Queridos compañeros:
Desde el II Foro del FUP
a hoy han transcurrido dos años largos. En
muy contados lapsos de nuestra vida
revolucionaria hubimos de afrontar
problemas tan agudos como en éste. Pero
jamás fueron tan aleccionadoras las
experiencias, al comprobar una vez más que
sólo con una posición de principios
conseguiremos, ante los peores aprietos,
salir avantes en la magna empresa de
contribuir a la emancipación del pueblo y
a la salvación de Colombia. Nuestros
tropiezos se los debemos a la combinación
singular de dos fenómenos bastante
contundentes; la fascistización acelerada
del régimen y el desencadenamiento del
chubasco reformista. A medida que la
minoría opresora destila su crueldad para
las masas, el oportunismo busca
embriagarlas con las prédicas de la
perdida fe en las instituciones
republicanas oligárquicas. Con la disculpa
de resistir a la creciente influencia de
los militares en las determinaciones del
Estado, optan por reivindicar la vieja
democracia antipopular y vendepatria de la
coalición burgués-terrateniente pro
imperialista.
Mientras el gobierno,
zarandeado por la crisis, se inclina a
imitar el comportamiento de sus colegas,
los gorilas del Continente, la oposición
lo reconviene a que coja de modelo aun
cuando fuese la administración de Misael
Pastrana. Las insolencias oficiales se
contestan con plegarias para que los
desaforados de San Carlos recobren la
sensatez. Por cada atropello se devuelve
un cumplido, por cada culatazo una flor.
He ahí el telón de fondo de la política
colombiana en los últimos dos años. Entre
el fuego cruzado de los aparatos
represivos y de las contracorrientes
liberalizantes hemos llevado a cabo las
actividades partidarias, a partir de la
fecha en que, en Bogotá, decidimos
proclamar la candidatura de Jaime
Piedrahita Cardona y aprovechar los
comicios de 1978 para difundir el programa
de la revolución e ir vinculándonos a los
más amplios estratos populares.
Interpretando cabalmente dicha
circunstancia este III Foro del Frente por
la Unidad del Pueblo lo convocamos bajo
los auspicios de la lucha contra el
despotismo y el oportunismo.
Enormes inconvenientes
hemos tenido a causa de ambos factores. La
conculcación sistemática de las libertades
públicas y el terror ocasionado por la
lluvia de decretos coercitivos y por
indescriptibles vejámenes con que las
Fuerzas Armadas avasallan a las mayorías
laboriosas, anulan casi por completo la
acción de nuestros partidos. Durante la
campaña electoral soportamos abiertamente
las prohibiciones de gobernadores y
alcaldes, cuando no ese sabotaje menudo de
las pequeñas trabas, de las dilaciones y
los trámites sin fin, que terminan
impidiendo de plano el ejercicio de los
derechos de reunión y movilización. Con el
restablecimiento del estado de sitio y de
sus recurrentes disposiciones
intimidatorias, nuestros cuadros y
activistas que atienden labores de
agitación y propaganda, culminan casi
siempre en las celdas de las brigadas y
sometidos a los más humillantes y brutales
tratamientos. Por decenas y centenas
contamos los compañeros de los sindicatos,
de las asociaciones campesinas y del
estudiantado que han purgado o purgan en
las cárceles su amor a la nación
colombiana y su lealtad a la causa de los
explotados y oprimidos. En forma por demás
procaz e inaudita, el ministro de Justicia
ha retado al país para que se le señale
“un solo ejemplo en el territorio
nacional” sobre una “manifestación de
orden sindical que se haya reprimido en
Colombia” con el Estatuto de Seguridad 1.
Pues bien, nos encontramos reunidos muchos
delegados procedentes de capitales de
departamento, poblaciones intermedias y
aldeas apartadas y todos estamos en
condiciones de destruir las imposturas
gubernamentales, no con uno, sino con
miles de casos concretos confirmatorios de
que el odiado Estatuto sirve antes que
nada para afianzar la superexplotación de
los obreros y los campesinos, apresando a
sus dirigentes más acuciosos y rompiendo
sus organizaciones de masas.
Aquí, entre nosotros, ya
se halla afortunadamente Oscar Gutiérrez,
rodeado por el afecto de sus camaradas y
amigos, a quien un consejo verbal de
guerra obligó a pagar un año en presidio,
luego de sindicarlo de infringir uno de
los artículos del susodicho decreto, el
que se refiere a la obstrucción de las
vías. Ese fue el subterfugio. El motivo
real consistió en que Oscar, junto a
varios afiliados del Sindicato Nacional de
Trabajadores Agrícolas, encabezó en
Chinchiná un mitin de recolectores de café
y repartió una chapola en la que se
demandaba por parte de estos el aumento de
2.80 a 5 pesos por kilo recogido.
Imperdonable impertinencia, gravísima
osadía que los esclavos sin pan se atrevan
a perturbar la bonanza del club de
exportadores y de potentados de la
Federación de Cafeteros, que se dan la
gran vida a costa de la hambruna y los
padecimientos de los insustituibles
productores de la riqueza. Y a los
ausentes, los que no pudieron asistir a
esta magnifica concentración, también les
sobran testimonios para desmentir al
ministro y al gabinete entero. Mauricio
Jaramillo, secretario regional del MOIR en
Boyacá, ha completado más de siete meses
detenido en la penitenciaria de El Barne,
por cuenta de la justicia penal militar.
El hecho de que solo después de tanto
tiempo se le haya revocado, hace cinco
días, el auto de detención, por carecer de
fundamento, nos indica que contra nuestro
camarada se urdió una iniquidad
monstruosa. Lo que se quiso castigar en
Mauricio no fueron actos aventureros de
ninguna índole, como lo propalara
calumniosamente el periódico de los
Santos, sino sus tesoneros esfuerzos por
organizar y orientar al pueblo boyacense y
especialmente a los campesinos famélicos
de esas tierras ubérrimas. La razón
inconfesable de su detención estriba en
que el gamonalato de Miraflores,
representado por el propio gobernador
Perico Cárdenas, ha resuelto sacar a viva
fuerza el coco del MOIR, que comenzó a
aparecer por sus vicarías electorales
esparciendo extrañas ideas de que Colombia
debe ser libre y soberana y de que los
latifundios incultivados han de entregarse
a quienes los trabajen.
Me haría interminable si
enumerara la lista cada hora más extensa
de los desafueros y atrocidades
perpetrados por la coalición
liberal-conservadora a través de los
diversos instrumentos de su poder
dictatorial. Además de las combativas
huestes del FUP, han sido pasto del
suplicio todos aquellos que con uno u otro
lema se atrevieron a arrostrar la cólera
de los manipuladores de turno de la
vetusta República.
Por el contrario, son las
autoridades las que no han rebatido las
denuncias publicadas dentro y fuera del
país referentes a que en Colombia se
utiliza la tortura para substanciar los
sumarios y comprometer a los procesados
políticos, no obstante los múltiples
malabares y declaraciones por desbastar la
fundada impugnación de sus críticos. Con
la revolución nicaragüense los memos del
turbayismo quisieron ganar indulgencias
con avemarías ajenas. Posaron, junto al
señor Carter, de demócratas virginales,
cuando hasta los contados gobiernos
civiles de la América neocolonial, sin
exceptuar el colombiano, echan mano de los
métodos predilectos de las satrapías
militares del Hemisferio. A pesar de las
elecciones, del Parlamento, de la Corte
Suprema, de la Procuraduría, es decir, de
todo el andamiaje de la llamada democracia
representativa, la tradicional alianza
bipartidista sigue inexorablemente las
huellas del somocismo. La diferencia
ubícase quizás en que Somoza tenía la
cámara de los tormentos en el cuarto de
costura del palacio Presidencial, al lado
de su alcoba, y en Colombia aún funciona
en las caballerizas del Ejército.
El oportunismo nos ha
ocasionado igualmente considerables
estragos. El ventarrón reformista nubló la
visión y embotó la mente de no pocos
compañeros nuestros, y otros, las veletas,
salieron expelidos por las escotillas del
MOIR, abiertas hasta en los momentos de
dura inclemencia. En su carta de renuncia
Bula y Pardo plantearon en el fondo una
revisión de la estratega y la táctica
revolucionarias, basados en la deleznable
premisa de que el último de los balances
electorales constituye una lamentable
frustración, debido, en particular, a que
no estuvimos lo suficientemente elásticos
y generosos en las propuestas de la
construcción del frente único; y
solicitaron asilo a Firmes, en donde
experimentan con las recetas de una
alquimia política más antañona y menos
redentora de lo que ellos se imaginan. No
voy a aburrirlos ahora con una
pormenorizada refutación de cuanto merece
señalarse de esta página raída. Sin
embargo, quiero precisar uno o dos asuntos
primordiales. Para los obreros,
campesinos, y el resto de capas medias de
la población, en cuyo nombre
fundamentalmente combatimos las fuerzas
componentes del FUP, las elecciones
organizadas por la dictadura oligárquica
proimperialista, se efectúan bajo reglas
de juego muy desfavorables, tanto por las
abismales desventajas financieras ante los
candidatos aupados por las chequeras de
los magnates del capital y de la tierra,
como por la coerción del Estado que se
ensaña exclusivamente contra el pueblo
raso. Saltarse esta protuberante realidad
a la torera y achacar nuestro exiguo poder
electoral a que no maniobramos bien, o no
sopesamos todas las fórmulas, incluidas
las de ceder los puntos básicos que harán
del frente un entendimiento perdurable y
no una componenda transitoria, es creer
con sospechosa candidez que las bárbaras
condiciones de sojuzgación desaparecerán
al conjuro de intrigas de unos cuántos
maquinadores con astucia.
A las clases avasalladas
les pasa con la utilización del sufragio
algo idéntico a lo que les sucede con las
otras manifestaciones de lucha: que
cualquier enfrentamiento con los
expoliadores se les complica y les demanda
titánicos empeños e infinitos sacrificios.
En los períodos de ofensiva reaccionaria y
de consolidación de nuestras fuerzas, el
avance es lento, los triunfos mínimos o
efímeros y el trabajo de los
revolucionarios entre las masas ha de ser
paciente como nunca y de constante
clarificación ideológica. Ningún golpe de
ingenio enmendará la situación. Desde
luego la pericia con que se opere el timón
de mando ejercerá influencia determinante
en el rumbo de los acontecimientos. Sin
embargo, la principal responsabilidad de
nuestra dirigencia consiste en comprender
profundamente a qué clases servimos y por
qué momento de la contienda de dichas
clases atravesamos. Ignorar que la
dominación neocolonial del imperialismo
norteamericano sobre Colombia representa
la primera causa de los graves males del
país, o sembrar la ilusión de que el
proceso de fascistización progresiva se
contendrá con las reparaciones a las vieja
máquina de la democracia oligárquica, o
canjear los programas de la revolución por
una plataforma reformista, todo dizque en
aras de la unidad de las izquierdas, en
nada beneficiará a las inmensas mayorías
que, además de proseguir soportando la
asfixiante atmósfera de miseria y violenta
coacción, no gozarían siquiera de la
ventaja estratégica de visualizar el
origen material, económico de los
proyectos letales de sus enemigos ni
descubrir la forma adecuada de
contrarrestarlos. Los portavoces del
reformismo colombiano se parecen mucho a
Felipe González, el jefe del socialismo
español, que acaba de renunciar a lo único
que lo ataba al marxismo, el rótulo de
tal, en una espectacular maniobra
encaminada a granjearse definitivamente la
confianza de la burguesía. El señor
González podrá incrementar sus escrutinios
e incluso recibir la autorización para
gobernar a la España post-franquista, pero
cada voto a su favor será un paso más de
alejamiento de las posiciones y de los
intereses de las masas esclavizadas de su
país.
No se requiere demasiada
perspicacia para prever que si desistimos
de pugnar por las peticiones económicas y
políticas esenciales de los trabajadores
de la ciudad y el campo se nos compondría
la suerte en una feria comicial. Si en
lugar de exigir la confiscación de los
gigantescos monopolios extranjeros y
colombianos, nos transamos porque sean
“democratizados” o supervigilados mediante
“leyes de control”, acogiéndonos, por
ejemplo, a las proposiciones de los
Agudelo Villa, de seguro que nuestras
acciones electorales se valorizarían a los
ojos de los imperialistas y sus
intermediarios. Si acallamos la consigna
de que los grandes fundos ociosos han de
ser para los campesinos que los trabajen,
la clase terrateniente cesaría la cruenta
persecución en las zonas rurales contra el
FUP. En una palabra, si traicionamos a la
nación y al pueblo y adoptamos los
criterios de sus opresores, así fuere de
manera solapada, suavizaríamos de un lapo
buena parte de nuestros actuales
contratiempos. Más los asistentes a este
Foro queremos constituirnos en dignos
representantes de las clases oprimidas de
Colombia y por ende corremos junto a ellas
todas las contingencias derivadas del
estado de esclavitud y represión en que se
debaten. Nuestros triunfos se confundirán
con los de asalariados y labriegos y
nuestras derrotas con las suyas. Los
compromisos que pactemos y las concesiones
que admitamos serán para abrirle paso a la
unidad del pueblo e imponer sus verdades,
y no para salvarnos de un resbalón
electoral e implorar protección bajo el
alero de los detentadores del Poder o de
la oposición oportunista ¿Cómo van a estar
las agrupaciones políticas de los obreros
y los campesinos, si estos a pesar de los
progresos del movimiento unitario por una
nueva democracia en marcha al socialismo,
continúan en lo substancial aplastados,
confundidos, dispersos y desorganizados?
Con unos u otros
términos, tales han sido las discusiones
adelantadas desde los comicios de 1978 en
el seno de las fuerzas revolucionarias.
Pienso que sin haber extirpado del FUP la
quinta columna portadora de los
planteamientos liberalizantes, no
hubiéramos reconstituido el Frente ni
arribado a Pereira este 29 de septiembre,
decididos a superar con entusiasmo todos
los obstáculos que surjan en el
cumplimiento de las tareas por venir. Lo
mismo que el MOIR, la DP y la ANAPO han
librado su batalla interna, ideológica y
política, por persistir en la orientación
correcta. No somos muchos y los embates
del despotismo y el oportunismo nos
acarrearán complicaciones jamás conocidas.
¡Preparémonos para lo peor! Aprendamos de
los inolvidables desbrozadores del camino
revolucionario de todos los tiempos y de
todos los países que se ganaron el afecto
de las multitudes, porque, a la hora de
señalar los derroteros, prefirieron
quedarse solos a cortejar las anticuadas
ideas de la reacción predominante.
En cuanto al problema de
ampliar el radio de las alianzas;
repetimos algo, a lo cual nos hemos ceñido
indefectiblemente: estamos dispuestos a
intercambiar opiniones y agotar las
diligencias con las colectividades
interesadas en la creación de un frente
único de liberación nacional, sin vetar a
nadie y abarcando, por supuesto las
diversas fracciones liberales y
conservadoras opuestas al régimen. Empero,
como queda visto, la unidad no depende
meramente de deseos e intenciones. El
mismo 18 de febrero de 1977, día de la
fundación del FUP, intuíamos las recias
reyertas con las contracorrientes que
conspiran dentro del portentoso movimiento
unitario del pueblo colombiano. Examinando
sólo la experiencia del presente decenio,
comprobarán ustedes que entre los
escombros de la división se hallaron
siempre los vestigios del sabotaje del
Partido Comunista revisionista. En 1975
éste horadó los basamentos organizativos
del frente, o sea las normas democráticas
de organización y funcionamiento,
reduciendo la UNO a lo que es hoy, un
juguete de sus apetitos electorales, al
que le echa cuerda de cuando en cuando. En
1977 atravesó también su burra muerta en
la senda de la unión, al formular la
exigencia inadmisible de uncir los
acuerdos a la política expansionista de la
Unión Soviética, con lo que destrozó la
izquierda anapista y sonsacó de las filas
de ésta un candidato presidencial fletado
y desechable. Ahora que se acercan los
denominados comicios de mitaca y se palpa
de nuevo la inquietud por la unidad, cabe
preguntarse ¿mientras que las pretensiones
sectarias y antinacionales del
revisionismo repercutan en no
despreciables segmentos de la
intelectualidad y del pueblo, resultará
muy difícil que haya en Colombia no dos o
tres bloques, sino una única coalición de
los destacamentos antiimperialistas.
Que las elecciones de
1980 proporcionarán el escenario para el
reestreno del conocido pleito en torno a
los requisitos de la conformación del
frente único, nos lo anuncian los
pronunciamientos de las más disímiles
tendencias. Muchas de éstas tercian por un
programa de reformas, tras la peregrina
consideración de no asustar al electorado.
Los dirigentes de Firmes, verbigracia,
aunque de un lado contribuyen
positivamente a plantear que no “tenga
cabida” en la discusión la problemática de
las disensiones internacionales, método
aceptable para no alinderar la alianza con
ningún Estado ni grupo de Estados a nivel
mundial, y lo cual admitimos sin reservas,
del otro, relegan al olvido las
reivindicaciones históricas de las clases
sojuzgadas. Y relativo al tema democrático
se atienen a las conclusiones del
consabido Foro de los Derechos Humanos que
propugna el reencauche de la vieja
democracia oligárquica, soslayando un par
de cuestiones que reclaman pronta
clarificación entre las masas populares.
La primera concierne a que el proceso de
fascistización acelerado del país obedece
a la cada vez más aguda explotación
neocolonial del imperialismo
norteamericano. La confusión reinante al
respecto urge despejarse. De lo contrario,
la participación de las fuerzas
progresistas en la lucha electoral se
circunscribirá exclusivamente a la caza de
unos cuantos votos, y no la
aprovecharíamos en educar a los
desposeídos y oprimidos acerca del origen
de todas sus desgracias y de la forma de
librarse de ellas. La segunda atañe a la
defensa que debemos hacer de la nueva
democracia de los obreros, los campesinos
y el resto de contingentes del pueblo
colombiano, cuya victoria se concretará en
la instauración de un Estado compuesto y
gobernado por tales clases y capas
revolucionarias. Comprendemos la necesidad
de combatir bajo el actual régimen a favor
de los derechos de los trabajadores y de
todo el pueblo y contra el escalonamiento
militarista y represivo; no obstante, las
batallas por las libertades públicas
tienen que orientarse a destruir y no a
fomentar las ilusiones de que con los
remiendos al orden jurídico prevaleciente
las mayorías expoliadas verán aminorados
sus sufrimientos o disfrutarán de
garantías ciertas.
En 1972 el MOIR inició la
sistematización de su línea
consecuentemente unitaria y desde entonces
la ha practicado con ahínco y
persistencia. Descontando las ingentes
vicisitudes, los logros son más notables
de lo que parecen. Sólo muy escasas y
reducidas sectas persisten todavía en que
a la revolución colombiana le corresponde
en esta etapa un carácter socialista y no
nacional y democrático. Lo cual constituye
un avance importantísimo, puesto que
empieza a reconocerse lo imprescindible de
la recíproca colaboración de las clases y
los partidos contrarios al imperialismo y
sus fámulos dentro del más vasto frente
único. Hasta quienes se mofaban de
nosotros y nos solían decir; “¿dónde está
ese capitalismo nacional del que ustedes
hablan?”, hoy admiten la existencia de una
burguesía patriótica, susceptible de
aliarse con la revolución. La diferencia
ahora hállase más bien en que tales
sectores reciben sin beneficio de
inventario todas y cada una de las tesis
de aquella burguesía, plegándosele en
materia de programa y democracia.
Asimismo, ganan partidarios las
concepciones del no alineamiento y de que
las relaciones entre los aliados han de
regirse por normas de organización
democrática, los otros dos cerrojos de la
unidad. Como se aprecia, estos progresos
representan conquistas invaluables del
pensamiento revolucionario que no computan
lo escrutadores de la Corte Electoral. El
movimiento unitario del pueblo colombiano
crece inconteniblemente y a la larga
aplastará a cuantos se le pongan por
delante.
A nosotros, compañeros
delegados, nos compete perseverar en las
posiciones de principio que hemos venido
definiendo sin claudicaciones y recurrir
siempre a las grandes masas, nuestro
seguro apoyo político. Las dificultades
del momento son pasajeras comparadas con
el luminoso porvenir de Colombia. Los
obreros, los campesinos y los
revolucionarios todos tejen con sus luchas
diarias la mortaja del sistema expoliador,
destinado a fenecer y a ser sustituido por
una república nueva, libre, popular,
democrática, autosuficiente y
auténticamente soberana.
Muchas gracias
Nota:
1. El Espectador, abril 30 de 1979.
Francisco Mosquera