Los desafios
actuales del movimiento obrero
Conferencia pronunciada el 2 de setiembre de
1998 por Alain Bihr en el Instituto de
Filosofía e Ciencias Humanas de la Universidad
de Campinas (Unicamp), São Paulo, Brasil.
Introducción
En líneas
generales, el movimiento obrero atraviesa hoy
una crisis grave, ya sea al Sur como al Norte.
Entre tanto, si las opiniones son convergentes
sobre el diagnóstico general de la crisis,
ellas son divergentes con relación a las
causas que la provocan y más aún sobre los
remedios a aplicar. Algunos hasta proponen
pura y simplemente dejar morir al enfermo,
declarando su mal incurable e incluso
felicitándose por su deceso.Soy de los que
piensan que si bien la crisis es seria, no es
mortal. Por lo tanto, es conveniente
identificar claramente los obstáculos que se
presentan actualmente en el camino del
movimiento obrero o, si se prefiere, más
precisamente los desafíos que le impone la
situación actual y que éste debe aceptar. He
aquí el propósito central de esta
exposición. Sin embargo, no todos estos
desafíos son de la misma naturaleza ni tienen
la misma importancia. Se puede y se debe
diferenciarlos, y mejor aún, jerarquizarlos.
He elegido ordenarlos en función de su grado
de urgencia, del horizonte temporal en el que
podemos esperar resolverlos y a la vez de la
importancia creciente de su posición. He
elegido también marcar la diferencia entre los
desafíos a corto, mediano y largo plazo.Tales
son los títulos de las tres partes de este
trabajo. En cada caso, voy a esforzarme por
precisar la naturaleza de esos desafíos, el
tipo de problemas que se le presentan al
movimiento obrero y, en fin, las condiciones
en las que éste sería capaz de
superarlos.
1. El desafío
a corto plazo: no caer en el derrotismo
El movimiento
obrero combate hoy en día con las espaldas
contra la pared. Está a la defensiva, se bate
retrocediendo, cediendo terreno sin cesar,
como un ejército en retirada. Por momentos y
en algunos lugares, la retirada se transforma
en derrota o en una desbandada pura y
simple.Más allá de esta metáfora castrense, es
cierto, en efecto, que en el curso de las
últimas tres décadas el movimiento obrero ha
sufrido toda una serie de reveses y de
derrotas que ponen en duda su capacidad
estratégica e histórica. Su primer desafío es
no ceder a tal duda o, en otras palabras, no
caer en el derrotismo.Enumeremos la lista de
sus principales reveses, y veamos por qué, a
pesar de ello, no es necesario abandonarse a
la desesperanza derrotista. La caída de
sus dos principales modelos
Las derrotas
recientes sufridas por el movimiento obrero
son esencialmente dos, y la primera de ellas
es la caída de sus principales modelos, a
saber: i) el llamado socialismo
soviético y sus variantes, desacreditado como
modelo (por su totalitarismo estatalista y su
ineficacia económica), incluso antes de su
caída y disolución; ii)el reformismo
socialdemócrata, que se fue mostrando
gradualmente tal cual era, es decir, como una
simple modalidad del dominio del capital,
incapaz de preparar el advenimiento de algo
superior al capitalismo. Incapaz sobre todo de
proponer una estrategia de salida a la crisis
multiforme en la cual está sumergido el
capitalismo desde hace dos décadas; incapaz de
hacerle frente a la ofensiva neoliberal, a
pesar de los ataques cada vez más brutales
contra los trabajadores, que analizaremos un
poco más adelante. Estos dos modelos
principales proceden en realidad de una misma
matriz; tienen un mismo origen. Como lo abordé
en la obra que me ha permitido estar hoy entre
ustedes, Reformismo socialdemócrata y
socialismo de Estado, derivan de un mismo
modelo de movimiento obrero, que nace en
Europa occidental a finales del siglo pasado y
que se ha universalizado progresivamente a
partir de su origen histórico.
Las
principales características de ese modelo son:
i) Su estrategia estatista, que hace del
Estado el fin y el medio de la lucha de
emancipación del proletariado. Su fórmula
clave es la de liberarse del capitalismo de
Estado liberándose del Estado del capitalismo.
Su fetichismo del Estado y de la mediación
política;ü Sus formas organizacionales:
el privilegio otorgado al partido, como
instrumento de conquista y de ejercicio del
poder del Estado sobre los sindicatos, los
movimientos cooperativos y mutualistas y sobre
los movimientos asociativos; II) Sus
valores ideológicos, radicalización de la
herencia de los iluministas, es decir del
pensamiento burgués en su aspecto más radical:
el humanismo, racionalismo, cientificismo,
mesianismo revolucionario, elitismo político,
estatismo. El conjunto de los elementos
de este modelo se encuentra hoy convulsionados
y desacreditados a partir del derrumbamiento
de los dos modelos precedentes. Es, entonces,
toda la herencia política de un siglo de
luchas obreras la que se encuentra
cuestionada. La incapacidad de enfrentar
la ofensiva neoliberal Esta ofensiva fue
lanzada por los gobiernos británico (Thatcher)
y norteamericano (Reagan) al alba de los años
80, rápidamente seguidos por la casi totalidad
de los gobiernos occidentales. Objetivo
oficialmente pregonado: encontrar una salida a
la crisis del fordismo, es decir del modelo de
desarrollo seguido por el capitalismo
occidental desde el fin de la segunda guerra
mundial, y a la crisis abierta a mediados de
los años 70.Postulado de las políticas
neoliberales: todo mercado tiende
espontáneamente hacia un equilibrio optimal, a
condición de que nada contribuya a trabar su
buen funcionamiento (respeto de las reglas de
mercado entre compradores y vendedores). En
consecuencia, si la economía marcha mal, si
hay crisis, significa que el buen
funcionamiento de los mercados ha sido
obstaculizado y para poner fin a la crisis es
suficiente restablecer ese buen
funcionamiento. De donde se deducen los tres
blancos principales de esta
política: · La relación salarial
fordista, acusada de falsear las reglas de la
competencia en el mercado laboral. Aquí están
particularmente en la mira: la existencia de
umbrales mínimos (salario mínimo), legales o
convencionales; la indexación de los salarios
en relación con los precios, pivote de la
regulación fordista y elemento capital de las
políticas keynesianas; la existencia de
sistemas públicos de protección social, que
los liberales proponen sustituir por los
sistemas voluntarios de seguridad privada.
Objetivo: “hacer pagar la crisis a los
asalariados”, obteniendo una baja del costo
salarial global.· “El Estado
intervencionista”, la bestia negra de los
neoliberales: es decir, la gestión de la
economía capitalista por el Estado. Es
necesario reemplazar la regulación de la
economía por el Estado, que según los
liberales sólo puede agravar los
desequilibrios, por la regulación del mercado.
Así, todos los aspectos de la gestión estatal
se encuentran atacados: desmantelamiento de
los sectores públicos por la liquidación de
las empresas o de los servicios públicos no
rentables y venta de aquellos que son
rentables para el capital privado;
desmantelamiento de los mecanismos
institucionales de protección social;
desreglamentación de todos los mercados, en
particular del mercado de trabajo (es decir,
desmantelamiento de una buena parte de los
derechos del trabajo) y del mercado del
capital (de los mercados monetarios y
financieros).· Los “deudores”: el
neoliberalismo es también (tal vez sobre todo)
la revancha de los acreedores sobre los
deudores. En esta medida, expresa
fundamentalmente los intereses del capital
financiero, incluso contra los del capital
industrial. Principio: es necesario poner fin
a la deriva de la “economía de
sobreendeudamiento” en que terminó
desembocando la crisis del fordismo en su fase
de gestión keynesiana. Triple
objetivo:ü corregir las cuentas entre los
mismos capitalistas poniendo fin a los
compromisos ineficientes de capital,
esencialmente a través del aumento de las
tasas de interés reales que llegaron a récords
históricos en el curso de los años
80;ü reducir el “tren de vida” del
Estado, reduciendo los gastos públicos, es
decir haciendo bajar las famosas exacciones
obligatorias (impuestos y cotizaciones
sociales);ü finalmente, obligar a los
países del Tercer Mundo a reembolsar las
deudas contraídas con la banca occidental en
el curso de los años 60 y sobre todo 70 para
fomentar la industrialización, sometiéndolos
(por intermedio del FMI y el Banco Mundial) a
“políticas de ajuste estructural”.
Aunque las
políticas neoliberales sólo consiguieron
parcialmente sus objetivos, de todas maneras
provocaron en todo el planeta el
cuestionamiento de una parte de los logros
económicos y sociales de los trabajadores, la
caída de decenas de millones de ellos en la
desocupación, la precariedad, la pobreza y -en
definitiva- la miseria, mientras
simultáneamente, en pocos años, se acumularon
fortunas fundadas especialmente en la
especulación financiera. El agravamiento de
las desigualdades sociales ha sido
considerable en el curso de estas dos décadas
de políticas neoliberales, en ambos
hemisferios.Ahora bien, no solamente el
movimiento obrero no ha logrado oponerse al
desarrollo de estas políticas, sino que
algunos de sus componentes (en particular la
mayoría de los partidos socialdemócratas
europeos) adhirieron y se convirtieron en
impulsores de las mismas. En particular, es lo
que ocurrió en Francia, provocando una grave
crisis de la izquierda política y sindical
francesa, así como el divorcio entre una parte
de los aparatos políticos y sindicales del
movimiento obrero y su base social, divorcio
que contribuyó significativamente al
desarrollo de un movimiento de extrema
derecha, xenófobo y racista, el Frente
Nacional. Las razones para no
desesperar Estos fracasos y derrotas
importantes del movimiento obrero han inducido
su cuestionamiento. Por todos lados, se han
alzado voces anunciando el fin del movimiento
obrero, el fin del socialismo o del comunismo,
de la lucha de clases, y también el fin de la
historia. Los “adiós al proletariado” también
se multiplicaron, acompañados del anuncio de
la liquidación de los asalariados y hasta ¡el
fin del trabajo!
Toda esta
literatura, relanzada con gran respaldo de
campañas publicitarias en los medios de
comunicación, ha sido evidentemente más
interesada que interesante: no hace más que
proclamar que el capital reinará de ahora en
adelante como amo y señor absoluto a escala
planetaria y sobre todos los aspectos de
nuestra vida, y que ese reinado está destinado
a prolongarse eternamente.Más allá de esta
charlatanería ideológica, es necesario
reconocer que las derrotas y fracasos
precedentes del movimiento obrero han logrado
introducir la duda en muchos, llevando a
algunos a la desesperación y el abandono
definitivo del combate político y teórico. Sin
embargo, este pesimismo no me parece
justificado, por las cuatro razones
siguientes: 1) La lucha
emancipatoria del proletariado es una lucha
histórica. Se desarrolla a largo (a veces a
muy largo) plazo, en el ámbito de la historia
universal y no en el de los acontecimientos
locales y circunstanciales de la lucha de
clases (sin menospreciar el peso que puedan
alcanzar en el momento). Ahora bien, hasta
prueba en contrario, la historia
continúa.2) Continúa, simplemente, porque
seguimos viviendo en una sociedad dividida en
clases, profundamente marcada por las
relaciones capitalistas de explotación y de
dominación. Ciertamente, estas relaciones se
transforman, a veces agravándose, a veces
superándose, pero la continuidad de los
procesos de explotación y de dominación, sobre
todo cuando la tendencia es hacia la
agravación como en la actualidad, no puede
sino engendrar la resistencia y la lucha
contra ellos. Allí donde hay explotación y
dominación, habrá siempre, tarde o temprano,
revuelta de los explotados y de los dominados,
organización de esas revueltas, proyectos para
poner fin a esta situación, luchas para hacer
triunfar estos proyectos. Anunciar un mundo
pacífico, cuando cotidianamente hay
explotación y dominación mortíferas, es tan
pueril como deshonesto. Sólo puede ser obra de
los apologistas del capital.3) Aunque el
movimiento obrero está actualmente a la
defensiva, y debe hacer frente a las
consecuencias de una serie de derrotas, no por
ello está privado de la posibilidad de
triunfar. Comenzando por su experiencia
histórica.
El
proletariado actual no es ni el proletariado
de mediados del siglo XIX, ni tampoco el de la
primera mitad del presente siglo. En el
interín, por sus luchas -con derrotas y
victorias- ha aprendido mucho: por ejemplo,
que es capaz cuando menos de modificar la
dinámica del capitalismo, confirmando así -en
primer lugar para sí mismo- su capacidad como
actor histórico; ha aprendido también a
autoorganizarse, a construir sus propias
organizaciones de clase; y sobre todo, a
elaborar sus propios valores e ideales, etc.
Estoy convencido -aunque no pueda extenderme
en este punto- que existe en el seno de la
lucha de clases del proletariado una
acumulación de la experiencia histórica. En
este sentido, la crisis del modelo del
movimiento obrero nacido a finales del siglo
pasado -ese que yo denomino el modelo
socialdemócrata-, es también, para el
proletariado mundial, a través de sus
organizaciones de clase, una fuente importante
de enseñanzas. En particular, la experiencia
de ese modelo, de sus logros parciales y de su
fracaso definitivo, permitió hacer la
experiencia sobre el Estado, de la conquista y
del ejercicio del poder de Estado, experiencia
temible, de la que no se han extraído aún las
enseñanzas.4) En fin, la última razón
para no desesperar es que el enemigo de clase,
el capital, no es más poderoso en la
actualidad, pese a que parece haber vencido
definitivamente a su enemigo histórico.
Aparentemente, el capital reina hoy en día sin
contestación alguna sobre el mundo. Pero,
¿sobre qué mundo reina? ¿Qué mundo ha
engendrado su así llamada dominación
indiscutible e incontestable? Digámoslo
claramente: un mundo cada vez más inmundo,
cada vez más invivible, menos administrable,
más ingobernable, en una palabra, un mundo que
va hacia la catástrofe, en el que las
contradicciones y los absurdos se acumulan y
engendran una serie de crisis cada vez más
graves. Crisis que el capital, los Estados que
aseguran su reproducción y los gobiernos que
las administran pueden controlar cada vez
menos. Esas crisis constituyen así una nueva
oportunidad para el movimiento obrero, y le
lanzan una nueva serie de desafíos. Esas son
las diferentes crisis que me propongo analizar
en la segunda parte. 2. Los desafíos a
mediano plazo
Si el
movimiento obrero pretende recuperar su
capacidad estratégica, o dicho de otra forma,
si pretende aparecer nuevamente como fuerza
social capaz de modificar la dinámica del
capitalismo; de estar, en consecuencia, en
condiciones de incidir en el curso de la
historia, deber realmente estar en condiciones
de afrontar los desafíos que también a él le
lanzantodas las crisis graves a las que
la dinámica actual arrastró al conjunto de la
humanidad. Con esta condición (y solamente con
esta condición) el movimiento obrero podrá
salir de su propia crisis. Identifico cuatro
crisis: La crisis ecológica Los
principales síntomas de esta crisis
son: · Agotamiento de las reservas
naturales (elementos minerales o fósiles, así
como la tierra y el agua), como consecuencia
de su saqueo y despilfarro, engendrando nuevas
anomalías y penurias.· Contaminación de
los elementos naturales (aire, agua, tierra)
por los desechos y residuos derivados de la
producción industrial no controlados y no
reciclables; en particular, la multiplicación
de las catástrofes ecológicas (mareas negras,
incidentes más o menos graves en las
industrias químicas o electronucleares), las
lluvias radiactivas cada vez más extendidas y
frecuentes.·
Bajo el efecto
combinado de las diferentes poluciones,
empobrecimiento de la flora y la fauna
provocado por el exterminio de centenares de
millares de especies; desestabilización o
destrucción del ecosistema y también de medios
de la naturaleza, como el mar o los
bosques.· En fin, el más grave, la
ruptura de ciertos equilibrios ecológicos
globales, constitutivos de la biosfera, por la
destrucción parcial de algunos de sus
elementos componentes (por ejemplo, la
destrucción de la capa de ozono). La
causa fundamental de esta crisis ecológica,
que adquiere hoy en día dimensión planetaria
es, evidentemente, el productivismo inherente
al capitalismo. Como ya lo demostrara Marx,
bajo el régimen capitalista el fin último del
proceso de producción no es ni el valor de uso
(la producción de bienes y de servicios
destinados a satisfacer las necesidades
humanas), ni el valor de cambio (la producción
de mercancías), ni tampoco la formación de un
plusvalor (para asegurar la valorización del
capital), sino la acumulación del capital
mismo, en definitiva, la acumulación de los
medios de producción. Vale decir que, en el
régimen capitalista, el fin de la producción
es la producción indefinida y a una escala
siempre creciente. Esta producción por la
producción misma es, precisamente, lo que
define el productivismo. Marx señaló en su
momento que este productivismo, este
acrecentamiento incontrolado y ciego de las
fuerzas productivas, conducía inevitablemente
a empobrecer, degradar y en definitiva
destruir las dos fuentes de toda riqueza
social: la fuerza del trabajo humano por una
parte, y por la otra la tierra, o sea el suelo
y el subsuelo, las riquezas naturales, las
fuerzas productivas de la naturaleza.La crisis
ecológica es inevitable en el seno del
capitalismo. Sin duda, podemos imaginar una
especie de reformismo ecologista que
permitiría atenuarla, como el reformismo
socialdemócrata permitió atenuar las
consecuencias sociales más desastrosas de la
explotación y de la dominación de la fuerza de
trabajo.
La mayoría de
los movimientos ecologistas representan, por
otra parte, ese tipo de reformismo y defienden
ese proyecto, conscientemente o no. Sin
embargo, es forzoso constatar que, por el
momento, el capitalismo se ha mostrado
ecológicamente irreformable. Las dos
conferencias mundiales convocadas por la ONU
sobre los problemas ecológicos (la de Río en
1992 y más recientemente la de Kioto[1])
terminaron con medidas totalmente
insuficientes que, por lo demás, fueron letra
muerta pues no han sido aplicadas o lo serán
en forma parcial. ¿Cómo podría ser de otra
manera en el contexto de las políticas
neoliberales hoy dominantes? Para ellas no hay
otro valor que aquel que se deriva del valor
de cambio de mercancías o, en rigor, del que
es condición de ese intercambio. Pero, ¿cuál
es el valor comercial del aire que respiramos,
de la diversidad de la flora y de la fauna, de
los paisajes plasmados por la presencia humana
milenaria, del equilibrio a menudo sutil y
siempre frágil obtenido y mantenido entre las
contracciones de la autorreproducción de los
sistemas ecológicos y las actividades humanas?
Es exactamente nulo, y en ese sentido esa
realidad no tiene consistencia para un
pensamiento y una práctica economista, al
menos hasta el momento en el que su
destrucción o desnaturalización empiece a
perturbar las condiciones del intercambio
mismo. Y para restablecerlas, la propuesta del
neoliberalismo no será otra que incorporarlas
a la regulación del intercambio de mercancías,
el modelo único de toda regulación. Para
limitar los desechos nocivos en la atmósfera,
¿no hemos escuchado a algunos economistas
neoliberales presentar la idea de permitir el
“derecho a contaminar” que podría cotizarse en
la bolsa, como un vulgar título de
propiedad? Esto constituye para el
movimiento obrero
una posibilidad estratégica, una
oportunidad a aprovechar mostrándose portador
de un proyecto de organización económica y
social ecológicamente sostenible, pero también
una necesidad a la cual no puede
sustraerse, aunque lo obligue a una verdadera
“revolución cultural”.Hace falta, en efecto,
que el movimiento obrero rompa, él también,
con su productivismo, incluso con el
industrialismo que hace parte de su herencia
socialdemócrata.
Hasta el
presente, el movimiento obrero se ha asociado
extensamente al productivismo capitalista por
razones fáciles de comprender: este
productivismo garantizaba el crecimiento
numérico de sus tropas, y este crecimiento y
el desarrollo económico eran sinónimos de una
mejora en el nivel y condiciones de vida
(consecuencia de la repartición de las
ganancias de la productividad entre salarios y
beneficios). Este productivismo ha sido
entonces reforzado por la cultura
socialdemócrata del movimiento obrero,
conjugando economicismo y cientificismo,
desembocando en consecuencia en un verdadero
culto al desarrollo de las fuerzas productivas
de tipo industrial.En lo sucesivo, el
movimiento obrero no puede delegar más en la
burguesía la responsabilidad de administrar el
crecimiento de las fuerzas productivas,
consolándose con presionar sobre ella para
obtener una más justa repartición de los
frutos de este crecimiento, para reequilibrar
en provecho de los trabajadores la
distribución del producto neto.
El movimiento
obrero debe hoy en día ponerse en situación de
pesar sobre las orientaciones del proceso
social de producción, es decir sobre los
objetivos que son asignados a la acción social
del trabajo dentro de su globalidad, sobre el
uso que se hace de las fuerzas productivas de
la sociedad en su conjunto. Su objetivo debe
ser el arrancar las fuerzas productivas a la
“lógica productivista” que le imponen las
relaciones capitalistas de producción. En esta
perspectiva, sin esperar una hipotética
conquista del poder del Estado, la prioridad
debe centrarse, al contrario, en las luchas
para imponer a los capitalistas y al Estado
simultáneamente: · contrapoderes en
materia de control del desarrollo industrial,
pero también científico y técnico: por
ejemplo, la puesta en marcha de una red de
organismos locales, nacionales e
internacionales de evaluación de los riesgos
ecológicos; imponer la necesidad de asociar a
los trabajadores y a las poblaciones próximas
en toda decisión de desarrollo industrial,
como el derecho de tener contra-expertos y de
convocar consultas populares sobre esos temas,
etc.;· proyectos y planes alternativos de
producción: por ejemplo, el abandono o la
reconversión de las industrias contaminantes
(algunas industrias químicas), peligrosas (las
centrales nucleares) o simplemente socialmente
inútiles (las industrias de armamentos) hacia
actividades socialmente útiles y
ecológicamente limpias;· más ampliamente,
como continuidad de una de sus fuentes
históricas (el movimiento cooperativo y
mutualista), el movimiento obrero
debe alentar el desarrollo de una
economía “alternativa”, de una red de
unidades de producción que funcionen al margen
de la economía de mercado y capitalista, según
criterios a la vez ecologistas,
autogestionarios y de utilidad social.
La crisis
socioeconómica
Esta segunda
crisis es sin duda más conocida que la
precedente; sus efectos son también
inmediatamente más perceptibles. Por otra
parte, nos encontramos aquí en un terreno que
es clásicamente aquel sobre el que el
movimiento obrero ha sido llevado a intervenir
y actuar desde sus orígenes históricos, lo que
me permitirá ser más breve en esta
exposición.Es sorprendente constatar que, como
decían los viejos, no hay nada nuevo bajo
el sol capitalista. La acumulación del
capital que se expande sobre el plano mundial,
en despecho de la crisis capitalista y en
parte gracias a ella, continúa ajustándose a
la ley fundamental que ya Marx había formulado
a este respecto: “la riqueza de las naciones
hace la pobreza de los pueblos”. Dicho de otro
modo, nosotros vivimos en un mundo cada vez
más rico, e incluso vivimos en un mundo que no
cesa de acumular los medios de producción, es
decir los medios de producir una riqueza
siempre creciente; y sin embargo, contamos
cada vez con más pobres y miserables en este
mundo, tanto al Norte como al Sur. En resumen,
hoy como ayer en la Inglaterra victoriana que
Marx tenía frente a sus ojos, la acumulación
del capital y el crecimiento de la riqueza en
uno de los polos de la sociedad, significa
acumulación de la pobreza y de la miseria en
el otro polo. Podríamos multiplicar las cifras
ilustrando esta situación: tomaré solamente
una, extraída del Informe sobre Desarrollo
Humano de las Naciones Unidas de 1996: las 358
personas multimillonarias en dólares poseían
entonces juntas una fortuna equivalente a los
ingresos anuales del 45% de los seres humanos
más pobres del planeta, es decir 2.600
millones de individuos. ¡Y éste es el mundo
que algunos auguran que pueda llegar a durar
eternamente porque sería el mejor de los
mundos posibles!
Hoy como ayer,
el mecanismo que genera esta polarización
creciente es el mismo: el proceso de
acumulación del capital, que priva sin cesar a
cada vez más individuos de los medios de
producción y de consumo, engendrando no
solamente a los proletarios, los trabajadores
privados de toda otra propiedad que no sea la
de su fuerza de trabajo, sino también a los
proletarios supernumerarios, a los que el
capital no tiene necesidad de valorizarlos,
para acumular y reproducirse, y a quienes, en
consecuencia, empuja de manera periódica o
crónica al subempleo o la desocupación y a los
que se les niega hasta los medios de
subsistencia más elementales. Una riqueza
creciente producida con menos trabajo gracias
a un aumento de la productividad del mismo: he
ahí el secreto de la pobreza y de la miseria
de las grandes masas. Entonces, ¡ése debiera
ser el anuncio de una nueva Edad de Oro!
La magia negra
del capital metamorfosea los medios de la
riqueza universal de los hombres
transformándolos en medios de empobrecimiento
y de opresión para la mayoría.Frente a esta
situación tan absurda como inhumana, el
movimiento obrero debe, hoy como ayer, luchar
por dos objetivos: · por un lado,
una repartición más equitativa de la riqueza
social, específicamente la institución para
todo ser humano de un ingreso económico social
garantizado, que no sea solamente el “salario”
de la miseria y de la exclusión, sino que le
asegure la posibilidad de acceder a los medios
de existencia necesarios a una vida humana
decente. En este cuadro, la abolición pura y
simple de la deuda pública de los Estados del
Tercer Mundo es una condición necesaria, en la
medida que el reembolso de esta deuda
estrangula financieramente a estos Estados y
sus pueblos;· por otra parte, y sobre
todo, una reducción del tiempo de trabajo
generalizado y masivo, según el principio
“trabajar menos para trabajar todos”. Porque
lo absurdo es que hoy las ganancias de la
productividad constante conducen a desplazar
una masa cada vez mayor de individuos por
fuera del campo de la producción, la
desocupación y a la precariedad de por vida,
mientras que condenan a los trabajadores
empleados en las empresas a jornadas cada vez
más largas e intensas. La apuesta es
decisiva para el movimiento obrero: se trata
de evitar la ruptura mortal, que lo
debilitaría considerablemente, entre aquello
que Marx llamaba “el ejército industrial
activo” y “el ejército industrial de reserva”;
entre la parte del proletariado sometida a la
explotación y a la dominación de su fuerza de
trabajo y la parte que se encuentra excluida
de todo empleo productivo y que por su misma
presencia hace presión a la baja de las
condiciones de remuneración y de trabajo de la
precedente. La crisis política
Por crisis
política entiendo la situación de vacío
político que la dinámica reciente del
capitalismo ha engendrado. Voy a precisar los
diferentes elementos de esta situación antes
de esbozar cómo el movimiento obrero puede
esbozar una respuesta. · Este vacío
político se traduce, en primer lugar,
por un neto déficit de regulación de la
economía mundial actual. La nave de la
economía mundial está como un “barco a la
deriva” sin capitán ni rumbo fijo, que anda
sin mapa ni brújula. Este déficit tiene que
ver con el debilitamiento de la capacidad
reguladora de los Estados-naciones. Sin duda,
este debilitamiento resulta en esencia de la
transnacionalización de las relaciones
económicas, que priva progresivamente a los
Estados de sus instrumentos tradicionales de
política económica (control del crédito,
política presupuestaria, control de cambios).
Pero el neoliberalismo también ha contribuido
en gran medida -convirtiéndose en el campeón
de la desregulación salvaje y ciega de todos
los mercados- a erigir como virtud política
suprema la expropiación de los
Estados-naciones de esos instrumentos de
intervención.· Pero este déficit tiende
también a la ausencia de toda instancia
transnacional de regulación, que sustituya a
los Estados nacionales desfallecientes. Las
victorias parciales logradas, en un primer
momento, por la concertación entre los
gobiernos de los principales Estados
capitalistas en el seno del G7 -actualmente
G8-, (para administrar la crisis financiera
internacional de comienzos de los años 80 y el
estallido de la burbuja especulativa mundial a
comienzos de la década siguiente), no hacen
más que resaltar, por contraste, la debilidad,
la ineficacia y simplemente toda la
inexistencia de los esfuerzos por edificar en
común un dispositivo como ése, sólo apto para
asumir la gestión y la regulación de la
economía mundial, o también simplemente para
lograr definir las condiciones de un
relanzamiento concertado de la economía
mundial. Es suficiente, a este respecto,
recordar los resultados mediocres o nulos de
las últimas reuniones del mismo G8, por lo que
se instala la pregunta para qué sirve todavía,
si no es para permitir a los “grandes” del
mundo desarrollado instalar el espectáculo
planetario de su impotencia, de su
pusilanimidad y de sus divisiones. Y, más aún,
hay que incriminar al neoliberalismo, con su
culto del laisser faire, laisser
passer, su creencia fetichista en la virtud
autorreguladora de los mercados.· Sin
embargo, el vacío político actual no se
refiere sin embargo solamente a la
imposibilidad de acordar entre “los que están
arriba” y al consiguiente déficit de la
regulación de la economía mundial. Tiene que
ver igualmente con el silencio, la impotencia
y la apatía a la que fueron reducidos “los de
abajo” por algunas de las evoluciones y
mutaciones analizadas anteriormente. Dicho de
otra manera, con la crisis del movimiento
obrero y, más en general, la debilidad actual
de las fuerzas anticapitalistas en el mundo. Y
por lo mismo, el capitalismo ha carecido de la
única fuerza que, siendo capaz de hacerle
frente y llegado el caso modificar su
dinámica, podría también servirle de barrera
de contención.· Esta falta de barreras
explica en particular la posibilidad que
tienen los gobiernos de los países
desarrollados de insistir en la aplicación de
recetas liberales, cuyos resultados
catastróficos para la gran mayoría fueron
tales que ellos mismos abandonaron el
triunfalismo que hasta no hace mucho
ostentaban. Porque, como muestran varios
ejemplos clamorosos a lo largo de la historia
de los últimos dos siglos, el sistema
capitalista es empujado a reformarse solamente
bajo la presión de quienes oprime y
marginaliza, encontrando por lo demás
frecuentemente en estas reformas la
oportunidad de rejuvenecimiento. Librado a sí
mismo, abandonado a su propia dinámica,
amenaza correr hacia el abismo, y nosotros con
él.
· Se
puede, a título de último factor y aspecto del
vacío político actual, evocar la crisis de la
democracia representativa que se ha agravado
singularmente. Crisis de la que la
indiferencia y la apatía políticas (por
ejemplo, el abstencionismo electoral)
constituye el principal síntoma, y de la que
las transformaciones precedentes son más o
menos directamente responsables: privando a la
inmensa mayoría de los ciudadanos de todo
dominio sobre el futuro económico y social, y
colocándolos en las manos invisibles del
mercado; debilitando globalmente el poder
político y a quienes lo ejercen; corrompiendo
el espíritu cívico mediante la exaltación del
enriquecimiento fácil y rápido; agravando las
desigualdades y desacreditando al mismo tiempo
los ideales democráticos; privando de toda
sustancia, de toda realidad, a quienes se
encuentran al margen del desarrollo
capitalista, hundidos en la precariedad
económica, la pobreza y la miseria.· Al
límite, apenas exagerando, se puede decir que
el desarrollo reciente del capitalismo ha
ilegitimizado largamente esta forma política
que es la democracia, haciéndola aparecer a
los ojos de los desheredados cuanto menos como
una ilusión, o peor aún, como una mentira.
Después de haber contribuido a socavar la
credibilidad del así llamado “socialismo
real”; el capitalismo está minando a su propia
pantalla política: la democracia. Por lo
tanto, al nuevo movimiento obrero le
corresponde encontrar una salida a esta
crisis, y llenar este vacío político. Podrá
hacerlo a condición de trabajar en dos niveles
simultáneamente: · Por una parte, el
movimiento obrero debe trabajar para devolver
credibilidad a la democracia representativa,
al Estado democrático, luchando
específicamente para reintegrarle al menos en
parte medios para regular los movimientos
erráticos de la economía mundial y, en primer
lugar, los flujos y reflujos del capital
financiero, que hunden permanentemente las
economías nacionales en una situación de
inestabilidad generadora de precariedad
económica para la mayoría.
Tácticamente,
el movimiento obrero no debe vacilar en apoyar
toda formulación política destinada a
establecer nuevos medios de control sobre
tales flujos, condición necesaria aunque no
suficiente para que los gobiernos puedan
conducir políticas económicas autónomas,
orientadas a favorecer a los más
numerosos.· Pero el movimiento obrero no
puede ni debe proponerse simplemente retomar
la cultura estatista que tuvo en el seno del
modelo socialdemocrático y, más aún, dentro
del “socialismo de Estado”. Debe, al mismo
tiempo, de manera concurrente si no
contradictoria, proponerse impulsar, favorecer
y desarrollar estructuras de
contrapoder. Denomino contrapoderes a
estructuras simultáneamente capaces
de: ü impulsar las prácticas
alternativas, en ruptura (en diversas escalas)
con aquellas dos mediaciones fundamentales de
la organización capitalista de la sociedad que
son el mercado y el Estado. Por ejemplo, un
plan alternativo de contratación, un
contra-plan de producción o de organización de
un servicio público, un plan alternativo de
organización de un conglomerado social,
etc.;ü servir como “nudo” en las redes
militantes, como puente entre el conjunto de
las organizaciones (asociaciones, sindicatos,
movimientos sociales específicos,
organizaciones políticas), que trabajan sobre
un territorio determinado (un conglomerado
social, una región, un país, etc.). Las bolsas
de trabajo, en y por las cuales nació el
sindicalismo revolucionario a comienzos de
siglo, representan un ejemplo;ü ser
capaces de federarse, de constituir redes, de
manera de extender continuamente el campo de
la disidencia social con relación al mercado y
al Estado;ü en fin, poder preparar el
inevitable enfrentamiento con el Estado,
llevando a cabo un incesante trabajo de
autoorganización de la sociedad destinado a
deslegitimar al Estado, a hacerlo entrar en
corto circuito y, en definitiva,
neutralizarlo.
La crisis
simbólica
No hemos
todavía terminado con el inventario de la
catástrofe permanente dentro de la cual nos
sumerge la dominación sin barreras del
capital. Esto nos hace recordar un último
aspecto: la crisis simbólica o la “crisis de
sentido”.Por crisis de sentido entiendo la
dificultad creciente que encuentran los
individuos en nuestros días (en las sociedades
desarrolladas más todavía que en los países en
vías de desarrollo), para dar un sentido a sus
existencias. Es decir, para creer o mantener
su identidad personal, para poder comunicarse
con otros, para ser capaces de heredar la
experiencia de las generaciones anteriores,
para sentirse capaces de participar en las
actividades colectivas, tomando parte de la
construcción del mundo. Esta crisis simbólica
resulta en definitiva de la incapacidad,
propia de las sociedades capitalistas
desarrolladas, de proponer o de imponer a sus
miembros un orden simbólico, es decir un
conjunto de ideas, de referencias, de normas,
de valores, que representen un mundo a la vez
intelectualmente comprensible y subjetivamente
aceptable, hasta deseable.Frente a esta
crisis, la exaltación neoliberal del
individualismo constituye una respuesta
insuficiente, puesto que esta crisis registra,
en un sentido, los límites de un proceso de
privatización de la vida social que, en última
instancia, conduce al individuo a vaciarse de
su propia sustancia social y psicológica. En
particular, el neoliberalismo, que sirve
actualmente de cobertura ideológica del
capitalismo, ha sido totalmente incapaz de
suministrar una respuesta a la angustia, al
sentimiento difundido de inseguridad que va en
aumento en el seno de las poblaciones de los
países industrializados como de los países del
Tercer Mundo.
En resumen:
profundas y rápidas convulsiones sociales y
mentales engendradas por la crisis (después de
las décadas de crecimiento); la amenaza de
precariedad de las condiciones de existencia y
de marginalización social; en fin, la pérdida
de referencias ligadas a la disolución o a la
fragmentación de comunidades de pertenencia o
de referencia (la familia, la profesión, la
clase, la nación, la comunidad religiosa).Para
el movimiento obrero es una necesidad dar
respuesta a esta crisis simbólica, al menos
por dos razones: · En primer lugar,
esta crisis obstaculiza el compromiso político
de los individuos. Los conduce a replegarse
sobre sí mismos o sobre los canales de
solidaridad más estrechos (familiares o
vecinales), que los hacen incapaces de
concebir un proyecto global y de luchar por su
realización. Este importante elemento se
presenta como obstáculo a la constitución de
una subjetividad revolucionaria, a una
voluntad colectiva de transformación del mundo
social en un sentido emancipador.
· En
segundo lugar, esta crisis provee de base
social a los movimientos de extrema derecha,
de corte fascista o fascistizantes, que
aparecen para convertir la angustia indefinida
en su objeto, que transforma la crisis de los
sentidos en miedos identificables: miedo del
otro, miedo del extranjero y particularmente
del inmigrante, miedo del cambio, alimentando
una necesidad de restauración autoritaria y de
afirmación de la identidad. En este sentido,
tanto por sus imperfecciones (de las cuales no
se ha ocupado), como por sus excesos (los
efectos de sus actos políticos), el
neoliberalismo ha dado los argumentos a los
discursos y prácticas de exclusión, con fondo
nacionalista y xenófobo, que hoy resurgen, un
poco por todo el mundo, y que acompañan su
propio triunfo como una sombra. Además,
el movimiento obrero no está desarmado frente
a esta “crisis de sentido”, que le abre
algunas posibilidades. Puede en especial
aprovechar la crisis permanente de legitimidad
en la que ella hunde al capitalismo,
privándolo de toda ideología dominante
coherente y estable -generalmente la
aceptación del capitalismo es actualmente pura
y simple resignación al orden existente-.
También puede aprovechar la inmensa
insatisfacción en que las condiciones comunes
de existencia hunden a la mayoría de las
poblaciones, tanto en los países desarrollados
como en los países en vías de desarrollo.
Puede y debe, sobre todo, responder a las
aspiraciones de autonomía individual, de
igualdad en las condiciones a nivel social y
de solidaridad colectiva que subsisten en el
seno de las masas populares, de manera tanto
más urgente cuando tales aspiraciones están en
peligro de ser desviadas por la demagogia de
los movimientos populistas de extrema
derecha.
3. El desafío
a largo plazo: reconstruir un movimiento
revolucionario (reconstruirse como movimiento
revolucionario) El conjunto de las crisis
crónicas dentro de las cuales el capitalismo
contemporáneo está hoy en día comprometido,
representa desafíos lanzados al movimiento
obrero, que éste debe responder para poder
renacer como fuerza social capaz de modificar
la dinámica actual.Sin embargo, las soluciones
de esas crisis son, en cada caso, siempre
múltiples, más o menos globales, más o menos
radicales. Algunas pueden incluso tener lugar
en el seno mismo del capitalismo, y no
implican su derrocamiento y superación
revolucionaria.Nos queda, pues, encarar una
tercera serie de desafíos: los que se le
plantean al movimiento obrero en la
perspectiva de su renacimiento en tanto
movimiento revolucionario, desafíos que en
todo caso el movimiento obrero sólo puede
proponerse superar a largo plazo.Para que el
movimiento obrero pudiese devenir o redevenir
una fuerza revolucionaria, hay tres
cuestiones, al menos, que debieran ser
saldadas: la del sujeto del movimiento
revolucionario, la del proyecto revolucionario
y la del camino que debe seguir el movimiento
revolucionario. No me propongo aquí exponer
estas tres cuestiones en todo su desarrollo,
sólo quiero señalar lo esencial, a riesgo de
ser lapidario, proponiéndome eventualmente
retomar en esta discusión.
La cuestión
del sujeto
¿Quién tiene
hoy en día interés en un cambio
revolucionario? ¿Quién es capaz? La cuestión
se presenta a un doble nivel: · A
nivel sociológico: hoy como ayer, la principal
fuerza revolucionaria potencial sigue siendo
el proletariado. Entiendo por esto no
solamente al conjunto de los hombres y de las
mujeres que poseen por toda propiedad
únicamente su fuerza de trabajo y que pueden
aspirar como máximo convertirse en
trabajadores asalariados asignados a funciones
de ejecución en la división capitalista del
trabajo. Que ellos o ellas sean o no empleados
actualmente por el capital, que ellos o ellas
pertenezcan al “ejército industrial en
actividad” o al “ejército industrial de
reserva”, para usar la terminología de Marx,
es aquí secundario.· Este proletariado
está hoy dividido, fragmentado en múltiples
Estados, naciones, pueblos e incluso en
múltiples capas al interior de cada una de
esas unidades políticas. Hoy como ayer, en
consecuencia, y más que ayer en la hora de la
transnacionalización del capital, el principal
desafío que el movimiento obrero debe relevar
es el de su unificación internacional. La
consigna con la que concluye el Manifiesto del
Partido Comunista, del que se ha celebrado el
150 aniversario de su aparición: “¡Proletarios
de todos los países, uníos!”, es más actual
que nunca. · A nivel político: el
sujeto revolucionario debe componerse de
organizaciones de clase del proletariado. Por
razones sobre las cuales no me voy a explayar
aquí, pienso que las organizaciones sindicales
tienen un rol privilegiado en esta tarea de
unificación internacional del proletariado.
El
sindicalismo no tendrá porvenir, por otra
parte, si no se empeña en contribuir a esta
tarea, luchando desde el inicio por la
unificación de las condiciones de empleo y de
remuneración al interior de una misma empresa
multinacional o en una misma rama industrial.
Estas organizaciones sindicales no deben sin
embargo aislarse de los movimientos sociales
específicos tales como los ecologistas o
feministas (luchando contra la opresión
específica de la mujer), incluso sobre un
plano internacional así como nacional o
regional. Deben buscar sistemáticamente las
convergencias con este tipo de movimientos,
sobre las bases más radicales
posibles. La cuestión del
proyecto ¿Alrededor de cuál proyecto el
movimiento obrero puede proponerse renacer
como movimiento revolucionario? A riesgo de
sorprender o de chocar con algunos de
ustedes, yo respondería sin hesitación:
alrededor de un proyecto de sociedad
comunista.
El desarrollo
anterior habrá hecho comprender claramente
-así lo espero- que en mi opinión el comunismo
no se asemeja, ni de cerca ni de lejos, al
tipo de sociedades, de Estados, de regímenes,
así bautizados en el curso del siglo -llámense
Unión Soviética o China maoísta-. Interpreto
por comunismo una sociedad liberada de toda
relación de explotación y de dominación del
hombre por el hombre, en la cual los hombres
produzcan en el marco de un plan elaborado
democráticamente y de unidades de producción
autogestionadas por los trabajadores. Es
siempre este tipo de sociedad la que ha
servido, explícita o implícitamente, de
referencia o de horizonte a las luchas de los
trabajadores.Pienso que hoy en día una
sociedad de este tipo ya no es más una utopía,
sino un objetivo que el movimiento
obrero se debe proponer hacer a la
vez realista y creíble. Este es el
segundo desafío a largo plazo que debe
señalarse.Aquí tampoco pienso exponer en
detalle la fundamentación de esta idea. Me
contentaré con los elementos siguientes: me
parece que hoy el comunismo ha pasado a ser
simultáneamente necesario y posible.
Necesario, porque una sociedad comunista, como
la que acabo de explicar en grandes líneas, es
la única capaz de resolver radicalmente las
diferentes crisis estructurales en las cuales
el capitalismo está sumido. Posible, porque
corresponde a toda una serie de logros
actuales del capitalismo, en
particular: · la acumulación de
fuerzas productivas (que se traduce
particularmente por el desarrollo exponencial
de la productividad del trabajo), permite
considerar no solamente la liberación de la
humanidad de la pobreza y de la miseria, sino
de poder aliviarla en una buena medida, de la
presión de la necesidad económica del trabajo,
reduciendo masivamente el tiempo que los
hombres han estado obligados hasta el presente
a consagrarle;· la socialización de la
sociedad, o dicho de otro modo, la
intercomunicación universal entre los hombres,
a todos los niveles, desde la producción
material hasta la intelectual (informaciones,
conocimientos, ideas); el desarrollo por
consiguiente de prácticas de cooperación, en
desmedro del reino universal de la competencia
que degenera regularmente en
conflictos;· la personalización creciente
de los individuos, bajo el efecto de los
procesos precedentes pero también de otros
históricamente muy importantes, que son
resultado del desarrollo capitalista (la
autonomía jurídica y moral de los individuos,
el desarrollo de la escolarización de masas,
etc.). Lo que conduce a los individuos a
reivindicar la realización autónoma dentro de
sí y por una comunicación igualitaria con los
otros, en el seno de un desarrollo común de
reapropiación del universo social y de su
arraigamiento natural. En una palabra, el
proyecto de construcción de una sociedad
comunista puede también hoy en día apoyarse
sobre reivindicaciones, pero también sobre la
capacidad de los individuos de presentarse
como sujetos, en todo el sentido del término,
sujetos de su propia existencia personal y
sujetos de la historia colectiva. La
cuestión del camino
Queda la
cuestión del camino, o dicho de otro modo
la estrategia. ¿Cómo se hace para
concretar semejante proyecto? ¿Qué enfoque
puede posibilitarle al proletariado provocar
una ruptura revolucionaria que permita
empeñarse en la vía de la construcción de una
sociedad comunista?En parte ya he respondido a
esta cuestión en el desarrollo precedente,
cuando rescato la noción del contrapoder.
Es sobre la base de la construcción de
contrapoderes (al comienzo locales y
parciales, luego su federación progresiva en
un contrapoder a escala de la sociedad entera
y del conjunto de las actividades sociales),
que podemos esperar el inicio de las prácticas
de reapropiación por las masas populares, de
la gestión del conjunto de los problemas
colectivos, que no es otra cosa en definitiva
que el comunismo tal cual lo definí más
arriba. En una estrategia de contrapoder
semejante, se pueden distinguir, en general,
tres etapas:
1) Primera
etapa: se caracteriza por prácticas parciales
y locales de contrapoder. Pueden apoyarse
sobre: · la autogestión por
los trabajadores de sus luchas, en el trabajo
y fuera de él, permitiendo su autoorganización
progresiva en redes autónomas federativas de
colectivos de base (en las empresas, los
barrios, las
localidades);· el despliegue de
“lógicas alternativas”, en el trabajo y fuera
de él, opuestas a la lógica capitalista. Estas
lógicas se desarrollarán bajo la forma de
proyectos alternativos (o contra-proyectos)
elaborados, impuestos y llevados a cabo por
los trabajadores mismos, teniendo un sentido
de reapropiación de sus condiciones sociales
de existencia y más extensamente de la toma a
su cargo del conjunto de
la praxis social. Se deberá velar
para que estos proyectos no sean enfocados
solamente para el mejoramiento de la situación
inmediata de los trabajadores sino también
hacia el vuelco favorable de las relaciones de
fuerza globales.
2) Segunda
etapa: se caracteriza por la multiplicación y
la coordinación de esas prácticas de
contrapoder, y por su extensión a una escala
más vasta (sectores enteros de la sociedad,
“polos de empleo”, regiones, así como naciones
o grupos de naciones). El contrapoder
proletario se afirma entonces progresivamente
como una fuerza social y política a nivel
de toda la sociedad, capaz no solamente de
imponer a la clase dominante transformaciones
sociales significativas (reformas “radicales”)
sino también de hacer creíble la perspectiva
de una “ruptura” con el capitalismo,
invirtiendo a favor de proletariado la
relación de fuerzas. A través de ese proceso,
el proletariado debe buscar constituirse como
una sociedad alternativa o
contra-sociedad (y no ya únicamente en
contra-Estado, como en el modelo
socialdemócrata del movimiento obrero),
ampliando sin cesar los “espacios de libertad”
así conquistados en el interior y contra la
sociedad capitalista, apoyándose en particular
en la existencia de redes densas de
cooperativas de producción y de consumo, en
los movimientos sociales que controlan
sectores enteros de la vida económica y social
(por ejemplo, los equipamientos colectivos y
los servicios públicos), en las asociaciones
que contribuyen a la formación de una
expresión cultural autónoma del proletariado,
lo que nos da un ejemplo de lo que puede ser
una sociedad autoorganizada y
autoadministrada. Se crea así,
progresivamente, una situación de doble
poder en el seno de la sociedad: frente
al poder aislado del capital y particularmente
del Estado, se construye de ahí en más el
contrapoder proletario nacido de la
reapropiación y de la gestión democrática de
determinados mecanismos de la vida social.
Situación en definitiva inestable y
transitoria, que no puede tener otra salida
que la de una crisis revolucionaria… o una
contrarrevolución, en la medida que la
cuestión general del poder en el seno de la
sociedad pase concretamente a un primer
plano.
3) Tercera
etapa: esta situación de doble poder hace
aparecer lo que resta del poder capitalista y
en primer lugar el aparato del Estado, como un
obstáculo esencial a la realización de los
proyectos y de las aspiraciones populares, es
decir como un obstáculo a remover.
Recíprocamente, el contrapoder proletariado se
transforma para la clase dominante en una
amenaza mortal; desde entonces el
enfrentamiento violento entre ellos se
presenta como inevitable y sólo un
enfrentamiento semejante puede ser la
culminación de un proceso revolucionario.
La “ruptura” revolucionaria es así
el momento donde el contrapoder proletario
consigue desmantelar el aparato del Estado,
para sustituirlo en la gestión general de la
sociedad. Esta “ruptura” con el capitalismo
deberá ser preparada por una lenta y paciente
reconquista por parte de las fuerzas
proletarias del dominio sobre sus condiciones
sociales de existencia, en el trabajo y fuera
de él; por un largo y sin duda difícil
aprendizaje de la autoorganización en las
luchas, de la democracia directa, de la
autogestión de la vida social; por un proceso
ininterrumpido de “experimentación social”,
que implica titubeos, ensayos y errores (y sus
rectificaciones), con el consecuente
enriquecimiento de la conciencia de clase, el
fortalecimiento del deseo de autonomía
individual y colectiva como de la convicción
de la posibilidad de fundar sobre esta última
una reorganización global de la sociedad. En
una palabra, la “ruptura” con el capitalismo
será así precedida y preparada por la
maduración de un contrapoder proletario, que
se reforzará, tanto objetiva como
subjetivamente, al ritmo de concesiones,
reformas y rupturas parciales obtenidas por
sus luchas contra el poder capitalista. Se
comprenderá enseguida que esta “ruptura”
revolucionaria no tiene nada que ver con la
acción putchista de una minoría de
“revolucionarios profesionales”, que se
autoproclaman y se autoinstituyen direcciones
de los procesos revolucionarios, en una
relación “sustituista” de las masas. Es, más
bien al contrario, el acto que corona la
reapropiación colectiva por los trabajadores
de su capacidad de dirigir y organizar la
sociedad, en el transcurso de un proceso que
habrá visto desarrollarse en paridad su poder,
su autonomía y su conciencia. Llegar a
elaborar y llevar a la práctica este tipo de
estrategia de contrapoder me parece que
constituye un tercer desafío a largo plazo
lanzado al movimiento obrero, en tanto que se
proponga (re)convertirse en movimiento
revolucionario.
Conclusión
A pesar de la
extensión de mi exposición -por lo que ruego
se me excuse, agradeciendo de paso la atención
prestada- soy consciente de no haber sido
exhaustivo. Por una simple razón: la cuestión
que me propuse tratar, los desafíos
actuales planteados al movimiento obrero, no
es de las que pueda tratar de manera realmente
satisfactoria una persona individualmente. No
sólo a causa de la complejidad de los
desarrollos a los cuales ella da lugar
inevitablemente, sino también, y sobre todo,
porque la solución de los problemas así
planteados pertenece, en primer lugar y
fundamentalmente, al mismo movimiento obrero y
a sus protagonistas, tanto individuales como
colectivos. Es decir, es el debate que se
mantiene continuamente en el seno del
movimiento, en función de su experiencia, de
sus logros y de sus fracasos, al que en
definitiva cabe responder a esas cuestiones.
Mi objetivo al
dirigirme a ustedes no es, pues, la pretensión
de aportar una solución acabada de las
diversas cuestiones que pude tratar. Es mucho
más modesto: traté simplemente desubrayar la
importancia de algunas cuestiones que el
debate permanente en el seno del movimiento
obrero hoy no debería ignorar, proponiendo en
cada caso algunos elementos de respuesta. Creo
que -al menos en un primer momento- afrontar
estas cuestiones es más importante incluso que
los elementos de respuesta, que someto por
entero a la discusión [1] Poco
tiempo después de la exposición de Bihr en
Brasil, se realizó en Buenos Aires la
tercera Conferencia de las Partes de la
Convención de Cambio Climático convocada
por la ONU. Sus resultados fueron más que
insuficientes, observándose escepticismo sobre
el cumplimiento del Protocolo de Kyoto (Nota
de la Redacción).
Publicado
en Herramienta (http://www.herramienta.com.ar)Inicio >
Los desafios actuales del movimiento obrero.
Los desafios
actuales del movimiento
obrero.Autor(es): Bihr, AlainBihr, Alain.
Profesor de Sociología, Universidad de
Franche-Comté, profesor de filosofía en
Estrasburgo, Francia. Es doctor en sociología
y autorde diversas obras como: La farce
tranquille, Spartacus, 1960. Entre
bourgueoisie et prolétariat, L' Harmatta,1989.
También es colaborador de LeMonde Diplomatique
y de varias otras publicaciones francesas.
Revista
Herramienta Nº 9© Ediciones Herramienta. Se
autoriza la reproducción de los artículos en
cualquier medio a condición de la mención de
la fuente.
URL del
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