Francisco
Mosquera
Resistencia
Civil
I
INTERNACIONAL
EL PROLETARIADO
CULMINARÁ LA OBRA DE MAO TSETUNG
Septiembre 10 de
1976
Mensaje de
condolencia del MOIR al Partido
Comunista de China, escrito por
Francisco Mosquera y publicado en
Tribuna Roja Nº 23, en septiembre de
1976.
Camaradas
Comité Central del Partido Comunista
de China
Pekín, China.
Cuando el Partido Comunista de China
dio la infausta noticia de que el
camarada Mao Tsetung había muerto en
la madrugada del 9 de septiembre y
ésta se conoció en segundos en el
orbe entero, los obreros, los
pueblos y las fuerzas y personas
progresistas de los cinco
continentes lloraron la pérdida
irreparable de su más querido y
respetado dirigente
internacionalista. Hondo y doloroso
impacto produce en todo el mundo el
vacío inconmensurable que deja el
fallecimiento del camarada Mao
Tsetung. Diversas personalidades,
jefes de gobierno, líderes de
movimientos y partidos se han
apresurado a reconocer en el máximo
representante de los 800 millones de
seres del pueblo chino, a una de las
figuras estelares de este siglo y a
uno de los conductores políticos que
más profundamente han incidido en
grandes transformaciones históricas.
La maravillosa epopeya de su vida al
servicio de la causa de la clase
obrera y la sabiduría de su
pensamiento comprobada en
innumerables batallas triunfales
como guía segura de quienes luchan
por la revolución y el progreso,
colocan a Mao Tsetung entre los
benefactores esclarecidos de la
humanidad. Aplicó el
marxismo-leninismo a las condiciones
concretas de lucha que le
correspondió vivir, lo enriqueció y
llevó a una etapa más alta de su
desarrollo. A partir del proceso
original, constante y acelerado de
la revolución china durante
cincuenta años, su obra magistral y
monumento vivo a su talento creador,
Mao Tsetung no sólo contribuyó a
cambiar la fisonomía del mundo, sino
que sistematizó genialmente las
leyes universales del cambio social
válidas para todos los países. Leal
discípulo de Marx, Engels, Lenin y
Stalin, Mao Tsetung pasa junto a
ellos, concluido el ciclo de su
existencia, a completar la gloriosa
galería de los inmortales maestros
del proletariado. Como heredero
legítimo de las excelsas virtudes
milenarias del pueblo chino, cuya
historia sin par está llena de
múltiples acciones heroicas, de
aguerridos combatientes en defensa
de la justicia y la verdad, de
notables científicos, pensadores y
artistas, Mao Tsetung fue
depositario de sus mejores
tradiciones revolucionarias y
encarnación de sus más nobles y
hermosos ideales. Por eso Mao se
constituyó en el centro aglutinante
y orientador de la nación más
populosa de la Tierra, construyó el
glorioso y correcto Partido
Comunista de China, factor dirigente
de la revolución china, organizó
prácticamente de la nada un
invencible ejército popular, derrotó
a todos los enemigos internos y
externos del país y fundó la
República Popular China, hoy la
patria socialista de una cuarta
parte de la humanidad. En un tiempo
relativamente corto China se
convirtió de una vasta región
ocupada, dividida y económicamente
atrasada, en un país independiente,
unido, grande y próspero, avanzada
de la revolución mundial y ejemplo
inspirador de todos los
revolucionarios del planeta. Y por
eso miles de millones de personas al
mirar consternadas hacia la tumba
recién abierta, se explican este
portentoso fenómeno de la época con
la exclamación de que ¡sólo un
pueblo como el pueblo chino, podía
producir un dirigente como el
dirigente Mao!
Pero el camarada Mao Tsetung no se
desveló únicamente por el pueblo
chino. El porvenir de los países que
han instaurado el socialismo, la
emancipación de los proletarios de
las naciones burguesas y la
liberación de las inmensas masas de
las colonias y neocolonias sometidas
a la sojuzgación imperialista,
fueron objeto permanente de sus
preocupaciones. Proclamó que China
jamás procurará el hegemonismo y,
por el contrario, será siempre la
segura retaguardia de los países que
combaten por su independencia y
soberanía. Apoyó fervorosamente
todas las lides del proletariado y
los pueblos por la democracia, la
revolución y el socialismo y por el
logro de un mundo sin naciones
oprimidas ni opresoras, sin esclavos
ni esclavistas, sin hambres y sin
guerras. Sin embargo, el camarada
Mao señaló con agudeza inigualable
que la cristalización de este sueño
antiquísimo del hombre será aún
antecedido necesariamente de un
largo período de enconados y
violentos conflictos de clases, en
el cual jugarán un papel de
primerísima magnitud las luchas de
liberación de las naciones contra el
imperialismo, del movimiento obrero
contra la burguesía y el
revisionismo y de los proletarios de
los países socialistas contra los
restauradores burgueses. Continuador
de la doctrina victoriosa de Marx y
Lenin, a Mao Tsetung cúpole la
distinción histórica de resolver el
problema de la consolidación del
socialismo y de la prolongación de
la revolución bajo la dictadura del
proletariado. Basándose en nuevas
experiencias y en especial en el
ejemplo negativo de la traición al
marxismo-leninismo por parte de los
dirigentes de la Unión Soviética,
que trocaron el primer Estado
proletario en un Estado burgués
socialimperialista, el camarada Mao
Tsetung desarrolló la teoría de que
en toda la etapa histórica del
socialismo, cuyo lapso de duración
no es de unos decenios sino de cien
a centenares de años, es
absolutamente indispensable mantener
la dictadura del proletariado y
llevar hasta el final la revolución
socialista, para impedir la
restauración del capitalismo y
preparar las condiciones del paso al
comunismo. En el curso de la
revolución socialista de China Mao
Tsetung descubrió la forma de
hacerlo: la revolución cultural
proletaria que es, terminada en lo
fundamental la transformación de la
propiedad de los medios de
producción, la revolución llevada a
cabo por los obreros en el terreno
político e ideológico para desalojar
de todos los dominios del Poder a
los burgueses infiltrados y a los
seguidores de la vía capitalista.
Así como Lenin desplegó una
descomunal batalla contra los
renegados de la II Internacional
para garantizar el avance luminoso
de la clase obrera y el triunfo de
la gloriosa Revolución de Octubre,
Mao Tsetung adelantó una lucha aún
mucho más aguda y compleja contra
los revisionistas contemporáneos,
acaudillados por los dirigentes del
Partido Comunista de la Unión
Soviética, para desbrozar el camino
de la victoria definitiva del
socialismo en el mundo entero. Y así
como Engels recordaba en el entierro
del padre del socialismo científico,
que Marx apartaba como si fueran
telas de araña todas las calumnias y
difamaciones que contra él lanzaban
la burguesía y los reaccionarios de
su tiempo, nosotros podemos decir
que también como telas de araña el
proletariado y los pueblos del mundo
apartarán las calumnias y
difamaciones que contra Mao Tsetung,
el más grande marxista-leninista de
la época, profieren la camarilla
revisionista soviética y sus
epígonos.
Los revisionistas y demás
recalcitrantes adversarios de Mao
Tsetung jamás consiguieron refutarlo
ni vencerlo y con su muerte estarán
calculando que las cosas mejorarán
para ellos. Efímera ilusión porque
de Mao Tsetung se podrá asegurar con
infinita certeza lo que se ha
sostenido de los grandes innovadores
revolucionarios, que su desaparición
física no hará más que agigantar su
influencia. El proletariado
internacional, armado de su
pensamiento, será quien se encargue
de culminar su colosal empresa.
Pocos como Mao Tsetung gozaron del
privilegio de ver en vida realizadas
y ratificadas por la práctica tantas
de sus propias acertadas
predicciones. Mao Tsetung elaboró
toda la línea estratégica y táctica
de la revolución china. En su
momento, muchos fueron los que
dudaron en el interior y en el
extranjero que el pueblo chino
alcanzara a coronar las prodigiosas
metas que conforme a un análisis
certero de la situación iba
progresivamente proyectando el
camarada Mao. No obstante, el pueblo
chino cumplió cuanto se propuso:
derrotó al feudalismo, al
capitalismo burocrático y al
imperialismo; sostuvo tenazmente y
llevó hasta el triunfo total una
prolongada guerra de liberación
contra el Japón y contra los
intervencionistas norteamericanos y
contribuyó decisivamente a la
bancarrota fascista en la Segunda
Guerra Mundial; conquistó el
socialismo y desbarató una a una las
tentativas burguesas y revisionistas
de restauración, y apoyó y apoya
eficazmente las luchas
revolucionarias de los pueblos del
mundo. Todas éstas son realizaciones
imperecederas del pensamiento de Mao
Tsetung. Igualmente el camarada Mao
resumió y enriqueció la línea del
movimiento comunista internacional.
Los triunfos de las naciones por su
soberanía, del proletariado por la
extensión y consolidación del
socialismo y de China por continuar
la causa de su gran timonel serán
asimismo confirmación plena de
nuevas y grandiosas victorias de
esta línea y del pensamiento de Mao
Tsetung.
El pueblo colombiano y nuestro
Partido están en deuda con el pueblo
chino y con el camarada Mao Tsetung
por la solidaridad constante a sus
luchas y por el inmenso respaldo que
representan para la revolución
colombiana los tremendos aportes de
la revolución china. La mejor manera
de pagar esa deuda y a la vez apoyar
al pueblo chino y al Partido
Comunista de China será impulsando
la revolución en nuestro país,
basándonos fundamentalmente en
nuestros propios esfuerzos y en los
esfuerzos de las masas, como nos lo
enseñó el camarada Mao.
Nuestro Partido ha logrado
desarrollarse gracias al estudio de
las tesis revolucionarias
marxista-leninistas del camarada Mao
Tsetung y a las condiciones
internacionales favorables creadas
por la lucha del Partido Comunista
de China contra el revisionismo
contemporáneo. A diferencia del
Partido Comunista de China, nuestro
Partido apenas ha comenzado su
jornada y para alcanzar grandes
victorias debe combatir el
revisionismo y profundizar en el
estudio del
marxismo-leninismo-pensamiento de
Mao Tsetung y aplicarlo
correctamente a la práctica concreta
de la revolución en nuestro país,
como nos lo enseñó el camarada Mao.
Con la conducción de Mao Tsetung
China llegó a ser una nación
independiente, próspera y grande,
donde impera radiante el socialismo.
Colombia es una neocolonia de los
Estados Unidos y nuestro Partido
lucha en las condiciones de opresión
de la dictadura
burgués-terrateniente
proimperialista. El pueblo
colombiano debe también quebrar la
dominación extranjera, preservar la
completa soberanía frente al
imperialismo y el socialimperialismo
y marchar al socialismo. Para ello
es necesario que nos atrevamos a
luchar, desafiando todos los
peligros y dificultades, con la
intrepidez propia de los
materialistas consecuentes, como nos
lo enseñó el camarada Mao.
Las extraordinarias hazañas de la
revolución china fueron en
definitiva fruto de la acción de las
grandes masas del pueblo chino. Mao
Tsetung reiteradamente insistió en
la verdad cardinal del marxismo de
que las masas son las que hacen la
historia. El pueblo de Colombia
libró y libra denodados combates por
la revolución, sin haber logrado
todavía superar la dispersión y la
división. Nuestro Partido tiene como
tarea principal la de unir y
organizar al pueblo colombiano y
guiarlo en pro de su misión
histórica. Por lo tanto debemos
vincularnos estrechamente a las
masas, interpretar en todo momento
sus intereses y necesidades,
orientar y apoyar sus luchas y
servir de todo corazón al pueblo,
como nos lo enseñó el camarada Mao.
El que la revolución prosiga depende
de los nuevos cuadros. Para evitar
que China cambie de color Mao
Tsetung forjó decenas de millones de
continuadores de la obra
revolucionaria del proletariado,
encargados de llevar adelante la
causa que dejó sin ultimar. Nuestro
Partido en el proceso de su
construcción debe asimismo ir
creando centenares y miles y
millones de cuadros revolucionarios
proletarios, hombres y mujeres que
trabajen con arrojo y con modestia,
que luchen por la unidad y no por la
escisión, que practiquen
valerosamente la crítica y la
autocrítica y que actúen en forma
franca y honrada y no urdan intrigas
y maquinaciones, como nos lo enseñó
el camarada Mao.
El MOIR expresa al pueblo chino y al
Partido Comunista de China su más
sentida condolencia y testimonia la
indecible tristeza que embarga al
pueblo colombiano y a todos y cada
uno de los militantes de nuestro
Partido por esta prueba tan dura de
la muerte del camarada Mao Tsetung.
Nuestro Partido une su dolor al
dolor del Partido Comunista de
China. Nuestro Partido une su lucha
a la lucha del Partido Comunista de
China por derribar definitivamente a
la burguesía y demás clases
explotadoras, llevar hasta el final
el socialismo y materializar el
comunismo.
¡Gloria eterna al gran líder y
maestro, camarada Mao Tsetung!
¡Viva el invencible
marxismo-leninismo pensamiento de
Mao Tsetung!
Movimiento Obrero
Independiente y Revolucionario
Comité Ejecutivo Central Francisco
Mosquera
Secretario General
Bogotá, septiembre 10 de 1976.
LECCIONES
IMPERECEDERAS
Segunda quincena de
noviembre de 1977
Artículo publicado
en Tribuna Roja No 30, de la segunda
quincena de noviembre de 1977.
Los
marxista-leninistas y las masas
obreras conscientes de todo el orbe
celebran con indescriptible regocijo
en este mes el 60 aniversario de la
gloriosa Revolución Socialista de
Octubre. La efeméride encierra una
extraordinaria trascendencia. Trae a
la memoria, como es profusamente
sabido, la fecha en que el partido
de la clase obrera de Rusia,
capitaneado por Lenin, derroca a la
burguesía dominante y, sobre las
ruinas de la sociedad explotadora,
implanta el primer Poder socialista
que logra consolidarse.
Ya antes, en 1871, el proletariado
había intentado "tomar por asalto el
cielo", según la expresión de Marx
acerca de la Comuna de París. En
aquella ocasión el intento de
instaurar el dominio obrero
sobrevivió escasamente dos meses,
ante la feroz arremetida de la
confabulación de los capitalistas
europeos. El experimento, sin
embargo, no fue del todo fallido.
Con la Comuna el marxismo desentrañó
uno de los fundamentos medulares de
la revolución del proletariado, el
de que al triunfar no puede
apoderarse de la vieja máquina
estatal existente y ponerla a su
servicio, sino que debe demolerla y
sustituirla por otra nueva, por el
Estado de los trabajadores, que es
el comienzo de la extinción de todo
tipo de Estado. Para garantizar el
éxito, construir el socialismo y
preparar el tránsito a la sociedad
comunista, ha de cambiarse de la
forma más completa y radical la
dictadura de la burguesía por la
dictadura del proletariado.
Históricamente la clase obrera ya
había aprendido cómo hacerlo y
contaba para ello con un modelo
vivo, la escuela de los comuneros de
París. Empero, mediarían 46 años de
agudas contiendas para que se
presentara otra oportunidad tan
clara de "asaltar el cielo".
Poderosos obstáculos tendrían que
ser superados: encontrar la salida
acertada a los múltiples problemas
surgidos en la distinta situación, y
especialmente desenmascarar y
derrotar el ala oportunista
prevaleciente de la socialdemocracia
internacional que revisaba el
marxismo, se plegaba a la burguesía
y envilecía el espíritu
revolucionario de la masa obrera.
Vladimir Ilich Lenin, el gran
maestro del proletariado, echó sobre
sus hombros esta monumental empresa
y la llevó a cabo genialmente.
Rescató a Marx y a Engels de manos
de sus falsificadores y desarrolló
el marxismo con las conclusiones
teóricas sacadas del análisis de la
transición del capitalismo de libre
competencia al capitalismo
monopolista, o imperialismo, su
última fase de descomposición y
agonía, antesala de la revolución
socialista. Enfatizó primordialmente
sobre la ley inexorable del
imperialismo de depender cada vez
más para su supervivencia del saqueo
de los países atrasados y sometidos
y sobre su naturaleza guerrerista,
derivada del afán irresistible de
aumentar sus colonias y de desalojar
a sus competidores. Caló
certeramente y explicó en decenas de
sus obras la debilidad estratégica
del imperialismo a pesar de su
apariencia omnipotente, señalando la
constante de que siempre que éste se
embarca en la aventura de la guerra
termina ahondando sus
contradicciones y vulnerando sus
fuerzas. Apoyándose en el fenómeno
del desarrollo desigual económico y
político del capitalismo, fenómeno
mucho más agudo en la etapa
imperialista, elaboró, contra la
creencia gestada en circunstancias
anteriores diferentes, la
importantísima tesis de que el
socialismo conseguirá imperar en uno
o en unos cuantos países, mientras
los demás seguirán siendo, durante
algún tiempo, burgueses o
preburgueses. El estallido de la
Revolución Socialista de Octubre
vino a corroborar ésta y las otras
predicciones magistrales de Lenin.
Si echamos una ojeada global al
desenvolvimiento de las sociedades,
observaremos cómo la historia marcha
en un sentido ascendente. Desde la
aparición de la división entre
poseedores y desposeídos, amos y
esclavos, explotadores y explotados,
y a través de cruentas y prolongadas
luchas de clase, el hombre ha pasado
sucesivamente del esclavismo al
feudalismo y de éste al capitalismo.
Han sido saltos adelante de enorme
significación que han redundado en
pro del progreso y de la ciencia.
Con la Revolución de Octubre se
inicia el proceso de la transición
del capitalismo al socialismo. De
ahí la repercusión sin par de este
acontecimiento que inaugura una era
mucho más brillante, no comparable
con las precedentes, ya que permite
el advenimiento de la única sociedad
que cifra la razón de su existencia
en el empeño de abolir todo tipo de
explotación, y, por lo tanto, tiende
naturalmente a acabar las clases y
la lucha de clases. Ello se debe a
que por primera vez los artífices de
las transformaciones sociales no son
los explotadores, sino los esclavos
modernos, el proletariado.
La burguesía declina hacia su
perdición definitiva, mientras los
trabajadores son los héroes del día,
cuya misión coincide con las grandes
tareas renovadoras de la época y con
los anhelos de la abrumadora mayoría
de la población. Como sepultureros
del imperialismo, los obreros tienen
el encargo de derrumbar la
dominación burguesa en las
repúblicas capitalistas
desarrolladas; alcanzar la
liberación nacional y perseverar en
la autodeterminación de los pueblos
de las colonias y neocolonias, y por
doquier preparar el terreno para
imponer el socialismo o afianzarlo
donde esté establecido. En los
países en los cuales persiste el
semifeudalismo y se combate por la
independencia de la nación, la clase
obrera se alía con el campesinado y
demás fuerzas antifeudales y
patrióticas, incluso con las capas
progresistas de la burguesía que
colaboran con el programa nacional y
democrático de la revolución,
precaviéndose de ejercer
correctamente la dirección en la
alianza y de no hacer concesiones de
principio. Esto es posible porque en
las condiciones universales
reinantes, las luchas
revolucionarias, democráticas y de
avanzada coadyuvan a la causa del
proletariado, y éste las respalda y
se esfuerza en profundizarlas y
encauzarlas a favor de sus objetivos
finales. En la era de la revolución
socialista mundial el movimiento
liberador de las naciones sojuzgadas
hace parte integrante de aquella y
la clase obrera internacional lo
conduce a su conquista más completa,
con miras a propiciar la voluntaria
relación de los países, sobre la
base del mutuo respeto y del
beneficio recíproco, sin lo cual el
socialismo sería una grotesca
mascarada.
El ejemplo de la emancipación rusa,
agigantado con los años, constituye
la meta suprema de las masas
trabajadoras del globo. Mao Tsetung
recuerda que la revolución china
representa la prolongación de la
victoria socialista de 1917. De la
misma manera, el resto de repúblicas
desgajadas del podrido tronco
imperialista reafirma la
aplicabilidad perdurable de los
grandiosos postulados de Octubre. Es
la esplendorosa confirmación de la
coherencia y desarrollo del marxismo
que, como arma ideológica invencible
de la clase obrera, antes que perder
lozanía se proyecta vigoroso hacia
el porvenir.
No obstante la permanente validez de
las apreciaciones de Marx y Engels,
algunas de ellas con más de siglo y
cuarto de vigencia, su doctrina no
ha permanecido estática sino que se
enriquece a medida que la práctica
social ha ido descubriendo nuevos
asuntos por solucionar. Stalin
indicó con agudeza que "el leninismo
es el marxismo de la época del
imperialismo y de la revolución
proletaria". Desaparecido Lenin, a
Mao Tsetung le correspondió, además
de sus incontables aportes hechos al
marxismo-leninismo en todos los
aspectos, atender y resolver una
cuestión fundamental: la
continuación de la revolución bajo
la dictadura del proletariado.
Partiendo de las advertencias de los
esclarecidos ideólogos de la
revolución obrera y sintetizando las
experiencias de China y en especial
la del ulterior desenlace negativo
de la Unión Soviética, que después
de ser el primer Estado proletario
se transmutó con Kruschev y sus
sucesores en una nación
socialimperialista, Mao enseña que
el socialismo abarca un período
bastante largo en el cual todavía no
son eliminadas las clases ni la
lucha de clases, ni desaparece el
peligro tanto de la restauración del
capitalismo como de la agresión
externa imperialista. Durante este
período hay que insistir en la
dictadura del proletariado sobre la
burguesía y efectuar revoluciones
cada vez que ésta hace carrera
dentro de la sociedad socialista y
usurpa las posiciones claves del
Poder.
El prestigio del marxismo es tal que
muchos de sus encarnizados
opositores han optado por declararse
partidarios suyos con el objeto de
mellar su filo. Tan repetido es el
caso, que desde los tiempos de
Lenin, estos contrincantes solapados
configuran la principal amenaza
contra la revolución y reciben el
mote de revisionistas. Combaten
veladamente con los argumentos más
impúdicos la justa idea de que el
proletariado está obligado a
utilizar la violencia revolucionaria
contra la violencia
contrarrevolucionaria, si aspira a
romper los grilletes de la
esclavitud y levantar su dictadura
de clase. Los marxista-leninistas
saben que la "transición pacífica"
de un régimen social a otro seguirá
siendo una cosa rara, y que sin la
creación de un ejército propio el
proletariado no tendrá esperanzas de
redención. La insurrección armada
les dio la supremacía real a los
obreros y campesinos de los soviets
de Petrogrado, de Moscú y de Rusia
entera. Los auténticos comunistas no
permitirán que ésta ni ninguna de
las imperecederas lecciones de la
Revolución de Octubre sean
escamoteadas.
La batalla ideológica y política
permanente contra el revisionismo
resulta imprescindible para vencer
las fuerzas imperialistas y
socialimperialistas. Renunciar a esa
lid significaría abandonar la
defensa del marxismo-leninismo,
debilitar el partido de la clase
obrera e impedir que ésta cuente con
una vanguardia fogueada y diestra,
dispuesta en todo momento a impartir
las orientaciones salvadoras para
destruir a un enemigo mortal,
ventajoso y cruel.
Hoy como ayer el revisionismo es una
contracorriente internacional; salvo
que ahora se halla más extendido y
su meca se encuentra en Moscú, la
antigua capital revolucionaria.
Romperle el espinazo resultará más
difícil que en el pasado por el
soporte que le proporciona la Unión
Soviética y demás repúblicas
satélites de ésta. Mas se halla
irremisiblemente condenado. El
revisionismo convirtió a la patria
de Lenin y Stalin en un país
socialimperialista voraz, regido,
como cualquier imperialismo, por las
mismas normas ciegas expansionistas
de explotación y dominación del
mundo. Pero, también como a aquél,
lo dotó de un cuerpo colosal sobre
unos pies de barro y lo predestinó
al fracaso. Por mares y territorios
de los cinco continentes se ven las
tropas soviéticas, o sus armamentos
en manos mercenarias, amedrentando a
los pueblos, disputando la hegemonía
al imperialismo norteamericano y
amenazando la paz mundial. De
desatar la tercera guerra general
sólo encontrará sosiego en la tumba.
Si no lo hace, de todos modos el
alud tumultuario de miles de
millones de pobladores del planeta
le caerá encima y tarde que temprano
las baterías del Aurora volverán a
escucharse en Leningrado.
-------------------------------------------*
* *
A pesar del tiempo y la distancia,
para Colombia guardan plena
vitalidad los principios tras los
cuales se atrevieron los tenaces
bolcheviques de Rusia a concitar el
odio de la reacción en el amanecer
del siglo XX. Somos una nación
pequeña y subdesarrollada, sometida
a la égida neocolonial del
imperialismo norteamericano, pero
integramos el más gigantesco frente
de lucha jamás conocido, pues
nuestros intereses se confunden con
los de los pueblos aplastantemente
mayoritarios que en todas las
latitudes pugnan por lograr su
independencia y soberanía, y junto a
ellos peleamos en la primera
trinchera antiimperialista.
Debido al hecho de estar dirigida
por el proletariado y contra el
imperialismo, nuestra revolución,
aunque sea actualmente de esencia
democrática, no sólo contribuye al
buen suceso de la revolución
socialista mundial, sino que en lo
interno culminará inevitablemente en
el socialismo. La clase obrera
colombiana, mediante prolongadas y
cruentas confrontaciones con los
opresores tradicionales, viene
forjando su partido y preparándose
para desempeñar dignamente el puesto
de comando de la revolución. Ha
obtenido notables avances en el
empeño de arrancarles la careta al
oportunismo y al revisionismo y de
expulsarlos de sus filas.
Estimulando y solidarizándose con la
brega heroica de los campesinos en
procura de la tierra y la libertad,
y propiciando las acciones del resto
de sectores democráticos, el
proletariado de Colombia desarrolla
la alianza obrero-campesina y
alienta un formidable movimiento que
unirá al pueblo bajo las banderas de
la liberación nacional. Comprende
que la más apremiante necesidad es
obtener el derecho a forjar el
destino de la nación sin intromisión
ajena, como la más excluyente
condición para arribar a la sociedad
socialista, fin superior de todos
sus desvelos. Por eso combate sin
tregua ni descanso hasta pulverizar
el yugo colonialista de los Estados
Unidos, y jura que preservará a
cualquier precio la soberanía
alcanzada, frente al
socialimperialismo y demás
filibusteros internacionales. Sus
luchas y proclamas encontrarán
amplia resonancia en Latinoamérica y
su victoria aumentará la gloria del
Octubre de 1917.
¡POR
UN FRENTE MUNDIAL CONTRA EL
SOCIALIMPERIALISMO SOVIÉTICO!
¡FUERA RUSOS DE AFGANISTÁN!
Enero 11 de 1980
Publicado en Tribuna Roja No 35 de
enero de 1980
La invasión de las
tropas soviéticas a Afganistán,
iniciada el pasado 27 de diciembre,
configura un acontecimiento de suma
gravedad que habla por sí solo de
los planes siniestros de dominación
mundial de los amos de Moscú. Es la
primera vez que los
socialimperialistas intervienen
militarmente en forma directa en un
país del Tercer Mundo.
En 1968 lo habían hecho en
Checoslovaquia, nación de la Europa
Central. En 1975 ocuparon Angola
pero con soldados de su colonia
cubana, y más recientemente
sometieron a Kampuchea y Lao a
través de sus marionetas
vietnamitas. Hoy su delirio
expansionista los ha llevado a
efectuar esta nueva aventura, ya sin
tapujos de ninguna índole y haciendo
gala del peor cinismo. Los
argumentos de que con su intromisión
bélica "protegen" la seguridad de
Afganistán, "ayudan" a la revolución
afgana, o actúan dentro del derecho
internacional no convencen a nadie.
Por el contrario, desde el primer
momento ha quedado claro que los
soviéticos bañaron en sangre a
Afganistán y vienen obrando como
sólo sabían hacerlo las hordas
hitlerianas. Depusieron y asesinaron
al Primer Ministro Amín para imponer
un gobierno completamente dócil a
sus vandálicos caprichos. Por ello
la respuesta militar del pueblo
afgano ha sido inmediata y decidida,
y cuenta con la participación de
considerables segmentos del ejército
regular que se han pasado a la
resistencia armada.
De otra parte, una inmensa mayoría
de Estados ha condenado la invasión
y la considera un serio atentado
contra la paz mundial. Todo indica
que los social-fascistas utilizarán
a Afganistán para apoderarse
posteriormente de Pakistán,
inmiscuirse en Irán y demás países
vecinos, controlar la entrada al
Golfo Pérsico y someter a su égida
al Asia Meridional y Occidental.
Tales proyectos no pueden menos que
significar un inminente peligro para
Europa, el Japón y los Estados
Unidos, que verán comprometidos
vitales centros de abastecimiento de
combustibles y cruces marítimos y
terrestres de importancia
estratégica.
Asimismo los pueblos del mundo y las
naciones amantes de la paz
comprenden que su porvenir se halla
severamente amenazado por el
hegemonismo soviético. La República
Popular China, el principal bastión
de lucha contra las ambiciones
imperialistas del Kremlin, será sin
duda uno de los blancos de ataque
preferidos de los belicistas rusos.
Sin embargo, hay un aspecto
supremamente positivo en todo
aquello, y es que la opinión pública
mundial ha comenzado a aceptar, a
punta de golpes y decepciones, que
la Unión Soviética no sólo dejó de
ser la cuna del socialismo para
convertirse en el más tenebroso
baluarte de la reacción
internacional, sino que hace mucho
abandonó los principios de la
coexistencia pacífica entre los
Estados y desempolvó la vieja
bandera de la dominación colonial y
de la guerra para sojuzgar a las
naciones y buscar un nuevo reparto
del planeta. El hegemonismo
soviético es un problema de todos
los pueblos, y por ende a éstos
corresponde resolverlo, promoviendo
la conformación del más amplio
frente de combate jamás conocido, en
el que participen, en una u otra
forma, desde los países atrasados y
dependientes del Tercer Mundo, las
repúblicas socialistas y las
naciones ricas del Segundo Mundo,
hasta los Estados Unidos. Un frente
de esas proporciones impedirá la
guerra mundial o la decidirá a favor
de la revolución internacional. Con
un frente así, los
socialimperialistas serán vencidos y
los pueblos contarán con el mejor
ambiente para la emancipación de las
naciones, para el desarrollo del
socialismo y para la conquista de la
democracia y la libertad en el orbe
entero. El primer deber
internacionalista del proletariado y
de los partidos auténticamente
comunistas será contribuir a la
integración a nivel mundial de este
frente único contra el
socialimperialismo soviético.
En la historia quienes acariciaron
sueños de dominación imperial
fracasaron irremisiblemente. Los
soviéticos también terminarán siendo
aplastados por mucho alboroto que
armen y por muy temibles que
parezcan. El pueblo afgano saldrá
victorioso y obtendrá su liberación
a pesar de las duras pruebas del
presente y del futuro.
¡Apoyemos a Afganistán en su
resistencia
contra la ocupación soviética!
¡Conformemos un frente único mundial
contra el socialimperialismo
soviético!
Francisco
Mosquera
Secretario General del MOIR
Bogotá, enero 11 de 1980.
EXPERIENCIAS
DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
PARA TENER EN CUENTA
Agosto de 1980
Prólogo escrito por Francisco
Mosquera para el libro José Stalin,
la Gran Guerra Patria, Bogotá,
Editorial Bandera Roja, traducido y
acotado por Gabriel Iriarte.
Cuando esta
recopilación era apenas un proyecto
en la cabeza de Gabriel Iriarte, y
no hace mucho él me habló de ello,
que traduciría de una publicación
norteamericana las intervenciones
del Primer Ministro del Estado
Soviético durante la Gran Guerra
Patria, con miras a ponerlas a la
disposición de los miembros del
Partido, como pieza de estudio, no
dudé en alentarlo para que
cristalizara prontamente la idea. No
sólo la llevó a cabo, sino que
emprendió con tenacidad la
investigación acerca de la Segunda
Guerra Mundial, y, acompañado de
unas diapositivas, ha recorrido buen
número de regionales ilustrando a
obreros y campesinos sobre el tema.
Ahora me pide que prologue su
edición en español de los discursos
de Stalin, en razón a que los
lectores de la misma consistirán
mayoritariamente en camaradas del
MOIR, los cuales han venido
aportando a la financiación de la
obra con el pago por adelantado de
los ejemplares. Al aceptar el
cometido me propongo contribuir
también a avivar el examen y la
discusión de tan rico período
histórico, cuyas enseñanzas
fundamentales tergiversan con
pérfida intención
socialimperialistas y revisionistas,
a medida que retumban por el orbe
los aldabonazos de la tercera
conflagración general. De otra
parte, me ha obligado a ocuparme de
algunos libros y documentos de
entonces para poder efectuar, con
mejores elementos de juicio, el
ineludible paralelo con la situación
actual. Los siguientes apuntes
recogen tales observaciones.
La valerosa resistencia del pueblo
soviético contra la invasión nazi y
su aplastante victoria final
patentizan una de las hazañas más
extraordinarias de todos los
tiempos. Encontrábanse en juego
asuntos de suma trascendencia. Se
decidía si en el futuro inmediato
caería sobre los pueblos el dogal de
la esclavitud fascista o no. En el
terreno de las armas, haciendo gala
de fortaleza, de pericia y de
técnica, en una extensión jamás
vista, los dos sistemas sociales de
la época, el imperialismo y el
socialismo, zanjaban sus
desavenencias. La lucha involucró lo
mismo a la economía, a la política,
que a la diplomacia. El contrincante
que fallara en llevar los
suministros al frente, tendido a lo
largo de varios miles de kilómetros,
sencillamente quedaría fuera de
combate. Había que proveer los
alimentos y las dotaciones para
millones de soldados, los equipos de
aire, mar y tierra, el combustible,
los repuestos, e ir supliendo, de
una batalla a otra, las cuantiosas
pérdidas de vidas y armamentos. La
organización en la retaguardia era
decisiva. Las fábricas laboraban a
pleno pulmón, incrementando
constantemente el rendimiento e
innovando en la marcha para obtener
la preeminencia y no dejarse
sorprender por los inventos del
enemigo. En los albores del
estallido, estrategas de ambos
bandos coincidieron en valorar la
importancia de las máquinas y los
motores en la contienda que se
avecinaba. El duelo aéreo y la pelea
de tanques terminaron a la sazón
imponiéndose como modalidades de la
guerra moderna.
Los alemanes tuvieron al principio
la ventaja, debido a su condición de
invasores. Escogían libremente el
momento y los sitios de ataque, de
manera que se ajustaran a sus
conveniencias y ocasionasen los
peores estragos al país embestido.
La burguesía alemana, una vez
firmado el Tratado de Versalles,
comenzó a buscar el desquite de la
derrota de 1918 y a prepararse
febrilmente, aunque con sigilo, para
la otra confrontación, con veinte
años de plazo. El nazismo representa
a cabalidad las ambiciones
imperialistas de recuperar para
Alemania la influencia perdida y
arrebatarles a las potencias de
Occidente, en particular a
Inglaterra y Francia, sus vastos
dominios coloniales. Desde el
ascenso al Poder, Hitler encauzó la
producción conforme a sus programas
bélicos, abarrotando arsenales con
los más avanzados tipos de aviones,
acorazados, carros de asalto,
submarinos, etc., y adiestrando unas
poderosas fuerzas armadas en pos de
las últimas evoluciones de las artes
marciales. Cuando irrumpen contra
Rusia, las tropas nazis llevaban dos
años de campañas fulgurantes. Nadie
logró contenerlas. Austria,
Checoslovaquia, Polonia, Dinamarca,
Noruega, Holanda, Bélgica, Francia y
los países balcánicos sucumbieron
estruendosamente. Los ingleses, como
siempre, se habían salvado de la
ocupación por el hecho de vivir en
una isla y por su reconocida
capacidad naval. Pero medio millón
de sus efectivos, junto a los cuatro
millones pertenecientes al afamado
ejército francés, fueron abatidos en
menos de un mes en los campos de
Europa. La superioridad alemana
conmovía al mundo.
La Unión Soviética, desde luego, no
constituía una pequeña y débil
nación; se trataba de un Estado
multinacional grande, centralizado,
con incontables recursos, inmenso
territorio y población numerosa. No
obstante, venía impulsando
pacíficamente su desarrollo material
y cultural, en medio de las
dificultades propias de las hondas
transformaciones en que se hallaba
empeñada, encarando el bloqueo del
prepotente club de las repúblicas
capitalistas y sin haber adecuado
aún por completo su economía a las
inminentes obligaciones militares,
con todo y que los comunistas rusos
vislumbraban, cual nadie más, que el
choque resultaría inevitable. El
primer problema, el de colocar el
trabajo agrícola e industrial de las
distintas comarcas y nacionalidades
al exclusivo favor de las exigencias
de la guerra, empieza a resolverse a
partir del 23 de junio de 1941, al
otro día del rompimiento de las
hostilidades. El Ejército Rojo no
consiguió repeler la arremetida
alemana y se vio precisado a
replegarse y ceder porciones muy
considerables de su espacio.
Leningrado y virtualmente hasta la
capital, Moscú, quedaron cercadas y
en angustioso peligro. Para
garantizar vitales abastecimientos e
impedir que los centros fabriles de
las regiones occidentales los
agarraran las fuerzas ocupantes, los
soviéticos, en una demostración sin
precedentes, transportaron de junio
a noviembre más de 1.500 fábricas a
las profundidades de su retaguardia.
El desenlace parecía gravemente
comprometido. Con avidez se
esperaban las noticias procedentes
del mayor, del determinante, del en
verdad único frente que prevalecía.
Ahora la totalidad de los intereses
envueltos en el conflicto pendía de
la batalla de Rusia. Si este postrer
esfuerzo periclitaba ya no habría en
el continente europeo bastión que
frenara a las hordas nazis. Incluso
los Estados Unidos, no estarían muy
seguros allende el Atlántico.
Mas el pueblo ruso, acosado,
despojado, malherido, aguantó.
Ningún sufrimiento pudo doblegar su
espíritu combativo; nada opacó su
infinito amor por la causa a la que
ofrendaba los más caros sacrificios.
No conoció el miedo, no se permitió
un minuto de descanso, no perdió
jamás la confianza en el triunfo. El
fanfarrón de Hitler creyó que
bastaría coger a coces la estructura
bolchevique para que se desplomara
al instante. Y al concluir 1941,
después de seis meses de incesante
guerrear sobre la interminable
llanura, el empuje germano mostró
síntomas inequívocos de agotamiento:
las líneas en lugar de avanzar
retrocedían, los objetivos
fundamentales continuaban sin
alcanzarse y la introducción del
invierno helaba las carnes y el
ánimo de los invasores. Procurando
mantener la iniciativa y valiéndose
de la inexistencia de un segundo
frente que los aliados
anglo-norteamericanos postergan
prácticamente hasta junio de 1944,
los nazis recurrieron a las reservas
y reforzaron con varias decenas de
divisiones a las 200 que, mermadas y
exhaustas, proseguirían el embate en
el nuevo verano. Sin embargo,
aplazan el asalto frontal sobre
Moscú, a la espera de una amplia
operación por el flanco Este y el
Sur, desde el Cáucaso hasta
Kuibyshev, dirigida a cortar los
puntos claves de las comunicaciones
de la ciudad. La variación del plan
táctico simbolizó para los agresores
saltar de la sartén para caer en las
brasas, puesto que sus unidades se
dispersaron notoriamente, perdieron
potencia y tropezaron con
Stalingrado. La gloriosa urbe sobre
el Volga tampoco quiso capitular y
en sus alrededores cavó la tumba al
VI Ejército alemán, unos 300.000
hombres, entre prisioneros y
muertos. De allí en adelante el
curso global de la guerra registra
un viraje sustancial. La industria
soviética, ya restablecida y
estabilizada desde mediados de 1942,
arroja índices superiores de
productividad y de calidad a los del
enemigo. El Ejército Rojo desata la
contraofensiva y los nazis pasan a
la defensiva estratégica. Para
Alemania principia el período de las
grandes derrotas y de la penosa
retirada, así promueva
esporádicamente golpes de proyección
y de duración reducidas.
Los descalabros en el Oriente
colocan al régimen hitleriano en
entredicho. La desmoralización va
minando progresivamente sus filas;
entre sus socios del Eje surgen las
dudas acerca del porvenir de la
aventura genocida, y las pequeñas
naciones de Europa Central,
obligadas a marcar el paso de ganso
y a portar la esvástica, ansían la
hora de desasir los compromisos de
guerra. El nazismo, que funda su
éxito en la intimidación y el
engaño, como cualquier
contracorriente reaccionaria no
soporta la adversidad. Únicamente
sobrevive llevando la delantera,
pero tan pronto se le nublan las
perspectivas de vencer todo estará
finiquitado sin remedio. Las
condiciones se vuelven propicias
para los pueblos sujetos a la
sojuzgación o al chantaje del bloque
nazi-fascista. La resistencia
organizada de la población y el
movimiento guerrillero se propagan
por doquier en Francia, Yugoslavia,
Albania, Grecia, etc. En China la
lucha contra la invasión japonesa se
consolida y el Ejército Popular de
Liberación tórnase en la fuerza
determinante de la salvación
nacional. Por otra parte, Inglaterra
y Estados Unidos estrechan los nexos
amistosos con la Unión Soviética,
intensifican los combates navales y
aéreos contra el Eje, bombardean
asiduamente las factorías enemigas y
se alistan para tomar el norte de
África, controlar el Mediterráneo y
abrir el asedio sobre Italia. Estos
tres gigantescos vórtices de acción,
el de la Unión de Repúblicas
Socialistas Soviéticas que pugna por
la libertad de la patria y enarbola
la bandera proletaria; el de las
masas de los países sometidos que
tienden hacia la conformación de
Estados propios, independientes y
soberanos, y el de las naciones
capitalistas que se oponen a la
agresión germano-ítalo-japonesa,
proseguirán creciendo y
cohesionándose en un poderoso frente
antifascista hasta tomar Berlín y
hundir una de las más bárbaras y
tenebrosas tiranías de este siglo.
Hemos indicado cómo el heroísmo del
pueblo soviético incide en el cambio
de la situación en un lapso
relativamente corto; a lo que
debemos agregar las orientaciones
políticas y militares, sin cuyo
acierto, ni la sangre vertida, ni la
laboriosidad desplegada, hubieran
dado sus frutos. Partiendo del mismo
vaticinio sobre el desencadenamiento
de las contradicciones de la
preguerra; pasando por la
utilización de los factores
positivos contemplados en la
estrategia trazada, y concluyendo en
el hábil maniobrar para, sin vender
los principios, salir airoso de cada
una de las complejísimas
encrucijadas, el alto mando
soviético hizo alarde de visión,
sapiencia, audacia y capacidad, cual
raras veces ocurre en la historia.
Aquél era el Partido Comunista.
Integrado por los continuadores de
la magnífica tradición
revolucionaria de Rusia y los
herederos de las sublimes virtudes
de Lenin; educado en los fundamentos
científicos del marxismo y dirigido
por un jefe formidable: Stalin.
Aunque el fascismo configura una de
las cuantas doctrinas imperialistas,
lo escabroso de sus postulaciones y
la brutalidad de sus procedimientos
la hacen más acabada, más típica,
más propia de la etapa en que el
capital se convierte en monopolio e
inicia su estado de descomposición y
de expoliación parasitaria sobre las
naciones oprimidas. La versión nazi
recurre desaforadamente al
nacionalismo y al racismo para
encubrir las ambiciones de
supremacía mundial. En la guerra de
1914-1918 las potencias triunfantes,
prioritariamente Inglaterra,
cimentaron y acrecieron sus
respectivos imperios a expensas de
Alemania que, además, hubo de
aceptar la presencia y la inspección
de sus contrincantes dentro de la
misma casa. La burguesía germana no
se resignaría voluntariamente a tan
humillante condición, siendo que
desde el punto de vista del
desarrollo se recuperaba de manera
vertiginosa y evidenciaba más
pujanza, a pesar de no contar con
los recursos de brazos, materias
primas y mercados en todos los
continentes, como sus vecinos. ¡Qué
de cosas maravillosas no haría con
esos "protectorados", "condominios",
"fideicomisos" de mis supervisores!
Empero una modificación del mapa de
Europa y sus colonias, al igual que
en el 14, no podría intentarse más
que con la violencia. Los
plutócratas alemanes se dejaron
tentar gustosos por los argumentos
de la banda de Hitler y en las manos
patibularias de éste depositaron su
destino. Daban por cierta la
colaboración de los regímenes de
Italia y Japón, acicateados por
motivos similares. Desafiar de nuevo
a los árbitros de Europa, en las
circunstancias en que se debatía
Alemania, iba a requerir de mucho
esfuerzo y dedicación. El despotismo
hitleriano proporcionó una
disciplina vandálica, extremando el
trabajo, distorsionando la mente de
la juventud y eliminando sin
contemplación a quienes disintieran
de los planes oficiales. Creó un
ejército altamente calificado,
acorde con los adelantos técnicos y
con las formas organizativas
apropiados a éstos, verbigracia, las
unidades mecanizadas de rápida
movilidad, muy distintas a las
antiguas formaciones de caballería,
supérstites aún en no pocas de las
instituciones militares.
Los países imperialistas vencedores,
con incalculables posibilidades,
disfrutan, sin muchos azoramientos
ni vigilias, de su posición
notablemente boyante. La abigarrada
red de posesiones coloniales, fuera
de proporcionarles protección
durante las crisis económicas
características del modo de
producción capitalista, les permite
a las capas privilegiadas atesorar
fáciles ganancias, llevar una vida
muelle y hasta distribuir un buen
porcentaje del saqueo de los pueblos
extraños para el soborno de sus
obreros e intelectuales, a objeto de
preservar la convivencia social
dentro de la metrópoli. Su
preocupación no estriba en prender
la llamarada sino en impedir que
arda. Antes que desvelarse por
construir ejércitos a tono con los
reclamos de la época, cifran las
esperanzas de tranquilidad en los
tejemanejes del control
armamentístico, en la firma de los
tratados, o en los cacareos
demagógicos sobre la conveniencia de
las reformas seudodemocráticas. La
guarda de sus intereses hegemónicos
la supeditan a menudo a las tropas
de los países atrasados y
dependientes. ¡Si algún competidor
nos pisa la punta del manto imperial
no vamos a quebrar lanzas y a
arriesgarlo todo por esa tontería!
¡Si nos sustraen del redil un país
problemático y lejano a nuestros
afectos, ahí nos sobran millones de
kilómetros cuadrados y centenares de
millones de esclavos para alimentar
la molicie de mil generaciones! Así
pensaron y actuaron los líderes de
Inglaterra y Francia, las dos
potencias imperialistas más
poderosas y a la vez más decadentes
del período anterior a la segunda
conflagración mundial.
Las avivatadas de Hitler contrastan
con la torpeza de un Chamberlain o
de un Daladier. Cuando aquél les
pide en el cenit de su poderío que
le entreguen los Sudetes
checoslovacos a trueque de la
promesa de que no habría más
pretensiones territoriales, estos
dos primeros ministros, cual mansas
almas de Dios, volaron a Munich, en
septiembre de 1938, a satisfacer las
exigencias del Führer. Pero lo más
grotesco consistió en que mientras
la prensa occidental todavía se
desgañitaba en propalar los
beneficios obtenidos en pro de la
obra del appeasement, Checoslovaquia
entera acababa bajo la "protección"
del Tercer Reich. Durante años,
tanto Alemania como los otros dos
destacados pilares de la coalición
fascista, exteriorizaron sin recato
sus deseos de expansión. Italia se
quejaba permanentemente de las
injusticias de que fuera víctima en
la partición del botín de 1919, y no
veía la hora de vengar ese trato
discriminatorio de sus tramposos
examigos. Efectivamente, en octubre
de 1935, Mussolini se lanzó sobre
Abisinia (hoy Etiopía) y se la
adueñó. En el Extremo Oriente el
Japón también se revela descontento
por el Tratado de las Nueve
Potencias y los demás convenios que
reordenaron los asuntos asiáticos de
la posguerra; y en agosto de 1937
intensifica la ocupación del norte y
el centro de China, suprimiendo en
aquellas zonas cualquier otra
injerencia extranjera. Los futuros
signatarios del "Pacto de Acero"
habían intervenido militar y
mancomunadamente en España, a partir
del verano de 1936. En marzo de 1938
los Panzer del general Guderian
hollaron Austria. Y así, desde mucho
antes de que Hitler franqueara el
Rin, a principios de 1936, hasta la
invasión de Polonia, el lo de
septiembre de 1939, que originó la
declaración anglo-francesa de la
guerra, se produjo una serie de
acciones bélicas, anexiones,
violaciones de acuerdos y protocolos
internacionales, que no ofrecía
dudas en torno a los verdaderos
alcances del expansionismo fascista.
Sin embargo, a cada arbitrariedad
del Eje, los aliados occidentales
respondieron con una concesión, en
la creencia de que evitarían el
conflicto, cuando en realidad
estimulaban las apetencias de los
belicistas y los reafirmaban en sus
cuentas alegres. El día en que los
héroes victoriosos de la carnicería
anterior, los fundadores de la
Sociedad de Naciones, los promotores
del “apaciguamiento”, hubieron de
descolgar la panoplia y marchar
inevitablemente a las trincheras,
comprobaron cuántos lustros atrás se
hallaban respecto a la teoría y a la
práctica de la guerra, cuán poco
servían sus lentas operaciones y sus
inmóviles defensas ante los ágiles
desplazamientos de las divisiones
blindadas apoyadas por el fuego
aéreo. Reducidos en un santiamén,
inermes y a merced de los
suministros de la industria bélica
estadinense, esperarían largo rato
antes de intentar el desembarco de
Normandía para apalear al tigre
moribundo. Los caudillos de la vieja
Europa brindarían un triste
espectáculo de ingenuidad e
indolencia. Inclusive en medio de la
contienda armada, las clases
gobernantes norteamericana y europea
no desecharon por completo las
quimeras de conciliación ni
rompieron del todo con los
genocidas. Hitler supo endulzarles
el oído con el cuento de que su
misión se concretaba en destruir la
fortaleza comunista del Este, una
piadosa mentira admitida y tolerada
por los grandes imperios hasta
cuando se estrellaron con el hecho
cumplido y terrible de que sus
hermosas propiedades tenían un
inescrupuloso pretendiente. La
lógica de los acontecimientos era
tal que la invasión a la Unión
Soviética sólo podría interpretarse
así: quien aspire al hegemonismo
universal ha de postrar a cada uno
de los colosos del planeta; quien
domine a Rusia contará con un poder
descomunal para postrar el mundo. A
nadie pasará ya desapercibido que
una vez liquidado el inconveniente
soviético, la Wehrmacht regresaría
por los restos: Inglaterra y los
Estados Unidos.
La división entre las dos facciones
alrededor de las cuales se
realinderó la morralla capitalista,
sus encontrados propósitos, el
ascenso y la agresividad de la una,
al lado de la decadencia y la
indefensión de la otra, viabilizaron
la alianza de la Unión Soviética con
el contingente anglonorteamericano.
Ninguna gestión, por desprevenida y
contemporizadora que fuese, obraría
el milagro de morigerar las
diferencias interimperialistas. Al
revés, éstas siguieron su curso
normal, agudizándose a cada paso,
hasta saldarse inexorablemente a
cañonazos, por encima de los
temblorosos pronunciamientos y las
bobaliconas intrigas de la cuerda
Washington-Londres-París. El zarpazo
contra la seguridad del Estado
socialista provenía
incuestionablemente de parte de
Alemania. Concertar la cooperación
con los enemigos comunes del Eje,
así encarnaran fuerzas de naturaleza
expoliadora y colonialista pero
inhabilitadas para hacer valer su
iniciativa, respondía a una
necesidad de legítima defensa que
Stalin avizoró con bastante
antelación e insistió en ella hasta
satisfacerla. El acta de no agresión
firmada por Ribbentrop y Molotov a
mediados de 1939, absolutamente
indispensable luego de la contumaz
negativa de Occidente a convenir la
lucha conjunta contra el fascismo, y
sobre la cual tanto especularon los
más disímiles comentaristas
burgueses, no dejaría de ser un
acuerdo eminentemente pasajero que,
según el enfoque objetivo de la
URSS, permitía ganar tiempo y
esperar la arremetida germana desde
posiciones militares lo más
favorable posibles. La
tergiversación respecto al
mencionado protocolo
soviético-alemán, que todavía hoy se
zaranda después de cuarenta años,
pretende en vano echar tierra a los
titubeos y a las furtivas
entendederas de los mandatarios
occidentales con los jerarcas nazis.
Abundan los testimonios de que el
Kremlin repicó constantemente sobre
la conveniencia de concertar la
ayuda mutua con los gobiernos
llamados democráticos, consciente de
que se evitaría mejor el estallido
de la guerra con el levantamiento de
un poderoso dique de todas las
naciones amantes de la paz, ante el
cual se deshicieran las bravuconadas
de los expansionistas, que con la
adopción de la fementida política de
"neutralidad" y "no intervención",
con la cual se le daba luz verde a
la masacre. La práctica corroboró la
justeza de las directrices de Stalin
para una coyuntura sin antecedentes
en los anales de la clase obrera. Si
bien las condiciones se asemejan a
las de la década del diez, en el
sentido de que la conflagración la
provoca la rebatiña entre las
naciones "civilizadas" por el
control del orbe, había un factor
nuevo: la permanencia de un próspero
país socialista, habitado por 200
millones de personas, faro y ejemplo
de los revolucionarios de todo el
globo, cuya integridad entraba en
juego al precipitarse la hecatombe.
Como presa codiciada a los ojos de
la sórdida reacción teutónica, la
Unión Soviética no sólo no se
eximiría de la contienda, sino que
la vastedad de su territorio estaba
destinada a servir de escenario
principal de ésta. Bajo tales
augurios, descubrir y facilitar los
medios para la salvaguardia de
Rusia, debía constituir el primer
deber del proletariado
internacional. Cuando Lenin encaró
en 1914 el problema de la guerra
imperialista calificó de judas y
caínes a quienes, en nombre del
comunismo y tras el argumento de
proteger a sus "patrias", se
coligaron con los bandoleros
enzarzados en la criminal disputa
por las tierras ajenas. Precisó: ni
los trabajadores ni los pueblos
oprimidos saldrían gananciosos de la
matanza; se lucrarían únicamente los
banqueros y potentados del bloque
vencedor (el cual terminó siendo,
como ya dijimos, el capitaneado por
Gran Bretaña y Francia), y el
desgaste general de los gobiernos
por el esfuerzo bélico señalaría la
hora de la insurrección, si los
partidos proletarios no se
contaminaban de chovinismo, ponían a
salvo su independencia de clase y
eran capaces de movilizar a las
masas hacia la guerra civil contra
los responsables del holocausto.
Estas certeras apreciaciones sobre
la época del imperialismo, o
capitalismo descompuesto, se
materializan magistralmente con el
advenimiento de la gloriosa
Revolución de Octubre. La estrategia
se resume en sacar, en bien de la
causa obrera, la máxima utilidad al
recíproco despedazamiento de las
potencias expoliadoras. Guiándose
por aquellos principios leninistas
básicos, Stalin propugna, en
consonancia con las particularidades
de la Segunda Guerra Mundial, la
configuración, a la más amplia
escala, del frente único
antifascista. Si se consideran los
múltiples aspectos de la situación,
el cerco letal que atenazaba a la
Unión Soviética, el apogeo del
nazismo, el eclipse de los imperios
europeos y la tendencia irresistible
hacia la autodeterminación de las
colonias amenazadas ahora por el
yugo de Alemania y sus compinches,
se comprenderá, sin quemar mucho
fósforo, que aquel frente absolvía
el interrogante de cómo aprovechar
las contradicciones
interimperialistas en pro de la Gran
Guerra Patria y de las guerras de
liberación nacional de los pueblos
sometidos. Ni hablar de que las
masas asalariadas de todas las
latitudes recibirían el más duro
golpe con el derrumbamiento de la
URSS. Los resultados están a la
vista. No obstante la alta cuota de
sangre, la Unión Soviética sorteó la
tormenta y arribó su nave a buen
puerto. En Asia, medio millar de
millones de chinos expulsaron fuera
de sus fronteras a los japoneses y
allanaron la senda hacia la
revolución de nueva democracia. Otro
tanto les acontece a los vietnamitas
y coreanos. En Europa la táctica
aplicada permite desgajar, del
podrido tronco derribado, a
Yugoslavia, Albania, Polonia,
Checoslovaquia, Hungría, Rumania,
Bulgaria y Alemania Oriental. Al
inicio de los años cuarentas
subsistía una sola república bajo la
conducción obrera; después del
cataclismo y de entre los escombros
brotaría el campo socialista.
Al calificar de “agresores” a los
alemanes y cía. y de “no agresores”
a los ingleses y cía., Stalin,
además de proferir un diagnóstico
exacto de los gobiernos burgueses de
aquel período, demostró un empleo
sesudo, dialéctico, no dogmático,
del marxismo-leninismo, el cual
proporciona los basamentos generales
para el análisis de las cosas, pero,
desde luego, no profetiza las formas
que éstas adoptan, ni la relevancia
de tal o cual tópico dentro del
conglomerado, ni las incidencias del
infinito número de casualidades que
en el discurrir histórico operan en
uno u otro sentido. Una de las
regulaciones medulares del proceso
capitalista descubiertas por Marx es
la de su evolución anárquica y
desigual. No se encuentra bajo este
sistema una empresa, una sociedad
anónima, una rama industrial, una
nación que crezca pareja con otra.
Hay constantemente una modificación
de las proporciones y de la relación
de dichas entidades económicas entre
sí. Esto por una parte, y por la
otra, no conocen más método que la
fuerza para prevalecer sobre sus
oponentes. En la fase imperialista
tales contradicciones explotan con
mayor acerbidad, adquieren la
dimensión de pugnas entre Estados o
coaliciones de Estados y se zanjan
mediante la guerra. Cuando Marx y
Engels abocan la problemática de su
siglo, cabalmente se fundamentan en
la norma del desenvolvimiento dispar
del capitalismo para desentrañar el
rol de los diversos pueblos en el
conjunto de la revolución
democrática. El dilema de a qué
movimiento burgués progresista
apoyar, lo resolvieron a favor o en
contra según debilitara o no a
Rusia, el principal fortín de la
reacción de la época. ¿El postulado
de Lenin acerca de la posibilidad
del triunfo del socialismo en un
solo país, de manera aislada, o en
pocos países, no se sustenta acaso
en el mismo criterio del desarrollo
desigual de las repúblicas
imperialistas y de sus
irreconciliables antagonismos? Por
idéntica razón los acuerdos entre
los capitalistas y entre sus
potencias, cuando se presentan, no
dejan de ser traumáticos,
inconsistentes y fugaces. Al
quebrarse la estabilidad debido a la
variación de las fuerzas e imponerse
el interés colonialista, vuelan,
cual vilanos al aire, las
empalagosas y fofas disertaciones de
los propagandistas del
"apaciguamiento", o de la
"distensión", como ahora se le
nombra. El paraguas del necio señor
Chamberlain no pararía las andanadas
de los artilleros germanos. Moscú lo
advirtió a tiempo, y se reía de la
trampa tendida por Berlín a
Occidente con el señuelo del "pacto
anticomintern" y con las demás
profesiones de fe, encaminadas a
convencer de que los preparativos
militares se circunscribirían a la
destrucción de los bolcheviques.
Stalin les increpaba a burladores y
burlados:
"Es ridículo buscar focos de la
Internacional Comunista en los
desiertos de Mongolia, en las
montañas de Abisinia, en los
desolados campos del Marruecos
Español.
"Pero la guerra es inexorable. No
existen velos que puedan ocultarla.
Porque ningún ‘e¡e’, ningún
‘triángulo’ y ningún ‘Pacto
anticomintern’ pueden ocultar el
hecho de que el Japón se ha
apoderado, durante este tiempo, de
un inmenso territorio de China;
Italia, de Abisinia; Alemania, de
Austria y de la región de los
Sudetes; Alemania e Italia, juntas,
de España; todo esto, en contra de
los intereses de los Estados no
agresores. La guerra sigue siendo
guerra, el bloque militar de los
agresores, un bloque militar, y los
agresores siguen siendo agresores".
(1)
El jefe de los revolucionarios
soviéticos percibió diáfanamente que
el entendimiento entre los dos
grandes sectores imperialistas sería
a la postre totalmente imposible.
Harto urgidos se hallaban ambos
bandos de las tierras coloniales que
sólo uno de ellos ostentaba, como
para confiar en que fructificarían
sus transacciones públicas o
secretas. Si al condescender a los
caprichos del nazismo los políticos
profesionales de los depauperados
imperios soñaban en apuntalar la
paz, los enviones cada vez más
impetuosos del diabólico competidor
se encargarían de sacarlos
violentamente del letargo. Sin
embargo, la historiografía burguesa
de la segunda posguerra se obnubila
con el desiderátum de calumniar a
Stalin; y, con parcializado juicio,
relega o desvirtúa la rapiña por las
naciones oprimidas y el flujo y el
reflujo de las potencias opresoras,
como causas prioritarias de la
conflagración mundial. Obviamente
tampoco admite la coincidencia de
metas y anhelos entre el régimen
stalinista de los soviets y la
humanidad dolida y avanzada del
planeta. Por lo tanto no puede
explicar nada de cuanto sucedió, lo
que es lamentable; pero mucho menos
de cuanto acontecería
posteriormente, lo que representa
una desgracia peor.
Dentro de los aliados occidentales
se da también el fenómeno de la
ruptura del equilibrio económico y
militar, con arreglo a lo cual se
realizan la transformación de sus
relaciones y la sustitución, a raíz
del conflicto bélico, de la
mayordomía inglesa por la
norteamericana, en el ámbito
imperialista. La industria
estadinense, en sostenido auge desde
hacía cerca de cien años y cuyos
marcos nacionales le venían quedando
cortos desde finales del siglo XIX,
se encargaría no sólo de dotar
satisfactoriamente a sus tropas sino
de asistir, con los apoyos
solicitados, a los países amigos,
particularmente a Inglaterra y a
Francia, que sin esa contribución no
hubieran acariciado perspectiva
alguna de triunfo, o simplemente no
hubieran retornado a la liza en
Europa. La primera se encontraba por
el momento a salvo en su ínsula y
parapetada tras su flota, pero sin
recursos con qué emprender una
contraofensiva de envergadura. La
segunda había capitulado
vergonzosamente, era un república
presa, y por su honor sólo
respondían la resistencia
clandestina, en suelo patrio, y el
general De Gaulle que, exiliado en
Londres, disponía apenas de unas
formaciones exiguas y mal provistas
y de un área mínima del imperio de
ultramar. El ejército inglés
evacuado de Dunquerque abandonó su
equipo y armamento en la huida. Como
a los alemanes su fuerza naval no
les garantizaba el abordaje de la
Gran Bretaña, optaron por el ataque
aéreo en lugar de la invasión.
Durante meses los británicos
sufrieron el inclemente castigo sin
poder hacer mucho, excepto intentar
una deficiente defensa de sus cielos
y escuchar las ardorosas proclamas
del Primer Ministro de Su Majestad.
Por cada bombardeo de Hitler, un
discurso de Churchill. Así,
improvisadamente, entró esa
orgullosa nación, con tantas
posesiones coloniales por perder, a
esta guerra tan anunciada y que
tanto demandaría del elemento
técnico y científico de la
producción industrial. Siempre que
Stalin, con el objeto de aliviar la
pesada carga del Ejército Rojo,
indagó sobre las dilaciones a las
promesas de apertura del otro
frente, el gobierno inglés se
disculpó con el retraso en los
aprestos de los Estados Unidos. Es
decir, como las decisiones las toma
y las imparte quien posea los
medios, y en la guerra éstos se
concretan en armas, provisiones,
transportes, etc., en Occidente la
iniciativa corría ya a cargo de los
manipuladores del Pentágono, el
monumental edificio que se inauguró
precisamente por aquellos
desoladores días. Quedó establecida
una nueva relación: De Gaulle se
esforzaba por sujetar a sus díscolos
y dispersos partidarios; Churchill
por sujetar a De Gaulle, y Roosevelt
por sujetar a Churchill, a De Gaulle
y a los partidarios de éste. Al
imperialismo yanqui le llegó el
turno de representar la función y
saltó al escenario. Aunque su
reputación militar brillaba por
bisoña, él impondría los mandos y la
táctica; aunque su afecto por los
compañeros de odisea estaba al
socaire de dudas, él se inmiscuiría
en los asuntos internos de
Inglaterra y Francia; aunque la
adhesión a la democracia constituía
su más preciado don, él quería para
sí todas las riquezas, todos los
mercados, todos los imperios de los
demás y ser ungido déspota del
universo. Esto, dentro del sistema
capitalista, se entiende, porque el
ladino de Roosevelt salió
trasquilado siempre que fue por la
lana del Estado bolchevique.
En cierta ocasión la Casa Blanca
insistió ante el Kremlin acerca de
una autorización para que aviones
americanos sobrevolaran Rusia y
reubicaran en los planos aeródromos
y bases estratégicas, so pretexto de
capear una eventual acción japonesa
por el Este. En cortante y
perentorio mensaje al presidente
gringo, Stalin replicó: “Su
propuesta de que el general Bradley
inspeccione los objetivos militares
rusos en el Lejano Oriente y en
otros lugares de las URSS me ha
producido sorpresa. Debería ser
perfectamente claro que los
objetivos militares rusos únicamente
pueden ser inspeccionados por rusos,
al igual que los objetivos militares
americanos sólo pueden ser
inspeccionados por americanos. En
esta cuestión no debería existir
ninguna oscuridad”. (2)
La cooperación estadinense se
convirtió para los desahuciados
árbitros de Europa en otra fuente
seria de alarmas. Hitler les
vociferaba a mandíbula batiente: "El
mundo está mal repartido", y para
lograr la redistribución de las
"propiedades mundiales" nos atenemos
a la sentencia de que "el más fuerte
determina el camino del más débil".
(3) Por eso aquéllos acudieron al
otro lado del océano en búsqueda de
amparo y comprensión. Pronto se
percataron de que el aliado, no
obstante combatir al Eje y
proporcionarles los préstamos y
auxilios pertinentes, propendía él
también, a su estilo y con su propia
filosofía, a un nuevo sorteo de las
zonas de influencia. La maniobra de
aplazar el desembarco de Normandía y
el ir introduciéndose paulatinamente
en la guerra, con abundancia de
precauciones y escasez de riesgos,
reflejaban a plenitud las
conveniencias de Washington:
aparecer, cuando todos los
contendientes estuvieran agotados, a
sofocar el fuego y presto a
desenfundar la chequera, su arma
predilecta. El cálculo sólo fue
fallido con respecto al campo
socialista, porque Europa se
reconstruiría con los dólares
americanos, aviso de que el sol de
otro imperio despuntaba en el
horizonte burgués, más poderoso que
los anteriores y por lo tanto más
cruel y más siniestro.
¿Sugiere esto que la colaboración
recíproca, para arrinconar al
fascismo, entre la fortaleza
proletaria y las repúblicas
capitalistas "no agresoras",
significó, al fin y al cabo, un
desacierto? En absoluto. Nos enseña,
por el contrario, a aprehender el
meollo de la cuestión. Que los
períodos de calma y de reposo en las
relaciones de las potencias
imperialistas se interrumpen abrupta
y frecuentemente; que la quiebra del
equilibrio obedece a la anárquica y
desigual evolución material de
aquéllas y al continuo cambio de sus
fuerzas; que la rebatiña por las
colonias se impone inexorablemente y
se dirime mediante la guerra, al
margen de los hipócritas oficios de
los políticos de la reacción; que el
proletariado debe aprovechar las
contradicciones entre sus enconados
enemigos para sacar avante y
afianzar las conquistas del
socialismo, y que la dirección
obrera, en ninguna circunstancia, ha
de perder de vista la naturaleza
rapaz y expoliadora de los amos del
capital, si no desea ahogarse en la
charca del oportunismo. Indica,
igualmente, que Stalin, connotado
discípulo de Marx y Lenin, estuvo a
la altura de sus responsabilidades.
La entronización de la hegemonía
norteamericana constituyó un vuelco
notorio; mas hubo también otro digno
de mencionarse: la generalización
del neocolonialismo, que suplanta
las antiguas formas coloniales de
dominio directo de la metrópoli, por
las del control indirecto, a través
de gobiernos títeres, elegidos
incluso por voto popular y adornados
con todos los oropeles de la
democracia burguesa. Al someter a su
égida a las naciones más atrasadas,
feudales y semifeudales, y verter en
ellas las cornucopias rebosantes de
dinero, el imperialismo, fuera de
centuplicar su poderío económico con
las materias primas así apropiadas y
con los mercados así abiertos,
propaga por doquier el modo de
producción capitalista y, sin
proponérselo, esparce los gérmenes
de la rebeldía de los pueblos
colonizados. Cuanto más desarrollo
haya adquirido un país y más capital
nacional posea, con mayor acucia
siente los impulsos de recuperar sus
riquezas, manejar sus recursos,
obtener la soberanía y disfrutar
realmente de la autodeterminación.
Las poblaciones sacadas del
aislamiento provinciano y puestas en
contacto con la cultura mundial ya
no pueden ser tratadas, tan
fácilmente, con las herramientas
medievales de sojuzgación; se
requiere de otras más sutiles y,
sobre todo, más eficaces. Además, el
grado de concentración y de pujanza
del monopolio llega a extremos tales
en superpotencias como los Estados
Unidos, que ningún régimen burgués,
por democrático que sea, se halla
exento de ver a sus funcionarios y
mandatarios sobornados por el
imperialismo más pudiente, es decir,
de caer bajo la subordinación
económica, mediante los contratos
leoninos, las leyes elásticas y el
"serrucho"(4) tristemente célebre en
Colombia.
En 1939, el capitalismo se había
extendido ya por el globo entero y
hasta las sociedades más rezagadas
empezaban a saber del obrero de
fábrica y de la burguesía criolla,
clases permeables a las ideas
liberadoras y cuyas inquietudes
bullían con la guerra, con el cómico
cuadro de la pusilanimidad de los
rectores de Europa y con las
intrigas de unos aliados contra
otros. Cuando De Gaulle, en medio
del vendaval, caló la determinación
de Siria y el Líbano de no admitir
más por las buenas a la burocracia
extranjera y de funcionar con
administradores nativos, expresó la
esperanza de que aquellas colonias,
después de que "alcanzaran la
independencia", todavía "tendrían
mucho que ganar y nada que perder
con la presencia de Francia".(5) El
General, como colonialista consumado
y ante lo inevitable, sintetiza en
sus palabras el quid del
neocolonialismo: conservar en la
nación saqueada y oprimida la
presencia del imperialismo saqueador
y opresor, a pesar de la
independencia política de aquélla.
Por supuesto que ni la Cruz de
Lorena ni De Gaulle serían los
principales usufructuarios de la
nueva teoría.
Un ave de rapiña más vigorosa y
joven, made in USA, se cernía sobre
los países esclavos y traía consigo
el bálsamo redentor de las reformas
republicanas y el mensaje de la
libertad formal, con base en los
cuales serían restañadas las heridas
y erigida otra comunidad de
naciones, su propia comunidad.
Mientras el lenguaje simula
innovación, el dólar americano sigue
reafirmando su preponderancia hasta
configurar la divisa internacional
en que obligatoriamente se tasan los
negocios. En la Carta del Atlántico,
programa de guerra suscrito por
Roosevelt y Churchill, en agosto de
1941, se lee que los signatarios
"respetan el derecho de todos los
pueblos a elegir la forma de
gobierno bajo la cual quieren vivir,
y aspiran a que aquellos que están
privados por la fuerza de esta
libertad, recuperen el derecho a la
soberanía y a la autodeterminación".
De tal manera, presentándose como
los portaestandarte de la
democracia, los Estados Unidos
tejieron su singular sistema
colonial que les permitiría, por los
cinco continentes, invertir ingentes
sumas de capital, apoderarse de los
yacimientos y recursos naturales
estratégicos, vender sus mercaderías
y aplastar la competencia. Muchas
prebendas reporta el nuevo mecanismo
a los estranguladores de pueblos,
además de la demagogia que hacen.
Sus inversiones y empresas están
comúnmente al cuidado de los
ejércitos fantoches, ahorrándose los
gastos de guarnición dentro de
muchos de los países sometidos. Las
administraciones locales, elegidas
ojalá por sufragio, son el blanco
visible de las iras populares; y
cuando el desprestigio las mina y la
prudencia aconseja reemplazarlas por
otras camarillas, el sistema no
sufre demasiado, porque anda igual
con liberales o conservadores,
oficialistas u oposicionistas,
socialdemócratas o revisionistas.
Obsérvese que la estabilidad de los
gobiernos de las neocolonias marcha
en proporción inversa a la
inflación, al alto costo de la vida,
a la miseria de las gentes, males
causados por la insaciable voracidad
de los magnates de la metrópoli.
Lo arriba descrito no significa, sin
embargo, que la Casa Blanca haya
renunciado a conducirse como solían
hacerlo los antiguos déspotas. Ella
también ha movilizado sus tropas y
flotas por todas las latitudes, ha
invadido, ocupado y establecido
bases militares en territorios
ajenos; ha asesinado, arrasado e
incendiado. La democracia
proimperialista, como lo recuerda el
MOIR a cada paso, no excluye el
estado de sitio, el Estatuto de
Seguridad, la tortura, o el golpe
cuartelario. Lo importante de
entender es que la implantación
generalizada del neocolonialismo
sobre las naciones pobres y débiles
cimienta la tan olvidada tesis del
leninismo de que ninguna democracia,
ninguna especie republicana de
gobierno, ningún "derecho humano",
impide la explotación económica de
los países por parte del
imperialismo. Sólo la revolución
liberadora dirigida por el
proletariado, en último término el
socialismo, interpondrá la muralla
impenetrable para los ardides de
financistas y banqueros e
inexpugnable para la violencia
reaccionaria. El ignorar estos
principios desfiguró a un sinnúmero
de partidos comunistas, en cuya
degeneración llegaron, después de la
guerra, a entonar alabanzas a
Roosevelt, porque el munífico prócer
se tomaba la molestia de engatusar a
los pueblos con las pláticas
contrarrevolucionarias sobre la
largueza y las bondades de sus
patrocinadores, el hampa de Wall
Street.
Hasta aquí hemos redondeado un
análisis de la fase histórica que
sirvió de telón de fondo a la Gran
Guerra Patria de la URSS, sus causas
y situaciones posteriores.
Desafortunadamente pasamos por alto
multitud de hechos, abultados y
menudos, que hubieran venido en
nuestra ayuda para ilustrar los
lineamientos centrales expuestos. En
otra oportunidad será. Respecto a
este tema sí que cabe afirmar que
sobra literatura. Sobre él circulan
montañas y montañas de libros, de
folletos, de artículos. Pero su
abrumadora mayoría, particularmente
en un medio como el colombiano,
pinta color de rosa las canalladas
de los imperialistas y no faltan los
libelos justificativos de las
atrocidades del nazismo. Que la
presente recopilación de los
discursos de Stalin alerte a los
obreros avanzados y cultos acerca de
la necesidad de no abandonar al
enemigo de clase ni una sola de las
esferas de la actividad ideológica y
política, mucho menos la que
concierne a las más aleccionadoras
experiencias de la lucha
internacional proletaria. Los
empeños seculares tras suprimir la
explotación del hombre por el hombre
hállanse lejos de coronarse. Aún no
hay un campeón definitivo y el
movimiento comunista encara pruebas
tan delicadas o peores que las del
pasado. En menos de veinte años las
relaciones surgidas de la Segunda
Guerra Mundial han sido desplazadas
por otras muy distintas. Dos cambios
radicales hemos contemplado en este
tiempo: los dirigentes de la Unión
Soviética abjuran de la causa de los
trabajadores, abrazando el
revisionismo y transformando su
Estado en un régimen socialfascista;
y el imperialismo norteamericano
inicia su declinación, mientras
Rusia procura afanosamente sucederle
como gendarme del planeta. La
gravedad del asunto y sus
repercusiones dentro de las filas
del proletariado militante son a
todas luces catastróficas. Consiste
en un mayúsculo timonazo hacia
atrás. No obstante, a la clase
obrera no le queda más remedio que
sobreponerse al desconcierto y
arrostrar el problema con entereza,
sin cobardías, decidida a derrotar
la derrota, como en tantas otras
ocasiones lo ha hecho. No se pasará
la vida llorando sobre la leche
derramada. Su instinto
revolucionario que la impele a
vencer, no le permite resignarse a
la opresión y al engaño. Mas, ¿por
dónde empezar? Antes que nada volver
al marxismo-leninismo, rescatarlo de
las manos de los revisionistas y
charlatanes burgueses, pues el
fracaso no es de aquél, sino de
quienes lo han traicionado y
continúan usándolo de mampara.
¿Atravesamos ciertamente un período
de gran retroceso? ¿Son insólitas
tales contramarchas en el acompasar
social? Lenin subraya: "Imaginar el
curso de la historia como parejo y
siempre hacia adelante, sin
ocasionales saltos gigantescos hacia
atrás, sería no dialéctico, no
científico y teóricamente falso".
(6) ¿Puede el socialismo trastocarse
en capitalismo? Proliferan al
respecto las referencias de los
inmortales preceptores del
proletariado. En más de un pasaje
previenen sobre los riesgos de
semejante involución. En primer
lugar, la sociedad socialista
solamente representa un interregno
entre el capitalismo y el comunismo,
para cuya duración nadie se
atrevería a fijar una fecha, pero de
seguro abarcará varias centurias. En
esta época de transición todavía no
se difuminan las clases ni la lucha
de clases. Aun cuando han emergido
países en donde fue eliminada la
propiedad privada de los medios de
producción, en el resto de la Tierra
subsisten el capital y el
imperialismo, o sea la explotación
del trabajo y la depredación de unas
naciones por otras. En segundo
lugar, el socialismo no prescinde
del Estado, porque el proletariado
gobernante precisa de éste para
mantener aplastada a la burguesía
interna, debelar sus tentativas de
restauración y defenderse de las
agresiones de los capitalistas
externos. Las clases tampoco
desaparecen dentro de las repúblicas
emancipadas con la simple
expropiación de los explotadores y
la instauración de la dictadura de
la masa laboriosa. Ahora bien, a fin
de evitar el remozamiento de los
estratos burgueses, resulta
indispensable una brega, más recia y
prolongada que la de la toma del
Poder, para suprimir todos y cada
uno de los privilegios sociales
originados en las desigualdades
naturales de los individuos, y en
las diferencias entre el campo y la
ciudad y entre los trabajadores
manuales e intelectuales. Si
aquellos esfuerzos se descuidan, si
se consienten tales diferencias y
desigualdades, si no se reprimen las
conspiraciones restauradoras de la
reacción y si, por añadidura, los
dignatarios del gobierno se
burocratizan, dejan de responder a
los intereses de los obreros y se
tornan en zánganos con aguijón, es
decir, con jurisdicción y mando,
nada raro será que el socialismo se
retracte y regrese al estadio social
contrario. Así como a nivel
individual o partidario se presenta
a menudo la traición y la
combatimos, no existe teoría válida
para negarla a nivel del Estado. La
distinción radica en que el
oportunismo, dueño del engranaje
estatal, cuenta con muchísimos más
medios para distorsionar la verdad y
amordazar el descontento. Y estos
instrumentos serán infinitamente
superiores si se trata de la máquina
soviética, reforzada además con los
respectivos poderes de los países
pertenecientes al extinto campo
socialista, ahora bajo su omnímodo
control. A tales dimensiones no
basta con la pura crítica para
destruir a los recalcitrantes; se
requiere desafiarlos con otra fuerza
equiparable, la única al alcance de
los rebeldes perseguidos: la
revolución. Mao Tsetung,
sistematizando las lecciones
extraídas de la etapa de la
construcción socialista, propone la
imbatible fórmula de las
revoluciones culturales proletarias
para precaver los timonazos hacia
atrás y asegurar el progreso
ininterrumpido del socialismo bajo
las condiciones de la dictadura
obrera.
Tampoco debería sorprender, después
de tanto insuceso, que las gentes
vaguen confusas al vaivén de las más
peculiares opiniones. Unas se
consumen en la frustración al ver a
los autodenominados fortines
socialistas comportarse cual los
viejos imperios, trasladando tropas
de ocupación a naciones pequeñas y
menesterosas; otras aceptan
resignadas que aquéllos se sacudan
las crisis económicas en forma
bastante parecida a las de las
sociedades regentadas por el
capital. Semejantes opiniones optan
por el total escepticismo, en la
creencia de que los comunistas
fracasaron también y que la especie
se encuentra fatalmente sentenciada
a tolerar los goces del rico Epulón,
a costa de los pesares del pobre
Lázaro. Contra tales tendencias
habremos de esclarecer cómo la
conducta de los socialimperialistas
y sus agentes nada guarda en común
con la revolución proletaria y las
prédicas del marxismo. Algunos
conceptúan que las repúblicas
socialistas están autorizadas a
imitar las prácticas filibusteras de
los monopolios capitalistas, con tal
de que apresuren el proceso
revolucionario, y aunque los
soviéticos, de contera, se engullan
su parte del león por los servicios
prestados. Estos conceptos llevan el
sello típico de la propaganda
mamerta, orientada a exculpar las
tropelías de los nuevos zares, con
el alegato de que los soviéticos
desalojan a los gringos de sus zonas
de influencia y los pueblos, así
liberados, no pueden menos que pasar
al regazo materno del oso siberiano.
Toda nación que, a título de
cualquier obra pía, invada y
mantenga dentro de las fronteras de
otros pueblos ejércitos de
ocupación, o representa un país
colonizado que recibe órdenes de
amos extranjeros, o consiste en una
potencia imperialista que actúa en
su propio beneficio.
El imperialismo ha sido, es y será
la opresión de unas naciones por
otras. Los agresores siempre se
escudan en alguna consigna atractiva
para llevar a cabo sus desmanes. En
la Segunda Guerra Mundial los
miembros del Eje le ofrecían la
"libertad" a la India para
devorársela. Los Estados Unidos
posaban y posan de cauteladores de
la "democracia" con el objeto de
ambientar sus ambiciones
colonialistas. Los soviéticos
prometen el "socialismo" para
instaurar su hegemonía mundial. Pero
ni la "libertad" de Hitler, ni la
"democracia" de Carter, ni el
"socialismo" de Brezhnev, han de ser
tomados en serio. El
marxismo-leninismo rechaza de la
manera más contundente e inequívoca
todo tipo de sojuzgamiento entre los
países, no sólo como una
desfiguración de la democracia en
general, sino como una gran traba
que debe barrerse para hacer
efectiva la unidad de los obreros de
todas las nacionalidades y despejar
el porvenir a la causa socialista.
Desde 1867, los fundadores del
socialismo científico, al
reflexionar sobre las consecuencias
del avasallamiento de Irlanda por
parte de Inglaterra, desterraron el
errático criterio de que los
irlandeses habrían de aguardar el
triunfo de la revolución proletaria
inglesa para favorecerse. El asunto
era completamente a la inversa. "La
historia irlandesa muestra qué
desgracia es para una nación haber
sojuzgado a otra. Todas las infamias
de los ingleses tienen su origen en
el ámbito de Irlanda", le escribía
Engels a Marx; y éste reafirmaba:
"La clase obrera inglesa no podrá
hacer nada, mientras no se
desembarace de Irlanda... La
reacción inglesa, en Inglaterra,
tiene sus raíces en el sometimiento
de Irlanda" (7). Al disipar el
equívoco, el marxismo desentrañó
cómo los verdugos de las naciones
opresoras se nutren de la
expoliación de los países sometidos;
y pertrechó al proletariado con la
orientación meridiana de propugnar y
garantizar la independencia y
soberanía de las naciones en
provecho de su propia emancipación
de clase. En ello se fundamenta
Lenin para definir la era
imperialista como la época del
oportunismo. Con las migajas que les
sobran del escamoteo de las riquezas
de sus colonias, los señores de la
metrópoli engordan a una élite
aristocrática de trabajadores,
comisionada de las labores de zapa y
de felonía entre la masa
esclavizada. Derribar la opresión
nacional significa privar de su
principal soporte al imperialismo y
a sus mandaderos. Por eso el
acercamiento entre los países y su
recíproca solidaridad han de basarse
en la pauta revolucionaria del mutuo
respeto a sus libertades y derechos.
Los revisionistas contemporáneos,
siguiendo las huellas de sus
predecesores, los chovinistas de la
II Internacional, se mofan del
principio de la autodeterminación de
las naciones, cuya esencia reside en
la facultad de cada pueblo para
darse efectiva y no verbalmente, la
forma de gobierno que a bien tenga,
sin presiones externas, ni
"asesores", ni "protectores" de
ninguna índole. Norma democrática
que, en lugar de añejarse con los
triunfos y reveses socialistas,
adquiere día a día mayor actualidad.
El papel deplorable del gobierno
cubano, al suministrar a los
soviéticos tropas mercenarias para
"ayudar" a la revolución angoleña,
contrasta con una infalible
admonición del marxismo pero a la
vez le imprime vigencia: "Una cosa
es segura: el proletariado
victorioso no puede imponer la
felicidad a ningún pueblo extranjero
sin comprometer su propia victoria"
(8). Desde 1975 para acá, de
cincuenta a sesenta mil soldados
cubanos operan en África, pisoteando
los predios de Angola, Etiopía y
otros países presididos por áulicos
del socialimperialismo. Ni pensar
que la Isla del Caribe, plagada de
privaciones económicas, disponga de
1os recursos financieros suficientes
para sufragar los gastos de tan
costosa empresa guerrerista. En el
atolladero, el régimen de Fidel
Castro ha de depender aún más de la
Unión Soviética, duplicar las cargas
a su pueblo y echar mano de los
bienes de las poblaciones africanas
entregadas a su custodia.
Las aventuras expansionistas de Viet
Nam, otro de los planetoides de
Moscú, que ha invadido y actualmente
ocupa a Kampuchea y Lao con cientos
de miles de hombres, tras el
despropósito de instalar
administraciones dóciles a sus
dictados, igualmente riñen con el
espíritu y la letra del socialismo:
"El proletariado que se emancipa no
puede mantener guerras coloniales"
(9). Los trabajadores de ninguna
lengua o región del orbe querrían
leer más el Manifiesto Comunista,
entonar las estrofas de La
Internacional, o izar los rojos
pendones de la revolución
socialista, si se les obliga a
importar la independencia e
inclinarse ante la intromisión y las
armas extranjeras. En efecto, la
causa obrera no tendría futuro
alguno, si no condenáramos
enérgicamente la traición y la
crueldad de los revisionistas
vietnamitas, ni calificáramos su
conducta como lo que es, el
desespero bárbaro y sangriento por
hacer de Indochina una avanzada de
la reacción moscovita.
Y los genocidios en Afganistán,
perpetrados ya no por las fuerzas
expedicionarias de los satélites de
Rusia, sino directamente por su
ejército regular, son la
reencarnación viva, a los 73 años,
de la "política colonial
socialista", sepultada en el
Congreso de la II Internacional, en
Stuttgart, y fustigada
implacablemente por Lenin, como "un
franco retroceso hacia la política
burguesa y la concepción del mundo
burgués, que justifica las guerras y
las atrocidades coloniales" (10).
Los usurpadores del Kremlin se
esconden tras el glorioso pasado de
los bolcheviques para llevar a cabo
sus fechorías. La coartada de que el
lacayo de Karmal, subido en andas al
trono sobre las bayonetas
soviéticas, solicita a los
victimarios salvar a su patria,
causa no poco estupor, por lo cínica
y descabellada. Más temprano que
tarde las naciones y los gobiernos
amantes de la paz identificarán en
los cabecillas de la superpotencia
de Oriente a sus agresores, y en los
desafueros de ésta, los anticipos de
la próxima guerra mundial. La
República Popular China, amenazada
de muerte por sus altaneros y
rabiosos vecinos del Norte, ha
contribuido decisiva y masivamente,
gracias a las instrucciones dadas en
vida por el camarada Mao Tsetung, al
desenmascaramiento de la verdadera
catadura y de las recónditas y
torvas intenciones del
socialimperialismo. Desde las
populosas urbes capitalistas hasta
los más apartados rincones del
planeta, donde existan obreros no
inficionados por la ponzoña del
revisionismo, los incipientes
núcleos revolucionarios se
reorganizan para efectuar las tareas
de propaganda y esclarecimiento
entre el grueso de la multitud,
preludio de la acción. Su tenacidad
será recompensada. Entre más se
obstina el lobo en disfrazarse de
oveja más delata su perfidia. Cada
aldea afgana arrasada convencerá a
millones de personas de que las
autoridades rusas renegaron de Lenin
y cambiaron de consignas, de
ideales, de moral. Las hordas
invasoras, aunque sigan portando la
hoz y el martillo, símbolo de la
alianza obrero-campesina y de la
fraternidad entre los pueblos;
realizan una guerra injusta y en
nada se parecen a los abnegados y
bravos combatientes que murieron por
Stalingrado.
El mundo es demasiado grande para
tomarlo preso. No hay hierro con qué
construir una cárcel de tales
magnitudes, ni policías suficientes
con qué hacer efectiva la orden de
captura. Todos los dementes que en
la historia se lo han propuesto
terminaron en la fosa y cubiertos de
oprobio. La Unión Soviética se viene
sistemáticamente alistando, como un
III Reich, para tamaño disparate. Su
trabajo nacional se halla en una
alta medida militarizado. Relegó ya
a los Estados Unidos en potencia de
fuego convencional y nuclear. Con
las divisiones del Pacto de
Varsovia, en ventaja sobre las de la
OTAN, amaga golpear a Europa, uno de
sus objetivos estratégicos
capitales. En el Este tiende un
gigantesco cerco a China y acecha a
Japón. Extiende sus cabezas de playa
en el Medio Oriente, Asia, África y
América Latina. Sus flotas surcan
los mares braveando e intimidando.
Con la enorme acumulación del
material bélico y el descuido de
renglones claves de la producción,
la URSS entra en el círculo vicioso
de que a mayores necesidades
económicas, mayores deseos
colonialistas, los cuales, a su vez,
sólo puede satisfacer intensificando
los preparativos de guerra y
ocasionando más detrimento a
aquellos renglones, y así
sucesivamente. En el abismo de ese
despeñadero la espera, con las
fauces abiertas, la tercera
conflagración mundial.
A pesar de su retroceso y de los
titubeos del presidente Carter, el
Chamberlain estadinense, la
superpotencia de Occidente se siente
constreñida a reaccionar en
preservación de sus posesiones
neocoloniales. Europa y Japón, no
obstante las debilidades
manifestadas por su aliado
norteamericano y las contradicciones
financieras y comerciales con éste,
aprobarán la máxima cooperación con
él, ante los chantajes de Moscú, el
enemigo principal. Las naciones
atrasadas del Tercer Mundo que
luchan por su cabal
autodeterminación, así como los
pueblos guindados a la escarpia
soviética, junto a China y al resto
de las repúblicas proletarias,
forjarán, con todos los países
capitalistas no agresores, un
invencible frente único contra el
socialfascismo. Con la victoria de
este frente, se crearán las
condiciones requeridas para la
eliminación de cualquier tipo de
expoliación colonialista y para la
consolidación del socialismo. De la
misma manera como el progreso de la
humanidad ha pasado siempre por
encima de las peores truculencias de
las fuerzas reaccionarias, el
ultimátum de la guerra nuclear
tampoco impedirá que la revolución
contemporánea cumpla su cometido de
barrer de la faz de la Tierra la
esclavitud entre las personas y
entre las naciones.
Después de rastrear el curso de las
contradicciones que perfilaron el
panorama internacional vigente, cuán
romas e ilusas se nos presentan las
invitaciones de los reformistas
colombianos, marca Firmes, por
ejemplo, a que nos enclaustremos en
un nacionalismo pequeñoburgués a
ultranza. Colombia de ningún modo se
sustraerá a las tormentas mundiales,
y en procura de su emancipación
plena habrá de tomar su puesto al
lado de las corrientes democráticas
y revolucionarías, promotoras del
frente único contra el
socialimperialismo. Y el
proletariado colombiano, al igual
que sus camaradas de los demás
países, debe principiar por redimir,
de las "academias de ciencias"
oficiales, las más aleccionadoras
experiencias de los desbrozadores
del comunismo; en particular las que
se refieren a los 28 años de
dirección de Stalin del primer
Estado socialista que llegó a
despegar, aquella edad madura y
brillante de la revolución
bolchevique.
NOTAS
(1) J. Stalin, “Informe ante el
XVIII Congreso del Partido sobre la
labor del Comité Central del P.C.
(b) de la URSS”, 10 de marzo de
1939, en Cuestiones del leninismo,
Pekín, Ediciones en Lenguas
Extranjeras, pág. 900.
(2) J. Stalin, Correspondencia
secreta de Stalin con Churchill,
Attlee, Roosevelt y Truman
1941-1945, México, D. F., Editorial
Grijalbo, S. A., 1958, pág. 373.
(3) Adolfo Hitler, discurso; Habla
el Führer, Helmut Heiber, H. Von
Kotze, H. Krausnick, Barcelona,
Plaza y Janés S. A. Editores, 1973,
pág. 548.
(4) Serrucho: "Ganancia obtenida
ilícitamente en un negocio o asunto
y que se reparte entre cada uno de
los participantes, sobre todo
tratándose de funcionarios
públicos". (Nuevo Diccionario de
Americanismos, Instituto Caro y
Cuervo, Bogotá, 1993, Tomo 1, pág.
371).
(5) General De Gaulle, Memorias de
Guerra, Tomo II, Barcelona, Luis de
Caralt Editor, pág. 27.
(6) V. I. Lenin, "El folleto de
Junius", en Obras Completas, Tomo
XXIII, Buenos Aires, Editorial
Cartago, 1970, pág. 431.
(7) Tanto los apartes de Engels como
los de Marx son transcritos por
Lenin en su artículo "El derecho de
las naciones a la
autodeterminación". Op. cit., Tomo
XXI, págs. 359 y 360.
(8) F. Engels, "Carta a Carlos
Kautsky", Obras Escogidas de C. Marx
y F. Engels, Tomo III, Moscú,
Editorial Progreso, 1976, pág. 508.
(9) F. Engels. Idem, pág. 508.
(10) V. 1. Lenin, El Congreso
Socialista Internacional de
Stungart, Idem, Tomo XIII, pág. 86.
LOS
MISTERIOS DE LA POLÍTICA
INTERNACIONAL
Febrero de 1981
Editorial publicado en Tribuna Roja
Nº 37, febrero de 1981.
Entre las razones
aducidas por Bula y Pardo para
renegar del MOIR, a mediados de
1978, resalta la de que éste
mantiene, al lado de China, su
respaldo a las fuerzas
antirrevisionistas y antihegemónicas
del movimiento proletario mundial.
En su carta de renuncia piden,
textualmente, "el no alineamiento
real y auténtico ante los países que
se reclaman socialistas y no sólo
como un postulado para un frente,
sino también para un partido, sin
entender esta política como una
concesión" (1). Aunque en el fondo
su deserción rubrica el paso hacia
el nacionalismo burgués, no vaya a
imaginarse el lector que nuestros
dos iscariotes dejan de posar de
internacionalistas. Obligados a
encubrir su felonía se precian de
serlo, a tono con el oportunismo de
la época. Pero a su manera,
reivindicando, como se ve, una
chistosa neutralidad "ante los
países que se reclaman socialistas",
o sea, ante aquellos que invaden y
masacran a otros pueblos bajo la
cobertura de la revolución, como la
Unión Soviética, y aquellos que,
conforme a los principios
comunistas, perseveran en la
autodeterminación de las naciones y
condenan cualquier tipo de
colonialismo. Además, han "aprendido
mucho" de "la revolución China, de
su partido, de sus dirigentes y
especialmente del fallecido
Presidente Mao" (2); sin embargo,
por los insondables vacíos de su
aprendizaje, ignoran que el
marxismo-leninismo señala, con
claridad meridiana, que los deberes
internacionalistas presuponen el
escrupuloso respeto de los derechos
de los pueblos a darse la forma de
gobierno que a bien tengan. No habrá
unión posible entre los obreros del
orbe sin este requisito. Quienes
fomenten la agresión de una nación
contra otra, la intromisión en sus
asuntos internos, serán unos
chovinistas vulgares, así pregonen a
los cuatro vientos su amor al
socialismo.
Cuba pisotea el suelo de Angola con
un ejército de ocupación; Viet Nam
adelanta una guerra de exterminio
contra Kampuchea y Lao dentro de las
fronteras de estos países, y Rusia,
inspiradora y patrocinadora de
semejante piratería, aplasta con sus
tanques a Afganistán. Dichos
ejemplos representan apenas tres de
las más abominables muestras del
prospecto colonial del neofascismo
soviético. Respecto de tales
vandálicos procederes sólo cabe una
posición consecuente, diáfana:
desenmascarar y condenar con la
máxima energía a los sórdidos
Estados que se atreven
hipócritamente a confundir la causa
obrera con la rapiña de las bestias.
En esas circunstancias promover la
neutralidad del Partido para la
política exterior significa
simplemente darles luz verde a las
atrocidades de los socialbandidos. U
"ofrecer el apoyo a las
determinaciones que juzguemos
correctas para el avance de la
revolución mundial" (3)
determinaciones adoptadas por los
países que se "reclaman
socialistas", sin distinción alguna,
es transferir al campo internacional
la tristemente famosa consigna
aupada por Vieira, de "apoyar lo
bueno y combatir lo malo" del
nefasto cuatrienio del mandato de
hambre.
Hace unos años, para vastos sectores
resultaban incomprensibles las
críticas a la enfermiza inclinación
del gobierno cubano a ponerse a las
órdenes de las autoridades
moscovitas. Las gentes seguían
profesando admiración a los
valientes hijos de Martí, a los que
únicamente podían imaginárselos, en
innumerables episodios heroicos,
derrocando Batistas y expulsando
saqueadores gringos, pero jamás en
el vergonzoso papel de un David
sumiso y al servicio del nuevo
Goliat. En el séptimo decenio, y aun
en las postrimerías del sexto,
sobran evidencias acerca de las
alteraciones regresivas de la
primera revolución socialista del
Hemisferio; y en especial en los
últimos cinco años y medio, a partir
del momento en que las armas de la
Isla emprenden en África la aventura
colonizadora en nombre y bajo los
auspicios de la superpotencia del
Este.
En vano los revisionistas y sus
corifeos se empeñan en convencer de
que el operativo expedicionario
sobre Angola, como lo afirma García
Márquez con candor de colegiala,
"fue un acto independiente y
soberano de Cuba, y fue después y no
antes de decidirlo que se hizo la
notificación correspondiente a la
Unión Soviética" (4). Basta una sola
consideración. La economía de esta
pequeña república no cuenta -¡ni
soñarlo!- con los ingentes recursos
que implica una movilización militar
de aquella envergadura. En el
informe de Fidel Castro al II
Congreso de su partido, leído el
pasado 17 de diciembre, contrastan
los graves traumas de la producción
y el comercio con el hecho de que
más de 100.000 soldados han ido a
guerrear en el continente negro.
¿Cómo decidir soberanamente el
sostenimiento en el extranjero de
tal magnitud de tropas, pagado en
dólares, cuando se reconoce una
reducción vertical de las divisas,
por los bajos precios del azúcar
durante el quinquenio y por el
encarecimiento de los créditos y de
las mercancías importadas; cuando
coinciden, junto a la crisis
financiera, calamidades naturales,
como la roya, que mermó en una
tercera parte las plantaciones de la
caña en 1980, el moho azul, que
estropeó al mismo tiempo cerca de un
90 por ciento de la cosecha de
tabaco, y la fiebre porcina africana
que cayó sobre algunas zonas del
país, y cuando los logros que se
reivindican en otros renglones no
contrarrestan el desbarajuste
general creciente, ni proporcionan
los saldos favorables para el
sustento de un ejército tan grande,
a miles de kilómetros de su base?
Son indudablemente los soviéticos
quienes equipan, adiestran y
subvencionan las huestes invasoras
provenientes del Caribe. No se trata
de un fenómeno insólito. Costumbre
antiquísima de los imperios ha sido
la de alistar entre los nativos de
las regiones sometidas fuerzas de
combate para sus empresas bélicas.
Ni por la índole, ni por los
propósitos, ni por la paga, los
actuales cuerpos mercenarios
cubanos, esparcidos por el globo, se
pueden comparar con los 82 patriotas
del Granma que el 2 de diciembre de
1956 desembarcaron en la provincia
de Oriente, se internaron luego
diezmados en la Sierra Maestra e
iniciaron una guerra de guerrillas
de 25 meses, hasta la toma de la
capital. Los unos, los de hoy,
reencarnan a la típica legión
fantoche que contiende ciegamente
bajo una bandera extraña y en pos de
tierras y esclavos para saciar los
apetitos del alto mando. Los otros,
los de ayer, constituyen el núcleo
revolucionario que, con el alma y la
vida, marcha tras la liberación no
simulada de su pueblo; y la planta
germina porque la semilla era
autóctona y el surco estaba abierto.
No importarle la diferencia y, por
el contrario, dejar entrever la
posibilidad de que las atrocidades
de quienes renunciaron al
marxismo-leninismo, al
internacionalismo y a la
coexistencia pacífica entre
regímenes distintos coadyuven al
"avance de la revolución mundial",
son estratagemas propias de la
contracorriente oportunista en boga.
Nuestra ventaja estriba en los
notables cambios de la situación.
Los variados y rápidos eventos,
tanto de dentro como de fuera de
Colombia, cada día conceden mayor
validez a los puntos de vista
teóricos y políticos promulgados por
el MOIR. La fundación de nuestro
Partido, con su estampa de
organización independiente y
revolucionaria del movimiento
obrero, empezada a moldear en la
lucha interna de 1965, oficializa de
por sí las inconciliables
divergencias de principio con el
revisionismo contemporáneo. Acogimos
en los puntos programáticos
partidarios las visionarias
deducciones de Mao acerca del
proceso degenerativo de la camarilla
gobernante de la Unión Soviética. Se
sobreentiende que cuantos solicitan
la militancia, acto por demás
voluntario, se hallan de acuerdo con
las directrices guías básicas, y
entre ellas, desde luego, con las
que fundamentan la antagónica
posición contra el
socialimperialismo soviético. Nadie
conseguirá con sutilezas y
suspicacias trastocar el sentido de
las cosas. En el pasado nos
solidarizamos con la revolución
cubana; mas las desviaciones
"foquistas" alimentadas por sus
jefes después del triunfo produjeron
tropiezos de monta a la lucha
independentista de Latinoamérica, y
ya, desde entonces las olas de La
Habana, en ese período con
sedimentos de extrema izquierda,
chocaron con los esfuerzos
encaminados a aclimatar en estas
latitudes una corriente
marxista-leninista de la clase
obrera. Más adelante, en 1968, las
divisiones del Pacto de Varsovia se
lanzaron sobre Checoslovaquia, toque
de alerta respecto de los síntomas
manifiestos de las mutaciones
monstruosas del Kremlin que, aun
cuando agrietaron el llamado campo
socialista, sus verdaderas
incidencias sólo se irían apreciando
con el desarrollo de los
acontecimientos. Aquélla fue una
hora de prueba. En un discurso
plagado de imprecisiones, vaguedades
y dudas, el supremo Comandante de
Cuba terció en pro del zarpazo
propinado por la metrópoli del
recientemente erigido sistema
imperial. En su azoramiento admitió
que en este caso la conducta
soviética "incuestionablemente
entrañaba una violación de
principios legales y de normas
internacionales los cuales, puesto
que han servido muchas veces de
escudo a los pueblos contra las
injusticias, son altamente
apreciados en el mundo". Y agregó:
"Porque lo que no cabría aquí es
decir que en Checoslovaquia no se
violó la soberanía del Estado
checoslovaco. Eso sería una ficción
y una mentira. Y que la violación
incluso ha sido flagrante"(5). Pero
se puso al lado de los violadores,
absolviéndolos con el alegato,
repetido y repetido en los últimos
doce años por los revisionistas del
globo entero, de que la agresión y
el sometimiento militar de un país
se justifican por la protección de
los fueros del socialismo. Con
tamaña lógica, netamente
imperialista, siempre habrá pretexto
para intervenir. En aquella
coyuntura se trataba de retener una
nación en la órbita rusa; en los
tiempos actuales, de "ayudar" a
establecer la revolución a los
pueblos de Angola, Etiopía,
Kampuchea, Lao, Afganistán, etc. Que
los ejércitos comunistas traspasen
las fronteras, y bajo cielos ajenos
depongan los gobiernos, declaren la
guerra, aplasten la insurgencia,
degüellen a las gentes, impongan el
orden, cada vez que sea
indispensable "evitar una
catástrofe", según otra expresión
del Primer Ministro cubano en su
comparecencia del 23 de agosto de
1968. Que se satisfagan los
objetivos políticos, aunque la
necesidad "viole derechos como el de
la soberanía" que, "a nuestro juicio
-concluye Castro-, tiene que ceder
ante el interés más importante de
los derechos del movimiento
revolucionario mundial y de la lucha
de los pueblos contra el
imperialismo" (6).
El marxismo enseña a los obreros a
utilizar la democracia en la brega
por su emancipación, y la supedita a
ésta como un medio. Pero entre todos
los preceptos democráticos se
destaca uno del cual el proletariado
jamás debe prescindir, y mucho menos
el proletariado dominante de una
república socialista, si desea
derrotar finalmente a sus enemigos
de clase, preservar su unidad
internacionalista y salvaguardar la
revolución mundial, y ese es el de
la autodeterminación de las
naciones. El imperialismo consiste
en la opresión de un país sobre
otros. La única forma de vencerlo
estriba en alcanzar la independencia
de las regiones periféricas
sojuzgadas, con lo que se crean las
condiciones para el levantamiento
insurreccional en la sede del
imperio, y no al revés, en esperar a
que con este estallido se liberen
las colonias. A ningún pueblo podrá
obligársele desde el exterior a que
asuma la libertad y abrace la causa
socialista. Propender a cualquier
tipo de expoliación nacional será
imitar las prácticas del
imperialismo y contribuir a
generarlo. Sin embargo, queda claro
que en 1968, y virtualmente antes,
los oportunistas contemporáneos, al
igual que sus antecesores de la II
Internacional, borraron de su
apócrifo misal marxista el principio
de la soberanía de las naciones como
una premisa irrecusable de la
revolución proletaria.
Nosotros estuvimos siempre en lo
cierto cuando avisamos sobre la
metamorfosis de los mandatarios de
Moscú, convertidos ahora en unos
zares redivivos, más prepotentes y
despiadados que los Romanov. Los
dolores de cabeza provienen de la
perplejidad con que capas
influyentes de los intelectuales y
segmentos avanzados de las masas han
recibido la denuncia de los pasos de
cangrejo de la Rusia soviética hacia
el capitalismo y la reacción. Muy
difícil aceptar de pronto que el
radiante territorio libre de América
se transformó en una sombría caserna
del socialimperialismo. ¡Si en Cuba
no hay analfabetas como en Colombia!
¡Si allí los instrumentos de
producción son de propiedad
colectiva! ¡Si en 20 años de
revolución se han remediado muchas
de las injusticias sociales
heredadas! Demasiado terrible la
acusación para secundarla. "Estoy
más dispuesto a creer lo que han
visto mis ojos que lo que han
escuchado mis oídos" (7), nos
replica el activista aferrado a sus
viejos conceptos. Está bien. En los
últimos años hemos presenciado
sucesos extraordinarios, de una
riqueza y velocidad tales, que la
propaganda se les rezaga y no
alcanza a englobarlos a plenitud.
Los agudos problemas económicos de
Cuba, originados en la dependencia
de la URSS; sus filas de cientos de
miles de personas buscando la
ventana del exilio que, de ser todas
delincuentes, prostitutas y
homosexuales, como lo afirma el
régimen, reflejan una descomposición
mayúscula para una población tan
reducida, a cuatro lustros de la
victoria; el comportamiento
guerrerista de sus líderes que hacen
de cipayos preferidos del Kremlin y
se asocian sin sonrojo a las
matanzas ordenadas por sus amos en
la arena internacional, desde Angola
contra Zaire, desde Etiopía contra
los rebeldes eritreos y contra
Somalia, desde Yemen del Sur contra
Yemen del Norte e infaliblemente
desde donde haya puntales soviéticos
contra quienes no se plieguen a los
caprichos de los expansionistas, y
la bancarrota de su política de
fingir una tonta imparcialidad en
los conflictos mundiales, con el
objeto de embaucar al movimiento
libertario de los países atrasados y
sometidos, siendo que nadie ignora
los asfixiantes compromisos que
encadenan a la isla antillana.
Lo de Polonia no es menos
instructivo. Otro astro sin luz
propia y poblado de dificultades que
circunnavega en torno del emporio.
La deuda externa de esta neocolonia
asciende a la fantástica cifra de
23.000 millones de dólares, superior
en más de cinco veces a lo que debe
Colombia a las agencias prestamistas
extranjeras. Los protuberantes
desarreglos y deficiencias en las
diversas ramas industriales la han
llevado a acentuar el racionamiento
de los bienes de consumo y a padecer
las hondas desavenencias entre las
masas populares y el aparato
estatal. Ni los frescos relevos en
la conducción del Partido y el
gobierno, ni el dejo autocrítico de
los comunicados oficiales, sofrenan
el espíritu de abierta indisciplina
social que se adueñó de los altivos
poloneses. Huelgas a granel anuncian
cotidianamente los despachos de
prensa, lo mismo en las ciudades que
en el campo, por objetivos
económicos, como el acortamiento a
cinco días de la jornada laboral, o
por peticiones democráticas
enrutadas a obtener garantías para
la organización y la autonomía de
los sindicatos. A lo que más
ambicionan los sufridos habitantes
de esta república amordazada es a
romper cuantas amarras legales los
aten a la burocracia vendida.
Quebrar la influencia de la rancia y
corrupta administración sobre los
trabajadores sintetiza la tarea
preparatoria ineludible de todo gran
salto revolucionario; mas para ello
se precisa asimismo de capacidad y
de lealtad de la dirección con los
caros anhelos de los asalariados.
Hay que esperar para saber si todos
estos elementos se conjugan en aquel
pedazo del globo. Por lo pronto en
Moscú cunde la preocupación, no sólo
porque el clima revoltoso ha pasado
de castaño a oscuro, sino porque la
tempestad amaga con extenderse y
envolver a sus satélites vecinos. La
camarilla soviética ha persuadido a
los inconformes de que morigeren las
reivindicaciones, atemperen los
ímpetus y embozalen el patriotismo,
y los ha tratado de convencer por el
método predilecto de los
explotadores que en la historia han
sido: la violencia. Enormes
destacamentos de infantería,
blindados y cohetes se tendieron ya
en los perímetros de Polonia,
prestos a invadir a la señal
indicada. De nuevo los legatarios de
Kruschev se encuentran ante la
alternativa de despedazar a
bayonetazos la integridad
territorial y la soberanía de un
Estado puesto a su custodia. Las
repercusiones de aquellas
contingencias no resultan
complicadas de barruntar.
Para la Unión Soviética será
imposible mantener por las buenas la
cohesión de su comunidad de
naciones, vale decir, mediante el
libre entendimiento basado en la
igualdad, el respeto mutuo y el
beneficio recíproco. Normas que,
entre otras cosas, propugna el MOIR
y recoge el programa del Frente por
la Unidad del Pueblo, debido a que
compendian las pautas mínimas
capitales para un real acercamiento
entre los pueblos y unas relaciones
civilizadas en el concierto
internacional, muy contrarias a las
bárbaras disposiciones tradicionales
del imperialismo, que levanta su
mercado exterior y su ascendiente
político sobre la coacción y el
garrote contra los países pobres y
débiles. Rumania tampoco constituye
un caso excepcional dentro de los
brotes de insubordinación que
inquietan al socialimperialismo;
desde hace rato viene exteriorizando
en una u otra forma los temores que
la embargan por las tropelías de la
URSS, tanto en el terreno de la
extorsión económica como en el de la
amenaza militar, de que son víctimas
los autodenominados aliados de ésta.
A raíz de la descarada ocupación de
Afganistán tales roces se han
incrementado inevitablemente. Hasta
algunos partidos revisionistas de
Europa, tras el estupor causado por
las últimas provocaciones de sus
preceptores rusos, se sienten
impelidos a sugerir discrepancias
para evitar el peligro de enajenarse
simpatías y aislarse súbitamente. La
raída argumentación de que la
sociedad occidental y cristiana
pretende efectuar su pesca en las
aguas revueltas de la otra
superpotencia, no niega el carácter
regresivo de las desastradas
transfiguraciones de la Unión
Soviética y sus tributarios. A la
vanguardia proletaria le corresponde
barrer la cháchara referente a que
el socialismo está autorizado para
recurrir a las maniobras y los
procedimientos de los tiburones del
gran monopolio imperialista.
Como los insucesos internacionales
los refutan a cada instante, se
colige por qué los tránsfugas
invitan a que nos ocupemos
preferentemente del campanario
patrio, y a que enarbolemos "el no
alineamiento real y auténtico ante
los países que se reclaman
socialistas", como postulado no del
frente sino del partido, sin
calificarlo de concesión. Empero,
vivimos un convulsionado momento,
pletórico de incidentes
trascendentales y pasajeros, pesados
y livianos, serios y bufos, para que
en ellos se posen las miradas de
quienes no quieren oír, y confirmen
por sí mismos cómo la dialéctica del
desarrollo conlleva también los
reveses y las reversiones en la
incesante puja del hombre tras el
progreso y la eliminación de la
esclavitud. Desde esta perspectiva
los factores convergentes nos son
más propicios que nunca. Las masas
sólo aprenden por la experiencia
diaria que extraigan de la lucha de
clases, y nos sobra material
didáctico para auxiliarlas a que
desentrañen la verdad, eleven su
conciencia, desanden el terreno
perdido y recuperen la iniciativa en
la dura lid. ¿Cómo desempeñar el
papel dirigente si nos ubicamos en
el limbo, si nos resistimos a tomar
bando dizque para que no nos
muñequeen y, si cuando el obrero, el
campesino, o el estudiante indaguen
sobre la posición partidaria acerca
de los crímenes de la
socialtraición, nosotros nos
limitamos a contestar que
bendeciremos lo bueno y
anatematizaremos lo malo que ocurra
más allá de los linderos criollos?
Históricamente la palabreja del no
alineamiento surgió en Colombia en
calidad de rechazo a la exigencia
formulada por el mamertismo de que
el frente de liberación nacional
habría de definirse a favor de Cuba
y su gobierno. Precisamos sin lugar
a equívocos que nuestra propuesta
implica una salida de transacción,
en pos de la unidad de las fuerzas
antiimperialistas. Una concesión que
le hacemos al atraso, a los
acendrados sentimientos
nacionalistas del pueblo colombiano,
con lo cual demostramos nuestra
actitud no sectaria y el empeño
democrático que ponemos en la unión
de los oprimidos contra los
opresores. Pero también con el
objeto de conquistar un ambiente
propicio para ir educando
paulatinamente a las inmensas
mayorías en los deberes
internacionalistas de la revolución
colombiana. Jamás fuimos neutrales
en la polémica del movimiento
comunista contra el revisionismo
contemporáneo. Hemos condenado sin
desmayos ni timideces las apostasías
y villanías de los usurpadores del
poder soviético. Sumos aprietos nos
han costado la firmeza ideológica y
la independencia política. Sin
embargo, los hechos, a la postre,
llegan en tropel a darnos la mano.
En esto radica el cambio de la
situación.
Otro elemento digno de examinarse es
el fracaso de la cacareada
"distensión", mediante la cual se
pretendió inculcar que por fin la
especie se había encarrilado por el
sendero de la convivencia pacífica,
y que los antagonismos entre las dos
superpotencias se zanjarían en los
diálogos y acuerdos bilaterales, en
la emulación y cooperación dentro de
las faenas por el bienestar
colectivo y en la asistencia
económica prestada a los pueblos en
mora de liberarse, para arrancarlos
de la miseria y el abandono. Los
armónicos contactos se consolidan al
despuntar la década del 70 y se
refrendan con las visitas de Nixon a
Moscú, en mayo de 1972, y de
Brezhnev a Washington, en junio de
1973. Aquella fue la temporada de
los tratados. Se firmaron para todos
los gustos. Sobre medicina y salud,
protección del ambiente, viajes
siderales, ciencia y técnica,
educación y arte, operaciones
marítimas, comercio y, por supuesto,
restricción de armamentos. Poderosas
empresas norteamericanas estrenaron
sus instalaciones en la Unión
Soviética, y viceversa, comisiones
especializadas de la URSS se
trasladaron a EE.UU. La luna de miel
prometía tanto que los contrayentes,
ante los rumores y el nerviosismo
del resto de la audiencia mundial,
aclaraban que su concordia
proseguiría "sin perjudicar en
manera alguna los intereses de
terceros países"(8). La inaugurada
era de la détente, como también se
le bautizó, no se circunscribía pues
a prevenir únicamente la hecatombe
nuclear, sino que sus metas iban
hasta la redención de las
calamidades que acongojan a la
doliente humanidad, y en particular
a disminuir las distancias abismales
que separan a las naciones pobres y
ricas. El desprendimiento enterneció
los corazones. Emisarios de ambos
bandos hablaron de entregar parte de
los gastos militares que ahorraran
para la prosperidad de las populosas
regiones sujetas al coloniaje. Se
propagaron innúmeras ilusiones y por
doquier retoñó el reformismo. Las
seniles agrupaciones
socialdemócratas se encargarían de
suministrar su partitura doctrinaria
para el sainete que al más amplio
nivel principiaba a representarse.
El alemán Willy Brandt es una de las
criaturas destacadas de la novísima
orientación en el escenario europeo,
así como lo han sido los Molina, los
Santos Calderón, o los iscariotes,
en nuestras dimensiones
provincianas. No obstante, quienes
realizaban el verdadero negocio eran
los revisionistas acaudillados por
el Kremlin. Las alucinaciones y el
sopor producidos por el aplacamiento
inoculado a sus contradictores, les
proporcionaba la atmósfera adecuada
para emprender la histriónica misión
de apoderarse de la Tierra. Lenta
pero seguramente. No importa el
modo, ni los programas, ni los
amigos. En Chile, ¡arriba con
Allende y su retórica electoral! En
Argentina, discreto respaldo a mi
general Videla, y a ratos no tan
discreto. En Nicaragua y El
Salvador, con la solidaridad
militante y la lucha de guerrillas.
En África, con la presencia de
ejércitos regulares invasores. En
Afganistán, por medio del
tiranicidio, los golpes de Estado y
los pactos de protección bélica. En
el Sudeste Asiático, para reprender
a Pol Pot, enmendarles la plana a
los laosianos y erigir su
"federación indochina". En Colombia,
bueno, en Colombia, combinando todas
las formas de lucha, desde el
cretinismo parlamentario hasta el
"foquismo".
Cuando los chinos vaticinaron el
chasco del apaciguamiento y
destaparon que tras el dulzor de los
convenios se escondían las amargas
intenciones de los contratantes de
repartirse las zonas de influencia,
y que los rusos a la larga
repletarían sus faltriqueras merced
a las pérdidas de los demás, los
oportunistas regaron entonces el
sofisma de que Pekín invocaba el
espectro de la conflagración y la
destrucción cósmicas. ¿Y qué pasó?
Pues que la "distensión" terminó
siendo la estafa del siglo. A pesar
de la firma del Salt I (Tratado de
Limitación de Armas Estratégicas) y
de las discusiones conciliadoras del
Salt II, la carrera armamentista de
la Unión Soviética adquirió ribetes
inverosímiles y aventajó con mucho a
su inmediato rival. Se calcula que
en 1971 las dos superpotencias se
hallaban ya equiparadas en cuanto al
monto de sus presupuestos de guerra,
pero sólo entre 1973 y 1978 las
inversiones de la URSS en esta
esfera superaron a las de su
antagonista en cerca de 150.000
millones de dólares. Los análisis
actualizados de los expertos de
diversas nacionalidades no admiten
dudas. Norteamérica suprimió el
servicio militar obligatorio y a su
ejército, de pésima calidad, lo
dobla el soviético, integrado por
cuatro millones y medio de hombres.
Referente al poderío de fuego
convencional, el primero no le gana
al segundo ni en el aire, ni en el
mar, ni en la tierra. Y el
equilibrio nuclear, uno de los
objetivos insistentemente enunciados
en las rondas de negociaciones, está
más que roto en provecho del
socialimperialismo. La conclusión es
aplastante: los expansionistas
moscovitas se valieron de la détente
para articular y perfeccionar la
maquinaria bélica más mortífera de
todos los tiempos y la han echado a
rodar en franco desafío. Pero esto a
su vez ha sido posible por el
eclipse pronunciado de Norteamérica.
A los imperios, lo mismo que al
resto de los seres, los rige un
ciclo de ascenso y de descenso;
registran sus auroras y sus ocasos,
nacen y mueren. El desenlace de la
Segunda Guerra Mundial condujo a los
Estados Unidos al pináculo de su
esplendor. Sin embargo, a la vuelta
de unos cuantos años, se estrelló
contra tres obstáculos insuperables.
El uno, el parasitismo de su propia
clase dominante, cuyas alucinantes
fortunas, amasadas sin mayores
diligencias, mediante la expoliación
de sus dilatadísimas posesiones
coloniales, y disfrutadas
indolentemente, acabaron por
mellarle la inteligencia, el empuje,
hasta el extremo de engañarse con la
idea de que nadie sería capaz de
atentar contra su supremacía. Nixon
narra en su último libro, por
ejemplo, que en 1965, el entonces
Secretario de Defensa, Robert S.
MacNamara, sustentó así las
reducciones unilaterales de los
proyectos armamentistas de la Casa
Blanca: "Los soviéticos han decidido
que tienen perdida la carrera
cuantitativa... No hay ningún
indicio de que se estén esforzando
por crear una fuerza estratégica
nuclear comparable a la nuestra"(9).
Cuán confiados, y ¡cuán miopes!, se
mostraban a la sazón los mandos
gringos.
El otro escollo que aguaría la
fiesta del imperialismo
norteamericano estuvo a cargo de los
ardores libertarios de los pueblos
oprimidos, cada segundo menos
dóciles. A través de sus empréstitos
y sus inversiones aquél abona el
terreno para el florecimiento del
capitalismo autóctono en sus
dominios de ultramar; pero como con
la concurrencia monopolista
estrangula esta evolución -despierta
el deseo e impide saciarlo-, se
acicatean los enfrentamientos entre
los neocolonialistas y los
avasallados y se desatan los embates
del ciclón revolucionario. Miles de
millones de personas, en todas las
lenguas, sindican constantemente a
los magnates yanquis de horrendas
infamias. Y en Viet Nam recibirían
una paliza inolvidable que desangró
el erario, desgarró la sociedad
norteamericana, puso en la picota al
poder ejecutivo y dejó al
descubierto los pies de barro del
coloso. Después del colapso de
Indochina los Estados Unidos no
volverían a ser los mismos.
Y la tercera interceptación procede
de la competencia económica y
política que los Estados
desarrollados llevan a cabo contra
el árbitro de Occidente, incluida la
enconada disputa de la Unión
Soviética por sustraerle regiones y
naciones. No obstante los marcados
brotes inflacionarios y
especulativos, la crisis dentro del
sistema capitalista se va revelando
como efecto directo de la
superproducción. Para Europa y el
Japón los estragos de la guerra de
los cuarentas han quedado muy atrás,
sepultos en la memoria. Sus
industrias, recuperadas y
notablemente vigorosas, libran con
no poco éxito la pelea por el
predominio en los mercados de los
cinco continentes, sin descartar
siquiera la demanda de los exigentes
consumidores estadinenses. Con ello
tienen que ver los balances adversos
del comercio exterior de
Norteamérica, su enorme déficit
fiscal y los conatos de recesión que
han aparecido en las intrincadas
articulaciones de su complejo
fabril. Las dolencias de su economía
se concitan para hacer totalmente
desesperanzador el proceso
declinante del otrora intocable
imperio; y son asimismo las más
complicadas de superar, puesto que
su remedio implica tanto un choque
con las naciones del segundo mundo,
de las cuales requiere para la obra
común de paralizar la expansión
soviética, como un acrecentamiento
del saqueo de los países sojuzgados,
con la consiguiente multiplicación
de los desbarajustes y desórdenes en
sus principales bases de reserva.
¡Qué contrastes entre los goces de
la efímera ascensión y los
sinsabores de la prolongada caída!
Desde el fallido abordaje a Cuba, en
abril de 1961, torpemente
planificado por Eisenhower y peor
ejecutado por Kennedy, que sucumbió
en el mismo momento en que los
sicarios pisaron Playa Girón, hasta
la risible y estúpida operación de
rescate de los rehenes
norteamericanos en acciones de la
Casa Blanca han ido de tumbo en
tumbo, huérfanas de coherencia y
continuidad. A medida que se propaga
el caos proliferan las fórmulas
salvadoras que tan pronto se aplican
se desvanecen; sube el tono de las
mutuas recriminaciones entre los
responsables de la cosa pública, y
se desanuda una truculenta rebatiña
por el Poder entre los grupos
monopolistas atrincherados en los
dos partidos centenarios. El
presidente Kennedy perece abatido a
tiros en las calles de Dallas por
una conspiración hasta el presente
oculta en la penumbra y a la que por
más de un indicio aparecen enredadas
dependencias de los aparatos
represivos. Igual suerte corre su
hermano Robert cuando prácticamente
se hallaba a las puertas de la
Oficina Oval. Johnson se ve obligado
a desistir de nominarse para el otro
período presidencial a que
constitucionalmente tenía derecho.
El escándalo de Watergate, sin
antecedentes en Norteamérica,
sometió a la administración Nixon a
la más minuciosa y despiadada
pesquisa, sacando a la superficie la
podredumbre congénita del Estado
yanqui, con su pestilente carga de
sucios ardides, maquinaciones
delictuosas y fehacientes
testimonios de que la loada
democracia americana no desecha
ninguna aberración en la consecución
de sus propósitos.
En medio de la batahola y a fin de
reparar en algo la deplorable velada
ofrecida a los atónitos
espectadores, comenzó a prender una
campaña todavía más grotesca, casi
mística, tendiente a moralizar las
costumbres del Ejecutivo, privándolo
de cuanto lo afee y limándole sus
afiladas garras. A la CIA, las
antenas del ogro, archifamosa por
sus espeluznantes hazañas en todos
los vericuetos del planeta, se la
sentó en el banquillo de los reos y
se la torturó con el acoso de que
dijera públicamente sus pecados.
Había que reencontrar el sendero de
la perfección y canalizar los
desmanes, esos malditos desmanes que
cubrieron de lodo la imagen
bonachona de los gringos en el
lejano mediodía asiático y que tanto
los desacreditaron en el cercano
Santo Domingo. Para insuflar la
cruzada era menester un hombre
providencial, incontaminado de las
turbias trapisondas de los mandos
superiores, y lo extrajeron de un
pequeño poblado del Sur, en Georgia,
un desconocido diácono protestante
de la secta bautista, el señor Jimmy
Carter. Cuentan que el emperador
Calígula, en el colmo de la
disolución de la Roma esclavista,
pretendió nombrar de cónsul a su
caballo Incitatus. Los
norteamericanos, en los abismos de
la decadencia del imperialismo
estadinense, no ungieron propiamente
a un caballo con tan insignes
dignidades ministeriales, pero
eligieron a un enajenado predicador
para presidir los destinos de una de
las potencias más rapaces, crueles
pragmáticas que hayan existido. Él
irrumpía en el escabroso tinglado de
la política con el mensaje de que
Estados Unidos, para rehabilitarse,
debía silenciar la espada y
desenvainar la prédica; convencer
con los buenos oficios de sus buenas
intenciones al buen prójimo. Su
pasión sería dizque la paz, cuando
su reino necesitaba con acucia de la
guerra. Su arma, la de la
persuasión, aunque su más mortal
contrincante lo persuadiese con las
armas. Su obsesión, resucitar los
derechos humanos burgueses, aun
cuando el capitalismo hace casi un
siglo arribó a la etapa monopolista
y ya no lucha por su revolución
contra el régimen feudal, sino
contra el proletariado en nombre de
la reacción, y aunque los gobiernos
títeres seudosemicuasirrepublicanos
del neocolonialismo yanqui degüellen
a los pueblos para amparar el
pillaje de los amos de Washington.
Tras la ocupación de Angola por los
socialimperialistas, Carter avaló
las declaraciones de su embajador en
las Naciones Unidas, Andrew Young,
en el sentido de que las tropas
cubanas en ese país "constituyen una
fuerza estabilizadora", "mantienen
el statu quo". Y complementó así el
contenido apostólico de su
diplomacia: "Si logramos que nuestra
posición sea bien entendida por la
comunidad internacional, podremos
lograr contrarrestar cualquier
amenaza de Cuba o de la Unión
Soviética" (10). En prenda de su
sinceridad aplazó la fabricación del
gigantesco misil MX, el bombardero
B-1 y los nuevos modelos de
submarinos Trident, tres piezas
claves del arsenal norteamericano, a
sabiendas de que sus cohetes
Minuteman III no son respuesta
efectiva para las ojivas nucleares
de los SS rusos, de varias
numeraciones, y de que uno de éstos,
el 18, sobrepasa hasta en cuarenta
veces la potencia de aquéllos.
Durante los regateos del Salt II,
ante la intransigencia enemiga, se
inclinó respetuoso en muchas
cláusulas, como la de exonerar de
las prohibiciones del convenio al
moderno avión supersónico Backfire,
de la contraparte, sin que tampoco
le sirva de contención su vulnerable
B-52, producido en la década del 50.
Luego de que sus coligados, los
gobiernos de la Gran Bretaña y de
Alemania, miembros de la OTAN,
encararon el disgusto popular y
arriesgaron su prestigio para que se
asintiese al emplazamiento en Europa
Occidental de la bomba de neutrones,
con la mira de vencer la aplastante
superioridad de los carros blindados
del Pacto de Varsovia, Jimmy canceló
el citado proyecto, humillando y
zahiriendo a sus compinches
europeos. También objetó que Japón,
el socio estimable en el Extremo
Oriente, construyera plantas
nucleares. Prometió desmantelar las
instalaciones del Pentágono en el
exterior. Asistió, entre reticente y
tolerante, al derrocamiento de dos
sayones consentidos del imperio, el
Sha Mohammed Reza Pahlevi y el
general Anastasio Somoza, y, como
afirmara Henry Kissinger, "se las
arregló para tener conflictos con la
casi totalidad de nuestros amigos".
No se requiere ser un genio para
inferir que las circunstancias eran
rotundamente propicias para el
hegemonismo soviético, que, cual los
nazis en el interregno de las dos
guerras mundiales, se ha alistado
febrilmente con el acomodo de la
industria a los planes bélicos y la
toma meticulosa de territorios,
pasos, puertos y mares cardinales. A
diferencia de Hitler, a Brezhnev y
compañía les resulta mucho más
dispendioso incubar su adefesio, no
sólo porque han de trabajar
intensamente en el ámbito ideológico
para trasplantar al marxismo el
injerto burgués de la "política
colonial socialista", tan
acerbamente censurada por Lenin,
sino porque, a pesar de todo, la
fortaleza económica y los adelantos
técnicos de los viejos imperialismos
no significan factores desdeñables.
Sin embargo, el Kremlin ha sabido
sacar partido de la crisis de los
Estados Unidos, y desde 1975 pasó de
la sola preparación a la ofensiva
militar estratégica por el
apoderamiento del mundo, sin cesar
de prepararse. Con lo cómico de la
crónica del cuatrienio de Carter,
ésta recoge los severos prolegómenos
de la Tercera Conflagración
Universal. Las dentelladas e
intromisiones del oso ruso en
África, Asia, Medio Oriente y
Centroamérica se parecen
espantosamente a los preludios de la
guerra del 39, patentes en la
captura de Abisinia (hoy Etiopía)
por Italia, la ocupación del norte y
el centro de China por los
japoneses, la intervención armada
del fascismo en España y las
invasiones alemanas sobre Austria,
Checoslovaquia y Polonia.
El hostigamiento soviético acabó por
sacar bruscamente del éxtasis a los
potentados de Wall Street. Sus
mercados, sus suministros de
materias primas y combustible, sus
inversiones, sus dólares, sus
influencias, sus réditos, ¡todo!,
hasta sus existencias mismas estaban
en entredicho ¡No más formalismos,
ni sermones, ni derechos humanos, ni
palomas en la Casa Blanca! ¡Jamás
saldremos del purgatorio, o
pararemos en el infierno, si
continuamos arrepintiéndonos de
nuestras culpas! ¡Abajo el impostor!
¡Fuera el santurrón! Y así se
efectuó el desahucio de Carter de la
residencia presidencial en medio de
la indignación de los indiscutibles
mandamases, los dueños de los
grandes consorcios, y, desde luego,
entre las carcajadas del vulgo
profano. El triunfo de Ronald Reagan
en las elecciones del 4 de noviembre
de 1980 pulverizó incluso los más
alegres pronósticos de los
publicistas suyos. Contra él jugaba
el prontuario de que en el inmediato
pasado la derecha había fallado al
pretender anidar en las almenas del
Poder, en función de halcón feroz, y
siempre vencieron sus candidatos
"blandos". No faltaron quienes le
aconsejaran al ex actor amansar el
trote. No obstante, los trusts
suspiraban ya por que el imperio
retornase con arrojo de gendarme a
proteger sus sucursales, tal y como
éstas venían acuciándolo acá y
acullá, en sus lares contiguos y
remotos. Para ello urgía curar antes
al régimen de la ceguera, la sordera
y la cojera, y en especial, sacarlo
de ese estado de catalepsia en que
lo sumieron los golpes y
frustraciones sucesivos. En verdad
Reagan, aquella estrella enana de
Hollywood, no podía inventar ningún
elíxir milagroso. Lo que hizo fue
aferrarse con las uñas a la otra
táctica, a la "dura", con que la
burguesía, y particularmente la
imperialista, suele remachar la
esclavitud asalariada; y lo hizo en
el momento exacto, cuando los
multimillonarios principiaban a no
dar ni un centavo por el reformismo
y el democratismo para prevenir,
bien la expansión soviética, bien
los movimientos de liberación
nacional.
Los ineludibles y crecientes
embrollos económicos de la sociedad
estadinense incidieron obviamente en
el duelo electoral, pero les
correspondió inclinar la balanza a
las requeridas correcciones en la
política imperialista de los
monopolios. El nuevo jefe de Estado
no lidiará la inflación, el
desempleo, los estragos de la
competencia, ni el resto de
trastornos concomitantes al modo de
producción norteamericano. 0 mejor
los mitigará exclusivamente en la
proporción en que garantice el
desvalijamiento de los pueblos
sometidos. Mas si se le llegasen a
escapar del redil las neocolonias,
sea por acción de la otra
superpotencia, o por la lucha
independentista de los oprimidos, no
sólo no despachará ninguno de los
enredos anotados en su agenda, sino
que la situación interna se volverá
insostenible y la revolución
socialista expedita. Hasta los
funcionarios encargados de la
planeación en Colombia saben, por
ejemplo, que el presidente
republicano no conseguirá cumplir
absurdos suyos tales como sanar el
déficit fiscal, que llegó en 1980 a
cerca de 60.000 millones de dólares;
mientras reduce, en tres años, los
impuestos por ingresos personales
hasta un 30 por ciento, e incrementa
el presupuesto del Departamento de
Defensa en índices considerables. Y
aunque éstos y otros temas se
agitaron para mover al electorado,
el debate comicial giró
fundamentalmente en torno a la línea
que le compete trazar a la Casa
Blanca para recuperar la "grandeza"
de los Estados Unidos y su
credibilidad ante el mundo.
El método de preferir el derecho a
la violencia, la libertad al orden,
no iba parejo con los privilegios
del saqueo. Recabar de los gobiernos
proyanquis que permitan el agio de
la deuda externa, el robo de los
recursos naturales, las inversiones
y la oferta ruinosa de los pulpos
monopolistas, la quiebra de las
industrias nativas, las alzas
constantes del costo de la vida,
etc., y a la vez exigirles que
restauren la democracia clásica
burguesa, además de entrañar un
cinismo inaudito, tenía el
inconveniente, confirmado hasta la
saciedad, de que lejos de contribuir
a la consistencia de los lacayos,
los desestabilizaba. Con el ítem de
que Nene Doc, el gorila de Haití,
por más que parlotee sobre humanismo
no dejará de ser Nene Doc.
Desarmarse frente al desenfreno
bélico de Moscú y embriagarse con el
vodka de la "distensión" era otra
necedad que le había costado a
Occidente la sustracción de unas
cuantas naciones. Reagan propuso un
viraje radical y ganó
apabullantemente. Abogará primero
por la represión y luego por los
derechos humanos. Patrocinará las
dictaduras militares, sin exagerar
la importancia de las dictaduras
civiles. Les concederá el pase a los
diseños armamentistas pospuestos por
Carter, incluida la bomba de
neutrones. Renegociará el Salt II,
suprimiendo las disposiciones
desventajosas para USA. No
consentirá en que lo intimiden. "Hay
casos en que vale la pena recurrir a
la fuerza nuclear si hace falta",
corroboró su Secretario de Estado,
general Alexander Haig, en una de
las sesiones de confirmación de su
cargo ante el Senado. Y para que no
cupieran ambigüedades, acotó: "Hay
cosas peores que la guerra y hay
cosas más importantes que la paz"
(11) ¡No detenerse ni ante la
confrontación atómica!: he ahí por
lo que votó el imperialismo yanqui
en los sufragios del 4 de noviembre.
Con todo lo que de teatro tengan las
actuaciones de este vaquero del
celuloide, y al margen de que
conserve o no el sostén de la clase
acaudalada para sus maquinaciones
guerreristas, lo cierto es que
simboliza la convalecencia repentina
y precaria de un sistema minado por
la decrepitud y la pusilanimidad, y
sus bravuconadas de león acorralado
van a requerir más que simples
rugidos para repeler el cerco letal
de los jurados adversarios del
imperio. La misma administración
Carter, muy en contra de su retórica
contemporizadora, tras los
descalabros cosechados hubo de
rectificar muchos de sus dictámenes,
preferencialmente en el último año,
a raíz de la depredación de
Afganistán por los soldados rusos.
Dio luz verde para la colaboración
amistosa con ciertos regímenes de
facto, apuntaló algunas bases
militares en el extranjero y redujo
sus prejuicios contra los
incrementos bélicos. Todo demasiado
tarde y demasiado a medias, y la
decisión de procurar suplir la
debilidad con la energía había sido
tomada ya.
Los editorialistas burgueses se
esmeran en minimizar el determinante
papel de los intereses colonialistas
de los Estados Unidos en las
sustituciones de noviembre, y se
solazan elucubrando sobre el influjo
que en éstas ejercieron los
problemas domésticos de la
metrópoli. Actitud natural si se
comprende que cualquier examen
objetivo de las contradicciones
reales habrá de partir del
reconocimiento pleno de la rivalidad
irreconciliable de las dos
superpotencias por el control del
orbe, y del caldeamiento de la misma
en lugar de la congelación
prometida, hasta el punto de que en
35 años, desde cuando Truman
arrasara Hiroshima y Nagasaki, nunca
nos vimos tan próximos al diluvio
radiactivo. De generalizarse, la
contienda sería inevitablemente
nuclear; y aunque los ejércitos
regulares conservan aún sus máximas
prerrogativas en los conflictos
limitados, con el vertiginoso
desarrollo de las armas atómicas, la
guerra adoptará modalidades muy
diferentes a las acostumbradas,
empezando por los riesgos que
implican y el blanco que ofrecen las
grandes concentraciones de
infantería. Debido a ello, y pese a
los encantos del apaciguamiento
Washington proseguirá apostando con
Moscú en megatones. Se estima que
con la actual correlación de fuerzas
convencionales, los rusos se
demorarían menos que Hitler en 1940
para llegar a París. Precisamente la
fabricación de la bomba de neutrones
busca una compensación a dicha
disparidad. La macabra carrera no se
detendrá, puesto que ambas
superpotencias urgen de un imperio
para subsistir. La una tendrá que
protegerlo, la otra terminar de
conquistarlo. La una va en ascenso,
la otra en descenso. Mas ninguna
renunciará ni al agua ni al fuego,
ni a la pólvora ni al átomo, para
arrebatar el codiciado trofeo de
miles de millones de esclavos.
A la Conferencia de Seguridad y
Cooperación de Europa, celebrada en
Helsinki a mediados de 1975,
concurrieron más de 30 países de los
dos bloques y firmaron un "Acta
Final" que sumaria la Carta de la
ONU y que recoge los cumplidos
mutuos de respetar los derechos de
los demás y de no tocar lo que no es
suyo. Brezhnev en aquella arrobadora
reunión puntualizó: "Nadie puede
tratar de dictar a otros pueblos la
forma en que deben manejar sus
asuntos internos" (12). Sin embargo,
en las postrimerías de 1979, el
septuagenario jefe del Presidium
Supremo de la URSS, en un ataque de
amnesia, no trató sino que comenzó a
dictar, no de fuera sino desde
adentro, y a cañonazos, la forma
como el pueblo afgano ha de manejar
sus asuntos internos. Cuando se
convocó en Madrid la nueva
Conferencia de Seguridad y
Cooperación, en noviembre de 1980,
ya los burlados próceres del Oeste
imperialista no les creyeron ni una
jota a los ladinos dirigentes del
Este socialimperialista. A pesar de
que los rusos calificaron de
"provocaciones" los reclamos de
aquéllos, todavía insistían en
distender los ánimos, mientras
hacían la digestión de Afganistán,
mucho más ahítos que cuando la
deglución del banquete angoleño o
indochino. Pero el entendimiento
estaba roto. La luna de miel había
concluido. Los protocolos de
Helsinki eran un trapo sucio con que
el Kremlin se limpiaba las manos
ensangrentadas. Y la détente una
vela encendida bajo la borrasca.
Después de repasar el curso de los
acontecimientos mundiales durante
los pasados 20 años, ¿podrá alguien
con más de dos dedos de frente tomar
en serio la pretensión de asumir una
actitud amorfa en relación con la
índole, las intenciones y procederes
de las dos superpotencias, y con las
desastrosas consecuencias que a
todos los países acarrea su
desaforada disputa por el predominio
universal? ¿Los desposeídos habrán
de contentarse con aprobar o
desaprobar episodios esporádicos de
tan trascendental contienda y
comportarse con fingida "autonomía",
"sólo subordinada a los intereses de
la revolución colombiana" (13), como
insisten Bula y Pardo? Esos aires de
artificiosa imparcialidad, o taimado
conciliacionismo, y que tanto
impresionan a los liberales, tienden
a ganar prosélitos explotando el más
cerrero nacionalismo de las capas
medias de la población. Los obreros
por supuesto han de combatir en
consonancia con los intereses de la
revolución colombiana; pero asimismo
han de sopesar correctamente la
situación externa, con cada uno de
sus aspectos e implicaciones, y, lo
proclamamos sin esguinces, supeditar
su táctica también a las necesidades
de la revolución mundial. Quien no
acepte este punto, de palabra o de
obra, niega de plano el
internacionalismo proletario y no
pasa de ser un nacionalista más,
como cualquier doctor Arellano que,
en desplante de burdo patrioterismo,
utiliza el diferendo con Venezuela
para hacer fortuna electoral.
Si coincidimos en el cometido de
estrechar los lazos fraternos entre
las masas laboriosas del orbe, ¿qué
les planteamos a los camaradas
kampucheanos que padecen la barbarie
de la ocupación vietnamita? ¿Que en
aras del socialismo admitan lo bueno
y rechacen lo malo de sus verdugos?
¿Y qué les decimos a los
vietnamitas? ¿Que respaldamos o no
su "federación indochina",
confeccionada con el puñal homicida?
¿O no les decimos nada, guardando
una prudente indiferencia? Sin
embargo, ¿cómo aportar al
acercamiento de los pueblos si no
abordamos estos asuntos concretos,
contundentes y candentes de la vida
real? El MOIR ha dado la única
contestación satisfactoria a tales
interrogantes e inquietudes. A
agredidos y agresores les expresamos
el mismo criterio categórico: un
país que recurre a la violencia para
imponer la voluntad a otro con el
pretexto de expandir el socialismo,
copia los procedimientos típicos de
los grandes monopolios burgueses y
se convierte en un bastión
socialimperialista, o en una
avanzadilla de éste. Por lo tanto su
conducta merece el repudio total de
las fuerzas revolucionarias todas.
En el "Manifiesto inaugural de la
Asociación Internacional de los
Trabajadores", Carlos Marx indicaba
que los obreros han de "reivindicar
que las leyes sencillas de la moral
y de la justicia, que deben presidir
las relaciones entre los individuos,
sean las leyes supremas de las
relaciones entre las naciones" (14).
Máxima admirable. No puede creérsele
a la persona que después de
vituperar a otra, golpearla y
robarla, alega haberlo hecho por
motivos de amistad. Ni absolver
tampoco a la nación que diga
propender a la unidad con otra
mediante la extorsión y la ocupación
armada.
En el citado Manifiesto, Marx
explica igualmente que
arbitrariedades tales como el
apoderamiento de las montañas del
Cáucaso y los asesinatos en la
"heroica Polonia", perpetradas por
la Rusia zarista, el principal
baluarte de la reacción en aquella
época, enseñaron a los trabajadores
a "iniciarse en los misterios de la
política internacional" (15). Las
vicisitudes y atrocidades de las
superpotencias moverán al
proletariado colombiano, no a
enclaustrarse en un nacionalismo
falazmente ecuánime, sino a
adentrarse en los enigmas de la
problemática mundial y descorrer los
velos con una definida posición de
clase. Descubrirán que las penurias
de la aldea natal no se hallan tan
desligadas de la prosperidad de las
más fastuosas urbes del planeta. Que
la carestía y la represión del
gobierno de Turbay Ayala dependen de
las superganancias de los trusts de
siglas en inglés. Que la publicitada
defensa de los derechos humanos
burgueses en Colombia tiene que ver
con la respectiva cruzada llevada a
cabo en todo el mundo por el
derrotado Jimmy Carter; y también
con las artimañas de los
revisionistas que aprovechan la
crisis del imperialismo
norteamericano para ganar anuencia
entre las clases dominantes, en
beneficio de la hegemonía soviética.
Que la renuncia de Bula y Pardo,
aunque ellos ni siquiera lo
sospechen, la genera el auge de la
tendencia reformista, animada a su
vez por los tejemanejes de
Washington y Moscú. Que el triunfo
del señor Ronald Reagan representa
un viraje importante en la
orientación estadinense, como efecto
de la expansión de la URSS y la
bancarrota de la "distensión". Y que
dichos cambios están llamados a
repercutir en las luchas ideológicas
y políticas de Colombia, por cuanto
se recrudecerá el despotismo del
régimen vendepatria y el oportunismo
se empantanará con sus empolvadas
fórmulas de la democracia
oligárquica. Pero esto ha de ser
tema de otro capítulo.
NOTAS
1. Carta enviada a
la Secretaría General del MOIR, el
27 de junio de 1978, por la cual
renunciaron del Partido Carlos Bula
y César Pardo. Publicada en
mimeógrafo. Id.
2. Id.
3. Id.
4. Reportaje de Gabriel García
Márquez, en El Espectador, enero 9
de 1977.
5. Comparecencia del Comandante
Fidel Castro, del 23 de agosto de
1968. Folleto del Departamento de
versiones taquigráficas del gobierno
de Cuba. Instituto del Libro.
6. Id.
7. Walter Scott, El Talismán,
Edición Obras Maestras, Barcelona,
1968, pág. 104.
8. "Principios Básicos" de las
relaciones entre los Estados Unidos
de América y la Unión de Repúblicas
Socialistas Soviéticas, Moscú, 1972.
Tomado de Política Mundial Siglo
XXI. Fundación para la Nueva
Democracia, Editora Guadalupe,
Bogotá 1974, pág.51.
9. Richard Nixon, La verdadera
guerra, pág. 181. Editorial Planeta,
Barcelona, 1980.
10. Despacho de la agencia AP. El
Siglo, septiembre 20 de 1977.
11. Ambas declaraciones de Alexander
Haig fueron extraídas de cables
publicados por el diario El Siglo,
el 10 y el 11 de enero de 1981,
respectivamente.
12. Time, agosto 11 de 1975, pág. 6.
13. Carta de Bula y Pardo citada.
14. Carlos Marx, "Manifiesto
inaugural de la Asociación
Internacional de los Trabajadores",
Obras Escogidas, C. Marx F. Engels,
Editorial Progreso, Moscú, 1973,
Tomo II, pág. 13. 15. Id.
LA
TRASCENDENCIA DE LA OSADÍA
POLACA
Enero de 1982
Editorial publicado en Tribuna Roja
Nº 41, enero de 1982.
Como en la edad de
oro de la tenebrosa autocracia
zarista y evocando las peores horas
de su atormentada historia, Polonia
padece en la actualidad la sevicia
de sus verdugos modernos: los
sicarios prosoviéticos del régimen
fantoche. Y como siempre, el pueblo
polaco, con sus impresionantes
demostraciones de rebeldía y
heroísmo, se ha hecho digno
merecedor del apoyo de los
revolucionarios del globo entero.
Al filo de la medianoche del sábado
12 de diciembre, el gobierno de
Varsovia, usurpado por los
militares, implantó la ley marcial y
adoptó una runfla de medidas
represivas, aplicando al pie de la
letra los dictados de Moscú que
desde tiempo atrás exigía mano de
hierro contra la indisciplina social
y los reclamos democráticos de los
obreros. Con el objeto de
aterrorizar a la ciudadanía para
luego reducirla, los decretos de
emergencia van desde la
ilegalización de las organizaciones
gremiales y el arresto para los
instigadores de disturbios, hasta el
anuncio de pena capital contra
quienes promuevan el cese de la
producción en sectores vitales. En
las cárceles han parado decenas de
miles de personas, entre las que se
cuentan numerosos dirigentes del
sindicato Solidaridad, prohombres de
viejas administraciones destituidas
y no pocos miembros del Partido
Obrero Unificado Polaco. La
militarización fue total. Las tropas
han allanado las factorías, los
tanques han patrullado las calles de
las ciudades y el acribillamiento de
los insumisos no se ha dejado
esperar. Se les interrumpió el
servicio telefónico a los
particulares, se silenciaron los
despachos de la prensa no oficial y
por la televisión aparecieron
uniformados en lugar de los
periodistas habituales. En fin,
Polonia ha sido sitiada,
incomunicada y mancillada.
Imposible predecir el rumbo concreto
que tomarán en el inmediato futuro
los acontecimientos en aquel clave
país de la Europa centrooriental,
con más de 35 millones de moradores.
Empero, por las hondas raíces de su
desbarajuste económico, por el
calado y la magnitud del combate
popular, por su ubicación
geográfica, por el punto de
ebullición a que han llegado las
discordias mundiales,
particularmente la disputa de las
dos superpotencias, el detonante
polaco está y seguirá allí, en medio
de la leonera, listo a contribuir al
desencadenamiento del estallido
general. Lo que se ha incubado
durante años, con la participación
decidida de millones de gentes y
como fruto de la convergencia de
múltiples factores, no será
extinguido con los mandamientos
sanguinarios de un ucase, o de
varios. Pese a la fulminante
maniobra de los esbirros y al
inevitable desconcierto que para
cualquier contingente ocasiona el
verse de pronto privado de su máxima
comandancia, las erguidas y
valerosas respuestas de los
trabajadores han repercutido en el
ámbito universal. Las cosas no
marcharán tan viento en popa para
los guardianes del orden, cuando el
Kremlin, no obstante sus cínicos
pronunciamientos en pro de la no
intervención foránea, ha reiterado a
sus títeres la promesa de socorro
militar, sin excluir obviamente una
campaña de ocupación, si la
resistencia contra la tiranía
establecida coloca en peligro el
corto reinado del general
Jaruzelski. Desde luego, habrá
cambios en las formas de lucha y de
funcionamiento de los fortines
insubordinados, los cuales ya no
podrán conspirar a plena luz del
día, sostener y coordinar fácilmente
las huelgas, o efectuar esos
magníficos despliegues
multitudinarios que estropearon la
reputación de la burocracia lacaya.
La clase obrera deberá amoldarse a
las nuevas circunstancias y
reagrupar sus efectivos disgregados
violentamente. Lo que al principio
el movimiento pierda en locomoción y
envergadura lo ganará en profundidad
y dureza, puesto que el enemigo, al
haberse destapado tal cual, mostró
los intolerables designios de
imponer su despótica voluntad, aun a
costa del degüello de todos los
polacos.
De otro lado, las resonancias
internacionales de los sucesos
recientes de esta nación enganchada
a la coyunda soviética se palpan no
sólo en las declaraciones de condena
emitidas por los Estados de
Occidente, que se acompañan con
severas advertencias a los
mandatarios rusos para que se
abstengan de invadir como a
Checoslovaquia en 1968, sino en la
contagiosa simpatía que despiertan
las proezas polacas entre los
pueblos de las diversas latitudes. A
Moscú y a Washington, las capitales
de las dos más poderosas metrópolis
de la Tierra, les preocupa vivamente
el desenlace de la crisis, a la que
siguen y cuidan de cerca, dentro de
una encendida controversia de mutuas
recriminaciones y amenazas. A la
primera, porque la salida del corral
del díscolo vecino configuraría un
patrón sumamente pernicioso para el
resto de sus vasallos coloniales y
asestaría un recio golpe a sus
sueños de gendarme del universo. A
la segunda, porque los desarreglos y
conmociones en la vasta retaguardia
de su mortal contrincante le
permiten recuperar cierta
iniciativa, después de que éste le
ha sustraído consecutivamente, en el
transcurso de algo más de un lustro,
considerables porciones de Asia,
África y América Latina. Rusia no
asistirá con los brazos cruzados a
la reducción de su área de
influencia cuando de lo que se trata
es de incrementarla. Brezhnev, a
semejanza de Hitler en 1939, también
está dispuesto a tentar los dioses
de la guerra por Polonia, mas no
para conquistarla, para conservarla.
Y Reagan, que ha dejado suficientes
constancias de su ánimo belicoso y
al que lo saetean los aprietos por
doquier, no desaprovechará la
oportunidad de procurar recomponer
los deteriorados negocios
norteamericanos en otras partes,
verbigracia Centroamérica,
recurriendo asimismo al fuego y a la
intimidación. Por donde se mire, el
conflicto tiende a propagarse entre
el otrora prepotente imperio yanqui,
que hoy se bate en retirada para
mantener sus viejas potestades, y
los redivivos zares del Kremlin que,
tras sus ambiciones de hegemonía
mundial, pasaron a la ofensiva
asumiendo el papel clásico del
agresor.
A los pueblos de todas las
nacionalidades el crudo invierno
polaco les trae una fresca evidencia
de la catadura imperialista de la
Unión Soviética y de la lamentable
condición de los países sometidos a
su arbitrio. Aunque los
revisionistas rusos y sus acólitos
en el exterior achaquen los
desórdenes encabezados por los
partidarios de Solidaridad a las
intrigas de Occidente y el caos
económico a la ineptitud de algunos
exfuncionarios, la situación ha
alcanzado visos tales de gravedad
para que sus genuinas causas puedan
ser soslayadas con la quema de
propaganda barata. Antes que nada,
la postración de Polonia origínase
en los descalabros de una economía
en franco retroceso, que, además de
encontrarse escandalosamente
endeudada en alrededor de 30.000
millones de dólares, se exhibe
incapaz de proveer a la población de
los medios elementales de
subsistencia. La escasez, la
carestía y el racionamiento, que
fueron el pan de cada día durante el
último decenio, precipitan torrentes
de indignación popular que con
frecuencia los órganos represivos
sofocan de manera vandálica. La
inestabilidad en el mando,
consecuencia de lo anterior,
constituye otra peculiaridad muy
típica de este período. Gomulka
abandona el Poder luego de los
cruentos choques que les costaron la
vida a 45 proletarios del puerto de
Gdansk en los inicios de los años
setentas. Gierek intenta combinar el
garrote con la persuasión, y su
gobierno se desploma sacudido por
las movilizaciones y los paros
obreros. Kania propicia un
desesperado entendimiento con los
sindicatos, pero el antagonismo
entre la masa laboriosa y el régimen
ya no permite conciliar las dos
posiciones, y tuvo que ceder el
puesto a Jaruzelski, el comisionado
de soltar los mastines del fascismo.
Sin embargo, el trasfondo de
semejante cuadro de bancarrota y de
terror habrá que indagarlo en los
desastres de la sojuzgación
soviética. Los polacos, al igual que
los colombianos, laboran para la
opulencia de un amo extranjero y no
para su propio bienestar. La
variante estriba en que sus
esquilmadores se enmascaran de
"socialistas" y de adalides del
"internacionalismo proletario", con
lo cual buscan embaucar y eludir las
iras de los obreros del mundo. ¿Mas
qué clase de socialismo es aquel en
que la planificación estatal y las
prioridades del desarrollo se
determinan por las conveniencias de
otro Estado más pudiente; o en que
la conformación de alianzas o
bloques económicos y militares se
erige sobre la base de la "soberanía
limitada" del país pequeño, según lo
demandan sin tapujos las autoridades
rusas para su comunidad de naciones
cautivas? Ninguna atracción, ningún
entusiasmo provocará entre los
desposeídos del planeta ese modelo
de sociedad, la metástasis polaca,
que en lugar de suprimir las lacras
del coloniaje capitalista, al cabo
de treinta y tantos años de
existencia las reproduce fatalmente
en la anarquía y el entrabamiento de
la industria, el retraso de la
agricultura, las abultadísimas
cifras de la deuda pública, el
desfogue de la inflación, los
fundados rumores de la corrupción
administrativa y, especialmente, en
los métodos antinacionales y
antidemocráticos para resolver las
contradicciones internas y aplastar
a los forjadores de la riqueza.
Dichos males se parecen demasiado al
drama de las débiles repúblicas del
Tercer Mundo víctimas de los
vetustos imperialismos, para ser
presentados cual un anticipo del
venturoso porvenir que le espera a
la humanidad emancipada de las
pesadillas de la explotación.
Resulta impostergable, entonces,
señalar los motivos del retorno de
Polonia al pantanero mucho después
de derrotar las hordas nazis en
1945, instaurar un gobierno de
ascendencia popular y encaminarse
hacia la materialización de las
metas de la revolución proletaria,
entre otras cosas porque la
burguesía occidental se solaza
divulgando, la versión de que las
predicciones de Marx fallaron y,
gracias a ello, ya no ejercen
satánico magnetismo sobre las
muchedumbres indigentes. Si los
rendimientos de la organización
social de los trabajadores no son
sustancialmente mejores que el peor
perjuicio del capitalismo, sobran la
más leve acerbidad en la polémica,
la lucha de clases y los costos de
una transformación radical de lo
existente. Dediquémonos más bien a
limar los aspectos negativos, evitar
las injusticias, barrer los excesos
y desmanes del sistema que, pese a
levantarse sobre el trabajo
asalariado, o la esclavitud del
"hombre libre", nadie ha inventado
bajo el sol otro edén ni siquiera
mencionable. Así discurren,
farisaicamente, los representantes
políticos tradicionales de los
explotadores, denomínense liberales,
conservadores, socialdemócratas,
etc., favorecidos con el alevoso
comportamiento de los soviéticos y
sus secuaces.
Pero el socialismo no ha fracasado;
lo han traicionado, que es muy
distinto. Desde los redactores del
Manifiesto Comunista hasta el
artífice de la Revolución Cultural
Proletaria de China, pasando por el
fundador del bolchevismo, los guías
magistrales del movimiento obrero
han advertido que en la sociedad
socialista, al constituir únicamente
una etapa de transición hacia la
abolición de las clases y de las
desigualdades nacionales, todavía
continúa la implacable pugna entre
las obsoletas facciones desprovistas
del Poder y las fuerzas avanzadas
que lo han obtenido; y por ende
perdura el peligro del
restablecimiento de los privilegios
del pasado, a cargo de los enemigos
abiertos y encubiertos, nativos y
extranjeros, de dentro y de fuera
del aparato gubernamental. Durante
un trayecto harto prolongado no se
sabrá quién vencerá a quién. El
proletariado ha de persistir en su
dictadura, blandiendo los
instrumentos propios de la contienda
política: democracia, plena
democracia para las masas
trabajadoras y sus aliados,
anulación de todo derecho para la
oligarquía y la reacción en general,
aplastamiento de las actividades
contrarevolucionarias, respeto por
la soberanía y autodeterminación de
las naciones... ¿Se puede afirmar a
priori que un Estado obrero no
actuará al contrario, o no caerá en
manos de los elementos
restauradores, es decir, que en vez
de darle garantías al pueblo se las
otorgue a minorías parasitarias, y
se convierta, a nivel internacional,
ya en una colonia expoliada, ya en
un imperio expoliador? ¿Con base en
qué fundamentos teóricos o
experiencias prácticas se negaría
absolutamente tal eventualidad? ¿Con
el criterio de que la historia
marcha siempre hacia adelante y
nunca da pie atrás? ¿Con la ingenua
creencia de que los obreros, cuando
aferran el timón de un país, se
inmunizan contra los intentos
revanchistas y regeneradores de sus
adversarios? Al revés, la lección de
los siglos refiere que aunque las
corrientes revolucionarias terminan
primando a la larga, a menudo
transcurren por confusos y convulsos
interregnos de reflujos y resacas.
Una de las más rotundas
discrepancias del marxismo-leninismo
con los revisionistas contemporáneos
consiste precisamente en que éstos
no alertan, ni reconocen, ni
siquiera mientan la posibilidad de
la restauración burguesa bajo el
socialismo. Para los rusos sería
tanto como reconocer sus fechorías y
recabar su misma destrucción,
actitud que no van a asumir jamás.
Pues bien, Polonia, con su
deprimente y frustrante espectáculo,
compendia uno de esos fenómenos de
involución social de común
ocurrencia. Sus ansias de progreso
tropiezan con la distribución
discriminatoria de tareas y de
prioridades diseñadas por el Came,
el convenio económico impuesto a los
países satélites de la Unión
Soviética, de modo análogo a como en
las centurias precedentes el
descuartizamiento de su territorio y
la supervivencia de los estamentos
más retardatarios de su aristocracia
feudal, debidos entonces a la
sojuzgación de las potencias
colindantes, asfixiaron su empuje
productivo y la relegaron al atraso.
Los grilletes de la dominación
foránea vuelven a ser causantes de
su penuria material. Su pueblo se
halla al margen de los organismos
estatales y de nuevo han sido
encumbrados los círculos menos
representativos y más holgazanes de
su colectividad. La democracia
pertenece otra vez a éstos, mientras
las medidas punitivas llueven sobre
sus obreros, a quienes se les
prohíbe la huelga, la organización y
el ejercicio de los demás derechos.
Sus gobiernos nacen y mueren a los
bramidos del Kremlin, y su suelo,
hendido por las divisiones del
irónicamente bautizado Pacto de
Varsovia, se torna en zona de
seguridad nacional para los
hegemonistas soviéticos, a los que
enceguecen las manifestaciones de
patriotismo de los millones de
afiliados a Solidaridad. Sí, es del
Oriente de donde regresó el déspota,
la Santa Rusia de la era del
socialismo, a reencadenar la miseria
polonesa a los caprichos inapelables
del ahora también principal baluarte
de la reacción europea y mundial.
Las desfiguraciones del régimen de
Polonia corresponden exactamente a
las deformidades de los renegados
del comunismo de los Soviets, que
desde Kruschev acá han atrapado en
sus redes y puesto en servidumbre a
las naciones que se atreven a
acercárseles sin tomar las
precauciones del caso. Los
dirigentes de países como Cuba y
Viet Nam, a punta de actuar de
testaferros en Angola, Indochina, o
en cualquier otra parte de la arena
internacional adonde los arrastra la
codicia de sus señores moscovitas,
enlodaron los emblemas con que no ha
mucho enardecían a las multitudes
soliviantadas y han concluido
pasándoles a sus respectivos
conciudadanos las cuentas de cobro
por las hazañas filibusteras.
Recordemos con el marxismo la máxima
de que un pueblo que oprime a otro
no es libre; y si lo fue dejó de
serlo, porque ensamblar ejércitos de
asalto, transportarlos y sostener
guerras de ocupación consume
inmensos recursos que se sufragan
con gravámenes abultados, excesivas
jornadas, descuido de ramas
industriales, desequilibrio del
mercado, bajas humanas, sacrificio
sin cuento y, finalmente, con la
mordaza y el látigo, imprescindibles
para prevenir la inconformidad. Poco
o nada influye que el Estado en
cuestión se moteje de
democrático-popular o de socialista;
igual se desgasta políticamente,
concitando sobre sí la malquerencia
de sus subalternos y el recelo
cósmico. Los jerarcas de la URSS,
fuera de depravar y sumir en el
infortunio a las repúblicas
condenadas a su protección, labran
asimismo su propia desgracia. He ahí
la moraleja de su fábula. Navegan en
un mar de inextricables
contradicciones. A cada exabrupto de
su conducta socialimperialista
suenan más repulsivos sus juramentos
de benefactores de la especie.
Claman por la "distensión" pero
siguen extendiendo sus tentáculos
letales tras lo que no les
pertenece. En Polonia exigen la
masacre para no invadir y en
Afganistán invaden para masacrar; y
detrás de cada una de semejantes
tropelías se encuentra, sin falta,
la solicitud de una marioneta suya
requiriendo la "cooperación
internacionalista". Cuando los cogen
con las manos en la masa, en
flagrante delito de colonialismo, se
salen frescamente acusando a sus
críticos de "bandidos
contrarrevolucionarios". Creen que
engañan, mas sólo hacen el
hazmerreír y se aíslan
progresivamente.
Por ello reiteramos que tales
procedimientos y digresiones no se
compadecen ni con los postulados ni
con los intereses de la causa
obrera. Ninguna identidad guardan
con las premisas fundamentales del
socialismo científico que proscribe
la más pasajera explotación entre
las personas y entre las naciones.
La única forma de sacar indemne esta
verdad de la prueba histórica que
afronta será proclamando a los
cuatro vientos y sin balbuceos la
felonía y la farsa soviéticas. ¿Cómo
es eso de que un país socialista
considere espacios ajenos cual
"zonas de seguridad" de su exclusiva
incumbencia, en donde se arrogue el
derecho tiránico o el deber
"revolucionario" de dictaminar el
tipo de gobierno que les viene a los
habitantes del lugar, los mecanismos
con que han de dirimir las
disensiones domésticas, o hasta
dónde han de llegar las reformas?
¿Las imposiciones de los amos del
Kremlin al pueblo polaco no son
acaso un calco vulgar de las
consabidas injerencias de los
Estados Unidos en sus neocolonias?
Si con el pretexto de "mi zona" se
bendice la entronización de
Jaruzelski, ¿con qué cara se
estigmatiza la ascensión de los
espoliques norteamericanos marca
Pinochet? A los imperialistas
siempre les ha parecido una
transgresión inaudita de las normas
de convivencia la menor intriga de
las metrópolis competidoras dentro
de sus esferas de dominio, mientras
califican sus propias intromisiones
de dispensas naturales y legítimas.
Los socialimperialistas modernos
obran idénticamente. Según la cólera
de Reagan, las maniobras de Brezhnev
por adueñarse del Caribe patentizan
una infracción inconcebible del
principio de no intervención, mas no
la presencia en El Salvador de
unidades del ejército estadinense
que asesoran a los genocidas de la
Junta Militar. Y viceversa, para
éste son inadmisibles y atentatorias
de la paz mundial las baladronadas
de Washington y las plegarias de
Roma con que Occidente calcula sacar
tajada de la fascistización de
Polonia, pero le parece un honroso
aporte a la armonía universal su
manipuleo del gobierno de Varsovia
en la noche de los cuchillos largos
del 12 de diciembre. A los
defensores del movimiento comunista,
tan vil e hipócritamente escarnecido
por el revisionismo contemporáneo,
les compete precisar que no se
acogen a ninguno de los dos alegatos
expuestos, los cuales, no obstante
la acrimonia y la desemejanza
formal, no expresan más que los
agudos altercados entre ambas
superpotencias por el control del
orbe. La opinión esencialmente
contrapuesta, la que vela por el
destino promisorio de los
trabajadores de todos los
continentes y permanece fiel a las
enseñanzas imperecederas del
marxismo-leninismo, parte del
supuesto de que el derecho de las
naciones a la autodeterminación no
es una simple fórmula ritual a la
que puedan recurrir los saqueadores
para absolver sus crímenes, sino la
piedra angular del internacionalismo
proletario, así como de toda
democracia y de todo socialismo
verdaderos. Quien no proteste por la
intromisión de un país en los
asuntos de otros, tolere la más
mínima intimidación u opresión
nacional sobre un pueblo, o se
comprometa con las agresiones
internacionales de determinada
república, con las razones que
fueren, será un chovinista
incorregible, un agente extranjero,
un revisionista adocenado, un pobre
diablo, lo que sea, pero jamás un
demócrata consecuente, ni mucho
menos un socialista militante.
Los partidos mamertos a menudo arman
algarabía alrededor de la
democracia, que prefieren
identificar con el término gaseoso
de "derechos humanos", plegándose
hasta en eso a la concepción
burguesa que tiende a diluir el
contenido de clase del problema y a
ocultar el aspecto central de qué
fuerzas sociales poseen el Poder, y,
por lo tanto, a quiénes les concede
el Estado las garantías y libertades
y a quiénes se las niega o escatima.
En una dictadura proimperialista
como la colombiana las decisiones
las toma la oligarquía conforme a
las pautas trazadas por los
monopolios norteamericanos y en
contra del querer de las abrumadoras
mayorías constreñidas, aunque se
pregone a voz en cuello que el
pueblo es soberano porque sufraga en
las elecciones y disfruta de una que
otra mentirosa prerrogativa. Algo
similar acontece en cualquier
república, socialista o no,
maniatada por presiones económicas o
chantajes de agresión y cuyos actos
se aprueban previamente por
gabinetes que sesionan a kilómetros
de sus fronteras. Bajo un régimen
que respira gracias a una invasión
militar o a las "ayudas" de otro,
las masas laboriosas no tendrán
jurisdicción y mando, ni sus
pareceres contarán para nada, así la
constitución las designe
depositarias de la dictadura del
proletariado. En un mundo en el que
prevalecen aún las diferencias
nacionales, el primer requisito de
la democracia, no de la burguesa
sino de la obrera, no la de papel
sino la real, la que empieza por
desentrañar la naturaleza clasista
del Estado y pugna por la supremacía
de los desvalidos sobre los
desvalijadores, descansa en la
soberanía y la autodeterminación de
las naciones, que se entienden como
la atribución de cada pueblo a darse
el género de gobierno que a bien
tenga, sin coacciones de ninguna
índole. A este precepto se le adosa
otro no menos enjundioso: el que las
revoluciones no se exportan,
dependen de las condiciones
específicas de cada país.
El socialismo habrá terminado su
misión en la Tierra cuando
desaparezcan las clases y las
disparidades nacionales, pero
mientras tanto ha de esmerarse en el
cabal apuntalamiento de los soportes
de la democracia. En lo interno,
amplísima participación de las masas
populares en las entidades del
Estado y en sus ejecutorias, igual
en las administrativas que en las de
sujeción de las minorías
reaccionarias; y en lo externo,
escrupuloso acatamiento a la
facultad privativa de los pueblos a
autodeterminarse soberanamente. La
sociedad proletaria que se enruta
hacia la eliminación de toda
represión política y hacia el
derrumbe de las murallas que
parcelan a los hombres en naciones,
no cristalizará su encargo sino
recurriendo a esa represión, pero a
través de su hechura más
democrática, el gobierno de los
trabajadores, y permitiendo que
dichas murallas nacionales alcancen
su máximo apogeo mediante la
prescindencia de la menor coerción
entre los países. No hay otro modo
de emprender los gloriosos cometidos
de la revolución socialista. Nada de
esto tiene lugar en Polonia, en
donde quienes ponen los presos y los
muertos son los operarios de las
minas, de los astilleros, de las
fábricas; y los acaparadores del
Poder proceden exclusivamente de las
élites cimeras del Ejército, del
Partido y del Ejecutivo, una
burocracia podrida cuyos irritantes
fueros emanan de su obsecuencia con
los socialimperialistas soviéticos.
La libertad polaca, florecida sobre
la tumba del nazismo tras épicos
esfuerzos por reunificar la patria
secularmente desmembrada, vuelve a
marchitarse ante la rapiña de los
actuales depredadores, más ominosos
que los antiguos, ya que disponen a
su antojo de una concentración,
económica y estatal, infinitamente
superior a la que conocieron los
Romanov. Rusia se ha transmutado en
un imperio en expansión, foco
primario de la tercera conflagración
mundial, que no será sosegado con
las aguas lustrales de los apóstoles
del apaciguamiento. A mediados de
1975 atrapó a Angola patrocinando
una expedición de mercenarios
cubanos; vinieron luego Kampuchea,
Lao, Afganistán, y caerán nuevas
presas, porque la fiera cebada se
hace insaciable. Sólo el
alistamiento de la lucha enérgica y
mancomunada de los pueblos, de los
revolucionarios, de los países no
agresores, de los portaestandartes
de la coexistencia pacífica
internacional, logrará parar a los
hegemonistas soviéticos.
La importancia de la resistencia de
Polonia radica en que le infunde
remozado aliento al gigantesco
frente de contención contra el
socialimperialismo. Hoy como ayer su
gesta se entrelaza con las
corrientes más progresistas de la
época. Marx y Engels consignaron en
el Manifiesto: "Entre los polacos,
los comunistas apoyan al partido que
ve en la revolución agraria la
condición de la libertad nacional"
(1). Imitándolos, diremos a los 134
años que nosotros también
respaldamos, entre aquellos
combatientes, a quienes vean en la
revolución social, en el saneamiento
de la superestructura, el rescate de
la soberanía conculcada.
NOTAS
1. Carlos Marx y
Federico Engels, Manifiesto del
Partido Comunista, en Obras
Escogidas, Tomo I, Moscú, Editorial
Progreso, 1973, p. 139.
LA
VIGENCIA HISTÓRICA DEL MARXISMO
Marzo de 1983
Editorial escrito por Francisco
Mosquera y publicado en Tribuna Roja
No 45 de marzo de 1983.
Al cumplirse el 14
de marzo cien años de la muerte en
Londres de Carlos Marx, el Partido
decidió valerse de la conmemoración
para estudiar y difundir los
hallazgos del genial alemán, cuyo
sistema de pensamiento, designado
honoríficamente con su nombre,
alumbra la lucha emancipadora del
proletariado. Con tal motivo se
constituyó una comisión para que
coordinara las múltiples actividades
con que celebramos la efemérides.
Entre las orientaciones impartidas
por el Comité Ejecutivo Central se
destacó la de no limitar la campaña
educativa a los textos de Marx y
Engels, sino ampliarla y sustentarla
con los acopios posteriores de sus
principales discípulos, Lenin,
Stalin y Mao. Recomendación
pertinente, pues se trata es de
remarcar la trascendencia del
marxismo. ¿Y de qué modo mejor que
el de empezar por reconocer los
reportes sobre los magnos
transformadores sociales que
debieron sus éxitos al rigor con que
interpretaron las instrucciones de
aquéllos y a la lealtad con que los
defendieron?
Los ideólogos de la burguesía, ante
la arrolladora ascendencia del
creador del socialismo científico,
acrecida con el paso del tiempo,
lejos de ignorar sus prédicas cual
lo intentaron en sus albores con la
"conspiración del silencio", ahora
se empeñan en pervertirlas,
desligándolas de las "impurezas" y
"atrocidades" de sus continuadores y
absorbiéndoles su savia
revolucionaria. Reducir el marxismo
a las ejecutorias de los expositores
del Manifiesto Comunista, además de
despojarlo de su verdadera dimensión
histórica, significaría negarle su
infinita capacidad de desarrollo.
Si ha habido un método ideológico
que cimiente su pujanza en la
ninguna resistencia a la evolución;
en la predisposición a ajustarse o
aprovecharse de las modificaciones
que traen consigo los procesos
naturales y sociales y los adelantos
de las ciencias, ésa es la
concepción del mundo elaborada por
Marx y Engels. No configura un dogma
cerrado o acabado al que ya nada ni
nadie consigue enriquecer, o que se
marchite ante la marcha incesante de
los acontecimientos. Su fundamento
materialista y dialéctico le permite
mantenerse al día y a la vanguardia
del combate por los cambios en la
naturaleza y la sociedad, y
requiere, por ende, de las
contribuciones que de cuando en
cuando efectúan los portadores del
progreso de los diversos países.
Existe sólo a condición de que se
innove. De ahí el interés que
muestran las capas "cultas" para
mantenerlo, contrariando su esencia,
como un compendio disecado, sobre el
que suena bueno lucubrar
doctoralmente, mas al que hay que
anularle cualquier incidencia
creadora en los hitos de la
revolución mundial, mientras no sea
para achacarle los fracasos. Pero el
pleito es gratuito. Los sucesos de
aproximadamente ciento cuarenta
años, desde el momento en que aquél
quedara estructurado en sus rasgos
fundamentales hasta hoy, ponen de
manifiesto sus inmensas
repercusiones, y que, distante de
perder lozanía, se halla cada vez
más resplandeciente, más
actualizado, más victorioso.
Justamente la frustración de las
grandes gestaciones revolucionarias
en dicho transcurso han de
abonársele a la revisión u omisión
del marxismo y no a su puntual
observancia.
Los lineamientos teóricos
dilucidados por los autores de La
ideología alemana comienzan a
perfilarse en el período en que las
masas obreras de las naciones
industrializadas de entonces
ensayaban sus ataques contra el
orden burgués establecido; contra
ese mismo orden tras el cual se
habían movilizado a la zaga de sus
explotadores durante las rebeliones
antifeudales, y que luego, sin
comprenderlo muy bien, se volvía
contra ellas y aparecía como la
primera causa de su sojuzgación y la
razón última de todas sus
desgracias. La "igualdad" prometida
no era más que un formalismo legal
para encubrir la esclavitud
asalariada. La "libertad" estatuida
garantizaba únicamente las
transacciones mercantiles del
capitalismo, en las que al
trabajador se le estima cual una
mercancía más. Y la tan socorrida
"fraternidad", prohibida para los
desposeídos, no pasaba de ser la que
brinda el dinero. El proletariado
europeo salta a la palestra en las
décadas iniciales del siglo XIX y
por su cuenta y riesgo emprende los
embates contra la nueva extorsión
sacralizada, pregonando con su
rebeldía el asomo de un enorme
sector social que, a semejanza de
los anteriores, se reservaba también
el derecho a moldear el mundo
conforme a sus propias
conveniencias. Con dos
diferenciaciones: una, que nunca
antes se lo había propuesto ni podía
proponérselo la fuerza esclava de la
sociedad; y otra, que el triunfo
suyo, la instauración de la
dictadura de dicha fuerza,
desembocará en el término de todo
tipo de explotación entre los
hombres y por tanto en la supresión
de las clases. A Marx le corresponde
la distinción de proporcionarle el
sustento a esta lucha y de dotar, a
los artífices recién surgidos, de
los materiales ideológicos
indispensables con qué culminar la
obra transmutatoria. El marxismo,
que no irrumpe en ninguna otra época
pretérita por ausencia de las
condiciones reales que lo hicieron
posible, inaugura una era entera en
la historia de la humanidad. De no
haber sido del cerebro germano
nacido en Tréveris el 5 de mayo de
1818, aquellas herramientas
espirituales hubieran brotado de
cualquier otro, porque toda
alteración en la estructura
económica se refleja inexorablemente
en las instituciones y demás campos
de la actividad social, con sus
respectivos conflictos entre
segmentos de la población, bandos,
dirigentes, ideas, etc., y el
proletariado de cualquier modo se
habría armado y pertrechado para su
justa. Esto no lo ignoramos; pero
asimismo podemos estar seguros de
que la contextura marxista en que
encarnó tal necesidad histórica luce
irreemplazable por la hondura del
examen, la vastedad de los temas, la
belleza de la forma. Para lograrlo
Marx ha de empeñarse en el análisis
del capitalismo y probar que éste no
integra la etapa definitiva sino que
representa un escalón más del
desarrollo, y que, cual los
precedentes, nace y perece al
cumplir su ciclo. Acaba con los
sueños de la eternización del
régimen burgués, al verificar que
éste, al igual que los otros,
perecerá cuando el incremento
constante de las fuerzas productivas
se vea estancado por las relaciones
de producción que antes lo
favorecían. Máxima ley de todos los
sistemas que han prevalecido y que
bajo el capitalismo se expresa
particularmente en la antítesis
entre el alto grado a que llega la
socialización de la producción, de
una parte, y de la otra, la
distribución anárquica y la
apropiación individual de los
instrumentos y medios de la misma.
Aun cuando aquellos criterios
estaban llamados a revolucionar toda
la historiografía anterior,
librándola del idealismo y de la
metafísica y descubriéndole su hilo
conductor con arreglo al cual se
mueve, el autor de El Capital, en
lugar de pretermitir las prodigiosas
conquistas del conocimiento, se
apoya en ellas y de ellas parte para
erigir su edificio conceptual. En
este sentido el marxismo es fruto y
semilla de lo mejor del intelecto
humano, del cual recoge cuanto fuere
rescatable, desechando lo que riña
con la realidad o la falsee, y al
cual le retribuye generosamente, tan
sólo restringido por las
limitaciones y el penoso ascenso del
saber científico. Así como Marx fue
implacable con toda superstición
religiosa, filosófica o de cualquier
otra índole, recibía con gozo
juvenil las revelaciones de un
Darwin, de un Morgan o de un
Laplace. Hereda la dialéctica
hegeliana, pero la voltea, ya que,
cual él mismo decía, se hallaba
invertida, con los pies hacia
arriba, corrigiéndole su arrevesada
inspiración idealista. De Feuerbach
adopta su postura materialista en la
medida en que ciertamente lo era. Y
de la conjunción de estas porciones
incompletas de la filosofía alemana
acopla su clarividente y armónica
concepción y su método elemental y
exacto: el materialismo histórico y
dialéctico. Es la materia la que
gobierna al espíritu, no al
contrario; y nada está estático sino
que todo circula y se modifica
permanentemente. Marx halló que la
primera necesidad de los hombres
estriba en proveer los medios con
qué mantenerse y procrearse, para lo
cual han de entrar en determinadas
relaciones entre sí, el piso real
que condiciona el resto de las
manifestaciones sociales, como el
Estado, la política, la cultura, en
suma, la superestructura de la
sociedad. Aunque las alteraciones en
la base económica acarrean las
mutaciones en la superestructura, y
ello sea lo principal, ésta también
evoluciona por sí misma e incide
sobre aquélla, y a veces de manera
decisiva, cual sucede en los
desenlaces revolucionarios. Otro
tanto pasa en la naturaleza, en
donde las cosas cambian y se
influencian mutuamente, alternándose
los papeles en el curso de su
desenvolvimiento. Lo que ora es
efecto, luego actúa de causa y
viceversa. Lo que se desempeña como
general en un contexto, en otro lo
hace de particular. Lo que ayer fue
especie, mañana será familia, y así
hasta el infinito. Talla dialéctica
de los procesos materiales que se
reflejan en la dialéctica del
pensamiento, síntesis suprema en
que, en virtud del marxismo,
culminan milenios de vigilias y
divagaciones filosóficas.
Asimismo, ayudándose con el repaso
crítico de la economía política
inglesa y desarrollando los ingentes
esfuerzos investigativos al
respecto, el redactor en jefe de la
Gaceta del Rin desentraña los
misterios del valor de uso y del
valor de las mercancías como
sustratos, respectivamente, del
trabajo concreto o útil y del
trabajo abstracto o social; y corre
el velo al secreto de la ganancia y
del enriquecimiento del capitalista
al averiguar la plusvalía y al
explicar cómo ésta no es más que la
parte no retribuida del trabajo del
obrero, y que acumulada en las manos
de aquél se convierte en fuente de
la fortuna y la omnipotencia de unos
pocos y de la ruina y el
sometimiento de muchos. El
asalariado vende su fuerza de
trabajo, una mercancía cuyo costo
equivale al mantenimiento suyo y de
su familia y que al usarse, o
consumirse en trabajo, crea un
producto superior, con el cual se
cubre dicho costo, quedando un
excedente, que es el que se embolsa
el dueño de la fábrica. A la par con
la acumulación capitalista ocurren
el auge constante y acelerado de la
producción, la relegación del
operario por la máquina y el
descenso de la cuota de ganancia,
fenómenos que se traducen en crisis
periódicas que obligan al
capitalismo a suspender
drásticamente su carrera, la que
reinicia de nuevo, sólo después de
que haya eliminado buena cantidad de
sus fuerzas productivas con la
quiebra de las empresas y el despido
de los obreros. Un modo económico
que condena a la indigencia a
millones y millones de personas a
tiempo que permite la mayor eclosión
de bienes; riquezas colosales que
carecen de pronto de quiénes las
compren y disfruten, y muchedumbres
abigarradas de hambrientos que
sucumben ante una opulencia jamás
vista. Un modo económico que tiene
que sacudirse traumáticamente sus
propios progresos y que mientras más
se desarrolla más evidencia la
indefectibilidad de una organización
social distinta que encauce y se
compadezca de tales progresos.
Marx prohija los anhelos del
socialismo francés de erradicar las
arbitrariedades que se han hecho
patentes en el ordenamiento plantado
sobre la explotación burguesa. Mas
le reprocha sus quimeras; sus
"falansterios", bancos proudhonianos
de intercambio y demás panaceas
inventadas al margen del curso
económico y de la pugna entre los
antagónicos estratos sociales; sus
ilusiones de convencer a los
expoliadores para que
voluntariamente se comidan a abrazar
el evangelio de una virtuosa y
filantrópica justicia. Contra tan
pueriles utopías socialistas
intercede por un socialismo
científico, que sea la resultante
natural del discurrir histórico, la
ulterior construcción orientada
sobre lo legado por el capitalismo
fenecido, que se abra paso a través
de la lucha de clases y distinga en
el proletariado a su beneficiario,
el agente que ha de encargarse de
imponerlo. Las revoluciones del
siglo XX, la rusa y la china entre
ellas, refrendaron estas soberbias
deducciones, así como han
ratificado, junto con los
extraordinarios avances de la
ciencia en los más disímiles campos,
las certezas y la utilidad de la
metodología materialista y
dialéctica. ¿Y quién niega, por
ejemplo, que el crac de 1930, o los
trastornos recesivos de 1970, o los
de 1975, o los que en la actualidad
afectan turbulentamente a los países
más desarrollados, no son una
palmaria demostración de las teorías
marxistas, pese a que el capitalismo
se ha trocado en monopólico y
contabiliza a su haber los
incalculables recursos hurtados a
los pueblos sometidos del orbe?
UNA GUÍA PARA LA
ACCIÓN
Debido a que no desciende de los
reinos celestiales, como han
sobrevenido las esotéricas doctrinas
que buscan en los designios divinos
la clave de las candentes incógnitas
de la creación, y a que, en cambio,
germina en la tierra fértil de la
realidad, de donde desarraiga sus
postulados en lugar de
preconcebirlos, el marxismo engloba
conclusiones, verdades y
diagnósticos aplicables a las
diversas circunstancias existentes,
de los cuales nos servimos a objeto
de descifrar las peculiaridades
específicas de nuestro país y de
nuestra causa. Y debido también a
que su estilo investigativo exige la
evaluación concreta de las
condiciones concretas y da por
sentado que éstas varían de acuerdo
con sus leyes internas y sus
relaciones externas, si lo
esgrimimos adecuadamente, calaremos
las diferencias o analogías de
Colombia con los demás Estados y el
sentido y la velocidad con que
aquéllas se alteran.
Cuando en la segunda mitad de la
década del sesenta rebatíamos los
embrollos de grupos camilistas que,
como Golconda, apostrofaban contra
el rol dirigente del proletariado en
el proceso revolucionario, no
hacíamos otra cosa que recurrir a
los asertos marxistas, que confirman
de qué manera las huestes obreras
crecen y se robustecen
constantemente con la expansión de
la industria mientras las otras
clases se descomponen sin remedio.
¿Y qué hemos hecho cuando
catalogamos a Colombia de nación
neocolonial y semifeudal que gira en
la órbita del imperialismo
norteamericano, y de nueva
democracia a la revolución que nos
compete impulsar en esta etapa? Pues
efectuar, con la asistencia de esa
"guía para la acción", la
auscultación económica de los modos
de producción prevalecientes en el
país; identificar las disparidades
de éste frente a las repúblicas
capitalistas desarrolladas y sus
similitudes con los pueblos del
Tercer Mundo; distinguir las fuerzas
sociales y discernir exactamente sus
contradictorias funciones en la
brega; preservar y hallar compatible
la dirección proletaria con la
naturaleza democrático-burguesa de
la revolución; captar o (¿?)
inaceptable y estéril de querer
brincarse etapas y pretender
prescindir subjetivamente de cierto
grado de capitalismo nacional,
mientras éste cumpla aún una misión
positiva y no haya agotado su
decurso; comprender que la mayor
urgencia de Colombia consiste en
alcanzar la plena independencia y la
cabal soberanía, cuyo cometido
requiere de la colaboración de todas
las clases, capas y sectores
patrióticos y revolucionarios;
prever que el régimen democrático
que instauraremos se transformará en
la sociedad socialista del futuro,
y, en fin, ubicar y atender todos y
cada uno de los tópicos esenciales
en los que descansa la suerte de las
masas y del Partido. Ya esto, no
hace mucho, calificaban los
trotskistas colombianos de falta de
originalidad o de calco mecánico, ya
que admitimos la presencia de una
burguesía nacional en nuestro medio,
susceptible de aliarse con nosotros
en la pelea por la liberación y
contra el desvalijamiento
imperialista, lo cual coincide con
lo que refiere Mao de la China de
antes de 1949. Se les ocurría
exagerada postración a lo
extranjero, demasiada enajenación
mental, el colmo del culto al dogma,
que tomáramos del gran timonel chino
sus aseveraciones y procedimientos,
en cuanto guardan de universales,
para auxiliarnos al indagar por
nuestras propias características,
así como aquél los tomara de Stalin
y Lenin, y éstos, a su turno, de
Marx y Engels.
Se torna gratificante recordar tales
episodios en el centenario de la
muerte del director fundador de la
Nueva Gaceta del Rin, porque esos
mismos socialisteros a ultranza se
transmudaron posteriormente en
fervorosos y cercanos compinches de
los revisionistas criollos, quienes
han andado siempre tras las huellas
de las más exóticas banderías
burguesas, repitiendo la monserga
liberal sobre los lunares o los
dones de la democracia oligárquica y
sobre las fórmulas para
recomponerla, o matizando hasta más
no poder la contraposición que media
entre el régimen representativo
burgués y el popular y
revolucionario que precisa Colombia
y por el cual ya vienen contendiendo
valiosos y masivos sectores de la
población. Tamaña confusión y tamaño
envilecimiento se han reputado cual
inteligentísima maniobra para
ensamblar el frente único y unir a
los explotados y oprimidos, pero en
el fondo, fuera de entregar las
riendas a la burguesía aliada y
suprimir de un tajo la hegemonía
obrera en la conducción de la
alianza patriótica, denotan el vacío
absoluto de una política de
principios, el desprecio olímpico
por la teoría, en una palabra, el
supino desconocimiento del marxismo,
junto a la más pedante, superficial
y estridente agitación de éste.
Una cosa es que de la disección que
llevemos a efecto de la economía y
de la conducta de las clases
saquemos el proyecto general
estratégico y táctico, y por ello
advirtamos de la presencia de un
fragmento burgués, constreñido por
el imperialismo y marginado del
mando, al que habremos de aproximar,
facilitando su concurso con un
programa democrático indicado, y
otra diametralmente distinta
secundar sus opiniones retardatarias
y correr tras él, sobre todo cuando
se pliega dócil a la reacción
gobernante y le da la espalda a la
revolución. Entonces no queda más
disyuntiva que enmendarle la plana,
impugnando sus vacilaciones e
inclinaciones inmanentes a su
condición social, y romper el
acuerdo, si lo hay, a la espera de
que pase la resaca y soplen los
vientos benignos, el ciclón
revolucionario. Lo que se dice un
viraje táctico conveniente y en el
plazo oportuno. De ello nos
ocuparemos un poco más adelante. Sin
embargo, no quisiéramos concluir el
asunto que estamos abordando sin
agregar algo más.
Del hecho de que en nuestro país,
por su estancamiento relativo y el
vasallaje externo, subsista una
pequeña y mediana producción de tipo
empresarial, tanto en la ciudad como
en el campo, que urja medidas
proteccionistas y ciertas libertades
para no asfixiarse ante la extorsión
de las capas monopólicas y
parasitarias, y de que los
representantes de aquellas formas
productivas todavía puedan
contribuir económica y políticamente
a nuestro desarrollo, no se
desprende que a la burguesía y a su
sistema no les haya transcurrido, y
desde hace rato, su momento
histórico. El porvenir
ineluctablemente ya no les
pertenece. Y allí donde esta clase,
o una parte de ella, consiga
justificar sus aportes, como en el
caso colombiano, su labor, con lo
enjundiosa que llegue a ser, estará
limitada por sus fatales
impedimentos, sus irresoluciones, su
innata debilidad, su temor a
extinguirse. La gesta emancipadora
la fortificará pero le espanta,
porque presiente sus riesgos. Al
proletariado no es que la revolución
le convenga, así escuetamente, sino
que constituye su elemento, su modus
vivendi; y entre más honda sea,
entre más categóricamente socave el
antiguo orden, más realizado se
verá, más íntegro será su poder.
Engels relata cómo, en las jornadas
de mediados del siglo XIX, cuando
los capitalistas estaban derribando
el feudalismo y perfilando sus
Estados nacionales, el crítico del
Programa de Gotha le recomienda al
proletariado -desde luego- que
participe, pues con el advenimiento
de la república se eliminan todas
las interferencias que obstruyen su
lucha de clases; y que apoye al
destacamento burgués más consecuente
y radical, pero cuidándose de
postrarse ante los halagos, o de
aceptar los ofrecimientos que le
hiciere el régimen recién instalado,
y resguardando celosamente su
independencia política, para no
traicionarse a sí mismo. Si esa
advertencia ya era un deber
indelegable de los trabajadores en
las calendas en que el capitalismo
se hallaba en su curso ascensional,
¿qué diremos hoy de nuestros
acuerdos con la fracción progresista
de la burguesía, cuando el mandato
revolucionario histórico de ésta
finiquitó hace casi una centuria y
desde entonces se inauguró la época
de la revolución mundial proletaria?
Definitivamente los revisionistas,
cual reza su apelativo, son unos
renegados del marxismo.
LAS ENSEÑANZAS SOBRE
LA TÁCTICA
Marx, el más glorioso apologista de
la Comuna de París, mediante una
certera apreciación de las
trayectorias de las revoluciones,
redondea la táctica a la que han de
atenerse los obreros a fin de
organizar y preparar sus
contingentes y vencer en las
contiendas por su emancipación de
clase. Aunque no renuncia a las
posibilidades de un derrocamiento
pacífico de la minoría opresora en
condiciones muy excepcionales,
aconseja emplear la violencia para
destruir la vieja máquina estatal e
instaurar y mantener la nueva. No
obstante, el blandir los
instrumentos propiamente
insurreccionales depende igualmente
de factores económicos y políticos
que en un momento preciso precipitan
los levantamientos, y no de los
deseos y caprichos de la vanguardia.
Hay días subversivos y
revolucionarios que equivalen y
concentran años y decenios de ricos
y rápidos sucesos, al igual que hay
decenios tan pobres y lentos en que
apenas si transcurren días de
historia. De esta sencilla pero
penetrante observación el activista
de la revolución de 1848 concluye
las pautas para distinguir la
modalidad de pelea que preferirán
los paladines proletarios en las
distintas eventualidades. La mudanza
de las cosas ocurre por intermedio
de pausadas evoluciones seguidas de
saltos bruscos, y ambas secuencias
conllevan su importancia y se
complementan recíprocamente. Durante
los períodos apacibles se debe
elevar la conciencia, acrecer la
fuerza y ejercitar la capacidad
combativa de los trabajadores, para
que cuando lleguen las coyunturas de
insurgencia no se les escapen por
falta de la madurez y de la pericia
necesarias. Pero como las masas no
se educan más que con las lecciones
de la experiencia práctica, el
aprendizaje habrán de acometerlo
interviniendo en los enfrentamientos
de clase. La acción política es el
medio y las reivindicaciones
democráticas arrancadas al enemigo
las espadas que convertirán a los
noveles en expertos gladiadores. Por
eso el fundador de la Internacional,
fuera de que fustiga con denuedo a
Bakunin y demás anarquistas por
inducir a las mayorías apaleadas al
total abstencionismo, degradándolas
moralmente, embruteciéndolas aún
más, entregándolas cual mansos
rebaños a la demagógica influencia
de los portavoces del capitalismo,
reprueba firmemente toda aventura
que eche a pique en un instante lo
cosechado con pacientes esfuerzos,
les otorgue fáciles ventajas a los
expoliadores y converja en la
liquidación del movimiento. Y Marx
no fue el teórico que se imaginan
muchos, enclaustrado la existencia
entera en su biblioteca y sustraído
del acaecer cotidiano. Le tocó, a la
inversa, inflamar en no pocas
ocasiones el ánimo bizarro de los
obreros en campaña, o incluso acudir
solidariamente en socorro de alguna
jornada perdida, como cuando,
después de haber prevenido al
proletariado francés respecto a un
alzamiento extemporáneo, y una vez
desatado, se levantó en su respaldo,
considerándolo un mal menor frente a
una capitulación sin combate, y
escribiendo la más hermosa página
sobre el primer ejemplo vivo en el
mundo de un gobierno, aunque
efímero, de los asalariados, la
Comuna de París.
La revolución colombiana tiene
indudablemente harto que aprender
del marxismo, siendo el craso
desconocimiento de éste su mayor
deficiencia y su peor infortunio.
Sin embargo, si se nos preguntase
qué punto de tantos merece especial
prelación para estudiarse, no
vacilaríamos en señalar que los
cánones tácticos encabecen la lista
de los asuntos por desenmarañar en
un país en donde muchos de quienes
se declaran seguidores de los
preceptos sistematizados por el
padre del comunismo, o son abates de
secta, o anarquistas que se
mimetizan de políticos pero que
exaltan el terror a la categoría de
una profesión para vivir de ella; o
politiqueros burgueses infiltrados
en las filas obreras, que hacen de
los derechos humanos, de las
reformas, de los reclamos y de la
obtención de los abalorios
económicos el objetivo máximo de las
aspiraciones revolucionarias; o
revisionistas retobados que hablan
de la "combinación de todas las
formas de lucha" para permitirse la
licencia de caer en todos los
extremos del oportunismo de derecha
y de "izquierda" y eludir la
responsabilidad de trazar un plan de
acción proporcionado, que defina
claramente las tareas prioritarias
para cada tramo y que coadyuven en
verdad a la nación y al pueblo y no
a sus particularísimos y mezquinos
intereses; o son simplemente los
representantes genuinos de la vacua
palabrería pequeñoburguesa que
merodean por doquier pregonando con
sus desastrosos experimentos cómo se
debe "agudizar la pelea", "crear las
condiciones" y "pasar siempre a la
ofensiva".
Llevamos más de tres lustros de
controversias contra tales
descarríos antiproletarios y
antimarxistas que tanto daño les han
inferido a los trabajadores y a las
masas populares en general; y, por
lo que se aprecia, todavía nos falta
demasiado para erradicar semejantes
enfoques nocivos y actitudes de
apurar las labores de la revolución.
Cuando amagan extinguirse bajo el
peso abrumador de sus incontables
descalabros, las ya envejecidas
desviaciones se reanudan de golpe,
como si no hubiera sucedido nada,
evidenciando únicamente su cerril
contumacia, su tajante negativa a
enjuiciar y a corregir sus errores.
Una de las últimas de esas
resurrecciones la presenciamos con
el bochornoso espectáculo brindado
por aquellas agrupaciones mamertas e
hipomamertas, que en los comicios
pasados promovieron
desfachatadamente la conciliación
con las oligarquías, a muchos de
cuyos exponentes más reputados
alabaron hasta la abyección por sus
ofertas de "amnistía" y de "paz",
para luego proseguir en las mismas
andanzas por las cuales se vieron
obligados a solicitar clamorosamente
los indultos y demás decretos
pacificadores.
Por el análisis materialista
precisamos que aquellas malsanas
tendencias responden sustancialmente
a dos factores singulares: de un
lado, con el atraso de Colombia,
perpetuado por el saqueo neocolonial
del imperialismo, fluctúa un
considerable volumen de capas medias
que aunque se encaminan a la
bancarrota no adquieren aún las
miras del proletariado, pues a lo
sumo entran a engrosar las legiones
inmensas de los cesantes, a las que
el régimen no es capaz de
proporcionarles ocupación alguna; y
del otro, el pernicioso influjo de
la comandancia cubana que, además de
servir de muñidora del
socialimperialismo soviético, azuza
y amamanta todos esos géneros
oportunistas, para lo cual dispone,
con la desesperación de dichas
capas, de un caldo de cultivo
insuperable. Mas por la dialéctica
conocemos que en los desvaríos y
fracasos de los diversos matices del
extremoizquierdismo se gesta su
contrario, el comienzo de su fin,
hasta el punto de que entre más
reluzcan y mas alarde hagan de su
prepotencia, más dejarán a la
intemperie sus fragilidades e
incongruencias y más podrán los
destacamentos organizados de la
clase obrera contrastar y hacer
valer la invencibilidad de los
procederes revolucionarios.
De lo sintetizado hasta aquí se
deduce otro aspecto clave, el de que
la táctica marxista no se
circunscribe, para delinear sus
derroteros, a las peculiaridades del
país respectivo, ni siquiera de un
grupo de países, sino que ha de
sopesar la situación mundial en su
conjunto, medir la distribución de
fuerzas que opera periódicamente a
la más amplia escala y percibir el
sello y el rumbo determinantes de la
época de que se trate.
CAMBIOS EN LA
DISTRIBUCIÓN MUNDIAL DE FUERZAS
Atrás dejamos establecido que a Marx
y a su amigo Engels les tocó actuar
en un momento en que, aun cuando el
proletariado ya intentaba sus duelos
contra sus contrincantes, no habían
culminado las revoluciones burguesas
y a aquél le aguardaba todavía un
largo proceso de paciente
preparación; su hora no sonaba aún y
sus opugnadores llevaban la batuta y
estampaban la firma a los
acontecimientos. En eso yacía el
rasgo sobresaliente de la situación
histórica. Las fuerzas a nivel
internacional se realinderaban según
la entidad y el peso de los
distintos países y de sus
correlativos sectores dominantes,
entre los que descollaban la Santa
Rusia como el fortín de la reacción
europea y la cerrada mancomunación
de los intereses burgueses contra la
clase asalariada, que no hacían
factible el triunfo obrero en una
nación, sin un estallido general, el
cual nunca se dio. Tales
circunstancias condicionaban las
perspectivas y el batallar
revolucionarios. Abundan las
referencias de ambos estrategas al
respecto, subrayando los peligros
del despotismo ruso, exhortando a
golpear en el sitio y en el instante
en que éste estuviera impedido para
proceder, sin concederle gratuitas o
innecesarias ganancias, y llamando a
la unidad de los trabajadores del
globo. "¡Proletarios de todos los
países, uníos!", como que era su
consigna. La democracia de entonces
liberaba a las naciones grandes de
la Europa Occidental y se oponía
acérrimamente al zarismo, que en
procura de sus torvos propósitos,
derrumbaba por doquier los manes del
progreso, e impedía las aspiraciones
nacionales de los pueblos pequeños y
atrasados. En su itinerario
obligado, la causa obrera
internacional estaba compelida a
brindar su concurso a las burguesías
más osadas, alertando sobre el
engaño de los movimientos que, como
el paneslavismo, no eran más que
mascarones de proa del oscurantismo
ruso, y precisándose a sí misma que
la instalación de la república y la
obtención de los derechos
democráticos le proporcionaría, nada
más, pero tampoco nada menos, que el
terreno ideal para su gesta
libertaria, la cual exige la
abolición completa de la explotación
capitalista.
Con el siglo XX nace otra época. El
capitalismo, que abandona la libre
competencia, llega a la fase
imperialista, su fase decadente y
final. Entretanto el proletariado
ocupa el lugar de adalid de la
revolución mundial y ésta adquiere
su impronta socialista. Las
burguesías de los grandes Estados
europeos, al cabo de un interregno
de tres decenios, desde la
devastación de la Comuna de París en
1871, y en el que conforme
consolidan su poderío van perdiendo
el ímpetu de la mocedad y mellando
su espíritu innovador, desalojan a
Rusia de la supremacía, con la que
ahora emulan y al lado de la cual
representan otras cuantas fortalezas
prioritarias de la reacción.
Inician, junto a la exportación de
capitales, el apoderamiento y el
despojo sistemáticos de las regiones
de ultramar, originando la rebatiña
entre sí por las colonias, puja para
la que se arman tenaz y velozmente,
hasta ir a parar a la conflagración
que envolvió a todo el orbe
"civilizado", la hecatombe de
1914-1918. Esta implacable riña
interimperialista crea los
complementos, antes inexistentes,
para la irrupción del socialismo en
un solo país, tal como lo vaticina
Lenin; siendo precisamente Rusia la
primera en obtenerlo, bajo la sabia
orientación del partido bolchevique
y cual fehaciente prueba de los
extraordinarios aciertos de sus
preceptores, Marx y Engels. Tal es
el distintivo y el viento
predominante de la nueva era. Los
más notorios reagrupamientos fueron:
dentro de la clase obrera brota una
facción aristocrática y chovinista
que se nutre de las moronas que caen
del festín de los regímenes
saqueadores, y cuyas faenas
piráticas y depredadoras acolita; lo
más granado de las mayorías
laboriosas persevera, con el
liderazgo de los partidos marxistas,
en arremeter contra la barbarie
entronizada por las metrópolis y en
denunciar la proclividad de la
corriente socialtraidora, y, por
último, simultáneo a la regresión de
la Europa burguesa, insurgen en Asia
los movimientos democráticos de los
pueblos avasallados que despiertan
al capitalismo y se yerguen en pos
de las conquistas republicanas,
alentados por una burguesía joven,
cuyo más firme y voluminoso
exponente son los campesinos.
De todo lo cual resulta la unidad
combativa entre el socialismo de los
proletarios de los países
capitalistas y la democracia
revolucionaria de las naciones
colonizadas, contra la confabulación
de los imperialistas y sus socios
menores, el oportunismo vendido.
Lenin se basa en dichas premisas
para diseñar la táctica a seguir,
insistiendo en no propiciar por
ningún motivo la carnicería bélica
de ninguna de las potencias en pugna
y, antes por el contrario, propender
a la guerra civil contra la
provocación armada de todos los
imperialismos.
Durante la Segunda Guerra Mundial se
desencadena una inusitada y singular
redistribución de los poderes
enzarzados en la reyerta. Ante la
imperiosa premura de resguardar a la
Unión Soviética, a la sazón el único
Estado socialista existente y
principal baluarte del proletariado
internacional, que se hallaba
amenazada de muerte por los delirios
hegemónicos de la Alemania
hitleriana y de sus secuaces, Stalin
hizo hincapié en la distinción entre
los países "agresores" y los "no
agresores" del ámbito imperialista y
concitó a la conformación del más
dilatado frente contra el fascismo,
llamando a reclutar no sólo a los
movimientos independentistas de las
naciones subyugadas, a los
contingentes obreros de todas las
latitudes, comprendido el mismo
gobierno de Moscú, y al resto de
tendencias democráticas y
progresistas del planeta, sino a
Estados Unirlos, a Inglaterra, al
régimen francés gaullista estatuido
en el exilio y a las demás
autoridades burguesas contrapuestas
al Eje. Esta precisa y justa
estrategia, coincidente con las
mutaciones presentadas, hundió al
nazismo, salvó a la URSS, allanó el
camino de la revolución para los
cientos de millones de pobladores de
China y para los otros pueblos de
Europa que abrazaron el socialismo.
Dentro de una misma concepción nos
hemos referido a dos épocas y a los
sendos diseños tácticos
concernientes a tres reagrupamientos
sucesivos de las fuerzas sociales y
políticas del mundo; y hemos
expuesto, grosso modo, cómo los
partidos revolucionarios del
proletariado obtuvieron
significativos lauros, al
interpretar creadoramente las
diversas variantes y comportarse en
consecuencia, ceñidos a las
enseñanzas del materialismo y de la
dialéctica de Marx.
LA REGRESIÓN DE LA
UNIÓN SOVIÉTICA Y SUS REPERCUSIONES
Ahora, y para hacernos a una idea
global de las vicisitudes del
marxismo, describamos la última y
más trascendente reubicación de las
fichas en el tablero internacional,
la cuarta en la tabla cronológica de
las modificaciones notables, que
afecta, acaso como ninguna otra, a
la lucha del proletariado. De la
segunda conflagración queda un
panorama destinado a desvertebrarse
muy pronto: además de la URSS, que
acaba revitalizada no obstante sus
inenarrables sacrificios, se liberan
Polonia, Hungría, Bulgaria, Rumania,
Checoslovaquia, Albania, Yugoslavia
y Alemania Democrática, en Europa; y
China, el Norte de Corea y el Norte
de Viet Nam, en Asia, articulándose
lo que se bautizó el "campo
socialista". En cuanto al club de
los imperialismos, Estados Unidos
emerge preponderante, indisputado y
solvente, hasta el punto de que,
ante el colapso de las otras
potencias, se permite el lujo de
financiar la reparación de la Europa
humeante y asolada. En lo atinente a
los pueblos avasallados, aunque
muchos consiguen la república, la
independencia política y otras de
las libertades formales burguesas,
continúan aherrojados bajo la rapiña
económica de las metrópolis,
primordialmente la norteamericana, o
sea, generalízase el neocolonialismo
como la modalidad preferida del
desvalijamiento internacional. A las
dos décadas comienzan a insinuarse
unos vuelcos de una monta y de una
incidencia inesperadas; que hoy, al
cumplirse el centenario de la
desaparición corporal de Marx, se
divisan con toda nitidez y plenitud.
Con Nikita Kruschev, el Kremlin
abjura del marxismo-leninismo e
inicia su tenebroso trasegar en pos
de la restauración del capitalismo y
por la evocación del alma en pena de
la Gran Rusia vandálica y tiránica.
Por esas ironías de la historia, la
patria de Lenin, la cuna del
socialismo y el invicto campeón
sobre las hordas nazis, la otrora
gloriosa Unión Soviética, vuelve a
ocupar su sitio de peor foco de la
reacción y a reasir su antigua
catadura de satrapía expansionista,
mas desbordando los primigenios
marcos continentales del siglo
pasado, para desplegar sus intrigas
diplomáticas y sus operaciones
bélicas al más anchuroso nivel
cósmico, y dispuesta a superar las
marcas de crueldad y de vileza de
los imperios que la han antecedido.
A los Estados "socialistas" que
están bajo su tutela les extrae
jugosos dividendos y los somete a su
férula política, colocándolos de
correveidiles suyos en cuanto foro
internacional se convoque e
inmiscuyéndolos en los asuntos
internos de los otros países, cuando
no utilizándolos directamente en sus
zarpazos guerreristas, cual solían
hacerlo las seniles potencias con
los pueblos de las colonias, a los
que alistaban en sus ejércitos a fin
de que realizaran por ellas las
faenas de exterminio. Paradigmas de
tan humillante postración son Cuba y
Viet Nam, cuyos regímenes serviles
se desviven por adivinar y complacer
los antojos de Moscú. Y con las
naciones pequeñas y débiles que se
rehusan a entrar en su cercado, los
socialimperialistas porfían en
convertirlas al "socialismo"
mediante una fría y calculada labor
catequizadora adelantada a sangre y
fuego, como en Angola, Etiopía,
Afganistán, Kampuchea y Lao.
En los años en que particularmente
los chinos abrieron la polémica
contra el revisionismo
contemporáneo, por allá a mediados
de los cincuentas, no escasos
observadores miraban con aire de
incredulidad los severos
enjuiciamientos y las aflictivas
premoniciones sobre el curso que
iban tomando las cosas en la Unión
Soviética. Al cabo de cuatro lustros
los crímenes y las infamias de las
autoridades moscovitas, desde
Krushev hasta Andropov, pasando por
Brezhnev, le han otorgado con creces
la razón a Mao Tsetung, quien oteó
los profundos abismos adonde
conduciría a la camarilla dirigente
soviética la revisión del marxismo.
Nadie refuta con certeza esta verdad
de a puño, a no ser los involucrados
en la comisión de tamañas
enormidades. Y si no, ahí están las
fechorías a tutiplén perpetradas por
los nuevos zares en los océanos y
continentes del orbe que no nos
dejarán mentir. La viabilidad del
regreso pasajero de un estadio
superior en el desarrollo a otro
inferior jamás ha sido contradicha
por los materialistas dialécticos.
Sin embargo, el significado y las
repercusiones de la metamorfosis
ulterior de Rusia, que recurre a los
procedimientos peculiares del
imperialismo abogando por un reparto
del mundo a favor suyo, y de unos
Estados obreros relativamente
débiles que se desdibujan,
hipotecando su soberanía y
autodeterminación nacionales a una
superpotencia igualmente
desfigurada, consisten en que
tropezamos por prima vez con casos
de sociedades socialistas que
involucionan hacia el capitalismo.
Con lo execrable del asunto, no
debiera parecer tan insólito. Marx
lo engloba en sus magistrales
conclusiones. El régimen socialista
es una parada transitoria aunque
necesaria hacia el comunismo, que no
ha verdeado en su propia simiente,
sino que ha de desenvolverse a
partir de lo dejado por el
capitalismo, y, por tanto, "presenta
todavía -para expresarlo con las
frases de aquél- en todos sus
aspectos, en el económico, en el
moral y en el intelectual, el sello
de la vieja sociedad de cuya entraña
procede".1 Pese a que elimina la
apropiación individual sobre los
medios e instrumentos productivos e
instituye la dictadura del
proletariado, no borra de inmediato
las clases, ni la lucha de clases,
ni la pequeña producción no
socializable que engendra burguesía
permanentemente, ni los conatos
revanchistas y restauradores de los
enemigos internos y externos. Aun
cuando acaba con la esclavitud
asalariada no puede impedir que los
productos se distribuyan conforme al
trabajo rendido por cada cual, norma
supérstite del derecho burgués que
mantiene la desigualdad entre los
operarios, por naturaleza unos más
aptos y capaces que otros y con
necesidades mayores o menores.
Tampoco desarraiga de un golpe la
diferencia entre la ciudad y el
campo, o la división entre los
trabajadores manuales e
intelectuales; ni las propensiones
burguesas de éstos, de los técnicos,
del personal calificado, las cuales
se desvanecerán poco a poco y luego
de una insistente y prolongada
batalla por parte de los obreros
organizados y disciplinados que
ejercen el control estatal. Y si a
lo anterior incorporamos una
laxitud, un descuido indolente de la
vigilancia y de la lucha del
proletariado, una complaciente
tolerancia con los privilegios que
se vayan apostemando en los
departamentos y secciones del
gobierno socialista, no será muy
difícil explicar la retrocesión, el
aburguesamiento, el brinco hacia
atrás, con todas y cada una de sus
nefandas consecuencias. Pero ello,
antes que rebatir a Marx, cual lo
pretenden sus detractores, lo
reafirma.
Lo asombroso de su tinosa percepción
radica en que el socialismo tiene
sentido en la medida en que extirpe
los residuos que inevitablemente
quedan de la vieja sociedad, vale
decir, culmine la hazaña
transformadora, de la cual la
revolución económica, emprendida con
la expropiación de los
expropiadores, es apenas el primer
paso de una larga travesía. Como hay
que abolir las desigualdades
remanentes, completar la destrucción
de lo antiguo, y como mientras ello
no se haga se chocará con la
resistencia de las clases
desalojadas del mando e incluso de
los otros estamentos sociales que
deban sus prerrogativas y su misma
entidad a las mencionadas
remanencias, la prosecución de la
empresa revolucionaria no puede
prescindir de los instrumentos
coercitivos, violentos, de la
dictadura del proletariado, un
régimen que difiere harto de los
anteriores porque se basa en el
dominio de las mayorías y porque se
va diluyendo con el incremento de
dicho dominio. En tanto no se barra
de raíz las relaciones de producción
que generan las clases, no
desaparecerán tampoco las relaciones
sociales que descansan en estas
clases ni las ideas que brotan de
aquellas relaciones sociales; y
hasta entonces las pujas entre los
diversos criterios e intereses
encontrados a su turno
desapuntalarán o reapuntalarán los
modos productivos sobrevivientes.
Luego la pelea no se halla aún
decidida en el socialismo, y el
proletariado perderá el Poder si no
lo sabe emplear en las tareas para
cuya realización lo conquistó.
Aun cuando Marx esclarece el
problema y Lenin lo previene con sus
directrices y sus reiteradas
exhortaciones acerca de las
asechanzas de la restauración, a Mao
le incumbe exponer en la práctica la
cuestión de cómo evitar que China,
tan gigantesca, compleja y hasta
cierto punto atrasada, resbale otra
vez al pantanero del que había
salido; y ese cómo, o modelo
histórico, por él aconsejado, es la
Gran Revolución Cultural Proletaria,
consistente en la sublevación de las
masas, "de manera abierta, en todos
los terrenos y de abajo arriba",
para recuperar en la superestructura
de la sociedad las posiciones
perdidas, desalojando de ellas a los
seguidores del camino capitalista, y
para consolidar las bases económicas
del socialismo empuñando la
dictadura proletaria. Y estas
sublevaciones, u otras semejantes,
habrán de sucederse no en una sino
en varias coyunturas, hasta cuando
la nave fondee en las costas del
verdadero nuevo orden social, el
orden comunista, y la humanidad deje
de estar sometida a los ciegos
dictados de la economía para
tornarse, por fin, en soberana de
los procesos productivos
infinitamente desarrollados.
Entonces el hombre sí mandará al
cuerno de la luna al Estado, a las
clases y a la política, y pasará del
"gobierno sobre las personas" a la
consciente "administraci6n de las
cosas".
Con lo cernido hasta aquí palpamos
mejor los móviles que aguijonean a
la burguesía y al revisionismo
contemporáneos en el apasionamiento
por petrificar la doctrina de Marx,
por encasillarla en la época en que
vivió el polemista de La Miseria de
la Filosofía, rehusándose a
confrontarla con las peripecias de
un siglo y rehuyendo el trago amargo
de precisar su vigencia histórica,
ante la disyuntiva de no poder ya
ignorarla. Y de ahí también nuestra
interesada inquietud por que se
efectúe tal balance y se conteste
sin ambages si las aportaciones de
Lenin, Stalin y Mao son o no la
continuación del marxismo, y si a
éste lo refutan o no los avatares
mundiales acaecidos desde su
aparición. Única forma de encarar
científicamente el desafío y de
hacerlo desde el ángulo proletario,
sobre todo ahora en que atravesamos
un período, convulsionado sí, pero
en el que pareciera primar la
conjura por arrebatarles a los
trabajadores de todas las latitudes
su arma ideológica y desmoralizarlos
con los tropiezos de la revolución,
cuando el escamoteo de los
principios marxistas es el origen
primordial de tales tropiezos y no
la cura para superarlos.
Nos hemos extraviado de nuestro
examen de la correláción de fuerzas
en el mundo actual. Retomémoslo.
Indicadas quedaron las mutaciones
regresivas de la Unión Soviética y
las razones que las motivaron. Falta
añadir que la amplificación de los
dominios del socialimperialismo se
ha verificado fundamentalmente a
costa de los Estados Unidos, que ya
no ostentan la supremacía
indisputada de sus fastos de ayer y
se les ve declinar a diario,
acosados además por la crisis de su
sistema productivo, la competencia
económica de las secundarias pero
rehabilitadas potencias
imperialistas y el movimiento de
liberación nacional de las naciones
neocoloniales. Las superioridades
comparativas del expansionismo
soviético, que le han otorgado la
delantera en la disputa por el
apoderamiento del orbe, se resumen
así: la acentuada centralización
económica y el corte marcadamente
despótico del sistema de gobierno
que lo exoneran de andarse con
rodeos, consultas o dilaciones
entorpecedoras; la férrea sujeción
sobre las "repúblicas socialistas"
pescadas en las redes imperiales,
que lo abastecen de incontables
recursos económicos y políticos para
sus excursiones filibusteras; la
vertiginosa adecuación de la
economía a los fines bélicos, con la
cual han venido asegurando
pronunciadas ventajas tanto en los
armamentos convencionales como
atómicos y amedrentando a sus
adversarios con el chantaje del
hundimiento universal; la bien
tejida y mantenida urdimbre de
partidos mamertos que husmean por
doquier, terciando en las luchas
revolucionarias de los pueblos para
que éstos cambien de grilletes, y la
creencia aún difundida de que la
URSS sigue siendo la URSS y sus
criminales atentados, arbitrios
forzosos para afincar el comunismo.
La clase obrera ha de medir en su
exacta dimensión estos factores,
junto a los otros frescos giros de
la política internacional, para
hacer asimismo los ajustes
apropiados a su táctica, no
meramente dentro de las fronteras de
cada país sino para saber qué merece
ser respaldado o combatido en el
exterior.
Hace veinte años entablábamos
debates alusivos a los oscuros
nubarrones que despuntaban en el
horizonte de la estepa rusa;
conjeturábamos acerca de cuál sería
la réplica de los países de la
Europa Oriental libertados en la
década del cuarenta, y luego, si la
invasión de 1968 a Checoslovaquia
respondía o no respondía a una
urgencia del internacionalismo
proletario. La situación se ha
desenvuelto con tan pasmosa
celeridad que dichos conflictos, no
obstante constituir los prolegómenos
del drama, son ya expedientes
fallados. Checoslovaquia no sería la
única beneficiada de la "generosa"
protección soviética. Docenas de
países habrían de sufrir
posteriormente el salvajismo de
Moscú, o de sus testaferros, para
salvarse de la barbarie de
Washington. El campo socialista se
desintegró, y hoy, después del
abordaje cubano sobre Angola, en
1975, con el que el Kremlin iniciara
su ofensiva militar estratégica por
la toma del planeta, existen tantos
o más territorios extranjeros
ocupados por tropas invasoras que
desfilan tras los negros pendones
del hegemonismo naciente del Este,
que los hollados por los ejércitos
que marchan tras las amarillentas
insignias de la superpotencia
declinante del Oeste. Después de más
de un siglo de fecundas experiencias
recopiladas por sus preclaros
pensadores, el proletariado ha de
distinguir sin titubeos al
expansionismo ruso como el blanco
principal de sus ataques. En ello va
implícita su recuperación al cabo de
tantas felonías. Cuando encabece,
impulse, o se solidarice con las
revoluciones de los países
expoliados, en procura de la cabal
soberanía y plena autodeterminación
de las naciones, cual es su deber
internacionalista, tendrá que
desvelarse por impedir que las
revueltas contra los imperialismos
se tornen en avanzadillas de la
regresión soviética, denunciando
enérgicamente las intrigas y
componendas que en tal sentido
gestionan los partidos revisionistas
y sus epígonos. Ante los pertinaces
signos anunciadores de la tercera
conflagración mundial en la que se
pondrá en juego la supervivencia de
China y de los demás Estados y
movimientos independientes y
progresistas, deberá pugnar por un
frente de combate contra el
socialimperialismo, tan poderoso,
que basado en la recíproca
cooperación de las contiendas de los
obreros internacionalistas por el
socialismo, de las gestas
patrióticas de los pueblos del
Tercer Mundo y del resto de
expresiones revolucionarias y
democráticas del globo, abarque a
las repúblicas del Segundo Mundo y
no descarte siquiera la
participación de los Estados Unidos.
Esta estrategia no podrá menos que
redundar en pro de la causa del
proletariado, pues responde a las
reales contradicciones del presente
período. Toma en cuenta las
manifiestas flaquezas del bloque
imperialista que se halla en los
umbrales de una crisis económica
quizá comparable a la de 1930, con
sus zonas de influencia
descompuestas, conmocionadas y
reducidas por los golpes de mano de
su feroz contrincante, e impotente
para recobrar la iniciativa; y
contempla también los lados fuertes
de la otra superpotencia, sus
ventajas comparativas, el engaño de
entrampar a las masas con el señuelo
de un falaz socialismo que se enruta
taimada pero obstinadamente a
coyuntar un imperio colonialista
vasto, lóbrego y sanguinario. De
otra parte, encuadra con la
irresistible tendencia democrática
de los pueblos, no sólo de los
países desarrollados, sino
particularmente de los que habitan
las regiones rezagadas y
dependientes, en donde la acción de
los capitales imperialistas ha
coadyuvado a romper hasta los más
escondidos remansos de la economía
natural y a promover, hasta cierto
punto, los modos capitalistas de
producción, volcando a miles de
millones de seres a la retorta del
mercado mundial, sacándolos del
aislamiento y despertando
objetivamente sus ansias de libertad
y de trato equitativo entre las
naciones. Así como de los escombros
de la guerra del 14 surgió la
primera sociedad obrera y de las
devastaciones de las hostilidades de
los cuarentas emergió un pequeño
campo socialista y la abrumadora
mayoría de países sometidos pasó a
la vida republicana, adquiriendo los
derechos democráticos formales, al
sustituirse el saqueo abierto por el
encubierto, de precipitarse el
estallido de la tercera
conflagración, pese a su carácter
nuclear, significará el toque a
rebato para que los pueblos coronen
sus revoluciones inconclusas, aun en
las metrópolis, sepulten el
colonialismo económico y con él los
delirios imperiales actuales de
cualquier laya. El proletariado
revolucionario no se dejará seducir
por los cantos de sirena del
pacifismo burgués ni se arredrará
ante los apocalípticos augurios de
los belicistas soviéticos. Al fin y
al cabo los esclavos no tienen más
que perder que sus cadenas. Tienen,
en cambio, un mundo por ganar, cual
lo proclama el Manifiesto.
EL MARXISMO
AUTÉNTICO ES ANTICOLONIALISTA
Si en algún punto habremos de poner
la palanca de nuestra propaganda
para remover toda la bazofia del
revisionismo contemporáneo, ese será
el de la cuestión nacional. El
estilista de Las luchas de clases en
Francia de 1848 a 1850 y de El
dieciocho Brumario de Luis Bonaparte
también dilucidó la contradicción y
la identidad existentes entre la
índole internacionalista de la brega
del proletariado y los contornos
nacionales que ésta tendrá que
poseer necesariamente.
Como producto histórico, la nación
estriba en la confluencia de un
núcleo humano, más o menos numeroso,
que se asienta en un mismo
terri¬torio, se comunica mediante un
determinado idioma, lo cohesiona una
vida económica y una cultura
comunes, amén de otros elementos que
ha ido compartiendo, generaciones
tras generaciones; y como Estado, en
la connotación moderna del vocablo,
cuaja por el apremio de la
incipiente producción burguesa de
contar con su propio mercado, que
unido y regido por leyes de coactivo
acatamiento, lo curen de la
dispersión feudal y lo preserven de
la competencia foránea. Allá y
siempre que aquellos factores
coincidieron, en la latitud Norte o
Sur, en el pretérito remoto o
cercano, aparecieron los países tal
cual los conocemos hoy, con una que
otra variante insustancial, si se
mira el panorama globalmente, y
fueron hechura del capitalismo.
Los pueblos que no han conseguido
hacer prevaler sus fueros de
naciones libres y han visto sus
economías de continuo intervenidas y
desfalcadas por los negocios de los
más fuertes, encuéntranse relegados
en el trayecto del progreso. Y son
estos pueblos, principalmente de
Asia, África y América Latina, los
que aún contienden por la soberanía
y la independencia reales,
prerrequisitos de su prosperidad,
porque las repúblicas capitalistas,
que arribaron hace tiempos al
monopolio y no caben en sus
respectivas fronteras, expugnan las
extrañas y las desvalijan. La
burguesía, en la edad senil,
blasfema de las proezas de la
juventud y, de orfebre de naciones,
se torna en azote de éstas.
El imperialismo, que es la máxima
internacionalizaci6n del capital,
burla cuanto dique se le interponga
a su despliegue y al entrelazamiento
más tupido de las relaciones
mercantiles mundiales, lo que lleva
a efecto por mecanismos
conculcatorios y dividiendo el orbe
entre países opresores y oprimidos.
Ya anotábamos que el proletariado
arranca su labor transformadora de
lo legado por el régimen que ha de
aniquilar; no combate desde
posiciones más atrasadas que las de
éste, sino que jala hacia adelante
el carro de la historia, sin
proponerse metas subjetivas que el
devenir económico no autorice aún.
Por consiguiente está de acuerdo con
el incremento de las reciprocidades
de todo tipo en la esfera
internacional, y propende a la
abolición completa de las
desavenencias nacionales, de las
barreras fronterizas y hasta de las
naciones mismas. No obstante, en
contraste con los capitalistas,
media por que ello se efectúe
respetando la autodeterminación y
demás derechos inalienables de los
pueblos y no pisoteándolos, y en el
beneficio material y espiritual de
éstos y no del selecto corro de
matones que bravuconea a diestra y
siniestra por los cinco continentes.
La vía más expedita, o la única,
para cumplirlo. Como en todo, el
capitalismo plantea los problemas, e
incluso provee en embrión los medios
objetivos, físicos, para su
solución, mas en lugar de
resolverlos, los agudiza hasta el
antagonismo. Mientras más se reprima
los anhelos libertarios de quienes
reclaman relaciones en pie de
igualdad entre los habitantes del
planeta, menos posibilidades habrá
de que se disuelvan las
prevenciones, los prejuicios, las
tozudas e instintivas manías a
enclaustrarse en el solar nativo y a
repeler los contactos con el
ambiente exterior, característica de
las inmensas masas de las zonas
discriminadas y estrujadas. Y
mientras más se ahonden los
desequilibrios en el desarrollo de
los países, con mayor dificultad se
entenderán igualitaria y
armónicamente. De suerte que el
antídoto no está en violentar el
intercambio ni en forzar la
"concordia", sino en la rigurosa
observancia de las claras y
elementales normas de la democracia
y en la anulación de las abismales
desproporciones entre los niveles de
vida de la población mundial. De
manera análoga a como para
deshacerse del Estado la humanidad
ha de recorrer el tramo del
afianzamiento del Estado obrero,
para tachar los linderos nacionales
debe antes recurrir a la
reafirmación de las prerrogativas de
todas las naciones y no de unas
cuantas.
Los principios esbozados no
representan una mera hipótesis
teórica para explorar dentro de
larguísimo plazo. Es que el
descabello del imperialismo estriba
en privarlo de las ingentes
ganancias que succiona de sus
neocolonias. Al recapacitar acerca
de la dominación inglesa sobre
Irlanda, el viejo y perspicaz
militante de la Liga de los
Comunistas se percató de que en esos
rentables privilegios estaba el
enigma tanto de la invulnerabilidad
de la burguesía como de las
pusilanimidades de los obreros de
Inglaterra. La emancipación de los
irlandeses, empujados doblemente por
la acucia económica y la aspiración
nacional, desplazaría el centro de
gravedad de la lucha en la
metrópoli, permitiéndoles a los
asalariados deshacerse de la presión
de sus embaucadores, salirse del
marasmo político y contraatacar. Sin
cortarles primero los jugosos
aprovisionamientos provenientes de
su saqueo externo será poco menos
que imposible dislocar internamente,
dentro de sus repúblicas, el poder
de los capitalistas engordados y
endurecidos con los frutos de su
bandidaje universal. Palpable desde
el siglo pasado, actualmente este
enfoque decuplica su vigor, merced a
que las potencias imperialistas
medio capean las crisis acaparando
los mercados atrasados, los que
convierten en áreas de sus
inversiones y de los cuales extraen
gigantescas riquezas naturales. Si
los imperialismos han prolongado
hasta hoy sus existencias se debe a
tan vitales recursos. De perderlos,
ipso facto cesará su pestañeo, pues
las revoluciones democráticas de las
neocolonias son a las revoluciones
socialistas de las metrópolis lo que
el prólogo de un libro es a su
epílogo: preludio y remate de la
epopeya obrera en el mundo entero. Y
cuando dicho axioma había sido ya
defendido airosamente por Lenin en
su polémica contra los capituladores
de la 11 Internacional, la
descendencia de éstos, los
revisionistas contemporáneos,
enlodan de nuevo la bandera de la
autodeterminación de las naciones,
de palabra y de hecho, porque, a
diferencia de sus progenitores, que
carecían de poder propio, manipulan
Estados pudientes con los cuales
pisotean, vejan y exprimen a pueblos
inermes. ¿Será eso socialismo?
A los cien años de la muerte del
convicto de Bruselas y del exiliado
de Londres, y simbólicamente desde
su tumba florecida, los
revolucionarios de las más diversas
nacionalidades les espetan a los
socialrenegados de hoy, en todas las
lenguas, ¿serán socialismo los
patíbulos soviéticos en Afganistán,
los cadalsos vietnamitas en
Kampuchea y Lao, los paredones
cubanos en Angola? Los retamos a que
nos respondan: ¿Será eso socialismo?
¿Hay dentro del marxismo-leninismo
cabida para una política colonial
socialista? ¿Les está permitido a
los trabajadores que se emancipan
adelantar guerras coloniales? ¿No es
deber ineludible del obrero de la
potencia invasora exigir la
liberación incondicional del país
sometido? ¿Se conseguirá acabar la
explotación entre los hombres sobre
la base de la expoliación entre las
naciones? ¿Puede el proletariado
triunfante de un país imponer la
felicidad a otro país sin
comprometer su victoria? ¿No forja
sus propias cadenas el pueblo que
oprime a otro pueblo? ¿Se estrechan
los nexos fraternos entre el
trabajador vietnamita y el
kampucheano, el cubano y el etíope,
el soviético y el afgano, con las
lágrimas, la sangre y el sudor de
los últimos, derramados por las
dadivosas agresiones de los
primeros? Sin embargo, ellos, los
revisionistas prosoviéticos, que
cotorrean como papagayos sobre la
democracia en general y sobre los
derechos humanos, no reparando en el
abismo que media al respecto entre
la posición burguesa y la
proletaria, y que desconocen, o
simulan desconocer que la
autodeterminación nacional de los
pueblos es uno de los postulados
democráticos básicos, cuya ausencia
convierte a cualquiera de las otras
facultades constitucionales en una
irritante irrisión, jamás afrontarán
ninguna de aquellas acusadoras
indagaciones sin confesar sus
delitos y admitir su impostura.
Contra su voluntad, contra sus
infamias, contra sus mentiras, la
vertiente comunista, la auténtica,
los bolcheviques finiseculares,
vindicarán la mancillada unión de
los proletarios del globo al
combatir ahincadamente las tropelías
colonialistas de los senescentes
imperialismos y de su impúdico e
impúber contrincante, el
socialimperialismo. ¡No a las
anexiones territoriales! ¡No a la
invasión militar y a la permanencia
de tropas en tierras ajenas! ¡Abajo
el socialismo invasor, ocupacionista
y anexionista! ¡Atrás las intrigas,
las presiones, las amenazas, los
chantajes y los demás
amedrentamientos de una nación
contra otra efectuados con cualquier
pretexto, por altlruista que
parezca!
Lo contingentes obreros fieles a los
preceptos elucidados por Marx y sus
continuadores seguirán organizándose
nacionalmente, es decir, conformarán
sus partidos y adelantarán su acción
circunscritos a los linderos del
país concerniente, amoldándose a la
sustantividad de un mundo
irremisiblemente parcelado en
naciones; empero, sin olvidar nunca
que su redención de clase demanda el
combate unificado de las masas
laboriosas del orbe y supeditando
siempre los intereses particulares a
los de la suerte del movimiento en
su más amplio contexto. Gracias a
ello los moiristas, que han tenido
muy presente las singularidades de
Colombia y les han dado a sus luchas
las correspondientes y típicas
formas nacionales, no prestan oído a
quienes con frecuencia los invitan a
recluirse en el campanario natal y a
desentenderse de cuanto ocurra más
allá de Ipiales o de San Andrés y
Providencia, con lo que se hace eco
a las oligarquías vendepatria, cuyo
nacionalismo emboza sus serviles
preferencias por los amos
extranjeros del bloque occidental,
sin desmedro de auspiciar de tarde
en tarde las pretensiones
expansionistas de los testaferros de
la superpotencia de Oriente. Sobra
añadir que no nos apartaremos ni un
milímetro del internacionalismo
proletario que venimos practicando.
En esta nuestra atalaya, en la
esquina septentrional de Suramérica,
atisbaremos con viva preocupación
los acontecimientos mundiales,
listos a denunciar las piraterías de
los colonialistas modernos de todo
jaez y a solidarizamos, en la medida
de nuestra capacidad, con las bregas
de las fuerzas revolucionarias
diseminadas por los cuatro puntos
cardinales.
Hemos intentado apenas un bosquejo
de las aportaciones de ese espécimen
digno de la especie, que iniciara su
ardua y prolija labor esclarecedora
desde las páginas de los Anales
franco-alemanes, en 1844, y
descendiera al sepulcro treinta y
nueve años después, dueño de su
justo título del más grandioso de
los campeones de la lid de los
esclavos del salario. Con lo
incompleto y defectuoso que este
resumen sea, hay algo inobjetable en
él: la vigencia histórica de Carlos
Marx. Entendida no sólo como el
merecido reconocimiento a un
portentoso esfuerzo, sino como la
creciente y decisiva validez del
marxismo con el decurso de los
almanaques. Lo pregonamos hoy, al
siglo del deceso del primer
militante de nuestra causa. Mas
dentro de otro siglo miles de
millones podrán repetir las mismas
palabras.
NOTA
1C. Marx, "Crítica del Programa de
Gotha", en C. Marx, F. Engels, Obras
Escogidas, Tomo II, Moscú, Editorial
Progreso, 1974, pág. 14.
UNÁMONOS
CONTRA LA AMENAZA PRINCIPAL
Octubre 19 de 1983
Intervención en el Foro sobre
Centroamérica el 19 de octubre de
1983. Publicada en Tribuna Roja No
47 de febrero de 1984.
Amigos y compañeros:
Si algo enseña Centroamérica es que
los pueblos no podrán forjar su
ventura sin tener muy en cuenta el
concierto mundial y la época
histórica en los cuales se enmarca
ineludiblemente el desenvolvimiento
de cualquier país. Quienes desafíen
las tendencias universales del
desarrollo, hagan una evaluación
errada en dichas materias, o busquen
sustraer sus cabezas de avestruz de
las tormentas internacionales, no
evitarán que las repercusiones
internas de la refriega externa los
golpeen a la larga o a la corta.
Muchos de los contradictores del
MOIR suelen regodearse en
atribuirnos la, según ellos,
maniática inclinación de dedicar más
tiempo a las cuestiones de afuera
que a los abigarrados y
desgarradores problemas particulares
de la nación. Sin embargo, ahí están
hoy en Colombia las diversas
interpretaciones, desde las más
indiferentes e indecisas hasta las
más interesadas y comprometidas,
disputándose los favores de la
opinión pública en la palestra de la
política internacional.
A la tremolina contribuyen fenómenos
como la crisis económica de
Occidente que no pocos articulistas
califican de más aguda y extensa que
el crac de 1929, premonitorio de la
Segunda Guerra Mundial; o el
pugilato por el dominio del orbe
entre las dos superpotencias, cuyas
carreras armamentistas y
controversias verbales, cada vez de
mayor calibre, causan desasosiego a
los habitantes de los cinco
continentes; o la proliferación de
conflagraciones locales en las zonas
atrasadas, en donde las grandes
metrópolis, principalmente los
Estados Unidos y la Unión Soviética,
miden y ejercitan sus tropas en la
rebatiña por los recursos naturales
y los mercados de las neocolonias; o
los incontables brotes de rebeldía
de las naciones subordinadas en pos
de sus elementales derechos, que con
sólo estallar adquieren los alcances
de noticia de primera plana. El
criminal abatimiento de un avión
comercial de Corea del Sur con 269
pasajeros a bordo por parte de un
caza soviético, producto de la
histeria guerrerista que cunde entre
los estamentos militares del
Kremlin, y que horrorizó al mundo
entero, ha obligado, aun a los más
indulgentes, a fijar posición al
respecto, sin excluir a nuestro
Premio Nobel de Literatura, quien,
sofrenando arraigadas simpatías, se
atrevió a aseverar que no había Dios
que perdonara el genocidio. Y así,
los asuntos internacionales han ido
perturbando en tal forma nuestro
ambiente nativo que, pese a que no
hizo parte de sus ofrecimientos
electorales, el primer acto del
actual gobierno, de acendrada
alcurnia conservadora, fue anunciar
la inclusión del país en el
movimiento de los No Alineados,
decisión ante la cual la audacia de
Alfonso López Michelsen, de
matricular el partido liberal en la
Internacional Socialista de Willy
Brandt parecería una nonada. Y
frente a las impresionantes cifras
de endeudamiento de Latinoamérica,
las cuales bordean los 350.000
millones de dólares y cuyos
intereses y amortización ascienden
anualmente a 70.000 millones, una
sangría de capital inaguantable para
economías desfallecientes y
asfixiadas por la presión
estrujadora de los poderosos
emporios industriales del planeta,
¿no propuso el ex presidente Misael
Pastrana, para ponerse a tono con la
moda, la creación de un "Club de
Deudores", a fin de explorar, junto
a la asociación de los prestamistas,
la quimérica salida que mejor
convenga a los reclamos antagónicos
de unos y de otros? ¿Y el presidente
Betancur, que no acaba de sorprender
a sus conciudadanos, no resolvió
acudir inopinadamente a Contadora
para ayudar a apagar, como él mismo
afirma, la casa en llamas del
vecino, persiguiendo en el
extranjero la pacificación que no
obtiene con sus febriles y muníficos
intentos de extinguir el fuego en su
propio lar?
I
Los moiristas no
podemos más que celebrar esta
creciente internacionalización de
las luchas partidistas, porque en el
país las clases ilustradas sí siguen
el curso de los acontecimientos del
exterior, ante los cuales han
aprendido siempre a adecuar su
conducta, mientras que al vulgo
ignaro se le procura mantener
prisionero en el más estrecho
parroquialismo, alimentado
únicamente con los frutos
espirituales de las concordias y las
discordias domésticas de las dos
banderías sesquicentenarias. Más que
airearla, a Colombia los vientos
frescos de las ingentes
contradicciones internacionales la
sacuden por los cuatro costados. Y
eso está bien. En adelante va a ser
casi imposible crear cauda ignorando
las preocupaciones de las gentes por
las dolencias del mundo; en torno a
ellas cada agrupación habrá de
formarse un criterio y debatirlo.
El tema que nos ocupa,
Centroamérica, es un ejemplo típico
de lo expuesto, y nos interesa
vivamente. Desde el punto de vista
general consiste, en la repetición
en nuestro Hemisferio del
enfrentamiento que en otras
latitudes se presenta entre Moscú y
Washington por el dominio de
porciones territoriales claves. En
cuanto a la cercanía del conflicto a
nuestras playas, quiérase o no, nos
veremos involucrados directamente en
él. Quizá por esas mismas
circunstancias, es decir, porque la
contienda se efectúa en lo que hemos
dado en llamar el "patio trasero" de
los Estados Unidos y porque las
naciones del área han sufrido cual
ningunas otras en la redondez de la
Tierra los vejámenes sin cuento de
un imperialismo tan próximo, la
propaganda difundida entre nosotros
tiende a achacar a las autoridades
norteamericanas toda la
responsabilidad por el agravamiento
de la situación, exonerando a los
lejanos amos de Rusia, que actúan
taimadamente a través de La Habana y
Managua, de cualquier injerencia
bélica o apetito hegemónico. Versión
que alienta dichoso el coro fletado
de partidos y movimientos
prosoviéticos de distinto pelambre.
Pero para desentrañar los intereses
enzarzados en la pelea, descubrir de
dónde proviene la amenaza mayor,
saber qué apoyar o qué no apoyar en
el momento aconsejable, prepararse
para el desenlace previsible y sobre
todo a objeto de velar con eficacia
por Colombia y las naciones
hermanas, no hay más remedio que,
conforme lo dejamos establecido
desde el comienzo de esta
disertación, partir de un enfoque
realmente amplio, universal, y
abordar la cuestión con sentido
histórico.
En los últimos veintitantos años,
rápidos y sustanciales cambios han
terminado por alterar totalmente el
cuadro surgido en 1945 a raíz de la
victoria aliada sobre las potencias
del Eje.
Las más
significativas de tales
modificaciones son las siguientes:
1) Los sucesores de Lenin, de Nikita
Kruschev para acá, desterraron de su
vera al marxismo, y la que fuese un
día cuna de las revoluciones
socialistas triunfantes involucionó
hasta convertirse en foco de la
reacción mundial. Un nuevo y
tenebroso Estado vandálico nació de
la traición en el Oriente, que
aunque conserva el membrete de
proletario, en lugar de acogerse al
principio de la autodeterminación de
las naciones y propender a la
igualdad entre los pueblos, guerrea,
invade, arrasa, esclaviza y enfrenta
unos países a otros en sus
ambiciones inconfesables de forjar
un imperio jamás soñado. Los
artífices de la vesánica empresa
cuentan a su haber con un sistema de
gobierno despótico y férreamente
centralizado, que les permite
adoptar cualquier determinación y en
el instante que sea, sin tener que
explicar nada a nadie ni consultar
organismos representativos distintos
a un minúsculo, hierático y
hermético buró. Han logrado así
imponerles desenfrenadamente su
mayordomía a los países que giran en
su órbita, militarizar en grado sumo
la producción, alcanzar y superar a
la contraparte en armas nucleares y
convencionales y desplegar a sus
anchas en cancillerías y certámenes
diplomáticos aquel estilo intrigante
que a los Romanov hiciera célebres.
Los dividendos rendidos por dichas
ventajas hablan por sí solos. La
Unión Soviética ha asentado sus
reales en Asia, África y América
Latina; a través de sus tropas y las
de sus fantoches ocupa un buen
número de pequeñas o débiles
naciones, y por doquier cerca
puntos, pasos y cruces de valor
estratégico. Su curva es ascendente
y hasta ahora, salvo dificultades
llevaderas, las cosas le han salido
a pedir de boca.
2) Para las repúblicas de Europa
Occidental y el Japón quedaron muy
atrás, sepultos en la memoria, los
duros períodos iniciales de la
posguerra, y hace rato ya que
emergieron con sus industrias
restauradas, sus productos altamente
competitivos y sus melancólicos
proyectos de demandar un papel
relevante en el drama universal
protagonizado por las notabilidades
del Kremlin y de la Casa Blanca. Aun
cuando con la concurrencia económica
acicatean la crisis capitalista
mundial y atentan contra los
rendimientos de los Estados Unidos,
la seguridad de tales países, puesta
en vilo por el acecho soviético,
sigue estando del lado de
Norteamérica, su aliado reconocido.
Lo cual no obsta para que de tarde
en tarde metan cuña en los pleitos
entre los mandamases del Este y del
Oeste y traten de sacar tajada.
3) Las naciones del bautizado Tercer
Mundo, que copan preferentemente las
regiones del Sur y albergan tres
cuartas partes de la población del
orbe, atraviesan el tramo más
azaroso de sus precarias
existencias: su Producto Bruto
decrece antes que incrermentarse;
con el ahondamiento de la crisis
económica sus deficientes
mercaderías carecen de compradores
dentro y fuera de sus fronteras,
mientras los grandes consorcios
foráneos redoblan la explotación
tanto de sus materias primas
fundamentales como de su trabajo
nacional, y la voluminosa deuda
externa, 650.000 millones de dólares
según los estimativos menos
alarmistas, con su gravoso servicio
y el correspondiente déficit de
divisas, acaba por diluir cualquier
entelequia de prosperidad bajo las
antiguas relaciones de producción
imperantes en aquellas repúblicas de
segunda clase. Las angustiosas
urgencias sociales que semejantes
condiciones originan, al igual que
los legítimos anhelos por una
independencia, una soberanía y una
democracia efectivas y no formales,
precipitan revueltas y revoluciones
como no sucede en la otra mitad
septentrional de la pelota
terráquea. Sin embargo, estas
crepitaciones de genuina raigambre
popular son por lo común manipuladas
por los socialimperialistas
soviéticos dentro de sus planes de
expansión, para lo cual recurren a
su engañosa careta socialista y a su
sibilino lenguaje en solidaridad con
las luchas libertarias de las masas
insurrectas. ¡He ahí uno de los
rasgos inconfundibles de la época!
4) Finalmente, Estados Unidos, hace
35 años la estrella más brillante
del firmamento capitalista y cuya
preeminencia en la Tierra no conocía
mengua, se hunde lenta pero
inexorablemente en el ocaso,
pugnando en vano por evitar la
disgregación de sus vastos dominios
imperiales y esforzándose en extremo
para que sus dictámenes, otrora
irrecusables, sean cumplidos por sus
servidores y respetados por sus
oponentes. Tres males minan de
continuo su vitalidad: los
movimientos de liberación nacional
de los pueblos sometidos a su égida,
la competencia económica de las
repúblicas occidentales
desarrolladas y el expansionismo
ruso que se nutre de los países que
le va entresacando del redil. La
suma de las transformaciones
anteriormente referidas ha dado por
resultado un vuelco radical en la
correlación de las fuerzas
mundiales. La Unión Soviética se ha
adueñado de la supremacía y de la
iniciativa; y, como sus miras
colonialistas de nuevo cuño no
llegarán a cristalizarse más que a
costa de la progresiva languidez de
las viejas metrópolis, en el litigio
le corresponde la función del
agresor, el agente activo que
arremete con el propósito de
menoscabar las potestades extrañas a
las suyas y de arrancar poco a poco
las extensiones colocadas de
antemano bajo el vasallaje de
aquéllas. De no proceder, ninguna
concesión le será otorgada
graciosamente. Debido a ello se ha
hecho merecedora del sambenito que
en el pasado le acomodaran los
chinos, de ser el enemigo número uno
de la paz mundial. Por el contrario,
a Estados Unidos lo que más le
conviene, si ello fuera factible, es
que se mantenga el statu quo. Pero
no. Un análisis global demostrará
que en todas partes pierde terreno y
se bate en retirada. Aunque haya
enviado últimamente una
controvertida cantidad de soldados
al exterior no significa que saltará
de la defensiva a la ofensiva;
simplemente se esmera en preservar
lo que a él, a justo título, tampoco
le pertenece.
El rompecabezas centroamericano
habremos de encararlo a la luz de
las conclusiones arriba descritas, o
en otras palabras, se debe encuadrar
en las realidades del mundo y de su
tiempo. Las agrupaciones políticas
que por razones prácticas o motivos
de acomodación se empecinen en
destacar solamente unos cuantos de
los múltiples aspectos que abarca el
problema le inferirán severos daños
a la causa de la libertad y de la
democracia; bien los que sacrifiquen
el futuro al presente paliando los
enormes peligros que implica la
presencia del hegemonismo
socialimperialista en el área, bien
los que por temor a los riesgos
derivados de la contienda maticen
las penosas condiciones de vida
preexistentes en las naciones
subyugadas.
II
Hasta dónde nos
hallamos ligados a las vicisitudes
del quehacer internacional lo
registran los propios albores de
nuestros pueblos. Luego del
Descubrimiento, al Norte del Río
Grande arribó la emigración más
avanzada de entonces a colonizar
unos parajes apenas habitados por
aborígenes que en su retardo
evolutivo no pasaban del estadio
superior del salvajismo, de acuerdo
con la sinopsis de Lewls H. Morgan,
en tanto que al Sur vinieron los
representantes de las formas más
atrasadas de producción de Europa, a
disponer de unas tierras cuyos
bárbaros propietarios ya habían
conseguido, entre sus hazañas,
cultivar. Este hecho paradójico, el
que lo aventajado del viejo mundo se
tropezara con lo rezagado del nuevo,
y viceversa, selló la suerte de las
dos porciones tan dispares y tan
encontradas de América. En lo que
después sería Estados Unidos, los
colonos, con una mano de obra
salvaje no utilizable, tuvieron
ellos mismos que descuajar los
bosques y hendir los surcos, hasta
ver florecer a la postre un
capitalismo puro, exento de las
interferencias de sistemas caducos
heredados a los que fuera necesario
barrer, como le tocara a la
burguesía europea en sus batallas
por el desarrollo. Idéntica
afirmación cabe para las normas
democráticas de organización social,
cuyas embrionarias encarnaciones
comenzaron allí a manifestarse desde
un principio y a facilitar las
actividades productivas. En cambio,
el rancio coloniaje monárquico, de
severo molde absolutista y al que
prácticamente le correspondiera
fundar a Latinoamérica, trasplantó
intacto aquí el régimen feudal, dada
la feliz coincidencia de que se
toparía con una abundante población
indígena apta para la agricultura y
las labores manuales, a la cual,
además de evangelizar, transformaría
en siervos de la gleba. Sobre la
mita, la encomienda y el resguardo
reverdecieron las obediencias
jerarquizadas, los tributos y
prestaciones personales, la justicia
inquisitorial y el resto de
instituciones de una sociedad que
allende el océano exhibía síntomas
inequívocos de senectud, pero que
bajo nuestros cielos tendría mucho
por vivir, hasta el punto de que al
cabo de los siglos aún observamos
sus vestigios saboteando la marcha
del progreso.
Vertiginosamente Norteamérica
adelantaría, y pronto haría sentir
también su influjo bienhechor con su
Declaración de Independencia,
convenida en 1776 y enfilada en
general contra la monarquía y la
divinidad de los reyes; documento
consagratorio de los preceptos de la
democracia burguesa, cuyos derechos
humanos, presididos por la sonada
máxima de que "todos los hombres son
creados iguales", estaban llamados a
contribuir, durante decenios, con la
revolución mundial, y, de contera,
con las gestas de emancipación de
las colonias españolas. Bastante
transcurrida la centuria pasada la
semblanza estadinense todavía seguía
infundiendo entusiasmo a las luchas
progresistas de los distintos
países. La Guerra de Secesión,
concluida en 1865 con la
refrendación de la libertad de los
esclavos negros, recibió el
fervoroso apoyo de las corrientes
revolucionarias, especialmente de
los obreros europeos.
No obstante, en vísperas del siglo
XX, junto a una banca omnipotente,
reguladora de los engranajes
industriales puestos a la sazón bajo
sus arbitrios, irrumpen los
gigantescos monopolios, suprema
expresión de la concentración del
capital, los cuales estiman
demasiado angostos sus linderos
fronterizos y han de hacer de la
rapiña una divisa, renegando de las
sanas tradiciones y trastornando la
mente de la gran nación de
Jefferson. La guerra contra España,
en 1898, su primera confrontación
netamente imperialista, no se
emprendió ya en aras de las
cláusulas de "no colonización" de la
Doctrina Monroe, sino al revés, para
apropiarse de lugares ajenos, como
lo llevó a cabo aquel año el
gobierno de McKinley con Filipinas,
Guani y Puerto Rico. Contra Cuba,
asimismo arrancada de la corona
ibérica, expidiose más tarde la
oprobiosa Enmienda Platt por la cual
se coartaba su soberanía y quedaba
Estados Unidos facultado para
entrometerse en los asuntos de la
Isla cuando le pluguiera.
Sobrevendría de igual modo la
desmembración de Panamá de Colombia,
con el propósito de construir en el
Istmo el canal interoceánico que los
franceses no fueron capaces de
materializar. Y posteriormente la
habilitación de las interminables
tiranías castrenses tipo Carías,
Martínez, Ubico, Somoza, Trujillo,
Duvalier, respectivamente de
Honduras, El Salvador, Guatemala,
Nicaragua, República Dominicana y
Haití, para sólo señalar unas pocas
de las muchas que han soportado las
masas escarnecidas y apaleadas de la
América Central y el Caribe. Y los
tratados leoninos sobre diversos
tópicos, dirigidos a garantizar
franquicias para las inversiones,
los consorcios, las mercancías o los
empréstitos procedentes de la
metrópoli recién configurada. Y las
repetidas conferencias
panamericanas, gestoras del sistema
del mismo nombre pero bajo la batuta
de Washington, preferencialmente la
IX, celebrada en Bogotá durante los
días aciagos del asesinato de Gaitán
y que diera vía a la Organización de
Estados Americanos, la inefable OEA,
tildada por algunos como el
”ministerio de colonias yanqui”. Y
las intervenciones militares
contabilizadas por docenas en el
Hemisferio, entre las que vale la
pena recordar la de 1914, en el
puerto de Veracruz, México, a fin de
presionar la dimisión del presidente
Victoriano Huerta; la de 1926, en
auxilio del títere nicaragüense
Adolfo Díaz; la de 1954, para
derrocar el gobierno guatemalteco de
Juan Jacobo Arbenz; la de 1961,
fallidamente contra la revolución
cubana, y la de 1965, tras el
objetivo de aplastar al
insubordinado coronel Francisco
Caamaño, en Santo Domingo.
La metamorfosis de la república
estadinense en una potencia
imperialista se había consumado
definitivamente. Dejemos referir al
Washington Post, en editorial
publicado preciso en los
preliminares de la guerra de 1898,
cómo percibió aquella transmutación
en los momentos históricos en que se
estaba efectuando: "Una nueva
conciencia parece haber surgido
entre nosotros -la conciencia de la
fuerza- y junto con ella un nuevo
apetito, el anhelo de mostrar
nuestra fuerza... El sabor a imperio
está en la boca de la gente, lo
mismo que el sabor de la sangre
reina en la jungla".1
Los partidos vergonzantes del
caudillaje estadinense acostumbran
argumentar que los humos despóticos
del opulento poder del Norte,
notoriamente ostensibles en variadas
fases de su ulterior etapa
hegemonista, han dependido más de
las malas entrañas de determinados
mandatarios que de la índole del
sistema imperante. Censuran, por
supuesto, las tropelías del "gran
garrote" de Teodoro Roosevelt, o la
"diplomacia del dólar", llevada al
apogeo por la administración de
William Taft, mientras se deslíen en
elogios hacia los ofrecimientos de
"Buena Vecindad" del segundo
Roosevelt, los programas de la
"Alianza para el Progreso" de un
John F. Kennedy e incluso hacia las
intenciones de "buen socio"
esbozadas por el frustrado Richard
Nixon. Sin embargo, este aparente
doble cariz, o esta duplicidad,
fuera de indicarnos que las
formalidades de la democracia no
simbolizan un impedimento insalvable
para la explotación económica de los
monopolios, nos confirma que los
Estados Unidos se acogen con pericia
y sin reconcomios a los métodos
blandos o a los duros, con tal de
sacarles jugosos gajes a sus nexos
extraterritoriales.
Así como el capitalismo
norteamericano nació incontaminado,
sin las trabas de modos productivos
remanentes que le obstaculizaran el
crecimiento, su ciclo imperialista,
desde sus preámbulos, se ha
diferenciado de los otros en la
predisposición a valerse de los
instrumentos democráticos para
afianzar y adornar sus expugnadoras
pretensiones. En lo transcurrido del
siglo menudean las profesiones de fe
de los ocasionales inquilinos de la
Casa Blanca en los hábitos
republicanos de gobierno y en las
excelsitudes de la soberanía y la
autodeterminación de las naciones, a
lo Woodrow Wilson, el presidente del
partido demócrata que se creía
obligado a impartir instrucción a
los analfabetos políticos del
Continente sobre cómo interpretar
las constituciones y escoger
eficaces estadistas; y quien, dentro
de su pedagógica misión, proclamó
para Latinoamérica el advenimiento
de la "Nueva Libertad", por la cual
habría de ir hasta la agresión
armada contra Nicaragua, Haití y
República Dominicana, sin contar la
ya mencionada contra México. Y sus
famosos Catorce Puntos sobre la paz,
tras cuyos derroteros participó
Norteamérica en la primera guerra
por el reparto del globo, convocaban
a un entendimiento universal que
concediera "garantías mutuas de
independencia y de integridad
territorial a Estados grandes y
pequeños por igual". Análogos
supuestos de convivencia civilizada
y democrática entre los países se
consignaron en la Carta del
Atlántico, el pacto programático con
que, dos largas décadas después,
acometieron en la segunda
conflagración las fuerzas aliadas
bajo el liderazgo de los Estados
Unidos. El panamericanismo no es más
que el compendio de tales
postulados, entretejidos paso a paso
y al compás de los vaivenes
hemisféricos, y que históricamente
arrancó con la negativa inicial de
los jerarcas de Washington a
reconocer los mandatos de facto
surgidos de la inobservancia de las
regulaciones constitucionales, hasta
concluir en la condena expresa, por
lo menos en el papel, de cualquier
intervención de una nación en los
fueros de otra. Además de responder
a los designios de convertir el
Caribe en un mar norteamericano y a
todo el “patio trasero” en soporte
para la dominación mundial, el
corolario que adosara Teodoro
Roosevelt a la Doctrina Monroe por
allá en 1904, anunciando que sus
deberes de ángel guardián de América
podrían forzarlo a "ejercitar la
política de policía internacional",
ha consistido asimismo, desde los
preludios del imperio hasta hoy, en
el pobre intento de encubrir la
voracidad de los Estados Unidos con
la cruzada rediviva por proscribir
de estas tierras de Colón los
enclaves coloniales. Intento no sólo
pobre sino opcional, porque, cual
ocurrió con la cruenta andanada de
Gran Bretaña contra Argentina por la
retención de las Malvinas, las
autoridades estadinenses no vacilan
en terciar en beneficio de viejas
formas de opresión nacional, y
reivindicadas por señoríos
procedentes de otras latitudes, cada
vez que los afanes del momento así
lo dictaminen.
En todo caso las relaciones
expoliadoras implantadas por los
Estados Unidos fueron harto
distintas a las que
consuetudinariamente rigieron en el
mundo y que en la actualidad se
hallan casi extinguidas por
completo. Se trata del
necolonialismo, como insistimos en
denominarlo con la finalidad de
distinguirlo. Es el desvalijamiento
moderno que no precisa de
virreinatos o protectorados de
ninguna especie para llevar a feliz
término la labor depredadora. Aun
cuando eche mano de los cuartelazos,
las invasiones y las tomas
territoriales, dentro de su
inclinación natural a esgrimir
escuetamente la represión siempre
que sea indispensable, tolera la
independencia política, la república
y los gobiernos elegidos por
sufragio, pues sus ganancias
espectaculares y especulativas,
inherentes al capitalismo
monopólico, estriban antes que nada
en la exportación de capitales desde
los centros desarrollados a la
periferia relegada. Mediante las
inversiones directas y los
empréstitos los países pudientes
despojan a los menesterosos de sus
recursos naturales, acaparan sus
mercados, inspeccionan y reglamentan
sus economías. Los funcionarios, los
legisladores, los magistrados caen
prisioneros en las redes del
soborno, o capitulan ante las
desalmadas e ineludibles presiones
pecuniarias. Si no que lo desmienta
México, cuya fachendosa burocracia
posaba de libérrima y patriótica
hasta cuando el Fondo Monetario
Internacional, con sus inapelables
requisitos para la renegociación de
la deuda pública, vino a postrarla
de hinojos y a dejarla en cueros
ante la mirada estupefacta de los
miles de millones de moradores del
planeta. 0 que lo atestigüen, para
no ir muy lejos, los gerentes de
nuestras entidades del ramo que no
atinan a explicarle a la desfalcada
y confundida opinión colombiana los
motivos de las escandalosas alzas en
las tarifas de los servicios, hechas
por conminación de las agencias
prestamistas y a contrapelo de las
promesas comiciales del Movimiento
Nacional.
Por eso, los portavoces de las
corrientes reformistas que abogan
por la restauración de las viejas y
consabidas formulaciones
democráticas, cual panacea para los
padecimientos del Tercer Mundo,
aunque se sientan muy convencidos de
la bondad y del progresismo de sus
reclamos, lo cierto es que no han
avanzado un ápice respecto a las
recetas que de buen grado aceptarían
las oligarquías imperialistas
contemporáneas y que de suyo ya han
prescrito en sus documentos más
solemnes. Las libertades ciudadanas
que logren disfrutar los pueblos
exaccionados les facilitarán sus
luchas por una autodeterminación
auténtica y cabal, pero por sí solas
no configurarán barrera alguna que
impida la explotación económica de
los conglomerados supranacionales.
Frecuentemente las metrópolis
aplauden el independentismo del que
hacen alarde muchos de los
gobernantes de sus neocolonias y
hasta reciben con mansa resignación
las críticas que éstos expresan
sobre diversos aspectos de su
conducta en el concierto
internacional, con tal que se les
asegure el curso boyante de sus
negocios. Con arreglo a ello
acostumbra a obrar, verbigracia, el
impredecible señor Betancur, quien
en sus discursos se reserva la
licencia de reprender a su colega
Ronald Reagan por uno que otro
desatino, sin dejar por eso de
abrumar con prebendas a los
inversionistas extranjeros, o de
tramitar, acucioso, la solicitud de
mayor injerencia del Banco
Interamericano de Desarrollo, el
BID, uno de los entes directamente
responsables del retraso, los
desequilibrios y el caos en la
construcción material de nuestras
naciones. Y después de tantas
vueltas y revueltas, la acariciada
paz de Centroamérica, como se deduce
de los pronunciamientos del Grupo de
Contadora y de las intervenciones
del presidente colombiano con
ocasión de su reciente viaje al
exterior, resultó que, en última
instancia, depende, de un lado, del
retorno a un panamericanismo
remozado, y del otro, del incremento
de la "ayuda" de la banca mundial y
de una más activa participación de
los grandes trusts, dispensadores de
la tecnología y de las posibilidades
de empleo, conforme al criterio de
las mismas fuentes.2 Diagnóstico que
sospechosamente coincide con las
propuestas por las que viene
intercediendo de tiempo atrás el
inconmovible y metalizado congreso
estadinense. Dentro de semejante
contexto el discurrir de los países
latinoamericanos ha sido una
pesadilla de necesidades
desatendidas, de anhelos
irrealizables, de frustraciones
traumáticas. No obstante que la
mayoría naciera a la vida
republicana hace más de siglo y
medio, muchísimo antes que los
jóvenes y depauperados Estados de
Asia y África, ni la emancipación
obtenida, ni la superestructura
constitucional adoptada, se
tradujeron en un efectivo
desarrollo. La organización
democrático-representativa de sus
sociedades, distante de implicar la
instauración del capitalismo como
era de esperarse, en lo fundamental
mantuvo indemnes, bajo la corteza
burguesa, las enquistadas formas de
producción peculiarmente feudales,
las cuales sólo acusan conatos de
claro deterioro en las postrimerías
del siglo XIX. Empero, cuando
circulan los primeros capitales y se
incuban los incipientes procesos
fabriles, una nueva y pesada carga
desciende sobre los hombros de
nuestras patrias, un flagelo que
comprometería indefinidamente su
bienestar, el desvalijamiento
imperialista del que ya hemos
hablado. En sus informes de oficio
los gobiernos estilan pintar color
de rosa cualquier conquista pírrica
dentro del crecimiento raquítico, y
a debe, cual lo definiera alguien
con perspicacia; mas la constante es
la parálisis, o el retroceso, a
juzgar por los datos más frescos y
veraces profusamente divulgados.
¿Quién osa rebatirlo? La inflación
de dos y hasta de tres dígitos de
porcentaje, la quiebra masiva de
empresas, la no utilización de parte
considerable de la poca capacidad
instalada de la industria, el
decaimiento incurable de las
actividades agropecuarias, la
explosiva desocupación, el déficit
fiscal crónico, el endeudamiento
llegado a topes insoportables, etc.,
evidencian un panorama
latinoamericano nada halagüeño,
luego de tantos augurios fallidos y
de tanta retórica. Y si a esto
añadimos la marcada preferencia de
los epicentros del poder a descargar
la crisis económica que acogota a
Occidente sobre los ciento y pico de
países desheredados de la fortuna,
calaremos a plenitud la gravedad de
la hora.
De ahí que el pueblo de América
Latina haya escrito las más hermosas
páginas de insumisión, pues al igual
que en la novela heroica "el hambre
devoradora le persigue sobre la
tierra fecunda". Los
revolucionarios, los demócratas y
los patriotas sinceros de las
distintas nacionalidades le
brindarán unidos el respaldo
irrestricto hasta ver coronadas por
el éxito sus ansias de libertad; no
la libertad santificadora de la
extorsión económica, sino la fundada
en los atributos de las naciones
soberanas que usufructúan y definen
a satisfacción sobre sus riquezas y
sobre el trabajo de sus gentes.
III
Con todo y las
complejidades, hasta aquí ha habido
una comprensión gradual de los
entresijos de nuestra segunda
independencia. Las felonías, los
excesos de confianza y las
contemporizaciones oportunistas
cunden en lo tocante a las
asechanzas de la superpotencia de
Oriente. Unos sectores consideran
insustituibles las emponzoñadas
solidaridades del
socialimperialismo: están
representados por los regímenes de
este bloque y sus epígonos. Otros se
inclinan por el aprovechamiento
táctico de la intromisión rusa para
obtener el triunfo: son los ingenuos
que piensan expulsar primero a los
Estados Unidos y luego deshacerse de
la Unión Soviética. Y un tercer
segmento busca medrar en medio de la
borrasca; lo constituyen aquellos
que le prenden una vela a Dios y
otra al diablo para ganar
indulgencias políticas.
Bajo ninguna circunstancia hemos
admitido que las diligentes
gestiones de Moscú y de La Habana
alrededor de Centroamérica sean
catalogadas de fiables y mucho menos
de fraternas. Cierto es que, fuera
de la férrea tenaza con que
apercuella al gobierno cubano, al
que recompensa con miserables
bonificaciones monetarias por sus
menesteres mercenarios en otras
latitudes, allí, en los litorales
del Mar Caribe, la dirigencia
soviética no ha tenido ni el tiempo
ni el espacio para hacer sentir
ampliamente su catadura
expansionista. Lo cual desde luego
no significa que sus tejemanejes no
riñan de manera tajante con las
nociones más elementales de la
democracia y con los principios del
socialismo. No se puede aguardar a
que esta despiadada satrapía que
arrasa a sangre y fuego a la nación
afgana y empuja al ejército
marioneta de Viet Nam a exterminar a
los pueblos kampucheano y laosiano,
acate la soberanía y demás derechos
inalienables de guatemaltecos,
salvadoreños y nicaragüenses. ¿Acaso
el despotismo se comporta de un modo
en Asia y de otro en América? ¿O los
postulados democráticos son
fraccionables, diferibles y tienen
un valor contrapuesto de un
meridiano a otro? ¿U obligan para
todos menos para unos? No suena
coherente. Las ocupaciones de
países, efectuadas donde fuese y so
pretexto de colaborarles en sus
bregas de liberación nacional, sacar
avante las tareas socialistas, o
tras cualquier otro móvil, por
humanitario y filantrópico que
parezca, únicamente conducen a
escindir la necesaria armonía de los
pueblos y a exacerbar las tensiones
internacionales. A la inversa de
cuanto han venido pregonando los
adocenados partidos comunistas, los
más leves atropellos contra la
independencia de los Estados y la
autodeterminación de las naciones,
infligen heridas graves a la
cooperación internacionalista tan
cara para las masas trabajadoras del
orbe entero.
Fidel Castro nos proporciona un
testimonio bastante elocuente de
cómo se adecúa el concepto a la
práctica, o mejor, de cómo se
envilece la teoría para legitimar
los sanguinarios desmanes de la
Santa Rusia posmarxista. En agosto
de 1968 las unidades del Pacto de
Varsovia tomaron por asalto a
Checoslovaquia, y no obstante
acusarse a Occidente por los signos
degenerativos detectados en aquel
miembro del bloque, era imperioso
ofrecer una exculpación, con ribetes
de credibilidad, de un acto a todas
luces atentatorio de la integridad
de un país supuestamente libre. El
Comandante en Jefe, que por entonces
ya había escogido padrastros, lo
intentó dentro de esta lógica: "A
nuestro juicio la decisión en
Checoslovaquia sólo se puede
explicar desde el punto de vista
político y no desde un punto de
vista legal. Visos de legalidad no
tiene francamente, absolutamente
ninguno". La infracción de lo legal,
que no tuvo más remedio que
reconocer, simboliza la burla del
precepto de la autodeterminación
nacional de los países; y el
incentivo político, o sea la
justificación, radica en los
objetivos revolucionarios. Y lo
afirma expresamente: "Lo que no
cabría aquí decir es que en
Checoslovaquia no se violó la
soberanía del Estado checoslovaco. (
... ) Y que la violación incluso ha
sido flagrante". Pero aquélla
-completa Castro- "tiene que ceder
ante el interés más importante del
movimiento revolucionario mundial y
de la lucha de los pueblos contra el
imperialismo".3
Traemos a colación los pasajes de un
litigio añejo ya de quince años
porque la doctrina sentada en él ha
repercutido enormemente en los
acontecimientos posteriores, y,
además, no la compartimos.
Ajustándose a ella Cuba ha enviado
durante un lapso relativamente corto
alrededor de 100.000 soldados a
campear en el continente negro. En
la actualidad mantiene en Angola,
como se sabe, 20.000 hombres, cuyo
desembarco, ocurrido en junio de
1975, marcó el inicio propiamente
dicho de la ofensiva militar
estratégica de la URSS por el
apoderamiento del planeta. En el
Cuerno de Africa están instalados
sólo unos pocos escuadrones menos,
con la orden de sostener el régimen
de Mengistu, hostigar a Somalia y
combatir a los patriotas eritreos.
Hay también asesores y contingentes
procedentes de la isla caribeña en
Yemen del Sur, Mozambique,
Guinea-Bissau y el Congo, amén de
los que menudean en Granada y
Nicaragua. Tamaño despliegue bélico,
realizado en una extensión tan
dilatada, a tantos miles de
kilómetros de distancia de su base
de origen y activado por una pequeña
nación -la tercera parte de los
habitantes de Colombia y un décimo
de su territorio-, que pasa apuros
en las lonjas internacionales para
vender su azúcar de país
monoexportador, no se comprendería
sin la asistencia financiera de sus
asistentes militares. García
Márquez, en un gesto que habla bien
de su calidad de amigo pero no de su
vocación por la economía, juró que
la misión expedicionaria sobre
Angola "fue un acto independiente y
soberano de Cuba, y fue después y no
antes de decidirlo que se hizo la
notificación correspondiente a la
Unión Soviética".4 No hubo quién
tomara en serio estas frases. Ni
siquiera el escritor, que pronto las
habría de olvidar, pues con motivo
de su controvertido exilio y
refutando las sindicaciones de los
mandos castrenses contra La Habana
acerca de la incautación de un
cargamento de armas del M-19, aclaró
perentoriamente: "Los cubanos no
tienen plata para darle a nadie ni
un fusil de esos que vinieron ahí".5
La deducción es obvia e irónica. Los
procónsules del "primer territorio
libre de América", con el sostén y
la coyunda de los soviéticos, se
pasean por el cosmos hollando
fronteras ajenas, ungiendo gobiernos
obsecuentes, disciplinando a los
opositores que se atrevan a
rechistar. Insólito, por lo demás,
que ese extraño proceder se pretenda
pasar con el rótulo de
revolucionario. Nosotros nos
identificamos en el pasado con las
pegajosas proclamas de los
vencedores de la Sierra Maestra y
apoyamos en la medida de nuestras
capacidades sus desvelos por
edificar una patria digna y
próspera. Dimos incluso un margen de
espera prudencial cuando desde
finales de la década del sesenta nos
percatamos del giro de La Habana en
honor de las apetencias del Kremlin.
Mas a mediados de 1975, consumada la
invasión del Estado africano que
acababa de desembarazarse de cinco
siglos de coloniaje portugués, no
había duda: la comandancia de la
Isla cumpliría su triste destino de
condotiero del socialimperialismo,
más o menos como las soldadescas
reclutadas en la India o Nueva
Zelanda contendían tras las enseñas
de Su Majestad en los esplendores
del imperio británico. No cejaremos
en la condena de los autodenominados
"socialistas reales" que se
enseñorean impunemente en suelo
extranjero. Atrás recordábamos que
los presidentes norteamericanos
instruían a bala a las repúblicas
inermes sobre cómo habituarse a la
democracia y a la independencia; hoy
los primeros ministros del bando
contrario lo hacen para predicar y
explayar el socialismo. Pero pueblo
triunfante que le impone la
felicidad a otro pueblo compromete
la victoria y forja sus propias
cadenas. ¡Quisling jamás será un
Martí!
Acreditan ponerse en tela de juicio
los propósitos de aquellos que
protestan airadamente por la
presencia estadinense en
Centroamérica pero hacen caso omiso
de los crímenes cometidos por los
soviéticos y sus seguidores contra
la integridad y las intransferibles
prerrogativas de las naciones
débiles. Para esos falsos apóstoles
de la transformación social,
llámense revolucionarios, comunistas
o socialistas, digámoslo en vía de
ilustración, no se justifica ni una
nota desaprobatoria ante el
vandalismo vietnamita en Indochina,
donde, de los cinco millones de
seres del pueblo de Kampuchea,
cientos de miles han sido segados
sin contemplaciones. La fraternidad
internacionalista tampoco es
divisible. Tanto merecen laborar en
paz y decidir sin tutorías foráneas
sobre su buena o mala ventura los
cuatro millones de salvadoreños como
los veinte millones de afganos. Y
convertir los movimientos de
liberación nacional del Tercer Mundo
en mascarones de proa del
expansionismo soviético, consiste,
mondo y lirondo, tal cual lo hemos
venido señalando, en un trueque de
amos. La Junta Sandinista de
Reconstrucción Nacional, al
alinearse con Moscú y servirle de
cabeza de playa en la región, no
sólo enajena su voluntad sino que
reduce a Nicaragua al lamentable
estado de ficha cambiable o comible
en el ajedrez internacional. La
autocracia socialimperialista
negociará la distribución de las
influencias mundiales de acuerdo con
lo que aconsejen sus maniobras
políticas y militares y no conforme
lo deseen sus majaderos mandaderos.
Imaginar con pueril candidez que
asordinando la denuncia y admitiendo
la peligrosa protección moscovita
las agrupaciones independentistas
enfrentan los presentes desafíos sin
mayores riesgos, pues ya se darán
trazas para salir de la trampa y
eludir las celadas, es desconocer
supinamente las superioridades de un
imperio pujante, en formación, que
cuenta por añadidura con la no
despreciable ventaja de franquear
puertas y marear cabezas con su
etiqueta socialista. Hoy por hoy el
Kremlin dispone de avanzadillas muy
firmes y muy dóciles en todo el
globo. Además de las indicadas,
sobresalen el Estado sirio que
actualmente retiene con 60.000
soldados la mitad del Líbano, a
través del cual las huestes de
Andropov ponen fuerte baza en la
partida por el Medio Oriente, y el
predestinado coronel Gaddafi, en el
Norte de África, quien se adueñó de
parte del Chad, alistando y armando
a una facción disidente de ese país,
y quien también intriga, conspira e
interviene donde pueda, incluida
Centroamérica, cual si fuera el
Robin Hood del mundo.
Si echamos una cuidadosa ojeada a
los últimos veinte años
registraremos la arremetida de la
URSS y su adelantamiento respecto de
Occidente en disímiles aspectos.
Mientras aquella ha militarizado su
economía en grado sumo, atiborra su
arsenal con dispositivos nucleares y
convencionales y se trasmuda en un
proveedor de armamentos de primer
orden, a las viejas metrópolis les
toca vérselas con mil obstáculos,
desde arrostrar los ruidosos
movimientos pacifistas que le
coartan el poder de decisión, hasta
estirar al máximo los presupuestos
minados por la recesión económica,
para conservar simplemente un
precario equilibrio en la capacidad
de fuego de los dos bandos. Más de
una veintena de países, unos
mediante las artes persuasivas de la
maquinación y del halago, otros como
fruto de la violencia, han caído en
las zarpas del oso, y le permiten
directa o indirectamente a esta
superpotencia un considerable margen
de acción en su calculada y
arrasadora campaña expansionista.
Tan inobjetable será la tendencia
histórica, que los Estados Unidos se
muestran impotentes para encinturar,
en las inmediaciones de sus
linderos, la sublevación
centroamericana, acorralados por el
descontento popular, las
desavenencias políticas internas,
las intromisiones soviéticas y hasta
por el peso de un pasado acusatorio
que no olvidan las gentes. Y el
señor Miterrand, en detrimento de la
descabalada estampa de su socialismo
pluralista, tuvo que trasladar sus
tropas en auxilio del gobierno del
Chad, con el fin de proteger los
codiciados intereses franceses en el
África, siendo que no contempla muy
complacido el traslado que de las
suyas ha hecho el presidente Reagan
a Honduras en trance similar. En
suma, Occidente ejecuta esfuerzos
más desesperados que eficaces por
mantener la cohesión y frenar a su
engrandecido oponente, en una
atmósfera en la cual las
contradicciones internacionales
suben de temperatura en cuestión de
meses y los pueblos neocolonizados,
resueltos a romper las cadenas, no
olfatean los vientos que delatan a
la fiera agazapada del Este. Por
ende, postergar para un futuro
preñado de incertidumbres el
esclarecimiento público y
sistemático acerca de la amenaza
principal, y peor aún, unirse a ella
en la creencia de conseguir birlarle
el botín, denota una inocencia digna
de tiempos menos escabrosos.
No quisiera concluir esta exposición
sin referirme, así sea de pasada, a
un comportamiento político que ha
venido haciendo carrera en Colombia
últimamente, sobre todo en los
círculos dominantes. Trátase del
brochazo izquierdista, al que cada
vez recurren más quienes han perdido
lustre en los ajetreos de la lucha y
no encuentran otro medio de
recomponer su figura que mostrándose
benévolos con algún requerimiento o
gesto de intimación del gobierno
cubano, obviamente después de dejar
sentada la explícita y ritual
constancia del abismo ideológico que
los separa de aquél. Este artilugio,
copiado de los mexicanos, posee la
milagrosa virtud de resguardar por
un rato de las críticas, aunque se
haya incurrido en desafueros o se
haya asumido actitudes cavernarias
en otras materias. No sabría
precisar si fue el presidente López
Michelsen quien primero lo utilizó,
pero sí lo puso de moda. Cuando
Fidel Castro sostiene en La Habana,
como lo hizo: "López es un burgués
progresista", eso se refleja
propiciatoriamente en las urnas, o
se reflejaba.
La conveniencia de recibir del campo
adversario semejantes consagraciones
incide más de lo que se supone en la
elaboración de las directrices
oficiales, en especial en el período
que transcurre, pues los
conservadores, o por lo menos la
fracción belisarista, han
redescubierto esta fórmula mágica
con la que los liberales ganaban
puntos en las encuestas de opinión,
defendiendo, desde luego, el
panamericanismo y demás fundamentos
del mundo occidental y cristiano, a
la par que se coquetea a distancia
con las fuerzas rivales acantonadas
en la otra orilla. Esto explica la
manera condescendiente como se han
solido absolver las pretensiones de
los recaderos del socialimperialismo
contra Colombia, en el caso de los
inesperados y contumaces reclamos de
la Junta de Nicaragua sobre San
Andrés y Providencia y en las
intentonas de Cuba de sembrar
nuestro territorio de destacamentos
armados, cual lo reconociera su
Primer Ministro sin el menor embozo
y ante la presencia de una gloria de
nuestras letras, un ex presidente y
una decena de periodistas
colombianos, quienes prácticamente
asintieron con el otorgamiento de su
silencio.6
De modo similar se ha venido
concibiendo la inclusión de Colombia
en el grupo de los países No
Alineados, no como el camino para
hacer valer una posición
genuinamente independiente y neutral
en la disputa de las superpotencias,
sino como el conducto de
complacerlas a ambas en lo que fuere
indispensable. En nombre de la
pacificación, en San José de Costa
Rica el canciller Rodrigo Lloreda
firma la Iniciativa para la Cuenca
del Caribe ideada por la Casa
Blanca, y para no malquistar a la
contraparte, se deposita en la ONU
un voto a favor de la candidatura de
Nicaragua al Consejo de Seguridad.
Sin embargo, ni las ambigüedades, ni
las acomodaticias oscilaciones de un
extremo al otro, reportarán nada
positivo para la convivencia
internacional y el derecho a la
irrestricta autodeterminación de las
naciones. Azuzan, por el contrario,
la codicia de los expansionistas que
intuirán en tales piruetas una
disimulada e insinuante invitación a
que prosigan con sus componendas y
provocaciones.
En Centroamérica, análogamente a lo
que acontece en las otras zonas en
conflicto, al lado de las viejas
dolencias, han surgido problemas
nuevos. Entre los primeros están la
explotación económica de los
consorcios foráneos, el atraso, la
miseria y la falta de una democracia
efectiva. Entre los segundos se
cuenta la irrupción de avanzadillas
del expansionismo tipo Cuba. "Estos
pequeños Estados -como lo indicamos
en el proyecto de convocatoria que
propusimos para este foro- no
significarían una amenaza mayor para
nadie, e incluso gozarían plenamente
del afecto de todas las naciones
amantes de la paz, si sus afanes de
respaldar a quienes combaten en pos
de los cambios sociales no fuesen
más que un simple pretexto para sus
empeños reales de crear, donde
puedan, contingentes políticos y
militares dóciles a los caprichos de
Moscú". Ante las viejas dolencias
existe un creciente y alentador
discernimiento; en relación con los
nuevos problemas prevalecen la
prodición, la indiferencia y el
oportunismo. Unámonos las fuerzas
revolucionarias, democráticas y
patrióticas a fin de remediar las
unas y afrontar los otros, en el
entendimiento de que el mayor
peligro proviene del
socialimperialismo soviético, cuya
contención demanda el más amplio
frente de batalla mundial, que se
base en los países sojuzgados y en
las masas trabajadoras de todo el
orbe, abarque a las repúblicas
capitalistas desarrolladas y no vete
siquiera a los Estados Unidos.
En cuanto a nosotros, seguiremos
creyendo, junto a Augusto César
Sandino, el general de hombres
libres, que "toda intromisión
extranjera en nuestros asuntos sólo
trae la pérdida de la paz y la ira
del pueblo".
Muchas gracias.
NOTAS
1 William Miller, Nueva Historia de
los Estados Unidos, Buenos Aires,
Editorial Nova, 1961, págs. 313 y
314.
2 Aprovechando su viaje al exterior,
a comienzos de octubre, Belisario
Betancur pidió, tanto a los Estados
Unidos como a la Comunidad Europea,
el apoyo económico para sacar a los
pueblos latinoamericanos del
abandono. Ante la banca
norteamericana, durante el almuerzo
que ésta le brindara en el Hotel
Waldorf Astoria de Nueva York,
invitó a invertir más en Colombia y
sugirió para Centroamérica un
programa de asistencia similar al
Plan Marshall que Washington ejecutó
en Europa después de la Segunda
Guerra Mundial.
3 Ambas citas de Fidel Castro
pertenecen a su discurso pronunciado
sobre la incursión de las tropas del
bloque soviético en Checoslovaquia,
publicado en Granma, 25 de agosto de
1968.
4 Gabriel García Márquez, El
Espectador, enero 9 de 1977.
5 Idem, Cromos, marzo 31 de 1981.
6 Se refiere a las declaraciones por
las cuales Fidel Castro aceptó haber
entrenado guerrilleros colombianos,
formuladas delante de García
Márquez, L6pez Michelsen y varios
periodistas colombianos que habían
viajado a Cuba, a mediados de enero
de 1983, con motivo de la entrega de
una condecoración concedida por el
gobierno cubano al laureado
escritor.
¿QUÉ
PUSO AL DESCUBIERTO GRANADA?
Diciembre de
1983-enero de 1984
Editorial publicado en Tribuna Roja
Nº 46, de diciembre de 1983-enero de
1984.
Dos mil unidades de
las fuerzas armadas norteamericanas,
con el acompañamiento más simbólico
que bélico de 300 soldados de seis
pequeñas repúblicas de las Antillas
de habla inglesa, comenzaron a
desembarcar el 25 de octubre en la
diminuta Granada, según los
despachos de prensa, a las 5 y 40,
hora local.
La ocupación recuerda lo que casi
todos sabemos: la eterna historia de
la omnipotente metrópoli que ha
lapidado a los pueblos débiles
circunvecinos, pues cualquier
determinación improcedente e
inconsulta que alguno de éstos
adopte puede poner en peligro la
seguridad del imperio. Para
legitimar sus invasiones, a las
autoridades de Washington les ha
bastado con argüir la necesidad de
proteger a unos cuantos ciudadanos
americanos residentes en el
exterior, o mostrar los pedidos de
ayuda militar de la respectiva
facción intermediaria, o simplemente
presentarse como cruzados de la
democracia que han de cumplir la
misionera labor en tierras
extranjeras. En el caso de Granada,
cuya empobrecida población apenas
bordea las 100.000 personas y habita
en un perímetro de escasos 344
kilómetros cuadrados, el presidente
Ronald Reagan esgrimió las tres
disculpas. Excepto que la solicitud
de apelar a los cañones para
resolver el litigio emanó, no de
uno, sino de dos pares de gobiernos
de islas aledañas, integrantes de la
Organización de Estados del Caribe
Oriental, OECO, un ente espurio,
improvisado y establecido en 1981
precisamente para eso, para
otorgarles un viso legal a las
ilegalidades estadinenses. Aunque
Barbados y Jamaica no pertenecen a
aquel organismo, sus mandatarios
prestaron el concurso a la
expedición armada. El resto de la
ficticia colaboración provino de
Antigua, Dominica, Santa Lucía y San
Vicente.
No sobra añadir, conforme hemos
procedido en circunstancias
anteriores, que rechazamos
rotundamente los atropellos contra
la soberanía y demás derechos
inalienables de las naciones,
perpetrados por la superpotencia del
Oeste, y sus rancias e insaciables
pretensiones de convertir al Caribe
y Centroamérica en el traspatio de
su Casa Blanca. No por exiguos e
indefensos, los granadinos son menos
dignos de darse la forma de
república que a bien tengan y sin
intromisiones de ninguna índole, al
igual que cualquier otro pueblo
respetable del planeta. Esta
posición nuestra obedece al
arraigado criterio internacionalista
de que la unidad de las masas
trabajadoras de todas las latitudes,
tan imprescindible para el buen
suceso de la revolución mundial,
únicamente cristalizará sobre la
base de la plena vigencia de la
autodeterminación de las naciones,
al margen incluso de los regímenes
sociales en ellas imperantes;
anhelos de libertad y de
independencia que compartimos con
los demócratas sinceros,
preferencialmente en la actual
coyuntura histórica de dura prueba.
Pero los acontecimientos de Granada
ostentan aspectos bastante
ignorados, una especie de cara
oculta de la luna que muy pocos han
visto y que a nosotros nos interesa,
sobremanera, revelar. Nos referimos
al rol de los cubanos en todo este
turbio asunto. En primer término,
con la llegada de los infantes de
marina yanquis y de sus grotescos
refuerzos antillanos, se supo a
ciencia cierta cuántos hombres
mantenía allí La Habana y cuál era
su carácter, puesto que, como acaece
en muchos otros países donde
interfieren, la magnitud y el
cometido de aquella intervención
mimetizada difícilmente se calcula.
Algunas agencias noticiosas
estimaban que la cifra no subía de
un centenar, máximo dos, y que su
encargo se circunscribía a colaborar
en tareas alfabetizadoras, campañas
de sanidad y sobre todo en la
construcción del moderno y grande
aeropuerto internacional de Salinas,
en el borde sureño de la isla, al
cual el Pentágono le achacó muy
definidos fines belicistas, mientras
la mamertería del Continente lo
consideraba el mejor aporte
fraternal al turismo de Granada y
del Caribe entero. Al cabo de
cuentas, la asesoría cubana rondó
por el tope de los mil efectivos,
cantidad nada despreciable para una
revolución tan despoblada, y ello
sin sumar la pericia de los
cincuenta soviéticos que asesoraban
a los asesores.
Llegado el momento de la verdad, y
sin que importe ya mantener
encubierta la naturaleza castrense
de diseñadores, ingenieros,
albañiles y ayudantes rasos del
aeropuerto en ejecución, Fidel
Castro envió, el 24, un día antes
del abordaje enemigo, a un oficial
de alto rango, el coronel Pedro
Tortoló Comas, a objeto de que
asumiera "el mando de todo el
personal cubano"; el 25 impartió a
sus huestes la orden concluyente de
"no rendirse bajo ningún concepto",
y el 26, cuando todo estaba
prácticamente consumado, explicó que
se había obrado así para salvar "el
honor, la ética y la dignidad de
nuestro país".
Durante la mañana del desembarco,
los cables procedentes de Moscú
también se encaminaban a crear la
impresión de que los cubanos se
batían más fieramente de lo que les
tocaba. A las 9 a.m. las fuerzas
expedicionarias norteamericanas
habían sufrido ya 1.200 bajas y la
resistencia inmolado 800 gloriosos
combatientes, de acuerdo con
aquellas informaciones que en
Colombia las cadenas de radio,
particularmente Caracol, propalaban
en el instante mismo en que las iban
emitiendo los lejanos e imaginativos
corresponsales, y envueltas,
obviamente, en un sensacionalismo
estrepitoso. A esas alturas de las
acciones realmente no se conocía aún
de pérdidas humanas, y al final de
la jornada, restando sólo unos
reducidos y aislados focos de
aguante, los muertos en total no
pasaron de ochenta, dieciocho de las
tropas de asalto y si mucho sesenta
de los defensores. Sin embargo, y
sea lo que fuese, la potencia de
fuego y la capacidad operativa de
los custodios de la isla obligaron
al Pentágono a conducir el miércoles
26 otro millar de soldados de su
82a. División Aerotransportada al
campo de las operaciones. Más tarde
se especificaría que el monto global
de los infantes yanquis empleados en
la maniobra ascendió a seis mil.
Pese a que el Comandante en Jefe se
cuidó de instruir desde La Habana a
sus contingentes en Granada de que
"si el enemigo envía parlamentario
escucharlo y transmitir de inmediato
sus puntos de vista", con dichos
desplantes teatrales, órdenes
categóricas de ofrendar la vida
antes de rendirse, falsas noticias,
se buscaba salvar no tanto la
valentía como la justeza de la
causa. Mas resulta irrebatible que
los cubanos, por encima de sus
proclamas antiyanquis y sus
profesiones de fe revolucionaria,
sencillamente luchaban por una
pequeña isla de la que se habían
adueñado. Sus legionarios se
aproximaban a mil ante un ejército
granadino de escasos dos mil
componentes mal equipados y de bajo
nivel de adiestramiento. Sus obras,
sus consignas, sus dictámenes
empalagaban el alma de una sociedad
indigente y relegada de las Antillas
Menores, que, con el señuelo de
ayudarla, la utilizaron de trampolín
para sus apetencias expansionistas.
Ellos fueron los grandes héroes de
una mini-revolución frustrada. Hasta
el último momento se robaron la
escena, combatiendo para otros por
el apoderamiento de una porción del
Caribe que no es suya, "abrazados a
nuestra bandera", la de la Cuba
prosoviética.
Y la bandera de Granada, ¿quién la
abrazó? Maurice Bishop, quien en
agosto de 1979 ascendiera al Poder
mediante un golpe de Estado y se
tornara, en su calidad de Primer
Ministro de la isla, en un destacado
y locuaz contribuyente político del
régimen castrista, había sido
depuesto el 14 de octubre del año en
curso por el comandante de sus
propias tropas, el general Hudson
Austin. El 19 de octubre terminó
pasado por las armas, junto a tres
de sus ministros, dos directivos
sindicales y varios más de sus
adherentes. La dirigencia cubana
reconoció el gobierno de sus
sucesores y victimarios, aunque,
dentro de su estilo inconfundible,
se lavó las manos por la
responsabilidad de los insucesos,
censurando no a los homicidas sino
los "procedimientos atroces como la
eliminación física de Bishop y el
grupo destacado de honestos
dirigentes muertos en el día de
ayer". El Krenilin no se tomó tantos
trabajos por las apariencias. Aprobó
sin rodeos la autoridad nacida de
los oscuros y cruentos incidentes.
En Granada se instauró entonces un
mando sin piso democrático; antes
bien, con los métodos que le dieron
origen descalificados por sus
patrocinadores de La Habana, y que
se vio impelido a sitiar a los
habitantes de su capital cuando el
adversario exterior lo sitiaba a él
para cortar su efímera existencia.
Nos rehusamos a creer que en los
designios de esta banda enceguecida
y en entredicho reposara segura, no
digamos la victoria, pero sí la
honra de la bandera granadina. Por
su parte, el pueblo, violentamente
reprimido y bajo el toque de queda,
estaba imposibilitado para
movilizarse; no sabía qué esperar de
los golpistas que así se comportaban
como garantes de la continuación de
la revolución, ni qué pensar de un
coronel Tortoló Comas que Fidel
Castro enviara la víspera para
organizar y dirigir los
destacamentos encargados de repeler
la agresión foránea, siendo que esos
destacamentos encontrábanse directa
o indirectamente comprometidos con
el asesinato del ex Primer Ministro
y de todos modos apoyaban a los
asesinos.
Demasiada candidez aceptar que los
cubanos, quienes han aprendido las
malas artes de la intriga y la
maquinación, tras trasegar tanto
tiempo por el mundo en su carácter
de correveidiles de los soviéticos,
se hayan privado de participar o de
instigar los episodios del 14 y del
19 de octubre, con la trascendencia
que éstos tenían para el futuro de
su política a escala insular y
regional, y contando, de ñapa, con
cerca de mil expertos asesores, casi
la mitad del ejército nativo,
susceptibles de transformarse en
cuerpos regulares de combate como se
confirmó.
Hay algo más. Los
socialimperialistas y sus seguidores
se inclinan a preservarle a Bishop,
una vez sepultado, la aureola de
intermediario radical y dócil que lo
distinguiera durante su mandato. Sin
embargo se sospecha que sus viejas
lealtades comenzaban a extenuarse.
En junio de 1983 viajó a Washington
con motivo de una reunión de la OEA
y traslumbró allí una posición
conciliadora con los Estados Unidos;
se entrevistó muy en secreto con
William Clark, el encargado de velar
por la seguridad del imperio, y a su
regreso a Saint George llegó con un
préstamo en el bolsillo de 15
millones de dólares autorizados por
el Fondo Monetario Internacional.
Aun cuando estamos al tanto de esa
singular estrategia, que han tratado
de instituir los "socialistas
reales", de financiar con dinero
americano las revoluciones
regentadas por Moscú, y no ignoramos
los empeños obligados del
expansionismo por suavizar las
tensiones en Centroamérica ante la
contraofensiva del porfiado Ronald
Reagan, lo curioso de este drama
granadino, para expresarnos
benignamente, es que las disensiones
internas se agudizaron luego del
referido viaje del gobernante
sacrificado, y los cubanos, o
hicieron todo para derrocarlo, o no
hicieron nada para impedirlo. De
cualquier forma, allí y en medio de
la pantomima seudorevolucionaria,
las contradicciones estatales se
dirimieron a cuartelazo limpio y con
sangrienta vindicta, a la usanza de
los legendarios regímenes
latinoamericanos que giran en la
otra órbita.
Estos espeluznantes antecedentes
coadyuvaron sin duda alguna a los
propósitos de Washington; pero han
servido también para que muchos de
los desprevenidos partidarios de
Cuba y de sus actividades
intervencionistas empiecen a
formularse interrogantes de tremenda
incidencia.
Nosotros hemos insistido en que el
socialismo auténtico no es
ocupacionista ni anexionista. Nos
preocupa que este punto básico no se
comprenda a cabalidad por las
fuerzas democráticas y
revolucionarias, porque la menor
intromisión de una nación en los
fueros de otra, tolerada a cualquier
título o propiciada bajo cualquier
pretexto por el movimiento obrero de
un país, el que fuese, le inflige
más daño a la revolución mundial que
todos los atropellos juntos de los
imperialistas contra la libertad y
la autodeterminación de los pueblos.
Al fin y al cabo el capitalismo de
la era monopólica se sustenta del
fruto de sus prácticas
colonialistas. De lo contrario no
sobreviviría. Lo grave radica en que
quienes hoy se autocalifican de
portadores del marxismo y de la
transformación social, en lugar de
combatir los zarpazos de los Estados
Unidos y sus aliados desde
posiciones y con procederes
revolucionarios, emulen con ellos en
la arrebatiña del globo y recurran a
sus mismos medios. De prevalecer
semejante tendencia, las masas
golpeadas y burladas de las diversas
latitudes no hallarían qué camino
coger y la humanidad se perdería
durante largo rato en uno de los más
fragosos pasajes de su vida
civilizada. Por eso, con todo y lo
devastadora que se estime la acción
estadinense en Granada, lo
importante sigue siendo que aquella
isla menesterosa, ubicada en la
esquina suroriental del Mar Caribe y
puesta de pronto en los primeros
planos de la atención mundial, logre
aportar con su trágica experiencia
al esclarecimiento del culminante
problema planteado, por supuesto a
condición de que haya ideólogos y
partidos resueltos a desafiar la
resaca y a sistematizar las
enseñanzas respectivas.
Hasta algunos de los más
tradicionales y connotados
simpatizantes del bloque
socialimperialista acentuaron la
nota de repudio contra el general
Hudson Austin y sus compinches.
Entre ellos García Márquez, siempre
listo a darles una mano a sus amigos
de Cuba para sacarlos de un aprieto,
quien, dos días antes de la invasión
de los infantes de marina yanquis y
desde su columna dominical de El
Espectador, no perdona al jefe del
Estado granadino de "matón del peor
estilo" y a los compañeros de
aventura de éste no los baja de
"bandoleros en mala hora extraviados
en la política". En dicho artículo y
ajustándose a un razonamiento
lógico, el escritor no puede menos
que hacerse la fatal reconvención:
"El día en que se justifique con
cualquier argumento que las fuerzas
del progreso se sirvan de los mismos
métodos infames de la reacción, será
esa la hora -para decirlo en buen
romance- de que nos vayamos todos
para el carajo".
Incontrastablemente, aunque no sea
en buen romance. Pero atribuir las
consecuencias de la coloquial
exhortación a la conducta aislada de
uno o de varios elementos
envanecidos e inescrupulosos
significaría lisamente evadir el
meollo del asunto. Examinémoslo.
¿Cómo se llama la atávica costumbre
de los imperialistas de trasladar
divisiones de infantería a otros
territorios distintos de los suyos y
permanecer en aquellos lugares por
un lapso de tiempo, o
indefinidamente? Tiene muchos
nombres: ocupación, anexión,
pillaje, colonialismo, etc. Cuando
Viet Nam se introduce en Kampuchea y
Lao con cientos de miles de soldados
y se instala arrogantemente allá
desde finales de 1977; o cuando Cuba
desde mediados de 1975 deposita en
Angola 20.000 hombres que allá se
mantienen todavía, y distribuye un
número parecido en Etiopía a partir
de ese mismo período del inicio de
su intromisión en África, ¿no es
acaso ocupar países inermes,
propender al anexionismo,
reivindicar el pillaje, imitar a los
viejos colonialistas?
Inevitablemente tales actos generan
la desconfianza de las gentes
nativas acerca de la intención de
tan extraños salvadores, desembocan
en rompimientos antagónicos y acaban
incluso por prender las llamas de la
guerra popular contra el despliegue
extranjero. No debiera, pues,
parecer insólito el espectáculo de
desintegración brindado por los
conductores de la abortada
revolución granadina, si recordamos,
por ejemplo, que los déspotas del
Kremlin, preceptores de Castro y
Austin, eliminaron en septiembre de
1977 al presidente de Afganistán
Mohamed Taraki, adicto de la URSS-,
para suplantarlo por Hafizullah
Amín, otro colaborador más maleable,
a quien igualmente decidieron
destituir y ejecutar antes de los
cuatro meses, el 27 de diciembre,
fecha desde la cual alrededor de
100.000 efectivos soviéticos huellan
el suelo de aquel lacerado país, en
nombre del internacionalismo
socialimperialista y tras la
complacencia de un tercer
advenedizo, el Primer Ministro
Babrak Karmal.
No nos tropezamos con un caso
exclusivo que se explique por
razones particulares. Desde Cuba
para abajo, los países que se hallan
atrapados en el campo gravitacional
de la Unión Soviética, por simples
leyes de la física, carecen de rumbo
propio, y sus luchas, la
satisfacción de sus necesidades,
dependen de los albures de la
empresa expansionista. La URSS ha de
preocuparse por su imagen; no
obstante, jamás estropeará sus
proyectos estratégicos y tácticos
por los apremios intempestivos de
una nación de unos cuantos millones
de habitantes. Si en el tablero
internacional ha de sacrificar un
peón para neutralizar la acción de
un alfil enemigo, no vacila. Algo de
eso visualizamos en los rápidos
movimientos ejecutados por las dos
superpotencias en el Caribe. Fue
notoria la inquietud de Washington
por no chocar abruptamente con Moscú
mientras le sustraía a Granada.
Reiteró públicamente la seguridad de
que los consejeros soviéticos
desalojados serían atendidos con
"cortesía diplomática" y "eran
libres de hacer lo que quisieran".
Los primeros en conocer por boca de
los invasores las miras y los
alcances del desembarco fueron los
gobiernos afectados por el
desahucio. Hasta los cubanos
recibieron desde un principio la
promesa de que se les permitiría
abandonar tranquilamente la isla.
Las zalameras gestiones del señor
Belisario Betancur en favor del
feliz retorno de los prisioneros a
sus hogares estaban, de antemano,
plenamente garantizadas.
No olvidemos que la América Latina
es el "patio trasero" de los Estados
Unidos y el Caribe su Mar
Mediterráneo, y aunque ahí se
encuentre Cuba perturbando el
sosiego de los magnates de Wall
Street, el Hemisferio escapa a las
zonas de influencia controlables
fácilmente por los amos del Kremlin.
Tal vez por el régimen de Cuba, que
tan buenos oficios les ha prestado
en éste y en el resto de continentes
y cuya inestabilidad redundaría en
su desprestigio, por ningún otro
país del área los rusos estarían
dispuestos a sacar las castañas del
fuego en la eventualidad de que los
norteamericanos presionen, con la
pólvora o con el diálogo, un reparto
más o menos duradero y razonable de
las injerencias mundiales. Una
revolución, como la nicaragüense o
la salvadoreña, que pignora su
porvenir a la superpotencia del Este
en su justa aspiración de desasirse
del otro imperialismo y corre todos
los riesgos inherentes a tal
deslizamiento, en la creencia de que
será tenida en cuenta por sus
fiadores al momento de la partija,
pecará de ingenua.
Los principales protagonistas del
conflicto de Centroamérica ignoran
las ilusiones de una paz negociada
esparcida por los platicantes de
Contadora y recelan de las dulzonas
palabras de los embajadores de buena
voluntad designados por la Casa
Blanca, y cada cual, a su modo, se
alista para encarar el cruel augurio
de un desenlace violento de la
crisis, sobre todo después de la
repentina y admonitoria caída de
Granada, con la que el César, en
contra de la ira universal y por
encima de las críticas de sus
aliados europeos, demostró su firme
determinación de no asistir
apaciblemente al avance en sus
vecindades del peligroso adversario.
Tan asustadora será la cosa, que el
teniente coronel Desi Bouterse, jefe
de la Junta Militar de Surinam,
visto en Occidente como un
recalcitrante izquierdista, con sólo
enterarse de la última misión de los
infantes de marina, expulsó de sus
dominios al embajador cubano y a su
sarta de asistentes, técnicos y
expertos, que en aquella ex colonia
holandesa ya sobrepasaban el
centenar, porque el arrepentido
dirigente no quería padecer el
calvario de Maurice Bishop ni
soportar los infortunios de un
Hudson Austin. Jamaica, la otra
oveja descarriada, había regresado
antes a su antiguo redil, sin
escandalosas efusiones de sangre,
electoralmente, cuando el laborista
Edward Seaga derrotara, en las
urnas, el 30 de octubre de 1980, al
procubano Michael Manley.
Y así, cada país, cada Estado y cada
gobernante de la región empiezan a
conturbarse por su propio pellejo y
a buscar el acomodo que mejor les
convenga. Pues en estas refriegas
locales de las superpotencias las
coces las reciben los más inermes y
los menos cautos. El presidente de
Guatemala, el general Oscar Mejía
Víctores, una copia del muñeco del
ventrílocuo, se ha encargado de
difundir la idea gestada en
Washington de desempolvar el
Condeca, Consejo de Defensa de
Centroamérica, un pacto militar
firmado el 14 de diciembre de 1963 y
del que muy pocos se acordaban,
hermano gemelo de la OECO, el ente
espurio mediante el cual los Estados
Unidos procuraron legitimar su
invasión a Granada. Con las
maniobras que el ejército y la
marina de la metrópoli realizan
conjuntamente con Honduras, teniendo
como sede la geografía de este país
y en donde las tropas americanas
acamparán, tal cual se ha admitido,
por un plazo indeterminado, y
simultáneo al constante asedio
bélico a que se viene sometiendo
desde fuera y desde dentro a
Nicaragua, cercada por repúblicas
crecientemente hostiles, lo único
que falta para completar los
preparativos de un asalto en regla,
es poner en vigencia la mampara
legal de que habla el general
guatemalteco.
Desde luego los yanquis habrán de
pagar política y militarmente un
precio incomparablemente mayor por
la patria de Augusto César Sandino
de lo que les costará la diminuta
isla de Granada. Lo delicado de la
situación radica en que, por
múltiples indicios, el ex vaquero de
Hollywood se halla inclinado a
desembolsarlo. Por eso causó estupor
en muchos medios el tan dirigido
comentario de que si los sandinistas
afrontasen una contingencia
parecida, Cuba adoptaría una actitud
idéntica, es decir, no se
movilizaría; señalamiento hecho por
Fidel Castro en la madrugada del
miércoles 26, en rueda de prensa en
el Palacio de la Revolución, reunida
con la presencia de varios
periodistas norteamericanos y
convocada bajo el fulminante impacto
de la noticia sobre la operación
exitosa del Pentágono en el extremo
suroriental del Caribe.
Sobreentendiéndose que los cubanos
no están en condiciones de
transportar tropas a los sitios y en
el instante en que sus asesores sean
violentamente defenestrados por la
contraparte, ni habrán de jugarse en
paro la supervivencia en aras de la
de sus coligados, sobraba en aquella
noche crucial, ante la arremetida
estadinense que se vino, darle a
entender con antelación a Reagan
que, de decidirse a invadir a
Nicaragua, La Habana intentaría
menos de cuanto se propuso por
retener su reducida posesión en la
cola de las Antillas Menores. Ya
oiremos a los áulicos jurando y
perjurando que se trata de un astuto
ardid de guerra. Sin embargo, el
pronunciamiento, catalogado por la
prensa gringa de "inhabitualmente
moderado", deja sin remedio el
vinagroso sabor de que si fuera
indispensable se concedería con lo
de los demás a efecto de preservar
lo propio. Transigir en lo
secundario para resguardar lo
verdaderamente clave: la integridad
de Cuba.
Claro que cada quien administra
libremente sus temores, pues la
Junta Sandinista, por su lado, el
jueves 20 de octubre entregó a los
funcionarios de Washington, a través
de su canciller Miguel D’ Escoto, un
memorándum de avenimiento tendiente
a descargar la encapotada atmósfera
centroamericana en el que, entre
otros enunciados, aquélla se
compromete a cesar su respaldo a la
guerrilla salvadoreña, mientras la
Agencia Central de Inteligencia, la
famosa CIA, haría otro tanto con los
grupos alzados en armas contra el
gobierno de Nicaragua. Cuando queda
atrás la controversia verbal, y el
desplazamiento continuo de las
fuerzas prosoviéticas, propiciado al
socaire de las incontables
dificultades enemigas, tropieza, de
pronto, con la instintiva reacción
de la fiera acorralada, apenas
elemental que se desaten, unas tras
otras, fórmulas transaccionales cuya
característica común se basa en que
los reclamos subalternos han de
acallarse, o si se prefiere, han de
ser postergados en provecho de
intereses superiores. Y como no nos
hallamos ante colectividades y
países ciertamente soberanos, sino
ante una cadena de supeditaciones
escalonadas, en las que priman por
sobre todas los afanes hegemónicos
de la Santa Rusia rediviva, los
movimientos independentistas que
ésta lidera por intermedio de sus
marionetas, preferencialmente los
más chicos y menos trascendentes,
constituyen por excelencia la
materia canjeable a que recurren los
socialimperialistas cuando se ven
empujados al regateo con las
potencias occidentales.
Fuera de que la lucha emancipadora
del pueblo granadino se desvirtúa al
prestar su suelo como punto de apoyo
de la agresión expansionista, el
irritante, permanente y provocador
merodeo de las legiones de Castro
brindó la excusa exacta para la
acción corsaria de Reagan. Así haya
siempre protestas por los vejámenes
de los imperialismos, las bregas
libertarias que, triunfadoras o
vencidas, solamente consiguen
cambiar invasores de un jaez por
otro, perderán la estima de las
masas trabajadoras del orbe y se
hundirán en el aislamiento.
Inexorablemente culminan con el
pecado y sin el género. Y a la
inversa, sin haber podido alegar la
imperiosa urgencia de suprimir la
sistemática y acrecida penetración
soviético-cubana en la zona, a
Washington le hubiera resultado
muchísimo más azaroso tomarse la
isla. Cierto que a los Estados
Unidos nunca les faltaron sofismas
para desconocer y pisotear las
prerrogativas de sus vecinos, mas
hoy se respiran aires muy distintos
a los del remoto y cercano
pretérito. La decadente metrópoli se
cuece entre las brasas de mil y una
aflicciones: las crisis industrial y
financiera, quizás comparables a la
bancarrota de 1929, no acaban por
pasar y la arrastran, tras la
sujeción de los mercados mundiales,
a una feroz competencia con Europa y
el Japón, sus aliados
consuetudinarios; Rusia la hostiga
en los cinco continentes y por
doquier desgarra sus dominios; en lo
interno carece de la unidad nacional
que le permita proceder
desembarazadamente en la rapiña
externa; a sus neocolonias ya no les
basta con los derechos y las
libertades formales y se
insubordinan en pos de la plena
independencia económica, y, de
remate, las tendencias democráticas
de todos los pueblos, incluido el
norteamericano, incesantemente se
robustecen y se entrelazan,
obstaculizando todavía más los
menesteres imperialistas. Empero,
las gestas de liberación nacional
que actúen como simples cajas de
resonancia del expansionismo no
lograrán sacarles el jugo a tales
contradicciones. Para ello habrán de
hacer valer su libre facultad de
decisión, convenciendo además a
tirios y troyanos de que contienden
sin manipuleos a control remoto.
La estepa rusa está ubicada casi en
las antípodas de los Andes, y el
factor geográfico incide
notablemente en la estrategia que
trace un emporio que apenas se
inicia y ha de arrinconar por las
malas a quienes le precedieron en
los ajetreos colonialistas; rivales
de cuidado que tienen a su haber la
experiencia de decenios y hasta de
centurias de pillaje, la ventaja de
unas redes tupidas y afianzadas de
probados intermediarios en los
países que manejaron o manejan y la
creencia cada vez más madura de que
si no se unen se los traga la
tierra. La señora Thatcher dejó
sentada su inconformidad por la
displicencia de los Estados Unidos
al comportarse casi que
inconsultamente en Granada, un
miembro, aunque díscolo, no menos
estimable del Commonwealth, siendo
que la burguesía inglesa percibirá a
la postre los dividendos de la
recuperación, cuando Paul Scoon, el
gobernador nombrado por la Corona,
integre su gabinete y principie a
despachar, según se deduce de las
indicaciones de la Casa Blanca. Lo
cual trae a la memoria cómo el señor
Reagan, después de agotar las
discusiones con los argentinos,
también terció, abiertamente y en
medio de la cólera de Latinoamérica,
a favor de la invasión británica de
Las Malvinas. Por mucho que la Unión
Soviética se obstine en separar a
sus contrarios, sus éxitos surten el
efecto contrario de unirlos.
Merced a estas tres o cuatro
complicaciones, comprendida la
lejanía, los nuevos zares del
Kremlin deben andar con tacto en
cuanto concierna al Hemisferio
americano, hasta donde no alcanzarán
a llegar tan expeditamente sus
batallones como en el limítrofe
Afganistán. Acá, sin perjuicio de ir
sembrando poco a poco sus asistentes
cubanos, que los hay en Nicaragua y
los hubo en Jamaica, Granada y
Surinam, la prudencia les aconseja
arreglar, componer, convenir, a
objeto de salirle al paso al
inevitable contraataque estadinense.
Entre más hagan rechinar sus armas
en América los Estados Unidos, más
sermonearán sobre los dones del
diálogo y de la pacificación los
mandaderos de la Unión Soviética.
Jamás revoluciones que estuvieron
tan cerca de la guerra clamaron
tanto por la paz. Son los viceversas
de un trayecto histórico en el cual
el socialismo de una poderosa
república traiciona tornándose
anexionista, y los movimientos
nacionales de los países
secularmente sometidos, en
particular los más débiles y
pequeños, le sirven de punta de
lanza en sus acometidas por la
supremacía universal. Y en esa
cadena de supeditaciones escalonadas
a que nos referíamos arriba, la isla
granadina representaba el eslabón
menos importante. El Pentágono así
lo comprendió; la escogió
precisamente a ella con el objetivo
de escarmentar y de medir el ánimo y
las disponibilidades de sus
contrincantes, sin exponerse a
prender una conflagración
generalizada. Siguiendo el orden,
los insurgentes salvadoreños han de
hacer sus sacrificios por la
estabilidad de Nicaragua, ésta a su
vez por la supervivencia de Cuba y
los tres por la feliz culminación de
los planes estratégicos y tácticos
del hegemonismo soviético. Tales las
prioridades que se desprenden de
algunas de las fórmulas de acuerdo
elaboradas y de algunos de los
pronunciamientos emitidos; relación
que corresponde a un conflicto que
desafortunadamente a diario deja de
ser menos una batalla por la
emancipación de las naciones para
degenerar en el consabido pleito
entre las superpotencias.
Confiemos en que los pueblos puedan
a la larga destramar el embrollo y
corregir. Por lo pronto, Granada lo
ha puesto al descubierto.
¡VIVA
LA GLORIOSA RESISTENCIA AFGANA!
Diciembre 12 de 1984
Discurso pronunciado por Francisco
Mosquera en el Teatro Libre de
Bogotá, en homenaje a la delegación
afgana, el 12 de diciembre de 1984.
Para nosotros
constituye motivo de inmenso placer
y orgullo recibir en Colombia a una
delegación del Frente Unido Nacional
de Afganistán. De un lado, podemos
testimoniar el cálido apoyo que los
trabajadores y el pueblo colombianos
le brindan a la valerosa lucha
libertaria del pueblo afgano; y del
otro, tenemos la feliz oportunidad
de departir con nuestros queridos
visitantes acerca de sus apreciables
aportaciones a la causa de la
revolución mundial y aprender de
ellas.
La lógica de la historia ciertamente
es extraña. Hace alrededor de
ochenta años que las principales
fuerzas animadoras del progreso
humano se hallaban ubicadas en las
vastedades de Asia, África y América
Latina, zonas por lo general
relegadas en su desarrollo y
oprimidas nacionalmente. Mientras
que Europa, Estados Unidos, el resto
de las boyantes repúblicas
capitalistas y últimamente la Unión
Soviética juegan en conjunto un
papel regresivo, no obstante existir
entre estos poderes, desde luego,
diferencias de supremacía e
intereses. Aquello obedece a que las
metrópolis imperialistas, para
preservar su esplendor, no
encuentran otro medio que el saqueo
y la sojuzgación de más de un
centenar de países, condenando a
miles de millones de habitantes a la
indigencia y el marginamiento. En
romper tan ignominiosa relación
estriba el venturoso futuro de la
especie, lo mismo en el Norte que en
el Sur de la pelota terráquea. Es
decir, en el siglo XX, lo que ha
sido atrasado y débil se ha puesto a
la vanguardia del progreso y sin
duda obtendrá la victoria final;
entretanto lo materialmente avanzado
y poderoso representa el
estancamiento y marcha hacia el
fracaso. He ahí una curiosidad
histórica.
Pero hay otra paradoja aún más
trascendente. Al principio de la
centuria los destacamentos
democráticos del orbe hubieron de
enfilar sus baterías contra las
grandes potencias europeas, y a
partir de la Segunda Guerra Mundial
de modo preferente contra los
Estados Unidos. De esas memorables
batallas por la libertad emergió y
se consolidó la Unión Soviética,
forjada por Lenin, y el llamado
campo socialista. Sin embargo,
Krushev y seguidores abandonaron la
senda del socialismo, se
comprometieron en la aventura de
conquistar el planeta y sometieron a
su autocrática voluntad, en primer
término, a las naciones de Europa
Oriental que se hallaban bajo su
influencia. Esta transmutación de la
naturaleza del gigante socialista,
junto a la decadencia de lo que se
conoce como Occidente,
particularmente en Norteamérica, a
causa de las crisis económicas, las
riñas interimperialistas y el auge
del movimiento de liberación
nacional del Tercer Mundo,
ocasionaron un giro inusitado de las
condiciones internacionales. Desde
entonces los combatientes por la
emancipación, la democracia y el
bienestar, de las naciones pobres
han de cuidarse ante todo de los
zarpazos del oso ruso. Esta ha sido
otra enorme ironía universal: el que
a finales del milenio los pueblos
hayan de enfrentar como a su
principal enemigo a quien por
definición y legado debiera encarnar
los principios del respeto mutuo y
el beneficio recíproco
característicos de las relaciones
entre países soberanos. Siendo esta
lucha más difícil de llevar a cabo,
por lo menos en sus fases
preliminares, puesto que los nuevos
zares del Kremlin se embozan en
falsas banderas socialistas y
democráticas. Y digo falsas porque
la verdadera democracia y el
verdadero socialismo nunca han
propendido a la anexión o a la
ocupación de territorios ajenos,
sino que han rechazado siempre, en
la forma más enérgica, la mínima
interferencia de una nación en los
asuntos internos de otra. Por eso
cuando los soviéticos huellan el
sagrado suelo de Afganistán con sus
propias tropas, o invaden a
Kampuchea y Lao a través de los
fantoches vietnamitas, o controlan a
Angola con los mercenarios cubanos,
no hacen otra cosa que sumar el
crimen de la traición a su
vandalismo de piratas
internacionales.
Por los daños que el
socialimperialismo soviético le ha
propinado a la gesta revolucionaria,
por la sevicia y el salvajismo de
que han hecho gala en los países
sometidos a su despótico dominio,
por haberse constituido en el primer
peligro para la paz mundial, la
tarea prioritaria de los pueblos y
movimientos de avanzada consiste en
desenmascararlo y combatirlo hasta
la tumba. Las organizaciones y
partidos que contiendan en las áreas
de hegemonía de los viejos
imperialismos deben persistir, por
supuesto, en alcanzar la
autodeterminación nacional para sus
propios pueblos, pero precaviéndose
de no caer en las celadas de la
superpotencia del Este. En Colombia
sostenemos una gran pelea ideológica
y política en torno a este asunto
fundamental. El MOIR jamás ha
participado del criterio de que para
librarnos de la coyunda
norteamericana les tengamos que
abrir las puertas a los vándalos de
Moscú. Y en nuestro continente
existen numerosos grupos y
tendencias seudorrevolucionarios que
pretenden compaginar la defensa de
la soberanía de Centroamérica con la
colaboración directa o indirecta que
les prestan a los amos soviéticos.
Pero quienes no trepiden, ni se
indignen, ni protesten
vehementemente por las atrocidades
socialimperialistas en Afganistán,
por mucho que hablen de democracia y
liberación, no pueden ser creídos en
su fe de demócratas ni en sus ansias
de libertad. Serán acaso lobos con
piel de ovejas, o mercenarios en
potencia.
Todo esto es para concluir, queridos
compañeros del Frente Unido Nacional
de Afganistán, que la presencia de
ustedes en Colombia representa para
nuestro pueblo y nuestro Partido una
ayuda valiosa. Ustedes son los
embajadores de una nación que se
halla en el primer frente de batalla
y que ha asombrado al mundo por sus
cinco años de gloriosa resistencia
contra un adversario sanguinario e
infinitamente más fuerte. Afganistán
está demostrando que cuando se ama
más la patria que la vida no hay
poder en la Tierra que impida el
triunfo de una nación resuelta a ser
libre, por más pequeña y pobre que
ésta fuere. Por ello Afganistán ha
recibido la solidaridad de todas las
fuerzas revolucionarias,
democráticas y progresistas de los
cinco continentes, y en el campo
internacional ha conseguido
acorralar a la intrigante diplomacia
de los Romanov del "socialismo
real". El que ustedes, en nombre de
esa valerosa nación, lleguen a
nuestras playas a contar las duras y
heroicas experiencias de la
resistencia afgana, no sólo
contribuye a la contienda ideológica
y política que estamos manteniendo,
sino que templa además nuestros
espíritus de luchadores
revolucionarios.
¡Muchas gracias, queridos
visitantes!
CUBA,
O LA BURLA A LA NO INTERVENCIÓN
Febrero 8 de 1989
Carta de Francisco
Mosquera a Darío Arizmendi Posada,
director de El Mundo, publicada en
El Tiempo el18 de febrero de 1989.
Señor Doctor
Darío Arizmendi Posada
Director de El Mundo
E. S. D.
Apreciado doctor:
El editorial de El Mundo del 13 de
enero pasado plantea con razonada
firmeza: "Hay que defender a toda
costa el principio de no
intervención y la libre
autodeterminación de los pueblos". A
tan definitivo convencimiento llega
su periódico al reparar sobre los
frutos amargos de más de trece años
de intromisión bélica de Cuba en
Angola. Después de haberlo madurado
bien, y si me permite, deseo
expresarle mi complacencia por tales
deducciones, que, fuera de recoger
una arraigada inquietud de los
demócratas de las distintas
latitudes, refleja la necesidad de
que la prensa colombiana, por lo
menos al nivel del solar patrio,
ayude a corregir las falsedades
sustentadas al respecto durante
lustros.
Se censuran reiteradamente las
injerencias norteamericanas en los
ámbitos propios de los países
débiles, mas se toman como de buena
tinta las explicaciones que sobre
las tropelías internacionales de la
Santa Rusia socialista divulgan los
agitadores prosoviéticos. Hasta
ahora ésta ha sido una constante
histórica, pese a que la
escenificación del agresor en el
gran tablado del mundo le ha
correspondido última y
principalmente a Moscú, así se trate
de la intriga diplomática o de la
invasión armada. Desde el ángulo
particular de Colombia lo
registramos con lujo de detalles. A
aquel que de cualquier modo
justifique o embellezca las
pretensiones del socialimperialismo,
y sea quien fuere, burgués u obrero,
progresista o retrógrado, letrado o
iletrado, se le disculpan sus
deslealtades con la causa del pueblo
y de la nación, si las ha tenido, y
se le reconoce cual heraldo del
avance social. Y a quienes desafinen
dentro del coro, cuando corren con
suerte, se les destina al castigo de
Eróstrato.
Que nos hallamos ante una tendencia,
no existe duda. Lo viene a
corroborar el júbilo que desata la
"perestroika", ese impulso a la
involución política que los
recientes líderes del Kremlin
acometen pensando en un mejor
ejercicio económico, tanto en la
órbita doméstica como en el terreno
de la rebatiña universal por el
reparto del globo. En Occidente se
festeja el cabal retorno al comercio
y a la inversión privada. Pero el
que la superpotencia del Este emule
con las armas pacíficas o les
otorgue mayor importancia a los
negocios financieros dentro de la
rivalidad con los Estados Unidos, la
Comunidad Europea y el Japón, sus
tres poderosos competidores, no
significa que haya renunciado por
entero a la expansión violenta. El
enigma del escueto restablecimiento
de los antiguos ídolos derrocados lo
acaba de revelar en parte Mijail
Gorbachov, al admitir una quiebra y
un déficit del Soviet Supremo
superiores a lo previsto y que lo
obligan a un recorte de los gastos
de guerra, con la consiguiente
aprobación del control
armamentístico y el desmantelamiento
gradual de los enclaves
colonialistas en África y Asia.
Es cuestión de un repliegue, o
respiro, determinado por las
limitaciones materiales y propuesto
dentro de la hipótesis de que se le
respeten al vasto imperio las zonas
de influencia ganadas tras la
ofensiva militar del período que
concluye. Cuba no se retirará
totalmente de Angola hasta 1992, y
supeditado a cuanto suceda en
Namibia. Se evacúan los regimientos
de Afganistán pero se persiste con
frenesí en el refuerzo del gobierno
títere. Algo análogo ocurre en
Indochina. Y el aplaudido anuncio
hecho oficialmente ante la última
asamblea general de la ONU, acerca
de una voluntaria reducción, a
partir de 1991, de las unidades
apostadas en Europa Oriental, no
suprimiría, de llevarse a cabo, la
desventaja en que se han mantenido
las tropas de la OTAN frente al
Pacto de Varsovia. En resumidas
cuentas, estamos en medio de la
calma que sigue y precede a la
tempestad, aun cuando el entusiasmo
por el "crepúsculo del comunismo
leninista", al que aludiera en
Medellín el misericordioso lazarillo
de la UP, Misael Pastrana Borrero,
no dé lugar a estos análisis,
tomados si acaso cual extrañas
premoniciones todavía no vistas.
Sin embargo, doctor Arizmendi, las
disparidades que aparezcan en cuanto
a la apreciación del porvenir no
lograrán ocultar las coincidencias
surgidas en torno a los
acontecimientos ya cumplidos. Me
guío por los alcances de la nota
editorial que ha motivado la
presente carta. Enorme servicio se
le presta a Colombia aclarando que
"la presencia cubana en Angola es
uno de los tantos aberrantes
capítulos de intervención militar
extranjera con que se han adobado y
se siguen adobando muchos conflictos
regionales o internos de otros
países y que, más que ayudar a
conseguir la paz, han servido para
intensificar y mantener las acciones
bélicas". Muy importante también que
las gentes se pregunten: "¿Fue la
presencia de las tropas cubanas en
Angola un acto de solidaridad
revolucionaria, como se predica, o
un simple negocio casi mercenario
por el que el gobierno de La Habana
recibía una paga del país
africano?". Y vale, finalmente, la
"moraleja" que se saca y de la cual
se parte: "Toda intervención
extranjera en otro país es
injustificada y debe repudiarse".
Ningún órgano publicitario entre
nosotros había hablado con tal
certidumbre sobre tema tan
acuciante. ¡A todo señor, todo
honor!
Para bien o para mal, la revolución
cubana hizo época en la América
Latina. Los observadores que han
conocido su errático curso podrán
señalarle cuando menos tres hitos
muy marcados. El de las nobles
intenciones refrendadas a través del
plebiscito soberano de la victoria;
el del alineamiento ideológico con
Moscú en las postrimerías de la
década de los sesentas, y el del
cipayismo, iniciado precisamente en
junio de 1975 con el "negocio casi
mercenario" de la ocupación de
Angola. Yo le quitaría el "casi",
porque este tránsito no obedece a
meras maniobras del momento sino a
una transmutación o
desnaturalización de la cosa. Al
colaborar con los planes hegemónicos
de los anexionistas rusos,
facilitándoles su prestigio y su
ejército, Fidel Castro perdió no
solamente la independencia sino la
gracia. Malgastaron asimismo
energías quienes, como nuestro
premio Nobel de literatura, han
pretendido demostrar que el abordaje
pirático de Cuba en África
corresponde a un arranque económica
y políticamente autónomo. Ni soñado
siquiera. No hay que olvidar que se
trata de la pequeña república
antillana, cuyo territorio apenas es
un 70% más grande que el área del
departamento de Antioquia y cuya
población no alcanza a la mitad de
los habitantes colombianos; que
carece de recursos naturales básicos
y aún se encuentra en el
monocultivo, endeudada hasta las
heces, bajo bloqueo y consumida por
una crisis crónica que cada vez
esconde menos. A los dirigentes de
una nación de tales dimensiones y en
circunstancias semejantes jamás se
les ocurriría sostener en el
exterior, con sus propios ahorros,
decenas de miles de soldados durante
trece años, por mucho que sea el
amor profesado a la libertad de los
hombres o de las razas. La Isla no
vive para su misión; vive de su
misión. El dinero y las órdenes
vienen desde las distantes
vecindades de la Plaza Roja. Y hoy,
tras los replanteamientos soviéticos
y sin alternativa, empieza el
desmonte de su aventura angoleña por
las mismas razones que ayer la
iniciara.
El penoso caso de Cuba constituye
hasta cierto punto una norma
extraída de los prolijos recuentos
de la opresión entre Estados de la
era moderna. Las viejas metrópolis
han sabido siempre enrumbar los
jóvenes movimientos nacionales hacia
la cristalización de sus propósitos
de conquista. Inglaterra, dentro de
los feroces antagonismos del siglo
XIX, no hubiera ascendido a la
supremacía mundial sin el apoyo de
los cipayos indios. Antes se agredía
en pro de los "beneficios" de la
civilización burguesa y ahora en
nombre del "socialismo". He ahí la
única diferencia. El sello de los
tiempos.
Los imperialistas se disfrazan a
menudo de redentores sociales.
Pero ninguna merced, ficticia o
real; ningún favor de carácter
político o económico; ninguna
consideración filosófica, religiosa
o científica debe aceptarse como
excusa para promover el
enfrentamiento entre los pueblos. Si
lo que preocupa es la emancipación
de las masas indigentes de cualquier
Estado, a ella conduce sólo la senda
de la democracia, cuyo primer
mandamiento, sin el cual el resto de
las libertades se torna nulo,
consiste en la autodeterminación de
las naciones. Justamente al cometido
de este postulado responde uno de
los cuatro puntos de convergencia
propuestos por el MOIR con el ánimo
de conformar un frente único que
saque indemne a Colombia de la
encrucijada actual. Una condición
que une y no divide a las fuerzas
patrióticas y democráticas. Un
enfoque del problema colombiano, el
más amplio, que terminará poniendo
al desnudo las conexiones existentes
entre la martingala internacional y
la conjura interna, tan necesario en
estos días, y sobre todo después del
fracasado matute de cuarenta
toneladas de armas procedentes de
las costas portuguesas y atribuido
por el gobierno a las Farc.
El oficioso concurso de La Habana, y
últimamente el de Managua, han
salido a relucir en varios de los
trágicos lances protagonizados por
los terroristas criollos, como en
las tomas de la Embajada Dominicana
y del Palacio de Justicia. Castro ha
interpuesto sus efectivas gestiones
para el rescate de notables
colombianos secuestrados. Tampoco ha
tenido inconveniente en reconocer
ante la prensa la participación de
su régimen en el aleccionamiento de
las guerrillas, incluidas las
nuestras. Ante los repetidos abusos,
la administración Turbay, en gesto
de singular entereza, lo conminó a
la ruptura de relaciones en 1981, el
año del hundimiento del Karina.
Durante su estancia en Caracas, con
motivo de la posesión de Carlos
Andrés Pérez, les dijo a los
reporteros, entre confidente y
magnánimo, que había ayudado a
efectuar el encuentro en Madrid de
Belisario Betancur e Iván Marino
Ospina, y que estaba dispuesto a
seguir contribuyendo al logro de la
concordia en Colombia.
Así, a los azares de esta trama
internacional, se han subordinado
muchas veces las decisiones de los
poderes gubernamentales,
especialmente en cuanto atañe a las
agotadoras diligencias de la
pacificación dialogada. El mandato
belisarista miraba hacia el Caribe
antes de formalizar sus
entendimientos con las agrupaciones
insurrectas; y volvía el rostro
hacia el rincón al oír los agrios
reclamos de Nicaragua sobre el
Archipiélago de San Andrés y
Providencia. Eso pasa cuando se
posee un criterio muy pobre acerca
de las prerrogativas nacionales, o
del respeto que los Estados han de
guardar por los asuntos privativos
de las demás naciones.
Creo, no obstante, que la situación
evoluciona de manera favorable.
La opinión pública viene aprendiendo
a punta de palo. Numerosos sectores
dejaron de tomar a la ligera el
influjo que ejercen las
contradicciones mundiales sobre
nuestras bregas políticas. A arrojar
luz coadyuvará incluso la
"perestroika", por aquello de que la
mejor refutación es el desarrollo
mismo de lo refutado, cual lo
concebía Hegel. El disgusto
creciente de las repúblicas
subalternas de Europa Oriental ya
delata la índole imperialista de la
Unión Soviética. Sus retiradas
tácticas se traducirán en derrotas
estratégicas. Y si no ha sido tan
acelerada la rusificación del orbe a
través de unas guerras restringidas
que tambalearon por la insuficiencia
de los caudales e instrumentos
indispensables, cabe esperar que se
empantane también el predominio ruso
mediante la monopolización de los
mercados y las monedas extranjeros.
Se abre, en fin, la perspectiva de
contener a los zares redivivos y a
sus estipendiarios.
En Colombia todo depende de un
cambio de mentalidad, de una
revolución ideológica que coloque en
la picota las posiciones de quienes
rechazan las exigencias del FMI
mientras alaban el aniquilamiento de
los pueblos de Eritrea, Chad y
Afganistán, o se muestran
internacionalistas ante los
centroamericanos y chovinistas ante
los indochinos. El editorial de El
Mundo simboliza un paso en aquella
dirección. Que el país lo sepa.
Cordialmente,
Francisco Mosquera.