A
Propósito de la Mesa Redonda sobre la Mujer (I)
La
propuesta de llegar a los distintos frentes del
trabajo del Partido, hurgar en sus dificultades
e inquietudes, conocer sus experiencias para
luego verterlas sobre los lectores, nos parecía
a todos en la comisión de redacción del
periódico, algo necesario, además de novedoso.
La militancia, especialmente la que a punta de
persistencia se ha tornado perita en determinada
actividad, tiene mucho de interés que contarles
a los inconformes e insumisos de Colombia. Lo
que no atinábamos era en la forma de hacerlo ni
por dónde empezar. ¿Por los activistas
campesinos? ¿Los dirigentes sindicales? ¿Los
artistas? ¿Mediante investigaciones?
¿Reportajes? ¿Crónicas? Cuando a alguien se le
ocurrió sugerir, en aquella reunión de
evaluación, que citáramos a unas cuantas
camaradas "para que en mesa redonda nos dijeran
cómo les va en su labor revolucionaria en un
país que discrimina horrendamente a la mujer"
comprendimos de súbito que había dado en el
blanco.
Se
trataba de un tema relativamente inexplorado, a
pesar de las reiteradas preocupaciones que a
través de los años ha suscitado en nuestras
filas; y que, dentro del estilo del MOIR de ir
resolviendo los problemas por partes, bien
podría haberle sonado su hora más oportuna.
Varios elementos parecen, corroborar esta
apreciación. Antes que nada, la existencia de un
nutrido destacamento de miembros femeninos del
Partido que paulatinamente ha descollado en las
más disímiles tareas, cuya conducta desbroza un
camino a seguir y le suministra una sustentación
viva, tangible, al viejo y discutido principio
de que la mujer, igual que el hombre, es capaz
de concurrir eficazmente en los múltiples
terrenos del menester social. Ellas realizan un
esfuerzo superior al de sus compañeros de lucha,
puesto que además de encarar los embates
ideológicos y propagandísticos de la reacción
predominante y las medidas punitivas de los
custodios de la ley, han de sobreponerse con
valentía a los prejuicios que sobre el llamado
sexo débil campean casi sin omisión en todos los
estratos de la sociedad. Y se han salido con la
suya, por lo menos al conseguir entroncarse con
las masas, requisito de cualquier acción
verdaderamente política y revolucionaria. Aunque
sólo sea un primer paso, sabemos que el comienzo
de las cosas siempre resulta lo más difícil.
Las
entrevistadas nos hablarían, como ocurrió, no
únicamente de lo que piensan emprender sino de
lo efectuado; no se limitarían a los
planteamientos teóricos, sino que suministrarían
abundantes enseñanzas amasadas en la brega
cotidiana. Ya contamos con excelentes logros en
este terreno de la participación femenina en el
trajinar de la revolución, debido
primordialmente al arrojo y a la clarividencia
de decenas y centenas de camaradas nuestras que
se han quitado los botines y metido en el barro,
resueltas a ocupar su sitio en las diferentes
líneas de combate del Partido. Urge resaltar
tales avances y metodizarlos, a semejanza de lo
intentado en otros campos. Habiendo tan buena
simiente, el estudio y el debate no flotarán en
el aire ni se quedarán en mera emoción. Por el
contrario, habrán de pisar tierra firme y
traducirse en el acopio de nuevas militantes que
se decidan, por oleadas, a imitar a quienes las
antecedieron en la lid, dentro de un clima de
cálida fraternidad y de creciente respaldo
partidario.
Otro
componente del actual panorama, con el que nos
tropezamos a menudo, lo facilita la
descomposición de la unidad familiar colombiana,
ocasionada por la quiebra galopante del sistema
vigente, que en su desmoronamiento no perdona
ninguno de los antiguos modos de producción ni
de organización social. Los campesinos, acosados
por los terratenientes y los grandes
capitalistas, sueltan el azadón y huyen a los
suburbios de las ciudades, en donde lejos de
burlar el hambre, se consumen en medio del paro
forzoso, el hacinamiento y la degradación total.
Por su lado, la bancarrota de la industria
nacional arroja a la calle a millares y millares
de obreros, aumentando alarmantemente el monto
de los desocupados, muchos de los cuales pasan a
engrosar, manifiesta o disfrazadamente, el
desventurado ejército de la mendicidad y la
rufianería. De hecho el régimen se confiesa
impotente para remediar tantos y tan agudos
males. Los gobernantes no entienden más que el
lenguaje de los monopolios, y sus ejecutorias se
reducen a incrementar los gravámenes al pueblo y
a darle vía libre a la especulación, operaciones
ambas oficiales convertidas en fuente del
enriquecimiento privado de la pútrida y profusa
burocracia y de la depauperación de las gentes
laboriosas. Bajo tales pronósticos no puede
menos que presentarse un desarreglo en todos los
órdenes, empezando por la violenta ruptura del
primigenio núcleo de la vida ciudadana, la
familia.
La
rápida y turbia acumulación de fortunas no
vistas en Colombia, exonera a las altas esferas
del recato con que han escudado siempre su
concupiscencia, y ahora hasta las aventuras
amorosas y los excesos dionisíacos de las
estatuas andantes se controvierten en público,
desde los diarios o desde los púlpitos, en santo
olor de republicanismo. El intercambio de
esposas que escandalizó a los tiempos
camanduleros de don Rafael Nuñez y doña Soledad
Román, en el presente imprime distinción, como
el tráfico de narcóticos, entre una burguesía
hipócrita que aún continúa discutiendo las
conveniencias e inconveniencias morales del
divorcio. Y en la base de la pirámide, en donde
la miseria se enseñorea y hace su agosto dentro
de millones de indigentes, los hogares se
desgarran sin escapatoria. Si en esos niveles de
por sí nunca tuvieron sentido los supuestos que
regulan las relaciones familiares de las clases
poseedoras, lo que la crisis actual destapa,
atroz e inhumanamente, a su manera, con la
prostitución decuplicada, el desempleo expandido
y la floración de los niños desamparados, es que
aquellas idílicas imágenes de la madre bondadosa
circunda de unos hijos felices y de un marido
solícito que vela, o está en condiciones de
velar por el bienestar de los suyos, imágenes
tan caras para los doctrinarios del bipartidismo
tradicional, constituyen para la pobrería el más
cruel de los sarcasmos. Aunque en esta tragedia
la mujer personifique la desgracia y por
doloroso que sea el procedimiento, las "amas de
casa", aguijoneadas por las necesidades,
terminan saliéndose del cautiverio doméstico en
busca de unos ingresos que cada vez le llegan
menos a las cuatro paredes de su universo vacío
y rutinario. Y cuando se presentan a pedir una
oportunidad para no perecer, se estrellan con la
espantosa realidad de que, salvo planchar, lavar
y cocinar, nada han aprendido a hacer, y de que
el desarrollo fabril se ha erigido sobre la
hipótesis de repeler el concurso femenino.
Descubre que a ellas les han tocado en suerte
los peores los más mal pagados los más
humillantes oficios, y eso si corren con la
dicha de adquirirlos (1).
Por
ende en la mesa redonda, al examinar cuáles
serían los medios adecuados de acercarnos a las
mujeres y de disponerlas para la revolución,
concluíamos, que aquellos estribaban menos en
los factores subjetivos que en los profundos
desbarajustes sociales que acrecientan las
penurias de las masas femeninas y las obligan a
saltar a la palestra en defensa de sus fueros.
Bastará con permanecer atentos al
desenvolvimiento de la traumática situación y
allá donde por lo intolerable de los atropellos
se exteriorice la rebeldía de las combatientes,
acudir sin falta a secundarlas y a orientar su
causa. De ser ilusoria la visión descrita y
Colombia atravesara por un momento de
prosperidad en el que sus odiosas instituciones
no estuvieran en franca disolución, como la de
la familia inspirada en el avasallamiento de un
sexo sobre el otro, nuestras prédicas y
consignas, por muy asentadas que pudieran
parecernos, dudosamente fructificarían. Sucede
lo que acontece con todo proceso revolucionario,
que la conciencia, encarnada y difundida por un
reducido grupo de vanguardia, se torna
gradualmente en una virtud colectiva, a medida
que la subsistencia misma de los trabajadores se
pone en entredicho y no encaja ya en los
antiguos y obsoletos esquemas económicos y
jurídicos. Hoy por hoy no son sólo los
sindicatos los que pelean sus prerrogativas.
Mayorías inmensas de la población se ven
empujadas al mitin, a la asonada, a la revuelta,
tras reivindicaciones aparentemente nimias,
cuales serían derogar los recargos en los cobros
del agua y de la luz, conquistar unos
centímetros cuadrados de alguna acera concurrida
en donde vender cachivaches, u obtener la gracia
de morir sepultado en cualquiera de los
incontables tugurios de las zonas de erosión. Al
principio los desvalidos batallan sin claridad
respecto a las razones y soluciones de sus
calamidades, pero propensos a cuanto les
expliquen e indiquen los sectores avanzados que
se muestren solidarios con sus más inmediatos
afanes. Hay desde luego revolucionarios de
corazón que descuidan su adiestramiento
ideológico y poco aportan a lo que las masas
conocen ya por intuición o por aprendizaje
empírico, fenómeno no tan extraño dentro del
MOIR; mas quienes pretendan transformar el mundo
confiados exclusivamente en la justeza de las
ideas para merecer el apoyo de unas multitudes
con las cuales no los ata otro nexo que el de
las proclamas, ni convencerán a nadie, ni
averiguarán jamás si sus juicios científicos
eran tales. En el caso que nos ocupa encontramos
una contradicción similar, quizás más acentuada.
Por un lado, un arrume de criterios absurdos y
de costumbres anacrónicas, transmitidos a través
de miles de generaciones, que han acabado por
forjar talanqueras mentales a veces mejor
aceradas que las cárceles del régimen; y por el
otro, una inaguantable agudización de las
penalidades del pueblo que motiva a la mitad más
apabullada de éste a maldecir la mansedumbre y a
hacer valer sus reclamos. Al Partido le sobran
pues las coyunturas, grandes y pequeñas, para
incorporarse al trascendental litigio planteado
en pro de la mujer y luego coronar la meta de
instruirla, organizarla y encauzarla en el
torrente incontenible de la revolución
colombiana.
Los
portavoces del imperialismo y sus lacayos,
aunque posen de liberales modernos que han roto
con los vetustos convencionalismos, le rinden
culto al orden establecido, categoría que junto
a otras, como las de tradición, familia y
propiedad, han de conservar intactas al máximo
para el suceso feliz de sus planes expoliadores.
Y aunque consideren el matrimonio un contrato
"libre" al que concurren en condiciones iguales
las partes interesadas, no cesan de infiltrar
las execrables concepciones acerca de la
superioridad del hombre, la sublimación de los
insignificantes quehaceres caseros de la esposa,
o lo natural de la subordinación económica de
ésta, que aguarda abnegadamente en su encierro
domiciliario a que su cónyuge la provea del
sustento. Sin embargo, por más que se empeñen en
idiotizar a la mujer con el halago de que ella
es la reina consentida del hogar, además de
escucharse ya bastante ridículo, nada de eso
funciona en la fecha. El sexo femenino comienza
a preferir que se le trate con menos fingimiento
y vana galantería, e incluso trabajar lo duro
que sea, con tal de ganarse el pan por sus
propios medios, alcanzar su independencia de
acción, integrarse a las actividades sociales y
convertirse realmente en un ser digno y útil. Y
las que sin pertenecer a la cúspide privilegiada
todavía suspiran por las creencias de sus
abuelas, los hechos las sacarán del letargo, o
por lo menos les sembrarán la espina de la duda.
Si perennemente han oído sentencias
difamatorias, chistes de mal gusto y adagios
como "la mujer y la mula al fin dan la patada",
"la mujer es un animal de cabellos largos y
entendimiento corto", "del hombre la plaza y de
la mujer la casa", "o bien casada o bien
quedada", es apenas lógico que se crean
inferiores y hasta que se sientan satisfechas de
serlo. Empero, ¿cuál matrimonio?, ¿cuál casa?,
¿cómo salvar a los hijos?, ¿para qué la
abnegación y la espera?, si no hay corrosivo
peor que la indigencia, si el refugio hogareño
se va reduciendo y transmutando en una cloaca
infecta a donde difícilmente penetra la luz del
sol, si los rezos no alimentan ni obran el
milagro. Con la crisis, la proletarización
progresiva y el común empobrecimiento se percibe
la caducidad de las normas que la minoría
dominante se obstina en idealizar, contra
cualquier evidencia.
El
caos desbordado clama a gritos por un vuelco de
raíz, no sólo en lo concerniente a la soberanía
nacional y a los modos de apropiación y
producción, sino en todos y cada uno de los
aspectos de la vida de las personas. Y las que
menos tienen que llorar por el pasado que se fue
son las mujeres. No se aterrorizarán tampoco por
las transformaciones revolucionarias que
propugnamos, incluida la de la creación de una
unidad familiar en la que desaparezca
precisamente la servidumbre femenina.
Comprenderán que todo cambia y debe cambiar. En
el proceso del conocimiento primero se
transforman las cosas y después las mentes. Y
como de la vieja familia no queda piedra sobre
piedra, ahora corresponde edificar una nueva.
¿Por
qué relacionamos el problema de la familia y de
su descomposición con la meta histórica de la
emancipación femenina? Cuando la humanidad salta
a la monogamia y pasa de lo que se ha dado en
denominar derecho materno al derecho paterno, la
mujer pierde el sitio de preeminencia de que
gozó en las edades primitivas. Lo cual quiere
decir que el sexo débil no lo era tanto en la
antigüedad y que su vasallaje es un producto
social, digamos como la explotación, que si en
un principio simbolizó un empuje decisivo para
el desarrollo, al final de su ciclo ha de
desaparecer por las mismas razones por las que
advino a este mundo. Ni el matrimonio, ni los
lazos familiares, ni las costumbres sexuales
fueron siempre las que hoy practicamos. La
familia monogámica, que surge luego de una
depuración larga y compleja, constituye uno de
los pilares básicos de la civilización. Nace con
sus hermanas gemelas, la propiedad privada y la
esclavitud, a las que sustenta y les sirve de
tejido celular. Ha de resolver la cuestión de la
herencia, garantizando que los bienes se
transfieran al descendiente comprobado del
dueño, ya que no entusiasma acumular riquezas
para que éstas terminen en las manos de los
hijos de otros. Y para ello, además de que el
primer propietario individual fue el hombre, se
requería que, a diferencia de lo que se
estilaba, la mujer no tuviera varios maridos
sino uno solo. Así apareció la monogamia que ha
sido y sigue siendo un deber fundamentalmente
femenino, puesto que en este nuevo vínculo, los
varones, que imponen al antojo su voluntad y
hacen de la castidad de sus parejas una norma
inviolable, nunca dejaron de ufanarse de la
libertad sexual más absoluta. Desde entonces la
esposa quedó confinada a la casa y restringida,
como afirma Engels, al papel de "criada
principal". Con cuánto rigor se ha juzgado y
sancionado su infidelidad, lo narra la historia.
Sin ir muy lejos, en Colombia, hasta hace apenas
dos años, el Código Penal otorgaba el perdón y
eximía de toda culpa al marido ofendido que, en
"legítima defensa del honor", asesinara a su
cónyuge adúltera. Nada de esto se lo ingenió el
capitalismo. Ha recogido del legado
testamentario de las sociedades explotadoras
desaparecidas lo que le conviene, colocándole,
eso sí, su impronta de clase y adobándolo con
una buena dosis del fariseísmo que lo
caracteriza.
La
familia monogámica tradicional ha operado sobre
las siguientes premisas: la propiedad privada y
la prolongación de ésta a través de la herencia;
la dependencia económica de la mujer frente al
esposo, y el sostenimiento y la educación de los
hijos. En el esclavismo, en el feudalismo y en
otras formas superadas de organización social,
como la patriarcal campesina, dentro del marco
de la familia se efectuaba además una serie de
labores importantísimas e indispensables para
satisfacer no sólo los requerimientos del
consumo sino del trabajo mismo. Con el
multifacético incremento de la producción
capitalista tales labores desaparecen o se
reducen a faenas domésticas completamente
insubstanciales que no inciden en la marcha de
las actividades productivas de la sociedad, pero
cuya pura y desastrosa consecuencia consiste en
condenar a la mujer al enclaustramiento y a la
estulticia. Incluso, de cocer los alimentos, de
lavar y alisar la ropa y de los otros oficios en
los que tantas horas invierten las amas de casa
más hacendosas, la industria ya se ocupa,
despachándolos en cadena y ahorrando abundante
mano de obra. Hasta la atención y la formación
de los hijos que antaño se llevaban a cabo en el
seno del hogar, hace rato se tornaron en objeto
de un servicio público, al cuidado de personal
experto que desde luego sabe incuestionablemente
más de pedagogía y del resto de las ciencias que
los padres, o que aquellos ilustres profesores
particulares de los que León Tolstoi habla con
respeto casi místico en sus Memorías. A medida
que evoluciona, el capitalismo corroe sin
remedio los goznes sobre los que gira. Uno de
ellos ha sido la vieja familia, cuyos
fundamentos jamás tuvieron en verdad vigencia
entre las clases desposeídas. A los matrimonios
proletarios no los rige el ánimo de lucro,
justamente por la carencia de riquezas que
resguardar y que legar; y si todavía persiste
allí discriminación contra la mujer responde más
a los prejuicios reinantes que a la concurrencia
de una base material para ello. En virtud de lo
cual la compañera del obrero puede y debe unirse
a éste en la batalla por la emancipación
femenina, lo que obviamente no acaece en las
filas de la burguesía. Con frecuencia, lo exiguo
de los ingresos del "jefe" del hogar, si los
hay, obliga a la mujer a emplearse, y sus hijos
le representan generalmente una carga difícil de
sobrellevar antes que un remanso de alegrías y
de satisfacciones. El día que se suprima la
propiedad privada, prácticamente el último
factor que nos falta para el derrumbe definitivo
de la familia como núcleo económico, brotará
otra, infinitamente más humana, más grata y más
estable, porque estará fundada y mantenida sólo
por la comprensión, la atracción y el amor
mutuos entre los esposos. No habrá mancomunidad
de mujeres, con lo que los anticomunistas suelen
promover terrorismo ideológico, ni se acabará la
monogamia; únicamente ocurrirá que, como la
mujer ya no estará constreñida a padecer las
veleidades del hombre, éste tendrá que volverse
monógamo, lo que, por lo demás, no es tan
terrible. ¡Ah!, y desaparecerá la prostitución,
el eterno aditamento de la vieja familia, que
germina en el cieno de la sumisión económica del
sexo femenino. La comunidad destinará un monto
considerable de sus reservas para velar por las
nuevas generaciones, desde la cuna hasta cuando
se hallen aptas para asumir sus
responsabilidades, con lo que el pueblo
trabajador conseguirá por fin disfrutar a
plenitud de los deleites y recompensas de los
deberes de la procreación. Las minorías
expoliadoras llaman a esto "el despojo de los
hijos por parte del Estado".
Si
todas estas metas, como se deduce, no las
veremos coronadas más que mediante un alto grado
de desenvolvimiento de las fuerzas productivas,
o sea con el triunfo del trabajo sobre el
capital y con la construcción del socialismo, lo
notable de acotar es que la sociedad burguesa
prepara las condiciones materiales para su
cristalización. El marxismo no alienta ningún
tipo de ideales, preceptos o moldes en los que
busque fundir la existencia social; simplemente
partiendo de los logros y de las posibilidades
exactas de la producción, toma nota de las
trabas que se alzan en su curso ascendente para
pugnar por demolerlas. La empresa capitalista
probó a través de sus enormes progresos que la
especie no precisa ya de la familia cual pieza
integrante del andamiaje productivo, y que, al
revés, si ambiciona seguir adelante ha de
prescindir de ella, redimiendo así energías
laborales insospechadas. Sin embargo, el
capitalismo defiende el interés privado sobre el
público y reserva para unos cuantos
privilegiados el bienestar que genera, mientras
al grueso de la población le veda el pan de cada
día. Industrializa las labores domésticas,
inventa las guarderías, abre restaurantes para
miles de comensales, colectiviza la educación,
etc., y a la mujer continúa condenándola
fatalmente a los bastidores del hogar, aun
cuando allá nada tenga que hacer, salvo
embrutecerse y morirse de tedio. Esboza las
soluciones pero no las culmina; aguijonea las
necesidades y, sobrándole los medios para
atenderlas, no las complace. Y si en las
metrópolis avanzadas semejante fenómeno se
observa en cualesquiera de las manifestaciones
del discurrir ciudadano, ¿qué agregaremos sobre
Colombia, nación atrasada e influida por unas
élites aristocráticas que compaginan las
antiguallas del oscurantismo con las peores
aberraciones de la época imperialista, y en que
la extorsión de los monopolios foráneos
destruye, sí, las ancestrales fuentes de
ocupación, pero asimismo impide que los
colombianos las sustituyan con las modernas? Las
contradicciones, por supuesto, se expresan más
violentamente. No obstante, y también debido a
ello, los señalamientos revolucionarios se
encuentran más al alcance de la comprensión de
las masas, particularmente de la mujer, a la que
sabremos explicar que su manumisión estriba en
la manumisión del país y en las demás
transformaciones económicas y políticas que
demanda la sociedad colombiana. El sexo femenino
necesita con acucia de la revolución, y ésta no
será una realidad sin el concurso efectivo de
aquel poderoso contingente que abarca a la mitad
del pueblo. Aunemos firmemente estos dos
elementos tan complementarios como el hidrógeno
y el oxígeno en la composición del agua, y
entonces Colombia florecerá entera bajo los
efluvios de una nueva vida.
De
lo resumido hasta aquí se desprende que la
emancipación de la mujer, que despunta ya en el
horizonte de la humanidad, llegará
inexorablemente, porque antes que nada obedece a
las exigencias del desarrollo, y quienes se
empecinen en contenerla sucumbirán en el
intento. No se trata de una mera proclama, de
una consigna proselitista o de un capricho
nuestro. La sojuzgación de la mujer ha
acompañado durante milenios a la explotación del
hombre por el hombre: con su surgimiento
inaugura el oprobioso período de la esclavitud,
mas lo clausura con su desaparición. A las
generaciones contemporáneas les correspondió en
suerte vislumbrar tan colosales cambios,
viviendo en los umbrales de una era en que las
gentes, para prodigarse lo de la subsistencia,
no se verán arrastradas a entablar relaciones
alienantes y vejatorias, ni en los ámbitos del
trabajo y de las gestiones administrativas de la
sociedad, ni en los menos extensos de la
familia.
La
reacción fracasará en sus propósitos de aplacar
las crecientes inquietudes femeninas o de
desviarlas hacia el reencauche de los valores
que confortan la opresión y el envilecimiento de
la mujer, tejemanejes en los que han sido duchos
maniobreros los dirigentes de los partidos
tradicionales colombianos, lo mismo los
liberales que los conservadores, los
oficialistas que los semioficialistas. Todos se
rasgan las vestiduras ante el agrietamiento de
la familia y prometen refaccionarla y retornarla
a su perdida posición. Unos, a semejanza de
Belisario Betancur, rehúsandose rotundamente a
ofrecer a la mujer cualquier beneficio, ni aun
el divorcio. Otros, a la usanza típicamente
lopista, limitando esta prerrogativa al
matrimonio civil, en un país por excelencia de
enlaces católicos. Y el resto, como el candidato
putativo del carlosllerismo, organizando "la
jurisdicción de la familia, buscando su
protección y unidad, para devolverle su función
vital de núcleo de nuestra sociedad"; es decir,
con frases (2). Ya indicamos cómo el régimen
prevaleciente, por su propia estructura,
minimiza a la mujer, y de hecho le cierra las
puertas de la superación, así le consigne sus
fueros en la norma escrita. Pero es que además
de eso, la burguesía se ha mostrado
incorregiblemente cicatera en cuanto a reconocer
la igualdad de los sexos en los formalismos de
la ley, incluso en sus momentos más
revolucionarios. La revolución de independencia
de los Estados Unidos y la francesa de 1789, que
marcan hitos en la democracia burguesa, hicieron
caso omiso del asunto y partieron del entendido
de que las hijas de Eva son ciudadanas de
segunda o tercera categoría. En tales
circunstancias a las mujeres les ha tocado
articular no pocos movimientos y emprender
ruidosas luchas para que se les admitiese,
verbigracia, el elegir y ser elegidas, el menos
controvertido y el más gracioso de los dones
dispensados por el Estado republicano. En el
caso de Colombia, el viacrucis por el cual han
transcurrido los derechos femeninos resulta
inverosímil. Hagamos rápidamente una síntesis, a
fin de tener una noción, y circunscribiéndonos a
este siglo. Sólo en 1932 se suprimió el tutelaje
del marido sobre la esposa, y ésta logra
"comparecer libremente a juicio" y administrar y
disponer de sus bienes: dejó de figurar en la
lista de los incapaces. En 1936 se autorizó a la
mujer para desempeñar cargos públicos, mas se le
sigue negando la ciudadanía. En 1945 se le
entrega la ciudadanía pero se le continúa
prohibiendo la función del sufragio y la
facultad de ser elegida (3). En 1954 Rojas
Pinilla le concede el derecho al voto; sin
embargo, no le permitió ejercitarlo porque no
convocó a elecciones. En 1976 se instituye, como
arriba anotamos, el divorcio, el civil, para un
país de matrimonios católicos. Antes, en 1974,
se extiende la patria potestad a la esposa y
quedan habilitadas todas las mujeres, con
estipulaciones similares a las del hombre, para
ser tutoras y curadoras. Habíamos comentado
también lo de la "pena de muerte para la esposa
infiel" derogada en 1980. No obstante lo
anterior, y que se acaba de sancionar la Ley 29
de 1982 por la cual se equipara a los hijos
legítimos y naturales en cuanto a la herencia,
la legislación todavía consagra irritantes
tratamientos discriminatorios entre las
personas, con ser que el sistema constitucional
colombiano, desde el Congreso de Cúcuta de 1821,
le ha dado ciento sesenta veces la vuelta al
Sol.
A
regañadientes y a través de cuentagotas, los
países capitalistas han venido declinando, una
tras otra, sus recalcitrantes posturas sobre la
materia, y hoy algunos se glorían de haber
realizado todas las concesiones, hasta la del
aborto. Y en esas naciones, cabalmente en esas
naciones en donde no resta conquista democrática
por arrancar, fuera de ahondar las conseguidas,
aparece diáfano, cual lo advierte Lenin, que la
condición de inferioridad de la mujer no radica
en la ausencia de derechos, sino en el Poder que
los refrenda. En Colombia, donde las oligarquías
vendepatria han ido siempre detrás y muy atrás
de sus modelos extranjeros, aún habremos de
combatir al respecto por no escasas
reivindicaciones, sin creer ni hacer creer que
éstas encaman el colmo de las aspiraciones del
sexo femenino. A la inversa, enarbolaremos,
apoyaremos y aprovecharemos sus diversas
contiendas para organizar sus huestes e
instruirlas acerca de lo que al fin y al cabo
interesa: que exclusivamente la revolución y el
socialismo garantizarán la emancipación de la
mujer.
NOTAS
-
En
Colombia, de acuerdo con el censo de 1973,
hay 22'915.000 habitantes. De estos,
14'297.000 se encuentran en edad de trabajar
(son mayores de diez años); y, según el
Dane, se dividen así: 6'903.000 hombres, de
los cuales laboran 4'186.000, o sea el 60%,
y 7'394.000 mujeres, de las cuales trabajan
1'300.000, el 17%.
A
2'200.000 hombres y a 5'727.000 mujeres los
clasifica el Dane como población no
económicamente activa y los distribuye en
rentistas, jubilados, estudiantes,
quehaceres del hogar, sin actividad y sin
información. En "quehaceres del hogar" hay
3'777.000 mujeres, es decir, el 65% de
aquellas. De las mujeres que trabajan, el
45,3% lo hace en el renglón denominado
"servicios personales", donde se incluye a
las empleadas del servicio doméstico. Aunque
las estadísticas oficiales no sean muy
confiables, de todas maneras reflejan el
cuadro de la discriminación de la mujer en
nuestro medio. La participación femenina en
las actividades productivas, comparada con
la del hombre, es insignificante. La mayoría
de las mujeres se ocupa como "amas de casa",
o presta cualquiera otra clase de servicios
personales.
-
Las
frases fueron tomadas del programa de
gobierno del candidato presidencial Luis
Carlos Galán. El Tiempo, enero 16 de 1982.
-
En
el siglo XIX y todavía muy avanzado el siglo
XX, en Colombia predominaba el criterio de
que la mujer, por decisión natural, o con
arreglo a los designios divinos, estaba
impedida para ejercer la ciudadanía y las
demás atribuciones que se desprenden de
ésta, como votar, atender cargos públicos,
etc.
José
María Samper, por ejemplo, en su libro
"Derecho Público Interno", al comentar la
Constitución de 1886, emite los siguientes
conceptos: "Cuanto a la ciudadanía de las
mujeres, aun cuando ya se practica para lo
municipal en algún Estado norteamericano (¿y
qué no se ensaya en los Estados Unidos,
inclusive el mormonismo?), Colombia está muy
lejos de aceptarla y con razón. Nadie aboga
más que nosotros porque se dé a las mujeres
una educación esmerada, pero práctica y
digna de su sexo; nadie estima ni aprecia
más que nosotros el talento y la cultura en
la mujer, y la saludable y necesaria
influencia que ella ejerce sobre el hombre
individual, y sobre las costumbres y
aspiraciones de la sociedad entera. Pero la
verdad es la verdad: la mujer no ha nacido
para gobernar la cosa pública y ser
política, precisamente porque ha nacido para
obrar sobre la sociedad por medios
indirectos, esto es, gobernando el hogar
doméstico y contribuyendo incesante y
poderosamente a formar las costumbres
(generadoras de las leyes) y a servir de
fundamento y modelo a todas las virtudes
delicadas, suaves y profundas.
"Si
fuera posible transformar moralmente a las
mujeres y volverlas ciudadanas, habría que
pensar seriamente en convertir a casi todos
los hombres en mujeres, a fin de que la
misión de éstas no quedase baldía. Y no
alcanzamos a ver el provecho que se sacaría,
suponiendo la posibilidad, de trocar los
papeles de los dos sexos, deshaciendo la
obra de la Providencia, y haciendo desatinos
por enmendar a Dios la plana".
Tomado
de Francisco Mosquera. "Resistencia Civil".
Bogotá: Ediciones Tribuna Roja, 1995. Publicado
en Tribuna Roja No. 42, marzo de 1982.