrario, que los
secuestros, los asaltos a las
entidades bancarias, la destrucción de
los medios productivos, el asesinato,
en lugar de conducir hacia una
apertura republicana, exponen las
libertades públicas. El mismo Partido
Comunista ha sido víctima de su propio
invento. La negativa a incorporarse
plenamente a la vida civil, el
requisito dilatorio de pedir primero
la transformación nacional para
desmantelar el aparato bélico, ese
ambiente de ni "guerra" ni "paz", ha
llevado a innumerables sectores a
dotarse de sus ejércitos particulares
y a tomar por su cuenta los problemas
de la seguridad. Los resultados están
a ojos vistas. En la actualidad nadie
desconoce que el experimento acabó
desencadenando la más cruda violencia,
tal y como lo señalara no hace mucho
la Iglesia en forma alarmante. Mas lo
inaceptable del asunto radica en que
se ha consagrado un inaudito
privilegio a favor de una agrupación
que, sin perder la legitimidad,
conserva sus guerrillas y las utiliza
en el exterminio de sus
contradictores. Por lo menos el M-19 y
el EPL rompieron los armisticios y han
encarado las consecuencias del
levantamiento militar.
Recordemos cuán rotundamente el doctor
Carlos Lleras Restrepo llamó la
atención, desde mediados de 1985,
acerca de la incapacidad legal del
Ejecutivo para concertar una "tregua
armada". Significativa advertencia en
labios de quien apoyara y fraguara el
ascenso al Poder del presidente que ha
cifrado su popularidad en el
entendimiento con los revisionistas. Y
son a estas circunstancias anormales,
heredadas e instituidas a contrapelo
de las mayorías, a las que habrá de
ponérseles pronta conclusión después
de los largos años de caótica
vigencia. No sólo lo reclama el
general Landazábal sino los más
distintos estratos de la nación,
cansados de no percibir en ningún
sitio la tranquilidad ofrecida por los
arúspices de la pacificación
dialogada. El editorial de El Tiempo
del 2 de noviembre, apersonándose de
parte de ese clamor y resumiendo el
fracaso del proceso, puntualiza que
"el statu quo es inadmisible". Y
añade: "El gobierno quiere, con toda
la razón, definiciones". Sí, que se
precise el cumplimiento de los pactos.
Que se aclare si el cese de la
"guerra" continúa dependiendo de la
terminación del desempleo, el
analfabetismo, la miseria y el resto
de males sociales, como se ha
argumentado para no deponer las armas,
a objeto de que el país sepa a qué
atenerse y no guarde más esperanzas al
respecto. Tales concreciones no
atentan contra la democracia y la
convivencia. La cuestión se reduce a
que las Farc no pueden seguir
disfrutando, con la complicidad de las
autoridades, de una insólita ventaja
sobre los partidos que a semejanza del
MOIR pierden militantes y
organizaciones en virtud de la acción
vandálica de los desalmados
beneficiarios de la tregua.
Pensando en fortalecer los acuerdos de
La Uribe, el anterior régimen extendió
sus deliquios pacifistas a
Centroamérica en honor de la Nicaragua
prosoviética, a pesar de que el
sandinismo, en actitud totalmente
inamistosa, ha insistido en las
pretensiones de anexionarse a San
Andrés y Providencia, "punto
estratégico del Caribe" que despierta
las apetencias de los "actores del
conflicto Este-Oeste", para expresarlo
en los términos del general Ernesto
Plata. Ello, sin embargo, no impidió
que se mantuvieran a la vez los lazos
económicos con Occidente y se aceptara
la monitoría del Fondo Monetario
Internacional sobre las
determinaciones oficiales. Los
responsables de tamañas
inconsecuencias confían en hacerse
perdonar sus pecados alegando su
acercamiento al socialismo, cuando
apenas si se han identificado con los
tergiversadores de éste. Es la
jugarreta que les depara el destino a
los oportunistas de finales del siglo
XX. Moscú, lejos de perpetuarse cual
símbolo de la redención social, se
erigió en sede de un rapaz imperio
cuyos tentáculos alarga por el mundo
entero, bien valiéndose de las
neocolonias, bien movilizando sus
propias divisiones como en Afganistán.
Los pueblos tributarios del Kremlin
han aumentado notoriamente, a tiempo
que los Estados Unidos y Europa ven
disminuidas sus zonas de influencia.
Tales deformaciones y cambios en la
correlación de fuerzas en el ámbito
internacional configuran factores
bastante desfavorables para las luchas
emancipadoras de las naciones
expoliadas. Una de las características
de la época estriba cabalmente en que
a menudo los movimientos de liberación
nacional acolitan las intrigas de los
expansionistas soviéticos. Nicaragua,
tras convertirse en la otra "cabeza de
playa de la URSS" en el Continente,
corrobora esta tendencia histórica; y
la realidad no deja de ser menos
cierta porque la pregone el mismísimo
Reagan. ¿Qué de extraño tiene entonces
que una de las alas más retrógradas
del Partido Conservador, sin necesidad
de retractarse de sus rancias
doctrinas, asuma el papel de
apuntaladora del revisionismo
colombiano?
Tan en entredicho se pondrían en el
pasado cuatrienio la integridad y la
estabilidad nacionales que hasta
Alfonso López Michelsen, en discurso
pronunciado en Armenia cuatro días
antes de las elecciones de marzo,
demandó de manera inequívoca no
"constituirnos en abogados de
Nicaragua", en razón de que los
sandinistas habían dado ayuda para la
toma del Palacio de Justicia y no
cejaban en sus deseos de arrebatarnos
el archipiélago. El oportuno consejo,
fuera de alertar a muchas personas
indiferentes ante las adversidades que
se ciernen sobre la patria, entraña en
cierto modo una rectificación, pues el
expresidente, junto a García Márquez,
ha vendido entre nosotros la imagen de
los cubanos, esos héroes alquilados de
la invasión a Angola, hoy preceptores
de Managua. A su turno, el excandidato
Alvaro Gómez, con todo y hallarse
comprometido por elementales
conveniencias a secundar la
administración Betancur, durante el
debate se lamentó igualmente de las
amenazas que contra "nuestra
soberanía" han dimanado de las
gestiones de Contadora. Y Turbay Ayala
no dudó en calificar de "candorosa
ilusión" los intentos de promover una
mediación colombiana en la disputa
territorial sostenida en esta parte
del globo entre Estados Unidos y Rusia
a través de sus intermediarios
militares. Las enfáticas exhortaciones
propagadas por los líderes de la
colectividades tradicionales a partir
de 1985 significaron una
desautorización de la política
internacional que se estaba aplicando
e influyeron en las contundentes
definiciones de los últimos comicios.
El conservatismo, barrido en su
fantástico sueño de ganarse "la
franja" hubo de renunciar a su cuota
burocrática y resignarse a la
implantación del "gobierno de
partido", la tesis vencedora. El
intempestivo quebranto de veintiocho
años de estricta observancia de los
regímenes frentenacionalistas ha sido
la principal secuela de los confusos
ensayos del señor Betancur. Pese a la
demagogia vertida sobre el no
alineamiento, la "paz’ interna y
externa, el trato despectivo hacia los
Estados Unidos, la vivienda popular,
la educación a distancia, el acoso al
narcotráfico, la intervención de la
banca y demás temas polémicos, los
inspiradores del "sí se puede’ pagaron
con la abrumadora derrota de 1986 su
pírrico triunfo de 1982.
En las urnas los colombianos
condenaron, o por lo menos no dieron
visto bueno a los oscuros
procedimientos con que se les venia
regentando, ese estilo de sacrificarlo
todo, hasta la independencia y el
porvenir del país, con tal de
favorecer los intereses personales y
los de la facción adepta.
De suerte que el simple relevo de
mandos, las graves dificultades en las
cuales se ha llevado a efecto,
implican una inevitable variación del
rumbo. Ahora lo importante consiste en
no patrocinar, ni adentro ni afuera
del Ejecutivo, los métodos y
propósitos desechados el 25 de mayo.
Máxime cuando se habla de reelección y
Jorge Carrillo, el ministro de Trabajo
saliente, no descansa en el encargo de
fraccionar aún más a la clase obrera,
tras el objetivo de establecer otra
confederación sindical que sirva de
plataforma de lanzamiento a la
candidatura de su jefe para un segundo
período en la presidencia de la
república. La empresa desmembradora va
en camino y, como era de preverse,
dispone del acucioso concurso del
Partido Comunista.
En cuanto al gobierno de Virgilio
Barco, indicaremos que, considerando
las contradicciones descritas, el MOIR
adoptará una conducta de aproximación
o distanciamiento, según aquél permita
o no lo siguiente: colocar a todas las
fuerzas políticas en un pie de
igualdad ante la Constitución y las
leyes; proteger al país de las
embestidas del socialimperialismo
soviético; resguardar la producción
nacional de los desmanes de las
agencias prestamistas y consorcios
extranjeros, y darles salida a las
justas peticiones de las masas
laboriosas en procura de una vida
mejor.
En otras palabras, ratificamos ante la
nueva administración nuestra propuesta
unitaria del 24 de enero. Se trata de
unas metas mínimas que responden a la
coyuntura actual y con las cuales han
ido espontáneamente coincidiendo los
enunciados de los gremios de la
agricultura; del clero y de los
directivos de la UTC, CTC y CGT, y de
los vastos contingentes democráticos y
patrióticos de la población. Agitando
estas aspiraciones comunes concurrimos
coligados con los más disimiles
segmentos del liberalismo y el
conservatismo a los sufragios de
marzo. Ninguna de ellas se contrapone
a los criterios estratégicos y
tácticos profesados por nuestro
Partido en sus veintiún años de
existencia, y antes bien, su
cristalización creará condiciones
materiales y espirituales para la
gesta del pueblo. Alrededor de los
esfuerzos por salvaguardar la
soberanía, defender la producción,
civilizar las controversias
partidistas y acoger las
reivindicaciones de los trabajadores
conformaremos un poderoso frente que
salve a Colombia de la disolución
reinante. Estamos resueltos a aliarnos
con quienes compartan tales
postulados, sin excluir a nadie.
Este es nuestro mensaje.
Movimiento Obrero Independiente y
Revolucionario MOIR
Comité Ejecutivo Central
Francisco Mosquera
Secretario General
NUEVO
AVISO DEL MOIR ANTE EL ASESINATO
DE AIDÉE OSORIO
POR
PARTE DE LAS FARC
Mayo 15 de 1987
Tercera protesta pública en menos de
tres años por los crímenes de dicha
banda. El Tiempo, 17 de mayo de 1987.
Habiéndose decidido
desde un comienzo a estudiar
enfermería, la disciplina a la que
dedicara los cuidados de su joven
existencia, Aidée Osorio Gómez se
valió de la profesión no sólo para
servir a sus semejantes, sino como
medio de relacionarse con las masas
populares e imbuirlas de anhelos
revolucionarios. Vinculada al hospital
La Cruz de Puerto Berrío, en 1975
fundó con sus compañeros el sindicato
del centro asistencial, del que fue su
primera presidenta. Luego promovería
el ingreso a Sindes, la organización
nacional de los empleados de la salud,
difundiendo las bondades del
sindicalismo de industria y
conformando la correspondiente
subdirectiva que asimismo presidió.
Tras de pedir su entrada, pasó a
engrosar en 1976 las filas del Partido
en aquella afligida región del
nordeste antioqueño. A partir de 1979
colaboró estrechamente con el programa
de cirugía ambulatoria, adelantado por
el MOIR con la ayuda de varios
facultativos, que durante tres años
viajaron cada semana desde Medellín a
atender a las gentes de escasos
recursos, sin patrocinio oficial, y
más bien con el sabotaje franco o
furtivo de las autoridades. Se
operaron no menos de 600 pacientes, lo
que se llevó a cabo gracias al
entusiástico respaldo de la ciudadanía
de la localidad, congregada en torno
de un comité cívico previsto para tal
fin y del cual Aidée Osorio se
desempeñó de secretaria todo el
tiempo. Con similar esmero coadyuvó al
sostenimiento de pequeños dispensarios
de tipo cooperativo en las veredas de
La Carlota, Cerrogrande, La Culebra y
Bodegas. No obstante las meritorias
realizaciones, los proyectos se vieron
de pronto truncados ante los múltiples
coletazos del terror, que, cual es
sabido, allí también se ensaña con la
población desprotegida. Entonces Aidée
se trasladó en octubre de 1982 a
Arenal un corregimiento del municipio
de Morales, ubicado en la estribación
nororiental de la Serranía de San
Lucas, al sur de Bolívar, en donde
prosiguió su cometido mediante el
establecimiento de una farmacia y
visitas periódicas a las zonas rurales
efectuadas con el objeto de curar a
los campesinos.
Hemos recogido las anteriores notas
biográficas para que el país conozca a
qué clase de persona masacraron las
Farc en esta ocasión. No podrán
entonar la infame muletilla de que
ajusticiaron a una agente de la CIA, a
una informante o a un azote de los
pobres. La trayectoria de Aidée
responde por su honestidad fuera de
duda. Aparte de haber vivido de su
oficio de enfermera, se había hecho
dirigente sindical y cuadro político.
Para su injustificable eliminación no
medió ninguna denuncia pública, ni
juicio alguno, ni nada. Simplemente,
al peor estilo gangsteril, a eso de
las ocho de la noche del pasado 7 de
marzo, un hombre y una mujer llegaron
a su residencia a darle muerte
mientras le solicitaban un
medicamento. El único móvil del crimen
estriba en sacar al MOIR del campo, a
cualquier costo, y con él a quienes no
compartan los dictámenes de una
minoría envalentonada que al socaire
de la "paz" intimida al pueblo,
obstruye el progreso y enajena la
nación. Por la misma causa asesinaron
a Luis Eduardo Rolón en San Pablo y a
Raúl Ramírez en El Bagre.
Aspirando asumir el lugar de la
víctima dentro del drama sangriento
que enluta a Colombia, la llamada
Unión Patriótica nos recuerda a cada
minuto las centenares de bajas suyas
acontecidas en los últimos meses. Pero
sus muertos no se asemejan a las
pérdidas sufridas por los muchos y
auténticos representantes de las
fuerzas democráticas y laboriosas. El
empeño de nuestra militancia, ahí
donde consiguió plasmarse, ha
respondido a las necesidades del
trabajo, el desarrollo, la libertad y
la independencia, en tanto que los
adeptos del proselitismo armado
encarnan totalmente lo contrario. La
desaparición de Aidée pesa más que la
serranía de San Lucas con todo y
cuanto la ocupa. Además, el
acribillamiento de concejales,
diputados y congresistas de la UP en
varios municipios en lo fundamental ha
obedecido a la obcecada insistencia
del Partido Comunista en "combinar
todas las formas de lucha", una
táctica que deja expuesta la
maquinaria legal a la vindicta de
quienes padecen el rigor del brazo
insurrecto, máxime cuando las promesas
de concordia las borra de un golpe la
guerrilla y la opinión se exaspera de
tamaña ambigüedad, sostenida con mil
artilugios durante más de un lustro.
Los encargados de la actividad pública
viven a salto de mata, mientras los
clandestinos con cierta protección
hacen de las suyas. Esta política es
una jugada de cartas en la cual los
perdedores deberían reclamar,
demandando la revisión; o sea, que se
revise el revisionismo.
Llevamos harto rato oyendo que el país
está al borde de la insurrección o en
la insurrección misma. Lejos de eso,
las contingencias de casi tres
decenios, incluida la elección de
Barco por un holgado margen de millón
y medio de votos sobre su inmediato
contendor, han desmentido
contundentemente el manoseado
diagnóstico. Desde el propio Corinto,
a la hora de firmar los arreglos con
el gobierno, el M-19 continuaba
pronosticando la inminencia del
levantamiento general. Hoy se
encuentra diezmado, con los miembros
del estado mayor bajo tierra y al
acecho de un milagro que le retorne la
pujanza de sus instantes de gloria.
Del otro lado el comandante Jacobo
Arenas, en su libro Cese al Fuego, aun
cuando excluye que nos hallemos en
plena insurgencia, admite los "asomos
de una situación revolucionaria". Lo
secunda el excandidato presidencial de
la UP, quien amenaza con que "esto
será un infierno", si los treinta y
tantos frentes de las Farc "regresan
al campo de batalla". ¡Y todavía
deploran que sus seguidores sólo
caigan por cientos en medio de la gran
contienda! Tales desenfoques y
bravatas, como se ha visto, empujan
ciegamente a sustituir la controversia
libre por el atentado personal, las
reivindicaciones republicanas por las
medidas de excepción, el
reagrupamiento de las mayorías por la
violencia indiscriminada. De
persistirse en la aventura de imponer
una rebelión contra la voluntad del
país, intimidando a partidos y a
particulares, ningún lamento o gesto
contemporizador habrá de parar la
ofensiva de los guardianes del orden,
ni la proliferación de las partidas de
autodefensa, organizadas a costa de
los sectores afectados. En semejante
eventualidad, la dispersión de las
cuadrillas conducidas desde las
lejanías de La Uribe, configurará,
marcialmente hablando, una desventaja
imposible de remediarse.
Varias publicaciones aseguran que
pasan de cuarenta las falanges
cuasioficiales de contención
constituidas poco a poco, dotadas de
la logística y el equipo necesarios y
de cuya presencia activa ya se tiene
noticia en los sitios donde reinan el
secuestro, el boleteo y la vacuna. En
cuanto a las tropas regulares, el
gobierno ha pregonado su
fortalecimiento y modernización dentro
de los planes de primerísima
prioridad, lo cual naturalmente
significa una considerable adición
presupuestaria para la cartera a cargo
del general Samudio. Nuevas
instalaciones ha puesto el ejército en
las zonas más apartadas y se anuncian
otras. El desbrozo de vitales vías de
comunicación se encara con la
celeridad del caso. El servicio
militar obligatorio fue ampliado de 18
a 24 meses. Pero lo más singular
consiste en el apoyo ofrecido a los
cuerpos castrenses por diferentes
estratos y círculos, panorama que
contrasta con la fobia antimilitarista
alimentada desde arriba durante el
período del apaciguamiento
belisariano. Los ganaderos, por
ejemplo, dijeron estar dispuestos a
respaldar a las Fuerzas Armadas, no
por intermedio de solidaridades
escritas, sino a través de los
"recursos requeridos”, al barruntar la
impotencia del Estado para cumplir con
sus deberes de acción preventiva. Tras
el encuentro sostenido con los altos
mandos, la Dirección Nacional Liberal,
corrigiendo en algo su lenguaje
vaporoso, empezó a plantear la
urgencia de darles el indispensable
toque bélico a las fórmulas políticas.
El diario El Tiempo ha sugerido la
promulgación de un impuesto destinado
a la seguridad que enseguida recibió
el aplauso de agricultores,
empresarios, comerciantes y jefes de
las colectividades tradicionales. Si
no llega a sancionarlo el Congreso, se
deberá sólo a la negativa de Barco de
acoger un gravamen molesto, no
atractivo y, por lo demás,
reemplazable fácilmente con la
financiación ofrecida a manos llenas
por sus amigos de la banca mundial.
Evidentemente el país, estragado de
tanto carameleo, cambió de actitud
ante la pacificación dialogada; no
concibe que después de la amnistía, la
excarcelación, las comisiones, el
cabildeo, las dádivas, etc., se
reduzca el parte de victoria a dos
cosas: la matanza más inaudita de
magistrados y el arribo al Capitolio
de un puñado de intrigantes del PC.
Hasta los exmandatarios Lleras
Restrepo y López Michelsen,
comprometidos antaño en la búsqueda de
un entendimiento con los insurgentes,
formulan serias objeciones a los
tratos tolerantes. El uno advierte
acerca del peligro de tomar con
ligereza el auge de los contingentes
guerrilleros suscitado a la sombra de
los pactos suscritos. El otro aconseja
vencerlos primero y llevarlos luego a
la mesa de negociaciones.
Cuán arrepentidos aparecen hoy quienes
depositaron su fe en la diplomacia de
la "paz", lo indica el rompimiento de
Plazas Alcid con sus aliados
parlamentarios, los cuales, según la
requisitoria del senador huilense,
ostentan la credencial y el fusil a la
vez, impidiendo el desmonte del
"aparato subversivo" e invalidando los
convenidos "mecanismos de transición
de la lucha armada a la lucha civil".
El directorio conservador, a su turno,
despejó cualquier equívoco al precisar
que no auspiciaría ninguna suerte de
acuerdos electorales con la UP; y otro
tanto ha manifestado el liberalismo,
con excepción de dos o tres voces
aisladas.
Todo apunta, pues, hacia una enmienda
de fondo. Las elecciones de 1988 están
llamadas a convertirse en un acto de
contrición, tras el fracaso de la
pantomima que acabó legalizando la
"guerra". El MOIR contribuirá con
gusto a este examen de conciencia, por
cuanto la facción que ha sido
arbitrariamente colocada por encima de
las demás agrupaciones nos viene
desalojando a tiros en numerosas
partes. Que las Farc depongan las
armas y se sometan, como el resto de
los colombianos, en pie de igualdad, a
las normas de la Constitución, si
desean hacer uso de los pocos o muchos
gajes de la democracia vigente. La
figura de la tregua indefinida,
pactada a finales del cuatrienio
anterior, fuera del contrasentido que
en sí misma conlleva, le permite a una
sola colectividad entre todas el
mantener para siempre un ejército
privado. El actual gobierno está en la
obligación de fijarle un término
rápido y exacto a tan insólito
privilegio, cual lo insinuó en algún
momento el consejero Carlos Ossa
Escobar; o quedan los partidos en la
totalidad autorizados para
proporcionarse sus milicias y esgrimir
también las distintas modalidades de
combate. El alegato de que sería
inútil la entrega del armamento,
debido a que nadie sabe a ciencia
cierta a cuánto asciende, no resiste
el menor análisis. Se trata de
desembocar en un convenio claro,
concreto, viable, teniendo a la nación
entera por testigo; y así fuesen
únicamente diez G3 los depuestos, se
entendería como una burla a lo
acordado la prosecución de las
actividades guerrilleras.
Subsisten desde luego elementos
adversos, tanto más difíciles de
contrarrestar cuanto que obedecen a la
inercia de un proceso añejo de seis
años. Hay aspirantes liberales que aún
rinden parias a Castro en Cuba y
claman por la unión con los epígonos
de éste en Colombia; así como hay
conservadores que se sienten
compelidos a batirse en honor de los
devaneos de un régimen de infausta
memoria pero encabezado por uno de los
suyos. Son los ecos no extintos de un
trayecto por fortuna clausurado tras
la aplastante derrota del Movimiento
Nacional el 25 de mayo. No obstante,
cada vez menos dirigentes de la gran
coalición disuelta ansían disfrazarse
de revolucionarios con los raídos
atuendos prestados al viejo Partido
Comunista. Las maquinaciones de los
Ernesto Samper, tendientes a elaborar
en los próximos sufragios listas
conjuntas con las huestes de Vieira y
Marulanda, reciben la catoniana
reprimenda incluso de los propios
copartidarios; y la idea de concertar
unos comicios exentos de coacciones y
chantajes con el concurso y la
vigilancia de la UP, el frente
desarmado de los otros frentes, es una
ocurrencia típicamente liberal que
produce risa entre el grueso público.
Ya se dejan un tanto de lado los
"factores objetivos de la subversión"
para responsabilizar de las
virulencias desatadas a las
generosidades de la administración
Betancur con los "factores
subjetivos". Lo han exteriorizado,
cada cual a su manera, los quíntuples
del liberalismo oficialista, el doctor
Alvaro Gómez Hurtado y el primer
mandatario. Este viraje, además de los
reacomodos que introduce en el terreno
de las bregas partidistas, tiene
innegables incidencias en la teoría,
pues uno de los razonamientos con que
se ha justificado la "guerra" y aun
los enredos de la "paz", ha sido
precisamente el de que las hondas
disparidades sociales de por sí
implantan los métodos violentos en
lugar de los pacíficos. a explotación,
el desempleo, la miseria, suministran
tema y hasta objeto a la política, sin
que por eso definan la forma que
aquélla adopte, lo cual depende de
variadas circunstancias, como la
índole de las corrientes en pugna, la
correlación de fuerzas, los
antagonismos internacionales, el
carácter del sistema imperante, las
peculiaridades del ordenamiento
jurídico... Aquí, en Colombia, una
república nacida de la revolución
burguesa universal y fundada en los
albores del siglo XIX, existen todavía
determinadas reglas democráticas,
aprovechables dentro de la labor de
favorecer y unir sin exclusiones a los
destacamentos amantes del progreso y
de la integridad de la patria. Los
procederes terroristas, o delictivos,
el homicidio entre ellos, entraban por
completo esta tarea y facilitan los
cierres de los canales de expresión,
no las "aperturas". De igual modo, se
va poniendo al descubierto el
entronque de las agresiones del PC
dentro de nuestras fronteras con el
expansionismo a nivel internacional de
la Santa Rusia de la era socialista.
Asunto de una importancia que
Contadora disimuló hasta el día de su
melancólico fracaso. Tanto en el
partido de gobierno como en el bando
de la "oposición reflexiva" surgen
analistas que previenen sobre la
intromisión creciente de los intereses
prosoviéticos en el país, cuyo destino
de cualquier modo consideran sujeto a
los azares de Centroamérica y el
Caribe, el escenario americano del
conflicto por el reparto del orbe. El
alcance de aquellas inquietudes se
refleja en el rapapolvo que el
representante Ernesto Lucena le echa
al alto mando liberal a consecuencia
de las vacilaciones de éste; en las
indirectas contra sus exsocios de la
UP, lanzadas por el club de
arrepentidos a través de Plazas Alcid,
y en los editoriales admonitorios que
de cuando en cuando ofrece a sus
lectores la gran prensa. De nuestra
parte, seguimos creyendo que el pueblo
colombiano no les brindará nunca la
confianza a quienes condenan las
injerencias de Estados Unidos o Europa
en territorios ajenos, mas alaban y
obedecen a los invasores de
Afganistán. Distinguir entre despojos
malos y despojos buenos es la peor
variante del antipatriotismo.
Comprendiendo el notable deterioro de
su situación, los beneficiarios de la
tregua han salido con que la
estructura organizativa creada para ir
a las elecciones y agilizar el
reintegro a la vida civil nada tiene
que ver con su movimiento guerrillero,
origen y materia de las gestiones
pacificadoras. Ahora resulta que la
trilogía Partido Comunista, Unión
Patriótica y Farc, de esencia unívoca,
posee tres centros distintos de
dirección, ninguno de los cuales
responde por las añagazas de los
otros. Así se contesta a las
preocupaciones de la nación, colocando
sobre las maniobras fallidas maniobras
por fallar, una burla inacabable que
muestra cómo los caballeros de esta
pandilla se aferran a su condición de
ciudadanos extraconstitucionales, con
la que fueron ungidos en la ceremonia
del 28 de marzo de 1984, fecha de
iniciación del alto al fuego,
refrendado bajo las brisas del río
Duda.
Con argucias parecidas se arremete
contra los gremios productivos,
culpándolos de caldear los ánimos y
empecinarse en la represión, cuando
aquéllos apenas si han apelado al
derecho que los asiste de recabar de
la rama ejecutiva unas garantías
mínimas, por falta de las cuales la
industria y en particular la
agricultura se hallan abocadas a
sufrir serios trastornos. Aunque
algunos funcionarios estimulen con sus
declaraciones tales infundios y el
gabinete sienta poco afecto hacia las
solicitudes justas, la tendencia en
ascenso, como atrás lo señalamos, es
la inversa; el pueblo trabajador ha
ido esclareciendo que, para la
conquista de sus caros objetivos,
requiere de una anchurosa alianza con
todos los estamentos sociales que
resguarden la producción y la
soberanía del país.
Y la ulterior estratagema de los
favoritos del mandato belisarista ha
consistido cabalmente en volver los
ojos hacia los conservadores, a los
que siguen contemplando cual tabla de
salvación, y en forma preferente hacia
Misael Pastrana, el cerebro gris de la
pacificación por las buenas. ¿Y a
Pastrana quién lo salva? Los aprietos
del expresidente son de tal monta que,
pese a exigir más diálogos y
comisiones, más de lo mismo, en
extenso reportaje entregado al órgano
del Partido Comunista, se queja de las
"incertidumbres" y aboga por "acuerdos
definitivos". En otras palabras,
idéntico al resto, está a la espera de
definiciones.
Sí, se torna imprescindible el rescate
del primer postulado de la democracia:
igualdad de derechos, sin salvedades
de ninguna naturaleza.
Impulsemos una solución nacional que
tome en cuenta las opiniones de
productores y comerciantes, clérigos y
militares, obreros y campesinos.
Detengamos el sacrificio de seres
honrados y útiles a Colombia como
Aidée Osorio. Y actuemos
consecuentemente, viendo el pasado y
escrutando el porvenir.
Movimiento Obrero
Independiente y Revolucionario MOIR
Comité Ejecutivo Central
Francisco Mosquera
Secretario General
A
MANERA DE MENSAJE DE AÑO NUEVO
Diciembre 30 de 1988
Publicado en El Tiempo el 31 de
diciembre de 1988.
El personaje
colombiano de 1988, por así decirlo,
fue indudablemente la violencia. Y
repite, porque también tuvo
primerísima distinción en 1987, 1986 y
1985. La seriedad del asunto estriba
en que nos hallamos, no ante un
fenómeno cualquiera, sino frente a la
implantación en las lides políticas de
los bárbaros métodos de la extorsión y
el crimen. Dentro de las múltiples
causas de la incontenible mortandad,
enumeradas durante este largo tiempo
por sociólogos y comentaristas de
distinto jaez, sin excluir la gratuita
impugnación al carácter supuestamente
perverso de los colombianos, poca
importancia se le ha atribuido al
principal factor: el ruinoso legado de
la estrategia apaciguadora de
Belisario Betancur. Sorprende la
"amnesia" colectiva, sobre la cual
divagaba no hace mucho otro de
nuestros ex presidentes.
Luego de la toma del Palacio de
Justicia por parte del M-19, que
concluyó segando la vida de la mitad
de la Corte, en cualquier país
medianamente culto se habría
procedido, ante lo trágico y nocivo de
los acontecimientos, a una
rectificación de fondo. Pero no. Al
mes siguiente de los luctuosos
episodios, el propio mandatario, en
entrevista a Le Nouvel Observateur que
reprodujo El Tiempo de Bogotá,
orondamente reiteró no haber "cerrado
las puertas al diálogo" dentro del
"proceso de paz en que nos hallamos
empeñados". Con el agravante de que en
dicho reportaje aceptaba que a la hora
del día del asalto "había cita" con el
propósito de barajar acuerdos. En
otras palabras, los terroristas
desprevinieron al jefe del Estado
mientras preparaban la temeraria
ocupación. De momento no queremos
extendernos sobre algo que pasó
inadvertido pero que se dijo. Una
confesión de cuyas verdaderas
implicaciones nadie se ha ocupado pero
que bien hubiera merecido una
investigación, en lugar de la retórica
denuncia ante la Cámara del
exprocurador Jiménez Gómez en torno a
las vicisitudes del operativo militar,
puesto que concierne a la forma como
se cumple con los deberes
constitucionales de salvaguardar la
seguridad pública inherentes al
ejercicio del cargo presidencial.
Apenas sí lo tomamos cual punto de
referencia, ahora, cuando las figuras
estelares del cuatrienio anterior, los
doctores Betancur y Pastrana,
conmovieron a su audiencia al
demandar, en comunicado conjunto del
nueve de los corrientes, las
"aproximaciones necesarias” entre el
gobierno y la Coordinadora
Guerrillera, con el sofisma de que los
frentes de las Farc una vez más
"cesaron unilateralmente fuegos".
No se trata, pues de ingenuas
tolerancias. Además, la ingenuidad
reiterativa se convierte en
complicidad. Estamos ante una
estratagema meditada y tejida con
antelación, merced a la cual segmentos
de la clase dominante, primordialmente
el ala mayoritaria del Partido Social
Conservador y algunos liberales
ávidos, han comenzado su fragoso
ascenso hacia el pleno poder buscando
reeditar la triste crónica de la paz
belisariana. Se pretende empeñar la
tranquilidad del pueblo por otros
cuantos años más a cambio de una
irrefrenable ambición. Y se hace
conscientemente, ya que ningún
colombiano ignora el costoso
desencanto de una pacificación que lo
ensayó todo o casi todo, menos la
desmovilización de los grupos
insurrectos.
Los resultados están a la vista. Nunca
hubo tal afloración de delitos en
nuestras tierras como en la
actualidad; pero tampoco jamás se
había admitido el proselitismo armado,
con lo que se puso en desventaja a las
colectividades desprovistas de
instrumentos bélicos y se quebrantó la
igualdad de los ciudadanos frente a la
ley, ese postulado básico de la
organización republicana. Tal
deterioro de las costumbres políticas,
fuera de lesionar directamente a las
masas irredentas y en especial al
movimiento obrero, se ha tornado en
otra de las protuberantes trabas al
desarrollo nacional. Suprimir tan
enorme perturbación representa una
labor prioritaria del futuro
inmediato. Para ello se precisa de por
lo menos las siguientes condiciones:
rechazo a los intentos de revivir el
viejo pacifismo fracasado; apoyo a los
sectores que han tenido que adelantar
sus quehaceres habituales bajo las
exacciones continuas de la coacción
autorizada, y establecimiento de unas
explícitas reglas de juego
democráticas de obligatoria
observancia para todos los partidos.
Creemos que el plan de paz de la
administración Barco, de esgrimirse
tal cual ha sido esbozado, contribuirá
a estos anhelos y por tanto debe
respaldarse. De cualquier modo, que no
haya más treguas indefinidas, más
diálogos estériles ni más pactos
altisonantes, mientras la nación
entera se debilita, se desangra y se
corrompe.
EL PROBLEMA
SOCIAL NO DETERMINA LA INSURRECCIÓN
Desde finales de la
década del cincuenta los anarquistas
criollos vienen imputando sus
frustradas rebeliones a las agudas
diferencias económicas que prevalecen
en la sociedad. El argumento suena muy
sabio; sin embargo, resulta
profundamente falso. En cualquier
época y lugar, al margen de cuán
extremada sea la miseria de las
gentes, el requisito indispensable de
cualquier guerra civil del modelo que
entre nosotros se pregona consiste en
el concurso eficaz de la población. Y
en Colombia, por lo menos desde el
surgimiento del Frente Nacional, el
pueblo se ha mostrado apático a la
solución violenta. Seguir justificando
las aventuras terroristas con los
desajustes sociales, como suelen
hacerlo los políticos astutos y los
clérigos piadosos, significa
simplemente que nunca habrá "paz",
pues las transformaciones históricas
no se coronan en un santiamén ni
brotarán de los arreglos de tregua.
Los insurgentes continúan supeditando
cualquier compromiso verdadero con el
régimen a un entendimiento previo
sobre los proyectos de desarrollo, el
reparto de la riqueza y aun la
inclusión en la nómina oficial. A los
colombianos les consta que bajo
semejantes premisas la llevada y
traída reconciliación no deja de ser
una entelequia, cuando no un engaño.
Como la acción guerrillera está de
espaldas a la realidad, sus
auspiciadores se han dado
progresivamente licencias que riñen
con los procederes revolucionarios. El
sostenimiento de las huestes errantes
se vuelve la preocupación más
imperiosa. Los diversos comandos, en
una forma u otra, han aceptado ejercer
el secuestro, y el país lo sabe.
Cuando caen de improviso sobre uno de
esos municipios olvidados de Colombia
van infaliblemente tras los fondos de
las pequeñas oficinas de la Caja
Agraria. En el último período han
enfilado sus iras contra los medios
productivos, destruyendo fábricas,
tumbando torres de energía,
inutilizando dragas, prendiendo
galpones o volando oleoductos.
Presionan a los campesinos de las
regiones marginadas a emprender
marchas en solicitud de vías y de
puentes, y luego los dinamitan.
Respecto a las bregas políticas y
gremiales, no resisten la tentación de
echar mano de los medios coercitivos
para dirimir las controversias y
precipitar las decisiones.
Los adalides de esta tendencia han
llegado a tales límites que Jorge
Carrillo, su connotado socio dentro
del campo sindical, denunció en medio
del desconcierto, tras el fallido paro
del 27 de octubre, que la protesta
"fue derrotada por la subversión y el
terrorismo"; atreviéndose incluso a
exigir “que se rechace toda ayuda de
la guerrilla al sindicalismo” y "que
la Cut no se preste a campañas contra
las Fuerzas Armadas", un vuelco harto
sustancial.
En síntesis, las hazañerías de la
extremaizquierda nada tienen que ver
con una eclosión del descontento
popular. Todo lo contrario. Intentan
sustituir la actuación de las masas,
pisotean los funcionamientos
democráticos, ferian la vida de
propios y extraños, alteran el
desenvolvimiento civilizado de la
confrontación política y dañan los
bienes de utilidad pública. En su
corto desplazamiento hacia el Río de
la Patria, José Antonio Galán dejó
sobre el tema bellas lecciones, no
sólo de escrupuloso uso de las
propiedades que temporalmente incautó,
sino de respeto a las existencias de
los enemigos que quedaban inermes.
EL EJÉRCITO
TAMPOCO ES EL RESPONSABLE DEL
CONFLICTO
Las otras tesis con
que se sustenta la congruencia del
levantamiento armado, o la táctica de
"la combinación de todas las formas de
lucha", por lo común giran alrededor
del papel represivo de las Fuerzas
Armadas. Esta postura luce bastante
radical mas carece de fundamento.
Después del entreacto castrense, que
dio fin a la cruenta disputa entre
liberales y conservadores, el régimen
vigente ha avanzado por la senda de la
democracia representativa, con las
obvias limitaciones correspondientes a
su índole de clase. Las entidades
encargadas del orden no han sido ni
más ni menos draconianas que lo
característico en una república
burguesa de tipo medio. No obstante
mantenerse en la práctica, el
bipartidismo se ha ido desmontando
jurídicamente, así sea al estilo
colombiano, a cuentagotas, hoy un
artículo, mañana un inciso. Aquí las
facciones políticas no se han visto
obligadas a enmontarse con el objeto
de eludir la espada exterminadora del
Estado. Sucede a la inversa. A pesar
de enmontarse sobreviven bajo el manto
de la legalidad.
Se distorsionan innecesariamente las
cosas cuando se afirma que en
Colombia, en las últimas décadas, el
llamado estamento civil ha estado
sujeto a la égida militar. Antes bien,
bajo el experimento del "sí se puede",
los caprichosos dictámenes del
Ejecutivo obstaculizaron de continuo
el despliegue del ejército, a la par
que aumentaban con inusitada rapidez
los motivos de zozobra. Durante la
vigencia de la tregua más de un
general de la república ha salido
milagrosamente ileso de brutales
atentados; y a dos ministros de la
defensa se les decretó la baja, sin
ningún, miramiento, por pedir "pulso
firme" ante la descomposición
reinante. Si el uniforme ha adquirido
cada vez mayor realce, ello obedece a
los prodigios de la pacificación
dialogada. ¿Por qué quejarnos entonces
de que se les entregue en custodia a
los militares las zonas maceradas por
el genocidio y la vindicta? ¿0 que
éstos adopten el cariz deliberante que
los cánones les prohiben? ¿No llegamos
a esa paradoja después de mucho
trámite, elucubración e
incumplimiento? Un inopinado desenlace
que acabó restringiéndole la libertad
de opinar al desprotegido en tanto se
la prodiga a quienes posean la
protección suficiente para sí y para
otros.
El surgimiento de los apodados grupos
de autodefensa constituye, sin más
requilorios, otra de las repercusiones
nefandas de la comedia de la "paz".
Aparecieron después de la amnistía y
de la firma de los armisticios, no
antes. Encarnan una respuesta a la
"guerra", no la razón de ésta. No son
criaturas primigenias de las tropas
regulares, como inocentemente se
arguye. Tales desviaciones cuentan con
un soporte social muy definido, las
incontables víctimas de la "vacuna
revolucionaria". La instauración de la
venganza cual macabro expediente para
resolver las contradicciones políticas
nos parece la peor purulencia de los
males que acongojan a Colombia. Sin
embargo, nos encontramos convencidos
también de que mientras no se despejen
los interrogantes que estamos
planteando; mientras no cesen las
vivezas de las siglas que burlan los
códigos y a la vez desean disfrutar de
las franquicias de la democracia;
mientras no se asuma una actitud
consecuente, diáfana, ante la urgencia
de que rijan, sin favoritismos y
conforme a derecho, las instancias
constitucionales, seguirá
prevaleciendo la temida justicia
privada. Hasta Bernardo Jaramillo
Ossa, el locuaz presidente de la UP,
ha admitido que la muerte por cientos
de copartidarios suyos "tiene que ver
con el origen de la agrupación",
"ligado al movimiento guerrillero". Lo
intuyen, mas le echan la culpa total a
las deficiencias del sistema en
materia de garantías democráticas. No
obstante, a la dirección del Partido
Comunista bien le valdría recapacitar
sobre estas conclusiones de uno de sus
miembros y corregir la línea, en
beneficio del país y de la militancia.
En presencia del oscuro panorama,
muchos de los partidarios de los
tejemanejes del apaciguamiento han
decidido enarbolar, con ínfulas de
grandes descubridores, los antiguos
enunciados del derecho de gentes
Estimuladas ya las tentativas
insurreccionales tras la divulgación
de toda suerte de mentirosos
criterios, ahora se piensa darles
legitimidad, subordinando las medidas
de control de la conmoción interior a
las laxas interpretaciones de los
convenios de Ginebra y corriendo los
albures de los nuevos percances que de
ellos surjan. Se propone no terminar
la vandálica reyerta sino humanizarla.
Y lo ansían igualmente los alzados en
armas, inclusive reclamando la
utilización en tal sentido del
artículo 121, con miras a
internacionalizar su pleito y
contener, de paso, a los cuerpos de
seguridad. ¡Que intervengan en los
asuntos internos nuestros cuanta
asociación fantasmal hayan creado en
el mundo los áulicos de Nicaragua,
Cuba y la Unión Soviética! Eso por un
lado, y por el otro, ¡que el gobierno
practique la "paz" aunque se le
imponga la "guerra"! No otra cosa han
entrañado las delegaciones extranjeras
invitadas por los organismos legales
de la guerrilla para que juzguen el
traumático acontecer del país. 0 las
exhortaciones a que las autoridades
resguarden a quienes, además de
incurrir en los denominados delitos
conexos a la rebelión, atacan
vehementemente a la fuerza pública.
¿En qué contienda civil digna de su
nombre el bando insurgente le exige
amparo al bando del orden, cual ocurre
en Colombia, sobre todo a raíz de las
horrendas y repudiables masacres del
año que expira?
Miguel Antonio Caro, el estilista de
la supérstite Constitución de 1886
afirmaba que "nada es ciertamente tan
anormal como la guerra". Ya entonces,
y aun desde antes, se reconocía que la
única talanquera del estado de
anormalidad radica en las vaguedades
del referido derecho de gentes porque
el resto de prerrogativas consagradas
se suspende o puede suspenderse en
procura del retorno a la tranquilidad
ciudadana. De ahí que los alegatos
sobre los alcances de las normas de
excepción, o sobre el reconocimiento o
no del carácter beligerante de los
sublevados, se ventilen a costa de las
masas expoliadas, cuyas conquistas
democráticas languidecen a medida que
se avivan las disquisiciones
exegéticas. Al pueblo trabajador, en
definitiva, muy poco le conviene
reemplazar las posibilidades del
precepto escrito con las artificiosas
alteraciones y las ilusas perspectivas
de una revolución tramitada por
decreto.
LA PRODUCCIÓN
NACIONAL NO HA CONTADO CON EFECTIVO
APOYO
La creencia de que la
lucha reivindicativa requiere para su
buen augurio del aherrojamiento de los
sectores productivos de la ciudad y el
campo es otro de los extendidos
equívocos que la nación está en mora
de dilucidar. El atraso y el yugo
económico de los consorcios de las
metrópolis tradicionales hacen de las
tareas de la industrialización de
Colombia un desafío progresista y
hasta heroico. Bastantes comentarios
ha merecido la situación de la zona
bananera de Urabá, donde se lleva a
cabo un encomiable esfuerzo de
desarrollo. Si allí se prescindiera de
la cooperación de los trabajadores,
lógicamente no habría nada; pero el
tacto y el arrojo de los
inversionistas también han sido claves
para la obtención de metas tan
tangibles como la trasferencia a la
balanza de pagos de doscientos
millones de dólares anuales por
concepto de exportaciones. En aquella
esquina del territorio patrio se ha
librado una recia batalla contra la
dejación de los gobiernos, la
preponderancia de las
comercializadoras extranjeras y,
recientemente, contra los efectos
mefíticos de la violencia. Podríamos
traer a cuento muchos otros ejemplos
elocuentes, en particular el de los
restantes cultivos tecnificados, cuyos
propugnadores, a punta de sacrificios,
le pulen poco a poco la mustia faz al
agro colombiano. Con todo, no existe
suficiente comprensión sobre la
trascendencia de tales consecuciones.
Más de un activista político cosecha
aplausos entre el electorado con sus
improperios contra industriales y
agricultores. Los debates de la última
reforma agraria se dirigieron a
fustigar más a los empresarios
encargados de la modernización de las
áreas rurales que a quienes todavía
personifican los remanentes del
feudalismo. La capa burguesa cuya
fortuna se deriva directamente del
Estado o de los favores de éste o que
amasa su riqueza por medio de las
operaciones especulativas, con
frecuencia aspira a soslayar sus
privilegios arremetiendo contra la
capa burguesa ligada al engranaje
productivo. Y desde los tiempos de
López Michelsen los roces entre
funcionarios y gremios se han venido
agudizando. Escollos todos éstos que
sí debieran allanarse a través de un
consenso que jalone el crecimiento
material del país, sin el cual ningún
programa de rehabilitación tendrá
significado valedero. La prosperidad
no será factible con la supremacía de
los menesteres parasitarios sobre las
acucias de la producción, o con un
manejo indebido de la deuda externa,
el déficit fiscal junto a sus secuelas
inflacionarias y los otros parámetros
fundamentales de la economía.
En cuanto al proletariado, se halla
muy ajeno a cifrar su ventura en la
destrucción de las máquinas o en el
asolamiento de las gentes. El
Sindicato de Mineros de Antioquia, con
sede en el municipio de El Bagre, por
su cuenta y riesgo acaba de disponer,
"en legítima defensa del sagrado
derecho al trabajo" la reparación de
las torres que suministran el fluido
eléctrico a la empresa y que fueron
derribadas por la guerrilla. Este
primer precedente claro nos está
advirtiendo hasta qué punto los
adelantos de la lucha obrera llegan a
conjugarse, dentro de nuestras
singulares circunstancias, con la
preservación y el fomento de las
fuentes de empleo.
El cometido del MOIR reside
actualmente en recoger las
reconfortantes enseñanzas que dejan
los despropósitos y los desafueros de
más de un lustro de historia
colombiana. A mediados de 1988 las
disímiles banderías coincidieron con
nosotros en el llamamiento a construir
un frente único por la salvación
nacional. Lo curioso es que muchas de
ellas interpretaron la consigna como
la oportunidad de volver a las
abortadas maniobras del pasado,
cuando, precisamente, se barrunta la
ocasión feliz para un replanteamiento
justo y valeroso, sobre el cual
seguimos insistiendo. ¿Acaso los
nuevos horizontes no han sido siempre
el hallazgo de las épocas de
intranquilidad, no de los días de
calma?
Movimiento Obrero Independiente y
Revolucionario MOIR
Comité Ejecutivo Central
Francisco Mosquera
Secretario General
NO
HAY CAUSA NOBLE 0 VIL QUE
JUSTIFIQUE EL SECUESTRO
Septiembre 26 de 1990
Carta enviada por Francisco Mosquera a
Hernando Santos Castillo, director de
el Tiempo, el 26 de septiembre de
1990.
Señor Hernando Santos
Castillo
Director de El Tiempo
Señor director:
Hoy se cumplen siete días del
repentino y angustioso secuestro de
Francisco Santos Calderón, jefe de
redacción de El Tiempo, ocurrido el
miércoles pasado por parte de un grupo
de facinerosos que sin contemplaciones
dio muerte a su chofer, José Oromacio
Ibáñez. Aún no se sabe con certeza la
autoría del golpe, ni los móviles del
mismo; pero la circunstancia de que
haya coincidido con la desaparición de
varias personas, entre las cuales se
mencionan periodistas de otros medios,
como doña Diana Turbay de Uribe, hija
del expresidente Turbay, hace pensar a
muchos comentaristas que afrontamos de
nuevo una de esas conjuras que con
frecuencia postran a Colombia y la
avergüenzan ante los ojos del mundo.
Sea lo que fuere, le expresamos a
usted, a sus familiares y amigos
nuestros sentimientos de solidaridad
en el difícil trance y nuestra
esperanza de que a la postre todo
saldrá bien.
Por configurar una de las fechorías
más abominables, el secuestro,
podríamos decir, ha sido repudiado en
todas las latitudes. No hay causa,
noble o vil, que lo justifique.
Desgraciadamente, este instrumento tan
exclusivo de la delincuencia común,
pasó a constituirse en parte
integrante de la táctica de las
guerrillas colombianas y, a través de
ellas, en el símbolo de la lucha
seudorrevolucionaria. Numerosas voces,
hasta las menos esperadas, salieron en
defensa del fenómeno; y en especial
cuando se propuso la inclusión de los
"crímenes atroces" dentro de la
amnistía concedida durante el
cuatrienio de Belisario Betancur. Así
acabó extendiéndose y santificándose
la práctica de retener a adultos,
ancianos y niños con fines lucrativos
o como medio de presión. Por eso hemos
insistido en colocar, entre los
grandes objetivos nacionales a
obtener, la civilización de la
contienda política, de tal forma que
quienes recurran a cualquiera de las
manifestaciones del vandalismo queden
aislados y reciban ejemplar sanción.
Otra de las políticas erróneas, que
tanto le han costado al país, estriba
en el tratamiento veleidoso que se la
venido dando al narcotráfico. Por
satisfacer las demandas de Washington,
cuyas autoridades se han valido de
aquella calamidad como un pretexto
para meter las narices en América
Latina, los últimos gobiernos
colombianos han oscilado entre la
extradición por la vía administrativa,
sin tratado internacional ni garantías
procesales, y el acuerdo secreto con
los más perseguidos proveedores de la
droga. Se teme que Francisco Santos
Calderón y los demás periodistas
extraviados sean otras de las
incontables víctimas de tales
inconsecuencias. De ser esto verídico
el país entero debe abogar por la
pronta liberación de los secuestrados
y exigir que sus vidas se sustraigan
del oscuro juego. Y que la gravedad
del incidente sirva para volver las
cosas a su cauce normal: que la nación
haga respetar la soberanía,
democratice la justicia y prevenga el
delito.
Lo cual se hace absolutamente
indispensable en el momento actual,
cuando la gran potencia del Norte, con
la complicidad de los
colaboracionistas colombianos,
convierte nuestro suelo en un mercado
libre en donde vender, comprar e
invertir a sus anchas. En honor a la
verdad digamos que Francisco Santos,
en su columna del 18 de los
corrientes, justamente planteó serios
interrogantes sobre la apertura
económica en que viene empeñada la
nueva administración, exhibiendo una
prisa que sorprende y echando mano de
unos procedimientos que espantan.
Inquietudes cada vez más presentes, no
sólo en las reuniones obreras, o en
los foros de intelectuales, sino en
las páginas de los periódicos. La
nación terminará uniéndose para
salvarse.
Francisco Mosquera
Secretario General del MOIR
DESPEDIDA
A UN CAMARADA
Septiembre 8 de 1980
Discurso pronunciado por Francisco
Mosquera en la Plaza de La Pola de
Ipiales, durante la concentración en
homenaje a la memoria de Heraldo
Romero, el 8 de septiembre de 1980, y
publicado en Tribuna roja No 37 de
febrero de 1981.
Querido camarada
Heraldo Romero:
Entre todos los deberes que nos ha
impuesto la revolución ninguno más
penoso que éste de devolver a la
tierra tus despojos mortales.
No conseguimos atinar por qué extraño
giro del destino nos encontramos de
pronto privados de la compañía y el
sostén de tan entrañable camarada. No
estamos despidiendo a quien hubiese
recorrido el cielo de la existencia y
llegado al fin, por ley natural, a la
hora del reposo, sino a quien apenas
avanzaba en la senda de la vida y
hacía brotar por doquier hermosas
esperanzas. No damos sepultura a un
carácter melancólico o pusilánime,
sino a un hombre extraordinariamente
activo que con su alegría embriagó
siempre a cuantos le rodearon.
Tampoco estamos frente a uno de tantos
del montón que aceptan dócilmente el
papel alienante que a cada cual le
reserva esta sociedad caótica y rapaz,
sino ante el rebelde que descolló en
la brega por transformar el mundo en
beneficio de las mayorías
menesterosas. No contemplamos la
partida de un compañero más, sino la
de un forjador del movimiento
proletario y un genuino fogonero de la
causa de los desposeídos. Nos ha
dejado un valiente. Hemos perdido a
uno de nuestros conductores más
promisorios. Por miles de razones nos
cuesta aceptar este cruel golpe del
infortunio.
Nadie lo hará mejor que tú ni más
entusiastamente. Muchos trataremos de
cerrar filas en tu nombre pero jamás
lograremos llenar el vacío que queda
con tu ausencia.
La hechura de un partido
revolucionario obrero, que crece
proscrito en franca hostilidad con los
poderes establecidos y que funde su
suerte con la de las fuerzas
esclavizadas y oprimidas, consiste en
el fondo en la formación de unos
cuadros lúcidos ideológica y
políticamente, disciplinados y leales,
capaces de vincularse y guiar a las
masas a través de las tormentas de
clase y dispuestos a arrostrar
cualquier sacrificio y deponer sus
intereses particulares por los del
común. Dichos cuadros se convierten en
el tesoro más preciado del Partido,
puesto que su desarrollo requiere
varios años y dedicación permanente.
En los momentos cruciales será la
destreza de aquéllos la que decidirá
el porvenir de la contienda. Para el
MOIR, cuyos componentes han jurado
destronar a los explotadores y
verdugos del pueblo y sólo aspiran a
la victoria total, la muerte de
Heraldo Romero representa un revés
incalculable.
Sin escatimar esfuerzos dedicó sus
vitales energías y su brillante
inteligencia a las tareas de la
construcción partidaria. Cuando la
enfermedad minaba sus carnes, el
batallador nato que había en él se
resistió a postrarse, y hasta el
último instante estuvo pendiente de
los problemas del Partido y preocupado
por sus camaradas. Las labores
militantes las llevó a efecto sin
falta en el seno de las masas
populares. Dentro del estudiantado
veló sus armas de eximio paladín y fue
uno de los primeros líderes del
caudaloso movimiento juvenil de
comienzos de la década del 70, en el
que se mostró ya como gran orador y
combatiente insobornable contra el
oportunismo. Innúmeras veces se halló
al frente de heroicas jornadas del
pueblo nariñense, lo mismo en paros
cívicos de envergadura departamental
que en movilizaciones locales en pro
de básicos derechos de la ciudadanía.
En más de una oportunidad las
multitudes enardecidas lo rescataron
de las prisiones del régimen. Se
desveló por las masas campesinas e
indígenas a las que respaldó y orientó
en sus múltiples batallas por la
tierra y la organización, abriendo
brecha hacia el agro y encabezando la
consigna de enraizar el Partido en las
zonas rurales. En otras ocasiones lo
vimos ligado personalmente a las lides
del proletariado colombiano, alentando
a los obreros, instruyéndolos e
intercambiando criterios con ellos
sobre las cuestiones fundamentales de
la emancipación. Prestó su concurso a
tantas peleas memorables que creo no
exagerar si afirmo que las gentes
perseguidas de Pasto, Túquerres,
Ipiales, Tumaco, Orito, Puerto Asís y
del resto de poblaciones de Nariño y
Putumayo supieron invariablemente de
Heraldo Romero cada vez que se
levantaron en protesta por alguna
iniquidad de los gobernantes de turno.
¿Puede haber acaso para un partido
revolucionario un pionero, un puntal,
un propagandista mejor? Mas esto no es
todo.
A cada paso propendía por la línea
antiimperialista y de salvación
nacional defendida por el MOIR, y sus
ojos se iluminaban de júbilo al saber
o al narrar algún episodio de repudio
de los sectores patrióticos y
democráticos contra los monopolios
extranjeros y sus testaferros
criollos. En sus luchas por la
liberación y la soberanía del país
rechazó las posturas engañosas del
nacionalismo y proclamó
invariablemente la unión de los
obreros y pueblos del planeta.
Estudió y propagó las enseñanzas de
los ideólogos del socialismo
científico y él mismo fue un
marxista-leninista consecuente. Nunca
le conocimos una vacilación en la dura
refriega contra las contracorrientes
revisionistas, cuya derrota la
consideró siempre como una condición
indispensable del éxito de la
revolución colombiana. Alertó al
pueblo sobre los peligros de la
expansión soviética y denunció sin
tregua las pretensiones de sus agentes
en el Hemisferio. Aunque comprendía
como el que más que Colombia atraviesa
aún en su evolución histórica por la
etapa democrática y que nuestro
objetivo estratégico actual radica en
la constitución de un frente único de
liberación nacional, rechazó
firmemente los postulados burgueses de
quienes sustituyen la revolución por
la reforma en aras de una
inconsistente alianza de las clases
explotadas y oprimidas. Dentro del
MOIR se distinguió por el trato
fraternal con sus compañeros y por el
celo que puso en la salvaguardia de la
unidad del Partido.
La única manera de reparar en parte la
pérdida que hemos sufrido con la
prematura desaparición de Heraldo
Romero es resaltar y cultivar su
ejemplo en cuanto simboliza. No habrá
monumento superior a su memoria
Tendremos que seguir adelante si
aspiramos a que sus vigilias y empeños
no hayan sido en vano. Y triunfar como
él, que se marchó victorioso pues
alcanzó todo lo que se propuso. Sólo
las limitaciones de tiempo y de lugar
le impidieron ver el radiante amanecer
de la libertad sobre el territorio
patrio. Le correspondió combatir en un
largo trayecto de reflujo y de
acumulación de fuerzas, empezando por
la necesidad de disipar las tinieblas
y suplir la inexistencia de una
vanguardia revolucionaria. Consciente
de las condiciones políticas que le
correspondieron cumplió su misión sin
desesperos ni pedanterías. Y en los
principales pasajes de su vida trazó
el modelo de la conducta de un
verdadero comunista para los períodos
prerrevolucionarios.
El MOIR, que es tu obra, encenderá la
pradera y escribirá los capítulos que
te quedaron inconclusos por un
designio inescrutable.
Querido camarada Heraldo Romero:
Al concluir en esta hora aciaga el
balance obligado de tu práctica, no
descubrimos una sola mácula que
obscurezca el conjunto de tu epopeya
revolucionaria. Seguramente los
enemigos, en el afán por atacarnos,
hallarán gratuitamente fallas o
excesos qué atribuir a tu
comportamiento acrisolado. Eso se
descarta. Los defectos y las
cualidades de los hombres, al igual
que los demás hechos sociales, están
sometidos inexorablemente a los
juicios de clase. Nosotros te
admiramos, te respetamos, procuramos
imitarte, porque asumiste cabalmente
la posición de la clase obrera y
luchaste con acierto por la felicidad
del pueblo. Ello nos reconforta. Para
nosotros encarnas las excelsas
virtudes de tu raza y de tu estirpe.
Ello nos basta.
En la certeza de que continuaremos
amando lo que amaste y odiando lo que
odiaste, no te decimos adiós sino
hasta siempre.
PALABRAS
PARA QUE NO SE OLVIDEN NUNCA
Julio 26 de 1983
Oración fúnebre pronunciada en el
entierro de Clemencia Lucena, el 26 de
julio de 1983 y publicado en Tribuna
Rona No 46, de diciembre 1983-enero
1984.
Clemencia:
Como te conocíamos y como sabemos que,
si te fuera dada la licencia de
demandar algo, ahora, en la hora
inexorable de la despedida, sólo
indagarías por el afecto de tus
compañeros de fatigas e inquietudes,
es que deseamos decirte unas cuantas
palabras para que no se olviden nunca.
La muerte te propinó un golpe artero
cuando aún tenías mucho por aportar a
la causa de los expoliados e
ignorados, pero no pudo velar el hecho
incontrovertible de que caíste en
medio del campo de batalla. Al Valle
del Cauca te trasladaste en
cumplimiento de tus magníficos
proyectos y de ligarte en alguna forma
aunque fuese temporalmente con el
proletariado de aquella brava porción
de la patria, tanto para plasmar en
vivos colores la insumisión de los
esclavos asalariados y enriquecer el
arte revolucionario, como para
fortalecer el ánimo de los
combatientes con tu entusiasmo
contagioso. No hará quince días que
estuviste en los muelles de
Buenaventura a enterarte personalmente
de la huelga de los trabajadores de
Colpuertos, pues intuías que ese
conflicto, ensangrentado ya por la
metralla oficial, bien podría marcar
el viraje hacia el descrédito de la
demagogia reinante. Y así estabas
dispuesta a seguir avanzando, a
investigar, a estudiar, a vencer. Te
sucedió lo que les acontece a todos
los revolucionarios de verdad, que la
vida no les alcanza para culminar
cuanto aspiran, no sólo porque cuando
logran una meta se proponen otra y
otra, sino porque la revolución
contemporánea será la hazaña de muchas
pero muchas generaciones.
Lo importante es consumar
concienzudamente las tareas que nos
han de corresponder. Y tú no le
temiste a ningún riesgo y desafiaste
todos los valores establecidos,
decidida a contribuir, desde tu
trinchera, al porvenir venturoso de
Colombia y de los pueblos del mundo.
Exaltaste y participaste de la
intrepidez de nuestros héroes, de la
fortaleza de nuestros mártires y de la
abnegación de nuestros mejores
militantes. Defendiste con pasión
cuanto te parecía correcto y
condenaste sin miramientos las
posiciones ambivalentes y
acomodaticias tan características de
los prohombres de la reacción.
Esgrimiste con singular destreza la
pluma y el pincel, tu arma predilecta.
Analizando febrilmente las
experiencias del pasado y
comunicándote con las masas te
esmeraste por hallar los senderos
expeditos para la marcha victoriosa de
las muchedumbres del común.
En tus obras captaste los momentos
preliminares de la revolución
colombiana, en los que los obreros,
los campesinos y los demás segmentos
sojuzgados y patrióticos pugnan por
elevar la conciencia, emprender sus
luchas, adecuar sus organizaciones y
acumular fuerzas para las contiendas
definitorias. Y tú misma hiciste parte
de los pioneros de esta gesta que nada
ni nadie contendrá.
Cumpliste, pues, a cabalidad con tus
ideas y tus gentes. Tu vida será
siempre fuente de inspiración para
aquellos que habrán de sucedernos en
la brega, y el pueblo, quien al fin y
al cabo es el que decide sobre el
olvido y la inmortalidad, te recordará
entre sus primeros servidores.
NUNCA
TRANSIGIÓ CON EL ATRASO
Agosto 29 de 1986
Discurso de Francisco Mosquera en
Cali, ante la tumba de Hernando
Patiño, el 29 de agosto de 1986.
El hombre que hoy
devolvemos a la tierra era un ser
excepcional.
Bregó siempre por la grandeza de su
patria mancillada, desdeñando las
privaciones que nunca dejaron de
asediarlo ni importándole el anonimato
en el que pretendieron recluirlo los
poderes establecidos.
La autodeterminación de la nación y el
desarrollo de las fuerzas productivas
constituían para él objetivos
inmediatos y básicos que habrían de
consolidarse con el triunfo del
trabajo sobre el capital.
Estaba convencido de que en el fondo
fondo la lucha se reducía a defender
el progreso y a derrotar el atraso, no
sólo en el terreno de las
confrontaciones de carácter social
sino en el ámbito de las ciencias
naturales. Por eso dedicó su vida a la
investigación y a la divulgación.
Sus dos principales preocupaciones
fueron enseñar cuanto sabía y aprender
con sus alumnos; actividades que
ciertamente reditúan poco pero labran
el porvenir de los pueblos.
Los resultados de sus observaciones
los convertía en sendos argumentos a
favor del cambio.
¿Cuántas veces, al regreso de sus
excursiones investigativas, no le
vimos exponer evidencias sobre nuestro
deterioro ecológico, para demostrar
que la ruina de la naturaleza no es
producto de los adelantos de la
técnica, sino del estancamiento de
ésta o de su ineficiente utilización?
Mas no se vaya a creer que Hernando
Patiño, por amar hondamente a su país,
profesaba un criterio nacionalista de
la cultura y despreciaba los aportes
provenientes de otras latitudes. Por
el contrario, hacía gala de una visión
universal de las cosas, hallándose
consciente como el que más de nuestras
propias limitaciones y de la necesidad
que tenemos de poder también aplicar
entre nosotros los enormes logros
científicos que las naciones avanzadas
del orbe guardan celosamente para sí.
No prescindía tampoco de las
enseñanzas legadas por el pasado pero
sabía precisarles su alcance
histórico.
Ahora, respecto a los exóticos frutos
de la escolástica, el oscurantismo o
la superchería nunca cedió un ápice.
En otras palabras, fue partidario de
que, en cuanto a la ciencia, lo
extranjero puede servir a lo nacional,
el pasado al presente, lo tradicional
a lo moderno, el conocimiento empírico
a la ciencia propiamente dicha, y de
que a excepción de la primera de estas
relaciones las otras no deberían darse
en sentido inverso. Merced a ello, aun
cuando su labor fuera la de la
hormiga, sus verdades producían el
efecto del rayo.
No obstante haberse dedicado en
particular a la agronomía, la botánica
y la biología, a cada paso anotaba que
las fronteras entre las distintas
ramas del saber se han ido
desmoronando con el transcurso del
tiempo, al extremo de que en la
actualidad nadie consigue dominar una
disciplina sin el concurso de las
otras.
A Patiño semejante fenómeno lo colmaba
de entusiasmo, por constituir el
indicio esplendoroso de que la
concepción materialista y dialéctica
del mundo acabaría por imponerse
plenamente sobre la metafísica y el
idealismo.
Ya no es posible explicar la formación
de los elementos y el origen de la
vida sin estudiar las estrellas.
En el salto de la mecánica de Newton a
la relatividad de Einstein está de por
medio la velocidad de la luz, el nuevo
factor con el que analizamos el
movimiento a las más grandes
distancias cosmológicas o a las más
cortas de la física de partículas.
Las leyes de la conservación de la
energía y de la transformación de la
materia se vieron enriquecidas con
otra considerable conquista del
pensamiento humano: la de lograr medir
la energía en función de la masa.
Las geniales intuiciones de Darwin
acerca de que la evolución de las
especies dependía de la selección
natural adquieren en este siglo su
base o causa interna en la biología
genética.
En fin, Henando Patiño esgrimía con
decisión éstos y los otros avances
interdisciplinarios para
proporcionarles el soporte científico
a sus inquietudes de todas las horas,
que iban desde profundizar en los
secretos de la "sopa primitiva" hasta
alertar sobre la fundamental
importancia de mantener el equilibrio
simbiótico entre la rosa y el colibrí.
De ahí que un buen día le propusiera a
un grupo de amigos picados por las
mismas inquietudes la conformación de
una especie de ateneo para
intercambiar opiniones en torno a
tales materias, arguyendo, entre otras
razones, la de que los revolucionarios
que desean cumplir cabalmente con su
misión no pueden menos que interesarse
en los estelares avances de la ciencia
contemporánea y propiciar su
divulgación.
Se han realizado dos de estos ateneos:
uno en Cali en octubre de 1985 y el
otro en Medellín en agosto de este
año. Ambos fueron preparados
personalmente por Hernando Patiño.
El primero lo inauguró con una
exposición tendiente a demostrar cómo
Engels, no obstante las muchas
imprecisiones todavía existentes en su
época, desde el siglo pasado ya había
hecho énfasis en el derrumbe de las
barreras entre lo orgánico y lo
inorgánico, en el intercambio de lo
vivo con lo no vivo, en la ubicación
cósmica de la vida, en la célula
llamada "cuerpo albuminoideo", en el
rol del trabajo en la transformación
del mono en hombre, en las raíces
sociales de la deformación ambiental,
etc. Testimonio histórico de la forma
como un enfoque general dialéctico
jalona el incesante auge del
pensamiento científico, y de cómo
aquél se sustenta en éste.
Su enfermedad ya no le permitió a
Hernando Patiño asistir al ateneo de
Medellín.
He querido resaltar el espíritu
valiente y abnegado del entrañable
camarada, circunscribiéndome al campo
que él escogiera por trinchera.
Sé que la semblanza resulta bastante
corta, pero la iremos completando
conjuntamente con sus innumerables
compañeros y discípulos, entre los
cuales tuve el honor de contarme.
De cualquier modo la semilla sembrada
por este hombre admirable germinará
para provecho de las futuras
generaciones.
LA
JUSTEZA DE NUESTROS PRINCIPIOS HA
SIDO DEMOSTRADA
EN
LA LUCHA DE CLASES
Abril 15 de 1991
Palabras de Francisco Mosquera en el
acto de homenaje que el Comité
Regional de Risaralda le rindió al
destacado dirigente sindical, Arturo
Ruiz, el 15 de abril de 1991, en
Pereira.
Compañero Arturo Ruiz:
Ya que no puedo asistir personalmente,
pretendo con esta sencilla nota
sumarme al reconocimiento que hoy te
rinden tus amigos, al cabo de tantos
años de consagración a las bregas de
los trabajadores risaraldenses y del
país. Y deseo hacerlo por el motivo,
por la ciudad y por las
circunstancias.
En la marcha tesonera de los pueblos
abundan los momentos históricos en los
cuales éstos requieren con urgencia de
la participación combativa y heroica
de sus mejores hijos, si aspiran a
salir airosos de las celadas que les
tienden a cada paso los zánganos de la
sociedad. Hoy vivimos una de esas
coyunturas mágicas, y estamos en
condiciones de efectuar aportes de
cierta importancia. Ello obedece a que
no hemos temido nadar contra la
corriente, durante muchos años, que ya
ni me acuerdo con exactitud; y a que
nos hemos aferrado con coraje a unos
cuantos principios, cuya justeza ha
sido demostrada en la lucha de clases.
Esto sí lo tienen presente muchos
camaradas de vigilias, incluido tú,
Arturo, por supuesto.
Jamás depusimos la denuncia contra los
revisionistas contemporáneos y
alertamos siempre sobre la enorme
amenaza que implicaba el expansionismo
soviético, no sólo desde el punto de
vista de la autodeterminación de las
naciones sino de la independencia del
proletariado internacional. Hundidos
Rusia y sus satélites en la charca de
la regeneración capitalista y
restaurada la hegemonía de los Estados
Unidos, incluso con las palmas del
Consejo de Seguridad de la ONU, el
mundo ha experimentado un vuelco total
en una exhalación. Hemos tomado muy en
cuenta ambos fenómenos, y a su debido
tiempo, lo cual nos otorga alguna
autoridad para exponer nuestros
criterios en torno a la grave
situación existente en Colombia, que
ha iniciado su viacrucis hacia la
plena entrega económica al
imperialismo norteamericano, mediante
la política antinacional de la
apertura y el encumbramiento al poder
de los memos del gavirismo.
Así como nos aguardan duras pruebas en
el futuro inmediato, tenemos a nuestro
favor inmensos factores favorables.
Con el curso intempestivo de los
acontecimientos planetarios se han ido
disipando las tinieblas. Internamente,
tanto a los sectores productivos como
a las fuerzas políticas que aún
conservan nexos con la nación, o con
su historia, no les quedará otra
disyuntiva que la de defender la
soberanía y el progreso de Colombia.
De esta obligación no excluyo a los
productores conscientes, a los
parlamentarios honestos ni a los
militares patrióticos, con quienes
habremos de constituir un frente único
por la salvación nacional. Y dentro de
las más amplias perspectivas, con la
máxima propagación del capitalismo a
nivel internacional que estamos
presenciando, los palpitantes
problemas obreros se pondrán a la
orden del día y de su solución
dependerá la suerte del próximo
milenio. Con los asalariados
estadinenses, que también se oponen al
neoliberalismo en defensa de sus
intransferibles derechos, se crean por
primera vez condiciones reales para
una estrecha unión entre los
desposeídos del Continente contra la
santa alianza de los mandatarios de
Washington con sus títeres
latinoamericanos. Son elementos
decisivos e indiscutibles.
Los ideólogos de la burguesía se
solazan con los reveses del marxismo
pero en su loca embriaguez no aprecian
la más simple característica de la
nueva etapa: que los revolucionarios y
trabajadores del orbe entero han
comenzado a hablar el mismo lenguaje
en distintos idiomas.
La ocasión nos mueve a evocar la
memoria de los militantes que, como
Agustín González, para citar uno de
los innúmeros casos, pusieron al
alcance del Partido la realización de
la tarea, pues nos enseñaron con su
ejemplo a escoger entre las
transitorias miras personales y los
imperecederos intereses de la causa
obrera.
Fraternalmente,
Francisco Mosquera Secretario General
del MOIR
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